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martes, 23 de marzo de 2021

Joyas porteñas. La confitería en la que merendaba Borges

Su nombre Saint Moritz hace referencia a la ciudad que es uno de los centros de esquí más reconocidos de Suiza.

Funciona desde 1959 en la esquina de Esmeralda y Paraguay

 

Por Cecilia Acuña y Claudio Larrea

 

Hoy, desde la plaza seca de la Torre Bellini que la enfrenta, puede apreciarse en toda su belleza y espectacularidad la cartelería que corona la esquina de Esmeralda y Paraguay, donde desde 1959 funciona la confitería Saint Moritz, la ciudad a la que hace referencia, que es uno de los centros de esquí más reconocidos de Suiza.

 

La zona de Retiro no se diferencia demasiado de otras postales del barrio; sin embargo, esos carteles de metal pintados de rojo, de dimensiones exageradas para la extensión de la esquina –no es Santa Fe y Callao, ni Cabildo y Juramento–, la convierten en una zona única de la ciudad. Se trata de una tipografía que pareciera estar escrita por una manga de crema chantilly. Cautiva por la dulzura y la elegancia de antaño.

 

El local dispuesto en la planta baja de un edificio francés se compone de un salón, con cuatro columnas espejadas, con mesas y sillas mullidas de color rojo, tal como las originales: las primeras de cuero y las segundas de cuerina. Donde había dos, ahora hay solo una barra de madera repleta de botellas. El salón fue testigo de los encuentros de Borges con su madre Leonor Acevedo en la época en la que solo vendían sándwiches de pavita y variedad de masas para el té, además de los tomadores de whisky a partir del atardecer.

 

El cartel de “confitería” resulta tan fascinante que inspiró a la diseñadora Julieta Ulanovsky a crear una tipografía que rescate la letra. “Lo que me motivó es que no puedo creer la belleza de ese cartel, que es tan gigante para el lugar donde fue colocado. Es precioso. Siento que esta fuente rescata el registro de otros tiempos”, dice.

 

Fuente: Brando

https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/joyas-portenas-la-confiteria-en-la-que-merendaba-borges-nid12032021/

viernes, 12 de enero de 2018

El Automático: un café convertido en nostalgia


Este tinteadero era el de más pedigrí en Bogotá. 70 años después, sigue dando que hablar.

 En el local donde funcionó el café El Automático se encuentra hoy el restaurante Amarillo.
Foto :Abel Cárdenas / EL TIEMPO

Por: Óscar Domínguez Giraldo

Dicho sin mucha originalidad, el hombre es él y los cafés que frecuenta para darle de comer a la palabra. En el ADN de todo café está la institución colombiana del tinto. El hombre de la calle ha tenido desde siempre el café por escenario, “ágora o garito”.

Alrededor del bebestible originario de Etiopía que llegó al país por la vía de las parsimoniosas carabelas, ha transcurrido buena parte de la historia de la parroquia. Más de una conspiración tuvo origen en sus relajados predios. Entre los de su especie, El Automático bogotano, una nostalgia con olor a café, es el que tiene más pedigrí. Sigue dando que hablar a los setenta años de vida y leyenda que cumple en 2018. Cuando nació no se conocía “coca ni morfina”. La gente se miraba a la cara, no a la pantalla de su iPhone.

Echar paja, despotricar, comer prójimo es uno de los grandes rituales nacionales que se practican en el café, para muchos el mejor cuarto de la casa. En su interior sucede todo lo que no pasa tejas adentro. “Van al café para estar en el café”, sintetizó el cronista Julio Camba, al escribir sobre los sitios que frecuentaba en España. A la historia le gusta repetirse en otras latitudes.

Sobre la metafísica de esos sitios de encuentro, el escritor Jorge Regueros Peralta dejó dicho que en los cafés “se analizaban las nuevas obras, los poemas nuevos, las obras de arte novísimas y se establecía una frontera crítica, un cambio de criterios sincero”.

Para la poeta manizaleña —nada de poetisa, exige ella— Marujita Vieira, quien sigue cumpliendo años el 24 de diciembre, los cafés fueron espacios para “el intercambio y la comunicación de figuras literarias del siglo XX”. La esposa del poeta Vivas, otro habitué de El Automático, fue una de las que pasaron por encima de la norma dictada a las mujeres por la escritora venezolana Teresa de la Parra sobre la forma de conducirse entre los hombres: “Ser bella y callar”.

La primera en desobedecer fue la escritora Emilia Pardo Umaña. Lucy Tejada, Cecilia de Gómez, Cecilia de Ibáñez, Sofía Imber, también venezolana, fueron otras audacias femeninas que se instalaron en ese sancta sanctorum del macho alfa que fue durante años el legendario Automático.
Vivir en el café

“Duermen en su casa pero viven en el café”, decía una de las meseras al biografiar al cliente VIP del celebérrimo parche por el que pasó el matutino, el vespertino y el nocturno de la palabrería criolla. La frase la puede haber dicho Pina, o Carmen, o Edelmira o la ‘Negra’, para mencionar solo cuatro de las famosas meseras que atendían a una variopinta bohemia intelectual de tinto y/o aguardiente en el local de la avenida Jiménez n.° 5-28. Las meseras eran tan necesarias como el agua y la luz. En ese lugar funciona hoy el restaurante Amarillo. Nada en su escenografía recuerda al viejo café. Revistas de moda que airean las vanidades de la gente del gajo de arriba les alborotan la libido a los comensales con los pectorales de Sofía Vergara. Otros pechos inspiraron estos versos de León de Greiff, el cliente más famoso de El Automático: “Esa mujer es una urna, llena de místico perfume...”.

Curioso el fenómeno: De Greiff y El Automático han terminado siendo sinónimos, van de la mano como los puntos de la diéresis. Hasta el Nobel Gabriel García Márquez recuerda en sus memorias su paso por el café cuando Bogotá era un aguacero perpetuo y la gente vivía debajo de un paraguas.

El fabulista se había conocido con el panida en el café El Molino, cuando empezaba a figurar duro como narrador. El Espectador se encargó de darlo a conocer. Al principio, el futuro Nobel, tímido de profesión, se hacía lejos de sus colegas de letras. No se sentía con ropita para hablarles de tú a tú.

El Bogotazo del 9 de abril lo alejó a sombrerazos de la nevera (el célebre café es posterior al Bogotazo). Cuando regresó, cuenta Gabo que “el maestro se había mudado con sus bártulos y su corte de amigos al café El Automático, donde nos hicimos amigos de libros, y me enseñó a mover sin arte ni fortuna las piezas del ajedrez”. Cierto, los dos, estuvieron lejos de ser virtuosos en el juego que protege Caissa.

Entre sus múltiples características, El Automático fue sitio de encuentro de ajedrecistas desde 1972. Su dueño más famoso, el paisa Fernando Jaramillo Botero, era presidente de la liga de Cundinamarca a pesar de que no distinguía entre un haikú y un alfil. Fotos hay que muestran al maestro Boris de Greiff enfrentado a Daniel Arango, con el tiempo y algunos mates ministro de Educación. En la foto publicada en Jaque al olvido, uno de los tantos libros que nos dejó Boris, su taita sigue atento la partida, “la alta pipa” en su boca, como una prótesis. (También reproduce una partida del fundador de EL TIEMPO, Alfonso Villegas Restrepo).
El Automático

Sus principales clientes eran personajes de la cultura. En la foto, Boris de Greiff juega contra Daniel Arango. Observan León de Greiff y Hjalmar, otro de sus hijos.
Foto:

Tomada del libro 'Jaque al olvido'
Ducho en cafés

El histórico café era una especie de ONU en la que estaba representado el país. Empezando por su propietario en épocas de vacas gordas, Jaramillo Botero, uno de los quince hijos de Raimundo y Evelia, de La Ceja, Antioquia, quien antes de recalar en Bogotá hizo escalas en Medellín y Manizales. Terminó su andadura en 1971 en Girardot, adonde se retiró enfermo al final de sus días. Antes de coleccionar cafés, Jaramillo Botero —lo cuenta el cronista mayor Felipe González— se había dedicado en Manizales a otros menesteres menos poéticos, como fabricar fulminantes para escopetas de cacería, palillos de dientes, muebles...
Todo pasaba en el Centro

Jaramillo Botero desembarcó en la plaza bogotana en 1938. Tenía 25 años. “En la carrera Séptima todos nos encontrábamos con todos... transitaban las gentes humildes y las gentes importantes”, diría el poeta Fernando Arbeláez, uno de la logia automática. Jaramillo, insigne todero, sacó tiempo para enamorarse de Lina Botero, tolimense. El tsunami de amor fue tal que a los siete días se casaron.

Amigo de la cháchara, pronto se volvió parroquiano del café El Félixerre. Terminó comprándolo. Lo mismo hizo con el Mahoma, el Polo, el Luis XV, el Gato Negro.
Al insólito coleccionista de cafés lo esperaba El Automático, antes restaurante La Fortaleza, fundado por el piloto Benjamín Méndez Rey. En un primer cambio de propietarios fue rebautizado El Automático, porque la nueva administración, un matrimonio belga, tenía en mente convertirlo en una especie de autoservicio.
La importancia de un veto

El panida León de Greiff era cliente de El Automático, pero no gozaba de la simpatía del matrimonio que lo había comprado. Jaramillo Botero conoció del veto y lo compró con todo y su famoso mezanine habilitado en 1952 como galería de arte para que conocidos y anónimos colgaran sus cuadros y donde los nadaístas dieron una conferencia en cabeza de Gonzalo Arango, su creador y descreador, quien llegó con una caja de embolar de la que sacó el texto escrito en papel higiénico.

Conocidos pintores eran Marco Ospina, Ignacio Gómez Jaramillo, los Tejada, Obregón, Grau, Ramírez Villamizar, Fernando Botero. El joven Ómar Rayo (importado de Roldanillo, Valle) debutó con su “bejuquismo”. Y, como para todos había, los anónimos pintores que no contaban con el aval de Marta Traba se peleaban las paredes: Marco Ospina, Montaña, Sabogal, Rojas Herazo, Alfredo Soto.

El amigo de Gabo, el barranquillero Orlando Rivera, Figurita, fue el que puso la primera piedra a la naciente galería. Jaramillo lo rescató del vecindario, en el parque Santander. En reciprocidad, Rivera rebautizó a su mecenas como “Fernando-Automático”.

El galerista por accidente nunca se dio ínfulas de crítico. Los cuadros le gustaban porque sí. O no le gustaban. La crítica rebuscada se la dejaba a los intelectuales puros o impuros, que mojaban el ego con aguardiente del Estado, como escribió Pedro Restrepo Peláez, otro parroquiano cuando no andaba por México o los Estados Unidos.
Las grandes ligas

En Colombia todo está segmentado por estratos (hoy numerados en 1, 2. 3...), hasta los cafés. No todo el mundo podía sentarse a la mesa de mimados por las musas, como Jorge Zalamea, recién desempacado de Europa, De Greiff, Alberto Ángel Montoya, Guillermo Payán Archer, Gómez Jaramillo, Gaitán Durán, el capitán Juan Lozano (sí, el del soneto a la catedral de Colonia), Hernando Téllez. ¡Ah! Y había dos Téllez: el gran escritor, autor del tal vez mejor cuento colombiano, Espuma y nada más, y Hernando Téllez Blanco, lagarto que asistía a los cocteles como si fuera el otro.

Luis Vidales, el comunista de Suenan timbres, tío del poeta Roca, llegó de Calarcá a tirar línea marxista en su mesa. El periodista Juan Roca Lemus, Rubayata, taita de Juan Manuel, apacentaba su propio rebaño. Periodistas de EL TIEMPO y El Espectador, diarios vecinos de El Automático, caían como golondrinas a airear la lengua y a pescar alguna chiva suelta. El fallecido Rogelio Echavarría, de Santa Rosa “sobre oro edificada”, como la llamaba su paisano Barba Jacob, pulía los versos de El transeúnte.

El Loco Gonzalo Castellanos, venido de Málaga, Santander, intentaba entrevistar a la estrella del establecimiento. El nonagenario preguntaba, De Greiff callaba. El ‘Gorila’ Iáder Giraldo entapetaba el negocio con los vales que firmaba como si fuera una de sus famosas crónicas políticas en El Espectador.

La secta de los piedracielistas, liderada por Carranza y Carlos Martín (profesor de Gabo), tenía su república independiente en una de las mesas. Los “Nuevos” decían presente con los mencionados Zalamea y Vidales. Que no falten los “cuadernícolas”. El entonces tímido poeta Fernando Arbeláez, de esta corriente, le cazaba peleas con seudónimo al dueño del patio, León de Greiff. Luego, en reconocimiento a su talento, sería admitido en el festín de los hermanos mayores.
Anónimos con mesa propia

En uno de sus libros, editado por la Universidad Jorge Tadeo Lozano, cuenta el periodista Carlos J. Villar Borda, otro asiduo, que “al maestro León lo trataba todo el mundo con enorme respeto. Era silencioso y abstraído, fumaba cigarrillos prendidos de una larga boquilla y prefería las mesas en donde no había intelectuales, porque odiaba las conversaciones presuntuosas de estos últimos”.

Concurrían otros asistentes sin mayores nexos con las musas: “Al café, sigue Villar, hermano de Leopoldo, columnista de EL TIEMPO, asistían personas que tenían oficios menores, como el de vender libros, o estanterías o pólizas de seguros, o simplemente que estaban sin empleo y de alguna manera se sentían atraídos o hacían amistad con los contertulios intelectuales”. Costeños y cachacos hacían rancho aparte para desatrasarse de nostalgias y sentirse como en casa.

La cofradía de los hípicos tenía gurú propio: ‘el Mago’ Guillermo Dávila. El viernes, Dávila y su tribu hípica vivían su warholiano cuarto de hora de fama. Era explicable: a dos días de las carreras en el hipódromo de Techo, los parroquianos de El Automático tentaban la suerte, que se expresaba a través del 5 y 6.

El bumangués Dávila —linotipista y colega de García Márquez en la fugaz empresa de fundar en Cartagena el periódico más pequeño del mundo, Comprimido— y su séquito de locutores, comentaristas, preparadores y jinetes compartían sus conocimientos con quienes soñaban con ponerle fin a su “flaca bolsa de irónica aritmética”, dicha en la jerga del panida León.

Entre los vinculados a la hípica estaban Germán García y García, Jorge Torres Lozano, Manuel Escobar, Santiago Munévar, Alfonso Zuluaga, Francelino Murcia.

Donde hay poesía hay emboladores y, desde luego, loteros. También ellos formaban parte del paisaje con el mensaje de la buena fortuna escrito en quinticos de lotería.

Los estudiantes tenían nicho propio. García Márquez lo cuenta: “Al mediodía regresábamos al centro de la ciudad y nos íbamos a los cafés, donde todos estudiábamos. Si vivías en una pensión, no había lugar para trabajar. Los dueños de los cafés dejaban a los estudiantes apoderarse de un rincón, igual que a los clientes asiduos”.

Poco gastaban. El dueño, el paisa Jaramillo, se iba haciendo rico en vales de los intelectuales que finalmente no pagaban la cuenta. De todas formas, no tenía problemas de chequera. Era generoso por amor al arte.
Los cafés no mueren

Como todo tiene su tiempo bajo el sol, al mecenas Jaramillo Botero le fue llegando el ocaso. Una enfermedad lo obligó a retirarse a Girardot, en busca de mejores aires. Hizo valer el paisanaje y le vendió la niña de sus ojos a otro paisa de Jericó, coterráneo de la madre Laura, Enrique Sánchez, diminuto, imaginativo. Le tocó el trasteo de El Automático a un local cercano al parque Santander, donde funciona actualmente la cafetería Glück. Ningún cachivache recuerda tampoco la célebre cofradía de los automáticos.

Sánchez había hecho su primaria en cafés del centro donde despachaba como empleado en la Droguería Granada, recuerda Daniel Samper Pizano. Recetaba y les recitaba poemas a los achacosos. Un método curativo tan infalible. Uno de sus clientes fugaces fue un tal Jorge Luis Borges. De regreso a su Buenos Aires querido, Borges, eterno candidato al Nobel de literatura, cliente fugaz de El Automático por invitación de Sánchez, elogió a Bogotá, “en donde hasta los boticarios recitan poesía o hablan de Quevedo”. Sánchez, además del remedio, alivió a Borges con un extenso poema de Francisco Luis Bernárdez. El asesinato de Sánchez selló la suerte de El Automático.

Sobrevive con el mismo nombre un lánguido café en la calle 18 n.° 7-41. La tarde que visité el local, su dueño, Hernando Betancur, admitió que aparte de la reproducción de una foto de De Greiff con el fondo de una caricatura que le hizo Merino, no quedan huellas del viejo plante. Pero la leyenda continúa.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO
Especial para EL TIEMPO
Exdirector de Colprensa

Fuente: El Tiempo  -  Bogota

lunes, 10 de abril de 2017

Cafetines de Borges


Paula Boente

Para anotar en libretas, entregarse a la lectura, intercambiar ideas con intelectuales o simplemente ver la gente pasar: los escritores suelen tener un vínculo entrañable con las confiterías y bares. Jorge Luis Borges supo tener también sus cafetines porteños, locales con los que entrelazó su historia.

De Retiro a Palermo, pasando por Once y Montserrat. Las señales borgeanas se sintonizan entre ruido de vajilla, silbido de cafeteras y conversaciones de barrio.

Entre los bares más emblemáticos, hoy dos con figuras destinadas a inmortalizar la presencia del autor de Ficciones: la Biela y el Tortoni. En este último, la yunta legendaria está compuesta por Borges, Alfonsina Storni y Gardel, que se acodan en una de las mesitas de mármol. Recorrer ese café tan tradicionalmente porteño y pedir a alguno de los mozos de moñito una indian tonic, como hacía el escritor, puede ser un buen recreo en la vida del microcentro. Si está el gerente general, el señor Roberto Fanego, quien fue testigo de esas veladas de Borges, tal vez le preste alguno de los libros del escritor, para leer entre sorbo y sorbo. 

La Biela, en Recoleta, es otro de los bares donde se puede ver una estatua de Borges, en este caso con su compinche inseparable, la otra mitad de Bustos Domecq: Adolfo Bioy Casares. Para los turistas, irresistible la tentación de una foto con estos dos próceres literarios.

Más cerca del bajo, en la zona de retiro, se puede conocer la confitería Saint Moritz, que abrió sus puertas en el año 1959. Masas cremosas y triples de miga se compartían entre afiches de ese centro nevado de Suiza. Para muchos era parada habitual después de recorrer las galerías de arte de la zona. Borges, vecino del lugar, pasaba sus horas y despuntaba la charla en alguna de las mesas de esta cafetería aún ofrece cosas ricas.

En plena city porteña, aún se conserva algo de la mítica Richmond, lugar de las reuniones del Grupo Florida, del que Borges formaba parte. Allí compartió tertulias con Ricardo Güiraldes, Oliverio Girondo, Marechal, Conrado Nalé Roxlo y Macedonio Fernández, entre otros.

La Richmond es hoy casa de deportes, pero conserva un pequeño bar
Lejos quedaron las mesas de billar y los sillones Chesterfield de esta confitería, que supo dejar su impronta hasta en algunos platos, como la ensalada Richmond (con camarones, palmito, manzana y apio). Hoy el local fue transformado en casa de deportes pero mantiene un pequeño bar con cuatro mesas. bronce y sus columnas doradas. Adentro, hay que atravesar estanterías con zapatillas y remeras fluo para llegar, al son de la música electrónica, a la barra de madera, custodiada por un cuadro con jinetes en cabalgata, para pedir un cafecito.

En Balvanera, una de los bares con más historia supo también albergar a Borges. La Perla del Once no sólo aparece en las páginas del Rock Nacional, sino también en el universo de las letras. Según se dice, Macedonio Fernández recibía allí a varios El frente mantiene su cartel de jóvenes artistas como Borges, Xul Solar o Leopoldo Marechal para debatir sobre filosofía. En Villa del Parque, el Café bar Tokio, uno de los bares notables, se vincula al autor de El Aleph dentro del mundo ficcional: es mencionado en “Un modelo para la muerte”.

Otros locales que trazaron la estela borgeana quedan en el recuerdo de días mejores: confitería del Águila, Petit Café, Saint James y la confitería del Molino.


Fuente : Diario BAE



domingo, 10 de mayo de 2015

La Ciudad que Borges fundó en Palermo




Por Julieta Roffo.

La primera vez que alguien fundó Buenos Aires fue en 1536: el adelantado fue Pedro de Mendoza y, como en épocas virreinales no existía la ley del off-side, lo de “adelantado” era más bien un salvoconducto para apropiarse tierras. No se sabe bien dónde se emplazó el fuerte porteño por aquellos tiempos: si en el Parque Lezama, la Vuelta de Rocha, la Plaza San Martín o el Parque Patricios. Pero para 1541 los querandíes habían desarmado la incursión española. En 1580, se adelantó Juan de Garay e insistió con lo de la fundación: esta vez el fuerte estaría en Plaza de Mayo, hoy corazón político de la Ciudad y del país. Nada que no le hayan enseñado a uno en la escuela primaria.

Con el tiempo, uno puede llegar a enterarse de la tercera fundación de Buenos Aires: en su poemario Cuaderno de San Martín, de 1929, Jorge Luis Borges refunda la Ciudad que, por un par de estrofas, nació en Palermo: “Una manzana entera pero en mitá del campo / expuesta a las auroras y lluvias y suestadas. / La manzana pareja que persiste en mi barrio: / Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga” , escribió. En la génesis que el escritor inventó, la Ciudad había nacido nada menos que donde él creció: a principios del siglo XX, su familia era dueña de tres lotes contiguos que formaban una sola vivienda sobre la calle Serrano. Allí Borges pasó su infancia y parte de su adolescencia, entre 1901 y 1914, cuando en Palermo había más cuchilleros que tiendas de diseño.

Y aunque al final de su poema “Fundación mítica de Buenos Aires” Borges prefiere que la Ciudad sea eterna, sin principio ni final, narra, narra, que algo quedará: hay señales de que en esa manzana estuvo su vida y también su obra. La más visible: desde la Plaza Cortázar –esa que todos llamamos “Plaza Serrano” cuando nos citamos en alguno de sus bares– hasta Plaza Italia, la calle Serrano pasó a llamarse hace años Jorge Luis Borges. Justamente en la esquina de Borges y Guatemala, una placa municipal interrumpe la decoración de un restorán (de diseño, obvio) y reproduce versos de su poema. En Borges 2135, donde hoy hay una peluquería, hay también un cartel que dice que allí vivió el escritor.

Un poco más cerca de Paraguay, al 2145 de Borges, está el café El Aleph del Soho. Además de una antigua edición de Ficciones, una de 1946 de El gran Gatsby, un primer tomo de La Divina comedia y una foto del escritor muy sonriente y muy ciego, en el café hay un cuadro que reproduce la escritura de 1938 a través de la cual la familia De Luca compró uno de los tres lotes a Borges, su madre y su hermana: Juan José De Luca, dueño del bar e hijo del arquitecto que en 1942 inauguró un edificio de cinco pisos en ese terreno, muestra los papeles amarillentos. Ahí están doña Leonor Acevedo de Borges, doña Leonor Fanny Borges y don Jorge Francisco Isidoro Luis Borges vendiendo una de sus propiedades.

“Se acercan muchos extranjeros, especialmente brasileños pero sobre todo europeos, preguntando si no hay un museo que rinda homenaje a Borges”, cuenta De Luca. Menos visitar ese museo que no existe, se puede hacer de todo en la manzana del mito: alquilar un local cuesta entre 4.000 y 11.500 pesos al mes, una cerveza de litro cuesta 28, un pastel de papa con postre cuesta 60, un café, 18, y un kilo de queso de oveja, 259. Se puede comer en un restorán italiano o visitar la galería de arte Espacio 10, que también reproduce la estrofa borgeana en su frente, sobre Guatemala, y que conserva en su interior vitraux de Bélgica y mármol de las canteras de Carrara. Se puede vivir en algún piso alto de las Twin Towers (algún osado bautizó “Torres Gemelas” al proyecto inmobiliario) que miran una a Paraguay y la otra a Guatemala, y que derribaron la vieja palmera por la que respiraba el pulmón de esa manzana.

Se puede vivir en esas cuatro calles sin tener noticias de esa fundación inventada, como les pasa a Beatriz, Mario o Gustavo. Para Alberto, que hace quince años habita la manzana y hace unos cuarenta lee a Borges, es distinto: “Es como vivir en un lugar virtual que nunca existió, pero que existe en la memoria”.

En esa Ciudad virtual donde Palermo es casco histórico, las grandes manifestaciones políticas llegarían por Sarmiento, Las Heras y Santa Fe hasta Plaza Italia, y el invernadero de hierro y cristal del Jardín Botánico podría ser la Casa de Gobierno más transparente del mundo. Pero se me hace cuento todo esto.
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Fuente : Clarín

jueves, 22 de enero de 2015

Borges y la Richmond


 
Escritores notables –entre los que se encontraban Oliverio Girondo, Conrado Nalé Roxlo, Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones, Eduardo Mallea, Raúl Scalabrini Ortiz y Jorge Luis Borges–, fundaron la revista cultural Martín Fierro en el año 1924. El éxito fue inmediato y eso les permitió alquilarse una oficina en Tucumán y Florida para que funcionara como redacción. A solo a dos cuadras de la Richmond de Florida y Corrientes, una confitería ideada por el arquitecto belga Jules Dormal (quien, entre otros trabajos, nos legó el Teatro Colón).

                     Borges en 1924 (Ediciones Gallimard

Agregamos que la confitería se inauguró el 17 de noviembre de 1917 y tuvo dos hermanas: las Richmond de Esmeralda y Corrientes (clásico punto de reunión de los estudiantes); y de Suipacha y Corrientes (clase media baja). Ambas cerraron sus puertas hace mucho tiempo.

Los martinfierristas se reunían todos los días, a partir de las siete de la tarde, en la Richmond de Florida. Iniciaban las concurridas reuniones cantando su himno. Borges (25 años) y los jóvenes poetas se ponían de pie para entonar la célebre “La donna è móbile” que Giuseppe Verdi compuso para su ópera Rigoletto. Pero en vez de decir: “La donna é móbile, qual piuma al vento, muta d’accento e di pensier” (La mujer es cambiante, como la pluma al viento, cambia de tono y de pensamiento”); ellos cantaban:

“¡Un automóvile, dos automóviles, tres automóviles, cuatro automóviles! ¡Cinco automóviles, seis automóviles, siete automóviles, un autobús!”.

Recién después de haber entonado su himno, al que se sumaba gente de otras mesas, comenzaba la famosa tertulia de los hombres de letras en la confitería Richmond.

Fuente : Blogs La Nacion


sábado, 13 de septiembre de 2014

La Confitería del Gas





Nota de Oye Borges : En la confitería del Gas se reúnen los congresistas de Congreso del Mundo cuento de Jorge Luís Borges  -  Libro de Arena.
La Confitería del Gas cerro sus puertas en 1960.

El Café Tortoni fue fundado en 1858 en el local de la esquina noroeste de Rivadavia y Esmeralda. Por los años 80 se trasladó a Rivadavia 826. En el predio dejado, poco tiempo después se instaló la Confitería del Gas, cuyo nombre derivó de los once faroles de gas que iluminaban su fachada. Esta confitería había sido fundada por don Pascual Roverano en 1857 y originariamente estuvo en la calle de la Piedad entre Suipacha y Esmeralda, en la misma cuadra par de la Iglesia San Miguel, bajo la denominación de Confitería León. Algunos años después Roverano vendió el local a sus sobrinos Marini y Capurro.

En el Album Buenos Aires en la Exposición de París 1900. La Argentina Monumental, editado por Bunge y Born, en la página perteneciente a la confitería, ilustrada con dos fotos: una de la fachada y otra del interior del local, podemos leer: «¿Quién no conoce en Buenos Aires la antigua confitería del Gas? Preguntad a las antiguas familias de la capital, que poblaban las calles en los días de gala del 25 de mayo o 9 de julio por esta casa, y os contarán con inmenso júbilo mil recuerdos cariñosos de aquellos felices tiempos en que a la fuerza de las costumbres se aunaba un sentimiento esencialmente sincero de amistad, y el nombre de cientos de familias acudirá a su memoria, que en conmemoración de los días patrios se reunían en amable tertulia en sus lujosos salones del contiguo edificio, que era entonces uno de los más suntuosos de aquellos tiempos. El progreso lo ha transformado todo. La Confitería del Gas, respondiendo a las exigencias modernas, se halla instalada hoy con todo lujo y confort en un amplio palacete en la esquina de las calles Rivadavia y Esmeralda, con vastos y espléndidos salones, con enormes vidrieras llenas de exquisitos artículos, y como es el establecimiento típico de su género en la capital, su nombre está íntimamente adherido a todos los recuerdos. Son hoy sucesores de los señores Roverano Hnos., la razón social Capurro y Marini Hnos.»

Entre la distinguida clientela de la Confitería del Gas se destacan muchas personalidades de la colectividad italiana o relacionados con ella. Tal es el caso del ingeniero civil Domingo Selva (1870-1944) destacado profesional porteño, especialista en hormigón, de valiosa actuación, tanto pública como privada. Entre algunas de sus obras (proyecto y dirección) recordamos: el Teatro Casino en Buenos Aires, (1902, hoy demolido), obra premiada con Medalla de Oro en la Exposición de Milán de 1906, «por la forma en que fue realizada y como aplicación importante del Hormigón Armado, sistema de construcción empleado por primera vez en grande, en el país...»; la casa habitación y de renta de la Sra. de Saint, en Montes de Oca 501 (en 1907); la Escuela Superior de Guerra, en Palermo; la Casa de Gobierno de Tucumán (1908/10), y varios de los pabellones para animales del Zoológico de Palermo.

Selva formó parte de numerosas sociedades científicas, sociales y culturales. Fue socio, vicepresidente, y delegado a numerosos Congresos Internacionales de la Sociedad Científica Argentina, y socio, miembro de la Comisión Directiva y representante en el exterior del Centro Argentino de Ingenieros. Fue también Miembro de la Academia Americana de la Historia, del Instituto Argentino de Cultura Itálica, de la Societá Nazionale Dante Alighieri, y presidente de Unione e Benevolenza.
  
Fuente : Buenos Aires Cultua
Autor : Arq. Horacio J. Spinetto

domingo, 31 de agosto de 2014

“Hoy la tradicional confitería Richmond se convirtió en un monumento a la hipocresía”



 
El clásico de Florida reabrió como casa de deportes, pero mantiene una zona de bar con ocho mesas para evitar la clausura. Pablo Marchetti fue a tomar café y relata la experiencia.

Por Pablo Marchetti

Sólo. Marchetti toma café en la nueva Richmond, entre zapatillas y ropa deportiva. El viernes a las cinco de la tarde era el único cliente.

En la Richmond uno se puede sentar a tomar un rico café. Sí, el café es rico. Nespresso, para más datos. Esos de cápsula, con distintas variedades. Sí, el que toma George Clooney. También se puede tomar un rico té de la línea Pálpito. Que, por si no lo conocen, es un té premium con distintos blends. También se puede tomar una gaseosa o un agua mineral. Y nada más.

Para comer no hay nada. Bueno, sí, los cafés y tés vienen acompañados con un alfajorcito, cortesía de la casa, que puede ser negro o blanco. Y ya; la carta termina ahí. Es cierto, ha habido una profunda merma en la histórica carta de la Richmond, que tenía 454 ítems entre bebidas y comidas. Pero aún está el bar. Con sus mesas thonet con centro bordó, con sus sillas/sillones estilo Chesterfield de madera tallada, con apoyabrazos y tapizado de cuero bordó haciendo juego con las mesas, con sus arañas de bronce y opalina, holandesas, señoriales, en los techos, alumbrando el sector. Sí, el sector.

Sucede que la confitería Richmond es ahora un apartado que ocupa el 10 por ciento del local. El resto es territorio de Just for Sport, una casa de venta de artículos deportivos. A diferencia de la Richmond, Just for Sport está iluminado con lámparas de LED y sólo conserva de la antigua estructura las paredes y los techos con revestimiento de madera.

En Just for Sport hay bastante gente mirando ropa deportiva. La Richmond, en cambio, está vacía. Los encargados juran que suelen venir muchas personas, en especial ex parroquianos de la antigua Richmond. No quiero ser malpensado, pero me da la sensación de que no me están diciendo la verdad. Un viernes, entre las 5 y las 6 de la tarde, soy el único que está tomando un café, en la única mesa ocupada de las ocho que tiene ahora la confitería.

Por otra parte, parece algo improbable que algún ex parroquiano de la Richmond se sienta a gusto con el constante beat en negra de la música electrónica lounge que suena de manera machacosa y permanente en el local. La sensación es similar a estar en el patio de comidas de un shopping. Pero sin comidas y con poca bebida. Eso sí, con mucha historia.

La disposición de la Richmond (o Just for Sport, como prefieran) en la actualidad es la siguiente: 50% Nike, 30% Adidas, 5% Skechers, 5% Under Armour y 10% de confitería propiamente dicha. Hay algunos detalles curiosos, o más bien desconcertantes. El primero es la calidad del café y el té, como se dijo: a pesar de que el contexto llevaría a pensar en algo más parecido a la cafetería de una estación de servicio, el menú es limitadísimo pero de excelencia.

Es llamativa también la modalidad de pago: para tomar un café hay que pagarlo primero, como ocurre en una estación de servicio o en una casa de comidas rápidas. Y se paga en las mismas cajas donde se paga un par de zapatillas o un jogging. Lo primero que me preguntó la cajera fue “¿llevás estas Nike?”, señalando una caja que un encargado había llevado hasta allí. “No, quiero un café”, fue mi respuesta, ante su sorpresa.

El pago se efectúa antes, pero en la mesa te sirve una moza. Ella misma prepara el café tras la barra, frente a la boiserie de roble de Eslavonia, todo patrimonio de la Richmond original. Me siento a la mesa y abro la netbook. No, en la Richmond no hay wi-fi. Tal vez como un homenaje más a la antigua confitería, aquella donde en la década del 20 se reunían los escritores del Grupo Florida, entre otros Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Conrado Nalé Roxlo, Leopoldo Marechal y Macedonio Fernández. Si ellos hicieron la revista Martín Fierro sin conexión wi-fi, ¿por qué necesitaría yo wi-fi para escribir esta humilde crónica?

Trato de escribir algo, pero no, el lugar no es nada inspirador. Me encanta escribir en los bares, pero no. La Richmond actual no resulta estimulante ni para escribir una canción tipo El pollito Pío. Además, me estoy por quedar sin batería y no hay dónde enchufar. Voy al baño. El baño de la Richmond: cerámica lujosa, detalles dorados, amplio, limpio. Demasiado baño para una casa de deportes. Demasiado baño para una confitería minúscula. Tal vez sirva como anexo de los probadores, modernos, que están enfrente.

La Richmond es, en realidad, un monumento a la hipocresía. La “confitería” se mantiene porque en 2011 la Legislatura porteña la declaró Patrimonio Histórico de la Ciudad de Buenos Aires. O sea, la Richmond tiene que existir. Pero nada dice esa resolución sobre el espacio que debe ocupar. De modo que no debería llamarnos la atención que el Café Tortoni pronto sea una concesionaria de autos, por ejemplo. Y que haya un par de mesas al costado. Pero no se trata de indignarnos porque sí. Si la Richmond no funciona, no funciona. Lo paradójico es otra cosa.

Desde la esquina de Corrientes y Florida hasta mitad de cuadra de la peatonal, en esos 50 metros, hay cinco casas de venta de artículos deportivos. No estamos hablando de pequeñas tiendas: se trata, en todos los casos, de locales enormes. Pero en ese mismo espacio no hay ni un solo café notable, exceptuando esa operación de taxidermia que hicieron con la Richmond.

Lo paradójico, pues, es la despersonalización de la ciudad. Es cómo asumimos una Buenos Aires que se repite, cómo es que dejamos que se diluya la identidad ciudadana (una identidad hecha de la convivencia de múltiples identidades) en más y más locales idénticos, donde venden ropa idéntica, con afiches idénticos y consignas idénticas.

Suena utópico, sí. Pero a veces no está mal intentar hacer posible esa utopía. Simplemente hay que hacerlo. O, como se lee en las paredes de la Richmond hoy, lejos de Borges, lejos del Grupo Florida: Impossible is nothing, just do it.




Fuente : Diario Perfil  -  31/08/2014



Ir a Confiteria Richmond antes del cambio :





domingo, 7 de julio de 2013

Tras las huellas de Borges



 Si hay un nombre que es sinónimo de Buenos Aires, es el del escritor Jorge Luis Borges. Su presencia se siente en casi cada esquina de esta diversa y maravillosa ciudad.

Juan Manuel Orbea

Todo camino a seguir es una toma de decisión. Y ésta, la mayor parte de las veces, nace de la subjetividad arbitraria del que decide –ya sea porque sí o porque no o tan sólo porque quién sabe– ir por ahí en lugar de por allá. Si Jorge Luis Borges se planteara esta disyuntiva, si acaso estuviera en la encrucijada en la que me encuentro a la hora de plasmar una hoja de ruta borgeana en Buenos Aires, probablemente pensaría en algún laberinto y sus infinitas bifurcaciones, o tal vez disertaría sobre el asunto, con afilada ironía e ilimitada sabiduría con el otro Borges, seguro riendo divertido frente al espejo.
Pero Borges no está acá. O en realidad está en todas partes de la capital porteña, multiplicado en cafés, casas, calles, librerías, plazas y hasta en la misma gente. Y para no seguir hablando de Borges –que es cosa seria y para gente seria– mejor iniciamos este no tan breve viaje –arbitrario pero interesante, subjetivo pero honesto– por su Buenos Aires; ahí, donde aún se lo puede ver y sentir caminando e imaginando historias.


1. Calle Jorge Luis Borges

Por esta calle (ex Serrano) deambuló sus primeros años de vida (de los 2 a los 15). Vivió en dos casas cuyas construcciones, por cierto, ya no existen: primero en el 2135, casa de su abuela Fanny y en donde el pequeño Georgie comenzó su estrecha relación con el habla inglesa. Al poco tiempo se muda al número 2147. Ahí inicia quizá su relación más íntima y profunda con los libros y sus entrañas: las palabras y las ideas, gracias a la memorable Biblioteca Borges. Y en Palermo (su “Palermo Viejo”) en este barrio arrabalero, de malevos y criollos, tan presente en su obra y tan adorado por su memoria, también descubrió el tango, viendo aquellos muy hombres bailando con hombres. Y se inspiró para escribir, entre otros, “Fundación mítica de Buenos Aires”, poema que deja constancia del lugar de su propia infancia: “Una manzana entera en mitad del campo /expuesta a las auroras y lluvias y sudestadas. /La manzana pareja que persiste en mi barrio: /Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga”. Y aunque hoy esta zona del barrio está absorbida por la moda y el consumo “in”, aún tiene mucho de aquellos tiempos, y por supuesto: de la sombra de Jorge Luis siempre omnipresente.

2. Fundación Internacional Borges


 También en Palermo, casi Barrio Norte, está esta fundación (Anchorena 1660; al lado de una de las casas donde vivió, en el 1672, y donde escribió el célebre cuento “Las ruinas circulares”), creada por su esposa y viuda, María Kodama. Buen sitio para continuar la ruta de Borges. Visitar el museo y disfrutar de la visita guiada es como internarse en un laberinto con muchas salidas, llenas de conocimientos, anécdotas y universo borgeano. En él uno se empapa de la visión universal de Borges a través de objetos, libros e historias que conforman su mente aléphica.

3. Cementerio de la Recoleta


 Quién lo dijera: en este lugar, donde caminó solo innumerables veces imaginando un nuevo cuento; o acompañado de su mejor amigo, Adolfo Bioy Casares, elucubrando alguna historia firmada por Bustos Domeq o polemizando sobre la dualidad de la muerte así como de la vida; aquí quiso ser enterrado. Pero sabemos que si algo no tenemos los mortales es poder de decisión una vez muertos. Y ni Borges se salvó de eso, que mora –por ahora– eternamente en Ginebra. Como sea, pasear por este cementerio es una experiencia tan literaria como borgeana, y en cualquiera de sus callejones podemos, quizá, con suerte, vislumbrarlo cruzar con su bastón, guiado por su talento hacia la inmortalidad que sus libros le dieron. O por qué no: visitando en silencio, entre lágrimas y risas, casi invisible, la tumba de su amigo.

4. La Biela


 Este bar (Quintana y Ortiz), en el barrio más aristocrático de la ciudad, tiene más de
150 años de existencia. Se llamó La Viridita, después Aerobar y, tras un infortunio automovilístico menor en 1950, La Biela. Este lugar, que mira frente al Cementerio de la Recoleta y la Iglesia del Pilar, es tan emblemático de la ciudad como Borges. Acá, el ilustre poeta, ensayista y cuentista pasó incontables horas de su vida en medio del bullicio de la alta y culta sociedad a la que, como la del arrabal palermitano, también perteneció. Nadie que venga a Buenos Aires puede dejar de tomar al menos un café (barato no es, para nada), y sentarse sea en la terraza frente al centenario gomero de ramas gigantes o adentro, junto a esa mesa con las esculturas de Borges y Bioy Casares, dos de sus más ilustrísimos clientes.
J.L.B. vivió a pocas cuadras de ahí (Quintana 263), donde escribió la mayor parte de su libro de cuentos más recordado: “El Aleph”.

5. Departamento de Maipú 994 (esq. M.T. de Alvear)

En pleno Microcentro residió Borges la mayor parte de su vida, en el departamento ‘B’ del 6to piso, con su madre y algunos años con su hermana. Ahí escribió innumerables obras. Alguna vez afirmó que de no tener que viajar, dar charlas, presentar libros y hacer tantas cosas a las que su condición le obligaba, se quedaría ahí leyendo y siempre leyendo. Dio en este lugar sus más memorables entrevistas. Sólo se fue por un tiempo cuando su primer matrimonio. Y cuando uno va al edificio (allá aquél que no toque el timbre y pregunte por él, aunque le respondan de mala gana) y busca su sombra por ahí, no puede salvo reír imaginando al a veces agnóstico y otras ateo rezando un Ave María sólo para hacer feliz a su madre.

6. Plaza San Martín

Ésta era una de las plazas que más frecuentaba el creador de “Ficciones”, más aún viviendo a menos de una cuadra del departamento de Maipú. Caminar por aquí pensando en él provoca otro tipo de sensaciones. Incluso, tras recorrer todos sus senderos y aristas, sentándose en uno de sus bancos (quizá frente a otro milenario gomero que cuida eternamente las espaldas del Libertador San Martín), para luego cerrar los ojos y tratar de sentir como lo hacía Borges cuando la vista comenzaba a fallarle y tuvo que sensibilizar el resto de sus sentidos. Ésta es, sin duda, una gran experiencia sensorial.

7. Gran Hotel Dora


 ¿Saben cuál era la comida favorita de Borges? Dicen por ahí que el arroz con manteca y queso rallado, acompañado de un vaso con agua. ¿Y su restaurante porteño favorito? Varios, muchos más que dos. Uno de ellos, quedaba –aún queda– a metros de Maipú 994, para ser exactos en el 963, en el Gran Hotel Dorá. Durantes los años ‘60 y ‘70 fue un habitué de este lugar. Y cuando llegaba –solo o acompañado de amistades cercanas–, fuera para almorzar, tomar el té o cenar, tenía una mesa reservada para él siempre, sin excepción. Este hotel es un clásico del Microcentro y un buen rincón en busca de las huellas borgeanas, para husmear el recuerdo de su sombra gastronómica.

8. Biblioteca Nacional

 
Desde el hotel hasta la calle México 564 es un lindo paseo, sea por Florida o por las semipeatonales paralelas como San Martín o Resistencia, y pasando por Plaza de Mayo y otros lugares llenos de nostalgia e historia. Recorrido que Jorge Luis Borges seguramente hizo innumerables veces para ir a esa dirección: la Biblioteca Nacional, de la que fue director durante 15 años (estuvo tres años más en la nueva sede de Agüero, que ayudó a crear). Hermoso edificio que hoy alberga el Centro Nacional de Música, aunque en su fachada aún se lee “Biblioteca Nacional”. Al lado está el edificio original de la Sociedad Argentina de Escritores, que Borges presidió en Monserrat y a pasos de San Telmo.

9. Calle Juan de Garay

El Aleph, ese punto en el espacio que contiene todos los puntos del mundo al mismo tiempo, el espejo y centro de todas las cosas, en el cual todo confluye y se refleja a la vez y sin sobreposición, según Borges de 2 a 3 centímetros de diámetro y parecido al cristal, es quizá el objeto más enigmático y célebre de toda su obra. Según el cuento, esa cosita que contiene todo el saber universal (entre otras interpretaciones, se dice representa una biblioteca con todos los saberes y cosas del universo viéndolas a la vez) se encontraba en el sótano de una vieja casa de la calle Garay. Obvio: los borgeanos de corazón no pueden dejar de ir a esa avenida y tratar de imaginar la casona en la que el autor de “Historia universal de la infamia” se inspiró. Recomendamos empezar desde la estación de trenes de Constitución y enfilar por Garay en busca de ese tiempo y el espacio y todas las cosas del cosmos reunidas en una.

10. Librería Clásica y Moderna


Para terminar la ruta borgeana, propongo visitar una librería (si las huellas de Borges pueden atraparse, no hay mejor lugar para hacerlo). Puede ser La Ciudad, en Galería del Este, a metros de su casa de Maipú que fue como su segunda casa; El Ateneo, ex teatro Gran Splendid, en Santa Fe 1860, una de las librerías más impresionantes y bellas del mundo –la segunda más linda, según el diario inglés The Guardian, y que por cierto J.L.B. no conoció-; o bien Clásica y Moderna. Esta librería, situada en Callao 892, es más que una librería. Es un bar, café y espacio cultural donde los libros saltan del papel a través de sus autores, quienes dan conferencias, charlas –que Borges también brindó–, presentaciones de libros, espectáculos escénicos y musicales. Este pequeño pero hermoso espacio asemeja un aleph interactivo dignísimo, sin duda, para cerrar con broche de oro esta subjetiva ruta. Porque para ir tras las huellas de Borges sobran rutas, tantas como sus laberintos.

Nota de la revista Cielos Argentinos

Fuente : Infonews