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viernes, 19 de julio de 2019

La risa de Borges


Borges y Luisa Valenzuela en Nueva York, 1969.- Foto: Eva Chevallier


Por Luisa Valenzuela


"A este texto que estoy ahora escribiendo me habría gustado ponerle de título Borges y Yo, pero me temo que la ironía podría pasarse por alto", escribe la escritora Luisa Valenzuela en esta nota que da cuenta de un Borges que ríe, que se anima a cuartetas disparatadas, como aquellas que ideaba con Luisa Mercedes Levinson y que decían: “En la plaza de Belgrano/ pero un poco más abajo/ hay un letrero que dice/ mierda la puta carajo". Estampas personales de una mujer que lo conoció en la época en que aún era Georgie.


Hay unos versos de Borges que muchos suelen repetir como si lo pintaran de cuerpo entero, como si no hubiese sido, como todo, el reflejo de un sentimiento que habría de diluirse con los años:

He cometido el peor de los pecados/ que un hombre puede cometer. No he sido/
feliz. (…) para concluir “Me legaron valor. No fui valiente./ No me abandona. Siempre está a mi lado/ La sombra de haber sido un desdichado”.

Soneto éste, “El Remordimiento”, que me temo inspiró aquél burdo poema apócrifo que en distintas versiones tantos lectores tomaron por cierto, quizá porque el genio se lamentaba de no haber hecho lo que hacemos los simples mortales sin talento. Comer más dulce de leche, por ejemplo, frase que me recuerda cierta pequeña reunión cuando, hablando de los placeres del paladar, Borges preguntó si realmente el dulce de leche era rico, “pero rico rico, como el arroz blanco” y todos reímos, y él también.

Como reían ellos dos, Lisa y Georgie, al regresar de unos paseos estrambóticos y nocturnos por los puentes de Constitución, lugar que le fascinaba a aquel Borges aún medianamente vidente y siempre muy sensible a su entorno.  Y volvían, ellos dos, no describiendo los sórdidos lugares que habían recorrido, sino riendo por las cuartetas idiotas que se les habían ido ocurriendo en el camino.

A este texto que estoy ahora escribiendo, rememorando, me habría gustado ponerle de título "Borges y Yo", pero me temo que la ironía podría pasarse por alto.

Son sin embargo estampas personales.

¡Tantísimos años transcurridos, tantas memorias!

La imagen que conservo de aquél a quien solíamos llamar Georgie es la del pícaro que se divierte con sus dichos, no siempre del todo inofensivos pero siempre brillantes y queribles.

La impresión me viene de lejos, puedo hoy contarla sin fatuidad y sin censuras. Porque el tal Georgie frecuentaba mi casa de infancia cuando sus colegas más elocuentes creían que él nunca sería reconocido por el  público en general, que era un “escritor para escritores”. Se sentían privilegiados de apreciar su genio, los colegas, y lo acompañaban a sus escasas conferencias y temblaban –fui testigo—cuando Borges caía en un largo silencio. Ellos temían que, en su pánico de hablar en público, el amigo había quedado con la mente en blanco cuando en realidad estaba buscando la palabra exacta, la misma que al ser por fin pronunciada deslumbraba a todos.

Testigo de tanta cosas, fui. Y a veces víctima. Más de una vez mi madre, Luisa Mercedes Levinson, que todos conocían ya por Lisa, me reprochó que Borges opinaba que yo era capaz de matar a mi madre por un juego de palabras. Borges no lo habría dicho de envidia, todo lo contrario, porque nunca fueron juegos de palabras lo que le faltaron, aunque eso de meterse con la madre…

En fin, especulaciones actuales al correr del teclado. Eso sí, reíamos mucho.

Como reían ellos dos, Lisa y Georgie, al regresar de unos paseos estrambóticos y nocturnos por los puentes de Constitución, lugar que le fascinaba a aquel Borges aún medianamente vidente y siempre muy sensible a su entorno.  Y volvían, ellos dos, no describiendo los sórdidos lugares que habían recorrido, sino riendo por las cuartetas idiotas que se les habían ido ocurriendo en el camino:

“En la plaza de Belgrano/ pero un poco más abajo/ hay un letrero que dice/ mierda la puta carajo.”  Por ejemplo.

O bien:

“En el medio de la plaza/del pueblo de Pehuajó/ hay un letrero que dice/ la puta que te parió.”

La preadolescente que era yo en aquel entonces se sentía abochornada por tamaño infantilismo. Mi propia madre y el admirable “escritor de escritores”, ¡por favor!

Georgie y Lisa emprendieron la aventura de escribir un cuento en colaboración. Esas tardes se aislaban en el comedor de nuestra casa en Belgrano y yo sólo podía oír las carcajadas. Cuando emergían, muy circunspectos, consultaban a la adolescente sabihonda que andaba rondando por ahí cuando podía.  ¿Los apellidos Zunino y Zungri te parecen lo suficientemente ridículos?, me preguntaban. 

Pasaron años antes e que yo pudiera retrucar con una cuarteta a la altura, nada apreciado por el Escritor:

“En el barrio de San Telmo/ Biblioteca Nacional/ hay un letrero que dice/ hacete un lavaje anal”.

Es cierto que admiraba la biblioteca, pero no me resultaba fácil rimar con Nacional. Vicente Varela y otros colegas me felicitaron, sin embargo, y yo me sentía en la gloria.

Las cosas eran así y de otra maneras, por fortuna.

Alrededor de 1952 Georgie y Lisa emprendieron la aventura de escribir un cuento en colaboración. Esas tardes se aislaban en el comedor de nuestra casa en Belgrano y yo sólo podía oír las carcajadas. Cuando emergían, muy circunspectos, consultaban a la adolescente sabihonda que andaba rondando por ahí cuando podía.  ¿Los apellidos Zunino y Zungri te parecen lo suficientemente ridículos?, me preguntaban.  Y yo no sabía qué decir, Zunino y Zungri eran los dueños de la destapadora de cloacas a la que estábamos abonados –ésas eran las épocas—benemérita empresa que tenía el poético nombre de "La Flor de la Primavera".

Peor era cuando me consultaban, por ejemplo, si no resultaba demasiado exagerado que el pretencioso arquitecto protagonista del cuento, para hacerlo gastar, le propusiese a su cliente “un jardín con bustos ecuestres”. Ante tamaños disparates, que los ahogaban de risa, yo no podía menos que recalcar lo ridículo de la idea. Cedieron, no ante mi crítica sino ante un dejo de razón, y por fin optaron por poner “cabezas yacentes de emperadores”.

La temprana adolescente de entonces solía ser muy puntillosa. Pero igual me llenaba de orgullo cuando Borges me hablaba de igual a igual, y me decía muy orondo que ese día habían trabajado mucho: habían completado toda una línea.

El cuento, titulado “La hermana de Eloísa”, apareció por fin en 1955 publicado por la Editorial ENE, en un delgado volumen con otros dos cuentos de cada uno de los autores.

De mi anécdota favorita de aquella época ya no quedan rastros, por suerte, sólo el recuerdo que tiene del asunto María Esther Vázquez. Porque a los pocos años de haber sido nombrado, en 1955, director de la Biblioteca Nacional, quien casi ya no era Georgie, apelativo cariñoso que iría cayendo en desuso hasta para los íntimos, ideó un estupendo y memorable ciclo de conferencias los sábados, invitando a escritores y escritoras de la época a hablar sobre el tema siempre vigente, “Por qué y cómo escribo”.

Hoy corresponde reconocer que Borges fue un precursor en el uso de la Biblioteca Nacional como espacio para la difusión de la cultura.

Los periodistas de entonces eran asiduos a esas manifestaciones, la gente de letras eran considerados referentes importantes del quehacer nacional. No así los propios periodistas, al menos a los ojos de Borges, razón por la cual me contrató a mí –ad horem, claro—para que entrevistara a los/las conferenciantes antes de entrar. Durante la exposición, con cuatro dedos y muchos carbónicos, debía tipear el resumen de las conferencias, cosa de entregárselo a los nobles representares de la prensa, que según Borges sospechaba acudían a los bellos salones de la calle México a echarse un sueñito. Y los diarios de la época, me temo, publicaban mi resumen y no quiero ni saber qué habría resumido yo allí, a mis escasos 17 años.

Pero una se va formando a los golpes. Y con todo descaro.

Así pasaron años y años y más años, encuentros y desencuentros con el Maestro. Indignaciones de mi parte al enterarme de que había comentado por ahí que mi primera novela era una novela pornográfica, años de tragar saliva hasta que me despabilé y supe que una de las definiciones de pornografía es “lo que atañe a la vida de las prostitutas” y entonces sí, Hay que sonreír que este año cumple temibles 50, es una novela pornográfica, si bien expresamente cándida.

Años también de alegrías festejando los retruécanos que el maestro repartía a troche y moche, siempre dejando traslucir su faz lúdica, su a veces punzante sentido del humor.

Y años más sólo frecuentando a Borges en la reiterada y siempre reveladora lectura de su obra, hasta cierto mediodía de primavera neoyorquina de 1985. Las marcas de ese día, imborrables para mí, se resumen en una imagen y una frase.

La imagen: dos figuras vestidas de blanco marfilino, nimbadas por la luz del sol.

La frase: “isn’t it a pity?”.

Fue en un restaurante italiano del West Village neoyorquino, una especie de bodegón cuya único atractivo era un jardín al fondo más allá de las cocinas, con lindas mesas bajo los árboles. Estábamos allí almorzando con un amigo cuando contra la puerta de las cocinas se dibujaron esas dos figuras más que fantasmales, feéricas. ¡Borges y María Kodama!, me sorprendí. No puede ser. Pero eran. Y los invitamos a nuestra mesa y Borges contó que María tenía un olfato especial para los lugares y los temas más insólitos y maravillosos, que acababan de llegar,  dichosos, de su viaje en globo sobre el valle de Napa en California, que se iban al día siguiente de regreso a Buenos Aires, y isn’t it a pity?. Así, en inglés en medio de la charla en nuestro idioma. Isn’t it a pity?, reiteró más de una vez, esto de tener que dejar New York… tras o cual corrí al teléfono, llamé al Instituto de Humanidades al que yo pertenecía, volví con una invitación para ambos el semestre siguiente. Lo que Borges quisiera. Por supuesto. Ya no era más, en absoluto, un escritor sólo para escritores. Era el escritor de todos.

No era nada sencillo sostener lo que Borges proponía en esos tiempos: armar la presentación con forma de entrevista, ya que se negaba a dar una conferencia de corrido. Hacerle preguntas públicas a Borges era casi suicida, bien lo sabía yo que había asistido a muchos sufrimientos ajenos. Imposible salir airosa ante esa mente lucidísima, de un brillo casi ultraterreno. Irónica por demás.

Y volvió, Borges acompañado por María Kodama. Y yo tuve que pagar mi arranque siendo la interlocutora en su presentación multitudinaria en NYU, la Universidad de Nueva York, la misma que había tenido la osadía de contratarme como profesora.

No era nada sencillo sostener lo que Borges proponía en esos tiempos: armar la presentación con forma de entrevista, ya que se negaba a dar una conferencia de corrido. Hacerle preguntas públicas a Borges era casi suicida, bien lo sabía yo que había asistido a muchos sufrimientos ajenos. Imposible salir airosa ante esa mente lucidísima, de un brillo casi ultraterreno. Irónica por demás. Porque si una le hacía una pregunta tonta o sencilla, queda al descubierto. Y si la pregunta era compleja, o molesta, él le contestaría –como me respondió a mí- en aquella conferencia sobre La Metáfora. Ya un poco cansada del juego pero haciendo todo tipo de circunloquios a manera de disculpa, improvisando le pregunté si tenía en cuenta la simbología freudiana del falo cuando escribía sobre cuchillos y cuchilleros.

“Usted es una joven escritora moderna”, me contesto sin contestar, “y yo soy un pobre viejo ciego”.

Y ahí me dejó. Boqueando en el vacío.

Hasta la mañana siguiente, cuando desde el Village atravesábamos todo Manhattan en el coche del poeta Daniel Halpern para llegar a la Universidad de Columbia donde seguirán sus charlas y mis preguntas, pero sólo para estudiantes, menos mal.

Esa mañana Borges se giró levemente la cabeza y me enfrentó:

“ Usted anoche mencionó el falo…”

“ Sí, Borges, pero hablando de los cuchillos, como metáfora”, intenté disculparme.  “Conozco una metáfora mejor”, me contestó; “El dedo de Dios”.

“¿No le parece un tanto pretenciosa?”, me asombré.

“Y sí”, reconoció Borges muy a su pesar; “Creo que es de Victor Hugo”.


En aquel memorable último viaje a Nueva York de Borges y María Kodama  pasamos toda la semana juntos con él, y a lo largo de esos días y después de los encuentros matinales en la Universidad de Columbia, el supuestamente frágil Escritor de escritores pedía más: una vuelta por Central Park en mateo, escuchar jazz en algún sitio emblemático del Village. Todo mientras iba desgranando sus hilarantes aventura de viaje con María, al punto que propuse hacerle una nota al respecto para la revista Vogue norteamericana, que apareció en el número de marzo de 1986, poco antes de su fallecimiento en Suiza.

Dicha nota es un canto a la felicidad de esa pareja tan despareja y a la vez tan absolutamente solidaria y armoniosa que formaban María Kodama y Jorge Luis Borges.

“Estoy cerca de él desde hace más de veinte años. Si me piden que defina nuestra relación”, aclaró ella, aún no se habían casado, “diré que somos como compañeros de colegio, cómplices” .

Y Borges: “María no pudo hacerme mejor regalo que este gusto por los viajes. Hasta estamos pensando en ir a vivir al Japón. ¿No está mal, no, para un hombre que abordó su primer avión a los 50 años? Pero había un recién nacido que lloró todo el tiempo y le quitó la dimensión épica al vuelo”.

Acababa de aparecer Atlas, el libro de Borges con fotos de María, pero muchas anécdotas compartidas habían quedado en el tintero. Como la de la dama que le cantó a Borges sus milongas al oído:

“Qué raro”, contó él que le había comentado a María, “mientras ella cantaba yo sentía telarañas en la cara…” “Es que la señora era muy elegante”, rió María, “¡lo que usted sintió eran las largas plumas aigrettes de su sombrero!”

Y fue así como, dispuesta a hacerles la entrevista, compré un pequeño grabador y me dirigí al hotel Uptown donde estaban hospedados. Nos reunimos en la gran habitación del maestro, y mi imagen favorita es la de nosotros tres, Borges, María y yo, cómodamente instalados en la gigantesca cama mientras ellos desgraban sus insólitas historias de viajes y reíamos a carcajadas. Carcajadas discretas, sí, pero no menos felices. Pero esa es otra historia, para citar a uno de los autores favoritos del Maestro.

Fuente:Revista Haroldo




viernes, 1 de abril de 2016

Jorge Luis Borges stand up: sus mejores chistes




 
Numerosos libros recogen sus frases más graciosas. Dueño de una fina ironía, el genial escritor argentino escribió con sus ocurrencias nuevas páginas. Fragmentos que aquí disfrutaremos, recogidos de la web.

En 1980, Borges recibía el Premio Cervantes de Literatura. Compartía el galardón con el poeta español Gerardo Diego. Los dos se conocían desde su juventud, y ahora, allí, octogenarios ambos, se encontraban después de mucho en la ceremonia de entrega. El Rey Juan Carlos de España ya estaba listo para su discurso, cuando por fin Gerardo Diego logra llegar hasta el célebre ciego, y lo saluda.
-- Hola, Borges.
-- ¿Quién es?.
-- Gerardo
-- ¿Quién?
-- Diego.
-- ¿En qué quedamos?

......

Desde que empezó a quedarse ciego, dejaron de gustarle los disfraces. Lo confundían aún más y lo enojaban. Cuenta su gran amiga Silvina Ocampo que una tarde, en casa de Victoria, ella y Nora Langhe, disfrazadas las dos, sorprendieron a Georgie paseando por los jardines, y lo asustaron. Borges se molestó, refunfuñó algo en voz baja, y siguió caminando solo hasta que se chocó con un árbol, y allí, palpando la corteza con sus manos, le dijo con la cara contra el tronco:
-- ¿Vos también te disfrazaste?

.....

Amó tanto Buenos Aires, que reconoció haber ido por el mundo diciéndole a todo el mundo que Buenos Aires era una ciudad horrible.
Temí que se llenara de turistas. La quería sólo para mi.

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Ésta la contaba Marco Denevi: un amigo mío conducía del brazo por la calle a un Borges ya ciego, y a su pedido, le lee lo que dice un afiche con consignas nacionalistas: Dios, familia y propiedad. Borges entonces murmura: Caramba, que tres incomodidades.

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Y como el mundo del fútbol le era ajeno por inasible, él abolió el fútbol de su mundo. Sin embargo, aún así, se confesaba hincha de San Lorenzo de Almagro. Tan sorprendente adhesión de su parte, la había tomado en aquella misma biblioteca del barrio de Almagro, ya casi Boedo.
Cierta vez me preguntaron a mí qué cuadro prefería, y yo pensé que se referían a telas o a óleos,y les expliqué que como no veía bien, la pintura no me interesaba demasiado. Pero parece que no: se referían al cuadro de fútbol. Entonces yo les dije que no sabía absolutamente nada de fútbol, y ellos me dijeron que ya que estábamos en ese barrio de Boedo y San Juan, yo tenía que decir que era de San Lorenzo de Almagro. Yo aprendí de memoria esa contestación, siempre decía que era de San Lorenzo, para no ofender a mis compañeros. Pero pronto noté que San Lorenzo de Almagro, casi nunca ganaba. Entonces yo hablé con ellos, y me dijeron que no, que el hecho de ganar o perder era secundario en lo que tenían razón.-, pero que San Lorenzo era el cuadro más científico de todos. Eso me dijeron, sí... Se ve que no sabían ganar, pero lo hacían metódicamente.

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Su buen amigo de juventud -cofundador con él del ultraísmo argentino-, Guillermo de Torre, con los años, se convirtió en su cuñado. Luego el tiempo los fue distanciando, y la relación entre los dos se enfrió cada vez más. Después de Torre quedó sordo. Desde entonces, cuando le preguntaban a Borges cómo se llevaba con su cuñado, él enseguida respondía: muy bien: yo no lo veo y él no me oye.

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Borges firma ejemplares en una librería del Centro. Un joven se  acerca con Ficciones y le dice: "Maestro, usted es inmortal".  Borges le contesta: "Vamos, hombre. No hay por qué ser tan pesimista".

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Roma, 1981. Conferencia de prensa en un hotel de la Via Veneto.  Además de periodistas, están presentes Bernardo Bertolucci y  Franco María Ricci. Borges, inspirado, destila ingenio. Llega la  última pregunta. "¿A qué atribuye que todavía no le hayan  otorgado el Premio Nobel de Literatura?"

- "A la sabiduría sueca".

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En una entrevista, en Roma, un periodista trataba de poner en
aprietos a Jorge Luis Borges. Como no lo lograba, finalmente
probó con algo que le pareció más provocativo: "¿En su país
todavía hay caníbales?"
- "Ya no - contestó aquél -, nos los comimos a todos."

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Pero el anecdotario borgeano -el más rico y variado de cuantas  personalidades uno recuerde- está también hecho de observaciones,  ocurrencias y comentarios de singular agudeza. En ese
temperamento, el escritor no rehuía incluso el tener que vérselas con  temas difíciles: en plena Guerra de las Malvinas, opinó que "la  Argentina e Inglaterra parecen dos pelados peleándose por un peine" y  que "las islas habría que regalárselas a Bolivia para que tenga salida al mar".

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Propuesta. Cuenta Héctor Yanover que durante una reunión de la  SADE sobre la situación de la literatura argentina, Córdoba  Iturburu, que la presidía, inquirió a los gritos: "¿Y qué vamos a
hacer por nuestros jóvenes poetas?" Desde el fondo llegó otro grito, éste  de Borges: "¡Disuadirlos!"

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En la pausa de un acto cultural, el novelista Oscar Hermes  Villordo acompañó a Borges al baño, situado en un primer piso  al que se llegaba por una empinada escalera de madera. Cuando
volvían, Villordo notó que Borges descendía los escalones demasiado  rápido y, temiendo lo peor, le preguntó:"¿No deberíamos ir más  despacio?" "Pero no soy yo - aclaró Borges -, es Newton."

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Borges charla con Antonio Carrizo, en un bar. Por la radio del  local se anuncia un tango con letra de León Benarós, amigo de  Borges. El locutor propone escucharlo y el escritor acepta.
Cuando el tango termina, Carrizo le pregunta qué le pareció. Borges  mueve la cabeza y dictamina, muy preocupado: "Esto le pasa a Benarós  por juntarse con peronistas".

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El poeta Eduardo González Lanuza, uno de los introductores del  ultraísmo en la Argentina y gran amigo de Borges, descubre a  éste en Florida y Corrientes, solo, con su bastón, esperando para  poder cruzar. Lo toca y le dice: "Borges, soy González Lanuza".  El vuelve la cabeza y, después de unos segundos, contesta: "Es probable".

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En Maipú y Tucumán, un grupo de adictos a Isabel Perón descubre  a Borges y lo sigue unos metros, insultándolo. Al ingresar en  su casa, un periodista le pregunta cómo se siente. "Medio
desorientado - manifiesta -. Se me acercó una mujer vociferando:  ¡Inculto! ¡Ignorante! " +

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Un joven poeta se acerca a Borges en la calle. Deja en manos  del escritor su primer libro.Borges agradece y le pregunta cuál  es el título. "Con la patria adentro", responde el joven. -"Pero qué
incomodidad, amigo, qué incomodidad".

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El escritor argentino Héctor Bianciotti recuerda una de las  tantas salidas elegantes de Borges, cuando le incomodaban los  halagos de la gente: Ocurre en París, en un estudio de televisión.
-"¿Usted se da cuenta de que es uno de los grandes escritores  del siglo?", lo interrogan.  -"Es que este", evalúa Borges, "ha sido un siglo muy mediocre".

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Una mañana de octubre de 1967, Borges está al frente de su  clase de literatura inglesa. Un estudiante entra y lo interrumpe  para anunciar la muerte del Che Guevara y la inmediata suspensión de  las clases para rendirle un homenaje . Borges contesta que el  homenaje seguramente puede esperar. Clima tenso. El estudiante  insiste: "Tiene que ser ahora y usted se va". Borges no se resigna y  grita: "No me voy nada. Y si usted es tan guapo, venga a sacarme del  escritorio". El estudiante amenaza con cortar la luz. "He tomado la  precaución", retruca Borges, "de ser ciego esperando este momento".

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A principios de la década de los setenta, el escritor y  psicoanalista Germán García invita a la Argentina a Daniel Sibony,  matemático y psicoanalista francés. Sibony quiere conocer a Borges.  Al encontrarse, el francés le pregunta en qué idioma desea hablar.  "Hablemos en francés", propone Borges, y justifica: "Dicen que  la lengua francesa es tan perfecta que no necesita escritores. A  la inversa, dicen que el castellano es una lengua que se desespera
de su propia debilidad y necesita producir cada tanto un Góngora, un  Quevedo, un Cervantes".

.....

Una revista de actualidad reúne a Borges con el director técnico  César Luis Menotti. "Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se  empeña en hablar de fútbol todo el tiempo", comenta Borges más tarde.

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En 1983, un periodista de La Nación pide a Borges su opinión  sobre la Guerra de Malvinas. "Absurda", define Borges. "Estoy  triste, muy triste. Mandaron a esos pobres muchachos de veinte  años a morir al sur. Tener veinte años y pelear contra soldados  veteranos es algo atroz, inconcebible. Solamente en el crucero  General Belgrano murieron cientos. Claro que los militares dirán que  al lado de los desaparecidos esa cifra no es nada, pero no creo que  les convenga ese argumento. No, no les va a convenir..."

.....

El 10 de marzo de 1978, en la Feria del Libro, Borges se cruza  con un escritor al que quiere y respeta: Manuel Mujica Lainez.  Se abrazan e inician una conversación que es interrumpida una y  otra vez por los cazadores compulsivos de firmas. "A veces", se queja  Borges, "pienso que cuando me muera mis libros más cotizados serán  aquellos que no lleven mi autógrafo."

.....

En 1975, a los 99 años, muere Leonor Acevedo de Borges, madre  del escritor. En el velorio, una mujer da el pésame a Borges y  comenta: "Peeero... pobre Leonorcita, morirse tan poquito antes  de cumplir los 100 años. Si hubiera esperado un poquito más...".  Borges le dice: "Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal".

Fuente : MDZ On Line