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viernes, 16 de julio de 2021

Borges y la Buenos Aires secreta

En su vagabundear por la ciudad de antaño, al escritor no le atraía la arquitectura que imita a París, Madrid, o Viena. Por el contrario, en sus historias se funden los tranvías a caballo, los carros del aguatero y el lechero, y las casas con patio, zaguán y jardín... El arrabal, en definitiva.

 

Esteban Ierardo

 

Borges camina por las calles del Buenos Aires perdido, el de las casas bajas y el mucho cielo. No la ciudad con los muchos edificios afrancesados en su centro, sino la de los suburbios, los arrabales que se desvanecen en la pampa. 

 

Los latidos del escritor terminaron en un hospital de Ginebra, Suiza, en 1986. El Buenos Aires que siempre agitó su memoria era el de los tranvías a caballo y de los primeros tranvías eléctricos, los carros del aguatero y el lechero, y las casas con patio, zaguán y jardín; no la urbe de “las torres de cemento y el talado obelisco”. 

 

Varios escritores célebres inspiraron su literatura en ciudades, o sus narrativas contribuyeron a modelar sus ambientes: la Praga de Kafka, el Dublín de Joyce, la Lisboa de Pessoa, el Edimburgo de Stevenson, la Estambul de Pamuk. La de Borges es “la secreta ciudad de Buenos Aires”, según reza el epílogo de su poemario La cifra. 

 

Esa urbe secreta es lo perdido, pero también lo preservado entre cuentos, poemas, entrevistas y versos del autor de El Aleph.   

 

En los bordes            

 

En la casa de la calle Tucumán 840, entre Suipacha y Esmeralda, nació, en 1899, Jorge Francisco Isidoro Luis Borges en el hogar de sus abuelos por la línea de su madre Leonor. Borges recordará luego que hacia fines del siglo XIX la calle Viamonte “se llamaba calle del Temple, y estaba llena de lupanares”. Su lugar de nacimiento era ya la casa arquetípica de un Buenos Aires mítico que luego el escritor evocará con nostalgia, la casa baja, con aljibe, patio, puerta cancel y un húmedo zaguán. 

 

Pero la cosmovisión borgiana nació en su casa de la infancia, ya perdida, en la calle Soler (hoy calle Jorge Luis Borges) en un Palermo que era la transición entre la ciudad céntrica y el suburbio que, en sus límites, albergaba todavía almacenes de ramos generales, galpones, prostíbulos, esquinas en las que los compadritos esgrimían su puñal y su coraje, y donde el arroyo Maldonado fluía todavía como serpiente de agua escurridiza bajo un cielo ancho, con el horizonte visible, de los amaneceres y ponientes. 

 

En aquellos años infantiles Borges conoció la Enciclopedia Británica que lo sumergirá en su pasión cosmopolita por las muchas filosofías, religiones, literaturas, saberes. Y la imagen del tigre. El felino de Asia, con sus rayas y magnetismo que también visitaba en el cercano zoológico. Su casa infantil tenía dos plantas, se encontraba junto a la de su abuela Fanny Haslam, madre de su padre Jorge Guillermo Borges, que era “muy inteligente” y, por lo tanto, como toda persona inteligente, tolerante, y libre pensador que le transmitió una vehemencia casi anarquista por la libertad individual. 

 

Conoció entonces a quien lo introducirá en la ciudad mítica, Evaristo Carriego, joven que murió a los 29 años dejando un solo libro, Misas herejes, con versos en los que se exalta el tango, los compadritos, el ambiente del arrabal, lo que será parte de la mitología de Buenos Aires que el escritor empieza a modelar luego del regreso de un viaje a Europa, en 1921, a través de sus primeros libros de poemas Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925), Cuaderno San Martín (1929). 

 

Libros de versos nacidos al ritmo de su caminar por las calles del sur, o de Villa Ortúzar, Palermo, Chacarita, Recoleta o Balvanera. Recorridos urbanos impregnados de filosofía. En Fervor de Buenos Aires, por ejemplo, en su poema “Amanecer”, en ese momento cercano a un nuevo sol, luego de una larga caminata nocturna sabe que él y otros pocos noctámbulos impiden que la ciudad desaparezca. La urbe sobrevive porque alguien la está pensando. Los entornos de seres y cosas solo existen por el pensamiento de una mente individual o universal, como lo propone en su cuento “Tlön,  Uqbar, Orbis Tertius”, en Ficciones. 

 

Y al recorrer las calles durante el día y la noche, el joven Borges descifrará también una sabiduría popular en la inscripción en los carros, uno de los textos de Evaristo Carriego, 1930, la biografía no solo de un amigo, sino también de Palermo. 

 

En su vagabundear por la ciudad de antaño, al escritor no le atrae la arquitectura que imita a París, Madrid, o Viena, sino que, como manifiesta Carlos Alberto Zito en El Buenos Aires de Borges, “el joven poeta quiere ver el Buenos Aires profundo, rioplatense, pampeano, el que se hace solo, sin consultar a los europeos, en los bordes de la ciudad”. Y en “Las calles”, poema también de Fervor de Buenos aires, se rubricará con claridad el lazo del escritor con la ciudad ya que “las calles de Buenos Aires/ya son mi entraña /No las ávidas calles, incómoda de turba y ajetreo/ Sino las calles desganadas del barrio/ Casi invisibles de habituales…” 

 

Las calles humildes del barrio encienden de íntima pasión al poeta. De ahí el desdén por el edificio señorial y por el art Nouveau, o “los reticentes cajoncitos” del estilo art decó de Alejandro Virasoro. La Buenos Aires más ostentosa se apartó de la herencia española, pero la que rebullía en el suburbio era la “arquitectura instintiva” del capataz italiano. Y el goce con la construcción más espontánea también lo buscará en el tango, que valora cuando surge de la rusticidad y no desde la pieza con pretensión de género artístico. 

 

La ética del puñal 

 

El arroyo Maldonado era la frontera natural entre la ciudad y el campo, ya antes de que Belgrano y Flores, primero partidos de la Provincia de Buenos Aires, se incorporaran a la ciudad, en 1887. Los inconvenientes que causaba su curso, inundaciones, problemas de comunicación, llevaron a su entubamiento, en 1933. 

 

 Y el Maldonado también fue escenario de uno de los cuentos de entonación orillera más emblemáticos del autor de “La Biblioteca de Babel”: “Hombre de la esquina rosada”, incluido en su versión final en Historia universal de la infamia, de 1935. 

 

El Salón de Julia era lugar de encuentro para las cartas, el alcohol y las prostitutas. Allí irrumpe un hombre alto, fornido, con una chalina color bayo, vestido de negro. Se llama Francisco Real, apodado el Corralero, con fama de peleador letal, y que venía del Norte. Provoca a Rosendo Juárez el Pegador, alagado por el amor de La Lujanera, la mujer más codiciada del lugar. El desafío del Corralero busca aumentar su prestigio al vencer a otro malevo encumbrado. Rosendo se niega al enfrentamiento, aunque la Lujanera le acerca el facón para que pelee. Pero la lucha no consumada no significa que no haya un muerto. Al final, el narrador sorprende a Borges y al lector con su uso del cuchillo para, fuera de la vista de todos, ajustar cuentas con quien vino a provocar en su pago. 

 

El lugar del reto a duelo puede situarse, como el propio escritor aclaró, en cualquier sitio en el curso del Maldonado, en Palermo, Villa Crespo, o los fondos de Flores. Sin embargo, en el relato se afirma que Rosendo Juárez pisaba fuerte en Santa Rita, zona hoy entre Villa del Parque y Flores; y el salón de Julia “era un galpón de chapas de cinc, entre el camino de Gauna y el Maldonado”. 

 

Varios de los relatos de Borges suscitaron versiones en el cine. Pero solo una le conformó, la adaptación del cuento del Salón de Julia y su atmósfera de pasado orillero, por René Mugica: “un film admirable, muy superior al relato endeble en el cual se inspiró”. 

 

El interés por las historias de peleadores de compadritos, guapos y malevos, algunas nacidas de las anécdotas que le refería a Borges su amigo Nicolás Paredes, guardaespaldas de un caudillo conservador. La sustancia de un criollismo que supo alentar también con sus letras para milongas, como la que quiere salvar la memoria de Juan Muraña, hombre del cuchillo que “tuvo una sola virtud. /Hay quien no tiene ninguna. /Fue el hombre más animoso que han visto el sol y la luna.” 

 

Lo “animoso” es prenda de coraje, épica del puñal, que también encontró en Jacinto Chiclana. Así, “siempre el coraje es mejor/ la esperanza nunca es vana/vaya, pues, esta milonga, /para Jacinto Chiclana”. 

 

La ética del coraje que el escritor, con algún matiz forzado y de idealización desubicada, quiso encontrar en los compraditos, hombres solo violentos; convertidos en habitantes de una ciudad lejana, recóndita, arrabalera, a los que el autor de “El sur” les confirió la aureola de lo legendario. 

 

La biblioteca Miguel Cané 

 

El escritor procedía de una familia culta y de ilustre genealogía, pero todo esto no lo eximió de la carencia económica. Borges tenía que trabajar. Y su amigo el poeta Francisco Luis Bernárdez movió influencias para conseguirle un empleo como auxiliar en la Biblioteca municipal Miguel Cané, en Carlos Calvo 4319, Almagro, “un barrio gris y lóbrego, por el sudoeste de la ciudad”. Borges dirá que allí no trabajaban mucho más de cincuenta empleados para un trabajo de quince o veinte, a lo sumo. Sus recuerdos de aquellos días no eran muy gratos: “Resistí en la biblioteca alrededor de nuevo años. Fueron nuevo años de profunda infelicidad”, de pesar por la soledad respecto a sus compañeros de trabajo, a los que poco o nada les interesaba la literatura, a pesar de la cotidiana cercanía de los libros. 

 

Y es inevitable la mención de la anécdota de que ya en esos días Borges era reconocido por la elite literaria. Entonces uno de sus colegas, que hojeaba un tomo de la Enciclopedia Espasa Calpe, manifestó su sorpresa por un artículo sobre alguien que tenía el mismo nombre y apellido y fecha de nacimiento que Borges. Éste no trató de convencerlo de que no era una coincidencia, sino que se trataba de la misma persona. 

 

El largo viaje en tranvía para llegar a la biblioteca municipal era oportunidad para sus lecturas continuas, para su aprendizaje del italiano a través de un ejemplar bilingüe de la Divina comedia. Pero el empleado bibliotecario hará también de la biblioteca lugar de escritura de algunos de sus grandes cuentos, y metáfora del universo.  Se conservan un sillón y un pupitre en el que escritor trazó las letras de “Tlön…”, y otros cuentos de Ficciones. En el sótano hizo su conocida traducción de Orlando de Virginia Woolf. 

 

Y allí concibió también “La biblioteca de Babel” con sus galerías hexagonales, de veinte anaqueles, cada uno de ellos con treinta y dos libros de cuatrocientos diez páginas. Los hexágonos se propagan por todo el espacio, una “biblioteca infinita-dirá-que abarca el universo y se confunde con el universo, era mi pequeña y casi secreta biblioteca de Almagro”. 

 

La imaginación como forma de transfiguración de la realidad deslucida y pedestre. La biblioteca real de la estrechez y la rutina mediocre convertida en biblioteca universal; la escritura como esencia de una realidad total. Desde los anaqueles reales de Almagro hacia los hexágonos atestados de libros de la biblioteca simbólica, fantástica, infinita. 

 

Y la sensación de agobio en la pequeña biblioteca de barrio la intentó compensar también el escritor comprando todos los días en San Juan y Boedo “un mismo décimo de lotería”. Luego de abandonar la biblioteca barrial no tentó más la suerte. Pocos meses después salió premiado el número antes religiosamente comprado. “La lotería de Babilonia” es el relato borgiano que, entre suertes, loterías y colegios secretos ancla el azar en el fondo de la vida. Es posible que haya surgido de la costumbre del escritor de tentar la suerte a la salida de la biblioteca de Almagro. Otro acto de trasposición por el que un billete de lotería deviene un juego literario que intuye que lo azaroso, y no una necesidad divina, es lo que late en el centro del mundo.    

 

El Sur 

 

Juan Dahlmann, el secretario de la biblioteca Manuel Gálvez, sale de la clínica en la que estuvo internado. Quiere viajar a un terreno de su propiedad en la provincia de Buenos Aires. Debe entonces llegar a la estación de trenes de Constitución para empezar su viaje. Y, camino hacia allá, al atravesar una conocida avenida, sabe que “nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dalhmann solía repetir que ella no era una convención y que quien atraviesa esa misma calle entra en un mundo más antiguo y firme”, según se lee en el relato “El Sur”.

Lo “más antiguo y firme” es trasformación de un punto cardinal de la ciudad en lugar filosófico que entrega una mayor consistencia de vida.   

 

Y esto hace comprensible lo que Borges escribe en el prólogo de Buenos Aires en tinta china, libro de 1951, con la poesía de Rafael Alberti y los dibujos de Attilio Rossi, donde asegura que “…el Sur es la sustancia original de que está hecha Buenos Aires, la forma universal o idea platónica de Buenos Aires”. Y también luego agrega que cuando creía cantarle a Palermo, estaba evocando al Sur porque no hay palma de Buenos Aires que “no sea… el Sur”. 

 

El Sur es el de San Telmo, Montserrat, Barracas y Constitución; zona vasta de la ciudad que no despertó el interés inmobiliario, lo que contribuyó a que preservara su fisonomía con conventillos, hoteles pobres y pensiones. 

 

En el Sur, mucho quería el escritor el Parque Lezama, donde intimó con Estela Canto. Y muchas veces pasó por la esquina de Piedras y Chile, en Montserrat; y en “La noche que en el sur lo velaron”, de Cuaderno San Martín, ya su poesía se detenía en un velorio en casa de gente modesta en el sur mitificado. 

 

 Fuente: Perfil

https://www.perfil.com/noticias/cultura/borges-y-la-buenos-aires-secreta.phtml

 

domingo, 10 de noviembre de 2019

El puente de Barracas que apasionaba a Borges y ahora tendrá su nombre


El escritor solía utilizarlo para ver los trenes que salían desde Constitución. Y hasta le sirvió de inspiración de un poema.


El puente de Barracas que apasionaba a Jorge Luis Borges y ahora tendrá su nombre (Foto Lucía Merle)

“El primer puente de Constitución y a mis pies/ fragor de trenes que tejían laberintos de hierro/ Humo y silbidos escalaban la noche/ que de golpe fue el Juicio Universal”. Así comienza el poema “Mateo XXV, 30”, de Jorge Luis Borges. Está inspirado en un puente vial de hierro, que cruza las vías del tren Roca y ofrece una vista inusual de la estación Constitución. Ahora, llevará el nombre del escritor.

De estructura metálica, el puente es una prolongación de la calle Ituzaingó, entre Guanahaní y Paracas, en el límite de los barrios de Barracas y Constitución. El proyecto de ley para bautizarlo se votó esta semana en la Legislatura, por iniciativa de los diputados Carolina Estebarena, Héctor Jorge Apreda (Vamos Juntos) y María Patricia Vischi (Evolución).

Se lo conoció como “puente de los carros”. Se construyó para reemplazar a otro provisorio, cuya construcción había sido autorizada en 1927 a la empresa Ferrocarril del Sud, con el objetivo de permitir el cruce sobre la parrilla de vías en cercanías de la estación Constitución.

La idea de llamarlo Jorge Luis Borges surgió de un vecino de Barracas, que lo pensó en función de los 120 años del nacimiento de Borges.

Según los relatos, y el mismo poema del autor de "El Aleph", Borges era un admirador de este puente en particular. También se sabe que allí solía trasladarse a menudo sólo para observar el movimiento de los trenes que entraban y salían de Constitución.

La estructura de hierro fue fabricada en Liverpool, Inglaterra. Es un puente del tipo cerrado y está construido con perfiles metálicos, que se unen mediante platabandas y remaches para constituir una estructura tubular reticulada de dos tramos.

La calzada conserva aún en excelente estado los antiguos adoquines colocados en semicírculo. También permanece allí una vía de tranvía.

El cine lo utilizó para recrear antiguos espacios porteños. Fue el caso de la película “La señal”, protagonizada por Ricardo Darín, en 2007.

Según registros históricos de la Ciudad, el permiso que se otorgó en 1927 a la Empresa del Ferrocarril del Sud fue para construir un puente provisorio.

El puente definitivo es la prolongación de la calle Ituzaingó hacia el oeste. Guanahaní corre paralela a las vías hasta cortarse en Aristóbulo del Valle.

En otros tiempos, se lo conoció como puente como "de los carros". Su principal beneficio es que facilita el cruce de la parrilla de vías, ya que no existe otro lugar para atravesarlas entre la avenida Brasil y el puente de la calle Brandsen. Por eso, se convirtió en un paso vital. Y por muchos conductores conocedores de la zona es utilizado como vía de escape hacia el sur-oeste, cuando las salidas la avenida Garay se congestionan.

Fuente: Clarín

jueves, 9 de junio de 2016

Un insólito paseo por la Buenos Aires de Borges




El 14 de junio se cumplen 30 años de la muerte del genial escritor. Viva recorrió lugares que él menciona en su obra con una gigantografía de su imagen: ¿qué encontró?
  
Miguel Frías

La idea es sencilla y (esperemos que) más o menos original. El 14 de junio se cumplirán 30 años de la muerte de Borges y, antes del tsunami de notas evocativas, muchas de ellas imitando su estilo, estamos por salir con una gigantografía a hacer fotos en zonas de Buenos Aires centrales en su obra. Una elección arbitraria, como cualquier otra: más pintoresca que abarcadora, libre de rigor académico y catastral. Sitios a los que les dedicó poemas. Lugares transformados por el tiempo, como aquella cartelera de Constitución que, a partir de una nueva publicidad de cigarrillos, le hace sentir a Borges –en El Aleph– el alejamiento definitivo de Beatriz Viterbo, ya muerta. Pero basta de digresiones metafísicas: intentemos ubicar la maqueta del escritor (réplica de una foto de la colección Bioy Casares) en el taxi.

Plaza San Martín: viento y belleza. A Borges le fascinaba caminar por Buenos Aires. De joven “buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha”; en su madurez, “las mañanas, el centro y la serenidad”. Llegamos a Plaza San Martín, uno de sus sitios preferidos. Está casi desierta: la tarde es gris, ventosa, fría. Ventaja: no hay curiosos. Problema: la gigantografía, liviana, se vuela. Hasta que una tregua eólica permite hacer la foto que abre esta nota. Borges publicó La plaza San Martín en su primer libro, Fervor de Buenos Aires (1923). En el poema menciona “zaguanes entorpecidos de sombras” y el modo en que “todo sentir se aquieta/bajo la absolución de los árboles”: jacarandás y acacias. “Qué bien se ve la tarde/desde el fácil sosiego de los bancos./Abajo/ el puerto anhela latitudes lejanas/ y la honda plaza igualadora de almas/se abre como la muerte, como el sueño”. Aquel puerto que veía en los años 20 del siglo XX, desde la elevación de la Plaza San Martín, ahora es invisible.

 El asombro que causa la gigantografía de Borges en las Cinco Esquinas / Ariel Grinberg.

Barrio Norte, Cinco Esquinas: entre la multitud. Se atenuó el viento pero se acabó la tranquilidad. Estamos en Barrio Norte, parados en las Cinco Esquinas: confluencia de Libertad, Juncal y Av. Quintana. Gentío. Mientras intentamos tomar imágenes, unas chicas de 16 o 17 años, jumpers de colegio privado, se preguntan “quién será el tipo de la foto”. Candidatas al aplazo recién reflotado. En Cuaderno San Martín, título que alude a una marca de cuadernos, Borges publicó Barrio Norte (1929): “Alguna vez era una amistad este barrio,/un argumento de aversiones y afectos, como las otras cosas del amor;/ apenas si persiste esa fe/en unos hechos distanciados que morirán:/en la milonga que de las Cinco Esquinas se acuerda,/en el patio como una firme rosa bajo las paredes crecientes,/en el despintado letrero que dice todavía La Flor del Norte,/en los muchachos de guitarra y baraja del almacén,/en la memoria detenida del ciego./Ese disperso amor es nuestro desanimado secreto”.

Recordamos que su magnífica erudición prescindía de la solemnidad. Los que duden pueden buscar en internet, ese Aleph moderno, la grabación en la queBorges cita cuartetas de milongas que le gustaban: “Parado en las Cinco Esquinas/ con toda mi contingencia/ por ver si te rompo el culo/ ando haciendo diligencias”. Epa.


Borges está enterrado en Ginebra, Suiza, pero en el cementerio de la Recoleta está el panteón familiar / Ariel Grinberg.

Cementerio de la Recoleta: furor turístico. Intentamos entrar en el Cementerio de Recoleta, silbando bajito y con la gigantografía bajo el brazo, como una tabla de surf. Un guardia insobornable nos chista y detiene. Pero, tras remontar barreras burocráticas, logramos el objetivo. Adentro, la imagen de Borges hace furor entre los turistas, que piden sacarse fotos junto a ella: con el sueldo en baja, pensamos, no sería mal rebusque. Ahí está el panteón familiar de los Borges. Leemos en el frente: “Sepulcro del coronel Dr. Isidoro Suárez”, bisabuelo materno de Jorge Luis y vencedor en Junín. También están los restos de Francisco Borges (abuelo del escritor, otro militar), Jorge Guillermo Borges (el padre), Leonor Acevedo (la madre) y Norah (la hermana). En Fervor de Buenos Aires, Borges publicó su primer poema a la Recoleta. El final era: “Estas cosas pensé en la Recoleta/ en el lugar de mi ceniza”. En la anterior versión, en cambio de “el lugar de mi ceniza” decía “el lugar donde han de enterrarme”. Lo sabemos: terminó enterrado en Plainpalais, Ginebra, un cementerio –que parece un bosque– con reyes y genios, como él. Antes de irnos de Recoleta, notamos que en el panteón de la familia de Diego de Alvear brilla en bronce el poema de Borges a Elvira de Alvear, según muchos, la inspiradora de Beatriz Viterbo. “Todas las cosas la dejaron, menos / Una. La generosa cortesía/ La acompañó hasta el fin de su jornada,/Más allá del delirio y del eclipse, /De un modo casi angélico. De Elvira/Lo primero que vi, hace tantos años,/Fue la sonrisa y es también lo último”.


Este puente aparece en "Mateo XXV, 30". Fue construido en Liverpool, Inglaterra / Ariel Grinberg.

Puente de Constitución: el sur. A Borges le encantaba recorrer San Telmo (dirigió la Biblioteca Nacional cuando funcionaba en México 564), Barracas, Constitución y La Boca. Ubicó a El Aleph en una casa ficcional de la calle Garay. Estela Canto, a la que le dedicó el cuento y le regaló el manuscrito, narró la pasión de él por el Parque Lezama, donde se quedaban hasta la madrugada. Susana Ganora, profesora de literatura que estudió con Borges, lo recuerda aun más al sur: “Le gustaba recorrer la calle Suárez; me decía que le hacía evocar a su bisabuelo materno”. Estamos muy cerca de ahí, luchando otra vez contra el viento: en la calle Ituzaingó, detrás de la estación Constitución, sobre un puente que cruza, a gran altura, las vías del Roca. Fue construido en Liverpool, está venido a menos, conserva los rieles del tranvía que empezó a recorrerlo en 1925. Sí, borgeanos, acertaron: es el de Mateo XXV, 30 (1953). “El primer puente de Constitución y a mis pies/ Fragor de trenes que tejían laberintos de hierro/ Humos y silbatos escalaban la noche”. Paul Auster, en un viaje a Buenos Aires, pidió conocer algún lugar que le gustara a Borges. Terminó en este puente –por el que ahora se nos acerca un fantasma en harapos– con un ejemplar de Ficciones en inglés en sus manos. Volvemos al taxi.


En el Zoo: ya no hay tigres sino yaguaretes de plástico / Ariel Grinberg.

El jardín zoológico: tigres y yaguaretés. Garúa y nos quedamos, como en la Recoleta, con el muñeco de Borges en las gateras. Hasta que Ana María Pirra, directora de comunicación del Zoológico, nos hace entrar y, cortés y didáctica, nos acompaña. Los tigres hipnotizaban a Borges; de chico, los buscaba en las enciclopedias paternas y los dibujaba. Después, se detenía a mirarlos en el zoológico. Hoy, en esa jaula ya no están esos animales que Chesterton definía como “símbolos de terrible elegancia” sino yaguaretés... de plástico. “Son para concientizar. Quedan apenas 200 en el país –explica Pirra–. En el Zoológico sólo tenemos tigres blancos, en un ambiente más moderno y grande”.

Sobre la jaula, un cartel anuncia: “Unos pocos metros detrás de donde usted está, se sentaba J.L.Borges, ya avanzada la pérdida de su visión, para deleitarse con los colores de los tigres, que agitaron su imaginación y habitaron su obra”. Y el comienzo de El oro de los tigres( 1972): “Hasta la hora del ocaso amarillo/ cuántas veces habré mirado/ al poderoso tigre de Bengala/ detrás de los barrotes de hierro” (N del R: el verso se completa con “sin saber que eran su cárcel”).


Un atardecer en Villa Ortúzar / Ariel Grinberg.

Villa Ortúzar: crepúsculo. Había que llegar acá en pleno atardecer. Borges publicó Ultimo sol en Villa Ortúzar en Luna de enfrente, 1929. A contraluz, con las últimas horas del día, la gigantografía cobra una belleza melancólica. Imaginamos cómo sería este lugar a comienzos del siglo XX. Al parecer, más que suburbano, campestre. “Tarde como de Juicio Final./La calle es como una herida abierta en el cielo./ Yo no sé si fue un Angel o un ocaso la claridad que ardió en la hondura. /Insistente, como una pesadilla, carga sobre mí la distancia./ Al horizonte un alambrado le duele. /El mundo está como inservible y tirado./ En el cielo es de día, pero la noche es traicionera en las zanjas./Toda la luz está en las tapias azules y en ese alboroto de chicas”.


Aquí vivió Borges entre 1901 y 1914. Hoy hay una peluquería / Ariel Grinberg.

Palermo: refundación. Imposible abarcar el vasto vínculo de Borges con Palermo. Hablemos de Fundación mítica de Buenos Aires, que fue Fundación mitológica, hasta que el autor cambió esta palabra porque “sugería macizas divinidades de mármol”. Ahí menciona: “Una manzana entera pero en mitá del campo /expuesta a las auroras y lluvias y suestadas./ La manzana pareja que persiste en mi barrio:/ Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga”. Hoy Serrano se llama Jorge Luis Borges y en la zona no hay cuchilleros sino bares cool y tiendas de diseño. En Borges 2135, una placa anuncia que en ese lugar vivió el escritor entre 1901 y 1914. ¿Qué hay? Una peluquería, Maldito Frizz, con señoras que buscan un shock de keratina y turistas que preguntan por Borges. Nada es igual. Entonces, pensamos en el final del poema Buenos Aires, de El otro, el mismo (1964): “Ahora estás en mí. Eres mi vaga/ Suerte, esas cosas que la muerte apaga”.

Fuente : Revista Viva – Clarín


jueves, 19 de junio de 2014

La Ciudad que Borges fundó en Palermo



Por Julieta Roffo.

La primera vez que alguien fundó Buenos Aires fue en 1536: el adelantado fue Pedro de Mendoza y, como en épocas virreinales no existía la ley del off-side, lo de “adelantado” era más bien un salvoconducto para apropiarse tierras. No se sabe bien dónde se emplazó el fuerte porteño por aquellos tiempos: si en el Parque Lezama, la Vuelta de Rocha, la Plaza San Martín o el Parque Patricios. Pero para 1541 los querandíes habían desarmado la incursión española. En 1580, se adelantó Juan de Garay e insistió con lo de la fundación: esta vez el fuerte estaría en Plaza de Mayo, hoy corazón político de la Ciudad y del país. Nada que no le hayan enseñado a uno en la escuela primaria.

Con el tiempo, uno puede llegar a enterarse de la tercera fundación de Buenos Aires: en su poemario Cuaderno de San Martín, de 1929, Jorge Luis Borges refunda la Ciudad que, por un par de estrofas, nació en Palermo: “Una manzana entera pero en mitá del campo / expuesta a las auroras y lluvias y suestadas. / La manzana pareja que persiste en mi barrio: / Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga” , escribió. En la génesis que el escritor inventó, la Ciudad había nacido nada menos que donde él creció: a principios del siglo XX, su familia era dueña de tres lotes contiguos que formaban una sola vivienda sobre la calle Serrano. Allí Borges pasó su infancia y parte de su adolescencia, entre 1901 y 1914, cuando en Palermo había más cuchilleros que tiendas de diseño.

Y aunque al final de su poema “Fundación mítica de Buenos Aires” Borges prefiere que la Ciudad sea eterna, sin principio ni final, narra, narra, que algo quedará: hay señales de que en esa manzana estuvo su vida y también su obra. La más visible: desde la Plaza Cortázar –esa que todos llamamos “Plaza Serrano” cuando nos citamos en alguno de sus bares– hasta Plaza Italia, la calle Serrano pasó a llamarse hace años Jorge Luis Borges. Justamente en la esquina de Borges y Guatemala, una placa municipal interrumpe la decoración de un restorán (de diseño, obvio) y reproduce versos de su poema. En Borges 2135, donde hoy hay una peluquería, hay también un cartel que dice que allí vivió el escritor.

Un poco más cerca de Paraguay, al 2145 de Borges, está el café El Aleph del Soho. Además de una antigua edición de Ficciones, una de 1946 de El gran Gatsby, un primer tomo de La Divina comedia y una foto del escritor muy sonriente y muy ciego, en el café hay un cuadro que reproduce la escritura de 1938 a través de la cual la familia De Luca compró uno de los tres lotes a Borges, su madre y su hermana: Juan José De Luca, dueño del bar e hijo del arquitecto que en 1942 inauguró un edificio de cinco pisos en ese terreno, muestra los papeles amarillentos. Ahí están doña Leonor Acevedo de Borges, doña Leonor Fanny Borges y don Jorge Francisco Isidoro Luis Borges vendiendo una de sus propiedades.

“Se acercan muchos extranjeros, especialmente brasileños pero sobre todo europeos, preguntando si no hay un museo que rinda homenaje a Borges”, cuenta De Luca. Menos visitar ese museo que no existe, se puede hacer de todo en la manzana del mito: alquilar un local cuesta entre 4.000 y 11.500 pesos al mes, una cerveza de litro cuesta 28, un pastel de papa con postre cuesta 60, un café, 18, y un kilo de queso de oveja, 259. Se puede comer en un restorán italiano o visitar la galería de arte Espacio 10, que también reproduce la estrofa borgeana en su frente, sobre Guatemala, y que conserva en su interior vitraux de Bélgica y mármol de las canteras de Carrara. Se puede vivir en algún piso alto de las Twin Towers (algún osado bautizó “Torres Gemelas” al proyecto inmobiliario) que miran una a Paraguay y la otra a Guatemala, y que derribaron la vieja palmera por la que respiraba el pulmón de esa manzana.

Se puede vivir en esas cuatro calles sin tener noticias de esa fundación inventada, como les pasa a Beatriz, Mario o Gustavo. Para Alberto, que hace quince años habita la manzana y hace unos cuarenta lee a Borges, es distinto: “Es como vivir en un lugar virtual que nunca existió, pero que existe en la memoria”.

En esa Ciudad virtual donde Palermo es casco histórico, las grandes manifestaciones políticas llegarían por Sarmiento, Las Heras y Santa Fe hasta Plaza Italia, y el invernadero de hierro y cristal del Jardín Botánico podría ser la Casa de Gobierno más transparente del mundo. Pero se me hace cuento todo esto.

Fuente : Clarín
8 de junio de 2014-06-19

domingo, 21 de agosto de 2011

Buenos Aires en la obra de Borges y Arlt (1920)



Modernidad, Literatura y Ciudad
La construcción de dos ciudades

Cuando Buenos Aires crecía a ritmo vertiginoso y sin grandes planificaciones allá por los años veinte, cada elemento que componía esta compleja trama urbana buscaba su propia reafirmación a fuerza de distinguirse de los otros, y por lo general a costa de los otros. Centro y barrio, elite y nueva burguesía, clase media y sectores populares, norte y sur, van delineando en esta época sus símbolos, sus códigos y sus espacios. Al peligroso cosmopolitismo de Av. de Mayo se le opone la alternativa homogénea y tranquilizadora de Diagonal Norte, el nuevo bastión económico de la metrópolis. La casa patriarcal, la de los tres patios y el aljibe ya había quedado en el pasado frente a los fastuosos palacios franceses primero y a las modernas casas de renta después. Mientras la clase obrera sobrevive como puede en conventillos hacinados del centro o en pequeñas viviendas en los suburbios, un edificio como el Barolo se levanta ratificando el poderío de la técnica, augurando ostentosamente la nueva época y dejando boquiabierta a una población que todavía guarda recuerdos de otros perfiles y otras atmósferas. Construcciones que aspiran al cielo, movimientos cada vez más acelerados y luces que así como encandilan también arrojan pesadas sombras, construyen el deseado espacio metropolitano que va bajando pretensiones, alturas y luminosidades a medida que se aleja del centro y se dirige a los suburbios. Sobrevuelan la fascinación y el espanto. Atracción y repulsión por un entretejido que mezcla sin pudor, y de manera violenta, elementos altamente inflamables y muchas veces enfrentados.

El proceso de transformación urbana de Buenos Aires de la década del 20 constituyó un espacio productor de poéticas que tuvo a la ciudad moderna en el centro de su formación. Las Buenos Aires fundadas en este periodo por Borges y Arlt se emancipan de su modelo real y crean, a través de desvíos, inversiones y fugas nuevas zonas de resistencia al mundo constituido. La detención en cierta premodernidad, la relectura de la tradición y las recurrentes orillas en Borges; la permanencia en la ficción, los diferentes desplazamientos y la estetización del mal en Arlt así como la inversión de los conceptos centro y margen en ambos, replantean las coordenadas espaciales y temporales no sólo de la metrópolis sino de la misma modernidad como proceso transformador del hombre. Inventan, a la manera de Deleuze, un pueblo que falta.

BORGES



Yo presentí la entraña de la voz las orillas,
palabra que en la tierra pone el azar del agua
y que da a las afueras su aventura infinita
y a los vagos campitos un sentido de playa.
Así voy devolviéndole a Dios unos centavos
del caudal infinito que me pone en las manos.
Versos de catorce, J.L. BORGES

Como las antiguas comunidades que se instalaban alrededor de un río para explotar las tierras fértiles, Buenos Aires de Borges se funda sobre ciertos elementos vitales que nutren sus primeras obras. La memoria, el coraje y, porqué no, la eternidad son los materiales que darán forma a esta ciudad que rechazará tanto los edificios art nouveau de los barrios en ascenso como las calles del centro. La ciudad que construye Borges se extiende en la ambigüedad que genera todo límite y allí articula los confines de una metrópolis poblada por modernos bárbaros y de un campo habitado por antiguos héroes. El punto exacto de este cruce siempre es incierto. En última instancia, su arquitectura tendrá que contemplar la vecindad de una zona que ejerce la seducción del mito. Porque así como los barrios del centro están contaminados de progreso y cosmopolitismo, al suburbio de Borges lo atestigua la pampa. Los patios donde se desparrama el cielo, ese cielo estrellado, el horizonte que sale al cruce al deambular por las calles y las visiones del ocaso son posibilidades restringidas a este sector fronterizo, imposibles en la otra ciudad, la real, que se construye sobre la especulación inmobiliaria, los avances de la técnica y los intereses de las empresas de transporte y que elimina paulatinamente cualquier espacio o elemento no lucrativo.

La situación de frontera, por sus particulares características, genera, a la vez, cierto malestar y extrañamiento. Con este malestar de cosa perdida y este extrañamiento de cuestiones triviales, Borges irá recuperando, releyendo, transformando y alejando tanto el presente como el pasado, la realidad y la nostalgia, la modernidad y el pintoresquismo estéril. Porque ni los patios ni las calles ni las veredas ni las tardes, tan presentes en sus poemas, mantendrán la naturaleza con la que son pensados habitualmente. Los elementos cotidianos se irán encadenando en imágenes emancipadas de sí mismas para construir un espacio donde podrán convivir las divinidades, el infinito y el almacén de barrio. La idea de pertenencia al sitio familiar, que se recorre sin apuro y a paso de hombre, se verá alterada por presencias que en la metrópolis ya han quedado desterradas y que, a la vez, re actualizarán las cuestiones vitales del ser humano: "Yo me los imagino siempre al anochecer, en la tardecita de los arrabales o de los descampados, en ese largo y quieto instante en que se van quedando solas las cosas a espaldas del ocaso y en que los colores distintos parecen recuerdos o presentimientos de otros colores. No hay que gastarlos mucho a los ángeles; son las divinidades últimas que hospedamos y a lo mejor se vuelan."

El Tamaño de mi esperanza (Historia de los ángeles)

Por otro lado, esa precariedad espacial, esa orilla que no se atreve a la pampa o esa misma pampa que se ramifica en surcos y callejones de las últimas casas de la ciudad, será el artífice de la intriga y el principal personaje del cuento Hombre de la esquina rosada: el galpón de chapas, los callejones de barro y el arroyo Maldonado se dimensionarán enrareciendo la atmósfera hasta desencadenar el drama. Pero si ni la llanura y el barrio salen indemnes al atravesar el espacio fronterizo la figura de Rosendo Juárez, oscilante entre la cobardía y el coraje, echa también por tierra cualquier rescate idílico del tiempo pasado.

La ciudad construida por Borges se proyecta también hacia un tiempo fuera del tiempo. La mirada no está lanzada tanto hacia el pasado ideal y mítico sino hacia cierta eternidad garantizada por la demora y la postergación, posesiones, según sus palabras, del orden de lo temporal que constituyen, el infinito capital criollo -y aclara que la pampa y el suburbio no son cosas sujetas a las contingencias del tiempo-. Demora y distancia reflejadas también en la lentitud del carro que transita por Av. Las Heras y que organiza el espacio urbano, devolviéndolo a un tiempo ajeno al negocio y a la especulación metropolitana. O en esa "jactancia de quietud" que opone a la alta ciudad, la de hierro y rascacielos, una guitarra, algunos retratos y por supuesto, una vieja espada.

Contra ese distanciarse de las cosas tan propio de la modernidad, contra ese mecanismo que funciona a base de novedad seguida de olvido, de impacto y desmemoria, contra el pensamiento uniformado por una cultura masificada, Borges opone la experiencia vivida y las sensaciones del cuerpo. Esa ciudad familiar y a la vez extraña, como es su Buenos Aires fundada a partir de un barrio detenido en un tiempo anterior a cualquier modernización y la permanencia en una zona ambigua por excelencia como es la orilla o el suburbio, sea del día, de la lengua o de una idea, estarían abriendo un espacio tanto para el recuerdo y la memoria como para la construcción de la propia identidad, una identidad inacabada, en eterno devenir y en constante peligro de ser arrasada por las voces dominantes. Estaría abriendo un camino para pensarnos como sujetos modernos y latinoamericanos, siempre fuera del centro, siempre extrañados de nosotros mismos y siempre en el medio, entre la civilización y la barbarie.

ARLT



La Tierra está llena de hombres. De ciudades de hombres. De casas para hombres. De cosas para hombres. Donde se vaya se encontrarán hombres y mujeres. Hombres que caminan seguidos por mujeres que también caminan. Es indiferente que el paisaje sea de piedra roja y bananeros verdes, o de hielo azul y confines blancos. O que el agua corra haciendo glu-glu por entre cantos de platas y guijas de mica. En todas partes se ha infiltrado el hombre y su ciudad. Piensa que hay murallas infinitas. Edificios que tienen ascensores rápidos y ascensores mixtos: tanta es la altura a recorrer. Piensa que hay trenes triplemente subterráneos, un subte, otro, otro y turbinas que aspiran vertiginosamente el aire cargado de ozono y polvo electrolítico. El hombre... ¡Oh! ... ¡oh!

Los lanzallamas, R. ARLT

La ciudad de Roberto Arlt, por el contrario, está construida de fragmentos residuales, de deshechos que se reúnen para conformar, sin embargo, un espacio de gran cohesión. Voces carcelarias, léxicos foráneos, rufianes, prostitutas, criminales y gente hastiada hasta la muerte y soñando hechos extraordinarios, se suceden en su obra y provocan un doble movimiento: tan pronto como reconocemos la ciudad en los datos de la realidad (barrios, costumbres, arquetipos), ella se nos vuelve ajena bajo la mirada ejercida a través de la maldad. Cada uno de los fragmentos, a la vez, traza sus propios recorridos que, tarde o temprano, tendrán siempre el destino común del fracaso o de la imposibilidad.

El espacio que Arlt construye es el entre tanto, la distancia entre el tiempo real y la posibilidad de la diferencia; entre el sexo prostituido y la espera del amor puro; entre la nada existencial y el deseo de ser a través de un crimen; entre la miseria del hombre masificado, que pasea su frustración por los bajos fondos, y la imagen de las opulentas fachadas, siempre infranqueables, de los poderosos. Esta potencialidad es la constructora de las múltiples ficciones que motorizan el relato; a la vez, la puesta en escena del mecanismo ficcional constituye el relato mismo. Aunque los personajes de Los siete locos se moverán en torno a los diferentes modos delictivos de obtener dinero, a las satisfacciones que éste les deparará o a las expectativas que provoca el crimen, son conscientes de la gigantesca farsa en la que están sumergidos: "los hombres se sacuden sólo con mentiras. Sí, todas las cosas son apariencias… dése cuenta… no hay hombre que no admita las pequeñas y estúpidas mentiras que rigen el funcionamiento de nuestra sociedad", le dirá el Buscador de Oro a Erdosain, en la mencionada obra. Con el beneficio efectivo, no hay mucho que hacer: en el momento en que lo imaginado se encuentra con los bordes de la realidad, queda atrapado en un mecanismo que, como una fuerza centrípeta, siempre termina lanzándolo al punto de partida. Lo imposible en Arlt no es la concreción misma de lo soñado sino la incapacidad de éste de sobrevivir bajo las normas de lo real.

Del mismo modo, las posibilidades de que una doncella adinerada pose su mirada salvadora sobre alguno de estos humillados son prácticamente las mismas que tiene el Astrólogo de fundar su sociedad prostibularia. En todo caso, cuando existen indicios de concreción, o es extremadamente inútil, como la rosa de cobre, o es desechado por el mismo personaje que construyó la historia. En El Amor Brujo, la sospecha de que el suceso extraordinario que representa la colegiala no es más que una trampa elaborada por la familia de la joven para devolverlo al mundo, al hastío de la vida matrimonial, a la rutina sin sobresaltos del empleado de clase media, neutraliza para Balder cualquier posibilidad de redención.

Pero es en la idea del crimen como medio de trascendencia donde se realiza un recorrido casi circular para permanecer en el terreno de la ficción. Silvio Astier remata su carrera delictiva con la traición al Rengo, encontrando de esta forma un "final" adecuado para sus memorias. Por lo demás, la suerte es la misma que en los otros casos. "Aún me parece un sueño haberle delatado al Rengo" dirá al darse cuenta que, al fin y al cabo, la distancia entre los ricos y los humillados no es tanta como pensaba. Erdosain opta, en cambio, por el suicidio; previamente, le narrará durante tres días a un cronista la historia de su vida y, principalmente, de sus elucubraciones. La persistencia en la ficción es posible porque cada uno de los elementos entabla con el otro una relación de identidad y semejanza. Astier se emplea en la librería, intenta quemarla, roba la escuela y delata al Rengo porque los libros y la traición, la literatura y el crimen tienen su punto de intersección en él mismo. Así también, los locos forman parte de un todo que se proyecta sobre la ciudad en su conjunto y reciben de ésta el reflejo de su propia maldad. Esta relación por identidad provoca el desplazamiento de la ficción de un espacio a otro en un intento por retardar la inevitable demolición. Sobre el final de Los lanzallamas, la catástrofe esparce sus pedazos por Buenos Aires y, nuevamente, se vuelve ficción: mientras la quinta de Temperley arde en un infierno de llamas, el barrio de Moreno se convulsiona por el suicidio de un asesino y el centro se horroriza por el crimen de una niña, la apetencia periodística junta estos fragmentos y entrega un vibrante folletín de sangre, sexo y dinero. Los siete locos conforman ahora una temible banda delictiva donde hasta el azar queda capturado en una suerte de best seller que, como en el siglo pasado, llega al público en entregas diarias.


La ciudad que construye Arlt está regida por los mecanismos y procedimientos con los que la técnica se manifiesta en la metrópolis: aceleración, movimiento y cambio. Las recurrentes metáforas tecnológicas presentes en su narrativa, no sólo para describir una atmósfera o un sitio sino una sensación, un sueño, una idea, estarían dando cuenta de que la técnica ya está inmersa en los más recónditos espacios no solamente de la ciudad sino también del hombre. Pero es esta ciudad máquina la que presiona a sus habitantes hacia sus destinos, es la ciudad la que se pone en funcionamiento para elaborar sus productos y sus deshechos. Y es con sus propias reglas que los personajes intentarán resistir al engranaje, es decir, con invención y desplazamientos. Será ese acto de inventar, de fabular un mundo que falta y que se opondrá al instituido y normalizado, lo que los rescatará de la disolución en manos de la gigantesca maquinaria de la vida cotidiana. Pero será sólo una postergación: en Arlt está muy claro que la salvación real es imposible.
Al ubicar en el centro las cuestiones marginales la narrativa de Arlt no solamente realiza un proceso de destrucción de aquellos temas centrales (la alta cultura, la lengua oficial, las instituciones burguesas como el matrimonio, la escuela) sino que pone en escena que esa ciudad moderna podrá avanzar sólo a costa de sus deshechos. De alguna forma, la esencia y el combustible indispensable de esa maquinaria serán esos seres, esas situaciones, esos espacios transmitidos en una lengua acorde con la naturaleza de los mismos.

La expectativa cifrada en lo que no es pero que, para una imaginación febril, podría ser y la imperiosa necesidad de vivir en función a lo imaginado -a sabiendas de la imposiblidad de cualquier redención- remiten a la idea de un juego de máscaras que se relaciona con el contexto en el que aparecen las novelas de Arlt. Desde el nacimiento de la moderna nación argentina, allá por 1880, hasta la segunda década del siglo XX, varios discursos habían circulado desde las esferas del poder. En ese contexto de virajes continuos y cambios de rumbo sobre la marcha, y a las puertas de una década tan infame como tantas otras que aún vendrían, Arlt deja bien en claro que, por lo menos, la lengua no puede sumirse en la pasividad de los cementerios. En la mixtura del lunfardo con las voces populares inmigrantes y el español antiguo, en el recorte de la ciudad en sus márgenes deleznables y en la certeza de la ficción eterna, Arlt instaura un nuevo centro a partir del cual deberá surgir más que una literatura nacional, una nueva forma de leer la realidad nacional. El desplazamiento de la lengua oficial hacia sus "zonas negadas" obliga a abandonar los caminos del poder que ella traza y muestra el movedizo terreno en el que se asienta el concepto de nación. Mientras la lengua del poder habla de la máscara de turno, la lengua condenada, constituida por esa conjunción de afueras (fuera de la sociedad, fuera de los valores morales, fuera de la realidad), da cuenta del juego mismo. Una práctica repetitiva que tiene que ver con la elaboración de relatos y la creencia en ideas que al final terminan en catástrofe recorre buena parte de la historia argentina. Políticas relacionadas, desde el mismo origen, con el concepto de puesta en escena, de máscara que siempre estará escondiendo algo y que eso que esconde, como el famoso pecado que no se puede nombrar, será el sitio de la responsabilidad de todos los actos, pasados, presentes y futuros. Un sitio de responsabilidad sin responsables, siempre vacante. Así como en los conventillos de Buenos Aires de la década del veinte, donde se hacinaba gente supuestamente peligrosa, o en la Argentina del siglo XXI, la ciudad de Arlt es el sitio descarnado donde se acumulan los restos de tantas ficciones truncas y descabelladas que movieron al país desde su nacimiento. Truncas, descabelladas y tan diabólicas como la fábrica de fosgeno ideada por el personaje de Los 7 locos.

El presente texto forma parte de la ponencia presentada en las I Jornadas de Filosofía del Arte (Santa Fe, Mayo de 2004).

Fuente : Revista Contratiempo
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http://www.revistacontratiempo.com.ar/construccion.htm