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sábado, 23 de junio de 2018

El outsider. Argentina-Islandia con María Kodama: de Borges a Jagger, de Odín al McPollo




Pablo Plotkin

En ocho décadas de vida, María Kodama no vio ningún partido de fútbol. Hasta hoy.

Estamos con la viuda y heredera universal de Jorge Luis Borges en Conquer, un petit restaurante del barrio de Palermo. El local está cerrado al público, en penumbras, pero la persiana metálica filtra los restos de una calma tensa: mañana mundialista en Buenos Aires. Tenemos delante un desayuno nórdico servido en honor al rival, con pan de semillas, huevos duros, pickles, queso, leberwurst, rolls de canela y café. Kodama lleva su peinado icónico -plateado con una veta chocolatosa- con el aire de un personaje de animé. Durmió sus cinco horas de rigor y ahora se somete amablemente a nuestro experimento: mirar juntos el debut de Argentina y conversar de cualquier otra cosa.

La conexión de Kodama con Islandia es tan profunda como la de Borges: en el origen de la relación está el estudio compartido del anglosajón y el islandés, y fue durante su primer viaje juntos a Islandia, en 1971, donde "se materializó" el amor. La distancia que mantiene Kodama respecto del fútbol, por otra parte, es tan grande como la que profesaba su difunto, aunque menos activista. La aversión de Borges era militante, y se verifica en el archivo que circuló en la última semana, en notas que también trataron su fascinación por la isla que para él era la cumbre de la cultura occidental.

Georgie asistió a un único partido de fútbol y le " bastó para siempre", un Argentina-Uruguay en cancha de River al que fue con el poeta uruguayo Enrique Amorim. Borges recordó en una entrevista que, al comenzar el encuentro, los escritores se pusieron a hablar de otra cosa, "seguramente de literatura". En un momento creyeron que el juego había terminado y se levantaron. Camino a la salida alguien les dijo que faltaba el segundo tiempo, pero ellos se fueron de todos modos. "Nunca nos enteramos del resultado", recordaría Borges. A Kodama, ver un partido le llevó el mismo tiempo que le llevó a Islandia jugar un Mundial.

En la pared se proyectan los himnos y Kodama observa la escena con curiosidad, como invocando la ironía borgeana sobre la victoria futbolística ( "Así que derrotamos a Holanda -dijo él después del 78-. Caramba, ¿anexamos Amsterdam?"). Su experiencia deportiva se limita a la infancia, cuando practicaba natación y equitación. "Debe ser porque son deportes individuales -dice-, en los que no hay que someterse a la disciplina de un equipo. En ese sentido siempre fui muy libertaria". No tiene televisor, y el único recuerdo que comparte con Borges como televidente es la transmisión de la llegada del hombre a la Luna: "Fue la única vez que me pidió que le describiera lo que pasaba en la pantalla".

Kodama es hija de un matrimonio roto. Su padre era japonés, su madre de sangre suizo-alemana, española e inglesa. "Una mezcla muy complicada", dice mientras Mascherano sale del fondo con pelota dominada. " Mi padre era shintoísta, y mi abuela materna en cambio era Dios, Patria y Hogar. Había querido ser monja, entonces para ella yo era el infierno. Fue muy difícil, porque no podía hablarlo con nadie. Y como para mi abuela yo estaba condenada al infierno, opté por tomar los principios éticos de mi padre. Él me decía: 'Mientras usted no mate, no robe, no mienta. Hay 8 millones de dioses, y uno siempre va a protegerla'".

Esa moral politeísta se relaciona con el origen de su vínculo con Borges. En los comienzos de esa amistad asimétrica, la madre de Kodama -que por entonces era una adolescente- la interpelaba: "¿Qué quiere ese hombre de vos? ¡Podría ser tu abuelo!". María le decía "no, mamá, solo estudiamos juntos". Tiempo después, Borges le preguntó a Kodama: "¿Sabe cuándo me enamoré de usted? El día que discutimos sobre la traición".

Mientras estudiaban anglosajón, Kodama le dijo a Borges que Europa había traicionado su esencia, que debería haberse quedado con la Razón y con el Panteón griego, con esos dioses que amaban, odiaban y se mezclaban con los mortales. "Eso era Occidente, y no el cristianismo, la parábola y su primer mandamiento: 'No tendrás otro Dios más que a mí'", dice Kodama mientras Messi choca contra los defensores. "Ahí se produce la unión Iglesia-Estado y tenemos las tiranías que tenemos. Y entonces Borges me dice: 'Pues usted acaba de decirme, en contadas y precisas palabras, lo que Nietzsche necesita un volumen para explicar'. Yo, con 16 años, no tenía idea quién era Nietzsche. Pero mi madre tenía razón: ese hombre podía ser mi abuelo y se había enamorado de mí, aunque yo no lo supe hasta mucho después".

Las camisetas blancas se acumulan atrás y Kodama menciona el temple "viking" (como Borges, se niega a decir "vikingo"). Recuerda sus tres viajes a Islandia con el escritor, y su proyecto para construir allí un laberinto borgeano. En una de esas visitas en pareja, un extravagante sacerdote pagano los casó según el antiguo rito de Odín, junto a un lago profundo y helado, entre huesos de animales. Por esos mismos años, en la segunda mitad de los 70, Borges y Kodama tradujeron en colaboración el Gylfaginning, el primer libro de la Edda Menor del mítico poeta Snorri Sturluson.

Dos versos en islandés de la Völsunga Saga, la lectura que a Borges le cambió la vida, se leen en su lápida en Ginebra: "Él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos". Es el epígrafe de "Ulrica", el cuento de amor de Borges inspirado en Kodama, donde el autor asume la identidad de Javier Otálora. Kodama le devuelve a Borges esas palabras en el reverso de su tumba, grabadas sobre una nave vikinga que mira al este. Para Kodama era el final de una historia que había comenzado a sus diez años, cuando se topó con la primera línea de "Las ruinas circulares": "Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche...". Ese comienzo le produjo una emoción estética que le duró para siempre, aun cuando no entendiera lo que estaba leyendo. "Si de pronto apareciera una ley que me obligara a quemar todas las obras literarias del mundo excepto una, salvaría 'Las ruinas circulares'", dice Kodama con el partido ya 1 a 1.

La protección del legado de Borges es su misión irrenunciable, y ese rigor de valkiria le valió también muchos oponentes. En el contacto directo, Kodama es una mujer afable, liviana y extrañamente juvenil a sus 81 años. Los goles nos pasan en silencio, como incidentes de un trámite peculiar. Cuando falta poco para el final, me pregunta cuántos hombres juegan de cada lado, y la charla deriva a otros asuntos: la danza (le encanta bailar sola en su departamento), su gusto por el rock (recuerda el encuentro entre Borges y Mick Jagger en el Palace de Madrid) y su vida social. Sale todas las noches, no cocina nunca y se alimenta a base de McPollo. Dice que el entorno juvenil del local de Callao y Santa Fe le recuerda sus días de estudiante.

En la mirada pública prevalece la imagen de "la Yakuza literaria, la Yoko Ono argentina; es un lugar común de la progresía literaria detestarla", como escribió Pola Oloixarac en 2015. Con todo eso, Kodama logró algo muy difícil: representar no solo los derechos jurídicos y gananciales de Borges, sino también su peso simbólico. "No sé cómo hace, pero en cualquier parte del mundo ella entra y es como si entrara Borges", dice alguien cercano.

Es el ejército de una sola mujer vigilando a un tótem, y asegura que por sus antiguos detractores siempre sintió "piedad y gratitud". "Piedad porque no son capaces de amar -explica Kodama-, y gratitud porque uno nunca sabe si es capaz de matar, no lo sabe hasta que no se ve en la situación de matar o morir. Ellos me permitieron saber que dentro de mí hay un centro, un centro que no es mérito mío, sino que está hecho con el amor de mis padres, de mis amigos, de Borges, y que nada ni nadie puede mover. Nada ni nadie. Si ellos no me hubieran atacado, yo nunca lo hubiera sabido".

Fuente: La Nación  -  18 de junio de 2018


miércoles, 28 de febrero de 2018

Buscando a Borges en Islandia




El autor de El Aleph, que sentía fascinación por esta isla y la visitó tres veces, dejó huellas indelebles en un puñado de habitantes de Reykholt

Esteban Feune de Colombi
25 de febrero de 2018 

REYKHOLT, ISLANDIA

Sigo al hombre de espaldas. Deforma la nieve en pasos hondos que apuntala con bastón de bambú. ¿Si fuera Borges?, imagino al aplastar mis botas en las huellas crepitantes que abren el camino. Seis grados bajo cero, humos suben en plegaria desde el estanque de agua termal, un cielo enceguecedor que intimida, mis anteojos una Pentax analógica en éxtasis. Lo terroríficamente radiante de la luz en el invierno casi ártico, el vuelo gallináceo del sol que nomás se pone de pie y ya repta, jactancioso en esa parábola.

No es Borges, claro que no. Sin embargo, me conmueve saber que, en los 70, él recorrió estos lares y visitó la tumba de Snorri Sturluson, el mítico poeta vikingo adorador de Thor y otros æsir como Odín, Baldr o Tyr, divinidades paganas del panteón nórdico que desembarcaron de Asia y fueron tomadas por dioses. Sombrerito tieso, mirada glacial, barba vieja, torso de cuero y patas de corderoy enderezan, a decir verdad, la estampa litográfica de Geir Waage, el cura luterano que preside desde 1978 la iglesia de Reykholt.

En este pueblito de cuarenta y pocos habitantes situado a 100 kilómetros de Reikiavik -palabra que significa bahía de vapores-, el hombre también lleva las riendas de Snorrastofa, el sitio cultural dedicado a Sturluson, el mejor de los grandes escaldos nórdicos, asimismo magnate, abogado, historiador y caudillo político, y factiblemente el mortal más conspicuo e influyente de toda la historia de Islandia, sacándoles varios cuerpos de ventaja a Björk, Sigur Rós y Bobby Fischer.

Aparezco en el lugar a las dos de la tarde de un 9 de enero. Auto de alquiler, cubiertas con clavos, aletargante la voz de Megas en la radio, ruta escarchada y un paisaje que te hace sentir lejísimos del resto del universo. A los lados del camino, por momentos fiordos tallados de témpanos, por momentos estancias con ponys indígenas de crines Wellapon, por momentos campos con pilas de alfalfa congelada. Tráfico ilusorio, como ilusorios son, en esta telúrica isla de 340 mil corazones, géiseres, volcanes y auroras boreales, las serpientes o los trenes, los crímenes o la puntualidad.


Sin que haya avisado de mi visita, parece que Geir y Dágny, su mujer, me estaban acechando. Franqueo a empellones la pila de nieve que asedia la puerta de entrada, debajo de la torre con forma de hongo alucinógeno, y me veo de pronto en la tienda del museo sacudiéndome como un san bernardo. Muy oronda, la señora me ofrece un razonable café -los escandinavos lideran la ingesta cafetera planetaria, Noruega en la cúspide- y me cuenta con sonrisa medieval que hace un tiempo anduvo María Kodama por acá, sopesando junto a una tal Margaret la idea de construir un laberinto (borgeano, es claro, en la estela del que el laberintólogo Randoll Coate diseñó en San Rafael, Mendoza). Converso con Geir en un salón sin ventanas en el que descuellan incunables y trajes de vikingos. Le pego los dedos a la taza y pispeo en un tris cierto ímpetu evangelizador en su soliloquio, aunque para nada anodino: primero seductor, después onda noticiero y promediando el final, refractario a mi insistencia por platicar a la intemperie, ofuscada distancia y, al último, una puntita de hartazgo. En el ínterin, el cura peló tres veces del bolsillo de su tweed un cuerno de vaca, lo aporreó contra su codo izquierdo, lo destapó y plantó una mancha de tabaco en el dorso apretado de la mano derecha, que su nariz limpió de un saque sin emitir sonido. Cuarto golpe, cuerno vacío; una hora de cónclave tal vez resumible, barriendo la hojarasca, en un párrafo, el siguiente.

"Éramos una especie de república, de mancomunidad. Los primeros colonos eran noruegos y anclaron en 874. En 930 se estableció el Alþingi, un parlamento anual sin rey ni poder ejecutivo que aunaba democracia, oligarquía y aristocracia. Eso no impedía que hubiese parias; como condena ante ilegalidades debatidas al aire libre una vez al año, debían sobrevivir veinte inviernos fuera de la ley hasta reinsertarse. Un solo guerrero proscrito, Grettir Ásmundarson, estuvo a un tris de la hazaña. Fue asesinado a seis meses de conseguirla y su gesta se narra en una saga memorable". Cada tanto Geir atiende el celular, prehistórico y de ringtone nada-que-ver, y cada tanto Dágny trae pasas de uva cubiertas de chocolate u otro café.

Volvemos a patear por las inmediaciones de Snorrastofa, ahora entre cruces de plástico que titilan en el cementerio nevado, tradición al parecer navideña. Las botas de Geir raspan de memoria el manto blanco y revelan un túmulo diminuto sobre el que se lee, en mayúsculas, sturlungareitur. Es la modesta tumba de Snorri, que fue decapitado por orden del rey noruego Haakon IV en 1241.

 
Ahí mismo me entrego al gélido ritual de leer el soneto que Borges le dedicó a ese primitivo hombre de letras -la metáfora es suya- en el poemario El otro, el mismo: "Tú, que legaste una mitología / de hielo y fuego a la filial memoria, / tú, que fijaste la violenta gloria / de tu estirpe de acero y de osadía, / sentiste con asombro en una tarde / de espadas que tu triste carne humana / temblaba. En esa tarde sin mañana / te fue dado saber que eras cobarde. / En la noche de Islandia, la salobre / borrasca mueve el mar. Está cercada / tu casa. Has bebido hasta las heces / el deshonor inolvidable. Sobre / tu pálida cabeza cae la espada / como en tu libro cayó tantas veces".

El frío me duerme la cara, los huesos, la voz. Aun así llegamos a la pileta circular de piedra labrada y aguas calientes donde el degollado se aflojaba con sus correligionarios, usanza tan vernácula. Entre serbales, abedules y pinos avanzamos hasta el precioso, casi japonés estanque nombrado en honor al inquebrantable luterano que tengo enfrente, y divisamos después la maciza estatua de Snorri, enrarecida con estalactitas. "Todo islandés que conozcas", comenta Geir en perfecto inglés, "desciende de Sturluson; yo soy, por ejemplo, la vigesimocuarta generación". Dágny me recomienda que haga una parada técnica, en mi travesía de vuelta, en un baño termal que está junto a un invernadero donde plantan tomates, pepinos y morrones, cosa que por supuesto hago, como hice noche de por medio en Reikiavik. "Considerate suertudo de haber conocido el centro del mundo", me despide místicamente el cura estirando lo máximo posible mi partida.

INFINITAMENTE MÁS LINDA

De adolescente, Borges se deslumbró -"debidamente", según refirió en un libro de diálogos con Osvaldo Ferrari- con la literatura nórdica gracias a su padre, que le regaló un ejemplar de la legendaria saga Völsunga, en la versión inglesa de William Morris, espíritu polirrubro que trajinó las tierras islandesas a caballo en 1871. Eso es, con precisión, un siglo antes de que lo hiciera, por primera vez en su vida, el autor de Ficciones, quien departió en una de sus clases sobre aquel arquitecto, decorador, textilero, traductor, poeta y activista: "Él creía que la cultura de Alemania, de Holanda, de Austria, de los países escandinavos, de Inglaterra y de la parte flamenca de Bélgica había llegado a su culminación en Islandia, y que él, como británico, tenía el deber de emprender una peregrinación a esa pequeña isla perdida, casi en los confines del círculo ártico, que produjo tan admirable prosa y tan admirable poesía". Prosa y poesía que, verbigracia, prefiguraron tanto a Rulfo como a Tolkien, tanto a Verne como a Coetzee.

Por su parte, nuestro Jorge Francisco Isidoro Luis se trenzó literariamente con las sagas -se dice que el término es afín a sagen (referir, en alemán) y say (decir, en inglés)- en el capítulo Las kenningar de su Historia de la eternidad, publicado por Viau y Zona en 1936 en Buenos Aires. Allí desgranó su embrujo alegando: "Fueron el primer deliberado goce verbal de una literatura instintiva". Todavía embelesado, décadas más tarde se volcó con su tesón habitual al estudio del idioma islandés, al que consideró el latín del norte ("tiene una belleza muy particular por su sonoridad y porque todavía se puede formar palabras compuestas sin que resulten artificiales o pedantes") y que, fruto de una moral endogámica y reacio a intercambios, poco se ha modificado desde sus orígenes.


Un día de 1971 que el calendario cifra miércoles 14 de abril, en el hotel Holt, Georgie le dictó a Norman Thomas di Giovanni, su traductor anglosajón, estas líneas que figuran en el reverso de una postal con dos fotos de la capital islandesa: "Querida madre: mucho más increíble que Islandia es el hecho de que María Kodama haya arribado aquí, con noticias tuyas. Reikiavik es menos monumental que la Municipalidad de Lomas e infinitamente más linda, por extraño que parezca".

Infinitamente más linda, sin dudas. Lo ratifico porque estoy a una cuadra de la municipalidad, en Iðnó, "el" centro cultural con vista al lago donde se celebran desde funerales hasta conciertos de metal, pasando por comilonas de inmigrantes. En el bar, bichando por la ventana a unas chicas que juegan al fútbol sobre el Tjörnin helado, me cito con Guðbergur Bergsson. Después de Halldór Laxness, ganador del Nobel en 1955, se trata del escritor más conocido del país y traductor de Borges al islandés. Lo engancho a través de Internet: una amiga googlea su nombre, que figura publicado en una guía telefónica. Lo llamamos a su casa y en cinco minutos agendamos la entrevista.

Platicamos en castellano, que aprendió a hablar en Barcelona a fines de la década del 50, rodeado de carismáticos personajes como Carlos Barral, Gabriel Ferrater, Carmen Balcells o Jaime Gil de Biedma. Tiene 85 años aunque luce menos gracias, en parte, a su mirada, de un celeste sibilino que será, a lo largo de la conversación, varios celestes: el celeste de su cruda infancia trabajando en la industria pesquera; el celeste de su adolescencia siendo empleado en la base militar que los estadounidenses establecieron en Keflavík, cerca del actual aeropuerto, justo después de que los nazis invadieran Dinamarca; el celeste de sus periplos a la España franquista y de sus quijotescas (¡fueron dos!) versiones del Don Quijote; y el celeste del instante, su pícara vejez traficando poemas de Pessoa a su lengua materna.

Lo primero que leyó de Borges fue Literaturas germánicas medievales, coescrito con María Esther Vázquez y encontrado al azar en una librería de viejo barcelonesa, cuando unos happy few lo leían en Europa más allá del francés Roger Caillois. "¿Sabes por qué vino aquí?", anuncia gallegamente para develar: "Él estaba dando unas conferencias en Harvard y le dijo a un amigo mío que deseaba conocer Islandia. Ese amigo me escribió una carta pidiéndome que lo reciba. Como yo estaba en Ámsterdam, contacté a mi cuñada, pero ella era muy perezosa como para ocuparse de una celebridad, así que declinó la propuesta y me sugirió que me comunicara con Matthías Johannessen, editor del periódico Morgunblaðið, quien de algún modo se apoderó de Borges, al que finalmente nunca conocí".

Bergsson me cuenta que él colaboró mucho para que el autor de El oro de los tigres fuera premiado con el Formentor en 1961, compartido con Samuel Beckett, porque lo otorgaba el Congreso Internacional de Editores, institución que reunía a varios conocidos suyos. Esa recompensa implicó el espaldarazo que el porteño necesitaba para ser promovido internacionalmente y que sus textos se vertieran a decenas de idiomas, incluido el islandés. Él entabló sus traducciones sacando unos poemas en el Morgunblaðið y luego la colección de cuentos Suðrið, o sea El sur. Antes del adiós me interesa saber cómo definiría el alma de sus coterráneos. Por el vidrio repartido, Guðbergur enfoca el cielo, que fue mudando en este par de horas de soleado a nuboso y de nuboso a nevado, y decreta: "Confusa. como el tiempo".

Precisamente, Suðrið es el libro que hojeo en este momento, en el cuarto piso de la Biblioteca Nacional de Islandia, ubicada frente al departamento en el que vivo. Es todo muy fácil. En la recepción me atiende Erlendur Már Antonsson, un muchacho atildado y de grata predisposición. Quiero investigar qué artículos sobre Borges se publicaron en la prensa local y el bibliotecario navega ipso facto por las entrañas digitales del archivo, que es 100% público, y me manda los links que descubre a mi mail: todos en islandés y muchos firmados por Matthías Johannessen, a quien también googleamos con mi amiga y al que entrevistaré mañana. Indago a Erlendur al respecto de Suðrið y me informa que atesoran dos ejemplares que prestaron 43 veces.

Devolver un poema

Matthías vive en el barrio y propone que nos juntemos en el café de la biblioteca. Ahí está, pues, con suéter bordó y boina de fieltro gris. Celestes, pequeños, comunes, sus ojos yacen envueltos en un velo acuoso que los hace verse tristones. Afuera: tormenta de nieve y viento escandaloso. Tiene 88 años y en sus dientes rebota un inquieto chicle. Trae consigo un libro con una recopilación de sus mejores artículos y un manuscrito plagado de estrofas que escribió tras conocer a Borges. Me estremece estar sentado frente a una de las pocas personas, si no la única, que vio a Georgie las tres veces que estuvo en la isla: si mis inquisiciones no fallan, 71, 76 y 82.

Dice que su memoria anda errática y que por eso confunde las visitas de Borges volviéndolas una sola. Lo fue a buscar al aeropuerto. Nevaba. Bajó del avión vestido con sobretodo y pelo revuelto, acompañado por Di Giovanni y su mujer, que se sentaron en el asiento trasero de su auto. En el imprescindible y titánico diario que Bioy Casares le dedicó a su íntimo secuaz se registra este diálogo:
  
BORGES: Un viaje es una serie de incomodidades.

BIOY: Sí, pero son incomodidades que se transforman en buenos recuerdos. No se puede pedir nada más que buenos recuerdos.

BORGES: Es cierto. Hay que pedir un buen pasado. Lo único a que puede un hombre aspirar es a un buen pasado. No: quizá también se pueda aspirar a un buen futuro. Lo que es imposible es un buen presente. El que pide un buen presente no tiene noción de la realidad.

Cinco años después, en mayo del 76 y con Borges de copiloto, el editor del Morgunblaðið avanza por las rutas primaverales del interior del país, en aquella época salvajes. Ganan Þingvellir, cuna del Alþingi y donde se proclamó, en el 1000, el cristianismo como religión oficial, echando por la borda -al menos, en apariencia- el paganismo reinante no por fe, sino para evitarse numerosos problemas.

En ese lugar histórico en el que, además, se declaró la independencia islandesa en 1944, las placas tectónicas americana y eurásica se lastiman en un cañón bellísimo que dio origen a la corteza terrestre de esta patria vendedora de pescado y tejedora de pulóveres. Basta de fruslerías. Borges le pide a su anfitrión que lo deje un rato solo porque necesita devolver un poema a ese sitio sagrado. Matthías se aleja unos metros y contempla la silueta del literato apretada entre crestas y fracturas naturales, recitando misteriosamente en español. ¿Qué habrá elegido? Tengo una sospecha.

Asimismo recuerda que su invitado, devoto a elucubraciones fonéticas, "curioso como un niño", cero pretencioso y honrado en 1979 con el Halcón de Plata de Islandia (que recibió en el Plaza), en otra instancia del viaje le espeta: "Ahora tengo más suerte que vos". Él pregunta por qué y Borges suelta, emocionado al borde del llanto: "Estoy viendo las montañas tal cual las vio Egil Skallagrímsson, que era viejo y ciego como yo". Egil era otro épico rapsoda repetidor medieval y la anécdota se asemeja a un texto de Atlas escrito en el reikiavikense hotel Esja, el de su segunda estadía, donde resalta: "Siempre en el centro de esa clara neblina que ven los ojos de los ciegos, exploré el cuarto indefinido que me habían destinado". Abraza una columna que adivina blanca y. "durante unos segundos conocí esa curiosa felicidad que deparan al hombre las cosas que casi son un arquetipo".

            Una edición de Suðrið, también conocido como El sur

En una entrevista reciente, María Kodama contó, refiriéndose a su vínculo con Jorge Luis (Lois en varios artículos del Morgunblaðið): "Islandia fue el principio de una relación de amor muy especial entre él y yo. Se manifiesta allí porque ir a ese país fue la materialización de una historia que venía de antes". Intenté contactarla, pero no lo logré, de tal modo que entra en escena el cuarto hombre que entrevisté con motivo de esta feliz investigación: Jörmundur Ingi Hanse

Se me interpuso en el camino porque hace unos meses encontré online una foto alucinante de Borges posando con un señor de barba jesuítica y mirada incisiva. Le mandé la imagen a mi amiga islandesa y al toque me respondió: "Es Sveinbjörn Beinteinsson, el tipo que reintrodujo el paganismo en la isla el siglo pasado". No contenta con eso, siguió: "Conozco a Jörmundur, su sucesor y discípulo, tiene un local de ropa usada cerca de mi casa".

Jörmundur fue el segundo goði -alto sacerdote- y uno de los fundadores de la organización politeísta nórdica Ásatrú en Islandia, la primera en ser oficialmente reconocida por un Estado en el globo. Lo abordo en un caótico subsuelo de Laugavegur, la calle principal de Reikiavik, cerca de la bizarra Faloteca. Sitiado por percheros, cajones y estanterías, sus uñas sucias agotan un pote de caviar tipo pasta de dientes y manipulan un lapicito que completa un sudoku. Viste a la manera de un personaje de Dickens, un metro como bufanda. Arrastra su british moroso, refinado y magnético en un diapasón de caverna con el que -tardo en percibirlo- me va tejiendo. Que sí, que rememora las peregrinaciones de Borges, al que no conoció ni leyó, que es muy probable que Sveinbjörn lo haya casado con Kodama en su granja de Draghals, que estaba interesado en los elfos.En la biografía que el hispanista Edwin Williamson urdió alrededor de Borges, leo que este invitó a Kodama a viajar a Islandia en 1971, un año después de divorciarse de Elsa Astete, y ahí "se le declaró". Entonces surgió Ulrica, el único cuento de amor del argentino, que se publicó en El libro de arena en 1975 y exhibe como epígrafe unos versos de la Völsunga que resisten la piedra de su lápida en Ginebra: "Él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos". Al año volvieron a Islandia en plan íntimo -volaron en una avioneta "del tamaño de un sulky", se lee en el Borges de Bioy-, pero fueron descubiertos en un bar por unos poetas lugareños con quienes estiraron la velada.
  
Borges quería saber, relata Williamson, "si la antigua cultura pagana de las sagas había sobrevivido en los tiempos modernos". Entonces, durante la visita a una iglesia luterana, se enteró por el pastor de que en la isla solo quedaba un sacerdote pagano que resultó ser un hombre "alto, cincuentón, de brillantes ojos azules y larga barba blanca, que vivía en el campo, solo, en una casa llena de gatos negros y estantes con distintos huesos de animales". El hombre es Sveinbjörn, el de la foto, "sostenía que había un renacimiento del interés por la religión antigua y que muchas personas iban a verlo para casarse. Cuando Borges preguntó si él y María podían ser unidos en matrimonio según el antiguo rito de Odín, el sacerdote estuvo muy complacido en hacer ese favor". Ahora bien, el biógrafo no profundiza en esa unión.

La intuición -vocablo que queda corto, pero sirve para nombrar lo que queda corto- me obliga a despedirme de Jörmundur. Lo visito por segunda vez y todo sigue igual; enhebra con sabiduría el tejido dialéctico en los puntos suspensivos de hace dos semanas. Versado en rituales, le pido que me sugiera uno antes de abandonar Islandia. Empotrado en esa sillita chueca como sofista del inframundo, un caramelo se apaga en su boca mientras rumia, rumia, rumia.

Dice que a Sveinbjörn se le hubiera ocurrido algo de inmediato. Lo espero. Finjo interesarme en un capote. Lo espero. Finjo interesarme en unos borceguíes. Lo espero. Recuerda, iluminado, una frase que se usaba para despedir a los navegantes y para recibirlos victoriosos. Se pone de pie, la pronuncia en voz alta como un capitán de navío: "Fardu heill og sighaetta gott".

Fuente: Revista La Nación


sábado, 30 de septiembre de 2017

Sjón: el escritor islandés que lee a Borges, Cortázar y Puig



 
El escritor, que viene a Buenos Aires para participar del festival de literatura, sorprende por sus conocimientos de la literatura argentina.

Por Patricio Zunini

"El sur" es uno de los cuentos más famosos y más logrados de Jorge Luis Borges. Era, de hecho, uno de sus favoritos. Cuenta la historia de Juan Dahlmann, empleado de una biblioteca pública que sufre un accidente y queda al borde de la muerte. Apenas recuperado pero todavía convaleciente, emprende un viaje al sur, donde, en un viejo almacén, "tal vez a impulso de la sangre germánica", termina por aceptar una pelea a cuchillo que lo lleva a la muerte. La destreza genial de Borges hace que el relato se diluya en la ambigüedad y no podamos saber si cuenta hechos reales o imaginados por Dahlmann, que sueña o elige la muerte romántica.

El escritor islandés Sjón —a quien uno nunca deja de agradecerle que se presente con su seudónimo y no con su nombre: Sigurjón Birgir Sigurðsson—, autor de El zorro ártico, Maravillas del crepúsculo, El chico que nunca existió (todas publicadas por la editorial Nórdica), llegó a Buenos Aires para participar en el festival de literatura Filba. Durante la entrevista referirá distintos nombres de escritores argentinos: Cortázar, Bioy Casares, Piglia. Pero con Borges, que fue un gran admirador de la literatura nórdica, se tomará un tiempo más largo. "Es un miembro honorario de la literatura islandesa", dice.

Para él, hay una relación directa entre "El sur" y la cultura de Islandia: "Me resultaba evidente la manera en que tenía que terminar Dahlmann, porque el código de honor de los mitos nórdicos requiere que mueras por la espada. El que muere por la espada va al Valhala, si no al infierno. Era obvio que este hombre seguía nuestro código de honor".

Sjón llegó a Buenos Aires con dos o tres referencias claves para convertirlo en uno de los escritores más interesantes del Filba: publicó su primer libro de poesía surrealista siendo todavía adolescente; es amigo de Bjork, con quien trabajó como letrista y fue guionista de la película "Bailarina en la oscuridad" que ella protagoniza; ha ganado los premios literarios nórdicos más importantes; su literatura tiene puntos de contactos con la obra de Jorge Luis Borges.

    Cuando Borges viajó a Islandia, los académicos decían ‘¿Por qué demonios deberíamos escuchar a un bibliotecario de Buenos Aires lo que tiene que decir de nuestras sagas?’

"La manera en que Borges usa las formas literarias tuvo mucha influencia en mí", dice. "El hecho de que pudiera moverse fácilmente de una trama fantástica a una leyenda o a la ciencia ficción, es señal de que un autor puede tener una gran libertad y puede aprovechar las distintas formas literarias a través del tiempo y seguir siendo contemporáneo. Hay muchas bellas historias de cuando vino a Islandia, pero también, por entonces, los académicos se mostraban bastante suspicaces. Ellos creían que las leyendas nórdicas y las sagas germánicas sólo podían ser entendidas por un islandés. Entonces decían '¿Por qué demonios deberíamos escuchar a un bibliotecario de Buenos Aires lo que tiene que decir de nuestras sagas?' Para los escritores, en cambio, era obvio que tenía una mirada muy valiosa. Los islandeses y los argentinos leemos sus cuentos de una manera muy diferente a como lo hace el resto del mundo".

—Tus novelas están situadas en el pasado: Maravillas del crepúsculo es el siglo XVI, El zorro ártico está en el siglo XIX, El chico que nunca existió toma los primeros años del siglo XX. Sin embargo, los libros se leen en presente. ¿Cómo se da el diálogo entre ese pasado escrito y el presente leído?

—Creo que mirar los hechos del pasado nos permite entrar con más profundidad en la actualidad. Es un truco literario, porque si le decís a alguien que le vas a contar una historia que sucedió en 1918, automáticamente se relaja. En cambio, si le decís que vas a contar algo que escuchaste ayer en las noticias, va a empezar a discutir con vos, porque él también es un experto en lo que sucedió ayer en las noticias. Contar una historia antigua es un truco para tomar el control.

    En Islandia no nacen chicos con síndrome de Down: a través de la detección temprana por estudios prenatales, las mujeres tienen la opción de abortar. Y todas deciden abortar.

—Llegás a Buenos Aires para participar en el festival Filba, que este año tiene como eje temático la violencia: ¿cómo funciona la violencia en tu obra?

—En mis novelas hay ejemplos fuertes de violencia social. En El zorro ártico se aborda la situación de los chicos con síndrome de Down, que eran sistemáticamente asesinados al nacer. En este caso, además, cuando escribía la novela descubrí que es algo que sigue sucediendo: en Islandia no nacen chicos con síndrome de Down. A través de la detección temprana por estudios prenatales, las mujeres tienen la opción de abortar. Y todas deciden abortar. Hay reglas implícitas en la práctica médica de Islandia que aseguran el aborto, y eso es una violencia que se ejerce sobre los chicos y las madres. En otra novela, El chico que no existió, cuento la historia de un chico gay de Reikiavik en 1918, cuando la homosexualidad era un crimen. Por supuesto, eso también es una forma de violencia, porque criminalizar la homosexualidad es una acción directa sobre el cuerpo.

—¿La literatura tiene obligación de ser incómoda? Si bien la homosexualidad hoy es un tema aceptado, el síndrome de Down bien podría ser el tabú actual.

—Siempre me inquieta decir qué debería ser la literatura, qué debería hacer un escritor. Pero, por supuesto, una de las cosas que deberían hacer los libros es abrir un signo de pregunta ante una situación. Y los signos de pregunta nunca son cómodos. En mis libros, definitivamente trato de trabajar con temas y situaciones que son desafiantes.

    Pensaba que El chico que nunca existió iba a ser una novela para el núcleo duro de mis seguidores, porque tiene varias escenas homosexuales explícitas, pero curiosamente se convirtió en mi libro más popular y exitoso.

—El chico que nunca existió comienza con una escena muy cruda de sexo oral. ¿Cómo tomó la sociedad islandesa esta novela?

—Sucedió algo muy interesante. Pensaba que iba a ser una novela para el núcleo duro de mis seguidores, porque tiene temas como la fiebre española y el cine mudo, y hay varias escenas homosexuales explícitas. Pero curiosamente se convirtió en mi libro más popular y exitoso. Mucha gente en la calle me agradecía el libro. La sorpresa más grande fue que a quien más le gustó la novela fue a las mujeres mayores. La única llamada de atención que recibí fue cuando me invitaron a leer un capítulo en la radio y mi editor me dijo "Por favor, no leas el primer capítulo". Quienes hayan pasado las primeras tres páginas —seguramente hubo quienes lo tiraron antes—entendieron que esa era una manera de saltar la vergüenza y el tabú.

—¿Leíste a Manuel Puig? Por los temas, El chico que nunca existió tiene un vínculo con El beso de la mujer araña.

—Sí, lo leí hace años. Me alegra decir que Puig es uno de los orígenes de esta novela. Los libros se hacen con otros libros.
Fuente : Infobae