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lunes, 4 de junio de 2018

El Prado, paisaje del primer amor de Jorge Luis Borges



Villa Esther”, la quinta que aún conserva secretos de la infancia del escritor.

En una quinta de la avenida Lucas Obes y 19 de Abril, en el Prado, transcurrieron los veranos de la infancia del escritor argentino Jorge Luis Borges. La enorme casona y su parque circundante, en el que hoy sobreviven las caballerizas convertidas en una residencia familiar, ocupaban casi dos manzanas. No existía entonces la calle Juan Carlos Blanco, por lo que la finca se extendía hasta la avenida Suárez. Borges evocó decenas de veces su infancia en esa quinta del "Paso del Molino", como se le denominaba al barrio entonces. La zona también es mencionada en varios de sus cuentos. La historia menos conocida es que allí, el autor de El Aleph se enamoró de su prima Esther de Haedo y los padres de ambos planearon un casamiento, que nunca se concretó.

"Villa Esther" se llamaba la quinta, en honor a la hija mayor de los dueños de casa: Francisco de Haedo Suárez y Clara Young.

De Haedo era primo hermano de Leonor Acevedo Suárez, madre de Borges, y tanto con ella como con su marido, Jorge Guillermo Borges, los unía además del parentesco, una gran amistad.

En más de una ocasión, el propio Borges afirmó que "había sido concebido" en la estancia San Francisco de los Haedo, en el departamento de Río Negro. El establecimiento permaneció en poder de la familia hasta hace algo más de una década, cuando fue comprado por un argentino. Tiene una extensión de casi 5 mil hectáreas de las mejores tierras que se pueden encontrar en Uruguay.

Su señorial casco en forma de U data de 1868, pero su historia se remonta a comienzos del siglo XVIII e involucra a las misiones de los jesuitas. Su patio central estaba poblado de centenarios olivos.

Por si le faltaba historia al establecimiento, Leonor Acevedo y Jorge Guillermo Borges concibieron allí a su primer hijo, que resultaría ser uno de los escritores más extraordinarios de la lengua española.

Se habían casado en Buenos Aires el 1° de octubre de 1898. Leonor tenía 22 años y Jorge Guillermo, 24. Pasaron parte de su luna de miel en el campo de sus parientes orientales. El 24 de agosto de 1899, en la capital argentina, nació Jorge Luis Borges. Dos años después, en marzo de 1901, llegaría Norah, la segunda hija del matrimonio.

Los Haedo tuvieron tres hijos: Esther (nacida en octubre de 1899, dos meses después que Borges); Aurora, nacida en 1891, y Carlos en 1895. De los tres, solo Esther vio la luz en la casa en que vivían entonces sus padres, en el centro de Montevideo. Sus dos hermanos nacieron en la quinta.

Se presume que la casona del Prado fue construida al promediar la década de 1880 y perteneció a la familia hasta 1948. Al principio, y a la usanza de aquellos tiempos, era la finca de veraneo. Quedaba en las afueras de la ciudad y la zona toda era el reducto que el patriciado y la alta burguesía habían elegido para edificar lujosas residencias en las que pasaban los meses más cálidos del año. Muy cerca estaba el Hotel del Prado, el paseo más elegante de aquellos tiempos, y el arroyo Miguelete, donde los jóvenes aprendían a nadar o pescaban.

Borges en Uruguay.

Los Borges llegaban a Montevideo a mediados de enero y permanecían en Villa Esther hasta comienzos de marzo. Durante esas largas vacaciones había escapadas al campo. En la estancia San Francisco, Jorge Luis practicaba natación en el arroyo Coladeras que bordea el establecimiento.

"El pobre Jorge ya era muy corto de vista", recordaba Esther de Haedo en una entrevista realizada por César Di Candia en 1990 y publicada en Búsqueda. Esther tenía entonces 91 años y recordaba que su primo se pasaba leyendo.

"A nosotros no nos gustaba que leyera tanto, queríamos que jugara, y nuestra venganza era esconderle los libros. Le hacíamos una especie de chantaje: si jugaba conmigo y con su hermana, le devolvíamos los libros. Esa era la única forma de apartarlo de la lectura, porque se trataba de un chico retraído, juicioso, demasiado juicioso para mi gusto".

Aunque Esther, en ese mismo reportaje sostuvo que ella veía a Borges como un amigo y compañero de andanzas —"No tengo dudas que fue mi amigo de la niñez", aseveraba—, reconoció que sus padres pensaban en un pronto noviazgo y posterior matrimonio. Ambos tenían 12 años. Era 1911.

Enamorado.
El amor de Borges por su prima fue con-firmado a El País por Pelayo Amorim Haedo, sobrino nieto de Esther y sobrino del escritor Enrique Amorim. En más de una ocasión, su padre le contó que Borges estaba enamorado de Esther y que ella correspondía a sus galanteos. Amorim también sostuvo que los padres de ambos querían que se casaran.

Eran tiempos de estricta moral, al menos en apariencia. Un episodio sucedido en la estancia San Francisco durante un verano pinta cómo se manejaban ciertos temas en aquellos años.

Don Francisco de Haedo sorprendió, a la hora de la siesta, a su hija Aurora besándose apasionadamente con su primo Ricardo. No dudó un instante: al mes y medio Aurora y Ricardo se casaron y fueron a vivir a Suiza. Allí permanecieron más de 20 años. Volvieron al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

La casa del Prado.

Villa Esther fue loteada en la década de 1940. Hasta mediados de los 50, los Haedo mantuvieron la casa principal y un amplio terreno. Luego se vendió y los nuevos dueños la demolieron. En su lugar edificaron una casa de estilo moderno. Pelayo Amorim nació y vivió los primeros años de su vida donde eran las caballerizas y las dependencias del personal, que fueron remozadas por sus padres. Esa casa fue ocupada en la década de 1930 por Esther y Enrique en sus estadías en Montevideo. La entrada da a la calle Irigoitía y de su historia, a la vista, quedan sus techos. Son iguales a los que guarecían a Villa Esther y que supieron del primer amor de Jorge Luis Borges.

La historia quedó inconclusa. Nunca conoceremos por qué el noviazgo no se concretó. Ambos se siguieron viendo durante muchos años. Borges entabló una gran amistad con Enrique Amorim, el marido de Esther. Esta y Leonor Acevedo siguieron en comunicación permanente a través de extensas cartas. En ellas, la madre de Borges no dejaba de expresar su angustia cuando su hijo comenzó a quedar ciego a fines de la década de 1938.

Siendo un adolescente, Amorim conoció a Borges en "Las Nubes", el famoso chalet de Salto de sus tíos Enrique y Esther. Lo vio por última vez en Buenos Aires, en la confitería del Hotel Dorá, en 1984.

Borges estaba con María Kodama. Pelayo se acercó y Kodama trató de detenerlo alzando su mano. Amorim no se dio por enterado y se presentó. Recuerda que al principio, Borges lo confundió con su padre, que tenía el mismo nombre, pero luego entendió quién era. Conversaron largo rato. El escritor tenía muy nítidos los recuerdos de Villa Esther, de la estancia San Francisco y del chalet Las Nubes. Cuando se despidieron, Borges le mandó un recuerdo "muy especial" para Esther.

Los abuelos uruguayos.

Se sabe, el autor de Historia Universal de la Infamia tenía dos abuelos orientales: por parte de madre, Leonor Suárez Haedo de Acevedo, casada con el argentino Isidoro Acevedo Laprida; y por parte de padre, el coronel Francisco Borges Lafinur, casado con Frances Haslam. La actuación de mayor destaque como militar del coronel Borges (foto izquierda) se produjo en Argentina a las órdenes de Bartolomé Mitre. Murió en el campo de batalla enfrentando a las fuerzas de Sarmiento, en noviembre de 1874.

ENTRE LÍNEAS.

"El muerto": orígenes de un cuento inmortal.
El muerto es uno de los cuentos de Borges más conocidos, al menos por los uruguayos. Fue llevado al cine en la década de 1970 y su rodaje —casi íntegramente— se realizó en Colonia. Cuenta la historia de Benjamín Otálora, que en palabras de Borges era "un triste compadrito porteño sin más virtud que la infatuación del coraje", que se interna en la Banda Oriental en 1891, cerca de la frontera con Brasil, y llega a jefe de contrabandistas. La historia transcurre en Tacuarembó y narra cómo Otálora se va apropiando de las cosas más valiosas de su jefe Azevedo Bandeira, un brasileño acriollado. Primero es el caballo "el colorado", luego el apero y finalmente irá por la mujer de Bandeira.

Borges se inspiró en un hecho real para escribir esta historia.

Sucedió en 1947 estando de vacaciones en Salto, en el chalet "Las Nubes" de Enrique Amorim y Esther de Haedo.

Pelayo Amorim padre, que por esos años era funcionario técnico del Ministerio de Ganadería, tuvo que trasladar en su auto al juez letrado a una estancia donde se había producido el crimen. Amorim y Borges quisieron ir con ellos y allí marcharon los cuatro. La historia, con nombres y fechas cambiadas, es la que narró en El muerto.

Fuente: El País  -  Uruguay
Foto Gentieza Pelayo Amorim

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Documento: Borges en Montevideo 15 de junio 1978 Entrevista con Atilio Garrido





El uruguayo Atilio Garrido lo entrevistó en el histórico departamento que el escritor tenía en la calle Maipú.

La entrevista fue censurada por la dictadura militar uruguaya (Borges contrarió el dogma oficial sobre el héroe patrio José Gervasio Artigas) y recién sale a la luz en 2017.

No se registraron fotos del encuentro, pero el audio de la entrevista quedó registrado.

Detalles del encuentro, y transcripción de la entrevista desde su fuente original.

Fuente : You Tube

sábado, 23 de diciembre de 2017

Documento : Jorge Luis Borges dictó su segunda conferencia sobre Óscar Wilde




Diario "El País" (Montevideo), 4 de octubre de 1950 (Resumen de Carlos A. Passos)

En el Paraninfo de la Universidad y ante numeroso público, el distinguido escritor argentino Jorge Luis Borges ofreció anteayer, la segunda conferencia de su ciclo sobre Óscar Wilde, refiriéndose, en ella, a los sonetos, “La esfinge” y “La Balada de la cárcel de Reading.

Como se sabe, este ciclo es auspiciado por nuestra Universidad y el Departamento de Arte y Cultura del Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social.

Los primeros versos de Wilde –comenzó diciendo Borges– tienen lo que los últimos (que tendrían, también, tantas otras cosas): poseen ya una artesanía perfecta. Son, a veces, ejercicios, pero ejercicios emocionados. En muchos de ellos, Wilde logra una comunicación inmediata; es como si Wilde se hubiera olvidado de que está versificando y se hubiese puesto a pensar en voz alta.

Entre los temas de esos primeros poemas figura, al principio, para desaparecer después, el de la libertad. Wilde heredó este tema de Milton, de Shelley, de Swinburne y de Wodsworth. Y ya en los primeros versos de Wilde aparece, también una evocación que influirá de la manera más extraña en el destino del poeta, tratándose de la persona que más ha influido quizás, en Wilde: es la de Cristo. Al final de su vida,
               
Wilde llegó a identificarse, en efecto, con Cristo y, además, durante toda su vida tuvo la costumbre de pensar no abstractamente, sino, como lo hacía Cristo, directamente en parábolas. Otro tema que hallamos en esos primeros poemas es el del Imperio Británico (lo que resulta extraño en un irlandés), pero el Imperio Británico como prefiguración de una República. En el poema “Ave imperatrix”, donde se canta dicho tema, Wilde acumula esplendores geográficos. Y todo esto anticipa, en cierto modo, la poesía de otro famoso contemporáneo suyo, la poesía de Rudyard Kipling.

Entre los temas de esos primeros poemas figura, al principio, para desaparecer después, el de la libertad. Wilde heredó este tema de Milton, de Shelley, de Swinburne y de Wodsworth. Y ya en los primeros versos de Wilde aparece, también una evocación que influirá de la manera más extraña en el destino del poeta, tratándose de la persona que más ha influido quizás, en Wilde: es la de Cristo. Al final de su vida, Wilde llegó a identificarse, en efecto, con Cristo y, además, durante toda su vida tuvo la costumbre de pensar no abstractamente, sino, como lo hacía Cristo, directamente en parábolas. Otro tema que hallamos en esos primeros poemas es el del Imperio Británico (lo que resulta extraño en un irlandés), pero el Imperio Británico como prefiguración de una República. En el poema “Ave imperatrix”, donde se canta dicho tema, Wilde acumula esplendores geográficos. Y todo esto anticipa, en cierto modo, la poesía de otro famoso contemporáneo suyo, la poesía de Rudyard Kipling.

Fuera de su admirable factura, los poemas iniciales de Wilde que forman su primera época, no parecen escritos en función de la personalidad de Wilde, sino por un joven poeta inglés de Oxford. Quizás Wilde, al escribirlos, quiso identificarse totalmente con sus compañeros de Oxford y, por eso, los escribió así. Son, por lo demás, ejercicios a la manera de Keats, a la manera de Shelley y hay asimismo, muchos poemas mitológicos. Tal vez, lo más personal que estos poemas tienen, es la obsesión casi –diríamos– de Cristo. Hay, por ejemplo, un poema en el que Wilde rechaza con un rigor puritano las pompas de la Iglesia; fue escrito en Roma, después de haber oído Wilde el “Dies irae” en la Capilla Sixtina, y dice, en efecto, que en el esplendor de esa música no había encontrado a Cristo, agregando que mejor lo encontraba en la soledad y en el canto de los pájaros. Y hay luego, un soneto muy angustiado en el cual Wilde antitéticamente describe un personaje y, para que comprendamos que es Cristo, emplea entonces la palabra “humano”. Estos primeros versos de Wilde son elocuentes y la elocuencia suele ser un defecto en la poesía lírica.

En su segunda época, Wilde produjo muchos poemas. No obstante, podemos limitarnos a dos de ellos: “La casa de la cortesana” y “La esfinge”. Ambos poemas corresponden de un modo muy preciso a la fecha en que se escribieron exactamente a las últimas décadas del siglo XIX, al cansancio, a la fatiga, a la sensación de vejez y de inutilidad de esa época. Hay épocas en la historia en que los hombres se sienten en el principio de un proceso: v. gr., el Renacimiento, y el comienzo y el medio del siglo XIX en los Estados Unidos (las poesías de Emerson y de Whitman parecen escritas, en efecto, como desde una aurora); pero también hay otras épocas de cansancio, y una así le tocó en suerte a Wilde, en su segunda época. El siglo XIX tan memorable, sobre todo ahora, y digno de tanta nostalgia, es hacia su final, una época triste. Tenemos, al respecto, el testimonio de un contemporáneo de Wilde, que sintió esa impresión de estar perdido en un vasto mundo mecánico e insensato, el testimonio de Chesterton quien, en la dedicatoria de “El hombre que fue jueves” a un amigo suyo, dice, primero, “El mundo era muy viejo cuando tú y yo éramos jóvenes”, y recuerda, luego, a dos escritores que en ese mundo de gente cansada y escéptica, se atrevieron a ser felices y valientes: Walt Whitman, desde la isla de Manhattan, y Stevenson, que se moría en otra isla en el Pacífico. Pues bien: a Wilde le tocó hacer lo poético de ese tiempo de cansancio y lo hizo en poemas barrocos. De ellos se ha dicho que son arabescos verbales. Y es verdad, siempre que no veamos un reproche en esa definición. En uno de ellos, el poeta y su novia se acercan a una casa alta e iluminada en donde hay una fiesta y ven entonces las formas de los bailarines y oyen a los músicos que tocan un vals de Strauss. Wilde toma este tema de las sombras, para decir que esos bailarines, a quienes se ve como sombras, son realmente sombras. Y el otro poema de Wilde es “La esfinge”. Es un poema que podemos llamar perfecto, y que está casi enteramente tejido de palabras ilustres, antiguas y oscuras. El ambiente de ese poema es, más o menos, el de “La tentación de San Antonio” de Flaubert. Y si pregunta qué sentido tiene ese poema, puede contestarse que ninguno, que el único fin del poeta ha sido halagarnos con esas evocaciones ilustres y con la melodía de los versos. Tiene, el mismo, lo que algunos han llamado los defectos barrocos: la fría extravagancia, el exceso decorativo. Sintácticamente, es un poema singularmente claro: no hay ninguna frase torpe. Y hay otro rasgo que es común a todas las poesías de Wilde en esa época: la frecuente mención de una etapa del día que no había figurado en la poesía anterior a las últimas décadas del siglo XIX: el crepúsculo. El del crepúsculo nocturno fue, en efecto, un descubrimiento literario de ese tiempo (a nuestras repúblicas llegó después con Lugones, con Herrera y Reissig, y en general con los poetas del modernismo). La idea de que la noche pudiera ser agradable es una idea relativamente nueva en la literatura. Para los poetas griegos, los latinos, los del Renacimiento, la imagen natural de la alegría era la aurora. En cambio, en el siglo XIX ya se siente la aurora como algo terrible; vemos el sentido que ella tiene, en la poesía de Baudelaire y, también, en la de Tennyson. Los poetas de la época de Wilde abundan, así, en esa etapa ambigua del día.

Diario "El País" (Montevideo), 2 de diciembre de 1949 (Resumen de Carlos A. Passos)

Texto recopilado en diario de la época depositado en Biblioteca Nacional de Montevideo y editado por mi, Carlos Echinope, editor de Letras Uruguay, sin apoyo alguno y sin trabajo rentado. Si me apoyan haré mucho más. Gracias.  echinope@gmail.com - @echinope Métodos para apoyar a Letras-Uruguay

Fuente : Letras Uruguay
http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/borges/borges_conf_wilde.htm

domingo, 6 de agosto de 2017

El Prado, paisaje del primer amor de Jorge Luis Borges

“Villa Esther”, la quinta que aún conserva secretos de la infancia del escritor.

                        Jorge Luis Borges. Foto: Gentileza Pelayo Amorim 

DIEGO FISCHER

En una quinta de la avenida Lucas Obes y 19 de Abril, en el Prado, transcurrieron los veranos de la infancia del escritor argentino Jorge Luis Borges. La enorme casona y su parque circundante, en el que hoy sobreviven las caballerizas convertidas en una residencia familiar, ocupaban casi dos manzanas. No existía entonces la calle Juan Carlos Blanco, por lo que la finca se extendía hasta la avenida Suárez. Borges evocó decenas de veces su infancia en esa quinta del "Paso del Molino", como se le denominaba al barrio entonces. La zona también es mencionada en varios de sus cuentos. La historia menos conocida es que allí, el autor de El Aleph se enamoró de su prima Esther de Haedo y los padres de ambos planearon un casamiento, que nunca se concretó.

"Villa Esther" se llamaba la quinta, en honor a la hija mayor de los dueños de casa: Francisco de Haedo Suárez y Clara Young.

De Haedo era primo hermano de Leonor Acevedo Suárez, madre de Borges, y tanto con ella como con su marido, Jorge Guillermo Borges, los unía además del parentesco, una gran amistad.

En más de una ocasión, el propio Borges afirmó que "había sido concebido" en la estancia San Francisco de los Haedo, en el departamento de Río Negro. El establecimiento permaneció en poder de la familia hasta hace algo más de una década, cuando fue comprado por un argentino. Tiene una extensión de casi 5 mil hectáreas de las mejores tierras que se pueden encontrar en Uruguay.

Su señorial casco en forma de U data de 1868, pero su historia se remonta a comienzos del siglo XVIII e involucra a las misiones de los jesuitas. Su patio central estaba poblado de centenarios olivos.

Por si le faltaba historia al establecimiento, Leonor Acevedo y Jorge Guillermo Borges concibieron allí a su primer hijo, que resultaría ser uno de los escritores más extraordinarios de la lengua española.


Se habían casado en Buenos Aires el 1° de octubre de 1898. Leonor tenía 22 años y Jorge Guillermo, 24. Pasaron parte de su luna de miel en el campo de sus parientes orientales. El 24 de agosto de 1899, en la capital argentina, nació Jorge Luis Borges. Dos años después, en marzo de 1901, llegaría Norah, la segunda hija del matrimonio.

Los Haedo tuvieron tres hijos: Esther (nacida en octubre de 1899, dos meses después que Borges); Aurora, nacida en 1891, y Carlos en 1895. De los tres, solo Esther vio la luz en la casa en que vivían entonces sus padres, en el centro de Montevideo. Sus dos hermanos nacieron en la quinta.

Se presume que la casona del Prado fue construida al promediar la década de 1880 y perteneció a la familia hasta 1948. Al principio, y a la usanza de aquellos tiempos, era la finca de veraneo. Quedaba en las afueras de la ciudad y la zona toda era el reducto que el patriciado y la alta burguesía habían elegido para edificar lujosas residencias en las que pasaban los meses más cálidos del año. Muy cerca estaba el Hotel del Prado, el paseo más elegante de aquellos tiempos, y el arroyo Miguelete, donde los jóvenes aprendían a nadar o pescaban.

Borges en Uruguay.
Los Borges llegaban a Montevideo a mediados de enero y permanecían en Villa Esther hasta comienzos de marzo. Durante esas largas vacaciones había escapadas al campo. En la estancia San Francisco, Jorge Luis practicaba natación en el arroyo Coladeras que bordea el establecimiento.

"El pobre Jorge ya era muy corto de vista", recordaba Esther de Haedo en una entrevista realizada por César Di Candia en 1990 y publicada en Búsqueda. Esther tenía entonces 91 años y recordaba que su primo se pasaba leyendo.

"A nosotros no nos gustaba que leyera tanto, queríamos que jugara, y nuestra venganza era esconderle los libros. Le hacíamos una especie de chantaje: si jugaba conmigo y con su hermana, le devolvíamos los libros. Esa era la única forma de apartarlo de la lectura, porque se trataba de un chico retraído, juicioso, demasiado juicioso para mi gusto".

Aunque Esther, en ese mismo reportaje sostuvo que ella veía a Borges como un amigo y compañero de andanzas —"No tengo dudas que fue mi amigo de la niñez", aseveraba—, reconoció que sus padres pensaban en un pronto noviazgo y posterior matrimonio. Ambos tenían 12 años. Era 1911.

Enamorado.
El amor de Borges por su prima fue con-firmado a El País por Pelayo Amorim Haedo, sobrino nieto de Esther y sobrino del escritor Enrique Amorim. En más de una ocasión, su padre le contó que Borges estaba enamorado de Esther y que ella correspondía a sus galanteos. Amorim también sostuvo que los padres de ambos querían que se casaran.

Eran tiempos de estricta moral, al menos en apariencia. Un episodio sucedido en la estancia San Francisco durante un verano pinta cómo se manejaban ciertos temas en aquellos años.

Don Francisco de Haedo sorprendió, a la hora de la siesta, a su hija Aurora besándose apasionadamente con su primo Ricardo. No dudó un instante: al mes y medio Aurora y Ricardo se casaron y fueron a vivir a Suiza. Allí permanecieron más de 20 años. Volvieron al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

La casa del Prado.
Villa Esther fue loteada en la década de 1940. Hasta mediados de los 50, los Haedo mantuvieron la casa principal y un amplio terreno. Luego se vendió y los nuevos dueños la demolieron. En su lugar edificaron una casa de estilo moderno. Pelayo Amorim nació y vivió los primeros años de su vida donde eran las caballerizas y las dependencias del personal, que fueron remozadas por sus padres. Esa casa fue ocupada en la década de 1930 por Esther y Enrique en sus estadías en Montevideo. La entrada da a la calle Irigoitía y de su historia, a la vista, quedan sus techos. Son iguales a los que guarecían a Villa Esther y que supieron del primer amor de Jorge Luis Borges.

La historia quedó inconclusa. Nunca conoceremos por qué el noviazgo no se concretó. Ambos se siguieron viendo durante muchos años. Borges entabló una gran amistad con Enrique Amorim, el marido de Esther. Esta y Leonor Acevedo siguieron en comunicación permanente a través de extensas cartas. En ellas, la madre de Borges no dejaba de expresar su angustia cuando su hijo comenzó a quedar ciego a fines de la década de 1938.

Siendo un adolescente, Amorim conoció a Borges en "Las Nubes", el famoso chalet de Salto de sus tíos Enrique y Esther. Lo vio por última vez en Buenos Aires, en la confitería del Hotel Dorá, en 1984.

Borges estaba con María Kodama. Pelayo se acercó y Kodama trató de detenerlo alzando su mano. Amorim no se dio por enterado y se presentó. Recuerda que al principio, Borges lo confundió con su padre, que tenía el mismo nombre, pero luego entendió quién era. Conversaron largo rato. El escritor tenía muy nítidos los recuerdos de Villa Esther, de la estancia San Francisco y del chalet Las Nubes. Cuando se despidieron, Borges le mandó un recuerdo "muy especial" para Esther.

Los abuelos uruguayos.
Se sabe, el autor de Historia Universal de la Infamia tenía dos abuelos orientales: por parte de madre, Leonor Suárez Haedo de Acevedo, casada con el argentino Isidoro Acevedo Laprida; y por parte de padre, el coronel Francisco Borges Lafinur, casado con Frances Haslam. La actuación de mayor destaque como militar del coronel Borges  se produjo en Argentina a las órdenes de Bartolomé Mitre. Murió en el campo de batalla enfrentando a las fuerzas de Sarmiento, en noviembre de 1874.

ENTRE LÍNEAS.

"El muerto": orígenes de un cuento inmortal.

El muerto es uno de los cuentos de Borges más conocidos, al menos por los uruguayos. Fue llevado al cine en la década de 1970 y su rodaje —casi íntegramente— se realizó en Colonia. Cuenta la historia de Benjamín Otálora, que en palabras de Borges era "un triste compadrito porteño sin más virtud que la infatuación del coraje", que se interna en la Banda Oriental en 1891, cerca de la frontera con Brasil, y llega a jefe de contrabandistas. La historia transcurre en Tacuarembó y narra cómo Otálora se va apropiando de las cosas más valiosas de su jefe Azevedo Bandeira, un brasileño acriollado. Primero es el caballo "el colorado", luego el apero y finalmente irá por la mujer de Bandeira.

Borges se inspiró en un hecho real para escribir esta historia.
Sucedió en 1947 estando de vacaciones en Salto, en el chalet "Las Nubes" de Enrique Amorim y Esther de Haedo.

Pelayo Amorim padre, que por esos años era funcionario técnico del Ministerio de Ganadería, tuvo que trasladar en su auto al juez letrado a una estancia donde se había producido el crimen. Amorim y Borges quisieron ir con ellos y allí marcharon los cuatro. La historia, con nombres y fechas cambiadas, es la que narró en El muerto.

Fuente : El País –Montevideo – Uruguay



sábado, 18 de junio de 2016

A 30 años de la muerte de Jorge Luis Borges


El actor uruguayo Roberto Jones, quien conoció al escritor argentino, lo recuerda en esta charla con El País

                                           Foto: El País

¿Cómo es el último recuerdo que tiene de Borges?

El último recuerdo fue la despedida de cuando hicimos la película, de la BBC de Londres acá en Montevideo. A los tres años se murió. Me emocionó mucho porque me dio un fuerte abrazo, y me dijo ‘lo quiero mucho, Jones. Muchas gracias’. Yo quedé muy emocionado, y nunca más lo vi. Luego se fue a Buenos Aires, luego a Ginebra. Físicamente era muy endeble, y tenía que tener siempre a alguien a disposición, para que lo cuidara. Cuando comía a veces se le caía la comida, era una persona absolutamente dependiente. Estaba la Kodama que era lo que lo cuidaba, y yo muchas veces lo asistía, incluso acompañarlo al baño. A nivel de lucidez era un joven, un pensador único. Nunca escuché a alguien verbalizar tantos pensamientos, y dejarte reflexionando. Tenía tanto conocimiento del hombre, que ya no era una erudición, era un filósofo. Tenía una mezcla de realismo irónico con un misticismo muy grande.

¿Y si salta a la primera vez que lo trató?

Antes lo había visto desde lejos, pero la primera vez que lo traté fue cuando él dio una conferencia, sobre la Kabbalah hebrea, en una sinagoga de Buenos Aires. No era nada teatral al dar la conferencia: no tenía expresión, simplemente una sonrisa, o seriedad. Era un hombre quieto ahí, y eso me atrajo. Tenía como un tartamudeo, como que no le salía la expresión, pero después salía y era una maravilla, más sobre ese tema que luego me apasionó. En la conferencia tenía la misma voz que luego cuando hablaba contigo comiendo. No era un disertador. Sí era un actor cuando recitaba, aunque decía muy mal sus poemas, les daba como una entonación, como un canto, muy falsa. Entonces, en 1973, estaba lógicamente mucho mejor físicamente que luego, en el 82. Era un hombre muy elegante, se vestía siempre muy bien. Tenía algo de eso que los porteños llaman ‘un hombre distinguido’. Un típico de clase alta, muy coqueto. Un día, se le escapó a él, porque pensó que yo no estaba, y le preguntó a María Kodama si yo era buen mozo. Como yo en la película lo representaba a él siendo joven, estaba preocupado que el actor que lo hiciera… a ver qué opinaba ella.

¿Era un hombre accesible?

Bueno, luego de aquella conferencia, una semana después, lo vi en una confitería, y me acerqué a hablar. Era muy accesible, y muy humilde en serio. Era también muy tajante si lo querías llevar para algún tema. Fijate que la película se rodó en plena guerra de Las Malvinas, y de la BBC le preguntaron qué pensaba al respecto. Y dijo que Las Malvinas habría que dárselas a Bolivia, que no tenían salida oceánica. Era un aristócrata, ideológicamente, políticamente, y sin embargo tenía una admiración por el mundo orillero, el tango, cosas muy populares.

¿Ideológicamente discrepaban mucho?

Ideológicamente estábamos en las antípodas. Yo estaba en el exilio, por ser integrante del Movimiento de Liberación Nacional, por ser tupamaro en el 73, y él estaba considerado un ‘gorila’. Y eso se reflejaba en nuestras conversaciones. Aunque él en realidad era una especie de apolítico, era un aristócrata, estaba por encima de los políticos. Era un filósofo. Era un gran poeta. Pero después en la práctica iba a visitar a Pinochet, o al principio había apoyado a Videla. Después es cierto que fue el primer intelectual en firmar a favor de los desaparecidos. Él no tenía ningún problema en ir para atrás y para delante. Decía que Estados Unidos no era un imperio porque no se animaba, y que se tenía que animar. Decía cosas que le ponían la piel de gallina a la izquierda, pero tampoco era de derecha. Era inasible políticamente. El padre había sido un anarquista, al menos de pensamiento, y él tenía algo de eso: no respetaba al poder. Quizá su soberbia era que no le importaba, que estaba por encima del poder. Y tenía una aversión del nazismo, y al comunismo, al totalitarismo político militarista.

¿Fue muy difícil para ti representarlo en escena, en “La memoria de Borges”?

Allí quise trasmitir el amor que Borges que trasmitió a mí. A él le hubiera gustado mucho ver el espectáculo, que fue lo más difícil que yo hice en mi carrera. Era hablar de mi vida y de la de él. A Borges siempre le gustó mucho era cosa justamente borgeana, que alguien joven, que lo vio en una conferencia, y luego hablado en una confitería de Buenos Aires, luego de 10 años, nos juntáramos para hacer una película sobre su vida, y que yo hiciera de él siendo joven. Toda esa mezcla dramática a él le fascinaba, le parecía algo muy típico de un cabalístico. Parecía un cuento de sí mismo.

Fuente : El País  -  Uruguay

lunes, 13 de octubre de 2014

Borges y los orientales




Rubén Loza Aguerrebere

Decía Alfonso Reyes que “todo cuanto Borges ha escrito es digno de leerse y conservarse”. Quiero recordar algunos de sus juicios de sus años juveniles sobre distinguidos escritores del Uruguay de aquellos tiempos. Figuran en “Textos recobrados: 1919/1923”, que reúne facetas poco conocidas de su literatura.

Sobre su afecto por el Uruguay hemos escrito en estas páginas, pero siempre regresan sus textos con esa mirada a nuestras letras. Veamos, así, textos sobre la poesía y la narrativa de varios autores, que son hoy algunos de nuestros (olvidados) clásicos.

En la revista “Síntesis”, en 1927, sobre “El hombre que se comió un autobús”, del poeta uruguayo Alfredo Mario Ferreiro. Dice: “Este libro no es un libro de felicidad, sino de alegría. Yo creo interesarme mucho en la felicidad y muchísimo menos en la alegría, ya que soy poseedor frecuente de esta última y no de la primera...”. Prosigue definiendo al autor como “el único futurista que he conocido”. Y agrega estas elogiosas palabras: “No es, como el orador itálico Marinetti, un declamador de las máquinas ni un dominado por su envión o su rapidez; es un hombre que se alegra de que haya máquinas. También de que haya viento y potros y vidas. Es decir, la realidad le da gusto”.

En abril de 1928, en la misma revista, comentó el libro de cuentos de Francisco Espínola, “Raza ciega”. Define su contenido como “cuentos gauchos”, aunque de inmediato hace esta aclaración: “Mejor dicho, son cuentos de la general pasión humana en ambiente gaucho”. Y continúa: “En desacuerdo salvador con las habituales muestras insípidas del género criollo, la localización aquí es lo adjetivo y el yesquero, el mate y las quinchas son meros accidentes de lugar y nunca obsesiones. Esa posesión es tiránica: la lectura, por más que se inicie con el desgano y la languidez, no dura mucho en ellas y nos impone su imaginada y dura verdad”.

En ese mismo año Borges escribió sobre “Montevideo y su cerro”, de Montiel Ballesteros. Se refiere a la convivencia que advierte, en ese libro, de dos lenguajes: “el de los ya invisibles lugares comunes de ayer y el de los demasiado visibles de mañana”. Y observa: “Dos lenguajes valen dos almas. Me gusta más la antigua: creo que es la auténtica de Montiel”.
No menos emotivo para los lectores de este lado del “río de sueñera y barro” es el prólogo que escribiera para la “Antología moderna de la poesía uruguaya, 1900-1927”, que fuera seleccionada por nuestro poeta y ensayista Ildefonso Pereda Valdés.

Aquí Borges va más allá y se extiende sobre los orientales de la Banda Oriental, y lo escribe con estas palabras: “Obligación no final de mi prólogo es no dejar en blanco esta observación. Los argentinos vivimos en la haragana seguridad de ser un gran país, de un país cuyo solo exceso territorial podría evidenciarnos, cuando no la prole de sus toros y la feracidad alimenticia de su llanura. Si la lluvia providencial y el gringo providencial no nos fallan, seremos la Villa Chicago de este planeta y aún su panadería. Los orientales, no. De ahí su claro que heroica voluntad de diferenciarse, su tesón de ser ellos, su alma buscadora y madrugadora. Si muchas veces, encima de buscadora fue encontradora, es ruin envidiarlos. El sol, por la mañanas, suele pasar por San Felipe de Montevideo antes que por aquí”.
Mayores elogios, imposible.

Fuente : El País