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domingo, 30 de noviembre de 2025

La Verde, una batalla olvidada: de la muerte del abuelo de Borges al increíble hallazgo de sangre en proyectiles desenterrados

 

En el marco de una revolución encabezada por Mitre, sus 5000 soldados fueron frenados por 800 hombres en una estancia bonaerense

Adrián Pignatell

 

Tal vez, cuando comenzó la batalla ya estaba dispuesto a que le volasen la cabeza o quizá fue parte de un final imaginado por su nieto escritor. En esas versiones en las que se confunde la épica con relatos orales familiares que refieren a los últimos instantes de vida, habría lucido un poncho blanco y montado un caballo del mismo color, y cabalgaba al galope frente a sus hombres hacia el mismo infierno donde los defensores estaban bien parapetados muñidos con modernos fusiles Remington. El coronel Francisco Isidro Borges, que desde Caseros había estado en todas, como en el sitio de Buenos Aires, Cepeda, Pavón, en la guerra contra el Paraguay, en la represión a López Jordán y en la lucha contra el indio, ahora era visto por sus pares, amigos y hasta ayer entrañables compañeros de trinchera, como un traidor.

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Francisco Isidro, quien en el futuro iba a ser abuelo del genial escritor Jorge Luis Borges, diez días atrás había cumplido 39 años, y dejaba a una joven esposa y a dos hijos de corta edad. Fue en La Verde, la batalla librada el 26 de noviembre de 1874, en el marco de aquella lejana y no tan conocida revolución. Ocurrió cuando Bartolomé Mitre llamó a la rebelión por el resultado de las elecciones en las que resultó electo presidente Nicolás Avellaneda, ya que había denunciado un fraude escandaloso.

Bartolomé Mitre había sido presidente

Bartolomé Mitre había sido presidente entre 1862 y 1868. En las elecciones de 1874 volvió a presentarse y fue a la revolución por el fraude cometido

 

Más de 130 años después, en esa extensión de la pampa bonaerense en el partido de Veinticinco de Mayo, un grupo interdisciplinario de arqueólogos e historiadores especialistas en el estudio de los campos de batalla, a partir de los vestigios hallados, como proyectiles, vainas y restos de bayonetas, aportaron nuevos elementos para la comprensión de dicho enfrentamiento, donde casi 800 hombres frenaron un ataque de cinco mil, y donde 300 perderían la vida. Esta es la historia.

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En 1874, Domingo Faustino Sarmiento terminaba su mandato presidencial y había estallado, literalmente hablando, la lucha por las candidaturas. Se anotaron Nicolás Avellaneda, que a mediados del año anterior había renunciado como ministro de Instrucción Pública, y era apoyado por el gobierno; Bartolomé Mitre, ex presidente y entonces senador nacional por el Partido Nacionalista, que le había entregado el gobierno a Sarmiento, y Adolfo Alsina, vicepresidente del actual mandatario, líder del Autonomismo.

José Inocencio Arias en sus

José Inocencio Arias en sus últimos años. Con solo 800 hombres enfrentó a un ejército de cinco mil

 

El conflicto explotó el 1 de febrero. Ese día, se celebraron elecciones a diputado nacional en todas las provincias. Los de Avellaneda se impusieron en 11, los de Alsina en dos y Mitre en una. Alsina decidió retirarse de la contienda y apoyó a Avellaneda luego de negociar el reconocimiento de sus diputados en detrimento de los mitristas, mientras que el ex presidente impugnó la victoria de su contrincante en la provincia de Buenos Aires, argumentando fraude. Hubo acusaciones cruzadas, con el agravante de que se aplicaba el sistema de lista completa, donde el ganador se quedaba con todas las bancas. Se decidió que la impugnación fuera tratada en el Congreso, en la apertura de sesiones, que sería el 13 de mayo.

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En el medio, el 12 de abril fueron las elecciones a presidente y Avellaneda consiguió una contundente victoria para el colegio electoral: 146 electores contra los 79 de Mitre. Este, acicateado por sus partidarios, que pugnaban por patear el tablero, cedió. Anunció que se debía hacer la revolución pero una vez que Sarmiento entregase el poder, porque el sanjuanino representaba a un gobierno constituido.

Una pequeña muestra de lo

Una pequeña muestra de lo hallado en el campo de batalla: proyectiles y botones en los que se distinguen el escudo nacional

 

La llamada “Revolución Mitrista” tuvo dos teatros de operaciones: Cuyo-Córdoba y provincia de Buenos Aires, aunque el alcance fue mayor: en Buenos Aires el general Ignacio Rivas; el general José Arredondo en Cuyo; el teniente coronel Plácido Martínez en Corrientes, el general Antonio Taboada en Santiago del Estero, y además se había plegado un sector de la Armada.

 

El gobierno, al tanto de los preparativos, decretó el estado de sitio, primero en el litoral y después a todo el país. El presidente Sarmiento presionó a los oficiales jefes a mantenerse leales al gobierno, entre ellos a Francisco Borges. Borges estaba comprometido con Mitre, ambos eran masones de la logia Confraternidad Argentina N° 2, pero el militar le aseguró a Sarmiento que tendría su fidelidad, ya que sabía que la revolución estallaría una vez que éste dejase el poder. Una vez ocurrido esto, entregó las unidades que comandaba, los regimientos 2, 3 y 5 de caballería de línea, que custodiaban la frontera norte contra el indio.

Así luce el paisaje donde

Así luce el paisaje donde 151 años atrás se desarrolló la batalla. Al cumplirse cien años, se colocó un monolito (Carlos Landa)

 

Si bien hubo enfrentamientos en distintos puntos del país, nos concentraremos en La Verde, combate del que hoy se cumplen 151 años. En la noche del 25 de noviembre de 1874 fuerzas del gobierno al mando del teniente coronel José Inocencio Arias acamparon donde sería la batalla. Al parecer, desobedeció las órdenes del gobierno de dirigirse a defender la estación de ferrocarril de Altamirano, punto de bifurcación de las vías. Primero avanzó hacia Las Flores, donde derrotó a la vanguardia de Mitre y acampó en La Verde.

 

Las fuerzas de Mitre al frente del llamado “Ejército Constitucionalista”, no estaban lejos y mandó a un parlamentario, que invitó a Arias a rendirse. Los mitristas eran 5500 contra 782. Pero Arias mandó decir que él y sus tropas estaban resueltos a morir peleando.

 

Arias era un uruguayo de 28 años que había tenido su bautismo de fuego en Pavón, y que en la guerra del Paraguay había sido gravemente herido en Curupaytí, donde perdió la audición de un oído. Por eso le decían “el sordo”.

Los estudios llevados adelante con

Los estudios llevados adelante con Luminol arrojaron resultados positivos de restos de sangre en algunos de los proyectiles desenterrados (Carlos Landa)

 

Arias colocó a los tiradores en la casa, en el corral y en una fila de árboles. En dos potreros repartió al batallón y a la caballería. Los revolucionarios decidieron avanzar en tres columnas, encabezadas por Mitre y su estado mayor. A sus flancos, estaba la caballería, detrás los infantes y cerraban tres escuadrones de jinetes.

 

Antes de iniciarse la lucha, Borges, a quien sus amigos habían apodado “Pancho”, se adelantó a todo galope con bandera blanca para convencer a su viejo y querido amigo Arias de que se dejase de locuras que la proporción era seis contra uno. No hubo caso. Se despidieron con un abrazo.

 

Cuando comenzó el ataque, la fusilería de las fuerzas del gobierno hizo estragos. Se usaron fusiles Remington calibre 43, de fabricación norteamericana, cuyas primeras remesas habían sido adquiridas por el gobierno de Sarmiento.

Parte del equipo de arqueólogos

Parte del equipo de arqueólogos junto a algunos elementos recogidos en el campo (Carlos Landa)

 

El embate de los mitristas, que también disponían de Remington aunque en menor medida, obligaron a los efectivos que estaban en los potreros a replegarse hasta una empalizada y un foso. Como el alambrado no estaba del todo expandido en el interior, los fosos cumplían la función de contener al ganado. Los soldados los habían excavado aún más, transformándolos en espléndidas defensas.

 

Luego de tres horas, Mitre le dijo al general Rivas: “El triunfo se ha hecho imposible. Es ya necesario ordenar la retirada”. Durante la batalla murieron entre 300 y 500 soldados, según las informaciones de la época.

 

Arias le escribió una carta a Mitre, informándole que se estaba ocupando de los heridos revolucionarios y había permitido que los soldados regresasen al campo de batalla a ocuparse de los compañeros. “Si V.E. puede hacerme saber de Borges, yo se lo agradecería en el alma”, pedía Arias.

 

Borges, en el medio de la refriega, había decidido morir. Montado en un caballo blanco, se envolvió en un poncho del mismo color y cabalgó al frente de sus hombres hacia donde se concentraba el fuego de los defensores. Fue alcanzado por dos disparos. Agonizó todo ese día y murió al anochecer.

Se hallaron muchas vainas de

Se hallaron muchas vainas de proyectiles, los que dieron la idea de la magnitud del combate (Carlos Landa)

 

Por 1870 había conocido en Entre Ríos a Frances Ann Haslan, con quien tuvo dos hijos, Francisco y Jorge Guillermo. Este último se casó con Leonor Acevedo, y tuvieron a Jorge Luis. El reconocido escritor le dedicaría cinco poemas, entre ellos “Al coronel Francisco Borges”.

 

Con el objetivo de profundizar en el conocimiento dinámico de la batalla y la tecnología empleada, el Grupo de Estudios de Arqueología Histórica de Frontera de la UBA estudió en el propio campo la Batalla de la Verde, con un detalle inédito, que es la aplicación de metodologías de la criminalística y de las ciencias forenses en la denominada Arqueología de Conflicto, donde nuestro país es pionero y prolífico en cuanto a sitios de combate estudiados.

 

Para ello, dividieron al campo de batalla en cinco grandes sectores, donde del 1 al 4 correspondían a la ubicación de los atacantes y el 5 a la posición de los defensores. Se realizó una prospección y un barrido con detectores de metales.

 

Los hallazgos fueron sorprendentes: se encontraron 155 vainas, algunas con marca cóncava de percutor y 66 con marca plana de percutor. Además se desenterraron 354 proyectiles ojivales y esféricos, 31 deformados por el impacto, muchos de plomo de fusiles Remington calibre 43, botones militares de latón con la figura del escudo patrio y con la marca de fábrica, importados de Francia e Inglaterra, hebillas de cinturón y de correaje, y fragmentos de bayonetas. Estos valiosos elementos fueron georeferenciados, generándose mapas que permitieron evaluar con más precisión la dinámica de la batalla, que duró tres horas.

Fue el presidente Avellaneda quien

Fue el presidente Avellaneda quien amnistió a los oficiales revolucionarios que habian sido juzgados por tribunales militares

 

Los lugares donde fueron desenterrados proyectiles y vainas ayudaron a determinar desde dónde se disparó y hacia dónde. Las vainas orientaron desde dónde se hizo fuego y las balas hacia dónde se dirigieron. Además, revelaron dos patrones: por un lado, las maniobras y despliegues en espiral con respecto al núcleo de la batalla, centrada en el puesto de la Estancia La Verde; y por otro, el espacio donde se parapetaron las fuerzas de Arias.

 

Fue así como el grupo interdisciplinario integrado por Raúl Doro, Carlos Landa, Alejandra Raies, Emanuel Montanari, Luis Coll, Carlos María Diribarne y Diego Alejandro Alvarez concluyó que fueron ocho los movimientos desde el inicio del ataque hasta la retirada mitrista. Se precisó que durante el asalto al corral, por la cantidad de vainas halladas, los arqueólogos suponen que los defensores sostuvieron un fuego certero y bien ejecutado.

 

Asimismo, concluyeron que el enfrentamiento, en gran parte, estuvo dominado por el intercambio de los Remington y de las armas a chispas y a percusión, y que los combates cuerpo a cuerpo se habrían restringido cuando la caballería mitrista desmontó para pelear como infantes, según los restos de bayonetas halladas.

 

Los proyectiles fueron sometidos a quimioluminiscencia (Luminol) para la detección de rastros hemáticos latentes humanos, es decir sangre. Método popularizado por series de televisión como CSI, Bones o Dexter, puede aplicarse a vestigios antiguos. Se analizaron artefactos de 800 años hallados en La Puna, hachas de material lítico del noreste argentino, en los hospitales de la batalla de Gettysburg y en sitios donde funcionaron centros clandestinos de detención durante la última dictadura militar.

 

Para efectuar la aplicación de este método sobre la muestra seleccionada, en primera instancia, se generó un elemento testigo de verificación, constituido por una plomada esférica a la que se le aportó sangre humana O+ y A+. La muestra se dejó expuesta en superficie por tres meses, luego enterrada en sedimento de las mismas características que las del sitio, para luego extraerla, limpiarla con pincel suave y lavarla con agua al 90% de alcohol y testear con el producto de luminol, arrojando resultados positivos. Este procedimiento se efectuó con el objetivo de replicar las condiciones en las cuales fueron tratadas las piezas arqueológicas en gabinete.

 

El análisis se llevó a cabo en la Escuela Técnica N° 31 “Maestro Quinquela” de La Boca, ya que se precisaba de un ámbito adecuado sin luz y la asistencia de fotógrafos profesionales. Este establecimiento cumplía con ambos requerimientos.

 

Se hallaron 18 elementos positivos a partir de la aparición de un color azul fluorescente.

 

La ubicación espacial de plomo con reacción positiva de sangre permitió inferir qué bando recibió mayor cadencia de fuego y de qué sectores se produjeron más intercambios de disparos.

 

Las vainas aportaron identidad, cantidad y tipos de armas usadas. Se sometieron a un análisis con técnicas forenses de balística comparada para identificar armas individuales y grupos de armas. A partir del estudio en el microscopio balístico, se diferenciaron tres grupos de vainas accionadas por tres diferentes armas.

 

Luego de La Verde, Mitre marchó al frente de un ejército debilitado por las deserciones hacia Nueve de Julio. El 2 de diciembre, le entregó su espada a Arias, se rindió en Junín y se terminó la revolución. El ex presidente, salvo una banca de diputado nacional, no volvería a ocupar puestos de relevancia en la escena nacional.

 

Muy cerca de allí, está el pueblo de Del Valle, que recuerda a Narciso del Valle, un militar que peleó contra los aborígenes. Cuando se cumplió el centenario de la batalla, hubo un festejo porque los pobladores saben lo que significó este suceso y se erigió un monolito, cerca de donde habían enterrado a los caídos. Hoy el grupo de arqueólogos presenta en el pueblo el libro “Yuyo verde y roja sangre. Mitre y Borges en las trincheras. Arqueología histórica en el campo de batalla de La Verde (1874)”.

 

El equipo tiene una asignatura pendiente: ubicar el lugar donde se levantó el hospital de sangre y la o las fosas donde fueron enterrados los muertos. En esta cuestión, los arqueólogos manejan tres hipótesis y aclararon que es como buscar una aguja en un pajar. Si se hallaran restos humanos, tendría sentido determinar el tipo de sangre detectada en los proyectiles, así como la extracción del ADN.

 

Ellos explican que lo ideal es conseguir un escáner especial que se conecta a un dron que barre la superficie omitiendo vegetación. Así sería más sencilla la localización de anomalías en un terreno que aún esconde secretos, allí donde dicen que el coronel Borges fue a la muerte en un caballo blanco.

 

Fuentes: A sangre y plomo. Análisis de balística comparada y evidencias de rastros hemáticos latentes en proyectiles de la batalla olvidada de La Verde, de Raúl Doro, Carlos Landa, Alejandra Raies, Emanuel Montanari, Luis Coll, Carlos María Diribarne y Diego Alejandro Álvarez; Bartolomé Mitre, de Miguel Angel De Marco; Campañas militares argentinas. La política y la guerra. Guerra exterior y luchas internas (1865-1874), Tomo 4, de Isidoro Ruiz Moreno

Fuente: Infobae:

https://www.infobae.com/historia/2025/11/26/la-verde-una-batalla-olvidada-de-la-muerte-del-abuelo-de-borges-al-increible-hallazgo-de-sangre-en-proyectiles-desenterrados/

 


domingo, 29 de diciembre de 2019

Francisco Borges, el abuelo del gran escritor: un héroe atrapado entre dos lealtades



El escritor Omar López Mato habla de su ensayo “Francisco Borges, el inútil coraje”, que se lee en exclusiva desde la plataforma Leamos.

Por Patricio Zunini

Cabe preguntarse a quién pertenecía la Argentina del siglo XIX, el país de las guerras civiles, el que todavía no había recibido la gran corriente inmigratoria producto de las crisis en Europa. El poder se iba pasando casi de mano en mano y en 1874, Sarmiento le dejaba su lugar a Avellaneda en una de las elecciones más fraudulentas de la historia. Mitre, que había precedido en el cargo a Sarmiento, y deseaba volver, no aceptó el resultado de la votación y ante ello dio una respuesta que, trágicamente, se ha dado muchas veces en nuestra historia: a un gobierno ilegítimo se lo baja con una revolución.

Cabe preguntarse también qué se entiende por gobierno ilegítimo en los diferentes momentos del país. Y qué grado de legitimidad había tenido el gobierno de Mitre. Pero en 1874, si Mitre no era legítimo, al menos estaba legitimado. Mitre era una gran figura para la Argentina. Había sido el general en jefe de los ejércitos de la Triple Alianza, había trabajado a destajo en Buenos Aires acompañando a las víctimas de la fiebre amarilla mientras Sarmiento y Alsina, presidente y vice, abandonaban la capital. Su presencia era querida y respetada. Por eso muchos de sus compañeros de armas y muchos civiles se acercaron a él para acompañarlo en la revolución. Mitre logró reunir casi 6.000 hombres: una fuerza enorme.

Entre sus aliados estaba el coronel Francisco Borges, una persona extremadamente honesta. Borges le había dicho a Sarmiento que se mantendría fiel a él en tanto durara su mandato, pero una vez entregado el poder, se iría a pelear con Mitre. Sarmiento, entonces, le envió una carta: que se vaya si quiere, pero antes debe entregar su ejército al gobierno central.

“Borges queda atrapado entre dos lealtades”, explica Omar López Mato en diálogo con Infobae. El historiador acaba de publicar Francisco Borges, el coraje inútil por IndieLibros, un ensayo en donde aborda la situación sin solución de quien sería el abuelo de Jorge Luis Borges. “Atrapado en el dilema”, sigue López Mato, “decide cumplir con su palabra. Entrega las tropas a Sarmiento y se va. Pero cuando llega al campamento de Mitre, muchos le salen a recriminar la actitud. Para ellos era una traición. Mitre calma los ánimos, pero Borges queda muy golpeado en su ánimo interior”.

—¿Borges tenía amigos en los dos bandos?

—Hay que recordar que en gran parte de las guerras civiles argentinas, sobre todo después de la batalla de Caseros, hubo oficiales que primero estaban de un lado y más tarde del otro. De hecho, Borges tenía una amistad muy profunda con el teniente coronel Arias, que llevaba las tropas del gobierno para enfrentar a Mitre. Hay un detalle con el que se puede ver la cuestión de la nobleza y la amistad: antes de la batalla hubo un encuentro entre las partes para evitar el derramamiento de sangre. Y el delegado para hablar con Arias, por el afecto que se tenían, fue Borges.

—Cuando Jorge Luis Borges contaba la historia de su abuelo, decía que se había suicidado.

—Por eso hablo del inútil coraje. Borges no usa la palabra suicido pero da a entender que hubo una actitud autodestructiva. Va a la batalla con un poncho blanco y un caballo blanco. Para mostrar su valentía se convierte, justamente, en un blanco de las tropas enemigas. Pero también hay un enfrentamiento de tecnología. Arias se atrinchera en una estancia con 900 soldados que usan Remington, rifles a repetición. La tropa de Mitre, en cambio, estaba muy armada. No habían podido traer las armas que habían prometido desde Uruguay; la mayor parte usaba lanzas y sables. Era una carga suicida lo que pasaba ahí. Borges recibe un balazo y muere después de una larga agonía muy dolorosa.

—Hagamos un poco de historia contrafáctica. ¿Qué hubiera pasado si ganaba Mitre?

—Quizá se hubiese instaurado una democracia menos fraudulenta.

—¿La Ley Sáenz Peña se hubiera anticipado unos años?

—Probablemente, porque Sáenz Peña empieza a predicar la ley al poco tiempo. Carlos Pellegrini, en el último discurso de 1896, 1897, habla de terminar con el fraude. Pero atención: el fraude era una institución mundial. En Estados Unidos existía en five-dolar-vote —yo te doy cinco dólares y vos me votás a mí—; comprar un escanio del Parlamento británico salía tantos miles de libras esterlinas. El problema del fraude electoral era un mal de fin del siglo XIX, donde había un porcentaje de analfabetismo muy alto, una conducción caudillesca y una imposición forzosa.

—¿Qué podemos aprender de Francisco Borges para interpretar la obra de Jorge Luis Borges?

—Borges crece con una carga emocional muy fuerte. Francisco Borges era uno de los abuelos, pero el otro abuelo, por parte de madre, era el general Suárez, héroe de las guerras de la independencia, héroe de Ayacucho. La historia argentina no es un cuento para él, la historia argentina es parte de su familia. Él vive en un ambiente en donde el coraje y el honor, son partes esenciales de su vida, de su educación. Estos dos ancestros, a los que él le dedica sendos poemas, forman parte de su educación. El coraje y la valentía es una parte constitucional de los cuentos de Borges.

Fuente: Infobae

Montando un caballo blanco




Por Omar López Mato

La Verde

El 26 de noviembre de 1874, en el contexto de la revolución mitrista contra la elección de Avellaneda, tropezaron las fuerzas insurgentes contra el gobierno conducido por el coronel Arias. El coronel Francisco Borges, luciendo un poncho blanco y montando un caballo del mismo color, condujo con "coraje inútil" (como diría su nieto) a las fuerzas rebeldes de Mitre y terminó muriendo por una causa que se ha diluido con los años.

El 26 de noviembre, temprano por la mañana, el ejército constitucional se puso en marcha en tres columnas hacia la estancia La Verde (Provincia de Buenos Aires).

Hay un momento en que la pampa está a punto de hablar a través del mudo grito de miles de hombres dispuestos a derrochar coraje por una causa que muchos podrían no entender. El cielo, el sol y las nubes eran testigos de ese desafío al destino.

A los flancos marchaba la caballería, por el centro los batallones de infantería, y a la cabeza cabalgaba Mitre al frente de su Estado Mayor. Con las primeras luces del día podía verse claramente la arboleda de la estancia, cortada por el brillo de las bayonetas y el humo de los fogones.

A medida que avanzaban, los edecanes de Mitre partían a todo galope a impartir instrucciones. La tropa fue tomando su puesto de combate. A la derecha estaba Segovia, frente al escuadrón Tuyú de Don Manuel Ramos. En el centro de la línea, el coronel Matías Ramos Mejía con Borges a la cabeza, dispuesto a exhibir, más allá de toda duda, que él era hombre de la revolución.

A la izquierda había quedado Don José Vidal con sus voluntarios. De allí en más se extendía la línea comandado por el coronel Murga.

Desde el casco de la estancia, Arias contemplaba la extensión de la línea. Cinco mil hombres desplegados en el campo eran un espectáculo intimidatorio pero el hombre, a pesar de su corta edad, se había visto en peores circunstancias. Arias se abrochó el cuello de su guerrera y revisó que su revólver estuviese cargado. Sin pensarlo, se acarició la oreja cercenada.

Una partida de cuarenta hombres montando tordillos partió al galope desde la línea rebelde. El coronel Borges llevaba una bandera blanca. Arias y seis ayudantes le salieron al encuentro. Al verse, Arias y Borges se estrecharon en un abrazo. El afecto primó sobre las ideologías. Hacía tiempo que no se veían; hablaron de la familia, los amigos, los días pasados. El cielo y el sol se detuvieron. La pampa fue silencio, mientras ellos cultivaban una vieja tradición argentina. Quizás la más antigua, la amistad.

Habrá pasado media hora cuando el general Rivas se impacientó y galopó hacia el grupo. En ese momento el coronel Borges volvió a su encuentro después de parlamentar con Arias. Su gesto todo lo decía. Los argumentos para evitar el derrame de sangre entre hermanos habían sido en vano. “No acata la orden de rendición”, fue el escueto mensaje con el que Borges informó a Rivas el final de las tratativas. Ahora las palabras debían dar lugar a las armas.

Rivas quedó en silencio por un instante. En el fondo sabía que la confrontación era inevitable. ¿Acaso estaba escrito en las estrellas? ¿era esto lo que llamaban destino? No había forma ni era momento para saberlo.

Su caballo corcoveó y salió disparado mientras rugía órdenes: “Comandante Palacios, prepare su batallón”. “Comandante Rebución prepare su batallón”. Sí señor. Sí señor.

Latían los corazones, los cuerpos vibraban, las gargantas se secaban. La batalla iba a comenzar.

Desde las casas se escuchó un “¡Hurra!”. Arias arengaba a sus hombres apresándolos para el combate. Al pasar frente a la 4ta compañía en la que había servido de subteniente, le preguntó al Sargento Antenor Pérez: “¿Tendrá algo que recomendar a esta, mi compañía?” Y el sargento Pérez, con el que Arias había compartido los peligros en el Paraguay y en Corrientes, contra la indiada, contestó: “Nada, mi comandante”. “Nada”, repitieron los soldados. El sargento Antenor Pérez moriría momento más tarde, destrozado su pecho por una bala rebelde.

En el llano retumbó un ¡Viva la Revolución! Gorros colorados bailaron sobre las puntas de las tacuaras y las bayonetas. Las trompetas llamaron a formar filas. Por todos lados se escuchaba “¡Viva el general Mitre! ¡Viva el general!”

Las guerrillas rompieron la línea del ejército rebelde y se dispersaron por el campo tentando suerte. Había que hallar un punto donde quebrar la defensa alrededor de la Verde.

“No se escondan, si son tan hombres” gritaban los soldados sublevados a las tropas de Arias parapetadas en la estancia. Antes habían peleado hombro contra hombro, hoy les tocaba luchar en bandos enfrentados.

Las guerras y revoluciones que asolaron al país les darían otra oportunidad de venganza o redención. Habría más oportunidades para juntar fuerzas o matarse.

Francisco Borges avanzó al frente de los civiles agrupados en el batallón “24 de Septiembre”, donde servía don Domingo Rebución, cuñado del general Rivas, lujosamente ataviado con su chaqueta azul y de dorados brillando al sol. Una bala le atravesó la pierna, pero no se movió de su puesto.

Cada metro de terreno ganado por los hombres de Mitre se cubría de cadáveres bajo la tormenta de plomo que escupían los Remington. Las tropas de Arias, apostadas en un foso y parapetadas tras sus monturas, disparaban a repetición. “Fuego, Fuego”, repetía Arias recorriendo el perímetro de La Verde. La cadencia del fuego no debía caer para mantener a raya a los rebeldes.

Los hombres del “24 de Septiembre” buscaban un resquicio para avanzar, pero una cortina de fuego impedía todo acercamiento… Borges, siempre frente a los suyos, tentaba la suerte montando un caballo blanco, y luciendo un poncho blanco, como invitando a la muerte. De allí en más nadie podría poner en duda su coraje y su lealtad como hombre de la Revolución. Combatía como siempre lo había hecho: era un temerario tentando a la suerte. Sin descanso arengaba a sus hombres con vehemencia, predicando con el ejemplo, corriendo de un lado al otro, sable en mano. “¡Avancen! ¡Avancen!”, gritaba una y otra vez, buscando una brecha en la línea enemiga.

A escasos metros de la arboleda adivina un punto donde centra su atención; ese puede ser el camino a la victoria. Espolea a su caballo dispuesto a atacar cuando, bruscamente, un golpe lo paraliza. Por un momento se siente ciego, sordo y mudo, pero no siente dolor, solo un cansancio infinito. Instintivamente se lleva la mano al abdomen y la ve teñida de sangre. Ese poncho blanco que lucía desafiante se impregna de rojo. Aturdido por el impacto ve a sus hombres caer a su alrededor. Aún tiene fuerzas para apearse del caballo y queda tendido en el campo mientras recuerda cuando fue herido en Paraguay. Recuerda los ojos de su esposa y sus caricias. Recuerda las calles de Montevideo. El tiempo se alarga ante sus ojos. Somos de ayer… Todo parece transcurrir con una pasmosa lentitud mientras sus hombres siguen luchando. Algunos tienen la suerte de morir al instante, otros se revuelcan doloridos, pero nadie retrocede. El abanderado es atravesado por una bala. El pabellón del “24 de Septiembre” cae al barro. “Levanten la bandera”, grita y enseguida el estandarte se alza manchado de sangre y barro… Borges solo atina a sostener la herida por donde se le escapa la vida, cuando un nuevo disparo atraviesa su costado. Su cuerpo se estremece, una sed espantosa seca su boca. Sabe que es el final. Ya no ve su mano, ya no escucha el rugido de la batalla, solo siente la sangre caliente corriendo sobre su piel. Piensa entonces en su vida, ese torbellino arrastrado por las guerras. Piensa en su esposa y sus hijos… Podrá arrepentirse de muchas cosas, de errores, de excesos, de faltas y desvíos, pero jamás podrá arrepentirse de haber sido lo que fue, un valiente.

A escasos metros los soldados de la reserva contemplan impotentes la suerte de sus camaradas. Los caballos, nerviosos por las balas y esquirlas que los impactan, bufan y relinchan contenidos por sus jinetes. Algunos caen heridos de sus cabalgaduras. En el momento en que el coronel Matías Ramos Mejía se da vuelta para impartir una orden, un proyectil atraviesa su pierna. Su hijo José María, un aventajado estudiante de medicina, se acerca para asistirlo cuando otra bala impacta el muslo. El viejo coronel se ha puesto pálido. Lo ayudan a apearse, mientras el portaestandarte del regimiento agita la bandera perforada por las balas.

El General Mitre está en todas partes. Cruza el campo en su alazán seguro de que todavía no se fundió la bala que habría de matarlo… Lo sigue atrás su Estado Mayor con menos suerte que su jefe. Eduardo Rodríguez y Germán Elizalde quedan postrados en el campo.

“No hace falta exponer a los demás”, dice el general. Y se queda solo con Rivas, dos ayudantes y un trompa para impartir las órdenes.

La vanguardia busca el lugar exacto donde penetrar el perímetro. Intentan costear posiciones hasta el ángulo izquierdo del casco, resueltos a penetrar el reducto defensivo, pero son rechazados por el fuego de los defensores. A pesar de las pérdidas tantean el terreno, hasta que llegan a la entrada del establecimiento. Sale a recibirlos un grupo de soldados leales al mando del teniente José Diez Arenas, dispuestos a arrebatarles el estandarte. Las tropas sublevadas deben retirarse ante el nutrido fuego que los recibe desde el casco. Arenas cae herido.

Al otro lado de las casas, un contingente de gauchos de Ayacucho apeándose a doscientos metros del foso avanzan, facón en mano, a pie firme, dispuestos a enfrentar las balas. Por un instante los defensores dudan de lo que están viendo. A facón desnudo enfrentan a los Remington. Llegan casi hasta la fosa, los hombres de Arias contemplan incrédulos ese desperdicio de coraje, ese desafío temerario, ese desprecio a la muerte. Los gauchos caen acribillados y los pocos que aún están de pie, vuelven a sus líneas. Los hombres de Arias dejan de disparar para permitir que esos valientes se retiren. Merecen todo su respeto.

Los atacantes van quedándose sin municiones y, sin embargo, no atinan a retroceder. “Unas balitas por amor de Dios”, ruegan los soldados que sienten que están a poco de lograr la hazaña. Solo un poco más, unas balas y …

El ruido de los disparos ahoga el grito de los heridos. Los muertos se acumulan sobre la pampa roja. La tropa de la retaguardia grita furiosa. Se sienten humillados, impotentes. Mitre contempla la batalla como ese día de Curupaytí. Ha llegado el momento de reconocerlo: “No hay nada que hacer… No derramemos más sangre de valientes”. Rivas asiente. El trompa toca a retirada.

Fue entonces cuando los ciudadanos que habían abandonado las comodidades del hogar, sus comercios, sus trabajos, y sus fortunas. Fue entonces cuando estos hombres que habían marchado por días solo con lo puesto sin un quejido y esos oficiales que se jugaban su carrera en esta patriada, se vieron obligados a abandonar el terreno tan duramente conquistado. Y aun así, los soldados rebeldes se retiraban gritando “¡Viva la Revolución! ¡Viva el general Mitre!”

A algunos hubo que forzarlos a abandonar su posición.

La derrota tiene una dignidad que la victoria muchas veces no conoce.

Los hombres de la vanguardia mitrista aparecen tras una nube de polvo y humo. Balas no les quedan. Sí tienen furia, decepción y aún mucho coraje. Caminan, arrastrando a sus heridos. Mitre marcha a su encuentro. “Gracias, gracias”, murmura el general emocionado. Algunos derraman lágrimas de impotencia.

Arias ordena no disparar. No tiene sentido matar a los vencidos que han derrochado coraje. Y hay que ahorrar municiones… ¿Con qué detenerlos si vuelven a atacar? ¿Cuántas balas les quedan a sus hombres? Pocas, muy pocas, pero eso no lo sabe aún Mitre y por tal razón La Verde se convertirá en la batalla en la que “un cadete le gana a un general”. Mitre recién lo sabrá una noche de diciembre, cuando ya era prisionero de Arias y comparten una taza de café frente a un fogón. Entonces Arias le confesará que estaba a minutos de quedarse sin municiones; por instantes apenas se perdió la batalla y la revolución, por segundos se le escapó la victoria.

Mitre solo guardó silencio, bebió un gran trago de café amargo y contempló las estrellas en las que quizás estaba escrita esa jugada del destino. El general nunca más fue presidente de la Nación ni volvió a encabezar una revolución.

Antes de las diez de la mañana el ejército constitucional caído y maltrecho se retira al tranco de los campos de La Verde.

El peso de la derrota

Mitre marcha entre sus hombres. Nadie habla, el peso de la derrota los enmudece. Solo el general pregunta: “¿Y usted qué tiene, mi amigo?”. “Aquí tengo una bala, mi general”. “Una negra me ha mordido entre las piernas”. “Me han hecho una operación en cada codo”. El general mira con sus ojos grises, cansados de tanta muerte. “Ya va a mejorar”. “Ya va estar mejor”. ¿Qué más puede decir? Su presentimiento se había hecho realidad. Se habían cumplido sus peores expectativas. Quizás su falta de convicción, sus dudas , los había conducido a la derrota.

A doce cuadras del campo de batalla se improvisó un hospital de campaña. Allí los valientes yacían sobre el pasto, quejándose del dolor de sus heridas. Entre ellos estaba coronel Francisco Borges, con dos balas en el abdomen. No había mucho para hacer y, resignado se dejó morir, no sin antes decirles a los presentes:

‘‘Amigos, háganle saber al general Mitre que muero apreciándolo como lo he apreciado siempre; y que mi mayor consuelo es morir cumpliendo con mis convicciones…”.

Su nieto dirá que los hombres estamos hechos de tiempo y el tiempo del coronel Francisco Borges había llegado a su fin por propia elección.

El mismo 26 de noviembre, el coronel Arias le envía una carta el general Mitre. “Desde el momento en que vuestra excelencia emprendió la retirada me he ocupado de recoger a sus heridos y atenderlos lo mejor posible. Entre ellos está el Mayor Sierra del 4to de línea y otros oficiales, a los cuales hemos cedido nuestras pobres camas. Vuestra excelencia habrá notado que desde el momento en que creí innecesario el hacer fuego, he permitido a sus soldados venir al campo en busca de sus compañeros, habiendo podido impedirlo. Soy atento amigo SS de VE.

José Ignacio Arias

PD: Si V.E. Puede hacerme saber de Borges, se lo agradecería en el alma.

Esa misma tarde Mitre se reunió con Arias. Durante la entrevista expresó su intención de poner término la sublevación y, en consecuencia, enviar como comisionado ante el Presidente Avellaneda, al Sr. Juan José Lanusse.

A pesar de la claudicación, Arias le aconsejó al general que emprendiese la retirada, porque tenía orden de perseguirlo y hostigarlo. Él estaba imposibilitado de moverse, pero en uno o dos días pondría a su tropa lista para darle alcance y batirlo. Mitre lo contempló por un instante.

“Mire comandante, aún me quedan tres mil hombres para vencer o morir peleando”. El general se puso de pie y se calzó su chambergo. Ya estaba por estribar cuando Arias le pregunta:

“Perdón, mi general, ¿Qué sabe del coronel Borges?”.

Mitre se detiene y sin levantar la mirada, contesta: “Borges ha muerto”.

Y sin más partió hacia el campamento al trote cansado.

Extracto del ebook Francisco Borges: el inútil coraje (IndieLibros) - Disponible en: https://www.bajalibros.com/AR/Francisco-Borges-el-inutil-cor-Omar-Lopez-Mato-eBook-1777943


Fuente: Historia Hoy