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domingo, 20 de mayo de 2018

Borges y el reto de dar orden al caos





El autor de Ficciones se refirió a la acción de impartir justicia; en uno de sus textos, afirmó que para los argentinos el mundo es desorden, idea compatible con nuestra dificultad para identificarnos con el Estado

Por Leonardo Pitlevnik

Borges ha citado en varias oportunidades la leyenda de los 36 justos que sostienen el mundo. La refiere en El libro de los seres imaginarios, donde explica que si alguno de ellos advirtiera ser uno de esos justos, inmediatamente moriría y sería suplantado por otro, ignorante de su condición. También la cita en "El hombre en el umbral". Allí un personaje dice que elegir a un juez para que dicte una sentencia justa es imposible, pues sería necesario dar con uno de esos sabios que justifican la existencia de la humanidad, los únicos capaces de llevar adelante esa labor. La racionalidad del acto de juzgar es puesta en duda en el relato: aquellos que están en condiciones de hacerlo son por definición anónimos. Para resolver el juicio se requiere de una de esas personas rectas "que secretamente apuntalan el universo y lo justifican ante el Señor: uno de esos varones hubiera sido el juez más cabal. ¿Pero dónde encontrarlos, si andan perdidos por el mundo y anónimos y no se reconocen cuando se ven y ni ellos mismos saben el alto ministerio que cumplen?"

En su ensayo "Nuestro pobre individualismo", Borges vuelve a esa leyenda. Allí escribió que la fábula no debía resultar extraña a los argentinos, un pueblo que suele pensar que el mundo es desorden, idea compatible con nuestra incapacidad para identificarnos con el Estado, esa suerte de "inconcebible abstracción". Refiere que el argentino es un individuo, no un ciudadano. Recurre a los versos de José Hernández que narran la noche en la que Cruz deja a su partida y se pasa al lado de Martín Fierro, paradigma del gaucho que confía en la astilla del mismo palo pero no en la autoridad oficial, no en el juez o la policía. Para quien descree de las circunstancias, no hay orden que funcione como marco de referencia. Para el argentino, dice Borges, el mundo es un caos.

La aparente imposibilidad de hacer justicia en un universo de estas características vuelve a leerse en "Fragmentos de un evangelio apócrifo", en un tono más universal: "Bienaventurados los que no tienen hambre de justicia, porque saben que nuestra suerte, adversa o piadosa, es obra del azar, que es inescrutable".

Es fácil colegir que desde el caos la justicia se vuelva una empresa imposible. Entender el mundo es tener la capacidad de emitir un juicio, discurrir racionalmente acerca de él. Juzgar requiere, como presupuesto, comprender aquello respecto de lo cual se toma una decisión. Un universo azaroso, ajeno a una racionalidad que pretenda conocerlo, no puede luego ser materia de juicio.

El desorden esencial aparece en varios de los textos de quien es quizás el más grande escritor que ha dado el país (aunque, como también él mismo decía con relación a Virginia Woolf, eso poco importa porque la literatura no es un certamen). En "La lotería en Babilonia" es una Compañía secreta y anónima la que determina, mediante el azar, lo que a cada uno le ocurre. La biblioteca de Babel, dice el cuento del mismo nombre, es el universo, y la componen infinitos libros cuyos textos se multiplican en significados, incluso contradictorios. Muchos hombres mataron o murieron en procura del libro que explicara los misterios de la humanidad. Y aunque continuemos buscando entre los anaqueles ilimitados y periódicos, es evidente que no sabemos qué cosa es el universo. Si una verdad existiera inscripta en uno de los libros, nadie podría identificarla: aun leyéndola, no la reconoceríamos.

Para esos personajes que perseveran en buscar una explicación, el desorden del mundo no es una condena a la inmovilidad, a la perplejidad de quien se conforma con mirar sin entender. En cambio, procuran hallar una forma de poner el caos en palabras. Borges escribe en otro texto que la imposibilidad de penetrar en el esquema divino del universo no puede disuadirnos de trazar esquemas humanos, aunque sepamos que serán provisorios. Y explicarlos no significa solo aventurar hipótesis que puedan ser verdaderas o falsas. El solo hecho de escribir es ya una manera de ordenar la realidad, de entenderla. En el Génesis, el caos inicial se desvanece cuando Dios comienza a nombrar al mundo y, nombrándolo, lo crea.

En "Sobre el Vathek, de William Beckford", Borges refiere que una biografía no se define por los múltiples hechos que componen la vida de una persona, sino por aquellos que el observador ha elegido para ser contados y de ese modo dar sentido al personaje de quien se habla. Una biografía de Miguel Ángel, por ejemplo, podría hablarnos de él y omitir la mención de sus obras. La biografía de una persona es aquello que contamos de ella. Del desorden de esos fragmentos que construyen una vida, la biografía elige aquellos que dan sentido a lo narrado. El modo en que contamos ordena lo que es materia de la historia que intentamos referir; pero hacerlo de manera arbitraria multiplica el caos.

¿Qué es, en estos términos, un juicio, sino la elección de hechos relevantes que se efectúa para, a partir de allí, fijar una responsabilidad al decidir si una persona es culpable o inocente, afirmar el valor de aquello que como comunidad procuramos defender e intentar ordenar el mundo? Un juicio penal termina en una sentencia que pretende haber entendido algo que ocurrió, comprendido los móviles y hallado o descartado a un culpable. En caso de condena, haber encontrado el reproche adecuado. De todas las posibles lecturas que se realicen de lo sucedido, aquellas que han sido destacadas por la comunidad como relevantes a través del derecho definirán el significado de una historia.

Las decisiones judiciales, a su vez, van construyendo un sentido en la medida en que pueden ser entendidas como partes de un todo en el que están inscriptas. Es conocida la metáfora de Dworkin, que piensa al derecho como una novela encadenada: las decisiones que asignan significado jurídico son como capítulos de una novela, porque responden a una racionalidad preexistente y se proyectan en decisiones futuras que hacen del conjunto un cuerpo que guarda cierta coherencia. Para eso debo leer el antecedente y agregar un capítulo que pueda ser leído como parte de un todo, y que en el futuro sea la base de quien escriba el próximo.

"Nuestro pobre individualismo" fue escrito en 1946. Terminaba entonces la Segunda Guerra Mundial, una época de activa militancia de Borges contra el nazismo. Europa había sido arrasada por el tercer Reich. Stalin gobernaba en la Unión Soviética. En ese mundo dominado por el totalitarismo, Borges vuelve su mirada hacia su entorno para cifrar una esperanza: aquella desconfianza del mundo, esa forma de descreer de un universo sin orden ni justicia, quizás sea un camino por el cual comenzar a transitar, un modo de salvarnos. Aunque hayan pasado más de 70 años de aquel escrito, es bueno pensar de qué manera queremos narrarnos, cómo pensamos nuestra biografía, de qué trata nuestra novela encadenada.

El autor es juez penal y escritor; su última novela es Los Peces (Notanpuan)


Fuente: La Nación  -  Ideas

sábado, 28 de enero de 2017

Case of 'fattened' Jorge Luis Borges story heads to court in Argentina



Writer Pablo Katchadjian says The Fattened Aleph, a lengthened version of Borges’s story The Aleph, is not plagiarism because it is ‘open about its source’

One of the best-known stories by the Argentinian author Jorge Luis Borges takes the form of a fake literary essay about a Frenchman who rewrites a section of Don Quixote word for word and is showered with praise for his daring.

It is probably safe to say that Borges’s 79-year-old widow, María Kodama – sole heir and literary custodian of his oeuvre – takes a dimmer view of such rewrites.

The novelist and poet Pablo Katchadjian is facing trial for “intellectual property fraud” after publishing a reworking of Borges’s 1945 story The Aleph. The Fattened Aleph – originally published by a small press in 2009 – extended Borges’s work from its original 4,000 words to 9,600.

Most of the alterations consist of the addition of adjectives and descriptive passages and do not change the original plot, which revolves around a “a small iridescent sphere” in a Buenos Aires basement, through which a person can see the entirety of creation.
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Kodama launched her legal action in 2011, arguing that Katchadjian had used the story without seeking permission. “If you use something that isn’t yours, the least you can do is ask for permission,” she told the newspaper Clarín at the time.

After five years, a court hearing has finally been set for 14 February, and the judge in the case appears to be leaning in Kodama’s favour. “The alteration of the text of the work by Borges is evident,” Judge Guillermo Carvajal stated in his ruling for a trial.

Kodama’s lawyer Fernando Soto dismissed Katchadjian’s claims that the work was a literary experiment. “Only Katchadjian’s name appears on the cover. It doesn’t say ‘The Aleph by Borges, altered by Katchadjian’. Borges is not mentioned in the index or the copyright page either. The only place Borges appears is in a brief postscript at the end of the text,” Soto said.

Katchadjian’s many supporters argue that El Aleph is so well-known that its reworking did not require a Borges attribution and that, in any case, only a few hundreds copies of the reworked story were published. Legally, however, copyright infringement does not require evidence of profit.

Revered by many as a key figure in 20th-century Spanish-language literature, but abhorred by others for his elitism, Borges still towers over Argentina’s literary stage 30 years after his death.

Major contemporary novelists including César Árias and Ricardo Piglia have expressed their support for Katchadjian and demanded that Kodama drop her lawsuit.
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Katchadjian has rarely spoken in public about the case (and did not respond to an interview request), but he did discuss it at at an event last year at the National Library in Buenos Aires.

“The Fattened Aleph is not plagiarism because no plagiarism is open about its source,” Katchadjian said. “Neither is it a joke that went wrong, or one that went right. It is a book I wrote based on a previous text.”

This is not Katchadjian’s first reworking of an Argentinian classic. In 2009, he published a remix of Martín Fierro, an epic 19th-century poem about gauchos, Argentina’s cowboys. In that case, Katchadjian organised the poem’s lines in alphabetical order, creating new meanings from the same text.

Ironically, Borges delighted in literary pastiche and false attribution. At the start of his literary career, he published a series of what he later admitted had been “hoaxes and pseudo-essays” in Buenos Aires newspapers and magazines, passing off texts of his own as belonging to other writers and writing reviews of non-existent books.

PEN International, the world’s leading association of writers, has also come out strongly in Katchadjian’s defence, describing his prosecution as “a disproportionate reaction to a literary experiment”.

Katchadjian’s laywer, Ricardo Strafacce, said he was confident the lawsuit would not prosper. “Legal forensic experts have already established that The Fattened Aleph is a new work of art. Secondly, the court will also take into account that there was no intent by Katchadjian to deceive the reader as to Borges’s authorship of the original The Aleph, which is clearly stated in Katchadjian’s book.”

If found guilty, Katchadjian could theoretically face up to six years in prison, but Soto dismisses the idea that this could happen. “As a first-time offender he would receive only a suspended sentence. Even as a second-time offender he still wouldn’t actually see any real prison time,” says Kodama’s lawyer.

The trial will have to decide if Katchadjian’s work is a legitimate literary experiment or simply a case of intellectual property fraud. In a postscript to The Fattened Aleph, Katchadjian explains that he purposefully meant to erase the boundaries between his additions and the original Borges, writing: “The best moments, it seems to me, are those in which you can’t know for certain who wrote what.”
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Fuente : The Guardian  – Reino Unido