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lunes, 1 de abril de 2013

Reyes el memorioso




Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes;
una amistad memorable *


Braulio Hornedo

 ¿Qué culpa tengo yo de tener una memoria de
colodión, que lo que miro se me queda grabado?
A. R.

Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges cultivaron una amistad perdurable a lo largo de poco más de treinta años de su vida. Desde el primer periodo de Reyes como embajador de México en Argentina en 1927, hasta los últimos días de su residencia en la tierra en diciembre de 1959 (la última carta fechada de Borges a Reyes es del 17-XII-59, don Alfonso murió diez días después, al amanecer del 27). Esta amistad se manifestó principalmente en tres "planos oblicuos" continuos y complementarios: en el trato personal breve pero intenso (1927-1930 y 1936-1937); en la frugal pero constante relación epistolar (1924-1959); y finalmente en el diálogo crítico y pendular entre lector y escritor implícito en las "simpatías y diferencias" de sus libros. En este ensayo abordaré el primero de estos planos.
El trato personal se inicia en la casa bonaerense de un amigo común; el dominicano Pedro Henríquez Ureña, mentor espiritual de Reyes desde los días juveniles de la Sociedad de Conferencias y el Ateneo de la Juventud, allá por los años del centenario de la Independencia en México (1910). "Pedro Henríquez Ureña fue -dice Borges- un gran hombre, pero esa grandeza de Pedro Henríquez Ureña, perdura en las memorias de quienes lo hemos conocido, es decir fue un hombre más memorable por su palabra oral que por su palabra escrita."(1)
Reyes complementa la semblanza: "Que Pedro Henríquez Ureña siempre me haya parecido una reencarnación de Sócrates lo he dicho mil veces; por ciertos rasgos de su apariencia y presencia, por ajeno a las convenciones inútiles, por probo y fuerte y sabio, por ávido de análisis y goloso de conocer y entender al prójimo, por sediento de educar y educarse, por la valentía y sinceridad de su trato. Su conversación era una mayéutica constante... Su privilegiada memoria para los versos -cosa tan de mi gusto y que siempre me ha parecido la prenda de la verdadera educación literaria- fue en él lo que desde luego me atrajo." (2)
A partir de ese primer cruce en el "jardín de senderos que se bifurcan", los encuentros se multiplicaron, primero en la villa de Victoria Ocampo en Buenos Aires, y posteriormente en las tertulias dominicales que el embajador mexicano organizaba en su representación diplomática.
Pero dejemos que sea Borges (el otro memorioso de esta historia) el que nos evoque los hechos:
"... me invitaba todos los domingos a comer con él en la Embajada de México. Recuerdo que tenía la memoria llena de citas oportunas: yo admiraba y sigo admirando al poeta mexicano Othón y él me dijo que lo había conocido, a Othón, en casa de su padre el general Bernardo Reyes. Yo le dije: pero, cómo ¿usted lo conoció? y él encontró, él dio enseguida con la cita oportuna; aquellos versos de Browning:
Hay un señor que habla de Shelley, y el otro le dice:
-Pero cómo ¿usted vio a Shelley, usted ha visto a Shelley?
Y, entonces, cuando yo le dije: ¿usted conoció a Othón?, Reyes murmuró:

"Ah, did you once see Shelley plain..."(3)
Exactamente la cita que convenía. Reyes tenía el amor de todas las literaturas y de la literatura." (4)
Octavio Paz decía a propósito de esta pasión amorosa, que Reyes no era sólo un escritor, sino toda una literatura.
Alfonso Reyes nació en 1889 y Jorge Luis Borges en 1899, la década de diferencia en sus edades marcó una relación tutelar entre el entonces joven escritor argentino de 28 años, que buscaba al maestro más experimentado y maduro en sus juicios y opinión crítica, pero a quien sobre todo le subyugaba el refinado y seductor estilo literario del escritor mexicano.
De la obra y la persona del argentino Jorge Luis Borges, don Alfonso escribió: "Jorge Luis Borges, es el más alto exponente de las letras hispanoamericanas. Ningún escritor como él, dueño de tan limpio y alto estilo" (5) "... es algo miope, y su andar parece el de un hombre medio naufragado en el mundo físico... ha escrito ya una buena docena de libros entre verso y prosa. En el verso huye de lo que él llama la manía exclamativa o la poesía de la interjección, y en la prosa, cuando opera con su propio estilo, sin caricatura costumbrista, huye de la frase hecha. Su obra no tiene una página perdida... Borges es un mago de las ideas. Transforma todos los motivos que toca y los lleva a otro registro mental. Los solos títulos de sus libros hacen reflexionar sobre una nueva dimensión de las cosas y parece que nos lanzan a un paseo por la estratosfera: El tamaño de mi esperanza, Historia de la eternidad, Historia universal de la infamia, etc. Ya inventa una región inédita y olvidada del mundo, donde se pensaba de otro modo,... ya inventa a un escritor francés que se propone reescribir íntegro el texto del Quijote,... ya imagina una biblioteca de todos los libros existentes y todos los libros posibles; ya una Babilonia gobernada, no por leyes sino por una especie de Lotería Nacional. Lo cual, bien mirado..." (6)
Sin embargo, debemos recordar que como discípulo de la escuela ultraista, Borges en su época temprana de escritor parecía ligado a la idea de que el contenido narrativo y las anécdotas no tenían cabida en su obra. Quizá un cambio importante en esa postura se pueda inferir en la crítica que formula el argentino en 1927 al libro de Reyes: Reloj de sol, el cual empieza por un aleccionador epígrafe que resulta ser una "apología emocionada y preciosa" de las anécdotas.
"Hay que interesarse por las anécdotas. Lo menos que hacen es divertirnos. Nos ayudan a vivir, a olvidar por unos instantes: ¿hay mayor piedad?... Hay que interesarse por los recuerdos, harina que da nuestro molino." (7)
Para Borges "Reyes es practicador venturoso de esa virtud de virtudes: la cortesía, y su libro está gobernado por ese mérito. Reyes es fino catador de almas, es observador benévolo de las distinciones insustituibles de cada yo. De tan bien conversarnos de sus amigos, nos amiga con ellos." (8)
En seguida Borges aclara con su habitual agudeza crítica la falsa contradicción en el uso de los términos de recuerdo y olvido en el epígrafe alfonsino "...puesto que recordar una sola cosa cualquiera, es olvidarse de lo demás del mundo.¨(9)
Ciertamente, cuando recordamos, nuestros procesos mentales no se ocupan de otra cosa sino del recuerdo mismo, recordar es olvidar, al menos momentáneamente, el resto de los asuntos de que se ocupa nuestra conciencia. Inquietante dualidad: para recordar requerimos del olvido, debido a esta especie de angostura lineal o ¿insuficiente ancho de banda? de nuestros canales nerviosos por donde se efectúan y transitan nuestros procesos mentales.
La memoria, entendida desde la metáfora cibernética como un proceso mental que se inicia con la "captura" o adquisición de datos por nuestros sentidos, para luego ser "almacenados" como pistas químicas y eléctricas bajo diversos patrones de organización en nuestro cerebro a fin de facilitar su posterior búsqueda y recuperación aleatoria por algoritmos específicos cuando "pensamos" los recuerdos. La memoria se convierte entonces, a partir de los albores del siglo XX, en objeto de estudio científico por la neurofisiología, la cibernética, la física, la química y las matemáticas.
Arturo Rosenblueth (1900-1970) destacado neurofisiólogo mexicano fue compañero por varios años en las investigaciones del matemático norteamericano Norbert Wiener y "coautor" con este, de la teoría cibernética. Rosenblueth fue también compañero de Reyes en El Colegio Nacional, donde don Arturo dictó hacia el final de su vida una serie de conferencias que dan por resultado el libro póstumo: Mente y cerebro (1970), en el cual se establece que:
"Bajo la expresión procesos o eventos mentales incluyo todas nuestras experiencias conscientes; sensaciones, emociones, pensamientos y razonamientos, dudas y creencias, deseos y voliciones, y también las memorias que retenemos de estas experiencias. El hecho de que tenemos memorias tiene varias consecuencias: nos hace conscientes de la sucesión temporal de los eventos, nos permite comparar las experiencias presentes con las del pasado, y nos permite integrar una personalidad, un "yo" mental que tiene una historia y cuya continuidad no se interrumpe a pesar del sueño o de otros períodos de inconsciencia." (10)
Pero a diferencia de la memoria de las computadoras que es finita y susceptible de medida y saturación, la memoria humana es inconmensurable y parece aumentar, paradójicamente, en la medida que crece la cantidad de datos guardados en ella, esto es, mientras más la usamos, más espacio disponible tenemos para memorizar, el propio Borges parece confirmarlo al recordarnos que:
"La memoria de Alfonso Reyes... era virtualmente infinita y le permitía el descubrimiento de secretas y remotas afinidades, como si todo lo escuchado o leído estuviera presente, en una suerte de mágica eternidad. Esto se advertía, asimismo, en el diálogo." (11)
Borges publicó en 1942: Funes el memorioso, una de sus narraciones memorables (nunca mejor aplicada la redundancia). En este breve relato dibuja en unos cuantos magistrales trazos la sorprendente personalidad de Ireneo Funes, un sencillo joven trenzador de manos afiladas de Fray Bentos (localidad veraniega), un compadrito de cara taciturna y aindiada y singularmente remota, quien aunque padece ciertas incurables limitaciones, por su humilde origen, está llamado a ser -debido a cierta increíble cualidad que ya el título anuncia- un precursor criollo de los superhombres. "Un Zaratustra cimarrón y vernáculo".
Funes es un joven de poco menos de veinte años, quién tras sufrir un accidente, que lo deja irremediablemente tullido, adquiere el tormentoso don de la percepción y la memoria totales.
"Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una sola vez... Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero." (12)

Dejo al lector el placer insustituible de la lectura del texto original completo, para que pueda confirmar o cuestionar posteriormente la validez de mis supuestos. Me permito adivinar, por lo pronto, que en esta narración hay un velado reconocimiento y homenaje del ya maduro alumno a su evocado mentor. Por una parte, un reconocimiento del papel poético de la anécdota como un valor estético en la narrativa borgeana, y por la otra, un homenaje a la memoria de "colodión" de "Reyes, mi maestro". Borges termina este relato señalando con un enigmático guiño que Funes murió en 1889, precisamente el año en el que nace don Alfonso. ¿Sería para propiciar quizá una metafísica reencarnación?
Antes de concluir esta recordación del memorioso Reyes quiero presentar como broches de oro, dos testimonios y un fragmento del poema In memoriam, que refrendan la excepcional memoria alfonsina. El primero es de su amigo y colega en la Academia Mexicana don José Rojas Garcidueñas, el segundo es contado por su nieta Alicia Reyes (Tikis), devota y eficaz continuadora de la obra de su abuelo al frente de la Capilla Alfonsina.
", decía con sorna don Alfonso. Memoria privilegiada, ciertamente. Pero es bien sabido que en el funcionamiento de la capacidad retentiva entra, en gran parte, la atención. Reyes leía con máxima atención aunque con rapidez extraordinaria: hojeando un libro recién llegado, pasaba las páginas de modo que parecía no haber podido leer sino algunas cuantas y salteadas líneas, pero de repente, levantando la vista, hacía algún comentario que demostraba lo mucho que se había enterado del contenido, en aquellos minutos que uno creería apenas bastantes para un menos que superficial ojeo. Yo fui testigo de ello varias veces..." (13)
"El pensamiento de nuestro Alfonso -escribió su nieta- , como el de Pedro Henríquez Ureña no descansaba nunca. Mientras seguía el hilo de la charla, iba construyendo, para sí, otra interior figura mental. Y al revés, dejaba correr su charla sin percatarse, aparentemente, de las cosas que lo rodeaban. Yo misma pude comprobarlo: Reyes se sentaba en su sillón verde -que aún esta junto a su lecho- y parecía dormir, pero no, estaba más atento que nunca y si alguno de la familia equivocaba una palabra en el crucigrama o bien aseguraba haber leído tal o cual poema y lo recitaba mal, saltaba para explicar pacientemente la palabra o corregir el poema... La memoria de nuestro Alfonso era prodigiosa y mi padre se divertía jugando con él a las adivinanzas literarias: tomaba algún libro clásico y leía un trozo ya en prosa, ya en verso, y a las primeras de cambio, abuelito adivinaba autor y obra, ante el asombro de los que lo rodeábamos" (14).
Borges escribió este homenaje poema, tras la partida y a la memoria de su maestro y amigo. Es de notarse la referencia a la ciudad de las querencias de Reyes en la memoria de Borges, pues asegura que ya hay en la gloria otro México y otra Cuernavaca.




(1) J. W. Robb (prólogo y compilación), Más páginas sobre Alfonso Reyes. Vol. III segunda parte. El Colegio Nacional. México, 1996, p.821
(2) Alfonso Reyes, Recoge el día. Alfonso Rangel Guerra (selección, prólogo y notas). El Colegio Nacional.
México 1997, pp. 145-46
(3) Browning, "Memorabilia" en The poems & Plays (1844-1864). J.M. Dent & Co.
London, p. 399
(4) J. W. Robb, op. cit. p.821
(5) Citado en una entrevista por Mario Puga, "El escritor y su tiempo: los días de Alfonso Reyes", Universidad de México X-3 (nov. 1955), p. 20
(6) Alfonso Reyes, Obras completas IX, Fondo de Cultura Económica. México. 1959, pp. 307-309
(7) Alfonso Reyes, Obras completas IV, Fondo de Cultura Económica. México. 1956, p. 359
(8) Alfonso Rangel Guerra (compilador), Páginas sobre Alfonso Reyes. Vol. I primera parte. El Colegio Nacional. México, 1996, p.142
(9) Alfonso Rangel Guerra (compilador), op. cit. p.143
(10) Arturo Rosenblueth. Mente y cerebro. El Colegio Nacional - Siglo XXI, México 1994, p. 85
(11) J. W. Robb (prólogo y compilación), Más páginas sobre Alfonso Reyes. Vol. III primera parte. El Colegio Nacional. México, 1996, p.283
(12) Jorge Luis Borges, Narraciones. Salvat Editores. España 1982, p. 118
(13) Alicia Reyes, Genio y figura de Alfonso Reyes. Fondo de Cultura Económica. México. 2000, p. 245
(14) Ibid
(15) J. W. Robb (prólogo y compilación), Más páginas sobre Alfonso Reyes. Vol. III primera parte. El Colegio Nacional. México, 1996, p.285. Tomado de: El hacedor, Buenos Aires: Emecé, 1960, pp. 81-83



*
Inventio, Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Cuernavaca, México, año I: No. 2 (septiembre 2005), pp. 97-101.



Fuente :  Alfonso Reyes . org
 
 

miércoles, 18 de julio de 2012


BORGES Y REYES: NOTAS SOBRE UN ENIGMA (*)



Fernando Báez
Universidad de los Andes

Sé que hay varios modos de contar esta historia, pero por razones que no vienen al caso, elijo hacerlo en la forma más personal posible, porque a fin de cuentas no he querido hoy ofrecerles una disertación sino una confesión de lector, de un lector que lleva, perdonen que confunda la intimidad con la estadística, catorce años de la mano con los libros de Borges. Lo que importa, para decirlo de una vez y para siempre, es que hace unos años, muy pocos o demasiados (depende de la distracción con que se mida), descubrí un enigma en la vida y en la obra de Borges que agradecí porque me obligó a repensar mi propio destino como escritor.

Todo comienza en 1996. Ese año, en Caracas, pude leer, en la Biblioteca Nacional, tras una búsqueda desesperada que alarmó a dos o tres bibliotecarios, las primeras ediciones míticas de los libros iniciales de ensayos de Borges. Quería verlos, oler sus páginas (acaso uno como buen lector no quiere perder ni el olor de los libros), gustar de esa tipografía de las imprentas argentinas de la época, disfrutar de las erratas. Comenté esa lectura, como suelo hacerlo, con Napoleón de Armas, profesor universitario, dueño de la colección borgiana más completa del país. Fue Napoleón el que me reveló el enigma que plantean esos extraños volúmenes. Basta, me indicó mi amigo en su biblioteca, con que se haga una comparación entre los ensayos incluidos en los primeros libros de Borges y en los que comenzó a escribir en los años 30 para notar un giro brusco en materia de estilo, que no de contenido. Con amabilidad, y con cierta tolerancia cálida, con esa autoridad que da saberse dueño de un eje del universo, Napoleón supo hacerme ver que ese giro escritural de Borges resume, de alguna manera, por sí solo, todo un proceso literario universal e inicia la mejor prosa del siglo XX, prosa que es, ante todo, filosófica. La obra de Borges, se sabe, es tan vasta, que en cualquier página que uno se encuentre, siempre se está en las orillas. Cada párrafo, cada línea, es una coartada, una galería de espejos. Borges, sin embargo, toda su vida renegó de un sector de su obra, especialmente de "Inquisiciones" (1925), "El tamaño de mi esperanza" (1926) y "El idioma de los argentinos" (1928), escritos, como él propio autor lo confesó, a la manera de un escritor barroco del siglo XVII y con un diccionario de argentinismos en la mano izquierda. En "An Autobiographical essay" de 1970, Borges fue tajante en su rechazo: "Tres de las cuatro colecciones de ensayos -cuyos nombres es mejor olvidar-nunca permití que fueran reimpresos. De hecho, cuando en 1953 mi actual editor -Emecé- me propuso publicar mis "obras completas", la única razón por la que acepté fue porque eso me permitiría mantener esos absurdos volúmenes suprimidos" (p. 230).

¿Por qué cambio Borges de estilo?, recuerdo que le pregunté a Napoleón. El me invitó a recordar esas líneas de Borges donde éste claramente indica que la solución al misterio es inferior al misterio mismo. La cita me iluminó en esa ocasión, pero el escozor se mantuvo. A mi regreso de Caracas, en 1998, aturdido por numerosos inconvenientes, busqué a otro borgiano, a Víctor Zerpa, un viejo amigo que tiene su casa llena de manuscritos con análisis de libros que no existen y que, ocasionalmente, ha estudiado detalles raros en las obras de Borges y de Lovecraft. Víctor, por suerte, conocía los ensayos repudiados de Borges y durante toda una tarde, una tarde como ésta, última, solitaria y tal vez final, me advirtió que Borges, para ser Borges, fue, en algún momento de su vida Johannes Becher, fue Cansinos Asséns, fue Walt Whitman, fue Thomas Browne, fue Thomas de Quincey, fue Shakespeare, fue Chesterton. Y, casi inevitablemente, dijo lo que yo quería escuchar: Borges también fue Alfonso Reyes. Al escuchar esto, en medio de un cuarto atestado de hojas, lápices y fotografías de novelistas menores, quise disimular mi alegría. Por alguna razón, me sentí de pronto reservado e intenso, como si hubiera obtenido la clave para comprender el mundo. En efecto, como lo dice Tennyson, si un comprende una flor comprende el universo, y yo, mareado y satisfecho, supe esa hora que el Borges de los ensayos iniciales fue, secretamente, Lugones, fue Quevedo, fue Macedonio Fernández y fue Cansinos Asséns y que en la década de los 30, la lectura y la charla de Alfonso Reyes lo cambió por completo. En una entrevista publicada en 1967, Borges dijo que "el estilo de Macedonio Fernández me perjudicó: ciertas manías de Macedonio. Procuró no hablar de la vida sino del vivir, no hablar del sueño sino del soñar, usar la palabra quehacer, continuamente, usar neologismos inútiles..." (César Fernández Moreno, Borges: Harto de los laberintos, Mundo Nuevo, Nro. 18, París, diciembre de 1967). De Macedonio obtuvo algo irremplazable: un método de pensamiento y de acercamiento directo a los grandes problemas del pensamiento, pero al mismo tiempo, cultivó una expresión brusca, audaz y menor que copiaba, que traducía, la entonación y los modos de expresión de Macedonio. Víctor, entre un cigarro y otro, no olvidó mencionarme que Rafael Cansinos Asséns, un autor español que tradujo Las Mil Y una Noches, todas las obras de Dostoievsky y todas las obras de Goethe, y que podía saludar a la noche en 17 idiomas, fue imitado por el Borges de los años 20. Animado por las vanguardias literarias de su tiempo, Borges, durante su estancia en Madrid, fue un asiduo del Café Colonial, donde iba a escuchar a Cansinos Asséns, a quien consideró siempre un maestro renovador de las letras castellanas. Cansinos Asséns, para hablar del Borges de esta época, dijo (La nueva literatura, vol. III: Los poetas, Madrid, 1927) que "Borges ha sabido asimilarse el nuevo espíritu fundiéndolo con el adquirido en su rancia cultura, sin hacer demasiado alarde de la novedad". Por desgracia, la influencia estilística de Cansinos no fue buena, pues Borges adquirió entonces un estilo que buscaba, como en la poesía que escribía entonces, la metáfora, el asombro lineal, y esa sensación, por desgracia, aniquila los textos. Se ha dicho que el defecto de Gracián consistía en que quiso hacer de cada línea un libro y destruyó la continuidad de los párrafos y, por lo mismo, de sus escritos. Stevenson, en un excelente texto, que demuestra lo que pretende imponer, escribió que en un buen texto las palabras siempre miran hacia el mismo lado. Pues bien: en el caso del primer Borges ensayista sentimos que los temas son prodigiosos, pero su exposición resulta interrumpida a causa de que cada frase quiere asombrar y no logra crear la convicción fulminante de la buena prosa, esa convicción que proporciona un autor cuando no hace usura del ritmo. En un rapto de humor, mi amigo comenzó a leerme un párrafo de "Sir Thomas Browne" (ensayo incluido en Inquisiciones). La risa y la confusión se apoderó de nosotros entonces porque Víctor leyó al Borges de los 20 con el tono de voz de sus últimos años. No soy bueno para imitar voces, por lo que me limito aquí a repetir lo que leímos:

"Laudar en firmes y bien trabadas palabras ese alto río de follaje que la primavera suelta en los viales o ese río de brisa que por los patios de septiembre discurre, es reconocer una dádiva y retribuir con devoción y cariño. Lamentadora gratitud son los trenos y esperanzada el madrigal, el salmo y la oda. Hasta la historia lo es, en su primordial acepción de romancero de proezas magnánimas...Yo he sentido regalo de belleza en la labor de Browne y quiero desquitarme, voceando glorias de su pluma..."

Sólo fue este año de 1999, centenario de Borges, que tuve la fortuna de encontrar una frase de la Busca de Averroes que dice que para estar libre de un error conviene haberlo profesado. No se puede leer eso impunemente. Borges, aunque tarde, supo que era irremediable que sus lectores terminaran por conocer esos primeros libros y no dudó en comentar que cada vez que veía alguien cometiendo los mismos errores (criollismo, una escritura que recurre al diccionario para asombrar, en fin) se alegra al pensar que ya había pasado y superado eso. De ahí que al seleccionar materiales para la edición francesa de La Pleiáde, rescató algunos de esos escritos iniciales y no pudo disimular su alegría por reconciliarse con el pasado.



 Ahora bien. Hace unos meses, en el viaje en avión a Bogotá, corto, pero sustantivo, quise entender cómo cambió el mexicano Reyes al argentino Borges. Lo primero que indagué fue en el origen de esa amistad entre ambos y me enteré de que hay tres versiones: la de la nieta de Reyes, la de Pedro Henríquez Ureña y la de Borges. Todas pueden, por desgracia, ser verdaderas. Todas pueden ser una sola. La de la nieta de Reyes señala que el abuelo conoció a Borges en España. La de Henríquez Ureña advierte que Borges y él solían hablar mucho de Reyes y que cuando éste llegó a la Argentina, la admiración ya había nacido. La versión de Borges, repetida en decenas de entrevistas y en artículos, es diferente. Al parecer, en 1924, Borges, que ya sabía del prestigio de Reyes en España, al publicar su poemario "Fervor de Buenos Aires" le envió con resignación un ejemplar al erudito. Tres años después, en 1927, Reyes fue designado Embajador de México en Argentina y, por supuesto, se instaló en Buenos Aires. Según Borges, acudió a verlo invitado por Victoria Ocampo, que ya para esas fechas comenzaba a deslastrarse de las convenciones sociales y asumía con valor la decisión de ser escritora. En una conversación con Osvaldo Ferrari, Borges precisa lo siguiente:

"Yo lo conocí en la quinta de Victoria Ocampo, que está, creo, en San Isidro. Lo conocí a Alfonso Reyes, y recordé enseguida a otro poeta mexicano; a Othón... Entonces, Alfonso Reyes me dijo que él había conocido a Othón, que Othón frecuentaba la casa de su padre, el general Reyes, que se hizo matar cuando la Revolución Mexicana. Una muerte bastante parecida a la de mi abuelo, Francisco Borges, que se hizo matar después de la capitulación de Mitre, en La Verde, en el año 1874. Alfonso Reyes me dijo que había visto muchas veces a Othón; entonces yo me quedé asombrado, porque uno piensa en los autores, y uno piensa en los libros; uno no piensa, bueno, que los autores de esos libros eran hombres, y que hubo gente que pudo conocerlos. Yo le dije: "Pero, cómo, ¿Usted lo conoció a Othón? Entonces Reyes dijo, inmediatamente, con la cita adecuada: que eran unos versos de Browning, y me dijo: "Ah, did you once see Shelley plain?... Desde aquel momento, nos hicimos amigos, y él me tomó en serio. Yo no estaba acostumbrado a ser tomado en serio. Creo que quizá sea un error tomarse en serio. Pero, en todo caso, eso error se ha difundido después; pero aquel tiempo era nuevo para mí...". Borges, tras estas palabras, recuerda los diálogos con Reyes, que fueron para él una continua lección de estilo:

"Nos hicimos amigos —además, ya nos unía el gran nombre de Browning, y aquella cita oportuna—, y él me invitó a comer (él me invitaba a comer todos los domingos) en la Embajada de México, en la calle Posadas. Y ahí estaba él, su mujer, su hijo y yo. Y hablábamos hasta bien entrada la noche... Hablábamos de literatura, preferentemente de literatura inglesa; y hablábamos también de Góngora. Yo no compartía, y no comparto del todo, el culto que él le profesaba a Góngora, pero sabía de memoria muchas composiciones de Góngora..."

Esta entrevista debe ser complementada con otra, que le hizo Waldemar Dante: "Solía almorzar con él (con Reyes) entre largas pláticas, y cuando yo le entregaba un poema que apenas era un primer borrador para otros borradores, en el que no había logrado decir nada, él lo adivinaba y me orientaba en lo que estaba tratando de decir, porque sabía que era mi inexperiencia en las letras la que bloqueaba mi capacidad de decir lo que pensaba". Me agrada pensar que Reyes, leyendo los poemas de Borges, llevó a éste a dejar de escribir versos y a escribir ensayos con mayor regularidad.

A esas conversaciones, a esa amistad, debemos varios cambios de Borges. Uno de ellos, apenas asomado por quienes deberían discutir el tema, es que se inicia en la lectura de Gilbert K. Chesterton. Reyes ya había traducido los mejores libros de Chesterton y no tiene nada de sorprendente que animase a Borges a leer a este autor que tantas afinidades tenía con Stevenson. Otra consecuencia de estas charlas está declarada en una entrevista: "él me enseñó muchas cosas, ...y muchísimas cosas, sí". En otro lugar señala: "Pienso en Reyes como en el mejor estilista de la prosa española de este siglo; con él he aprendido mucho sobre simplicidad y manera directa de escribir". Hay algo más, algo que suele ignorarse: la relación epistolar que mantuvieron Borges y Reyes. En una de las numerosas misivas, Borges le dice: "Nunca olvido, ni nuestras charlas con Henríquez Ureña, ni lo que he gozado y aprendido en sus libros..." En un ensayo titulado "El primer hombre de letras de nuestra América" Borges escribió que Reyes era un arquetipo del hombre de letras: "He conocido la dicha de conversar con Alfonso Reyes; hoy me consuela de la privación de ese diálogo el trato de sus libros..." En otro ensayo, que lleva por título "Alfonso Reyes", Borges indica que "la memoria de Alfonso Reyes... era virtualmente infinita y le permitía el descubrimiento de secretos y remotas afinidades, como si todo lo escuchado o leído estuviera presente, en una suerte de mágica eternidad. Esto se advertía, asimismo, en sus diálogos..."

Sería imposible citar aquí todas las menciones que hay en la obra de Borges de Reyes o viceversa, pero hay cuatro cosas que no puedo pasar por alto. Una de ellas es que Reyes, al comentar los libros de Borges, dijo, y esto debe leerse con atención, que "en la prosa, cuando opera con su propio estilo, sin caricatura costumbrista, huye de la frase hecha". Otro hecho sorprendente es este: el único autor vivo que Borges quiso que recibiera el Nóbel fue Reyes, y trató de recoger firmas, pero ni en Buenos Aires ni en México hubo escritores dispuestos a sumarse a la causa. Como valioso indicio de esta amistad, voy a citar la respuesta que dio Borges a un periodista que le preguntó sobre qué escritor le hubiera gustado ser de no ser él mismo. Sin un asomo de duda, sin mezquindad, sin temor, dijo: "Me gustaría haber sido Alfonso Reyes" (Enrique Loubet, Jorge Luis Borges: Desde la penumbra, Excélsior, 20 de abril de 1971, México). La cuarta cuestión la da el poema que Borges dedicó a Reyes, donde permite descifrar lo que le debe al elogiar sus virtudes principales. El poema dice:

"El vago azar o las precisas leyes]
que rigen este sueño, el universo,
me permitieron compartir un terso
trecho del curso con Alfonso Reyes.

Supo bien aquel arte que ninguno
supo del todo, ni Simbad ni Ulises,
que es pasar de un país a otros países
y estar íntegramente en cada uno.

Si la memoria le clavó su flecha
alguna vez, labró con el violento
metal del arma el numerosos y lento
alejandrino o la afligida endecha.

En los trabajos lo asistió la humana
esperanza y fue lumbre de su vida
dar con el verso que ya no se olvida
y renovar la prosa castellana.

Más allá del Myo Cid de paso tardo
y de la grey que aspira a ser oscura,
rastreaba la fugaz literatura
hasta los arrabales del lunfardo.

En los cinco jardines del Marino
se demoró, pero algo en él había
inmortal y esencial que prefería
el arduo estudio y el deber divino.

Prefirió, mejor dicho, los jardines
de la meditación, donde Porfirio
erigió ante las sombras y el delirio
el árbol del Principio y de los Fines.

Reyes, la indescifrable providencia
que administra lo pródigo y lo parco
nos dio a los unos el sector o el arco,
pero a ti la total circunferencia.

Lo dichoso buscabas o lo triste
que ocultan frontispicios y renombres;
como el dios del Erígena, quisiste
ser nadie para ser todos los hombres.

Vastos y delicados esplendores
logró tu estilo, esa precisa rosa,
y a las guerras de Dios tornó gozosa
la sangre militar de tus mayores.

¿Dónde estará (pregunto) el mexicano?
¿Contemplará con el horror de Edipo
ante la extraña Esfinge, el Arquetipo
inmóvil de la Cara o de la Mano?

¿O errará, como Swedenborg quería,
por un orbe más vívido y complejo
que el terrenal, que es apenas un reflejo
de aquella alta y celeste algarabía?

Si (como los imperios de la laca
y del ébano enseñan) la memoria
labra su íntimo Edén, ya hay en la gloria
otro México y otro Cuernavaca.

Sabe Dios los colores que la suerte
propone al hombre más allá del día;
yo ando por estas calles. Todavía
muy poco se me alcanza de la muerte.

Sólo una cosa sé. Que Alfonso Reyes
(dondequiera que el mar lo haya arrojado)
se aplicará dichoso y desvelado
al otro enigma y a las otras leyes.

Al impar tributemos, al diverso
las palmas y el clamor de la victoria;
no profane mi lágrima este verso
que nuestro amor inscribe a su memoria".

Contaba Octavio Paz que una vez Bioy Casares le dijo que Borges y él, cuando querían saber si un texto estaba bien escrito, lo leían imitando la voz de Alfonso Reyes. Acaso ese deseo de leer a Reyes con su propio acento, y esta la conjetura con la que culmino, comenzó en los años en que Borges conoció al mexicano. Acaso esa lección de pausa e ironía que distinguían el hablar de Reyes, hizo que Borges renegara de cánones basados en azares fonéticos o en meras destrezas metafóricas para buscar un estilo sutil, de vastos y delicados esplendores.

Noviembre, 1999

[texto modificado: 27/09/2001]

(*) Conferencia dictada en la Facultad de Humanidades y Educación (Universidad de los Andes) en noviembre de 1999.
Fernando Báez. Asesor de Medios del Rector de la Universidad de Los Andes. Autor de "Alejado" y "El Tractatus Coislinianus".

Fuente : Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
Fernando Báez