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sábado, 28 de diciembre de 2019

Un relato perdido de Borges reaparece y reabre los estudios sobre su obra


Fue publicado en el último número de la legendaria Ayesha. El responsable del rescate cuenta aquí la génesis del hallazgo


Encontré hace unos meses este cuento de Borges, que casi nadie leyó, entre los libros de una de las bibliotecas de casa. Digo casi nadie porque sí lo vienen disfrutando los lectores de Ayesha, la revista literaria, en papel, de nuestra agencia de difusión de autores. Mi casa queda sobre un bonito pasaje cercano a lo que era el arroyo Maldonado. Hay quien dice que de esa cercanía surgieron las primeras representaciones imaginarias de Borges acerca de los compadritos. Yo no sé si fue realmente así.

Por supuesto aquel arroyo hoy es absolutamente invisible. También era invisible el cuento desconocido de Borges que estamos publicando. Su tema principal es el dolor que cura el amor. La trama es biográfica. Se centra en el modo en que un joven Borges intentó superar el abandono de una mujer. ¿Sospechaba el Borges maduro que se lo narró a un joven que su anécdota iba a volver a circular en el 120 aniversario de su nacimiento? Me gusta imaginar que sí. Ya hacía mucho Borges practicaba el arte del dictado a sus colaboradores.

Como sea, tuve suerte.

Si me permito llamar cuento a las circunstancias personales que me confió azarosamente a mí, contra su discreción habitual, es porque contiene todos los componentes del género cuento borgeano: la conversión de un hombre miedoso cuyo estado se invierte en el transcurso de la peripecia; el texto enmarcado en una cita culta (en este caso, de Macedonio Fernández), y la conclusión metafísica a la que llega el protagonista, cuyos rasgos coinciden en un todo con los del Borges que todos conocemos: tímido, genial, irónico.

Por supuesto, no voy a contar ahora qué hizo o dejó de hacer ese otro Otro Borges del relato. En principio, para no spoliarlo ante sus improbables lectores -diría Borges. No conozco mayor placer que la del descubrimiento literario. Lo que incluye tanto la búsqueda como la epifanía del exégeta ante el hallazgo. En este caso viene involuntariamente a reabrir la obra terminada.

Yo era un aprendiz de escritor y periodista de veinte años. Borges iba a cumplir los ochenta y tres. 

Los dos éramos de virgo. Contaba en mi currículo haber hecho una revista literaria en papel, primera época de la actual. Borges ya era Borges. Para cumplir con el encargo de una publicación médica, fui a entrevistarlo con mi grabador Sony al departamento del sexto piso de la calle Maipú donde vivía al cuidado de Fanny, la señora que se ocupaba de sus menesteres. Había varias otras personas esperando. Intuí unas estudiantes de Letras cuyo interés no recuerdo en absoluto, probablemente otro periodista, unas cuatro o cinco almas más. Borges se interesó por el origen del apellido Margulis (del que he hablado en mi último libro.

Omití decirle que mi abuelo paterno se jactaba de haberle aplicado inyecciones en su farmacia de la calle Quintana, en la Recoleta. Tampoco le hablé de las imitaciones desopilantes de su voz finita que hacía el borgeómano que resultó ser mi abuelo.

Dejé que Borges desarrollara su relato y me limité a hacer preguntas mínimas. Me refiero a los conectores gramaticales ineludibles, los y después, los y entonces. Cuando terminó de narrar se extendió unas palabras sobre las cuestiones de su próstata. Al despedirnos me sorprendió la blandura de la mano. Me acordé del inefable Platero de Juan Ramón Jiménez, que también era como si no llevara huesos. Luego no tuve que retocar ninguna de sus frases. Hasta la puntuación, que durante la charla me había parecido exageradamente lenta, cosa que atribuí a su edad, era perfecta. Oraciones y párrafos se enlazaban con naturalidad.

A raíz del 120 aniversario del nacimiento de Borges busqué aquel relato, cuyo contenido no recordaba, en mi biblioteca. Cuando lo pasé a un archivo Word para enviárselo al diseñador volví a admirarme. Ahí estaban el tema de la conversión del héroe que encuentra en un punto de la ciudad el destino, estaban el culto al coraje y las enseñanzas que el padre de Borges le había hecho a éste en vida, estaba la filosofía y la búsqueda siempre imposible de la felicidad, estaba la figuración de lo real y la construcción de lo vivido como proyección de la imaginación creadora. Y todo eso se encontraba en una anécdota increíblemente trivial, que no revelaré por las razones antes mencionadas.

Cuando le mostré este cuento a mi querida María Kodama, con quien tuve el gusto de trabajar durante un año en un concurso organizado por Ayesha, ella lo refrendó como auténtico. “Es Borges”, me dijo. “Publicalo. Pero no digas que es inédito”. De nada habría servido que le argumentase que la revista médica dejó de existir hace demasiado tiempo. Kodama reconoció de inmediato el estilo de Borges y apreció que yo lo trajese del olvido.

Fuente: El Día    La Plata
https://www.eldia.com/nota/2019-12-15-6-58-45-un-relato-perdido-de-borges-reaparece-y-reabre-los-estudios-sobre-su-obra-septimo-dia

domingo, 30 de octubre de 2016

El mapa es el territorio / A lomo de palabra




Germán Castro

Los Anales de Buenos Aires, dirigida por Jorge Luis Borges (1899-1986), comenzó a circular en 1946. A partir del número tres de la revista, bajo genérico de “Museo”, comenzó a publicar un tal B. Lynch Davis, un desconocido. Su primera colaboración se tituló “Del rigor de la ciencia”, y aparentemente a ello, al encabezamiento, se reducía el aporte creativo del señor Lynch Davis, puesto que el texto se presentaba como un extracto tomado de un libro antañón, según se citaba ahí mismo: “Suárez Miranda, Viajes de varones prudentes, Libro IV, Gorra. XLV, Lérida, 1658.” En el fragmento -apenas 118 palabras- Suárez Miranda -también un enigma- informa -el lector puede suponer que gracias los mentados varones prudentes– que en un tiempo pretérito distante -pero indeterminado-, en un Imperio anónimo y atópico -al que aquellos personajes habrían viajado- sucedió un prodigio: “Los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él”. Para cuando fue reportado el caso -mucho antes de que Suárez Miranda lo publicara-, el mapa escala 1:1 de aquel Imperio ya era solamente una reliquia.

Hoy cualquiera sabe que Honorio Bustos Domecq era un pseudónimo con el cual firmaban Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (1914-1999) cuando escribían juntos -su origen lo explicó el propio Borges: “Bustos era un bisabuelo mío y Domecq un bisabuelo de Bioy”-. Pero en 1946, cuando apareció Dos fantasías memorables, para muchos lectores aquel librito era el segundo de un narrador que ya cuatro años antes había sorprendido con su primer libro (Seis problemas para don Isidro Parodi). Más inescrutable resultaba el apelativo B. Suárez Lynch, quien el mismo año publicó Dos fantasías memorables, ¡con prólogo de Bustos Domecq! Par de mañosos: Suárez como el Suárez Miranda del siglo XVII y Lynch como el colaborador de Los Anales de Buenos Aires. Años después Jorge Luis explicaría: “La B era, supongo, la de Bioy y Borges, el Suárez correspondía a otro bisabuelo mío y el Lynch a un bisabuelo de Bioy”.

Así que Suárez Miranda y su libro son un invento, tanto como B. Lynch Davis. ¿Ficciones de los dos amigos porteños? Pues quizá no, porque “Del rigor de la ciencia” sería incluido tanto en la edición de 1954 de Historia universal de la infamia como en El hacedor, de 1960, como se sabe, ambos libros firmados sólo por Borges.

¿Entonces el mapa escala 1:1 es ocurrencia original de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo? En el prólogo de la segunda edición de Historia universal de la infamia -en la que, ya decíamos, se incluye “Del rigor de la ciencia”-, el argentino dice que sus textos breves antologados en ese libro no son suyos, al menos no del todo: “Son el responsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias”. Si realmente fue así, ¿a quién pudo haber birlado la idea de un mapa de igual tamaño al territorio que pretende representar? Muchos creen que a un diácono británico, sapientísimo en matemáticas y lógica, llamado Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), a quien debemos varios libros maravillosos, particularmente los que firmó con el pen name que lo hiciera famoso: Lewis Carroll. Efectivamente, la semana pasada recordaba yo que en su novela Silvia y Bruno uno de los personajes, un forastero estrafalario, cuenta que en su tierra alguna vez habían hecho “un mapa del país, en serio, ¡a una escala de una milla por milla!” Por otra parte, la admiración que Borges sentía por el autor de Alicia en el país de las maravillas es bien conocida y documentada. Léan ustedes, por ejemplo, “El sueño de Lewis Carroll”, una de las últimas piezas publicadas por Borges -el viejo falleció el 14 de junio de 1986 y el texto apareció en El país el 9 de febrero anterior-.

Pues sí: bien puede ser que agazapado entre los varones prudentes de Suárez Miranda esté el Mein Herr de Lewis Carroll. Pero qué tal que lo que a todas luces parece una pipa no sea una pipa; quiero decir, qué tal que Borges, fullero, hubiera leído no sólo a Carroll sino también a Alfred Korzybski (1879-1950), quien, como se sabe, acuñó la expresión “el mapa no es el territorio”. Lo que quizá no se recuerde es que si bien la primera vez que apareció escrito el aforismo fue en 1931 -en una ponencia de título rimbombante: A Non-Aristotelian System and its Necessity for Rigour in Mathematics and Physics-, alcanzaría fama a partir de que el propio Korzybski reflexionara sobre su origen en su libro Science and Sanity (1933) -en el que, por cierto, acepta que la formulación original tampoco es de él, sino del escritor de ciencia ficción Eric Temple Bell (1883-1960), quien había ya escrito: the map is not the thing mapped-. Ciencia y cordura, como habría que traducir el libro de Korzybski, es un título cercano a “Del rigor de la ciencia” de Borges. Pero sobre todo, me parece que hay que prestar atención al hecho de que la microficción del argentino termina refutando del todo al polaco: “En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas”. Es decir, el mapa borgiano, aunque ruinoso, para aquellas bestias y aquellos menesterosos, era el territorio.

Fuente : La Jornada – México

martes, 31 de marzo de 2015

La revista “El Cuento” ha sido digitalizada





Por Manuel López Michelone

De 1939 hasta 1999 -con algunas interrupciones- la revista “El Cuento” se convirtió sin duda en una parte muy significativa de la historia editorial de México. Ahí escribieron personajes como Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Anatole France, Rudyard Kipling, Jacinto Benavente, Thomas Mann, Jorge Luis Borges, entre algunos de los premio Nobel que participaron en este esfuerzo. Desde luego los autores nacionales también estuvieron presentes en esta obra: Augusto Monterroso, Juan Rulfo, José de la Colina, por ejemplo. Pero debido a la manera en como salía la revista, que era a manera de fascículos, es probable que nadie tenga todos los números y es una pena, porque es una colección de cuentos asombrosa, esfuerzo de Edmundo Valadés, que impulsó siempre el género del cuento y la mini ficción.

Pero he aquí la buena noticia: La Revista El Cuento ha sido digitalizada en su totalidad y eso sin duda es un esfuerzo muy importante, porque no se trata de rescatar “letras muertas”, como dice el escritor Juan Voutssás, sino que con este trabajo se tiene material para historiadores, literatos, académicos y en general, amantes de los cuentos y de las mini ficciones que salpicaban la revista de página en página. Es un acervo fantástico que ahora puede ser consultado por quien quiera leer todo tipo de cuentos, escritos por los grandes personajes de la literatura nacional y mundial.

Esta versión digitalizada ofrece página a página, de portada a portada, cada uno de los 150 números de la revista. Cinco de la primera época y ciento cuarenta y cinco de la segunda. Así, no solamente es la lectura de las obras, sino el valor histórico incluso de las portadas, de la tipografía de la época, las ilustraciones y las viñetas que estuvieron en los diferentes cuentos y crónicas impresas en las páginas de esta revista.

Pero aparte de la virtud de poder leer estas obras en la comodidad de su pantalla de video, también puede hacer búsquedas por autor, títulos, sumarios, etcétera. Así, hasta el nombre de los ilustradores y viñetistas han sido incluidos. Puede el lector tener la experiencia de “hojear” el volumen de su interés casi de la misma manera que se hace en el papel. Lo mejor de todo esto es que es completamente gratis.




Fuente :  Uno Cero