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sábado, 20 de noviembre de 2021

Borges y la ceguera: ¿qué fue lo último que escribió antes de perder la vista?


 Borges en el Paseo de los Poetas en El Rosedal de Palermo - Foto Lucía Merle

 

Una enfermedad congénita condicionó su visión. Los rastros de la transición en el cuento “El sur”.

 

Maxi Kronenberg

 

Como toda genialidad que consagra a un artista inigualable, Jorge Luis Borges (1899-1986) ofrece numerosos registros autobiográficos en varios de sus cuentos y poesías que integran su obra literaria. El cuento El Sur (1953), considerado el más sublime de todos según la crítica especializada, esconde innumerables misterios que el propio escritor argentino intenta develar.

 

El más impactante de todos es el principio de su ceguera, que recién será confirmada dos años más adelante, en 1955. Y como si fuera una contradicción de su destino, ese mismo año el célebre escritor, ensayista y poeta argentino fue designado director de la Biblioteca Nacional tras el golpe militar liderado por el general Eduardo Lonardi que derrocó a Juan Domingo Perón.

 

Borges tenía 56 años. Y como José Mármol y Paul-François Groussac, asumió la dirección de la Biblioteca Nacional completamente ciego.

 

El Sur es un cuento que combina la fantasía con el realismo. Primero fue publicado en 1953 en el diario La Nación y luego en la reedición de Ficciones (1956), una de sus obras maestras.

 

De acuerdo a la mirada del escritor, periodista y editor Santiago Llach, tras superar el trauma de un accidente doméstico, esta brillantez literaria de Borges que anuncia la pérdida de su visión marcó el punto de inflexión en la vida de uno de los escritores más influyentes de la literatura hispanoamericana y universal del siglo XX.

 

Acaso, El Sur es el último relato que ha escrito de puño y letra, en el que se despide de su vista, antes de perderla por completo y comenzar a “escribir” de otra manera.

 

“El Sur es el último cuento que escribe en lo que llamo ‘raid creativo’, entre 1938 y 1953. Es el período en el que Borges escribe sus dos grandes libros de cuentos: Ficciones (1944) y El Aleph (1949), señala Llach, también docente literario.

 

El destino de un hombre

 

La historia transcurre en febrero de 1939. Juan Dahlmann, su personaje central, es un bibliotecario argentino de ascendencia alemana que se dirige en tren hacia la estancia que su familia posee en La Pampa para descansar durante un fin de semana después de haber sufrido un accidente casero.

 

Antes de emprender esta aventura, se había golpeado la cabeza con la batiente de una ventana que estaba abierta que le ocasionó una septicemia: pasó ocho días con un estado febril atroz seguido por una intervención quirúrgica en un sanatorio porteño que lo había dejado al borde de la muerte.

 

Dahlmann confunde si realmente está en el Sur o si aún permanece internado en el hospital en estado delicado. Y en esta narración borgeana, el personaje alucina si se ha recuperado o si efectivamente ha podido viajar al lugar que lo transporta hacia un pasado de felicidad y añoranza.

 

El guardia del tren le avisa que tiene que bajarse antes de llegar a la estación. El hombre camina unas 12 cuadras hasta llegar a un almacén pero al caer la noche decide cenar en ese lugar. Allí había tres gauchos en otra mesa: uno de ellos estaba ebrio y lo invita a pelear afuera de la pulpería.

 

Alguien le coloca un arma blanca para que Dahlmann pudiera defenderse. El final queda abierto: el protagonista hubiese preferido morir en una pelea a cuchillo contra el compadrito en lugar de hacerlo en el sanatorio donde estaba internado.

La ceguera

 

La historia menciona sutilmente la ceguera, el color amarillo, (su color favorito, una de las pocas tonalidades que podía reconocer antes de perder la visión), acompañada por la enumeración poética del verbo “ver”.

 

Para Borges -o Dalhmann-, viajar hacia el Sur significa el reencuentro con sus años de juventud o un regreso hacia la nostalgia que conecta su pasado como poeta visual: “Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura”, escribe Borges.

 

“El Sur es la culminación de ese período de fertilidad que él encuentra en su mediana edad en el que sintetiza varios aspectos de su obra: uno es el doblez entre el realismo y el fantástico, otra es la disputa entre el hombre de armas y el hombre de letras o entre la civilización y barbarie. También hay una lectura de la literatura argentina y de la historia argentina. Según mi hipótesis, tomó el cuento Casa Tomada, de Cortázar. Lo hizo muy claramente y después ocultó la pista”, analiza Llach.

 

El punto central de este fascinante relato que revela el misterio de la ceguera de Borges se produce cuando Dalhmann se dirige en tren rumbo a la estancia. El hombre vacila entre leer un libro durante el viaje o contemplar el esplendor del paisaje pampeano a través de los últimos destellos que arroja su mirada, como si fuera un presagio de lo que vendrá más adelante para que esas imágenes queden grabadas en su retina.

 

Toda una representación de la literatura borgeana de lo que significa el incipiente adiós de su vista.

 

“A través de la ventana observa el paisaje y al mismo tiempo intenta leer Las mil y una noches y no logra hacerlo porque se distrae del paisaje. Ahí veo a un Borges que está proyectando su propia condición en relación a la visión y a sus propios problemas con la ceguera, se está imaginando que pronto dejará de ver. Una vez más, recurre a su paradójica gran capacidad como poeta visual, como poeta de imagen que fácilmente se puede relacionar su vida”, destaca Llach.

 

“La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir”, cuenta el autor en uno de los pasajes de El Sur.

 

​Un mal familiar

 

Borges padeció una enfermedad congénita heredada de su familia paterna: su abuela Frances Haslam y su padre Jorge Guillermo, un abogado y profesor de psicología de origen portugués nacido en Entre Ríos que conservaba el hábito de leer y también se había quedado ciego.

 

A pesar de esta discapacidad, consultó a prestigiosos oftalmólogos de la época pero ninguno pudo formular un diagnóstico certero ni tampoco modificar su desenlace. Sabía que su destino estaba predestinado a la pérdida de la visión desde su nacimiento y esperaba tener una muerte “ciega, sonriente y valerosa”, como la tuvieron sus antepasados que murieron ciegos.

 

Así lo reflejó en una conferencia que en 1977 brindó sobre su ceguera: “Es dramático el caso de aquellos que pierden bruscamente la vista: se trata de una fulminación, de un eclipse; pero en el caso mío, ese lento crepúsculo empezó (esa lenta pérdida de la vista) cuando empecé a ver. Se ha extendido desde 1899 sin momentos dramáticos, un lento crepúsculo que duró más de medio siglo”.

El momento del accidente. Imagen del film "El Sur", de 1992, dirigido por Carlos Saura y basado en el cuento de Borges. Actúa en el rol de Dahlmann Oscar Martínez.

 

El momento del accidente. Imagen del film "El Sur", de 1992, dirigido por Carlos Saura y basado en el cuento de Borges. Actúa en el rol de Dahlmann Oscar Martínez.

 

Muchos escritores suelen narrar sus cuentos o poesías haciendo uso de determinados matices de su vida privada ya sea en forma manifiesta o apelan a la sutileza para que su mensaje quede encriptado bajo la libre interpretación del lector.

 

Borges utilizó este recurso en varias de sus piezas literarias como una sutil manera de expresar sus emociones o trastornos personales a lo largo de sus años.

 

¿Por qué Borges escribía sobre sí mismo?

 

“Es una gran pregunta en la literatura. Aquí hay una parte narcisista en la literatura en la cual todo texto en algún punto parte de una subjetividad y tiene que ver con esa subjetividad, muchas veces con el elemento autobiográfico”, explica Llach, y agrega: también hay otra parte que tiene que ver con la observación y otra potencia humana que tiene que ver con observar a los otros”.

 

Además de El Sur, Borges imprime la huella de su ceguera en varias obras como en el Poema de los dones (1957), Elogio de la sombra (1969), Un ciego (1975) y en el cuento El otro, que consiste en un supuesto reencuentro entre el Borges ya ciego y anciano, con el Borges de la infancia. Esta breve narración forma parte de El libro de la arena, una colección de cuentos y relatos publicado en 1975.

 

Otras historias en un mismo cuento

 

Precisamente, en El Sur queda en evidencia que Juan Dahlmann posee numerosas características similares a las del eximio autor: un bibliotecario que tiene un linaje alemán y un linaje criollo como Borges, que tenía un linaje criollo y un lenguaje inglés.

 

“Al principio hace una descripción y, como en muchos de sus cuentos, hay una autodescripción. Juega con su propia persona y mezcla a sus personajes con rasgos propios y de los otros. Ese hombre va al campo igual que en el caso de El evangelio según Marcos (1970), donde hay un bibliotecario, un estudiante, un intelectual que va al campo a hacerse hombre. Me parece que hay una representación muy clara de este Borges”, afirma Llach.

 

Es que El Sur es un relato que incluye innumerables historias a la vez y refleja la mirada de Borges en varios pasajes del texto. “Es un cuento realista que, según mi hipótesis, tiene una connotación política. Es un cuento local en La Pampa argentina, es un cuento fantástico, un cuento sobre un lector. Otra lectura posible es que Dahlmann no puede leer Las mil y una noches. Primero, ansioso, se golpea la frente y se lastima con la batiente de la ventana, después en el tren se distrae con los paisajes y, más tarde, cuando los gauchos le están haciendo bullying se va diluyendo pero nunca puede terminar de leerlo. Es la historia de un lector inconcluso”, señala Llach.

El momento del accidente. Imagen del film "El Sur", de 1992, dirigido por Carlos Saura y basado en el cuento de Borges. Actúa en el rol de Dahlmann Oscar Martínez.

 

El momento del accidente. Imagen del film "El Sur", de 1992, dirigido por Carlos Saura y basado en el cuento de Borges. Actúa en el rol de Dahlmann Oscar Martínez.

 

Borges desglosa más pistas sobre su pasado que van más allá de su trastorno de la visión y aparecen en el mismo relato: “Uno es el accidente que sufrió en 1938 con la batiente de una puerta, idéntico al accidente que tuvo Dahlmann con la ventana, y lo representa. El otro es que, cuando era chico, los compañeros le habían hecho bullying en el colegio y entonces el padre le había puesto un cuchillo en la mano para defenderse. Para él fue muy traumático. De algún modo, en El Sur está elaborando ese trauma y el accidente que le pasó en 1938, año en que también murió su padre. Me parece que la figura paterna está por detrás del cuento”.

 

Aquel accidente que sufrió en 1938 lo había marcado. El 24 de diciembre, el día de Nochebuena, se había golpeado la cabeza contra la batiente de una puerta que le produjo una septicemia que casi lo condujo a la muerte.

 

Borges no sabía si podía volver a leer y escribir. Su madre Leonor Acevedo Suárez, una mujer culta, se ofreció leerle Más allá del planeta silencioso, la novela de ciencia ficción de Clive Stapes Lewis, autor de Crónicas de Narnia, para comprobar si se había vuelto loco.

 

Al finalizar el cuento se largó a llorar. Tenía casi 40 años, y comprobó que su salud mental no había sufrido ningún daño. “Por eso, en 1939 escribió el cuento Pierre Menard, autor de El Quijote, para probar que todavía podía escribir un cuento. Lo logró y entró en su etapa más productiva”, subraya Llach.

 

En El Sur, Borges retoma la historia del accidente que había sufrido en 1938. “Me parece que se estaba preguntando de nuevo si iba a poder escribir. Lo maravilloso es que, de algún modo, prevé la posibilidad de otro tipo de literatura, la literatura dictada: si bien muchas veces la crítica la ha desdeñado, toda la última parte de la producción borgeana también es extraordinaria: lo hace dictando. Ahí Borges se convierte en Homero, el poeta ciego”, sentencia Llach.

 

Pese a la cantidad de historias diseminadas en el mismo texto, la pérdida de la visión es el rasgo más sutil de todos en el cuento. Según Llach, “esa maravilla que siente el personaje ante la visión de La Pampa y ese éxtasis habla de un Borges que está pensando en perder la vista”.

 

Por eso, El Sur es un cuento en el que el célebre escritor argentino exhibe todo su potencial creativo. “Es como una despedida de su etapa creativa, y no sólo se está despidiendo de la visión sino que se está preguntando si va a poder escribir”.

 

Peronismo y “ocupas”

 

Según el creador del “Mundial de la Escritura”, Borges se inspira en Casa tomada, el primer cuento de Cortázar, publicado en 1946 en la revista Los Anales de Buenos Aires. El escritor de Bestiario combina ficción y realidad para contar la historia de dos hermanos criollos que sienten que unos ocupas le habían usurpado la casa. Finalmente, deciden abandonarla.

 

Borges adopta la trama con El Sur durante el segundo mandato de Perón, aplica la fantasía de que Dalhmann podría haber llegado a la estancia pero ofrece otra pista. “Dice la casa a la que llega era roja y después era rosada y el casco de la estancia también lo era. Para mí, el guarda del tren y los gauchos le tendieron una trampa cuando en realidad le habían tomaron la estancia. Por eso, sus cuentos sobre la propiedad rural y en ese sentido muy solapadamente El Sur es un cuento sobre el peronismo en 1953, en un momento en que el país estaba caldeado con la segunda presidencia de Perón”, advierte Llach.

 

El quid de la cuestión es el temor a la expropiación de propiedades, una idea que flotaba en el aire en el segundo mandato peronista. Es decir, Borges cuenta al principio que “había una casa larga rosada que alguna vez fue carmesí” y más adelante sugiere que el almacén “alguna vez había sido punzó, pero los años habían mitigado para bien ese color violento”.

 

¿Acaso, no estará hablando de la misma propiedad y que la casa de Dalhmann había sido tomada por los peones de la estancia? “Es sutil, representa este conflicto entre los gauchos y el intelectual urbano asociado a todo el linaje de los intelectuales unitarios o cosmopolitas”, afirma Llach.

 

Después de El Sur, pasaron 17 años hasta que Borges publicó nuevamente: fue El informe de Brodie en 1970, cuando en esa época solía dictar sus cuentos.

 

Borges convivió con la ceguera durante 29 años, desde 1955 hasta 14 de junio de 1986 cuando falleció en Ginebra (Suiza) a los 86 años. Aunque El Sur significó la despedida de su vista, su discapacidad no le impidió abandonar la lectura ni tampoco su carrera.

 

Fuente: Clarin Cultura

https://www.clarin.com/cultura/borges-ceguera-ultimo-escribio-perder-vista-_0_MIa3UwWNk.html

viernes, 27 de marzo de 2020

Elogio de la sombra - Diagnóstico de la ceguera de Jorge Luis Borges


 
En la historia y la mitología la ceguera se ha sacudido el estigma de ser una discapacidad visual para convertirse, paradójicamente, en un símbolo de claridad y sabiduría. Cabe recordar a Tiresias, el mayor sabio de la antigüedad, que perdió la vista en manos de Hera y fue compensado por Zeus con el don de la profecía. Del mismo modo innumerables personajes han tanteado el mundo a ciegas utilizando su condición como una herramienta intelectual: Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para que el espectáculo de la realidad no lo distrajera;1 Homero fue un poeta ciego y John Milton construyó su paraíso desde las tinieblas.

En muchos casos la pérdida de la experiencia visual ha confinado a los hombres a un mundo de estricta filosofía. “La desvalorización de las imágenes como vehículos de conocimiento y el consiguiente prestigio del saber verbal” ha potencializado el desarrollo de un nuevo esquema de pensamiento, desprovisto de su más complejo aparato sensorial y lo ha compensado con la evocación de nuevas figuras de otra forma inaccesibles.2 Estas perspectivas generadas desde el aislamiento constituyen la base de las grandes obras universales. Tal vez el caso más conocido es el de uno de los escritores más célebres del siglo XX: Jorge Luis Borges.


Borges (1899-1986) consolidó su obra gracias a sus disquisiciones sobre la ficción y la metafísica. Su obra poética y narrativa están atravesadas por formulaciones sobre el tiempo, las paradojas, los laberintos, el carácter ilusorio de la realidad, el azar y el destino, entre otros temas. Sin embargo, su madurez literaria y el inicio del reconocimiento internacional en la década de los cincuenta coincidieron dramáticamente con una circunstancia personal: la pérdida de la vista. En 1955, al tiempo que es designado director de la Biblioteca Nacional, el escritor argentino se declara completamente ciego y su condición comienza a poblar su literatura. Entendiéndolo como su destino (Paul Groussac, escritor admirado por Borges, ocupó el mismo cargo sin confesar su propia ceguera), Jorge Luis Borges utilizó su discapacidad como instrumento creativo para esculpir su obra. Detalló en poemas, cuentos, conferencias y entrevistas la progresión de su enfermedad y construyó en la oscuridad la estructuración de su realidad.

Diversas lecturas han analizado la influencia de la ceguera en la obra de Jorge Luis Borges: de cómo una vida privada del mundo de las apariencias debe crear una nueva existencia, sobre cómo la generación de nuevas figuras poéticas responde al abandono de las imágenes visuales. Sin embargo, poco se ha especulado acerca de si su escritura puede proporcionarnos datos que esclarezcan la causa de su ceguera. Después de todo, Borges consultó a los médicos más reconocidos de su época y nadie consiguió modificar el desenlace de su enfermedad ni formular un diagnóstico certero.

El destino de Borges se prefigura antes de su nacimiento. La rama paterna de su familia heredó una misteriosa pérdida de la visión que desembocaría en el escritor. Los colores fueron resbalándose lentamente de las pupilas de sus antecesores: su bisabuelo (“que se distinguió por el hecho de haber aparecido en las páginas de la revista médica británica The Lancet pues había sido sometido a una operación ocular innovadora”),3 su abuela y su padre, presagiaron la suerte de su último eslabón.

En todo caso estoy hablando en mi nombre y en nombre de mi padre y de mi abuela, que murieron ciegos; ciegos, sonrientes y valerosos, como yo también espero morir… Se heredan muchas cosas (la ceguera, por ejemplo), pero no se hereda el valor.4

Al igual que sus congéneres, Jorge Luis Borges fue perdiendo la vista desde el comienzo de la misma. El autor del Aleph detalla que su visión lo fue abandonando desde que tiene memoria, una ceguera progresiva que lo acechó desde la infancia. A los nueve años se ve forzado a utilizar anteojos de “fondo de botella”,3 característicos en la corrección de miopía, para mejorar su vista.

Desde mi nacimiento, que fue el noventa y nueve… El tiempo minucioso… me fue hurtando las formas visibles de este mundo.5

Mi caso no es especialmente dramático, ese lento crepúsculo empezó (esa lenta pérdida de la vista) cuando empecé a ver. Se ha extendido desde 1899 sin momentos dramáticos, un lento crepúsculo que duró más de medio siglo.1
Siempre fui muy corto de vista, usaba lentes y era bastante frágil.6

En su juventud las sombras siguieron esparciéndose. A los 19 años, durante su estancia en Mallorca como poeta ultraísta, Borges libra el servicio militar español por “una afección ocular”. A los 28, distanciado del ultraísmo y previo a su Cuaderno San Martín (1929), es valorado por un especialista que le recomienda someterse a cirugía. Entre 1927 y 1955 es operado en ocho ocasiones sin mejoría.

Está casi ciego; después de varias operaciones de cataratas y desprendimiento de retina, sus ojos —ojos de “ese azul desganado que los ingleses llaman gris”, bajo cejas muy pobladas y párpados semidormidos— sólo ven formas borrosas.7

En 1955 tuvo que volver a operarse de desprendimiento de retina en el otro ojo, el bueno. Quedó viendo colores y vagas formas; entre los colores distinguía el anaranjado, el amarillo y el rojo.7

La disminución de su visión progresó impávida hasta que, en 1955, Borges se confiesa completamente ciego y se entrega a una neblina cada vez más espesa.
…debo buscar un momento patético. Digamos, aquel en que supe que ya había perdido mi vista, mi vista de lector y de escritor. Por qué no fijar la fecha, tan digna de recordación, de 1955.2

Con los años fueron dejándome
los otros hermosos colores
y ahora sólo me quedan
la vaga luz, la inextricable sombra
y el oro del principio.8

Pese a la concepción generalizada de la penumbra del ciego, la ceguera de Borges se caracterizó por un abandono paulatino de los colores y las formas, un sosegado naufragio que le fue empañando la mirada.

Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.9

La gente se imagina al ciego encerrado en un mundo negro. Hay un verso de Shakespeare que justificaría esa opinión: “Looking on darkness, wich the blind to do see”; “mirando la oscuridad que ven los ciegos”. Si entendemos negrura por oscuridad, el verso de Shakespeare es falso.

Uno de los colores que los ciegos (o en todo caso este ciego) extrañan es el negro; otro, el rojo. A mí, que tenía la costumbre de dormir en plena oscuridad, me molestó durante mucho tiempo tener que dormir en este mundo de neblina, de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo del ciego.2

Su pérdida visual no resulta dramática en términos del propio autor. En realidad se trata de una ceguera excepcional, singularizada por una anomalía en la percepción de los colores (discromatopsia) y la pérdida de la visión de manera asincrónica en ambos ojos.
… empezaré refiriéndome a mi modesta ceguera personal. Modesta, en primer término, porque es ceguera total de un ojo, parcial del otro. Todavía puedo descifrar algunos colores, todavía puedo descifrar el verde y el azul.2

Al cabo de los años me rodea
una terca neblina luminosa
que reduce las cosas a una cosa
sin forma ni color.10

A los 80 años su ceguera es absoluta. Confinado a una realidad indistinguible, sus ojos se manchan de una única sombra. A los 86 el autor de Ficciones fallece a causa de un cáncer hepático, no sin antes inmortalizar en su célebre Poema de los dones la paradoja de advertirse ciego tras una vida de letras.
Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños a unos ojos sin luz, que sólo pueden leer en las bibliotecas de los sueños…11

Para elaborar un diagnóstico preciso sería necesaria una exploración oftalmológica detallada que complemente los síntomas obtenidos. Las circunstancias obviamente lo hacen imposible; pero, como su mejor literatura, Borges se lee desde distintos ángulos.

Al examinar las fotografías que van desde su infancia hasta sus últimos años se vislumbran características esenciales que pueden esclarecer su enfermedad. El escritor, que utilizó anteojos desde temprana edad, presentó en su madurez alteraciones físicas incorregibles derivadas de su patología: un incipiente estrabismo desvió su mirada hacia el centro y con el paso de los años se acentuó la caída del párpado derecho (ptosis palpebral). Sus últimas fotografías develan una mirada infinita, absorta de lo cotidiano, un abismo entre cejas con cierto brillo a eternidad.

Sin embargo, es una vez más en la literatura en donde se encuentran las mejores pistas para elaborar un diagnóstico retroactivo.

Ante cualquier pérdida crónica de la visión es importante preguntarse cuándo y cómo comenzó la misma, si fue en uno o en ambos ojos y cuáles fueron las características.12 Borges ya nos ha brindado las respuestas: una pérdida visual desde la infancia, lenta, progresiva, asincrónica en ambos ojos y con un trastorno en la percepción de los colores. Además presenta otras particularidades como el uso de anteojos para corregir la miopía, cirugías previas, estrabismo, caída del párpado derecho, desprendimiento de retina y visión de “neblina” (característica en las cataratas).

Lo anterior demuestra que, ante el laberinto de posibilidades que existen para explicar la ceguera, en el caso de Borges hay que descartar todas aquellas que impliquen la pérdida de la visión súbita o en corto tiempo. La desventura de Borges se halla en el lento abandono de lo visible, en esa suerte de ocaso que se extendió por décadas de manera impasible. En otras palabras, limitarse a las enfermedades dilatadas por los años y cuya presentación coincida con los eventos cronológicos del argentino. Existen seis principales causas de ceguera crónica: maculopatía senil, retinopatía diabética, glaucoma, cataratas, retinosis pigmentaria y miopía degenerativa. Por el patrón hereditario de la enfermedad de Borges, la edad de aparición, los años de evolución, las anomalías en la percepción de los colores y las manifestaciones físicas de su ceguera, las primeras cuatro enfermedades resultan incompatibles. Aunque cada una de ellas guarda algún tipo de relación con el poeta, en conjunto no cumplen con la mayoría de los parámetros establecidos.

Al descartar categóricamente dichas patologías el sendero de las posibilidades se bifurca: retinosis pigmentaria o miopía degenerativa. Además de ser infrecuentes, ambas comparten similitudes fundamentales con la afección de Borges. Aquí se condensa el misterio y la suerte del autor se somete a una deducción meticulosa. La retinosis pigmentaria se manifiesta entre la segunda y la tercera décadas de vida. Consiste en una degeneración de los fotorreceptores de la retina que produce una alteración progresiva en la percepción de colores.13 Aunque la mayoría de los casos son esporádicos, una cuarta parte pueden ser hereditarios13 y se asocian con la formación de cataratas. Pese a esto, aspectos primordiales de la retinosis pigmentaria discrepan de la ceguera de Borges. Por ejemplo, el autor no presenta manifestaciones como la pérdida los campos visuales periféricos o la formación de escotomas (manchas negras o puntos ciegos). Además, la retinosis pigmentaria no explica otras manifestaciones oculares como el desprendimiento de retina, la ptosis o el estrabismo.

La miopía degenerativa, por otro lado, comparte características fundamentales con la ceguera padecida por Borges. También llamada miopía magna, consiste en un crecimiento anormal del globo ocular de inicio temprano, paulatino y que eventualmente desemboca en la disminución de la agudeza visual,14 miopía incorregible con anteojos, alteraciones oculares, trastornos de la percepción de colores y en casos avanzados desprendimiento de retina.15 Además, su modo de presentación es mayormente hereditario y predomina en la población ibérica-portuguesa. Jorge Luis Borges, presagiando su destino, enfatiza su procedencia lusa como si en sus venas llevara las raíces de su desventura.

Nada o muy poco sé de mis mayores portugueses, los Borges: vaga gente que prosigue en mi carne, oscuramente, sus hábitos, rigores y temores.15

Aunque la mayoría de las veces la miopía degenerativa se asocia con otros tipos de síndromes y manifestaciones sistémicas, las cuales no padece el autor, ésta es la enfermedad más compatible como causa de la ceguera de Jorge Luis Borges.

Por supuesto, éste no es un diagnóstico definitivo ni pueden descartarse por completo otros como la retinosis pigmentaria o enfermedades concomitantes. Se trata de un diagnóstico presuntivo basado en la revisión retrospectiva de su obra. En todo caso, ya sea miopía degenerativa o retinosis pigmentaria, los avances médicos actuales no proporcionan un tratamiento eficaz ni un pronóstico favorable. Es decir, aun en 2017 Jorge Luis Borges se enfrentaría al mismo destino visual, lo cual también significa que el genio artístico para enfrentarlo y transfigurarlo en una obra quedaría intacto.

De todas las cosas que me han sucedido creo que la menos importante es haberme quedado ciego… 

Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin  y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo.

En muchas ocasiones los procesos fisiológicos intervienen en los mecanismos creativos de los artistas. Son conocidos los casos en los que el cuerpo esculpe a la obra y viceversa. Desde los trastornos psicológicos hasta los déficits sensoriales. Desde Van Gogh hasta Beethoven. El arte como un complemento perceptivo, como una reinterpretación de la realidad. El arte como aspiración sensorial hacia otros mundos o como respuesta reveladora de otras verdades. Con Jorge Luis Borges no puede esperarse algo distinto. Confinado a un mundo de sueños supo construirse nuevas imágenes y a más de 30 años de su muerte continúa develándonos misterios. Como si la enfermedad fuera un pretexto para seguir conversando, como si arrojara las pistas para reencontrarlo.

Mario Enrique de la Piedra Walter

Médico cirujano. Ha publicado artículos para revistas médicas de distintas especialidades. Actualmente está enfocado en la divulgación científica y neuropercepción.
Una primera versión de este artículo se encuentra en línea en la Revista Mexicana de Oftalmología, aceptada para su publicación impresa y citada como De la Piedra Walter ME. “Diagnóstico etiológico de la ceguera de Jorge Luis Borges basado en su obra literaria”, 2016. 
Disponible en: http://bit.ly/2tTLm0m

________________________________________
1 Borges, Jorge Luis, Siete noches, Buenos Aires, Alianza, 1978.
2 Mateos González, A., Borges y Escher, un doble recorrido por el laberinto, México, Aldus, 1998.
3 Woodall, J., La vida de Jorge Luis Borges: el hombre en el espejo del libro, Barcelona, Gedisa, 1988.
4 Conferencia La ceguera en el teatro Coliseo en Buenos Aires, Argentina, 1977.
5 Borges, Jorge Luis, “El ciego”, Poesía completa, México, Editorial Lumen, 2011.
6 Mejía Prieto, J., Molachino, J., Borges ante el espejo, México, Lectorum, 2005.
7 Canto, E., Borges a contraluz, Madrid, Espasa Calpe, 1989.
8 Borges, Jorge Luis, “El oro de los tigres”, Poesía completa, México, Editorial Lumen, 2011.
9 Borges, Jorge Luis, “Elogio de la sombra”, Poesía completa, México, Editorial Lumen, 2011.
10 Borges, Jorge Luis, “On his blindness”, Poesía completa, México, Editorial Lumen, 2011.
11 Borges, Jorge Luis, “Poema de los dones”, Poesía completa, México, Editorial Lumen, 2011.
12 Graue Wiechers, E., Oftalmología en la práctica de la medicina general, México: MacGraw-Hill Interamericana, 2009.
13 Yog Raj Sharm, P., Raja Rami Reedi, P., Deependra, V., Retinitis pigmentosa and allied disorders, JK Science, Centre for Ophthalmic Scinces, 6(3), 2004, pp. 115-20.
14 Lapido Polanco, S.I., González Díaz, R.E., Rodríguez Rodríguez, V., et al., “Alteraciones del polo posterior en la miopía degenerativa”, Revista Cubana de Oftalmología. [En línea]. 2012;25(2) [consultado 3 de febrero 2013]. Disponible en: http://bit.ly/2tU7sQ3
15 Borges, Jorge Luis, “Los Borges”, Poesía completa, México, Editorial Lumen, 2011.

Fuente: Nexos - 1 agosto, 2017

lunes, 21 de agosto de 2017

De eclipses y cegueras



Borges comenzó a cumplir su destino más pronto que tarde: a los cuatro años ya sabía leer y escribir, a los seis escribió su primer relato, La visera fatal, inspirado en páginas del Quijote.

CECILIA  KÜHNE

En un mundo ideal, luminoso y perfecto, tal y como se lo imaginó Jorge Luis Borges, el paraíso sería una biblioteca. Los árboles y las flores puros libros, con animales que hablaran sólo con palabras y frutos prohibidos que serían los ejemplares situados en el anaquel más alto, volúmenes únicos, escrituras antiguas y extraordinarias, tomos cuya lectura no podría hacerse aprisa pues cambiarían la vida rápida e irremediablemente.

Nacido el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, Jorge Luis Borges, como sucede con todos los genios, comenzó a cumplir con su glorioso destino más pronto que tarde: a los cuatro años ya sabía leer y escribir, a los seis escribió su primer relato, La visera fatal, inspirado en páginas del Quijote; al año siguiente esbozó en inglés un ensayo sobre mitología griega y a los nueve tradujo El príncipe feliz, de Oscar Wilde. Aquel texto, apareció publicado en el periódico argentino El País, firmado simplemente como: Jorge Borges.

No hace falta decir que ya nunca se detuvo, que su obra es fundamental en la literatura y en el pensamiento humano, que trasciende cualquier clasificación, excluye todo tipo de dogma y resiste toda crítica. Y que además sigue despertando tentaciones: la de imitarlo, encontrarle algún secreto, leerlo de cabo a rabo, saber todo de su obra y de su vida, aprender de memoria su poesía completa y hasta de ignorarlo olímpicamente y a propósito. Pero lo cierto es que ninguna voz vale más que la suya. (y miren que todavía Borges solía decir, con (falsa) modestia: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí sólo me enorgullecen las que he leído”).

Tanto se ha dicho sobre Borges que el rosario de pretextos para justificar la ignorancia o indiferencia hacia sus libros es largo. (“Es muy complicado”, “no me interesa la poesía”, “odio a los argentinos”). Pero ya sabemos. La verdad es que provoca una combinación de miedo, indolencia o flojera de la más pura y buena. Pero le aseguro, no tenga ninguna duda, que cuando se acerque a Borges las cosas antes aterradoras adquirirán belleza y gracia. Los tigres, los espejos y los laberintos ya no serán amenazantes. La referencia a culturas en otros idiomas tampoco. A partir de ahí no será difícil darse cuenta de otros amores de Borges y de que su suprema pasión fueron los libros por supuesto y definitivamente, no sólo por su contenido, ni por aquella obsesión que tenía de leerlo todo; los libros porque —en una suprema imagen poética— era verdad que lo más cercano al Paraíso para él era una Biblioteca. (Y lo más próximo al infierno alguien que no leyera nunca).

Es quizá Augusto Monterroso, en su libro Movimiento Perpetuo quien mejor ha descrito su encuentro con Jorge Luis Borges:

“Cuando descubrí a Borges, en 1945, no lo entendía y más bien me chocó. Buscando a Kafka, encontré su prólogo a La metamorfosis y por primera vez me enfrenté a su mundo de laberintos metafísicos, de infinitos, de eternidades, de trivialidades trágicas, de relaciones domésticas equiparables al mejor imaginado infierno. Un nuevo universo, deslumbrante y ferozmente atractivo. Pasar de aquel prólogo a todo lo que viniera de Borges ha constituido para mí (y para tantos otros) algo tan necesario como respirar, al mismo tiempo que tan peligroso como para acercarse más de lo prudente a un abismo.”

No ha faltado tampoco quien diga que, si existiera una biblioteca en el Paraíso, el primer libro del primer estante sería El Aleph, una de las obras más ilustres del argentino y además la primera letra del abecedario hebreo, un signo que indica la primera reunión de todo lo existente, un espejo que refleja todo.

Los críticos y estudiosos subieron el tono del discurso y ensayaron mil teorías sobre El Aleph: que, si era una metáfora de las posibilidades que el hombre tiene para alcanzar conceptos metafísicos, una receta para encontrar el sistema de inventarios de todo lo que es, lo que hay y lo que habrá... en fin, la llave para encontrar todo lo que nos ofrece el Universo entero en 145 páginas.

Borges, al respecto era indiferente. Le parecía insuficiente el acto de nombrar las cosas con palabras, porque creía que “el todo” era inabarcable: “Si acaso sólo podíamos hacer informes parciales” dijo alguna vez. Y entonces uno se pregunta: ¿Cómo es entonces que Borges logra en sus cuentos, poemas y ensayos tan perfectas combinaciones de palabras? ¿Cómo, es que, estando ciego, pudo hablarnos de tantas luces y matices? (No hay que pensar demasiado en ello, lector querido, podríamos asustarnos otra vez y ya sabemos que tal estado no conviene en días como cuando está pronosticado un eclipse).

No fue en un texto, pero sí en una conferencia donde Borges hablo del tema. Tomó la palabra y dijo:

En el transcurso de mis muchas, de mis demasiadas conferencias, he observado que se prefiere lo personal a lo general; lo concreto a lo abstracto. Por consiguiente, voy a empezar refiriéndome a mi modesta ceguera personal. Modesta, en primer término, porque es ceguera total de un ojo, ceguera parcial del otro. Todavía puedo descifrar algunos colores, todavía puedo descifrar el verde, puedo descifrar el azul. Sobre todo, hay un color que no me ha sido infiel, que me ha sido leal, que me ha acompañado siempre y es el color amarillo. Recuerdo que de chico (si mi hermana está aquí lo recordará también) yo me demoraba ante una de las jaulas del jardín zoológico en Palermo y era precisamente en la jaula del tigre y la del leopardo. Yo recuerdo que me demoraba ante el oro y el negro del tigre hasta el atardecer y, aún ahora, el, amarillo sigue acompañándome. Y he escrito un poema titulado El oro de los tigres en que hablo de esa amistad del amarillo conmigo, como siempre estuvo el amarillo conmigo. Precisamente, uno de los colores que los ciegos (o en todo caso este ciego) extrañan es el color negro y el color rojo. Esos son los colores que nos faltan. A mí, que tenía la costumbre de dormir en plena oscuridad, me molestó durante mucho tiempo tener que dormir en ese mundo de neblina, de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo del ciego. Yo hubiera querido reclinarme en la oscuridad, apoyarme en la oscuridad. Y el rojo también que se supone que es un color más vivo- ha desaparecido para mí; lo veo como un vago marrón. De modo que el mundo del ciego no es la noche que la gente supone. En todo caso estoy hablando en mi nombre y en nombre de mi padre, de mi abuela, que murieron ciegos; ciegos y sonrientes y valerosos y yo espero morir así también. Pero no sé, se heredan muchas cosas (la ceguera, por ejemplo), pero no se hereda el valor y yo sé que fueron más valientes que yo”.

Dicen que cuando terminó la conferencia todo era diferente. Muchos se fueron, deslumbrados, a comprar libros de Borges y alguien oyó que el escritor decía: “El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto”.

Fuente : El Economista  -  México