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lunes, 19 de julio de 2021

¿Cuánto Borges hay en DARK?

Entre todas las referencias que hace la serie de Neflix  "Dark" a otras obras, ¿es posible que algunas de ellas sean a Jorge Luis Borges?

Fuente: You Tube

https://www.youtube.com/watch?v=fIclIfWWpSg

miércoles, 30 de septiembre de 2020

BORGES Y LA CIENCIA FICCIÓN - El DESPLAZAMIENTO al REALISMO como estrategia de LEGITIMACIÓN


Borges tuvo una relación muy especial con la Ciencia Ficción. No hay dudas de que fue un lector fervoroso del género y muchos de sus relatos estuvieron inspirados en obras de ese género, pero a la vez, Borges oculta sus fuentes cuando proceden de géneros menores.

Explicar por qué y cómo  lo hace es el objetivo de este video. El punto de partida de estas reflexiones es el libro Borges y la Ciencia Ficción, de Carlos Abraham.

También compararemos sus estrategias con las de algunos escritores como Henry James, Joseph Conrad o Jane Austen, que también mostraron interés por literaturas que eran consideradas menores en su época.

 

Fuente: You Tube

https://www.youtube.com/watch?v=lX7z8J-shQ4

miércoles, 2 de enero de 2019

#OPINIÓN Jorge Luis Borges e Internet #31Dic



 
Luis Eduardo Cortés Riera | Ilustración: Victoria Peña | 31 diciembre, 2018

Cuando era yo estudiante universitario emeritense leí, entre otros, un relato famoso del escritor argentino y universal Jorge Luis Borges llamado El Aleph, al que algunos han visto como una prefiguración o predicción de la red de redes o internet, pues fue publicado justo al final de la Segunda Guerra Mundial, septiembre de 1945, nos refiere Daniel Martino en Ficciones-El Aleph. El informe de Brodie. En aquellos años, lo sabemos, nadie pensaba en semejante prodigio de las comunicaciones, pues los autores de tal revolución tecnológica que cambió la faz de la Tierra, Norbert Wiener y Alan Turing,  estaban dando los primeros pasos para crear la cibernética. Y sabemos que la red es un producto de la Guerra Fría en su fase postrera: finales de la década de los años 60 y el terror nuclear.

Carlos Argentino, personaje del célebre relato, muestra a Borges el Aleph en el sótano de una casa bonarense, y quien dice:“Hay un mundo en el sótano, es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño”. Pero como en la red de nuestros días, todo está allí contenido: la Luna, muchedumbres, pirámides, ciudades como Londres, todos los espejos del planeta, nieve, tabaco, desiertos y cada uno de sus granos de arena, un cáncer de pecho, libros antiguos como los de Plinio, pudiendo ver cada letra simultáneamente, caballos, el Mar Caspio al alba, barajas, helechos, tigres, una baraja española, émbolos, bisontes, todas las hormigas de la tierra…”Mis ojos habían visto -dice Borges- ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Cuando visité Buenos Aires en 2012 pensaba constantemente  dónde podría estar esa casa donde Borges colocó el Aleph, y hasta estuve a punto de salir a buscarla, sólo que mi esposa Raiza me impidió hacer aquella búsqueda por “improcedente”, según argumentó mi compañera.

De modo que me puse a buscar aquel prodigioso y extraordinario lugar en donde precisamente ha de estar de seguro: Internet. Para mi sorpresa, no es una idea original del autor de Historia universal de la infamia. No. Existen unos antecedentes en la literatura universal que nos refieren a algo parecido al “punto de los puntos” borgeano, tales como Polyolbion de Michael Drayton. Otros dicen que el argentino es el verdadero padre de la www (worldwide web), hasta le han llamado Cy-Borges. Umberto Eco dice que Borges recrea un mundo devorado por el conocimiento, donde los libros atrapan a sus lectores, donde el saber parece tener vida propia, lo que despierta inmediatas asociaciones con la ciberrealidad actual. El argentino prefigura la realidad virtual, las bibliotecas universales, la lectura infinita e infinitamente personalizada, dice el Diario ABC.

Resulta poco menos que asombroso que un libro como Las palabras y las cosas, del Maestro del pensamiento Michel Foucault, comience precisamente con un relato del escritor ciego y argentino. Alfonso del Toro se atreve a decir que toda la epistemología del siglo XX está contenida en la obra borgeana. En 1940 instaló el tema del rizoma, fundamental en el pensamiento posmoderno, antes que Deleuze y Guattari. Y además creó la teoría de los muchos mundos. Un libro de Hugh Everett, un destacado físico que propuso la existencia de tales mundos paralelos en la física cuántica, comienza con una cita memorable de su cuento El jardín de los senderos que se bifurcan. En el Aleph-agrega Toro- se ve el mundo completo. Pero el narrador no está horrorizado por lo que ve, sino porque no puede escribirlo en forma simultánea tal como lo ve, ya que la lengua y la escritura son lineales.

Adolfo Bioy Casares, su gran amigo, ha escrito que “La imagen de Borges aislado del mundo, que algunos proponen, me parece inaceptable…he comprobado que la palabra de Borges confiere a la gente más realidad que la vida misma.” Resulta, de tal modo poco menos que incomprensible que la Academia Sueca no le haya otorgado el Nobel a este inmenso literato argentino y universal, autor de los circunloquios, proposiciones y espejismos intelectuales más sorprendentes de la literatura de todos los tiempos, una preocupación metafísica literaturizada: existe o no la realidad.

Fuente: El Impulso.com


lunes, 22 de octubre de 2018

William Gibson: Una invitación (Introducción a "Labyrinths" de J. L. Borges)


Leí por primera vez Labyrinths de Jorge Luis Borges en una butaca tapizada de un brocado suave, verde lechuga, estampada con hojas que no eran ellas mismas distintas a la lechuga, aunque también fueran como nubes, o tal vez conejos. La recuerdo como un ambiente en y de sí mismo, habiéndola conocido desde mi primera infancia. Era el único lugar más o menos seguro en una habitación que recuerdo como ominosamente formal y adulta, una habitación dominada por grandes muebles oscuros que pertenecían a la familia de mi madre. Uno de ésos era un escritorio demasiado alto, con una estantería encima que tenía dos puertas largas y sólidas y la débil reputación de haber pertenecido al héroe revolucionario Francis Marion. Sus cajones inferiores olían espantosa y químicamente a tiempo, y dentro de ellos había, plegados, unos rollos de papel con los muertos del condado en la Gran Guerra.

Ahora sé que yo creía, sin querer admitirlo demasiado, que ese escritorio estaba embrujado.

Descubrí a Borges en una de las más liberales antologías de ciencia ficción, que había incluido su cuento “Las ruinas circulares”. Eso me intrigó lo suficiente y busqué Labyrinths, que, imagino, debió haber sido bastante difícil de encontrar, aunque ya no recuerdo esas dificultades. Recuerdo, sin embargo, la sensación, a la vez compleja y, de forma misteriosa, simple, producida por mi primera lectura de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, sentado en aquella butaca verde.





Si el concepto de software hubiera estado a mi alcance, imagino que me habría sentido como si estuviera instalando algo que aumentara de manera exponencial lo que un día se llamaría ancho de banda, aunque ancho de banda de qué me era imposible saberlo. Esta sublime y cósmicamente cómica fábula sobre información pura (id est, lo ficticio puro) que gradual e implacable se infiltra en lo cotidiano hasta consumirlo, abrió algo que nunca ha sido cerrado dentro de mí.

O sin mí, tal vez, como entendí hambriento y deleitado, mientras los borgianos corredores de espejos se abrían a mi alrededor en todas direcciones. Décadas más tarde, ahora, entiendo la palabra meme, hasta donde puedo entenderla, en términos del mensaje viral de Tlön, su vector inicial, unas pocas páginas misteriosamente sobrantes en un volumen por demás ordinario en apariencia de una enciclopedia para nada estelar.

Las obras que recordamos toda la vida haber leído por primera vez son verdaderos hitos, pero Labyrinths fue uno profundamente singular, para mí, y creo que lo sabía entonces, en mi primera adolescencia. Me fue demostrado esa tarde. Probado. Porque, al tiempo en que había terminado con “Tlön” (aunque uno nunca termina con “Tlön”, ni, de hecho, con ningún cuento de Borges) y había atravesado “El jardín de senderos que se bifurcan” y me había maravillado, con los ojos saltados, con “Pierre Menard, autor del Quijote”, descubrí que había dejado de temer cualquier influencia que pudiera habitar en el imponente escritorio de Francis Marion.

Borges, esta voz elegante y misteriosa, a quien desde el primer instante había aceptado como el más bienvenido de los tíos; este habitante de un lugar mítico llamado Buenos Aires, había de algún modo disuelto en gran parte mi superstición infantil. Había estirado paradigmas básicos tan sin esfuerzo, parecía, como otro caballero podría inclinar su sombrero y guiñar, y yo había sentido una cierta crudeza, una cierta necedad caer.

Me senté, cambiado, en la silla verde, y contemplé un mundo distinto, uno cuyos apuntalamientos me habían sido revelados de una vez infinitamente más misteriosos e interesantes de lo que había podido imaginar.

Cuando dejé esa habitación, me llevé a Borges conmigo, y mi vida ha sido mejor por eso, mucho mejor.

Si aún no has conocido al caballero, sólo puedo urgirte a que lo hagas. Con humildad, no puedo tener otra función, aquí al frente de esta ahora venerable colección de ficciones incomparables, que actuar, breve por piedad, como una suerte de mayordomo. No soy un erudito en Borges, ni, en verdad, ningún tipo de erudito, pero estoy honrado (aunque también avergonzado, sintiéndome indigno) de invitarte.

Por favor.

Muchas tardes, décadas, después de mi propia introducción a Borges, me encontré en Barcelona, a fines de un diciembre, en un festival que celebraba su vida y su obra. Los eventos del festival tenían como escenario una enorme fortaleza o castillo reutilizado, una estructura que imaginé había descansado polvorienta y silenciosa durante los años que parecieron siglos de mando terrible de Francisco Franco, pero que ahora, gracias al confiado y enérgico resurgimiento de la cultura catalana y a las enormes sumas de capital de la Unión Europea, zumbaba y brillaba como el tubo de una aspiradora dentro de un relicario del siglo XIII.

Una tarde, solo, me fui a la busca de una rumoreada muestra de manuscritos y otra miscelánea borgiana, en un hall de un piso superior. Encontrando esto, descubrí que esos objetos eran mostrados tras un vidrio, pero un vidrio tratado de tal forma que se acercara al efecto del comienzo de su glaucoma. Estas reliquias eran visibles sólo estrechamente, y en una forma que imponía una danza dolorosa y molesta en la cabeza si se debían estudiar de cerca. Recuerdo la peculiar, infantil pendiente, de izquierda a derecha, de su letra en una página manuscrita, y la delicadeza de una miniatura laqueada en rojo de una jaula de pájaros china, regalo de un poeta amigo.

Salí caminando, entonces, después de haber sido invitado para encontrarme más tarde en un bar en La Rambla con Alberto Manguel, la única persona a mi alcance que había conocido a Borges. Manguel, cuando lo había visto por primera vez, una década antes, me dijo que él mismo había hablado con un hombre que había conocido a Franz Kafka. ¿Y qué tenía para decir esa persona de Kafka?, pregunté. Que Kafka, me había contado Manguel, sabía todo lo que se podía saber sobre el café. Pero no pude recordar entonces si Manguel tenía alguna información de ese tipo para compartir sobre Borges, y me propuse preguntarle cuando nos viéramos.

Caminando a través de la Plaça Catalunya descubrí un reciente monumento a una figura catalana, mártir de la guerra civil. Este monumento era grave y terrible, chocante. Un vuelo monolítico de escaleras de granito inclinadas de manera poco natural, imposible, hacia delante sobre sí mismas, sobre la horizontal. Una negación de lo que las escaleras y el vuelo y una vida son aspiración. Me paré cerca, temblando, para intentar descifrar la inscripción. Sin poder hacerlo, caminé hacia La Rambla. Allí me encontré con Manguel y sus amigos. Y en el curso de una discusión sobre su nueva posición en el país, en Francia, olvidé hablarle de Borges.


Unos días después, en mi casa en Vancouver, me senté a la computadora y vi la transmisión en vivo de una cámara de video puesta en algún sitio alto de un edificio, con vista a la Plaça Catalunya. Y en mi pantalla estaba ese terrible monumento, las escaleras de granito, rotadas de manera imposible, mudo símbolo de negación.

Y parado a su lado había un hombre vestido con un abrigo marrón, no muy distinto al que yo había usado cuando intentaba descifrar la inscripción.

Me estimulaban, en ese momento, tecnologías que Borges, nuestro tío heresiarca, con sus doctrinas del tiempo circular, sus tigres invisibles, sus paradojas, sus cuchilleros y espejos y ocasos, no había necesitado. Y en ese momento, como sabrás pronto si sos lo suficientemente venturoso como para ignorar la extrañeza de nuestro encuentro aquí y entrar a lo que te espera, supe, una vez más, que estaba en el laberinto.


Traducción Francisco Alvez Francese [FB]
Jorge Luis Borges: Labyrinths Selected Stories Other Writings
Donald A. Yates (Editor), James E. Irby (Editor),
William Gibson (Introduction), André Maurois (Contributor)
New Directions, 2007

Fuente: Borges Todo el Año

Fotos
William Gibson por Frederic Poirot
taken during the Spook Country promotional tour in San Francisco, California, 2007
Monumento a Francesc Macià, Barcelona, España
Foto original color de Caio Graco Machado


Nota de Oye Borges

William Ford Gibson III, (Conway, Carolina del Sur; 17 de marzo de 1948) es un escritor de ciencia ficción estadounidense-canadiense, considerado el padre del cyberpunk.

Gibson es conocido sobre todo por su novela Neuromante (1984), precursora del género cyberpunk y ganadora de los premios Hugo y Nébula. También es el popularizador del término ciberespacio para denominar el espacio virtual creado por las redes informáticas. Junto con sus continuaciones Conde Cero (1986) y Mona Lisa acelerada (1988) forman lo que se ha denominado la Trilogía del Sprawl (o del ensanche).

domingo, 3 de junio de 2018

Los superpoderes de Frankenstein





 Juan Manuel Gómez

Hoy se cumplen dos siglos de la publicación de Frankenstein, la novela con la que una joven llamada Mary Shelley revolucionó la historia de la literatura. Desde entonces, su criatura ha dado vida a una estirpe que ha proliferado en las más distintas formas y formatos, cuestionando la relación del hombre con la naturaleza y la ciencia pero, sobre todo, reflexionando sobre las consecuencias morales de nuestros actos. El siguiente ensayo navega por los derroteros que llevaron a la novelista a componer esta obra imprescindible, y ahonda en las claves de su lectura.

El siglo XIX comienza y termina con novelas que transgreden la frontera que separa la vida de la muerte: en un libro de 1818 escrito por Mary Shelley, el capitán Robert Walton encuentra a un hombre que ha abandonado su barco para seguir a su enemigo en trineo rumbo al Polo Norte; se trata del científico Víctor Frankenstein, que persigue hasta el límite de su deteriorada fuerza humana a una poderosa criatura a la que ha dado vida por medio del hasta entonces incipiente control de la energía eléctrica. Y en 1897 Bram Stoker describe la manera en que la goleta Demetrio arriba lentamente al puerto de Yorkshire sin tripulantes; tan solo transporta un ataúd en el que viaja Drácula, caballero sofisticado cuya maldición es la vida eterna a cambio de alimentarse de sangre humana. Interesante manera de concentrar en un siglo los terrores de la civilización ocultos en las sombras que proyecta su refinamiento supremo.

La ciencia abrió las puertas de otros universos con los que habíamos convivido los seres humanos sin darnos cuenta. En las páginas de Frankenstein, Mary Shelley esboza ese momento histórico, tan rico en materia de avances científicos, en la fascinación entusiasta del joven Víctor por su profesor Waldman: “Decía que los antiguos maestros [se refiere a Paracelso, Cornelio Agripa y Alberto Magno] prometieron imposibles, y sus realizaciones fueron nulas. Los maestros de hoy, en cambio, prometen muy poco. Saben que los metales no pueden transformarse y que el elíxir de la vida es una quimera. Pero estos sabios, cuyas manos parecen hechas para ensuciarse con el trabajo y cuyos ojos no dejan de mirar incansablemente por el microscopio o el crisol, han conseguido ejecutar milagros. Han entrado en el territorio sagrado de la Naturaleza y nos han enseñado cómo funciona en sus zonas más ocultas. Han ascendido a las alturas, han descubierto la circulación de la sangre y la composición del aire que respiramos. Han alcanzado, en fin, un poder nuevo, casi ilimitado, puesto que pueden dirigir a su antojo el poder del rayo, imitar los terremotos e, incluso, burlarse del mundo invisible con sus propias sombras.”

La ciencia del incipiente siglo XIX hace posible un sacrilegio: penetrar en el territorio de lo sagrado, de lo divino, de la muerte. Ante la revelación de herramientas reales que permitían acceder a universos nunca antes explorados, al ambicioso muchacho que había estudiado a los alquimistas se le ocurre “explorar las potencias desconocidas y descubrir al mundo los más profundos misterios de la creación”. Su aspiración, en realidad, es convertirse él mismo en Dios y crear vida. “¿De dónde —se preguntaba Frankenstein con frecuencia— puede proceder el principio de la vida?”. Y para encontrar la respuesta, se sumerge, y “ensucia sus manos”, en los territorios de la muerte: “Me dedicaba ahora, pues, al estudio de las causas de esta descomposición, viéndome, por ello, obligado a pasar días enteros en criptas y osarios. […] Vi como la bella figura del hombre se descomponía, convirtiéndose en restos despreciables; vi sustituir el rosado color de las mejillas, llenas de vida, por la palidez de la muerte y cómo, en fin, el gusano inmundo horadaba las maravillas del ojo y del cerebro. Me detuve a examinar y analizar con todo detalle las causas de los ejemplos aportados por el paso de la vida a la muerte y de la muerte a la vida, hasta que de aquella profunda oscuridad surgió la luz que me iluminó, una luz tan brillante y poderosa, y a la vez tan sencilla, que causó en mí el desconcierto lógico de saberme el descubridor único de un secreto tan ávidamente perseguido por tantos hombres de genio”.

Una de las primeras desgracias que le trae a Víctor Frankenstein  esa “luz brillante y poderosa” emanada de la muerte es la degradación física y la alteración de sus emociones: cae en una crisis nerviosa que se extiende por seis meses. Lo que lo aniquila, sin embargo, y lo hace perseguir hasta el fin, aun a costa de su vida, al hombre artificial que ha creado, es la culpa.

A Víctor Frankenstein lo atormenta haber trastocado las leyes de la Naturaleza al grado de “otorgar” vida a la materia inerte, y haber creado, piensa, un poderoso monstruo que odia y encuentra placer en matar sin piedad a seres humanos. Se equivoca, sin embargo, el creador, porque en realidad no conoce a su criatura, la cual es capaz de albergar mucha más humanidad que cualquier ser humano.

El odio está en Víctor Frankenstein; en la criatura lo que hay es una terrible y absoluta soledad. Si el “engendro”, como lo llama su creador, ha matado a varios miembros de la familia Frankenstein, ha sido por revancha, porque desde que nació se ha encontrado distinto a todo cuanto hay a su alrededor, y habiendo nacido inmaculado y puro, lo que aprendió del mundo fue a huir y esconderse, ya que su aspecto “distinto” y sus dos metros y medio de altura causaron el horror y la reacción violenta de cuantos lo vieron.

El primero de ellos fue su propio creador, el mismo que lo había formado, parte por parte, en un transe histérico y megalomaniaco. Cuando lo contempla terminado, se horroriza y refugia en un rincón del laboratorio: “La mezcla de tanta belleza aislada, con sus ojos acuosos casi del mismo color blanco sucio de sus cuencas, formaba una composición aún más horripilante, incrementada por su arrugada faz y negros labios finos y rectos”. Luego la criatura se le acerca y pretende expresar algo: “De improviso, y a la luz amarillenta de la luna que penetraba a través de las persianas, vi a mi lado al engendro, al miserable ser a quien había dado vida. Sostenía levantadas las cortinas de mi cama, y sus ojos, si es que tal nombre puede darse a lo que me miraba, estaban clavados en mí. Abriéronse sus mandíbulas y emitió algunos sonidos inarticulados, mientras una mueca horrible alteraba sus ya espantosas facciones. Es posible que hablase, pero yo no le escuché. Había extendido la mano, sin duda para tocarme, pero yo conseguí escapar”. Cuando Víctor Frankenstein vuelve a ver al engendro, han pasado seis largos años en los que la criatura ha recibido duras enseñanzas de un mundo que no lo acepta.

¿Cuál es la responsabilidad que asume Víctor Frankenstein ante su creación, a la que ha dado vida? Darle ahora muerte. Desaparecer esa abominación de la faz de la Tierra.

Me he preguntado a qué se refiere el subtítulo del libro. Quién vendría a ser ese “moderno Prometeo”. Recordemos que Prometeo roba el fuego de los dioses para darlo a los hombres, que le simpatizan, y por ello es sentenciado a permanecer encadenado a una roca en la que cada día un ave le devorará el hígado, el cual volverá a crecer por la noche. Después de ensayar una y otra respuesta he llegado a la conclusión de que el Prometeo moderno es la ciencia misma, porque Víctor Frankenstein no tiene ninguna simpatía por el hombre al que ha dado vida, y su tormento no es sino el odio que siente. La ciencia, en cambio, es capaz de dar conocimiento a los hombres, y es atormentada diariamente por ellos, que la manipulan como sus dioses, aunque en su afán dan un paso adelante y dos para atrás, y como aves rapaces devoran a diario lo que la repetición del método científico vuelve a constatar.

El gran error moral de Víctor Frankenstein no es la creación de un ser nuevo y autónomo, sino su abandono. “Soy tu Adán”, le dice la criatura, pero también “soy el ángel caído”; “me has privado de la felicidad; devuélvemela y volveré a ser virtuoso”. Se trata de una criatura condenada, como dice la “Balada del viejo marinero” de Samuel Taylor Coleridge, contemporáneo de Mary Shelley, que se cita en el libro, a “avanzar en el camino solitario impelido por el temor y el miedo […] sin volver jamás la cabeza, porque sabes que un horrible enemigo muy cerca de ti te persigue”.

En la vieja leyenda judía del Gólem lo que da vida al barro inerte es una palabra sagrada que se le escribe en la frente a un muñeco, pero que lo vuelve un esclavo. Jorge Luis Borges lo ha descrito en un poema memorable del que solo rescato ahora estos versos: “El rabí le explicaba el universo/ ‘esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga’,/ y logró, al cabo de años, que el perverso/ barriera bien o mal la sinagoga”. La corporación Tyrell en la película Blade Runner (1982) crea replicantes para que sean esclavos de los humanos. Víctor Frankenstein busca la gloria personal y no se responsabiliza en ningún sentido de su creación; la abandona. La premisa moral que da origen a estos seres puede ser cuestionada desde la religión o la filosofía, pero son ellos mismos quienes se rebelan a su destino, y en el caso de los replicantes de Blade Runner y la criatura de Frankenstein, dan lecciones de humanidad a sus creadores.

Quiero citar aquí a manera de ejemplo un instante de la película Blade Runner que, en palabras de Rutger Hauer, el actor que interpretó al replicante Roy Betty, “treinta años después sigue existiendo con la misma intensidad”. Es el momento previo a que se lleve a cabo el famoso diálogo entre el blade runner Rick Deckard (Harrison Ford) y Roy: “He visto cosas que tú, gente, no podrías creer. Naves de ataque en llamas en la cuesta de Orión. Vi C-beams parpadeando en la oscuridad de la puerta de Tannhäuser. Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Un momento antes, Deckard está tratando de no caer al vacío. Se sostiene de una viga, pero claramente cede terreno a cada momento, y llueve a cántaros. Roy le salta enfrente y sonriendo socarronamente le dice: “Toda una experiencia vivir con miedo, ¿no es así? Pues eso es ser un esclavo”.

Esa es la verdadera razón de la rebelión de Roy. Quiere “vivir más”, como le pide a su creador, Eldon Tyrell, pero, sobre todo, quiere ser libre. Lo mismo que la criatura de Frankenstein: simplemente desea que quien lo creó haga otro como él para no estar solo en un mundo hostil. De hecho, aunque ha tenido oportunidad de hacerlo, no es capaz de provocar la muerte de Víctor Frankenstein, porque sin él no le quedaría absolutamente nadie.

Estas premisas humanas provienen del exterior del hombre, de algo “malévolo” creado por la ciencia. 75 años después de Frankenstein Émile Zola se preguntará: “¿La ciencia ha prometido la felicidad? No lo creo. Ha prometido la verdad y la cuestión es saber si con la verdad se conseguirá algún día la felicidad”.

El éxito del libro escrito por Mary Shelley tardó décadas en llegar. Lo que comenzó a tener resonancia prácticamente de inmediato fueron sus adaptaciones teatrales. En 2011 el cineasta británico Danny Boyle realizó una para el National Theatre de Londres que se proyectó en el Auditorio Nacional de México. Ahí vi nacer a la criatura de una placenta gigante alimentada por rayos eléctricos y cientos de focos encendidos. Se retorcía en el suelo como un ser adolorido y desamparado.

“La primera versión del libro —apunta Richard Holmes en su estupendo ensayo “Out of Control” del New York Review of Books, 21 de diciembre de 2017— fue escrita a gran velocidad en dos libretas ginebrinas, mayormente durante el invierno de 1816-17, pero no publicadas sino hasta 2008 en una meticulosa edición del académico experto en Shelley: Charles E. Robinson. El estilo es vivo y directo. Probablemente comenzó como un cuento, con las famosas líneas: ‘Fue en una lúgubre noche de noviembre que admiré a mi hombre completo’./ La segunda, que comienza y termina con la historia de la expedición al Ártico de Rober Walton, fue cuidadosamente revisada por Mary, editada levemente por Percy y publicada en 1918. El estilo es rico e incluye digresiones; aquí sigue habiendo controversia académica con respecto al efecto general de las aportaciones de Percy (alrededor de 5 mil palabras). Una reedición de esta versión de 1818, con algunos cambios menores, apareció en 1923 en dos volúmenes, a instancia del padre de Mary, William Godwin, y fue la primera firmada con su nombre [Mary W. Shelley]”./ La tercera versión, de 1931, fue radicalmente revisada solo por Mary, y es mucho más oscura en el tono. El idealismo del joven Frankenstein se torna en una figura siniestra y torturada.”

“Es sorprendente —exclama Holmes— que el libro haya llegado siquiera a escribirse”. Cuando Mary entregó a la imprenta el borrador de 72 mil palabras, que le había llevado un poco menos de un año de trabajo, tenía 20 años y ocho meses de embarazo. Se habían suicidado su media hermana Fanny Imlay y Harriet, la esposa que Persy B. Shelley había abandonado por ella. Lo que a mí me parece sorprendente, sin embargo, es que Mary Shelley (hija de la que es quizá la primer feminista radical de la historia, Mary Wollstonecraft, y el filósofo anarquista William Godwin) se haya sobrepuesto a todas las circunstancias que estaban en su contra y su intuición haya creado una reflexión moral tan adelantada a su época, tan informada en materia de avances científicos, y que su gran talento literario la haya plasmado en un libro tan bien estructurado que corrigió a profundidad en varios momentos de su difícil y atareada vida.

Esa noche, fría, tormentosa y célebre, de junio de 1816 en que se llevó a cabo la “competencia de relatos de fantasmas” entre los Shelleys y Lord Byron en la villa Diodati del lago Geneva, también estaba presente un médico experto en sonambulismo que era secretario y patiño de Lord Byron. Su nombre era William Polidori. Murió a los 25 años, en 1821, un año antes que Percy B. Shelley. Es el autor de “El vampiro”, obra en la que se venga de los sarcasmos y burlas de Lord Byron de una manera elegante. Lo usa como modelo para crear a Lord Ruthven, el protagonista de su cuento, y el primer vampiro seductor, distinguido y elegante de la literatura. Por una confusión editorial, la primera vez que se publicó “El vampiro”, apareció en la revista New Monthly firmado por Lord Byron, con lo cual el destino ejercía su derecho al humor negro. El misterioso caballero acaudalado e irresistible que encarna Lord Ruthven tiene ya la fisonomía del vampiro sofisticado de Bram Stoker, el mismo que vino a cerrar este siglo de desafíos a la jurisdicción divina del origen de la vida y el fin de la muerte.

Fuente: Nexos  -  1 de enero de 2018