RAFAEL OLEA FRANCO
El Colegio de México
Sospecho
que un fervoroso creyente en la superioridad absoluta de la tecnología moderna,
simuladora de un intercambio infinito de información, se mostraría sorprendido
al conocer los diálogos literarios que se establecieron de una a otra orilla de
“nuestra América” en las primeras décadas de este siglo. Aunque todavía están
por descubrirse las invisibles y misteriosas vías de circulación literaria
usadas por los escritores para difundir sus libros entre sus pares, por ahora
basta con destacar por lo menos la eficiencia con que lo hicieron, la cual no
tiene nada qué envidiarle a la para-fernalia tecnológica de nuestra época.
Así, por
ejemplo, poco después de la aparición de Andamios interiores (1922), de
Manuel Maples Arce, Jorge Luis Borges publicó una reseña sobre ese poemario;1 ignoro quién hizo llegar la obra
del poeta estridentista a manos del entonces escritor ultraísta, pero se trata
de la primera huella textual de la relación de éste con la literatura mexicana,
tema que hasta el momento ha sido inexplorado, a excepción del caso de Alfonso
Reyes, a quien sí suele ponerse en diálogo crítico con Borges2 (sobre todo con base en su
prolongada estancia en Sudamérica [1927-1937], cuando establecieron una
venturosa amistad basada en el respeto mutuo y extendida por carta una vez que
cesó el contacto directo, la cual les permitió emprender empresas culturales
conjuntas).
El
propósito de este trabajo es precisamente realizar una modesta pero quizá
sugestiva cala en uno de los aspectos de la relación de Borges con la cultura
mexicana: sus nexos con Juan José Arreola.3 Por obvias diferencias
temporales, resulta más conveniente trazar una línea de contigüidad del segundo
al primero, pues la práctica literaria de Arreola (1918), casi veinte años más
joven que Borges, se benefició de la creciente fama del autor argentino, ya
conocido en la cultura hispanoamericana —en particular gracias a su difusión en
la revista Sur—4 cuando Arreola empezó a escribir
en la década de 1940 (su primer cuento conocido, “Hizo el bien mientras vivió”,
data de 1943).
LAS GENEALOGÍAS DE ESCRITORES
En virtud
de que las polifacéticas confluencias entre Borges y Arreola desembocan en el
mismo resultado global, cualquiera puede ser el punto de partida de esta
comparación, la cual, por cierto, aclaro que se ejercerá aquí más desde la
mirada de la literatura mexicana y en una forma de “diálogo” en donde
alternarán las voces escritas de uno y otro. Elijo entonces, para empezar, una
cita donde el segundo explica cómo descubrió los recónditos artificios verbales
del primero:
Su
secreto, su fórmula estilística se me ha revelado como la luz del día con la
lectura profunda del Marco Bruto de Quevedo y de las notas que el
argentino escribió sobre don Francisco. La grandeza de Borges reside en haber
vuelto a las fuentes profundas de la prosa española que Quevedo reconstruyó, en
el siglo XVII, basándose en el latín de la
edad de plata, que el mismo Borges cita. Quevedo halló el esquema supremo de la
lengua española en los períodos del Marco Bruto [...] Borges redescubrió
los mecanismos antiguos, es decir partió de Quevedo. Se dio cuenta de que el
español no es ese lenguaje frondoso, barroco y terriblemente intolerable de
tantos p rosistas españoles; se dio cuenta, asimismo, de que el español tiene
un esqueleto elemental y maravillosamente fosfórico, expresivo, dinámico. No
exagero al decirlo: Borges halló de nuevo la dinámica de la sintaxis
castellana.5
Parafraseando
esta cita, y usando un término muy borgeano, podría decirse que Arreola ve a
Quevedo como un “precursor” de Borges, pues para él la función renovadora de la
obra quevedesca en la lengua española del siglo XVII coincide con y precede a la borgeana en el siglo XX. Sin duda, en el fervor por este escritor español
reside una de las primeras confluencias entre ellos; conocida es la admiración
enorme de Borges respecto de las habilidades verbales de Quevedo, con quien, no
obstante, mantiene ciertas reservas de las que hablaré después; en el caso de
Arreola, bastaría con mencionar que su primer libro, Varia invención
(1949), aparece justamente bajo la advocación de Quevedo, autor de los versos
del epígrafe de toda la obra, usados por él para forjar una tímida captatio
benevolentiae en donde intenta justificar su osadía de incipiente escritor
en busca de fama literaria con piezas menores: “admite el Sol en su familia de
oro/ llama delgada, pobre y te merosa”.6
Resulta
además sintomático el sutil anacronismo de Arreola, quien sugiere que en el
prosista español reconoció el tono del argentino (“Su secreto, su fórmula
estilística se me ha revelado como la luz del día con la lectura profunda del Marco
Bruto de Quevedo”, afirma). Creo que con esta lectura en aparienci a
“desviada” pero a la vez m uy productiva, él se muestra como un digno heredero
del método propuesto y practicado recurrentemente por el propio Borges (por
ejemplo, cuando para marcar las similitudes entre dos estéticas, en su etapa
inicial define a Góngora como un “rubenista”, o sea, un seguidor de Rubén
Darío).
A partir
de su comparación entre Quevedo y Borges, alabados ambos por sus virtudes
verbales, Arreola llega a un categórico juicio sobre la escritura y los modos
de expresión del segundo: “San Juan de la Cruz es un poeta imposible. Kafka es
un prosista imposible, es decir, que como escritor nadie puede repetirlo. Borges
representa las posibilidades de la inteligencia, de lo que puede hacer la
inteligencia lúcidamente y paso a paso”.7 Por sí sola, en principio la
conclusión de esta idea parecería tener nada más tintes negativos, ya que la
literatura borgeana se ubica en el ámbito de lo asequible, en contraste con la
escritura inalcanzable e incluso inexplicable que seduce a Arreola (“Por otro
lado está el escritor imposible —la especie que a mí más me interesa—”,8 dice enfáticamente en otro
texto); sin embargo, en las supuestas restricciones de la escritura borgeana
residen de facto sus alcances, porque para Arreola ésta constituye un modelo
real y concreto de las posibilidades (infinitas, diría Borges) de la lengua
española; por ello el escritor mexicano reconoce en numerosas ocasiones su
deuda con las enseñanzas derivadas del argentino, como se detallará aquí.
En sus
rasgos generales, la clasificación arreolesca de escritores posibles e
imposibles coincide con la genealogía autoral propuesta por Borges, cuya
reflexión sobre el tema se inicia, curiosamente, con la crítica de un aspecto
negativo de la obra de Quevedo. En efecto, en un temprano ensayo cuyo
significativo y oximorónico título es “Menoscabo y grandeza de Quevedo”, él
alaba “los verbalismos de hechura” de éste, quien “Fue perfecto en las
metáforas, en las antítesis, en la adjetivación; es decir, en aquellas
disciplinas de la literatura cuya felicidad o malandanza es discernible por la
inteligencia”.9 Pero Borges piensa que, más allá
de lo asequible por medio de la inteligencia y de los artificios verbales, hay
en la literatura una no tan restringida zona que escapa a la habilidad
artística de un escritor como Quevedo; así, con ese estilo barroco y arcaizante
de su primera época, emite un juicio que podemos calificar por lo menos como
excesivo:
La
vialidad de una metáfora es tan averiguable por la lógica como la de cualquier
otra idea, cosa que no les acontece a los versos que un anchuroso error llama
sencillos y en cuya eficacia hay como un fiel y cristalino misterio. Un
preceptista merecedor de su nombre puede dilucidar, sin miedo a hurañas
trabazones, toda la obra de Quevedo, de Milton, de Baltasar Gracián, pero no
los hexámetros de Goethe o las coplas del Romancero.10
A partir
de esta especulación primigenia, Borges desarrolla después su genealogía de los
escritores, la cual se dividiría en tres categorías: la de quienes, como
Quevedo, Chesterton y Virgilio, son susceptibles de un análisis integral que
explique todos sus procedimientos literarios; la de aquéllos que poseen ciertas
zonas insumisas a cualquier examen lógico, como De Quincey y Shakespeare; y,
por último, la especie más misteriosa y cautivadora: la de los escritores cuyos
efectos felices no pueden explicarse en su totalidad por medio del intelecto.
Un rasgo sorprendente de estos últimos produce una paradoja, ya que varios de
ellos no sólo no pueden explicarse usando la mera razón, sino que también se
caracterizan porque: “No hay una de sus frases, revisadas, que no sea
corregible; cualquier hombre de letras puede señalar los errores; las
observaciones son lógicas, el texto original acaso no lo es; sin embargo, así
incriminado, el texto es eficacísimo, aunque no sepamos por qué”.11
Debido al
carácter irresoluble de ésta y cualquier otra paradoja, él renuncia a la
absurda pretensión de dilucidarla y más bien la potencia acudiendo al ejemplo
máximo de la lengua española: Cervantes, cuya literatura es eficacísima pese a las
deficiencias de su estilo, visibles para el lector e incluso reconocidas por el
autor (recordemos, por ejemplo, el famoso prólogo de la Segunda Parte del Quijote,
donde su autor intenta explicar ciertas incongruencias argumentales de la
Primera Parte). Con su comentario, Borges produce una paradoja adicional a la
que he aludido en otra ocasión: el hecho de que sea precisamente él, un autor
exaltado en la cultura hispanoamericana por las inigualables virtudes de su
estilo, quien postule una teoría de la literatura donde en última instancia
refuta que el fin central de ésta sea alcanzar el artificio verbal perfecto.
En lo que
respecta a las categorías de escritor posible e imposible de Arreola, éstas no
son fijas e inamovibles, como lo demuestran sus juicios posteriores, donde hay
una ligera pero sustancial corrección sobre Borges, quizá motivada tanto por el
conocimiento posterior de ciertas obras de madurez del autor argentino como por
las conversaciones directas que sostuvo con él en 1981, durante su rápida
visita a México para recibir el desapareci do premio Ollin Yoliztli
(registradas en una grabación audiovisual a la que no he tenido acceso);
cualquiera que haya sido la razón, lo importante es que a diez años de la
desaparición física de su interlocutor, Arreola matizaba:
Sin
embargo, en su última etapa, el Borges poeta tocó los umbrales de lo imposible,
ahí donde habitan esos dones que vienen de más allá del yo consciente; de ese
último yo oscuro y caótico. A partir de Elogio de la sombra [1969], por
ejemplo, aparecen con alguna frecuencia, aun en ciertos poemas de
circunstancias, líneas dictadas por esa otra voz, que surgen de ese fondo
incosciente que da luz a las grandes obras, ésas que a veces llamamos maestras.12
Asimismo,
intentó entonces acotar la nómina de los autores incluidos en cada categoría.
Dentro de la línea de escritores imposibles, ubica a Mallarmé, Rimbaud,
Baudelaire, Kafka, Poe, Vallejo, López Velarde y Rulfo. Grandes escritores
posibles serían Goethe, Víctor Hugo, Valéry, Reyes y Borges. Pero también
considera que hay algunos en los que confluyen ambos niveles, aunque en
diversos períodos y obras, como Darío, Lugones y Pellicer. Pero es obvio que la
nómina de cada categoría no es diáfana, pues apenas ha propuesto esta
jerarquía, dice, según he transcrito, que Borges también rozó el umbral de la
escritura imposible, rasgo a partir del cual sería más pertinente agruparlo
junto con Darío, Lugones y Pellicer.
En fin,
fuera de este elemento discordante, se trata de una clasificación que coincide
casi linealmente con el linaje tripartita propuesto por Borges (aunque con
visibles contrastes en casos particulares, como el de Goethe, a quien Arreola ubica
globalmente como un escritor posible, mientras que el otro juzga que los
hexámetros del alemán pertenecen al campo opuesto).
Pese a
este marcado paralelismo en las categorías propuestas por ellos, debe aclararse
que sus posiciones (y tal vez sus objetivos) difieren de forma radical. Arreola
habla exclusivamente desde la perspectiva del creador que siente un cierto
grado de frustración ante su incapacidad personal para escribir como otros lo
han hecho (no percibe empero que quizá un modelo de escritura impracticable
para él sea asequible para otro artista, en cuyo caso el carácter de “posible”
o “imposible” sería individual y circunstancial); por su parte, Borges asume la
postura de un receptor (lector) interesado, en primer lugar, en explicar
racional y gramaticalmente los efectos de toda la literatura (en este sentido,
aunque mi afirmación suene como una ruptura del principio de causalidad, creo
que sería válido concluir que para él en los orígenes de la creación literaria
siempre hay un acto de lectura, lo cual avalaría el más sabio consejo que
podría regalarse a un escritor novel: si quieres escribir, lee).
LA DEPURACIÓN DEL ESTILO
Más allá
de clasificaciones o genealogías, lo cierto es que en su propia escritura,
ambos tienden a buscar la perfección formal, dentro de una práctica textual tan
exitosa que se convirtió en modelo de sus respectivas culturas nacionales.
Desde veredas distintas pero paralelas, Borges y Arreola ejercitan un estilo
austero, depurado y despojado de todo elemento verbal innecesario; de ahí la
brevedad de sus composiciones. Este logro sólo ha sido pos ibl e a partir de
una aguzada conciencia de la escritura, como dice Arreola al rememorar la
génesis de su Confabulario:
es la
tentativa de resolver una serie de influencias y de maneras en una fórmula
personal. Ésta es, dicho en pocas palabras, la condensación, la poda de todo lo
superfluo, que me ha llevado a castigar el material y el estilo hasta un grado
que, en dos o tres piezas, puede calificarse de absoluto. Este afán me ha arrebatado
muchas páginas: textos que tenían veinte o diez cuartillas llegaron a tener
tres y una. Cuando logré condensar en media página un texto que medía varias
cuartillas, me sentí satisfecho.13
Luego
añade con desenfado y buen humor que esta pasión artesanal por el lenguaje se
de be a que desciende de dos antiquísimos linajes: es herrero por parte de
madre y carpintero por herencia paterna.
Ahora
bien, Arreola siempre ha reconocido el papel que desempeñó la obra de Borges en
su propio proceso de formación artística, a tal grado que, entre otros puntos,
le adjudica en gran medida la depuración de su estilo, lastrado en sus orígenes
por una tendencia a la declamación hueca y rimbombante: “Me he despojado de las
galas dudosas, y en ese sentido Borges fue para mí una ayuda prodigiosa”.14
Una vez
que el autor mexicano aprende la lección y renuncia a la búsqueda de esa
escritura que él denomina “imposible” (cualquiera que sea el significado de este
adjetivo), desarrolla una serie de recursos que privilegian la palabra justa,
la expresión sintética; en la valoración de su propia obra, él juzga que los
límites positivos de la lengua se ubican exactamente allí donde la expresión
formal es mínima pero la sugerencia resulta plena:
Pero he
comprendido y llegado a economías expresivas que considero estimables. Por
ejemplo: “El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo
corazón”. En “Prosodia” (donde recojo textos escritos a partir de 1969) hay
ejemplos de ese lenguaje al que aspiro y al que me he acercado alguna vez, el
lenguaje absoluto, el lenguaje puro que da un rendimiento mayor que el lenguaje
frondoso, porque es fértil, porque es puro tronco y lleva en sí el designio de
las ramas. Ése lenguaje es de una desnudez potente, la desnudez poderosa del
árbol sin hojas.15
Sin dud
a, hacia esa “desnudez poderosa del árbol sin hojas”, como dice poéticamente
Arreola, tiende su escritura más lograda. Además, su expresión metafórica puede
relacionarse muy bien con la búsqueda primigenia de un lenguaje poético eficaz
y mínimo propugnada por Borges desde sus ensayos de la década de 1920, sobre
todo en sus devastadoras críticas contra algunos de los más reconocidos poetas
en lengua española (incluidas en Inquisiciones y El tamaño de mi
esperanza).
Aunque
Borges intentó silenciar el hecho por medio de la supresión de varios de sus
primeros libros y de las intensas modificaciones operadas en los textos
sobrevivientes, ahora sabemos con certeza que en su juventud literaria él
también cultivó un estilo barroco pero vacío; abandonó eso que Arreola llama
“galas dudosas” cuando se convenció de que no contribuían a la eficacia de su
escritura, como se lo hicieron notar con agudeza algunos de sus primeros
críticos. Obviamente, el modelo literario de Arreola es el Borges narrador
maduro, cuando desde la seguridad que proporciona una obra consumada, éste
lanza una conclusión inexacta por generalizante pero certera en lo que respecta
a su evolución personal: “Es curiosa la suerte del escritor. Al principio es
barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son
favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y
secreta complejidad”.16 La frase “modesta y secreta
complejidad”, con la que de forma implícita él define su escritura de madurez,
se parece al “fiel y cristalino misterio” del que hablaba en su juventud al
referirse a los escritores que no podían explicarse nada más con el uso de la
razón.
Habría
que añadir que la influencia de Borges no sólo fue determinante para forjar el
personal estilo de Arreola, sino que por medio de éste se propagó a otros
ámbitos. En esta línea, aunque sé que todavía debe probarse fehacientemente,
aventuro la siguiente hipótesis: una porción no desdeñable de la influencia
borgeana en la literatura mexicana llegó por la vía de Arreola, quien,
consciente o inconscientemente, mostró a los jóvenes narradores (sobre todo en
sus célebres talleres literarios) los maravillosos alcances de un escritor
“posible”, como según él lo es Borges.
LA IMAGINACIÓN COMPARTIDA
Arreola
es muy enfático en cuanto a la enorme importancia que tiene la imaginación para
la obra de su interlocutor: “Lo primero que me trae a la mente el nombre Borges
es la fantasía dentro de los límites de lo posible”.17 Como describiré más abajo, esta
expresión coincide casi literalmente con la manera como el propio Borges define
a Arreola, en el único texto que le dedicó: el brevísimo pero profundo prólogo que
abre una de las numerosas versiones del Confabulario, la preparada por
el Fondo de Cultura Económica en 1985,18 y que me servirá de punto de
partida para realizar una serie de reflexiones generales sobre la obra del
mexicano.
En primer
lugar, si se considera que Arreola, por ser un creador contemporáneo y además
hispanoamericano, reunía dos características que no solían atraer mucho al
argentino en su madurez, el gesto de homenaje implícito en el prólogo resulta
muy significativo. Aunque la doble labor borgeana de prologuista aún no ha sido
suficientemente estudiada,19 puede afirmarse con certeza que
en la mayoría de los casos sus parciales y fragmentarios prólogos a terceros se
acercan a diversos autores que, pese a ser disímiles entre sí, implican para él
cierta identidad de afinidades literarias. Así pues, cabe deducir que él
reivindica varios elementos de la obra arreolesca que considera cercanos a su
propia creación.
Con el
singular estilo paradójico que es ya un clásico de la literatura en lengua
española, el mencionado prólogo de Borges arranca con la siguiente descripción
de su interlocutor:
Creo
descreer del libre albedrío, pero si me obligaran a descifrar a Juan José
Arreola en una sola palabra que no fuera su propio nombre (y nada nos impone
este requisito), esa palabra, estoy seguro, sería libertad. Libertad de una
ilimitada imaginación, regida por una lúcida inteligencia.20
En
principio, en esta imagen destaca la conjunción de dos términos que pese a
parecer antitéticos, en realidad resultan complementarios: la libertad que
proporciona la ilimitada imaginación y el régimen que impone la lúcida
inteligencia. Según Borges, no es pues la imaginación literaria del narrador
mexicano la facundia creativa que se desborda sin límites; sabemos muy bien que
la continencia en la escritura —y no necesariamente en la oralidad, por lo
menos en el caso de Arreola— es una característica común a estos dos autores de
ambas fronteras de nuestra América.
Como
adelanté, la expresión borgeana es paralela a la frase “la fantasía dentro de
los límites de lo posible” con que Arreola se refería a su interlocutor. Un
lector familiarizado con ambos podría aplicarles indistintamente cualquiera de
las dos expresiones, lo cual demuestra las enormes semejanzas entre sus
respectivas literaturas (sobre todo en el género en que coincidieron: la
narrativa).
Además,
con un tono que remite de inmediato a los términos de su famoso prólogo a La
invención de Morel (1940), de Bioy Casares, Borges reivindica la inmensa
capacidad inventiva de Arreola, patente en el título de uno de sus libros, Varia
invención, el cual dice que podría aplicarse a toda su obra. En efecto,
contra los prejuicios de quienes consideran que en el siglo XX ya no existen tramas o argumentos “novedosos”
generadores de la curiosidad del lector, desde sus orígenes la obra arreolesca
fue una convincente prueba de un aliento de renovación en la literatura
mexicana, la cual exhibía ya cierta parálisis derivada del agotamiento de los temas
y formas de la narrativa de la Revolución; junto con otros autores, como
Revueltas, Yáñez y Rulfo, por citar sólo una reconocida tríada, Arreola fue
responsable, a fines de la década de 1940 e inicios de la siguiente, de
infundir nuevos aires a esa vieja tradición.
En este
sentido, la riqueza del escritor jalisciense es manifiesta, ya que él triunfa
en la tarea de renovar la temática literaria. Los registros argumentales de sus
narraciones son extensos, y, de nuevo, al enumerarlos no se puede evitar la sensación
de estarse refiriendo también a Borges: biografías imaginarias al estilo de
Schwob, bestiarios de diversa índole, historias de tipo fantástico, textos con
sabor kafkiano, etcétera, complementados por una veta de carácter popular a la
que aludiré más tarde. Por ello Arreola implica una saludable y revolucionaria
irrupción en un período de la cultura mexicana caracterizado globalmente por la
búsqueda e invención de ciertas raíces de identidad nacional, tendencia que de
hecho él repudia en su enfática renuncia a lo que, grosso modo,
podríamos definir como una literatura de carácter realista:
...yo
sitúo mi obra en el polo opuesto al de la literatura tipo “comedia humana”, que
exhibe a sus personajes como las películas muestran a los actores: yendo de un
lado para otro, acometiendo sus negocios, satisfaciendo sus ambiciones. Ese
tipo de literatura es una repetición inútil de la vida...
Los
personajes tradicionales se van haciendo lentamente en el transcurso de las
obras; yo quiero, de golpe y porrazo, que sufran modificaciones sustanciales y
definitivas. A veces estas modificaciones los instalan en el mundo de lo
sobrenatural, del absurdo y de la fantasía absoluta. En nuestros días, la
novela y el cuento realistas están condenados a perder su prestigio y eficacia.
El periódico, la radio, el cine y la televisión, medios de comunicación en auge
abrumador, han puesto en aprietos a los narradores realistas.21
El desarrollo
de la historia literaria mexicana traicionó los negativos presagios de Arreola,
pues las tendencias de carácter realista permanecieron gracias a que también
lograron renovarse; pero lo importante es señalar que el distanciamiento
arreolesco de esa literatura “realista”, fundamentado o no, fue el germen de
una compleja y rica literatura.
Creo que
en general Borges concuerda con Arreola en cuanto a ese rechazo de una estética
realista. No sólo nunca alabó a ninguno de los grandes autores de esta corriente,
como Balzac o Mann, sino que incluso aludió a ese tipo de escritura en forma
despectiva; por ejemplo, con el obvio propósito de elevar a la literatura
fantástica por encima del realismo, en el citado prólogo de La invención de
Morel se refirió a Proust en estos términos:
Por otra
parte, la novela “psicológica” quiere ser también novela “realista”: prefiere
que olvidemos su carácter de artificio verbal y hace de toda vana precisión (o
de toda lánguida vaguedad) un nuevo rasgo verosímil. Hay páginas, hay capítulos
de Marcel Proust que son inaceptables como invenciones: a los que, sin saberlo,
nos resignamos como a lo insípido y ocioso de cada día.22
Según
esta teoría artística, la esencia de la literatura es su carácter ficticio, su
condición única de artificio verbal; por ello Borges no admite una vertiente
literaria que pretenda que el receptor olvide este rasgo, el cual resulta
fundamental para que se produzca lo que él llama el hecho estético. Pero en su
rechazo del realismo implícito en sus comentarios sobre Arreola, a los factores
de estricto carácter artístico, suma otros más de tipo ideológico. Así se
atestigua cuando en la escritura de su interlocutor registra una para él muy
gozosa comprobación: “Desdeñoso de las circunstancias históricas, geográficas y
políticas, Juan José Arreola, en una época de recelosos y obstinados
nacionalismos, fija su mirada en el universo y en sus posibilidades
fantásticas... Nació en México en 1918. Pudo haber nacido en cualquier lugar y
en cualquier siglo”.23 Sin duda, él acierta al señalar
el carácter universal del escritor prologado, quien se liberó de los estrechos
moldes nacionalistas vigentes en la cultura mexicana posrevolucionaria; no
obstante, su afán ahistoricista ahonda la ubicuidad de Arreola, en cuya
escritura sí se distinguen las indelebles marcas textuales de su historicidad y
de su “mexicanidad” (si es que aceptamos este término propio del discurso
esencialista del romanticismo), rasgo visible sobre todo en su tono oral y
popular, el cual analizaré más adelante, una vez que haya descrito el
funcionamiento de la ironía en ambos creadores.
DOS GRANDES IRONISTAS
Arreola
maneja una enorme diversidad de registros narrativos, desde la voz del merolico
educado (por ejemplo, el vendedor que enuncia su relato “Baby H. P.”, quien
promueve un aparato que aprovecha la vitalidad de los niños para generar
energía), hasta la voz del intelectualizado y soso profesor universitario (en
“De balística”). Aunque algunos de sus primeros (y despistados) lectores
identificaron este segundo tono con una falsa erudición autoral, lo cierto es
que ese lenguaje tiene siempre una intencionalidad eminentemente paródica e
irónica, como él mismo ha afirmado: “Cuando soy barroco y elegante en el
sentido tradicional, lo soy desde un punto de vista irónico. Detrás de esas
bellezas ornamentales conscientes, se puede ver la sorna agazapada”.24
Esta
ironía, que de hecho cruza toda su literatura, adquiere un clímax en el final
de algunos relatos, cuando el lector percibe, con inaudita sorpresa, que
todavía era posible imprimir “otra vuelta de tuerca” al tono irónico inicial.
Así sucede, por ejemplo, en el texto “En verdad os digo”, donde se narran los
experimentos científicos de Arpad Niklaus, quien para refutar imposibilidades
bíblicas, anhela pasar por el ojo de una aguja las células de un camello al
cual reconstruirá vivo una vez completado el proceso (ya se sabe, por aquella
parábola del evangelio que afirma que es más fácil hacer pasar un camello por
el ojo de una aguja que hacer entrar a un hombre rico al reino de los cielos).
Por cierto que en este argumento, el autor usa, con una intencionalidad irónica
muy distinta, un recurso caro a la enunciación de carácter fantástico: tomar en
su sentido literal (el pasar a un camello por el ojo de una aguja) lo que en
sus orígenes bíblicos nada más tiene sentido figurado. Después de describir las
infranqueables barreras para concretar el experimento, cuyo éxito requiere de
la generosidad inagotable de grandes patrocinadores, el texto termina
mostrando, con una ironía extrema, que a Niklaus le bastaría con fracasar en
gran magnitud para, paradójicamente, alcanzar el éxito deseado, pues al
empobrecer a sus patrocinadores, lograría que entraran al reino de los cielos
gracias a su recién adquirida pobreza:
Pero la
posibilidad de un fracaso es todavía más halagadora. Si Arpad Niklaus es un
fabricante de quimeras y a su muerte le sigue toda una estirpe de impostores,
su obra humanitaria no hará sino aumentar en grandeza, como una raíz
multiplicada al cubo, o como el tejido de pollo cultivado por Carrel. Nada
impedirá que pase a la historia como el glorioso fundador de la desintegración
universal de capitales. Y los ricos, empobrecidos en serie por las agotadoras
inversiones, entrarán fácilmente al reino de los cielos por la puerta estrecha
(el ojo de la aguja), aunque el camello no pase.25
Ahora
bien, luego de enfatizar la gran importancia de la ironía en su escritura, debe
buscarse la perspectiva global, la visión de mundo desde la cual se ejerce; en
este sentido, Saúl Yurkievich ha señalado pertinentemente la angustia
existencial, la desesperanza, que subyace a la obra de Arreola, cuya postura es
similar a la de muchos intelectuales de nuestro tiempo: “Aunque atenuada por el
humor que establece una distancia irónica que aligera lo grávido y atempera lo
pesaroso, la visión del mundo de Arreola comporta un lúcido pesimismo;
considera que la discordia, el desconcierto y el desamparo constituyen la
condición misma de lo humano”.26 Esta precisión puede servir
también para matizar un poco la idea borgeana de que Arreola se desvía de su
mentor y predecesor Kafka porque hay en él: “...algo infantil y festivo ajeno a
su maestro, que a veces es un poco mecánico”;27 es verdad que en el mexicano
aparece un elemento “infantil y festivo”, pero eso no evita que, en última
instancia, su mundo literario y el de Kafka compartan esa abrumadora visión del
ser humano perdido en una realidad que no alcanza a comprender mínimamente;
incluso me atrevo a sugerir que entre Swift y Kafka, los dos nombres tutelares
que Borges menciona en su prólogo (cita además a un personaje de Poe), Arreola
tiende a identificarse más con el segundo: la sátira social con moralizantes
tintes didácticos cede ante el uso del humor sarcástico que tiende al
nihilismo.
Más que
una serena pero dubitativa reflexión sobre la existencia de dios y sus
alcances, en Arreola habría una afanosa búsqueda de lo sagrado, de un espacio
que propicie cierto nivel de quietud y descanso; pero como ese sitio no es más
que una utopía, su obra suele estar transida por una contagiosa angustia. En
esta línea, las iluminadoras ideas de Yurkievich sirven para percibir las
diferencias entre los dos grandes artistas:
En
principio, Arreola procede como Borges desviando las cosmologías y las
teologías hacia el dominio de lo estético. Pero Borges hace gala de un
fundamental escepticismo; se aprovecha de la distancia literaria para no ser
implicado por lo sagrado, manteniendo así una discreta, una elegante
neutralidad con respecto al misterio de lo divino. Borges opta por una
enunciación impasible. Por el contrario, Arreola es vehemente; dota a sus
personajes de una animación barroca, arrebatada, quevedesca.28
En lugar
del “fundamental escepticismo” propio de la obra borgeana, yo diría que en el
mexicano hay una soterrada voluntad por creer, la persistencia de una
primigenia y elemental fe (cristiana) que choca inevitablemente con la
imposibilidad de encontrar respuestas definitivas (“El converso”) o que intenta
entablar un imaginario diálogo conciliador (“El silencio de Dios”).
En cuanto
a Borges, quizá uno de los ejemplos más ilustrativos de su escepticismo se
encuentre en el final de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, donde después de
describir y hasta atestiguar la intromisión de un mundo fantástico dentro del
mundo real y tangible, y de anunciar con tintes apocalípticos el fin de la
realidad tal como la conocemos, el narrador, identificado con Borges, dice de
manera distanciada: “Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés
y el mero español. El mundo será Tlön. Yo no hago caso, yo sigo revisando en
los quietos días del hotel de Adrogué una indecisa traducción quevediana (que
no pienso dar a la imprenta) del Urn Burial de Browne”.29 Como se ve, se trata, en éste y
en muchos otros de sus textos, de un escepticismo con tintes irónicos.
Los
juegos literarios de Borges son siempre mucho más complejos de lo que parecen.
Por ello habría que añadir, en primer lugar, que la anterior cita cierra la
última parte de “Tlön”: una “Posdata de 1947” que está fechada en el futuro,
pues el texto fue publicado por primera vez en 1940; por desgracia, este dato
se omite en las deficientes ediciones de su obra, con lo cual se pierde ese
efecto irónico que provoca una ruptura del tiempo cronólogico y lineal. “Tlön”
se publicó en 1940 dos veces: en mayo, en la revista Sur, en diciembre,
en la Antología de la literatura fantástica, compilada por el propio
Borges en compañía de Bioy Casares y Silvina Ocampo. En el primer caso, la
supuesta “Posdata de 1947” inicia falazmente: “Reproduzco el artículo anterior
tal como apareció en el número 68 de Sur”;30 pero resulta que el número 68 de
la revista es el mismo donde aparece el texto, el cual por lo tanto no es una
“reproducción” de un texto previo sino el “original”; la referencia
bibliográfica es entonces una autorreferencia, pues no existen dos textos sino
uno solo. En el segundo caso, la posdata inicia: “Reproduzco el artículo
anterior tal como apareció en la Antología de la literatura fantástica”;31 o sea que en la Antología
de 1940 se dice que se reproduce el texto de la Antología de 1940. En
suma, Borges se tomó la molestia de actualizar un juego literario que resulta
paralelo a una de sus recurrentes preocupaciones posteriores: el texto
contenido dentro del texto, el mapa cuya perfección y exactitud es tan grande
que incluye el mapa mismo. Idealmente, las ediciones futuras de “Tlön” tendrían
que haber proyectado la posdata hacia el futuro y construido una
autorreferencia que simulara dos textos: el original y el modificado; por
ejemplo, al incluirlo en Ficciones en 1951, fechar la posdata en 1958 y
decir que se reproducía el texto tal como apareció en Ficciones en 1951.
Efectuar una “actualización” permanente del texto resultó imposible porque se
requería de un riguroso y desgastante proceso de revisión; pero esto es
secundario, ya que lo que importa aquí es restituir la intencionalidad
primigenia del texto para percibir los profundos alcances de la literatura
borgeana.
Pero el
virtuosismo de “Tlön” no termina ahí, pues además en el inicio de la posdata se
construye una prolepsis que adelanta un juicio irónico respecto de la
conclusión, también irónica, que he citado más arriba, a la cual se califica
como “una especie de resumen burlón que ahora resulta frívolo”.32 El laberinto especular es
entonces infinito: quien enuncia la posdata asume la función de lector de la
parte central del texto, es decir, se ubica en un lugar y en un tiempo de
enunciación diferentes (fuera del texto y después del texto);
pero a la vez asume la función de lector (¿desde qué lugar y qué tiempo?) de la
conclusión de su propia posdata, a la que ahora juzga “frívola”; ¿desde
cuál ahora habla en presente (“reproduzco”) esa primera persona que se
pretende ubicar en un futuro (1947) que todavía no existe? ¿Cuál de todos los
sujetos y tiempos de enunciación que aparecen en “Tlön” se identifica con
Borges? La respuesta debe ser contundente: todos ellos y ninguno de ellos.
En síntesis, en “Tlön” Borge intenta derruir las categorías del ser (“yo”), el
espacio y el tiempo que estructuran nuestra percepción común de la realidad; se
trata, sin duda, del objetivo central de la literatura borgeana, como se deduce
de la pesimista pero lúcida reflexión que es el epígrafe y nombre del libro
donde se incluye mi ensayo.
A partir
del anterior ejemplo, quizá sea posible postular una propuesta válida para toda
la obra de Borges: justamente en lo que en otra clase de enunciaciones literarias
sería más bien escritura marginal (posdatas, notas al pie de página, prólogos,
etc.), Borges suele inventar un tipo de narrador o editor (términos clásicos
pero imprecisos para una literatura tan compleja) que se desdobla en formas
infinitas, por lo que asume funciones de lector de su propio texto, el cual
comenta con distancia e ironía, como si no le perteneciera del todo. El proceso
puede ser tan exacerbado que incluso invierta las jerarquías tradicionales, por
lo que esa especie de escritura marginal se convierte en el eje rector de todo
el texto.
En lo que
respecta a su amplio ejercicio de la ironía, Borges prácticamente acude, en
mayor o menor grado, a todas las variedades que el recurso retórico ofrece. En
el ejemplo de “Tlön”, citado aquí con profusión, puede discernirse la presencia
de casi todas las categorías generales de la ironía enlistadas por Linda
Hutcheon: “The five generally agreed-upon categories of signals that function
structurally are: 1) various changes of register; 2) exaggeration/understatement;
3) contradiction/incongruity; 4) literalization/simplification; 5)
repetition/echoic mention”.33 La primera categoría, el cambio
de registro, se presenta en los distintos niveles de enunciación que he
descrito en “Tlön”, los cuales producen un efecto irónico. La incongruencia
aparece con claridad en la conclusión, donde pese a la ominosa comprobación de
que el mundo fantástico invade ya la realidad, el narrador permanece impasible,
con lo cual refuta de forma implícita la imagen apocalíptica que él mismo ha
construido. La descripción de algunos rasgos del universo alterno de “Tlön”
contiene ciertas exageraciones que alcanzan un tono irónico (v. g. la
obligatoriedad de que todos los libros filosóficos contengan su respectivo
“contralibro”). Por último, la repetición con carácter irónico funciona en
varios niveles de “Tlön”: por un lado, en su aspecto intratextual, la “Posdata
de 1947” construye un discurso que repite la propia enunciación del texto para
ironizar sobre ella; por otro, varias de las referencias intertextuales (por
ejemplo, el idealismo filosófico de Berkeley y hasta la Encyclopaedia
Britannica) tienen también efectos irónicos, puesto que se destruye su
supuesta autoridad.
LA ORALIDAD Y EL TEMA DEL DESAFÍO
No se
puede abandonar la descripción de las funciones de la ironía en ambos
escritores sin decir que en Arreola el último giro consiste en la mirada
burlona con que se ríe de sí mismo, que es una de las formas más sanas de reír
(y por cierto de las más difíciles y profundas); la efectividad de este recurso
reside en adelantarse y desarmar a los futuros detractores, pues las críticas
ya se las ha hecho él mismo. Así, con respecto a sus posibles influencias de
carácter erudito, Arreola reafirma su innata e imperecedera vocación
pueblerina: “Mis influencias, hasta las más profundas, como pueden ser las de
Rilke, Kafka y Proust, las he vivido no sólo como mexicano sino como payo.
Hasta mis mayores refinamientos están vividos con alma y cuerpo de pueblerino
mexicano”.34
Este
“pueblerino mexicano” asoma con fuerza en dos relatos memorables, “Pueblerina”
y “Corrido”, donde prima un tono oral y eminentemente popular que es la
culminación de un largo y refinado proceso de estilización literaria basada en
la oralidad del campo mexicano, y que, como había adelantado, constituye un
rasgo indisoluble de su identidad nacional. Para una mejor comprensión de lo
que expondré, resumo la escueta trama de “Corrido”: dos hombres se interesan
por una joven desco-nocida que se dirige a la plaza del pueblo para abastecerse
de agua, y luego de agredirse verbalmente, acaban matándose a cuchilladas en
una disputa por los favores de quien hasta el nombre ignoran. Intentemos
escuchar, más que leer, algunos elocuentes pasajes del relato para apreciar su
tono:
—Oiga
amigo, qué me mira.
—La vista
es muy natural.
Tal
parece que así se dijeron, sin hablar. La mirada lo estaba diciendo todo.
Y ni un
ai te va, ni un ai te viene. En la plaza que los vecinos dejaron desierta como
adrede, la cosa iba a comenzar...
Esa fue
la merita señal. Uno con daga, pero así de grande, y otro con machete costeño.
Y se dieron sus cuchillazos, sacándose el golpe un tanto con el sarape...
Los dos
eran buenos, y los dos se dieron en la madre. En aquella tarde que se iba y se
detuvo. Los dos se q uedaro n ahí bocarriba, quién degollado y quién con la cabeza
partida. Como los gallos buenos, que nomás a uno le queda tantito resuello.
Muchas
gentes vinieron después, a la nochecita. Mujeres que se pusieron a rezar, y los
hombres que dizque iban a dar parte. Uno de los muertos todavía alcanzó a decir
algo: preguntó que si también al otro se lo había llevado la tiznada.35
La
presencia del tono popular es muy marcada en este texto, ya que el narrador
utiliza registros lingüísticos entresacados de la oralidad cotidiana:
diminutivos repetidos, léxico oralizado, gestos que acompañarían la
enunciación, etcétera. El final no es menos memorable, puesto que en la hábil
reticencia del narrador se expresa tanto sobre el pudor pueblerino, sobre sus
estrechos límites geográficos y mentales, sobre eso que, sin malicia, podríamos
denominar provincianismo: “Después se supo que hubo una muchacha de por medio.
Y la del cántaro quebrado se quedó con la mala fama del pleito. Dicen que ni siquiera
se casó. Aunque se hubiera ido hasta Jilotitlán de los Dolores, allí
habría llegado con ella, a lo mejor antes que ella, su mal nombre de
mancornadora”.36 ¡Como si Jilotitlán de los
Dolores estuviera en el confín del mundo!; la frase ilustra muy bien la técnica
narrativa del autor, quien para alcanzar el tono buscado, parte de un narrador
en tercera persona que posee una amplia visión, pero cuando es necesario,
focaliza el relato como si éste se construyera dentro de los límites de la
estrecha mirada de sus personajes.
Es obvio
que Arreola posee la capacidad literaria para transformar la voz del pueblo una
vez que la ha escuchado. Él recuerda que al iniciarse como autodidacta en la
literatura, a los doce años, empezó a leer a Baudelaire, Whitman, Papini y
Schwob, pero también dice: “oía canciones y los dichos populares y me gustaba
mucho la conversación de la gente popular del campo”.37 Es decir, desde su niñez
estuvieron presentes en su formación la cultura letrada y la oral, las cuales
se fueron amalgamando en una unidad indisoluble en la que se perciben huellas
de ambas.
La
familiaridad con el tono oral parece entonces haber sido una adquisición
natural e inconsciente de la cultura de Arreola, más que un hábito aprendido.
Por el contrario, si analizamos lo declarado por Borges respecto de su primer
cuento auténticamente personal, “Hombre de la esquina rosada”, su proceso sería
diferente. En una confesión muy posterior que juzgo apócrifa (ya que en ella
afirma haber tratado en su juventud a una persona aj en a a su medio
sociocultural) y un tanto mítica, dice que la evocación de Nicolás Paredes
—nombre que se mencio na incidentalmente en el cuento—, le proporcionó los
aspectos temáticos y verbales para desarrollar su historia: “Un amigo mío,
Nicolás Paredes, ex caudillo político y jugador profesional del Barrio Norte,
había muerto, y yo quería perpetuar algo de su voz, sus anécdotas, y su
peculiar manera de narrarlas. Me convertí en esclavo de cada página que había
escrito, leyendo en voz alta cada frase y tratando de encontrar su tono
exacto”.38 Cualquier conocedor del entorno
cultural borgeano tendría enormes dificultades para creer que él pudo haber
sido amigo de un “ex caudillo político y jugador profesional”; además, para
recordar años después con cierta verosimilitud el tono de los relatos orales de
Nicolás Paredes, el joven Borges tendría que haberlo oído en numerosas
ocasiones, lo cual es aún más improbable.
En lugar
de dejarnos engañar por esa ficticia influencia, cabe reparar en su método de
trabajo estilístico: la repetición de las frases en voz alta, hasta encontrar
un exacto registro escrito que simula una oralidad que, aunque Borges no lo
diga, construye paralelos con el tono oral de la literatura gauchesca. Esta
búsqueda de la oralidad resulta sustancial porque sirve para definir a sus
personajes: “En mi corta experiencia de narrador, he compro bado que saber cómo
habla un personaje es saber quién es, que descubrir una entonación, una voz,
una sintaxis peculiar, es haber descubierto un destino”.39 Las probables acciones de un
personaje están entonces ligadas a su entonación oral (dime cómo hablas y te
diré qué puedes hacer). Por ello los cuentos orilleros de Borges, que renuevan
la enorme tradición gauchesca argentina, asumen una novedosa forma de
enunciación: el relato contado por una primera persona que narra su historia,
de duelos y peleas con arma blanca, a un interlocutor de otro nivel cultural y
lingüístico (el propio Borges, receptor o escucha que se convierte así en otro
personaje de ficción dentro de sus propios textos).
Luego de
un par de fallidas tentativas para definir el modo de contar el argumento de
“Hombre de la esquina rosada”, Borges encuentra la forma apropiada en un
narrador en primera persona que vela desde el inicio su participación en los
hechos; así, éste no sólo no se define como un hombre valiente, sino que
incluso transcribe el insulto (“Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo”)
que le dirige Rosendo Juárez, el líder de su grupo, quien se ha negado
cobardemente a aceptar el desafío de Francisco Real, forastero que gracias a
ello sale exultan te llevando en sus brazos a la Lujanera, hasta ento nces
mujer de Rosendo. Con este antecedente de la conducta pasiva y se cundaria del
narrador, resulta todavía más sorpresivo el final del argumento, cuando luego
de contar que Francisco Real, en la oscuridad del campo y acompañado por la
Lujanera, ha sido desafiado y muerto por un desconocido, el narrador concluye
confesando a su interlocutor: “Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo
corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco
izquierdo ... y no quedaba ni un rastrito de sangre”,40 secuencia que además de develar
el misterio de quién ha ajusticiado al intruso, se enlaza magistralmente con el
comienzo del cuento, donde había un muy sutil indicio textual de la importacia
extrema de ese personaje: “A mí, tan luego, hablarme del finado Francisco
Real”.
Por su
parte, el escritor mexicano construye su oralidad literaria a partir del
discurso i ndirecto: quien cuenta es un nar rad or en tercera persona que
trabaja muy bien con los registros propios de la oralidad, a tal grado que
logra introducir expresiones (v. g. “Y ni un ai te va, ni un ai te viene”) que
si bien no son diá l ogos directos sí remiten a una especie de formas
lingüísticas dialogadas en las que se introduce un léxico propio de la oralidad
(“dizque”, “tiznada”, etc.).
En
principio, la narración en primera persona y la presencia explícita del oyente
en el texto de Borges parecerían sugerir una mayor cantidad de recursos propios
del relato oral directo, pero curiosamente no sucede así. Por ejemplo, en su
uso de la deíxis hay una diferencia fundamental entre ambos. El adverbio modal
de la frase de Arreola “uno con daga, pero así de grande” presupondría, en un
relato oral, la presencia viva y directa del receptor, quien no sólo escucharía
el relato, sino que también lo “vería”, por lo que deduciría el tamaño del arma
a partir de la gestualidad del relator. Pero como en el texto escrito no es
visible ese contexto de enunciación, el adverbio “así” adquiere una sugerencia
extrema y quizá más hiperbólica. En cambio, el narrador borgeano en primera
perso na nunca llega a la deíxis absoluta, como lo muestra la secuencia
“...volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el
chaleco, junto al sobaco izquierdo...”, donde el adverbio de lugar, que en un
relato como el de Arreola estaría solo, se aclara de inmediato con dos frases
circunstanciales.
Para esta
breve comparación, he escogido como muestra un texto de cada uno de ellos, pero
habría que aclarar que el te ma del desafío es mínimo en Arreola y vasto en
Borges, así como puntualizar el tono general con que trabaj an el tópico. Si,
como he dicho, en la enunciación de carácter sagrado el segundo asume un
fundamental escepticismo y el primero una actitud vehemente, creo que aquí
sucede algo hasta cierto punto opuesto. En efecto, pese a la sutil ironía de
algunos de sus relatos gauchescos, Borges, que busca la identificación plena
con esos hombres capaces de cultivar el coraje, asume una apasionada relación
con el destino de sus personajes cuchilleros, los cuales constituyen un curioso
complemento de la mitología de pequeños héroes familiares y nacionales (sus
“mayores”) que pue blan su obra. Por el contrario, Arreola no sólo ironiza a
partir del implícito contexto cultural del machismo mexicano, sino que llega a
la sorna absoluta respecto de sus personajes, cuya dignidad destruida provoca
en el receptor una reacción total de humor.
Este
somero análisis se basa en cuentos de ambos, pero aclaro que el caso de La
feria (1963) es diferente, porque en esa obra mixta semejante a una novela
fragmentaria, el fin de Arreola fue construir un gran mosaico humano que
proporcionara una visión global del pueblo de su infancia. Como esto sólo lo
podía lograr mediante un conjunto múltiple de registros lingüísticos, tuvo que
recurrir a la experimentación y a la apropiación directa del habla (oral o
escrita) de terceros, ya que el auxilio de la memoria individual fue
insuficiente:
En lo que
se refiere al lenguaje, mi tarea fue la de recordar, recordar simple e
intensamen te los giros lingüísticos de la gente de Zapotlán. P ara ello,
además de la función de la memoria, me entregué a una serie de experimentos.
Llegué a hablar con diversas personas, importantes o pintorescas, y reproduje sus
palabras. Luego me entretuve dándoselas a leer, y me gustó que se reconocieran
en ellas. Es más, les pedí a dos o tres que me escribieran algo de lo que les
había pasado (por ejemplo las noticias sobre los tlayacanques), y pude utilizar
algunos de sus escritos casi textualmente; también me serví de trozos de cartas
y de párrafos enteros del periódico local.41
Es una
lástima que Borges no haya aludido en su prólogo al tono oral de la obra
arreolesca, ni al singular desafío que estructura “Corrido”. Sospecho que esto
se debe a que el Confabularlo que él prologó, cuya selección de escritos
dudo que haya sido suya (habla en forma ambigua de “los cuentos elegidos para
este libro”), no incluye el texto citado. Estoy convencido de que el escritor
argentino, enamorado de los relatos de cuchilleros gauchos y de la oralidad
presente en éstos, no hubiera desdeñado la historia de cultores mexicanos del
coraje, como él los habría denominado, presente en “Corrido”, ni la veta
popular de la literatura del mexicano.
LAS MODIFICACIONES TEXTUALES
El último
aspecto general de este diálogo entre Borges y Arreola al que quiero referirme
es su tácito rechazo del concepto de “obra definitiva”: ambos pertenecen a esa
estirpe de escritores que modifica y reordena sin fin sus textos, buscando
siempre el modo y el lugar de enunciación más precisos para una estética
personal en constante movimiento. Borges, lo sabemos muy bien, ejerce esta práctica
con vigor absoluto, en particular cuando somete a sus primeros poemarios de la
década de 1920 a un inacabable proceso de corrección hasta transformarlos
totalmente;42 y aunque su afán correctivo no
se ejerce con el mismo denuedo en sus obras de madurez, de hecho nunca dejó de
modificar sus textos. En virtud de su sutileza, los cambios de Arreola a veces
resultan casi imperceptibles; tienden, en general, a buscar la economía verbal
absoluta. Por ejemplo, la versión de “La migala” de 1949 decía: “...era lo más
atroz que podía depararme el destino. Admití que la araña monstruosa era
todavía peor que el desprecio y la conmiseración que brillan de pronto en
una mirada”, párrafo del que en las ediciones posteriores se eliminan las
palabras que he marcado con cursivas; hay un cambio todavía más tenue en la
secuencia “Se detiene, levanta su cabeza y mueve las pinzas” por la frase
“mueve los palpos”, con lo cual la referencia a ese imaginario y temible animal
que es la migala intenta hacerse más amplia y sugerente.
Si se
contrasta en detalle el proceso de revisión al que someten su escritura, se
deducirá de inmediato que éste es más prolijo en el caso de Borges; además, se
concluirá que aunque ellos coincidan en su permanente deseo de corrección, lo
hacen desde perspectivas diferentes; así, es claro que Borges efectúa los dos
tipos de revisiones descritas enseguida, mientras que Arreola se limita a
cambios que intentan afinar la intención original con que concibió sus
escritos:
In other
words, two types of revision must be distinguished: that which aims at altering
the purpose, direction, or character of a work, thus attempting to make a
different sort of work out of it; and that which aims at intensifying,
refining, or improving the work as then conceived (whether or not it succeeds
in doing so), thus altering the work in degree but not in kind.43
Asimismo,
estos dos autores cambian el orden de sus escritos en las sucesivas ediciones
de sus obras. Por ello Borges no sólo acudió a notables modificaciones y
supresiones, sino a un mecanismo menos visible pero igualmente efectivo: el
reacomodo infinito de sus textos en libros o colecciones que nunca adquirieron
una fijeza absoluta, con lo cual practica una de las máximas enseñanzas
derivadas de “Pierre Menard, autor del Quijote”: aunque literalmente un
escrito sea idéntico a otro, podrá adquirir significados distintos dependiendo
de su particular contexto de enunciación. Un ejemplo extremo de este reacomodo
es el ensayo “El escritor argentino y la tradición”, redactado a inicios de la
década de 1940, pero que Borges decidió incluir a posteriori en Discusión
(1932); con ello simuló que desde entonces poseía una concepción de la
literatura que renunciaba a la búsqueda deliberada del color local, al nefasto
nacionalismo voluntario que había cursado con tanta enjundia en su juventud y
que luego repudiaría hasta el extremo de prohibir la reimpresión de sus
primeros libros de ensayos. Pero cualquier lector atento podrá llegar a
conclusiones similares si compulsa la edición de 1974 de las supuestas Obras
completas de Borges en un volumen, con la impresión de su Obra poética,
1923-1977, pues to que no coinciden en los textos compilados dentro de cada
volumen individual de la obra borgeana.44
Por su
parte, en el prólogo al Confabularlo de 1971, Arreola dice que al
emprender la preparación de sus obras completas que él llama “definitiva”, se
puso de acuerdo con su editor, Joaquín Diez Canedo, para devolver a cada uno de
los libros su carácter individual, ya que, por azares diversos, Varia
invención, Confabularlo y Bestiario se contaminaron poco a poco entre sí,
confusión que alcanzó su cima en el Confabulario total (1941-1961), publicado
por el Fondo de Cultura Económica en 1962, y que contenía textos de sus tres
primeros libros y otros hasta entonces no compilados. Con base en la decisión
autoral y editorial de la década de 1970, afirma que a Varia invención
(1949) deben pertenecer los textos primitivos ya para siempre verdes, a Confabulario
(1952) los cuentos maduros, y al Bestiario original (1958) la posterior
“Prosodia” de complemento; pero esta intención agru-padora choca con el ambiguo
criterio que desea aplicar, ya que, por ejemplo, dice que a Confabulario
pertenecen, además de los cuentos maduros, “aquello que más se les parece”, lo
cual abre un ámbito de imprecisión que se puede llenar de cualquier modo. En
suma, pese a su declarado propósito, en verdad la clasificación no restituye
los rasgos primigenios a cada uno de los libros, sino que propone una división
de textos posterior a su génesis y a su publicación para agruparlos según la
madurez y/o características que el autor cree que poseen; debido a estas pautas
fluctuantes, en ningún momento se canceló la virtualidad de nuevos y distintos
“confabularios” (v. g. en 1986 Cátedra editó un Confabulario definitivo
y antes, en 1979, la editorial Promexa publicó una selección de textos titulada
Mi Confabularlo, donde se compilan escritos tanto de Varia invención
y Confabulario como del Bestiario). En fin, en cuanto a las
ediciones autorizadas u ordenadas por Arreola, resulta evidente que, de acuerdo
con la terminología de la crítica textual, él ha asumido más bien la función de
editor de sus propios textos.
UNA REFLEXIÓN FINAL
Antes de
finalizar esta inicial aproximación crítica al tema de los nexos entre Borges y
Arreola, debo decir que mi propósito ha sido indicar líneas generales de
investigación en las que deberá ahondarse, siempre con el anhelo de restituir
cierto sentido unitario a la evolución de la literatura en lengua española,
particularmente en el ámbito hispanoamericano.
Por
último, debo confesar que soy consciente de que en algunos pasajes de este
ensayo incliné la balanza hacia la descripción de la obra del escritor
mexicano. Intentaré explicar mis razones. Seguramente, en principio ningún
lector negará a Arreola el privilegio de ser un “precorrido” de su “precursor”
Borges, para usar los conceptos de éste; el problema es que, como dice él en su
propuesta “Kafka y sus precursores”, aunque el término “precursor” parece ser
imprescindible para la crítica, habría que buscar depurarlo de cualquier
connotación de tácita polémica o rivalidad. En este sentido, pensé que, debido al
irrefutable y extendido prestigio literario de Borges, quizá una hábil manera
de equilibrar la balanza podría ser centrar mi análisis en el “precorrido” y no
necesariamente en el “precursor”. Pero como todo confluye finalmente en el
mismo resultado, y las generosas ideas del argentino son muchas veces de una
magnitud apabullante, debo concluir citando de nuevo a Borges, ahora en un
pasaje de “Pierre Menard, autor del Quijote”:
Menard
(acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido
y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las
atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer
la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du
Centaure de Madame Henri Bachelier como si fuera de Madame Henri Bachelier.
Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis
Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una
suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?45
Si, con
base en las similitudes entre los dos autores aquí examinados, aplicamos la
productiva enseñanza que se deduce de esta cita, podríamos atribuir a Borges
los textos de Arreola, o viceversa. En última instancia, con ello estaríamos
practicando el tipo de lectura sesgada que era casi un ideal borgeano, puesto
que se basaba en el concepto de literatura que le era más caro: una historia
del arte verbal que prescinda de los nombres y se construya mediante la
acumulación paulatina de obras que sólo se consideren producto del Espíritu.
Notas al pie
1 JORGE LUIS BORGES, “Manuel Maples Arce. Andamios
interiores”, Proa, núm. 2, diciembre de 1922, s. p. (incluido
después en Inquisiciones, Proa, Buenos Aires, 1925, pp. 120-123).
2 Por ejemplo, el Fondo de Cultura
Económica anuncia la próxima aparición del libro Jorge Luis Borges y Alfonso
Reyes. La cuestión de la identidad del escritor latinoamericano, de AMELIA BARILI.
3 Sólo conozco un trabajo previo
sobre esta relación, donde la autora señala pertinentemente las múltiples vetas
en que podría explorarse: “Varias líneas de relación pueden trazarse en estos
dos cuentistas: lo fantástico, las vidas imaginarias, las citas de libros
reales y apócrifos; el cuento que se bifurca en dos historias, dos estructuras;
la mezcla de cultura culta y popular; el acabado perfecto —intelectual y
artesanal, en un caso y en el otro, aunque no exclusivamente— de los relatos”
(SARA POOT HERRERA, “Borges y Arreola: tema del
rival y del duelo”, Tierra Adentro, núm. 93, ago.-sept. 1998, p. 42);
dentro de este amplio es pectro de posibilidades, ella decide analizar el tema
del duelo en cuentos de los dos autores.
4 Me refiero, claro está, al
conocimiento de su obra entre los escritores mexicanos, no a su lectura en
grupos más amplios de receptores, la cual podría datarse con precisión como
resultado de ese fenómeno editorial y cultural llamado el boom de la
literatura his-panoamericana. Sin duda, en este proceso desempeñó una función
central la Revista Mexicana de Literatura, cuyo número especial de 1964,
“Homenaje a Borges”, implicó tanto un amplio reconocimiento del valor de la
obra del escritor argentino entre sus pares, como la posibilidad de su difusión
entre un mayor número de lectores; además de textos de Ramón Xirau y Emir
Rodríguez Monegal, así como de una entrevista de Keith Botsford a Borges, el
número exclusivo contiene un lúcido ensayo de JUAN GARCIA PONCE sobre el escritor argentino (“¿Quién es Borges?”, Revista
Mexicana de Literatura, 1964, núm. 5-6, pp. 23-43). Quizá convenga recordar
aquí una significativa anécdota contada por una profesora de la Facultad de Filosofía
y Letras de la UNAM: a fines de la década de 1960,
cuando los nombres de Cortázar y Borges apenas se empezaban a popularizar en
México, algunos universitarios informados recomendaban a los neófitos la
lectura de “Jorge Luis Cortázar” y “Julio Borges”; esta broma demuestra que en
México la difusión global de los dos autores rioplatenses se produjo al mismo
tiempo, como si fueran contemporáneos estrictos, con lo cual no se distinguía
que Cortázar trabajaba e innovaba en una tradición literaria argentina
establecida en gran medida por Borges; creo que merecería estudiarse este
frecuente desfasarniento temporal en la recepción de una literatura nacional en
otra, pues permitiría identificar los parámetros de lectura desde los que se
efectúa, así como las particulares continuidades y semejanzas literarias que
crea.
5 J. J. Arreola apud EMMANUEL CARBALLO, Protagonistas de la Literatura mexicana,
Eds. El Ermitaño-SEP, México, 1986, pp. 470-471.
6 J. J. ARREOLA, Varia invención, Fondo
de Cultura Económica, México, 1949, p. 7.
7 J. J. Arreola apud E. CARBALLO, op. cit., p. 470.
8 J. J. Arreola apud JUAN JOSÉ DOÑAN, “Borges, escritor imposible”
[entrevista], Vuelta, 1996, núm. 241, p. 43.
9 J. L. BORGES, “Menoscabo y grandeza de
Quevedo”, en Inquisiciones, p. 42.
10 Ibid., p. 43.
11 J. L. BORGES, “Nora preliminar” a Miguel de
Cervantes, Novelas ejemplares, Emecé, Buenos Aires, 1946, p. 9.
12 J. J. Arreola apud JUAN JOSÉ DOÑÁN, art. cit., p. 45.
13 J. J. Arreola apud E. CARBALLO, op. cit., p. 457.
14 Ibid., p. 471.
15 Idem.
16 “Prólogo” a Elotro, el mismo,
en Obras completas, Emecé, Buenos Aires, 1974, p. 838.
17 J. J. Arreola apud JUAN JOSÉ DOÑÁN, art. cit., p. 43.
18 J. L. BORGES, “Prólogo” a Confabulario,
Fondo de Cultura Económica, México, 1985, p. 7. Fiel a su inveterada práctica
de reproducir sus prólogos en diversas oportunidades, este texto abre también
el volumen de Arreola titulado Cuentos fantásticos (1986), que forma
parte de la colección “Biblioteca Personal de Borges”, la cual comprendería a
cien autores seleccionados y prologados por Borges, pero debido a su muerte
sólo llegó a sesenta y seis; aparte de Arreola, el otro autor mexicano que él
alcanzó a prologar fue Juan Rulfo (estoy casi seguro de que también había
pensado en incluir a Reyes).
19 Distingo al menos dos facetas
funcionalmente bien diferenciadas de este ejercicio que deberían examinarse con
mayor profundidad: la primera, los prólogos escritos por Borges a obras ajenas;
la segunda, su excéntrica y re iterada función de prologuista (e incluso “ep
iloguista”) de sus propios textos (en esta línea, por ejemplo, ya hay
fructíferas propuestas: JOSÉ MIGUEL OVIEDO,
“Borges: el poeta según sus prólogos”, Revista Iberoamericana, 51
[1985], pp. 209-220).
20 J. L. BORGES, “Prólogo” a Confabulario,
p. 7; las cursivas son mías.
21 J. J. Arreola apud E. CARBALLO, op. cit., pp. 480, 481.
22 J. L. BORGES, “Prólogo” a Adolfo Bioy
Casares, La invención de Morel (1940), compilado en Prólogos,
Torres Agüero Ed., Buenos Aires, 1975, p. 22.
23 J. L. BORGES, “Prólogo” a Confabulario,
p. 7.
24 J. J. Arreola apud E. CARBALLO, op. cit., p. 471.
25 “En verdad os digo”, Confabulario,
Fondo de Cultura Económica, México, 1952, p. 13.
26 S. YURKIEVICH, “Juan José Arreola: los
plurales poderes de la prosa”, Prólogo a Obras de Juan José Arreola,
Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 30-31.
27 J. L. BORGES, “Prólogo” a Confabulario,
p. 7.
28 S. YURKIEVICH, op. cit., p. 28.
29 J. L. BORGES, “Tlön, Uqbar, Orbius Tertius”, Ficciones,
en Obras completas, p. 443.
30 J. L. BORGES, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Sur,
mayo de 1940, núm. 68, p. 42.
31 J. L. BORGES, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”,
en Antología de la literaturada fantástica, compilada por Borges, A.
Bioy Casares y S. Ocampo, Sudamericana, Buenos Aires, 1940, p. 84.
32 J. L. BORGES, “Tlön, Uqbar, Orbius Tertius”, Ficciones,
en Obras completas, p. 440; las cursivas son mías.
33 LINDA HUTCHEON, Irony's
Edge. The Theory and Politics of Irony, Routledge, Londres, 1995, p. 156.
34 J. J. Arreola apud E. CARBALLO, op. cit., p. 473.
35 J. J. ARREOLA, “Corrido”, Confabulario,
Fondo de Cultura Económica, México, 1952, pp. 27-28.
36 Ibid., p. 29; las
cursivas son mías.
37 J. J. ARREOLA, “De memoria y olvido”, Prólogo
a Confabulario, Joaquín Mortiz, México, 1971, p. 10.
38 J. L. BORGES, “Las memorias de Borges”, La
Opinión, Buenos Aires, 17 de septiembre de 1974.
39 J. L. BORGES, Aspectos de la literatura
gauchesca, Ed. Número, Montevideo, 1950, p. 8.
40 J. L. BORGES, “Hombre de la esquina rosada”, Historia
universal de la infamia, en Obras completas, p. 334.
41 J. J. Arreola apud E. CARBALLO, op. cit., p. 485.
42 Véase TOMMASO SCARANO, Varianti a stampa nella poesia del primo
Borges, Giardini Ed., Pisa, 1987, donde se registran las exorbitantes
cifras de versos cambiados en sus tres primeros poemarios (40% de los versos
originales fueron suprimidos y 46% de los restantes sufrieron correcciones
sustanciales), así como las variantes de los poemas, que en varios casos llegan
al excesivo número de siete o hasta ocho, lo cual plantea un irresoluble
problema de edición, tanto por la imposibilidad de privilegiar de manera
definitiva una sola de las lecciones, como por las dificultades inherentes a la
transcripción de todas las versiones. Pese a que Scarano y otros más hemos
llamado la atención sobre este hecho, increíblemente todavía hay estudiosos de
la obra de Borges que citan los versos de las muy corregidas ediciones de Feroor
de Buenos Aires como si provinieran del libro original de 1923. Este
fenómeno de recepción merece un examen detallado, pues no es tan sólo un mero
“error” de la crítica: el propio Borges indujo hábilmente el resultado, tanto
en los prólogos a sus nuevas ediciones como mediante el reacomodo permanente de
sus textos en éstas.
43 G. THOMAS TANSELLE, Textual Criticism and Schoiariy Editing,
University Press of Virginia, Charlottesville, 1990, p. 53.
44 Una asignatura pendiente muy
necesaria para el mejor conocimiento de Borges es la preparación de ediciones
críticas (o por lo menos “anoradas”) de su obra, ya que en general, salvo
contadas e insuficientes excepciones, las que poseemos no pueden más que
clasificarse como pobres (sin prólogos críticos o explicativos, sin notas de
ninguna especie, ni secuencias cronológicas). Como primer paso de esta labor,
podrían someterse a un riguroso escrutinio los criterios de lectura que se
deducen del vasto proceso de supresiones y reordenamientos decidido por el
propio Borges para las sucesivas ediciones de su poesía. Quizá ayudaría a
reflexionar sobre ello un sugerente ensayo de IAN JACK (“A Choice of Orders: The
Arrangement of «The Poetical Works»”, en Textual Criticism and Literary
Interpretation, ed. Jerome J. McGann, The University of Chicago Press,
Chicago, 1985, pp. 127-143) que, con base en ejemplos de ediciones de poesía
inglesa preparadas por los propios autores o por editores académicos o no,
discute las ventajas y desventajas de los diversos órdenes posibles
(cronológico, temático, formal, editorial), sin privilegiar de manera
definitiva ninguno de ellos.
45 J. L. BORGES, “Pierre Menard, autor del Quijote”,
Ficciones, en Obras completas, p. 450.
Fuente: Project Muse
https://muse.jhu.edu/pub/320/oa_edited_volume/chapter/2576996