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miércoles, 12 de junio de 2024

El jurista que bucea en la obra de Borges para entender las tensiones del derecho

 

    El magistrado y docente Leonardo Pitlevnik posa sobre la obra del autor de El Aleph una mirada legal.

    En su libro analiza los conceptos de culpa y castigo, lecturas sobre la ley y por qué se condena un crimen.

 

15/05/2024

 

Mucho tiempo antes de convertirse en un reconocido juez y profesor de Derecho Penal, Leonardo Pitlevnik fue lector de Jorge Luis Borges. Cuando tenía 20 años, haciendo camping en las ventosas playas de Puerto Pirámides, una chica de una carpa vecina le pregunto si “realmente” estaba entendiendo un libro de Borges que llevaba de acá para allá, que no era otro que “El Aleph”.

 

A partir de aquella experiencia mochilera y juvenil, Pitlevnik intuyó que Borges –quizás más que ningún otro escritor– demanda ser interpretado, descifrado, a la vez que leído. Cuarenta años más tarde, desde su condición de jurista, desarrolló una lectura fascinante y novedosa de uno los grandes de la letras argentinas y universales, que la editorial Siglo XXI acaba de publicar bajo el título Borges y el Derecho.

 

Este libro erudito y amigable propone un viaje por textos de Borges que iluminan qué entendemos por culpa y por castigo, cómo leemos la ley o por qué condenamos un crimen. Y se plantea preguntas como: ¿Cuántas versiones de la verdad se pueden dar en un proceso judicial? ¿Qué límites tiene la interpretación de las leyes? ¿Cuánto merecemos un premio o un castigo y en qué medida lo que nos toca en la vida es fruto del azar? ¿Puede el derecho (o incluso el lenguaje) dar cuenta de los crímenes más atroces que la humanidad llegó a cometer?

 

–En el comienzo del libro sostenés que, por sus propias características como autor, Borges se puede abordar desde un sinfín de perspectivas y mencionás obras que lo han analizado desde disciplinas como la física, las matemáticas y la música, entre otras. ¿Cómo y por qué pensaste que era posible abordarlo desde el derecho?

 

–Como especialista en Derecho Penal y lector de Borges, esta era una idea que me gustaba y me rondaba desde hace tiempo. Hay una disciplina llamada Derecho y Literatura que tiene una mirada sobre las relaciones entre estos dos ámbitos y sobre cómo las ficciones van conformando determinadas realidades. A lo largo de la historia, obras como la Biblia o los textos que validaron el nacimiento del Estado-Nación fueron generando determinadas reglas e ideas articuladoras. Si bien Borges es posterior a estos relatos, ha sido un prisma en el que se reflejaron muchas ideas y conceptos propios del siglo XX y de determinados momentos de la conformación de la Argentina. Yo desde hace muchos años que soy juez y profesor en la UBA y comencé a preguntarme cuánto de todo esto lo puedo pensar desde una narrativa –la de Borges– que para los argentinos es tan central, así como su figura y sus posicionamientos políticos. Particularmente desde el Derecho, Borges es un gran prisma para analizar la manera en que pensamos la culpabilidad, las normas y los castigos, entre muchas otras cosas.

 

–Italo Calvino decía la escritura de Borges era “un desquite del orden mental sobre el caos del mundo”. ¿Esa pulsión por producir o reestablecer un orden es dónde encontraste denominadores comunes entre Borges y el Derecho?

 

–La idea de caos y orden es permanente en Borges. En cuentos como “Deutsches Requiem” y “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” hay una especie de orden de ficción impuesto a la realidad y, en otros como “La biblioteca de Babel” o “La lotería de Babilonia” –donde describe el caos de manera general–, siempre termina con una conclusión que permite explicar aquello que acaba de escribir. Su propia escritura es un orden muy cerrado, casi perfecto, en el que hay una tensión permanente entre el caos y la necesidad entenderlo, utilizando al lenguaje como instrumento para sumergirse en toda esta cuestión. Para Borges, el lenguaje es un orden. En El Aleph, están todos los universos juntos en un mismo momento y en un mismo lugar, y él dice “sólo narrándolo lo puedo explicar, pero al narrarlo lo vuelvo sucesivo y, por lo tanto, lo ordeno”. Esta idea del “desquite del orden” de la que habla Calvino tiene que ver con lo que el Derecho y el Estado tratan –o deberían tratar– de hacer: nivelar los desequilibrios y las desigualdades para que los individuos de una sociedad partan de un mismo piso. Los relatos de Borges juegan permanentemente con estos conceptos, como cuando en “La lotería de Babilonia” aparece la pregunta de por qué me toca ser Procónsul o esclavo, por qué me toca ser lo que soy. Esa idea de la suerte constitutiva por la cual nos toca nacer donde nacemos o ser como somos, en la que no intervenimos. La primogenitura, por ejemplo: un tipo es el primero de tres hermanos y entonces será el rey o el principal heredero. No hay merecimientos, sino azar.

 

–La presencia que tiene el azar y lo aleatorio en Borges es central y vos lo relacionás en tu libro con muchos componentes azarosos del Derecho.

 

–Más allá de nadie querría que su destino estuviera decidido por la suerte, el azar tiene un sentido muy positivo cuando significa transparencia. Un ejemplo que doy en el libro es que en la Provincia de Buenos Aires los miembros de un jurado en un juicio oral se deciden por sorteo de número de documento, a partir de la lotería de ese día. Eso implica transparencia en la elección sobre quienes te va a juzgar, y algo parecido pasa con el sorteo de los tribunales a los que van parar las diferentes causas.

 

–¿Hay una moralidad también en esta búsqueda del orden? ¿Borges intenta determinar lo que está bien y lo que está mal en sus relatos?

 

–Edna Aizember, en su libro sobre Borges y el Holocausto, analiza el cuento “Deutsches Requiem”, que fue escrito mientras ocurrían los juicios de Nüremberg y que tiene como protagonista central a un nazi que cuenta lo que hizo en un campo de concentración. Y allí Borges lo que dice es que lo que intenta es entender a ese personaje, algo que dispara una discusión muy interesante desde el punto de vista del Derecho y de la que no estoy seguro cuál es la conclusión. Yo estoy más cercano a la idea de que, cuando uno comprende mucho, se desvanece un poco el límite entre la justificación y la explicación. Uno lee “Deutsches Requiem” y se pregunta: ¿Hay una moral en esto? Puede que sí, pero hay que pensar entonces en qué tipo de moral sería. Lo mismo pasa con “La fiesta del monstruo”, un relato furiosamente antiperonista que, afortunadamente, gracias a la calidad literaria de Borges, escapa a lo que podría ser entendido como literatura militante. En el libro yo elaboro más reflexiones que conclusiones sobre este tipo de cosas que tienen que ver con la culpabilidad, el castigo o la moral. Como, por ejemplo, en la cuestión del castigo al respecto de aquel que fue excluido, donde juristas como Roberto Gargarella o Eugenio Zaffaroni reflexionan sobre la legitimidad del castigo a quien fue excluido y es juzgado en las mismas condiciones de quienes no lo fueron. No hay un conclusión simple y directa a este debate, porque no puedo negar la agencia individual de un tipo que mata para robar un celular, porque si no estoy denigrando al de al lado, que en su misma situación no mató ni robó a nadie. Y, al mismo tiempo, puedo ver que se trata de personas que crecieron y viven probablemente en contextos de extrema escasez y violencia, que quienes impartimos justicia ni siquiera somos capaces de imaginar. En definitiva, es el problema del desorden y el orden que atraviesa a Borges… De qué manera fijo una regla para que sea aplicable, que sea concordante, que todos podemos compartir y que, al mismo tiempo, pueda sostener la diferencia. Creo que esta es sin dudas una lucha constante del Derecho, un problema fascinante.

 

Leonardo Pitlevnik básico

Es procurador y abogado con especialización en Derecho Penal por la Universidad de Salamanca.

 

    Es profesor de la materia Elementos de Derecho Penal y Procesal Penal en la Facultad de Derecho de la UBA. También, dicta el curso Jurisprudencia Penal de la CSJN en la carrera de especialización de la Facultad de Derecho de la UBA y director Académico del Centro de Estudios de Ejecución Penal de la Facultad de Derecho de la UBA.

 

    Es Juez de la Cámara de Apelación y Garantías del Departamento Judicial de San Isidro, Sala II, Buenos Aires.

 

    Codirige la publicación semestral Jurisprudencia penal de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (Editorial Hammurabi). Y es autor de diferentes trabajos en torno a cuestiones penitenciarias, derecho penal y procesal penal.

 

Fuente: Clarín

https://www.clarin.com/cultura/jurista-bucea-obra-borges-entender-tensiones-derecho_0_hFnshuLHMn.html

 

domingo, 31 de marzo de 2024

“Borges y el derecho”: ¿hasta dónde se puede interpretar la ley?

 


¿Existen varias versiones de la verdad? ¿Se puede narrar la justicia? Un laberinto entre la culpa, el castigo y el azar para perderse en la obra borgeana de la mano de Leandro Pitlevnik.

 

Por René Salomé

10 Mar, 2024

 

¿Qué entendemos por culpa y por castigo? ¿Cuántas versiones de la verdad se pueden dar en un proceso judicial? Así es "Borges y el derecho".

¿Qué entendemos por culpa y por castigo? ¿Cuántas versiones de la verdad se pueden dar en un proceso judicial? Así es "Borges y el derecho".

 

“Suponete que nos ponemos de acuerdo en dejar de lado a Borges, que es más o menos lo mismo que ponernos de acuerdo en dejar de lado el río y de un modo que no vacilaré en llamar platónico nos decidimos a cruzar al Uruguay de a pie, como si no hubiera agua”, escribió el argentino Ricardo Piglia en Respiración artificial.

 

La frase fue la elegida por el abogado Leonardo Pitlevnik para abrir su nuevo libro, Borges y el derecho, que aporta su contribución al género en constante expansión que conforman los libros titulados “Borges y...”.

 

“Pueden encontrarse libros sobre Borges y la física cuántica, Borges y las matemáticas, Borges y la filosofía, Borges y la música, Borges y la arquitectura -escribe el autor en la introducción, que puede leerse a continuación-. Las discusiones en torno al valor de sus obras, muchas veces confundidas con sus posiciones políticas o con opiniones vertidas en algún reportaje, han atravesado gran parte del siglo XX. Se le ha endilgado desde haber llegado al punto más alto de nuestra literatura hasta haber ignorado la realidad de la sociedad en la que escribía o haber sido expresión de la explotación de las clases sometidas”.

 

Borges y el derecho, editado por Siglo XXI, invita a sumergirse en textos del autor de Ficciones y El Aleph- algunos más célebres, otros menos transitados-, que iluminan qué entendemos hoy por culpa y por castigo, cómo leemos la ley o por qué condenamos un crimen. ¿Cuántas versiones de la verdad se pueden dar en un proceso judicial? ¿Qué límites tiene la interpretación de las leyes? ¿Cuánto merecemos un premio o un castigo y en qué medida lo que nos toca en la vida es fruto del azar? ¿Puede el derecho (o incluso el lenguaje) dar cuenta de los crímenes más atroces que la humanidad llegó a cometer?

“Borges y el derecho” (fragmento)

"Borges y el derecho", de Leonardo Pitlevnik, editado por Siglo XXI.

"Borges y el derecho", de Leonardo Pitlevnik, editado por Siglo XXI.

Mundo Borges

 

En los textos de Jorge Luis Borges se encuentran expresamente inscriptas y referenciadas la literatura universal, la historia argentina y, en ella, su propia historia familiar. Borges escribe sobre la muerte de Laprida, las montoneras, el gaucho perseguido, las peleas a cuchillo en una ciudad de Buenos Aires casi desaparecida, el retiro de San Martín de las luchas por la independencia o el breve escenario fingido de un velorio de Eva montado en un pueblo del Chaco. En la búsqueda de su propio linaje, que tanto ha sido señalada por la crítica, Borges a veces entrelaza la historia del país con la de su familia, en escenarios donde inserta a esos antepasados cuyos apellidos dan nombre a calles o ciudades argentinas (Laprida, justamente, es uno de los que hallamos en su árbol genealógico). A varios de ellos les dedicó poemas a lo largo de su vida.

 

Las ficciones de Borges nos llevan también a los relatos de Las mil y una noches, a un barrio de una ciudad de la India, a la ejecución de un poeta en una cárcel de Praga, a una mítica ciudad habitada por inmortales. El propio autor decía que en “La muerte y la brújula”, donde detectives y criminales centroeuropeos se persiguen en una ciudad francesa, se encuentra presente, en definitiva, el sabor de Buenos Aires y de Adrogué.

 

Se da el nombre de Borges a centros de estudio, salones de bibliotecas y espacios culturales diseminados por el mundo. Pueden encontrarse libros sobre Borges y la física cuántica, Borges y las matemáticas, Borges y la filosofía, Borges y la música, Borges y la arquitectura. Las discusiones en torno al valor de sus obras, muchas veces confundidas con sus posiciones políticas o con opiniones vertidas en algún reportaje, han atravesado gran parte del siglo XX. Se le ha endilgado desde haber llegado al punto más alto de nuestra literatura –­y ser fiel representante y agudo lector de lo que somos–­ hasta haber ignorado la realidad de la sociedad en la que escribía o haber sido expresión de la explotación de las clases sometidas.

 

Borges fue, además, un polemista, y se vio convertido en el referente de muchas de las discusiones estéticas e incluso políticas que él mismo definió. La gauchesca, el fin del ultraísmo, la identidad de lo argentino, la Segunda Guerra Mundial o el peronismo son algunos de los nudos de debate en los que participó desde el centro de la escena. Suele decirse que Borges define, categoriza y clausura la literatura argentina del siglo XIX, que cierra la línea europeísta y gauchesca y vuelve siempre a la discusión entre civilización y barbarie (al hacerlo, expande la discusión hacia el futuro, en función de las proyecciones de ese pasado sobre la vida política argentina).

 

Imposible, por último, no llegar con él también al derecho, un sistema que intenta construir un orden racional del mundo. Los humanos nos dictamos reglas destinadas a moldear determinado tipo de sociedad a la que decimos aspirar. Más autoritaria, más democrática, más o menos rígida; más o menos tolerante. El derecho consiste, en definitiva, en la práctica de imponer determinado orden o de gestionar los conflictos en función de un núcleo de ideales que la comunidad, presuntamente, comparte.

 

Desde esa perspectiva, quizá se vuelva más evidente por qué los relatos de Borges son herramientas útiles a las que recurrir para entender las maneras en que juzgamos, reprochamos, perdonamos. Italo Calvino señalaba que la escritura de Borges iba contra la corriente principal de la literatura mundial de su tiempo, que su escritura era “un desquite del orden mental sobre el caos del mundo”. Y, en definitiva, ¿no es eso lo que, en parte, se espera­ del derecho? Cuando pensamos, desde una definición clásica, en dar a cada cual lo suyo, en poner fin a iniquidades que no podemos tolerar o en castigar a quien ha cometido un hecho atroz, ¿no intentamos un desquite para preservar un modelo racional ante una realidad que lo pone en jaque?

Para el escritor Italo Calvino, la obra de Borges representaba “un desquite del orden mental sobre el caos del mundo”. (EFE)

Para el escritor Italo Calvino, la obra de Borges representaba “un desquite del orden mental sobre el caos del mundo”. (EFE)

Asomarse al derecho desde la ficción

 

Y ¿por qué debería la ficción ser un instrumento para entender mejor al derecho? Muchos relatos y novelas se han centrado­ en cuestiones relativas al crimen, la culpa o el castigo. Se ha dicho, por ejemplo, que Edipo Rey es la cabal representación­ de un proceso judicial; que La Orestíada de Esquilo representa el nacimiento del sistema de enjuiciamiento penal, o que El proceso de Kafka, es la representación de una forma de burocratizar esa obtención del conocimiento como instrumento de ejercicio del poder.

 

Pero hay algo más y es el hecho de reconocer en la narración de una historia un instrumento de normatividad: la historia que nos contamos es esencial para reglar un modelo social. Robert Cover refiere que las instituciones y las reglas existen gracias a narraciones que les dan un significado. Es así que detrás de una constitución hay una épica que le provee sentido, que construye un modo de pensar y ordena, así, el mundo.

 

En la Biblia, para nombrar uno de los textos fundantes por excelencia, primero se cuenta la creación, el diluvio, la torre de Babel, el sacrificio del hijo, la salida de Egipto y recién después de esas historias, todo un libro se dedica a enunciar preceptos, reglas, consejos y sanciones. Rashi, uno de los estudiosos de la Biblia y el Talmud más importantes de la cultura hebrea, deducía que, para fijar las normas, primero se requería de una historia que legitimara el derecho. En términos más básicos: para cumplir con las reglas, primero debemos creernos la historia en la que esas reglas se pretendenasentar.

 

En efecto, en las primeras páginas del Génesis se nos cuenta lo ocurrido con la primera norma, su infracción y su consecuente castigo. De allí se desprende la historia del mundo. Ya no es el relato el que funda el derecho, sino que el derecho es el objeto de la narración. Dios le dijo a Adán que le estaba permitido comer de todos los árboles menos del árbol del conocimiento del bien y del mal. El día que lo hiciera, moriría. La infracción se comete por la intervención persuasiva de una serpiente.

 

Detengámonos sobre este punto para observar la conjunción de narración y derecho: construimos nuestra cultura a partir de la historia de una serpiente que habla y de la sanción recibida por haberle hecho caso. El animal fue maldito, condenado a arrastrarse sobre su vientre, comer polvo y vivir enemistado con la mujer y sus descendientes. Eva fue condenada a parir con dolor, orientar su deseo hacia el hombre y vivir dominada por él. Adán fue sentenciado a ganarse el alimento del campo con el sudor de su frente. Luego, Dios los echó del Edén, y dispuso que querubines con espadas de fuego impidieran su entrada para que no pudieran comer del árbol de la vida.

 

De los versículos que narran esa historia se han derivado infinidad de interpretaciones: ¿qué quiso decir Dios con que morirían en el día que comieran el fruto prohibido? ¿Dios en verdad interpretó la norma que había dictado y fijó una pena visiblemente menor que la que había estipulado? ¿Qué significa conocer el bien y el mal? ¿Se refiere a adquirir una moralidad, conocer todo, tener noción de su desnudez, separarse de Dios de forma definitiva? ¿Qué debe entenderse por desnudez? ¿Cuál es el sentido de la infracción y por qué afectó a las generaciones siguientes? ¿Es posible señalar la historia de esta desobediencia como base fundante de la misoginia o la represión sexual? ¿Por qué el trabajo es un castigo?

 

Quien se encuentre habituado a leer sentencias judiciales o libros de derecho sabe que esas preguntas son equiparables a las que inundan los sistemas interpretativos con los que los juristas intentan desentrañar el sentido de un texto legal: el análisis de la historia, de las palabras utilizadas, los antecedentes, el contexto, su función dentro del sistema, qué quiso decir el legislador cuando mandó esto o prohibió aquello.

 

En términos políticos, quienes ejercen el poder suelen requerir del mundo de las letras la creación de un soporte narrativo. Augusto encomendó a Virgilio la escritura de un texto épico que construyera un origen y destino de gloria al imperio que había fundado luego de la muerte de César. La Eneida fue una epopeya “por encargo”, para dar sustento narrativo a la grandeza de Roma. En “El espejo y la máscara”, Borges cuenta la historia de un rey que llama al poeta para encargarle un poema que narre de manera definitiva sus hazañas: “Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer la empresa que nos hará inmortales a los dos?”.

 

Borges escribió varias veces que, de haber elegido a Facundo en lugar de a Fierro, nuestra historia habría sido otra y mejor. Deberíamos tener en cuenta que, de algún modo, también elegimos a Borges como un personaje central, con una proyección más allá de nuestras fronteras. Esa elección también podría ser pensada en función de la imagen que nos devuelve de nosotros mismos. ¿Qué podemos encontrar en sus obras que nos ayude a entender quiénes somos? Y si retomamos el argumento de Saer, ¿cuánto más podemos saber de nosotros a partir de sus ficciones?

 

Proyectándose a un universo algo más acotado, este libro intenta pensar el modo en que concebimos la justicia, leemos la ley o condenamos un crimen, a partir de los universos que desplegaban y despliegan esos libros de tapas blandas coloridas, marcados y subrayados, que le compraba a un librero en la entrada de una galería que ya no existe.

 

Fuente: Infobae

https://www.infobae.com/leamos/2024/03/10/borges-y-el-derecho-hasta-donde-se-puede-interpretar-la-ley/

lunes, 17 de mayo de 2021

Tesis literaria sobre el enigma del derecho penal: "La lotería en Babilonia" de Jorge Luis Borges


 

1. Introducción

 

Entre 1935 y 1944 Jorge Luis Borges escribe una serie de cuentos que luego se publican juntos en la colección " Ficciones ", dividida en dos partes: " El jardín con senderos que se bifurcan " y " Artifici " [1] .

 

Literatura onírica, fantástica, simbólica, irreal: la cantidad de definiciones atribuidas a las ficciones atestigua la dificultad de reducirlas a un género vivido y definir el camino y propósito del viaje propuesto por Borges.

 

Sin embargo, parece surgir una constante: el autor ofrece su mirada a los lectores pero al mismo tiempo los invita a desconfiar de ellos, a usar la mirada pero también a desconfiar de ellos, a seguir sus caminos pero también a buscar a los demás. .

 

Las Ficciones son una referencia continua de una perspectiva a otra y es precisamente esta infinidad de planos lo que, paradójicamente, parece definir la realidad: la realidad nunca es única y fija, siempre es múltiple y cambiante.

 

El cuento " La lotería en Babilonia ", insertado en la primera parte de las Ficciones , es un magnífico ejemplo de construcción borgesiana.

 

Es también otra cosa: la representación de la lotería como herramienta imprescindible para definir la identidad y la ética pública babilónicas y un medio privilegiado de atribuir a cada uno sus propios medios que Borges entra legítimamente en el círculo de quienes han intentado comprender la génesis del crimen. ley y los impulsos humanos que estaban en su base.

 

Más de uno, en verdad, sostiene que el derecho penal es producto de una ciencia y que en consecuencia quienes definen su estructura y coordenadas son los científicos y, quizás, también los demás que extraen de ese producto para su función institucional. identificar delitos, conductas y sanciones cuando sea necesario.

 

El corolario obvio es que solo estos científicos tienen lo que se necesita para enfrentar y resolver acertijos criminales, especialmente cuando se trata del secreto de los secretos, el origen de la culpa y el castigo y la afirmación de su necesidad.

 

Pero esta forma de ver las cosas es solo una de las muchas posibles.

 

Se puede argumentar, y esto es lo que pretendemos hacer, que el derecho penal, como construcción de hombres que reflexionan sobre los hombres y establecen causas y efectos que afectan la piel de los hombres, debe ser ante todo tema de filósofos, escritores, poetas, neurocientíficos, ya que ellos, mucho más que juristas, parecen ser capaces de comprender la naturaleza humana.

 

La Lotería de Babilonia , cualquiera que sea el propósito narrativo de Borges, merece ser considerada como una explicación del enigma criminal.

 

 2. La historia

 

El narrador es un hombre de Babilonia: era poderoso y esclavo, mandaba y servía, conocía el éxito y el esplendor, la prisión y los dolores, la esperanza y el terror.

 

Su condición no es inusual, de hecho: todos los babilonios tienen un destino similar.

 

Ni siquiera es por casualidad - de hecho sí, pero es un caso elevado a un sistema - que esto suceda: hay una razón precisa y es la lotería.

 

Nació por iniciativa de algunos empresarios y estaba reservado a los plebeyos. Unos pocos centavos eran suficientes para comprar pequeños objetos de hueso o pergamino en los que estaba grabado un símbolo. Siguió un sorteo y los afortunados recibieron monedas de plata.

 

Esta primera versión no funcionó: le faltó virtud moral - no hay compromiso y trabajo en la suerte - y, volviendo sólo a la esperanza, no atrajo lo suficiente al público.

 

Se hizo un primer cambio, insertando un resultado desafortunado cada treinta a favor: su "beneficiario" debía pagar una multa que podía ser sustancial.

 

Este sencillo recurso elevó la fortuna de la lotería y la convirtió en un hábito de masas hasta el punto de que quienes la eludían eran considerados con desprecio.

 

Pronto la desaprobación se extendió a quienes, habiendo jugado y perdido, se resignaron a pagar la multa.

 

Ya nadie pagaba por temor a ser juzgado como una personita pero esto expuso a la Compañía a pérdidas -por lo que se empezó a llamar a la entidad responsable de la lotería- que tuvo que correr a cubrirse.

 

Los perdedores delincuentes comenzaron a ser juzgados y condenados al pago de sus cuotas o, alternativamente, a unos días de prisión. Todos los condenados optaron por el encierro hasta el punto que se decidió omitir la lista de multas y exponer directamente los días de prisión correspondientes a los números desfavorables. Esta sublimación metafísica aumentó enormemente el poder de la Compañía y le dio una dimensión eclesiástica.

 

No fue suficiente. La aparición de elementos no pecuniarios fue tan popular que se reclamó el aumento de los números adversos: los moralistas habían observado de hecho que el bienestar material no servía a la felicidad y los hedonistas habían añadido que el deleite residía en la alternancia entre la esperanza y el terror. .

 

Estos movimientos fueron la base de un nuevo orden: la Compañía obtuvo la plenitud de los poderes públicos que eran indispensables para atender sus complejas y múltiples funciones, todos los babilonios participaron automáticamente en los sorteos que se realizaban cada sesenta días.

 

Los resultados de la lotería se volvieron incalculables: los afortunados eran admitidos en el consejo de magos o podían deshacerse de un enemigo o ganarse el favor de las mujeres que turbaban sus sueños; la mala suerte puede ir seguida de la muerte, la mutilación o la infamia.

 

La elección de los posibles resultados fue un secreto celosamente guardado por la Compañía cuyos emisarios utilizaron espías y astrólogos para descubrir los deseos y temores más ocultos de los babilonios. Con el mismo propósito, se eligieron lugares apartados donde todos pudieran depositar denuncias de todo tipo.

 

No siempre, como es natural, la información recopilada fue correcta y alguien murmuró y protestó. Fue fácil para la Compañía difundir un mensaje que invitaba a considerar los errores no como una contradicción sino como una herramienta que corroboró la influencia del azar en el orden del mundo.

 

La explicación fue aceptada y dio lugar a discusiones y finalmente a una propuesta: si la lotería fue una infusión de caos en el cosmos, no habría sido apropiado llevar esta verdad a la plenitud de sus consecuencias y asegurar que fuera siempre y solo. caos para gobernar cada etapa del juego?

 

La propuesta fue aceptada y resultó en una gran reforma.

 

Así podría suceder, por ejemplo, que un primer sorteo dictara la muerte de un hombre, un segundo propusiera una multiplicidad de posibles perpetradores, un tercero indicara el nombre del verdugo, un cuarto pudiera anular el primer sorteo y por tanto sustituirlo por un destino feliz. para la muerte. o para hacerlo más cruel, una quinta eximió a los ejecutores de su tarea y así sucesivamente.

 

Hoy en día, el azar impregna por completo todos los aspectos de la vida de los babilonios, incluso el más pequeño: quien compra una docena de ánforas de vino no se sorprende en absoluto si una de ellas contiene una víbora, quien redacta un contrato inserta deliberadamente un dato erróneo en En ella, quienes publican libros se cuidan de que ninguna copia sea igual a las demás.

 

Increíblemente, hay quienes dudan de que la Compañía realmente exista, quienes piensan que se ha extinguido durante siglos y quienes, en cambio, juran que durará hasta los albores de los tiempos.

 

Algunos, tan cobardes como esos escépticos y herejías, llegan a decir que es en vano cuestionar la realidad de esa oscura corporación, ya que " Babilonia misma no es más que un juego infinito de azar ".

3. El caso planteado a Grundnorm

 

En la Babilonia borgesiana hay un poder público, la Compañía, un orden jurídico, la lotería, y un principio general, el caos que determina sus desenlaces y efectos.

 

Como es común en las experiencias humanas, se trata de un arreglo nacido desde arriba para intereses de élite de índole económica: la lotería es, en efecto, un pasatiempo reservado a los plebeyos pero diseñado por empresarios y destinado a producir beneficios.

 

La configuración original no funciona, su mecanismo es demasiado aburrido y predecible.

 

Es la primera lección para los gerentes del juego, pero también se les podría llamar padres constituyentes porque eso es lo que son, y no la desperdiciarán: los bienes se venden y la ganancia se genera solo cuando las cuerdas más internas del se solicitan compradores.

 

Sí, pero ¿cuáles? La promesa de unas pocas monedas no funciona para los plebeyos, y mucho menos para los ricos.

 

Y aquí está la primera de muchas ideas brillantes: la ansiedad. A los que jueguen ya no se les permitirá la tranquilidad, tendrán que vivir con el preocupante conocimiento de que, si se equivocan, es posible que no se salgan con la suya perdiendo el cambio invertido para participar en la lotería.

 

Es el cambio que todos esperan. La inquietud inducida por ese simple multiplicador de la mala suerte da en el blanco, atrae a todas las clases, se convierte en una necesidad y un deber a la vez, genera reproches en quienes se resisten.

 

Construyendo las bases para la adicción, se cree con razón que cuanto más arraigada esté, mejor.

 

El terror es mejor que la ansiedad, el resultado adverso pagado con dolor físico y la pérdida de libertad es más emocionante que una multa trivial por muy alta que sea.

 

Aún no es suficiente. Se introducen nuevas variantes. Según el resultado del sorteo, puedes perderlo todo o tenerlo todo, unirte a la élite social o caer entre los marginados.

 

Se observa entonces que el terror y el deseo, si son atractivos cuando uno se arriesga por sí mismo, se vuelven irresistibles cuando pueden proyectarse sobre los demás, adquiriendo el poder de condenar al enemigo o de poseer a la mujer deseada.

 

Finalmente, se comprende la verdad última. Lo que los babilonios anhelan por encima de todo y de lo que nunca sabrán prescindir es el azar, la sublime certeza de que nada es seguro en su vida y que así será durante siglos y milenios.

 

Puedes ser esclavo pero espera que los mecanismos que te permitirán entrar en el consejo de magos ya estén en marcha, o temer lo contrario.

 

Uno puede estar encantado con la vista de los Jardines Colgantes de Babilonia pero al mismo tiempo vivir con la idea de que el próximo sorteo podría seguir a su propia sentencia de muerte, o esperar lo contrario.

 

Incluso se repudia el concepto de error, reconfigurándolo como un factor ordinario de producción del caos.

 

La perenne incertidumbre y la posibilidad inmanente de un cambio de destino se convierten así en el bien supremo de los babilonios y en la causa justificativa de toda la regulación de sus vidas.

 

En el fondo, inmanente y también vago, actúa la Compañía.

 

Nadie sabe realmente qué es, quién forma parte, cómo actúa, cuáles son sus objetivos.

 

Incluso es incierto si realmente existe .

 

Pero esto no nos impide atribuirle un carácter divino y considerar cobarde y hereje a quien se atreva a cuestionarlo.

 

4. Las similitudes

 

Por extraño que parezca, el orden jurídico babilónico descrito por Borges y el derecho penal tal como lo conocemos los contemporáneos comparten varias características de identidad.

 

La seducción del poder punitivo que atrae tanto a quienes lo detentan como a quienes podrían terminar como víctimas.

 

El esoterismo de ese poder.

 

Sus sacerdotes / magos / hechiceros que practican ritos igualmente esotéricos en forma, lenguaje, procedimientos, decisiones, efectos y su duración.

 

La superfetación del juicio que ya no se limita, si es que alguna vez lo estuvo, a un desafío específico, y pretende extenderse a toda la vida de quienes lo padecen y abrir un debate infinito sobre él.

 

El castigo que ya no es, si es que alguna vez lo fue, reeducación, sino ostracismo, gueto, aniquilación y un obstáculo perenne.

 

La afirmación de que sus efectos están marcados en la carne de los destinatarios y permanecen allí como una letra escarlata.

 

La víctima del mal que se dice cometido, del que se espera la indignación, la implacabilidad, la crueldad, siendo estos sentimientos los únicos considerados de acuerdo con las expectativas del público.

 

El espectáculo que gira en torno a la acusación, el juicio y el castigo, las multitudes de aplausos y espectadores, el escalofrío de excitación que recorre sus espaldas.

 

Los cambios repentinos del destino con la culpa restada de la culpa y los inocentes que se sienten atraídos por ti.

 

Ante todo y sobre todo casualidad que sacude todas las cosas hasta dejarlas indistintas, que incorpora el error y lo convierte en un instrumento activo de su propio poder geométrico, que crea necesidades e intercepta deseos pero está dispuesto a destruir ambos, lo que inspira esperanza y terror.

 

Y finalmente, por encima del caso, la Compañía.

 

Sería en vano buscarlo, intentar rastrear a sus emisarios, la Compañía es cualquiera y en todas partes.

 

La entidad misteriosa que lo sabe todo porque todo lo espía y lo vigila todo.

 

En casa en las salas de estar y en los barrios marginales porque es dueña de los poderosos y los desposeídos y puede mantenerlos en su lugar o abrumarlos si le gusta.

 

Confiada con la vida y la muerte porque ella también es la dueña de ellos.

 

Babilonia no está tan lejos .

 

 [1] Entre las numerosas ediciones italianas deFicciones, destaca la de Einaudi en 2014, con una traducción de Franco Lucentini.

 

Fuente: Filodiritto - Italia

https://www.filodiritto.com/una-tesi-letteraria-sullenigma-del-diritto-penale-la-lotteria-babilonia-di-jorge-luis-borges