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sábado, 9 de julio de 2022

Sushi con Borges

Torre de Tokio.

Gonzalo Robledo*

 

Jorge Luis Borges, María Kodama y el corresponsal de la Agencia Efe en Tokio en 1984, David Corral, en un restaurante de sushi. / Foto Gonzalo Robledo

 

Tras dejar sobre la mesa de noche un vaso con agua al alcance de Borges, María Kodama apagó las luces de la habitación y bajó a la cafetería del hotel New Otani, donde me contaría, en una entrevista, la historia de sus antepasados japoneses en Argentina y las razones de su visita a Tokio.

 

Al terminar de explicarme los detalles del congreso de literatura que tenía lugar en el mismo hotel, agregó, en tono de queja, que apenas habían podido salir a dar un paseo. Borges anhelaba escaparse para una comida japonesa servida sin la pompa, amable pero agobiante, de los organizadores del congreso.

 

Al día siguiente, me vi implicado en una sigilosa misión para facilitar la escapada del autor de El Aleph a un cercano restaurante familiar con fama de servir buen sushi. Un colega español de la Agencia EFE, encontrado por casualidad en una de las salidas laterales del hotel, pidió unirse al operativo y, tras aceptar que no habría entrevistas, nos ayudó a conseguir dos taxis.

 

La dueña del restaurante mandó a traer desde su casa un tenedor, al entender que nuestro venerable invitado no podía localizar las raciones en el plato ni manejar los palillos.

 

Pedimos bandejas de sushi para cuatro, cuatro tazas de té verde y una botella de agua. Borges se interesó por los números cardinales japoneses e inició una disquisición sobre las posibles razones que tienen otras lenguas para contabilizar de diferente manera los objetos, según sean estos planos, redondos, cilíndricos, pequeños o de grandes dimensiones.

 

Con su tono habitual, entre festivo y melancólico, habló de su admiración incondicional por la cultura japonesa, citó el célebre episodio del suicidio de los 47 samuráis, incluido en su Historia universal de la infamia, y recordó la novela más antigua del mundo: Los cuentos de Genji.

 

Pero la frase que definió la noche surgió al comer un bocado de sushi que María Kodama le había puesto sobre el tenedor. El picante del wasabi ascendió por su paladar y la inevitable punzada en el cráneo se materializó en un par de lágrimas inmensas que brotaron de sus ojos fijos en el infinito.

 

Alegre como un niño que acaba de descubrir la novedad de ese día, Borges proclamó: “¡Ahora puedo decir que la única comida del mundo que me hace llorar es la japonesa!”. Pedí permiso para tomar una foto que publicó después una revista local y en la que miles de lectores japoneses vieron al autor de Ficciones, a María Kodama y al periodista David Corral acompañados de una bandeja arrasada, como evidencia de la juvenil y voraz afición por el sushi del cuarto comensal.

 

*Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

 

Fuente: El Espectador

https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/sushi-con-borges/

 

viernes, 16 de octubre de 2020

La literatura japonesa


Conferencia de Jorge Luis Borges

Pronunciada el 8 de julio de 1985 en la sala Promúsica de Buenos Aires

 

Señoras, señores:

 

Un amigo mío, el gran escritor belga Henri Michaux, escribió un libro titulado Un bárbaro en Asia. Yo lo traduje al castellano y me llevó largo tiempo comprender que era irónico el título. Él contaba sus experiencias en la China y la India. Pero lo repito ahora con este candor, con toda inocencia, porque yo también me he sentido un bárbaro en el Asia, concretamente en el Japón. Eso no me ha entristecido. El hecho de compartir de algún modo una cultura que me parece harto más compleja que la nuestra, me alegró. Yo he pensado muchas veces: qué importa que yo sea desdichado si alguien es feliz, qué importa que yo sea desdichado si existe la felicidad, qué importa que yo sea relativamente un bárbaro si existe la cultura.

Pasé aquella temporada en Japón, donde me sentía continuamente agradecido, continuamente atónito, continuamente indigno de lo que yo podía ver a través de mi ignorancia y de mi ceguera. Yo voy a empezar con un mínimo ejemplo; espero que ustedes me hagan preguntas después. Yo no podré resolver ningún enigma, ya que el Japón es un enigma para mí. Pero un enigma que puede ser encantador. Por ejemplo, si tomamos los versos de Jaimes Freyre, que suelo recordar siempre: "Peregrina paloma imaginaria / que enardece entre los últimos amores / alma de luz de música y de flores / peregrina paloma imaginaria;" o aquel verso del famoso poeta irlandés William Butler Yeats, nos preguntamos qué quieren decir y no sabemos, pero eso es lo de menos, notamos que hay un enigma y ese enigma nos encanta.

 

Yo de algún modo me he ido preparando para esa sorpresa casi total que es el Japón. Mi primer encuentro con Japón fue con una pantalla japonesa que había en casa, la que, me di cuenta, era apócrifa. Luego con un libro:Tales of Old Japan. Desgraciadamente me he olvidado de los argumentos de esos cuentos de hadas pero recuerdo las ilustraciones, unos demonios verdes, debidamente demoníacos, debidamente japoneses. Recuerdo esas ilustraciones como si estuviera viéndolas. Es un poco triste reflexionar que uno lee un libro y lo que queda es que estaba encuadernado de verde, que estaba en tal o cual anaquel y que lo demás se ha ido o no se ha ido, quizá lo hayamos incorporado.

 

 De Quincey creía que la memoria era perfecta y comparó el cerebro humano con un palimpsesto. La memoria va siendo una pila infinita de palimpsestos, uno encima de otro, pero nada se pierde. Un estímulo y de pronto uno recuerda algo. Todo está en la memoria. De modo que algo de aquellos cuentos queda en mí.

 

Luego, mi otro encuentro con Japón fue cuando leí libros de Lafcadio Hearn, en cuya casa estuve. Me impresionaron mucho, sobre todo uno con hermoso título: Some Chinese Ghosts (Algunos fantasmas chinos). Creo que la fuerza está en la palabra some, "algunos", pues Chinese Ghosts no tiene por qué impresionarnos. Algunos los vuelve más precisos y a la vez más lejanos.

 

Un discípulo de María Kodama, japonés, a quien le había enseñado castellano, me preguntó cierta vez si no tenía interés en ir a Japón, y yo le contesté que no estaba totalmente loco, que naturalmente que sí, y pensé que había dicho eso para llenar un hueco. Pero al cabo de unos meses llegó una invitación de la Japan Foundation, y nos ofrecieron aquello que yo había creído increíble: un viaje al Japón. Fuimos María Kodama y yo. Pero ella tiene jóvenes ojos, una joven memoria; en cambio yo, viejos ojos ciegos; mi memoria es pobre, pero traté de no ser indigno de aquel viaje. Visitamos siete ciudades.

 

Yo he escrito un libro con Alicia Jurado titulado Qué es el budismo; había un capítulo sobre budismo zen, una de la sectas típicas del Japón. Siempre me interesó el budismo, que es una religión que no exige de nosotros ninguna mitología; las  otras religiones exigen mitología. Por ejemplo, el cristianismo nos exige la creencia en una divinidad que se hace hombre, tenemos que creer en premios y castigos. Pero el budismo no nos exige ninguna mitología y la permite también. Una prueba de tolerancia, que es una de las virtudes del Japón, es el hecho de que hay dos religiones oficiales. Una es el shinto, una suerte de panteísmo; creo que hay ocho millones de dioses, lo cual para nosotros es casi infinito y el infinito se parece bastante a cero. Creo que el Emperador profesa la fe del Buda y el shinto. Si además de eso un japonés quiere convertirse a cualquiera de la sectas cristianas, puede, ya que se considera que todas son facetas de la misma verdad.

 

Nuestro viaje se había organizado un poco alrededor de ese mísero librejo de Alicia Jurado y mío que había sido vertido al japonés; sin duda, quienes lo tradujeron sabían mucho más que nosotros sobre el tema. Les interesaba saber qué podía pensar un occidental, un mero bárbaro, de la fe del Buda, y así pudimos visitar ciudades, ríos, santuarios, monasterios, jardines. Yo pude conversar con un monje de un monasterio budista. Este muchacho, de unos treinta años, había estado dos veces en Nirvana; me dijo que él no podía explicármelo, y yo le entendí. Toda palabra presupone una experiencia compartida. Si yo digo "amarillo", se entiende que el interlocutor ha visto el color amarillo. Si no lo ha visto, la palabra es inútil. Bien, él no podía explicarme nada porque yo no había alcanzado el Nirvana. Me dijo que después de esa experiencia, le acontecían las mismas cosas que al resto de los hombres, sin excluir el dolor físico, el placer físico, la soledad, la incertidumbre y por qué no, el dolor, la traición; todo eso le es dado con no menos generosidad que a los otros hombres. Pero como él había estado en Nirvana sentía todo eso de un modo distinto, de un modo que no podía explicarme. Él podía hablar de eso con otro monje en un monasterio lejano; cuando se encontraban podían hablar de esa experiencia, pero yo estaba excluido.

 

Bueno, he usado hace un rato, la palabra jardín. Hay un admirable jardín japonés aquí en Palermo que ha sido donado por el gobierno japonés, pero ya me doy cuenta de que usar la palabra, el concepto jardín es distinto al nuestro. Hay páginas de Chesterton en que habla de "amplios y ociosos jardines". Si uno piensa en los jardines como un lugar donde uno se pierde (hay jardines en Inglaterra como laberintos), piensa en el jardín como un lugar donde errar; en cambio, si no me equivoco, los jardines japoneses están hechos más bien como espectáculos, están hechos sobre todo para la vista, y hay uno, cuyo nombre he olvidado, en el cual no se entra, se lo ve desde afuera; creo que hay cinco piedras. En el jardín japonés la piedra es un elemento constante, de igual modo que el agua y las plantas. Creo que son cinco piedras pero uno sólo puede ver cuatro a un tiempo. El jardín como espectáculo o como una serie de espectáculos. El hecho es que uno no abarca nunca la totalidad del jardín, uno ve hasta cierto punto; cuando uno llega a ese punto hay un desvío, aparece algo imprevisto, puede ser un arroyo, un puente, un pabellón, otro desvío; y así el jardín es una serie de espectáculos. Pero puedo equivocarme en esto.

 

Desde luego a mí me había interesado la literatura japonesa. Yo he leído sobre todo las versiones de Arthur Waley, la versión de Genji Monogatari de Murasaki Shikibu, y la poesía japonesa. Ya en esa poesía pude apreciar una diferencia. Porque nosotros pensamos sobre todo en largos poemas, en La Divina Comedia, en el Paraíso Perdido, en La Odisea, en La Eneida,  en canciones de gesta medievales. En cambio, la poesía japonesa empezó, si es que los estudios de literatura no nos engañan, por poesías relativamente breves, de cincuenta a sesenta versos, pero luego se sintió que eran demasiado largos y se llegó a la tanka, que consta de treinta y una sílabas, en versos de 5-7-5 sílabas, y luego vendría a ser el alejandrino: 7-7. Para nosotros las treinta y una sílabas nos parecen muy breves, en cambio para los japoneses eso fue demasiado largo, y les llevó a crear el haiku, especie de joya de diecisiete palabras: 5-7-5.

 

El fin de los poemas es apreciar un instante precioso. Un haiku bien hecho tiene que cumplir una mención de una de las estaciones del año. Creo que hay libros en los cuales hay por ejemplo cincuenta maneras de indicar el otoño, cincuenta maneras de indicar el estío, o lo que fuere. Uno puede repetir una de esas fórmulas y no importa, porque no hay la idea de plagio. El autor tiene que tratar de hacer algo bello. Si eso bello no es enteramente original no importa. Bueno, yo he intentado con escaso éxito el haiku. En algún libro mío hay diecisiete haiku, pero no sé si lo he logrado. Pero para qué recordar lo que se ha hecho en castellano. Prefiero recordar un famoso haiku que dice así:

 

"El viejo estanque

salta una rana

ruido del agua".

 

Son 5-7-5 sílabas. Hay otro que a mí me parece mejor pero que es menos famoso y que vuelve ahora a mi memoria:

 

"Sobre

la gran campana de bronce

se ha posado una mariposa".

 

En ambos haiku no hay metáfora, no se compara una cosa con otra. Es como si los japoneses sintieran que cada cosa es única. La metáfora es una pequeña operación mágica. Hablamos por ejemplo del tiempo y lo comparamos con un río, hablamos de las estrellas y las comparamos con ojos, la muerte con el sueño. En la poesía japonesa se busca el contraste. Vemos el contraste entre la perdurable campana y la mariposa efímera.

 

Estando en Japón ya sentía continuamente la cortesía, que solía tomar la forma del silencio. Entramos en un teatro para asistir a una representación de no y yo pensaba que en la sala no había nadie, pero sin embargo estaba llena de gente, pero nadie alzaba la voz. Luego otro rasgo curioso es que el interlocutor siempre tiene razón. Yo recuerdo que visitamos el santuario del Buda en Nara, me dijeron que el rostro era terrible. El edificio era de madera, quizá el edificio de madera más antiguo del mundo. El Buda está sentado sobre una flor de loto. Hay una escalera por donde uno puede llegar a tocar los pétalos de la flor y uno sabe que más allá continúa el Buda de rostro terrible; me dijeron que la cabeza del Buda casi toca el techo de la cúpula. Vimos aquello y alguien al salir preguntó si la imagen del Buda era de madera. Un sacerdote que dominaba el inglés contestó: "Sí, es de madera". Dejó pasar el tiempo y otro preguntó al mismo sacerdote: "¿De qué está hecha la imagen del Buda?" El sacerdote, sin contradecirlo, sin ofenderlo, pudo decir: "De bronce, señor". Todo eso corresponde a un modo muy complejo. A un mundo de buenos modales, a un mundo de gente educada, culta, y eso para mí, que era un bárbaro en Asia, me sorprendió.

 

Ahora veamos por ejemplo la historia reciente del Japón.  Japón sufrió una derrota terrible, la aceptaron. No hubo ninguna hipocresía y sin modificar sus estructuras, sin perder su reverencia al emperador, el país resolvió cambiar, aceptar ese mecanismo occidental que los había destruido, y ahora se da este hecho increíble para nosotros. El hecho increíble es que Japón ahora posee dos culturas: su cultura oriental y la cultura occidental. A ésta, la ejercen mejor que los occidentales, a juzgar por las máquinas que se fabrican en Japón que son más evolucionadas, más refinadas y más elegantes también, porque el sentido estético del Japón perdura. Así el Japón ha ido recibiendo influencias. Por ejemplo, cuando se habla de China, a pesar de las diferencias políticas, se habla con una reverencia filial. Yo pienso que la introducción de los kanji, del budismo, tiene que haber sido para ellos una revolución no menos grande que la revolución actual de la cultura occidental que ellos han aceptado. Son ciento veinte millones de hombres que están ejerciendo dos culturas. Lo hacen sin lamentos, sin una elegía. Ellos han adquirido algo más, ellos han visto en esa derrota una secreta victoria.

 

He estado tratando de saber algo de japonés. Por ejemplo, nosotros contamos uno, dos, tres, cuatro, cinco y usamos las mismas palabras para cualquier cosa. Decimos "un" y lo que viene después puede ser un ancla, un ángel, un sol, lo que fuere. Pero en japonés creo que hay nueve modos de contar las cosas, y las palabras varían también según los números. Por ejemplo hay un sistema que sirve para contar cosas largas y cilíndricas; este bastón o un lápiz o un taco de billar. Hay otro para contar animales chicos o grandes. Todo eso me ayuda a comprender la brevedad de la poesía japonesa. Me dicen que no es algo que atañe a unos pocos. No, todo el mundo versifica. Creo que por año se escriben un millón de haiku; los escribe un campesino, un obrero, el Emperador, y si buscan ese límite es porque sin duda tienen un idioma más complejo que el nuestro. Yo sospecho que el japonés es a nuestras lenguas occidentales lo que nuestras lenguas son al guaraní o al quechua. Es más complejo. Una prueba de ello es que buscan formas breves porque saben que el idioma les permite hacer poemas admirables de diecisiete sílabas. Ellos se han impuesto esto porque sin duda saben que pueden hacerlo. He empezado a estudiar ese idioma que no sabré nunca, pero es algo así como si supiera que algo es inmoral, que de algún modo seguiré estudiando japonés después de mi muerte corporal. ¿Por qué no creer en la transmigración, que es algo que en los países orientales no se trata de explicar?

 

Fuente: Revista de Arte

http://www.revistadeartes.com.ar/xxix_lit_japonesa_borges.html

 

 

 

domingo, 1 de abril de 2018

La huella de Borges en el país de Bashô



 Javier Sinay

Hace 334 años, Matsuo Bashô se lanzó a recorrer las sendas sinuosas del Japón provincial para escribir Diario de una calavera a la intemperie. Hace 128 años, Lafcadio Hearn, por cuyas venas corría sangre irlandesa y griega, llegó a Japón, probablemente harto de la vida occidental, y algún tiempo más tarde, ya adentrado en la cultura y en la sociedad, adoptó el nombre de Koizumi Yakumo y recogió en el papel cientos de leyendas antiguas. Hace 39 años, Jorge Luis Borges, que había leído a Lafcadio Hearn pero antes a A. B. Mitford (recordaba su libro Tales of Old Japan), pisó el suelo del famoso santuario sintoísta de Izumo y apoyó su mano en el torii que señalaba la entrada en la dimensión sagrada de los espíritus, y luego escribió un poema majestuoso: "El forastero". Ahora mismo, cada vez que un tren avanza, el viaje por el imperecedero Japón vuelve a empezar.

Es increíble lo delgada que es Honshu, la isla principal de Japón: en tres horas atravesamos su ancho viajando en trenes locales. A veces las imágenes suburbanas se repiten en la ventanilla. A veces aparece el bosque húmedo. Higashi, la mujer a la que amo y mi compañera de travesía, acepta mi propuesta de ver el mar en Masuda, adonde nos detenemos una hora para cambiar de tren. Así que nos subimos a un taxi en la estación y le pedimos al conductor que nos lleve al umi, al mar, que es el mar de Japón que los coreanos llaman mar del Este. El taxista pronto será un anciano (en Japón no hay taxistas jóvenes) y conduce, con manos cubiertas en guantes blancos, un coche negro y reluciente. Todas las calles son solitarias. Desembocamos en el mar casi sin darnos cuenta. Desde el tren en el que vinimos bordeando la costa -por la región de San'in- lo veíamos azul y cautivante. Pero ahora está frío y ventoso, y no hay arena sino piedras. El taxista nos deja en el medio de la nada sin hacer preguntas. Cuando nos ayuda a bajar los bolsos del baúl, su corbata flamea violentamente.

Andar por los caminos de este país es una experiencia muy distinta a permanecer en cualquiera de sus ciudades famosas. Andar es apreciar su intimidad; permanecer es rendirse a su jactancia. Andar es entrar en su naturaleza; permanecer es admirar su cultura. Andar es considerar su austeridad; permanecer es extraviarse en su abundancia.

Bashô, el mayor poeta del haiku, anduvo mucho. En el ocaso del siglo XVII se lanzó al camino para sentir la belleza del movimiento y escribir una poesía de la experiencia. Bashô pasó por Kioto, Ueno, Niigata y otros tantos lugares. En Tokio, a 722 kilómetros de Masuda, aún existe el solar adonde estaba su casa. Ahora hay un museo pequeño que no guarda ningún original. Lo que más impresiona no es el museo, sino la estatua en tamaño natural de un Bashô cubierto por una túnica, sentado frente al río Sumida de la capital japonesa. Este hombre de bronce, inmóvil, que hoy mira los rascacielos que dan sombra a los 3000 trenes que llegan cada día a la Estación Central de Tokio, es aquel que hizo de viajar por Japón un arte performático en sí mismo.

Una calle de Kioto, ciudad por donde viajó el poeta Bashô, entrevista desde el interior de un café Una calle de Kioto, ciudad por donde viajó el poeta Bashô, entrevista desde el interior de un café Fuente:

La escritura en ideogramas provoca un sentido de la poesía diferente al de Occidente: la distancia es un abismo. El haiku busca la naturaleza y escapa al artificio intelectual. "Hierba de verano:eso queda de los sueños/ de unos guerreros", cantó Bashô ante las ruinas de un castillo que había sido glorioso.

En Masuda, luego de un rato de viento y silencio, decidimos volver. Pero ¿cómo? El taxi se fue y no hay otro. No hay autobuses. La playa está aislada. Así que caminamos por una ruta y por fin nos adentramos en un barrio silencioso en el que todas las ventanas están cerradas. En una callejuela, una señora de cara redonda nos observa. Higashi le habla primero: le dice que estamos perdidos y que nuestro tren se irá pronto. La mujer nos indica que hay un santuario sintoísta muy cerca, y que ahí suele haber taxis. Pero acabamos de pasar y no había ni un alma. La mujer nos dice palabras que no comprendemos. Habla sin parar pero sin ansiedad, y en un momento aparece su marido. De algún modo nos hacen subir a su pequeño auto y nos devuelven a la estación. Ella se llama Yamada. Cuando nos despedimos, toma a Higashi y le dice cosas dulces indescifrables. Y a Higashi se le hace un nudo en la garganta porque de repente recuerda a su abuela, que emigró a la Argentina y que fue, como esta señora que ahora sostiene sus manos, una mujer sencilla y generosa. La abuela se llamaba Toyoko Masuda.

Bashô viajaba con un jergón (un colchón relleno de paja), un abrigo para la lluvia, algunos remedios, una canasta con comida, pluma, papel y una plancha de piedra para fabricar tinta. Ya se sabe que los japoneses son maestros del minimalismo. Todavía hoy, muchos hostales son tradicionales ryokan con piso de tatami (paja entretejida) y colchonetas.

A lo largo del viaje dormimos en varios ryokan, aunque en invierno se pueden volver fríos y lúgubres. Estos lugares son ideales para leer Kwaidan, uno de los libros en los que Lafcadio Hearn acumuló historias fantásticas y tenebrosas. En uno de ellos, cada noche, cuando se iba el encargado (un japonés que se hacía llamar "Philip" y que siempre vestía igual, con una campera negra en la que se leía "Panasonic"), era fácil imaginar que el vasto edificio de habitaciones vacías se llenaba de esos fantasmas pavorosos que querían encontrar a su lector.

Lafcadio Hearn escribió doce libros en un estudio con tatami. Muchas de sus historias espectrales le fueron contadas por su esposa, Setsu Koizumi, la hija de una familia de samuráis. Vivió con ella por un tiempo en la ciudad de Matsue, en una antigua residencia con jardines pequeños y delicados que justificaba cualquier destierro. Allí se cuenta que la insólita elevación de su escritorio se debía a su miopía: Hearn se había hecho construir una mesa alta para tener los papeles más cerca del único ojo en el que conservaba la visión.

El Japón de los japoneses

Seis estaciones y 473 yenes después de Matsue, entre colinas y campos sembrados, se alza el gran santuario sintoísta de Izumo. Enormes edificios de madera lo componen. Para rezar a los kami hay que sacudir una cuerda de la que pende un cascabel y luego hacer un aplauso: el ruido despierta a las deidades. Las invocamos luego de pedalear hasta aquí, desde la estación, en dos bicicletas con motor. Según el mito, el sitio fue fundado por Amaterasu, la diosa del Sol, y desde aquí alguna vez se gobernó todo el país. El sintoísmo -la religión autóctona de la isla- es politeísta y venera a la naturaleza: cada año, en el décimo mes lunar, ocho millones de dioses se reúnen en Izumo. La razón, en cambio, dice que el santuario data del siglo VIII; aparece mencionado en Kojiki, la memoria más antigua que se conserva sobre la historia de Japón.

En 1979, cuando visitó Japón, Borges quiso venir hasta este territorio alejado de Tokio, de Osaka y de Kioto. El poeta quiso experimentar el Japón de los japoneses. Al llegar, luego de andar un camino ondulante entre árboles altos, apoyó su mano en la gran puerta de entrada, enteramente labrada con escrituras, y María Kodama le tomó una foto. Más allá, un sacerdote lo esperaba para explicarle de qué se trataba su religión.

Guiándome con esa fotografía, busco el sitio exacto en el que Borges puso su palma. Lo encuentro luego de un rato y apoyo ahí, sobre esos mismos ideogramas sagrados, mi propia mano. Hombre y arte, dios y piedra: cualquiera que se emocione con lo que escribió el poeta debería poner su mano allí si llega a Izumo. Higashi me dice que cerremos los ojos y entonces sentimos el viento en el rostro y escuchamos el diálogo quimérico de los cuervos. A su regreso, Borges publicó "El forastero" en el libro La cifra. El sintoísmo: "Sabe que después de su muerte cada hombre es un dios que ampara a los suyos.Sabe que después de su muerte cada árbol es un dios que ampara a los árboles".

Volvemos pedaleando en las dos bicicletas con motor. Vamos en silencio, impresionados por la hondura del misterio japonés. Unos días después nos bajaremos de un último tren en Fukuoka, una gran ciudad con rascacielos, multitudes y corporaciones, y habremos sentido que el viaje nos enseñó otro destino.


Fuente: La Nación

Fuente foto: Fundación Internacional  Jorge Luis Borges



sábado, 27 de mayo de 2017

Borges, un bárbaro en Japón



No se ha podido establecer en qué parte está el templo en donde habita un monje que escribió un poema en el que, sin decirlo, reflexiona sobre la visita de Jorge Luis Borges a Japón.

Demasiado disciplinado en sus oraciones y canciones, no puso atención en la identidad del forastero que había llegado, amparado por la pompa que habían preparado para él.

El monje escribió:

Esta mañana nos visitó un viejo poeta peruano. Era ciego.
Desde el atrio compartimos el aire del jardín y el olor de la
tierra húmeda y el canto de aves o de dioses.
A través de un intérprete quise explicarle nuestra fe.
No sé si me entendió.
los rostros de los occidentales son máscaras que no se dejan
descifrar.
Me dijo que de vuelta al Perú recordaría nuestro diálogo en
un poema.
Ignoro si lo hará.
Ignoro si nos volveremos a ver.

Ignoro si habrá evidencias de que algo de lo que escribió Borges luego de visitar Japón fuera la muestra de que honraba la palabra empeñada al monje. A lo mejor todo lo que escribió después es el simple cumplimiento de un compromiso que era vital para el genio argentino.

Borges escribió:

“Desde montañas que prefieren, como Verlaine, el matiz al color, desde una escritura que ejerce la insinuación y que ignora la hipérbole, desde jardines donde el agua y la piedra no importan menos que la hierba, desde tigres pintados por quienes nunca vieron un tigre y nos dan casi el arquetipo, desde el camino del honor, el bushido, desde una nostalgia de espadas, desde puentes, mañanas y santuarios, desde una música que es casi el silencio, desde tus muchedumbres en voz baja, he divisado tu superficie, oh Japón. En ese delicado laberinto…”

Dos precisiones. Cuando habla de Verlaine se refiere al poeta francés Paul Verlaine y su teoría de que los poetas simbolistas tienen una preferencia vital por el matiz, como contraposición al color; sus cantos alaban los tonos indefinidos y los conceptos vagos del matiz, pero no la precisión del color plano. Lo segundo, el Bushido es la recuperación de una serie de normas transmitidas oralmente y que funcionaron como el código de conducta de los samurai.

No hay la intención de verificar si históricamente el monje se refería a Borges ni si Borges cumplió su oferta con este escrito. Los dos comentarios son universales, los protagonistas son irrelevantes.

A Jorge Luis Borges (Buenos Aires 1899 – Ginebra 1986) Japón le comenzó a interesar a partir de sus lecturas de la poesía nipona y de los 54 capítulos de Genji Monogatari, de Murasaki Shikibu, probablemente primera novela del mundo en el sentido moderno.

Además, había escrito con Alicia Jurado el ensayo Qué es el budismo, materia que estuvo siempre presente en la relación entre el escritor y un país que le hizo guiños seductores inolvidables de vez en cuando.

De las religiones y sus secuaces

A partir de haber explorado una de las dos religiones con las que los japoneses reconfortan su alma, el escritor argentino se creía preparado para lo que encontraría en sus dos viajes, 1979 y 1983.
Sabía sobre el budismo y se encontró con el sintoísmo.

Borges escribió:

Hablo con libertad: el Shinto es el más leve de los cultos
El más leve y el más antiguo.
Guarda escrituras tan arcaicas que ya están casi en blanco.

Borges dijo:

“Siempre me interesó el budismo, que es una religión que no exige de nosotros ninguna mitología; las otras religiones exigen mitología. Por ejemplo, el cristianismo nos exige la creencia en una divinidad que se hace hombre, tenemos que creer en premios y castigos. Pero el budismo no nos exige ninguna mitología y la permite también. Una prueba de tolerancia, que es una de las virtudes del Japón, es el hecho de que hay dos religiones oficiales. Una es el shinto, una suerte de panteísmo; creo que hay ocho millones de dioses, lo cual para nosotros es casi infinito y el infinito se parece bastante a cero. 

Creo que el Emperador profesa la fe del Buda y el shinto. Si además de eso un japonés quiere convertirse a cualquiera de la sectas cristianas, puede, ya que se considera que todas son facetas de la misma verdad”.

No hay que ser un iluminado para imaginarse a Borges caminando por un santuario shinto o por un templo budista, lento, apoyado sobre el bastón cuyo golpe le saca sonidos marrones a la piedra. 
Preguntador más que afirmador, el escritor argentino pretendería dibujar las imágenes gracias a las palabras de los otros; pero sobre todo a los olores, la temperatura, las texturas y los sonidos como el marrón de su bastón cuando choca contra la piedra.

Borges dijo:

“Yo pude conversar con un monje de un monasterio budista. Este muchacho, de unos treinta años, había estado dos veces en Nirvana; me dijo que él no podía explicármelo, y yo le entendí. Toda palabra presupone una experiencia compartida. Si yo digo ‘amarillo’, se entiende que el interlocutor ha visto el color amarillo. Si no lo ha visto, la palabra es inútil. Bien, él no podía explicarme nada porque yo no había alcanzado el Nirvana. Me dijo que después de esa experiencia, le acontecían las mismas cosas que al resto de los hombres, sin excluir el dolor físico, el placer físico, la soledad, la incertidumbre y por qué no, el dolor, la traición; todo eso le es dado con no menos generosidad que a los otros hombres. Pero como él había estado en Nirvana sentía todo eso de un modo distinto, de un modo que no podía explicarme. El podía hablar de eso con otro monje en un monasterio lejano; cuando se encontraban podían hablar de esa experiencia, pero yo estaba excluido”.
Probablemente la sensación de exclusión se origina en la dificultad de Borges por entender al Japón, aunque no deja entrever en sus líneas que haya tenido ningún interés en integrarse en cuerpo y alma. Había otros aspectos que le fascinaban.

Del Japón y sus cómplices

A pesar de sus exploraciones y de la búsqueda de los artificios que le ayuden a explicar a una Nación (o a una cultura o a las dos) da la impresión que Borges siente más gusto por no lograr entenderla, pero al mismo tiempo no ceja en buscarla. “Yo no podré resolver ningún enigma, ya que el Japón es un enigma para mí. Pero un enigma que puede ser encantador”.

En sus escritos se da por rescatar trazos de la cotidianeidad que le atraen, que le llevan a diseñar un intento de ecuación de lo abstracto, de lo inasible. La cortesía le llama la atención, aquella que puede tomar forma de silencio: cientos de asistentes a un teatro donde se representa el no y ningún ruido.
Borges escribió:

“Luego otro rasgo curioso es que el interlocutor siempre tiene razón. Yo recuerdo que visitamos el santuario del Buda en Nara (…) Vimos aquello y alguien al salir preguntó si la imagen del Buda era de madera. Un sacerdote que dominaba el inglés contestó: ‘Sí, es de madera’. Dejó pasar el tiempo y otro preguntó al mismo sacerdote: ‘¿De qué está hecha la imagen del Buda?’ El sacerdote, sin contradecirlo, sin ofenderlo, pudo decir: ‘De bronce, señor’. Todo eso corresponde a un modo muy complejo. A un mundo de buenos modales, a un mundo de gente educada, culta, y eso para mí, que era un bárbaro en Asia, me sorprendió”.

Y agrega que “El hecho de compartir de algún modo una cultura que me parece harto más compleja que la nuestra, me alegró”. Tanto como mirar la historia reciente con los ojos de un ciego descomunal.

Borges escribió:

“Japón sufrió una derrota terrible, la aceptaron. No hubo ninguna hipocresía y sin modificar sus estructuras, sin perder su reverencia al emperador, el país resolvió cambiar, aceptar ese mecanismo occidental que los había destruido, y ahora se da este hecho increíble para nosotros. El hecho increíble es que Japón ahora posee dos culturas: su cultura oriental y la cultura occidental. A ésta, la ejercen mejor que los occidentales, a juzgar por las máquinas que se fabrican en Japón que son más evolucionadas, más refinadas y más elegantes también, porque el sentido estético del Japón perdura. 

Yo pienso que la inducción de los kanji, del budismo, tiene que haber sido para ellos una revolución no menos grande que la revolución actual de la cultura occidental que ellos han aceptado. Son ciento veinte millones de hombres que están ejerciendo dos culturas. Lo hacen sin lamentos, sin una elegía. 

Ellos han adquirido algo más, ellos han visto en esa derrota una secreta victoria”.

De la literatura y sus autores

A la complejidad, que tanto le llama la atención, que le seduce, la encuentra en lo cotidiano, con una facilidad pasmosa.

Borges dijo:

“Pero en japonés creo que hay nueve modos de contar las cosas, y las palabras varían también según los números. Por ejemplo hay un sistema que sirve para contar cosas largas y cilíndricas; este bastón o un lápiz o un taco de billar. Hay otro para contar animales chicos o grandes. Todo eso me ayuda a comprender la brevedad de la poesía japonesa. Me dicen que no es algo que atañe a unos pocos. No, todo el mundo versifica. Creo que por año se escriben un millón de haiku; los escribe un campesino, un obrero, el Emperador, y si buscan ese límite es porque sin duda tienen un idioma más complejo que el nuestro. (…) Una prueba de ello es que buscan formas breves porque saben que el idioma les permite hacer poemas admirables de diecisiete sílabas. Ellos se han impuesto esto porque sin duda saben que pueden hacerlo”.

Haiku es una poesía tradicional japonesa que exige una combinación exacta de 17 sílabas, agrupadas en tres versos: 5-7-5. Es la manera preferida de escribirlo todo, lo vanal y los religioso.
Haiku de Borges:
Algo me han dicho
la tarde y la montaña.
Ya lo he perdido.

Borges escribió:
“El fin de los poemas es apreciar un instante precioso. Un haiku bien hecho tiene que cumplir una mención de una de las estaciones del año. Creo que hay libros en los cuales hay por ejemplo cincuenta maneras de indicar el otoño, cincuenta maneras de indicar el estío, o lo que fuere. Uno puede repetir una de esas fórmulas y no importa, porque no hay la idea de plagio. El autor tiene que tratar de hacer algo bello. Si eso bello no es enteramente original no importa. ‘Sobre / la gran campana de bronce / se ha posado una mariposa’. En ambos haiku no hay metáfora, no se compara una cosa con otra. Es como si los japoneses sintieran que cada cosa es única. La metáfora es una pequeña operación mágica. Hablamos por ejemplo del tiempo y lo comparamos con un río, hablamos de las estrellas y las comparamos con ojos, la muerte con el sueño. En la poesía japonesa se busca el contraste. Vemos el contraste entre la perdurable campana y la mariposa efímera”.

Haiku de Borges:
La vasta noche
no es ahora otra cosa
que una fragancia.

Borges escribió:

“He empezado a estudiar ese idioma que no sabré nunca, pero es algo así como si supiera que algo es inmoral, que de algún modo seguiré estudiando japonés después de mi muerte corporal. ¿Por qué no creer en la transmigración, que es algo que en los países orientales no se trata de explicar?”.

El Artículo fue publicado por Revista Mundo Diners

Fuente : Llamingosan