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sábado, 23 de diciembre de 2023

Jesucristo poeta: la particular visión de Jorge Luis Borges sobre el mesías del cristianismo

 

El gran escritor argentino solía contar que se había criado leyendo los Evangelios. En uno de sus diálogos con Osvaldo Ferrari destaca la maestría de Cristo para las metáforas. Aquí, un fragmento del encuentro 103.

 

18-12-2023

 

Entre 1984 y 1985, Jorge Luis Borges aceptó hacer un programa radial junto a Osvaldo Ferrari, poeta, escritor y periodista, que en aquel entonces tenía 35 años. La única condición que Borges le puso a aquellos encuentros es que no debían tener plan, ni se acordaran los temas previamente. La intención era que la charla fluyera al aires a partir de un tema inicial propuesto por el anfitrión.

 

Así fueron pasando, a lo largo de los 118 diálogos, los temas más variados que le interesaron al autor de Ficciones y El aleph: los argentinos, la memoria, Spinoza, Conrad, Melville, Adolfo Bioy Casares, y tantos otros.

 

De ese programa que emitió Radio Municipal, se publicaron varias recopilaciones de aquellas charlas. De la edición de Seix Barral, que acaba de publicarse bajo el título Los diálogos. Edición definitiva, adelantamos el diálogo 103, en vísperas de navidad, dedicado a Jesucristo.

 

Cómo fueron los primeros años de la religión cristiana

 

Osvaldo Ferrari: Nos hemos referido, antes, Borges, aunque siempre ocasionalmente, al catolicismo y al protestantismo; pero no hemos hablado de su manera de ver a la figura que está en el origen de ellos, la figura de Cristo.

Jorge Luis Borges: Yo diría, ya Renan lo dijo mucho mejor que yo, que, si Cristo no es la encarnación humana de Dios —lo cual parece sumamente inverosímil—, fue de algún modo el hombre más extraordinario que recuerda la historia. Ahora, no sé si se ha observado, que Cristo es, entre tantas otras cosas, un estilo literario. Usted lee Paradise Lost, Paradise Regained (El Paraíso perdido; El Paraíso recobrado) de Milton, y, como dijo Pope, están el Padre y el Hijo debatiendo como escolásticos; sin embargo, el estilo de Cristo es un estilo extraordinario. Pensemos que durante siglos, los escritores han buscado metáforas; más recientemente, básteme recordar… y, a Lugones, a Góngora, y podríamos mencionar a tantos otros. Pero nadie ha encontrado imágenes tan extraordinarias como las de Cristo; imágenes que al cabo de dos mil años siguen siendo asombrosas. Por ejemplo, «Arrojar perlas a los puercos»; ¿cómo pudo llegar a esa frase?. En la mayoría de las frases, uno piensa, bueno, se ha llegado a ellas mediante variaciones; pero arrojar perlas a los puercos, es una imagen que sigue siendo extraordinaria, y que no puede clasificarse, y es ilógica. O, si no, por ejemplo, para condenar los ritos funerarios, a que tan aficionadas son, bueno, las empresas de pompas fúnebres, secundadas por las iglesias; aquello de «Dejad que los muertos entierren a sus muertos». Eso lo hace terrible, y además sugiere una explicación fantástica. O si no «Que el que no tenga culpa, arroje la primera piedra».

 

Es válido para siempre.

Ahora, eso debería justificar lo que dijo el místico inglés William Blake; se había pensado siempre que la salvación era un proceso ético, y eso fue fomentado, demagógicamente, digamos, por el mismo Cristo, cuando dijo «Benditos los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos», es decir, él insistía en la conducta. Pero, luego viene el místico sueco Swedenborg; Swedenborg dijo que la salvación tenía que ser intelectual también, e inventa aquella espléndida parábola de un hombre que quiere entrar en el cielo. Entonces, se despoja de todo, vive en la tebaida, o en su tebaida, renuncia a todos los placeres sensuales, intelectuales y estéticos; vive virtuosamente, se martiriza, y, efectivamente, llega al cielo, ya que no hay razón alguna para rechazarlo. Pero, cuando llega al cielo, se encuentra en un mundo mucho más complejo que éste; ya que según Swedenborg, en el cielo hay más formas, más colores, y, desde luego, mucha más inteligencia que aquí; y el pobre hombre, que es sólo un santo, tiene que asistir a los diálogos de los ángeles, que según el libro De coelo et inferno de Emanuel Swedenborg, discuten de teología; no entiende absolutamente nada, ya que no ha educado su inteligencia, y siente que de algún modo está excluido del cielo. Entonces, las autoridades, digamos, se dan cuenta de eso, y dicen «qué podemos hacer con él: en el cielo está perdido, ya que no puede participar de los diálogos angélicos; enviarlo al infierno, entre los demonios, sería evidentemente injusto». Entonces, llegan a esta melancólica solución: le permiten proyectar, en el otro mundo, una imagen de su tebaida; y ahí ese hombre está, en este momento, solo, ve ese desierto ilusorio que él necesita, sigue mortificándose y rezando; pero mortificándose y rezando ya sin esperanza, porque sabe que no puede aspirar al cielo.

 

Ah, pero qué curioso.

Un destino terrible. Bueno, pues bien, después llega Blake, y Blake dice que la salvación del hombre tiene que ser no sólo ética, como se desprende de la enseñanza de Cristo, no sólo intelectual, como se desprende de la enseñanza de Swedenborg; él dice directamente: «The fool shall not enter heaven be he ever so holy» (Por santo que sea, el imbécil no llegará al cielo; o el tonto no llegará al cielo). Y en otra sentencia del «Marriage of heaven and hell» (Matrimonio del cielo y del infierno), dice: «Put off holyness and put on intellect», es decir, despójese de la santidad y sea inteligente (ríen ambos). Ahora, según Blake, hubo también una enseñanza estética de parte de Cristo; esa enseñanza era, ante todo, una enseñanza literaria, y eso está dado por las parábolas de Cristo, que son piezas literarias; piezas que no han sido imitadas. Yo pensé, días pasados —voy a confiarle este proyecto mío, quizás usted pueda ejecutarlo, yo ciertamente no puedo—; vendría a ser la máxima ambición para un escritor —los escritores suelen ser muy ambiciosos—, algo mucho más ambicioso que escribir, bueno, la obra deliberadamente oscura de Góngora, o ese bastante injustificable laberinto, The Finnegan’s wake (El velorio de Finnegan), de Joyce; sería ésta: sería escribir un quinto Evangelio. Ese quinto Evangelio podría predicar una ética que no fuera la de los otros Evangelios. Pero, lo más difícil no sería eso; lo más difícil sería inventar nuevas parábolas, dichas a la manera de Cristo, y que no estuvieran en los otros cuatro Evangelios.

 

Prolongar de alguna manera…

Ahora, quizá, para no usar otra similitud, convendría repetir algunos de los otros Evangelios, y hasta podrían buscarse pequeñas variantes. Si un escritor lograra hacer eso, sería algo mucho más extraordinario que el Así habló Zaratustra, de Nietzsche; ya que vendría a ser, bueno, habría que crear obras de arte, habría que arriesgadas metáforas, no menos extraordinarias que las que se predicaron en Galilea. Sería un libro, un escritor tendría que dedicar buena parte de su vida a la meditación, y luego a la redacción del libro. Y ese Evangelio podría tener unas treinta páginas, y sería uno de los libros más extraordinarios. Y si ese libro tuviera suerte, irían imprimiéndolo junto con los Evangelios del Nuevo Testamento, y llegarían a ser parte del canon también. Pero, es un proyecto muy ambicioso, y usted, Ferrari, pueda quizá ser —yo, desde luego, soy un hombre viejo, muy cansado—; pero entreveo esa hermosa posibilidad literaria, más hermosa que la posibilidad de hacer libros con metáforas nuevas, porque esas metáforas tendrían que ser parábolas, enseñanzas, que no desmerecieran de las ya inmortales y famosas del Nuevo Testamento.

 

(…)

 

un nuevo, un quinto Evangelio sería una linda tarea, y eso no tendría por qué discrepar de los cuatro anteriores; podría a veces coincidir con ellos, en otras discrepar, para mayor agrado, para mayor sorpresa, para mayor verosimilitud del texto. Ahora, qué raro, por ejemplo, que la fe cristiana condene el suicidio. Sin embargo, si los Evangelios tienen sentido, la muerte de Cristo fue voluntaria; porque si no fue voluntaria, ¿qué sacrificio es ése?

 

Podríamos pensar lo mismo de la muerte de Sócrates.

Sí, pero en el caso de Sócrates yo no creo que él dijera que moría por la humanidad, pero en el caso de Cristo sí. Y si él moría, moría libremente. Ahora, hay un poema anglosajón, del siglo IX, que se titula «El sueño de la cruz»; y el sueño de la cruz, Cristo, que aparece no como el doliente Cristo de las telas de El Greco, sino como un joven héroe germánico, llega voluntariamente a la cruz; trepa a la cruz, porque quiere salvar a los hombres, y cuando se habla de él, se dice: «Ese joven héroe, que era Dios todopoderoso». Es decir, hay la idea de un sacrificio gozoso y voluntario; no de una pasión sufrida, de un Cristo, bueno, doliente como el de las telas de El Greco; no, el joven héroe que se hace clavar en la cruz o que trepa a ella. Y he leído en alguna nota sobre ese poema, «El sueño de la cruz», que hay ilustraciones medievales, en que se ve la cruz ya erigida, ya de pie; y Cristo que sube por una escalera, como indicando que lo hace deliberadamente. Es decir, todo lo contrario, bueno, lo contrario del Gólgota, de los azotes…

 

Por eso le decía que hay algo parecido en la aceptación de la cruz por Cristo y de la cicuta por Sócrates.

Es cierto, sí.

 

En la actitud de aceptar.

Y, desde luego, parece que son las dos muertes más recordadas de la historia, ¿no?

 

Probablemente, claro. Ahora…

La conversada muerte de Sócrates, y la muerte de Cristo, que está un poco asombrado de su destino, ya que su parte humana dice: «Señor, Señor, por qué me has abandonado». Pero luego, le dice al ladrón: «Esta noche estarás conmigo en el Paraíso»; y el ladrón acepta aquello. Yo he escrito un poema, bueno, tantos han escrito poemas sobre Cristo y sobre el ladrón que desde la cruz vecina acepta que Cristo es Dios.

 

(…)

 

yo me he criado oyendo los Evangelios… creo que son los libros más extraordinarios del mundo, ¿eh?; los cuatro Evangelios. Y el último ya tiene un carácter distinto, un carácter, así, intelectual, ¿no?, cuando habla del Verbo, por ejemplo.

 

Ahora, la ética de Cristo y la ética de Sócrates… en Cristo se trata de una ética religiosa y en Sócrates de una ética profana; sin embargo, yo diría que coinciden en lo fundamental: en el ideal del hombre justo.

Sí, pero en su concepto del mundo no. Bueno, y es natural que sea así, claro, porque supongo que Cristo sería un judío… y, quizá bastante ignorante; y Sócrates vivió en ese intenso ambiente intelectual, quizá no igualado nunca, de Grecia. Digo, Sócrates, según parece, pudo conversar con Pitágoras, con Zenón de Elea, y con Platón; que, según Bernard Shaw, lo inventó. En cambio, Cristo, bueno, con los discípulos. Ahora, Nietzsche dijo que la religión cristiana era una religión de esclavos; y Gibbon dijo de un modo indirecto, y quizá más eficaz, lo mismo, cuando dijo: «Debe maravillarnos que Dios, que hubiera podido revelar la verdad a los filósofos, la reveló a unos pescadores ignorantes en Galilea». Que viene a ser lo mismo, ¿no?, viene a ser la misma idea, pero, dicha de un modo, bueno, más cortés y más insidioso.

 

«El espíritu sopla donde quiere».

Sí, es el espíritu que sopla donde quiere, sí. En ese caso, sopló por, bueno, por esos pobres hombres.

 

Fuente: Perfil

https://www.perfil.com/noticias/cultura/jesucristo-poeta-la-particular-vision-de-jorge-luis-borges-sobre-el-mesias-del-cristianismo.phtml

 


domingo, 9 de octubre de 2022

Jorge Luis Borges: “Los evangelistas son los cuatro escritores más grandes de la antigüedad”


 Pablo Bedrossian

Un joven de fe evangélica consiguió entrevistar al célebre escritor porteño en septiembre de 1984, tras llamarle por teléfono y conseguir, de ese modo tan sencillo, una cita. Volvemos a reproducirla hoy, cuando se cumplen 30 años de la muerte del genial escritor.

 

Buenos Aires, 10 de septiembre de 1984…

 

- ¡Hola! Con Jorge Luis Borges, por favor.

 

-  Borges habla.

 

-  Mucho gusto. Soy un joven lector que desea conocerlo.

 

- ¿Tendría Ud. inconveniente en acompañarme a dar un paseo? El médico me recomendó caminar treinta cuadras por día.

 

-  Cómo no.

 

-  Véngase que lo espero.

 

>>> 

 

Así de fácil veía cumplido su sueño Pablo Bedrossian, un joven médico e intelectual evangélico, miembro de la juventud bautista argentina, que consiguió una entrevista exclusiva con el genial escritor con solo llamarle por teléfono. La reproducimos hoy, cuando se cumplen 30 años de su muerte, tal como el atrevido entrevistador la contó en su blog personal.

 

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ENCUENTRO CON JORGE LUIS BORGES

por PABLO BEDROSSIAN (*)

 

"Los católicos creen en un mundo ultraterreno, pero he notado que no se interesan en él. Conmigo ocurre lo contrario: me interesa y no creo” (Jorge Luis Borges)

 

- ¡Hola! Con Jorge Luis Borges, por favor.

 

-  Borges habla.

 

-  Mucho gusto. Soy un joven lector que desea conocerlo.

 

- ¿Tendría Ud. inconveniente en acompañarme a dar un paseo? El médico me recomendó caminar treinta cuadras por día.

 

-  Cómo no.

 

-  Véngase que lo espero.

 

De inmediato me dirigí a su departamento ubicado en la calle Maipú 994, 6o piso, departamento B, a pocos metros de la plaza San Martín, en el corazón de Buenos Aires.

 

Cuando llegué estaba desayunando. En el saludo reconocí la voz trémula y pausada que tantas veces había oído por radio o por televisión, y que aquella mañana me había respondido por teléfono.

 

Frente a mí estaba un anciano ciego sumamente cortés y de gestos sencillos. Las arrugas sobre la frente rosada delataban el paso de los años. No sin asombro advertí que ese hombre era parte de la historia del país, que era el símbolo por excelencia de las Letras argentinas y que, además, era el creador de una obra tan sublime que ya no le pertenecía: se había hecho universal y, en consecuencia, pertenecía a todos los hombres.

 

Un corresponsal de la agencia de noticias ANSA lo entrevistaba debido a la proximidad de un viaje a Italia. Aproveché para observar la apacible habitación. Había una vasta biblioteca ocupada por los voluminosos tomos de una antigua enciclopedia en castellano, otras cuyos anaqueles estaban poblados por obras en inglés, francés y alemán, y en un rincón, una tercera, con títulos en los mismos idiomas. El cuarto no presentaba una ornamentación excesiva; sólo algunos cuadros con imágenes de sus antepasados o de contenido fantástico y unos pocos de los premios recibidos.

 

El periodista al despedirse dijo:

 

-  En Roma nos vemos con el “Polaco” (en alusión a Karol Wojtyla, el papa Juan Pablo II).

 

-  Está equivocado. No pienso ir a verlo… Debo ser el único.

 

-  Yo tampoco iría a verlo.

 

[Borges:] "¿Ud. sabe? Tenía una abuela protestante. Un bisabuelo mío era pastor metodista". Además -refiriéndose a la iglesia católica-, eso de la salvación por las obras nunca lo entendí..

 

Mi intervención los sorprendió. Borges preguntó:

 

- ¿Por qué?

 

-  No soy católico. Soy cristiano y asisto a una iglesia evangélica.

 

- ¿A cuál?

 

-  A una bautista.

 

- ¿Ud. sabe? Tenía una abuela protestante. Un bisabuelo mío era pastor metodista. Además -refiriéndose a la iglesia católica-, eso de la salvación por las obras nunca lo entendí.

 

Luego entró una mujer de aspecto europeo y le entregó la traducción de uno de sus libros a una lengua nórdica. Finalmente iniciamos la caminata.

 

Con Borges por la calle Florida

 

Una mañana luminosa nos encontró caminando por la calle Florida. Mientras con su mano derecha se aferraba a un pintoresco bastón que le habían regalado en la provincia de Misiones, con su brazo izquierdo se tomó fuertemente de mi brazo derecho.

 

-  Téngame fuerte –me dijo- que ando medio “tembleque”.

 

-  Don Jorge…

 

-  Por favor, llámeme Borges.

 

-  Borges, cuántos personajes vivirán dentro suyo.

 

-  Se equivoca. Soy yo en diversos estados de ánimo. Pero, joven, hábleme de su iglesia.

 

Aunque sabía de su dilatado interés en todo lo atinente al terreno teológico, la insistencia me sorprendió. Más aún cuando recién iniciábamos el diálogo.

 

-  Mire, nosotros no creemos en una religión sino en una persona: Jesucristo.

 

Allí mismo le hablé del amor de Dios, del arrepentimiento y la fe.

 

-  Y Ud., Borges, ¿en qué cree?

 

-  Bueno, yo soy ateo.

 

-  Déjeme preguntarle de otro modo. ¿Cree en una vida eterna?

 

-  No.

 

- ¿Cree en la resurrección de Jesucristo?

 

-  Tampoco

 

- ¿Y en Jesucristo como ser histórico?

 

-  Desde luego. Si no, tendría que pensar que los cuatro más grandes escritores de la antigüedad fueron cuatro novelistas.

 

Conocía muy bien su obra y jamás había leído o escuchado de él esta sentencia. Ambos sonreímos. Obviamente la novela era un género desconocido en dicha época.

 

Entre tanto la gente se detenía para mirarnos o saludarlo. Un joven fotógrafo comenzó a disparar su cámara insistentemente. Borges le preguntó a qué medio pertenecía. Cuando respondió “Editorial Atlántida”, el anciano comenzó a lanzar furibundos bastonazos ante el asombro del fotógrafo que huyó raudamente. No sin amargura declaró.

 

-  Son unos estafadores.

 

La charla fue progresando por diversos caminos. Hablamos de los pueblos: La cortesía de los japoneses, el sufrimiento de los armenios y los problemas argentinos, abordando, por supuesto, la cuestión política.

 

Pero una y otra vez volvíamos al tema del evangelio. Allí mismo le relaté mi experiencia de fe.

 

-  Pero, Ud., joven, no se convirtió en ese momento.

 

- ¿Cómo?

 

-  Pienso que en realidad fue un proceso.

 

-  Sin embargo -le aclaré-, lo esencial es que en ese momento tuve conciencia: En ese instante comprendí lo que Cristo había hecho por mí.

 

"No me llame maestro. Maestros son los clásicos.  A mí llámeme simplemente Borges."

 

Nuestra conversación iba adquiriendo un sentido trascendente.

 

- ¿Sabe, Borges? Platón dijo: “Fácilmente perdonamos a un niño que le teme a la oscuridad. La gran tragedia de la vida es que los hombres le temen a la luz”.

 

- ¡Qué lindo!

 

-  Pero Schweitzer dice algo más terrible al respecto: “La gran tragedia de la vida es lo que muere dentro del hombre mientras él vive todavía”.

 

-  Es cierto. ¿Sabe? Yo ahora hago todas las cosas como si fueran la última vez. Cada acto es una despedida.

 

Hombres y mujeres que se acercaban para expresarle su cariño interrumpieron nuestro diálogo infinidad de veces. Una señora mayora exclamó emocionada:

 

- ¡Maestro! ¡Maestro!

 

-  No me llame maestro. Maestros son los clásicos.  A mí llámeme simplemente Borges.

 

Al mencionarle el alto afecto de la gente, y en tono de confidencia para exagerar el sarcasmo dijo:

 

-  Es un secreto. Contraté a una agencia de publicidad. Por favor, no se lo cuente a nadie.

 

- ¿No se cansa de atender a tanta gente?

 

-  Me parece -confesó en con resignación- que a la agencia de publicidad le pagué demasiado…

 

Los libros y la memoria

 

20160614-1aLlegamos a “El Ateneo”. En la distinguida librería recibieron a Borges como un prócer o mito viviente. Nos rodeó una veintena de empleados que lo saludaron con esmerado respeto. Borges quería un libro de sonetos de Enrique Banchs para una antología que estaba preparando.  Aproveché para regalárselo y, con una desvergüenza propia de un alucinado, le escribí una dedicatoria.

 

Emprendimos el regreso subiendo por la avenida Corrientes y luego por la calle Maipú. Los temas de conversación eran variados y sus opiniones los hacían interesantes. Hablamos de Emerson y Withman, de la cultura universal y la nacional, de libros y editores, del Buenos Aires antiguo, de algunos de sus cuentos. Al pasar por la esquina de Maipú y Tucumán dijo:

 

-  Yo nací a dos cuadras de aquí. En ese entonces no había casa de altos.

 

-  En sus libros, Ud. manifiesta un amor muy grande por la vieja ciudad y un conocimiento profundo de la vida en las orillas y en los arrabales.

 

-  Sí. La secta del coraje. Eso era anterior a la Ley Sáenz Peña. Los cuchilleros que nombro eran hombres de caudillos conservadores. Entre la ex Penitenciería de la avenida Las Heras, la Recoleta y el río había una zona brava denominada Tierra del Fuego. También del otro lado del arroyo Maldonado, a la altura de Coghlan y Saavedra, había otro territorio que los malevos llamaban la Siberia.

 

-  Recién nombró la Recoleta. La menciona frecuentemente en sus poemas. ¿Tanto le gusta?

 

-  No crea. El otro día fui a caminar por el cementerio. Allí descansan los restos de mis padres. En ese momento pensé: ‘si mis padres están en algún lugar seguro que no es en este sitio donde todo es polvo y corrupción’.

 

-  Borges, Ud. cree en Dios.

 

-  No, yo soy ateo.

 

-  Sin embargo, Ud. vive perseguido por la idea de Dios. Es una obsesión que revela en casi todos sus cuentos. La cuestión es que no basta con creer. Eso no le sirve de nada si no hay una experiencia de fe, una entrega,

 

Llegamos a su casa. Me hizo pasar nuevamente antes de la despedida.

 

- Cuando quiera, vuelva a llamarme.

 

Lo miré por última vez como quien mira un recuerdo antiguo, próximo y querido. Me fui pensando en aquel escriba del que Jesús dijo que no estaba lejos del reino de Dios, y me pregunté si, aún en el ocaso de su vida, Borges se animaría a entrar.

 

Epílogo (Pablo Bedrossian)

 

Publiqué este diálogo en El Expositor Bautista de agosto de 1986. Borges había muerto en Ginebra en junio de ese año. Cuando nos encontramos él tenía 85 años, y yo apenas 25.

 

En esta edición 2011 agregué al texto original algunas notas que recuperé de mi diario, sabiendo que otras que se habrán perdido para siempre. Sin embargo, quiero rescatar algunos detalles. Omití mencionar, por ejemplo, que antes de salir a caminar Borges desayunó, luego se fue afeitar, y que inició nuestro diálogo sentado en su sillón. También que cada vez le hablaba de su obra se mostraba esquivo, pero cuando mencionaba la de otros se conmovía.

 

La frase más extraordinaria, y que no he encontrado en ninguna de sus obras ni en sus declaraciones, es la referida a los evangelistas (los autores de los evangelios).

 

Lo que presento es la médula del encuentro y el epígrafe con que la encabezo se encuentra en su ensayo “Leslie D. Weatherhead: After Death”, en su libro “Discusión”, incluido  en las Obras Completas 1923-1974, 13ª impresión, pg.282.

 

(*) DR. PABLO BEDROSSIAN

El autor y protagonista de este relato, Pablo Bedrossian, pertenece a una familia bautista, de la diáspora armenia en la Argentina. Médico de profesión y creyente comprometido, Bedrossian es, además, un músico y compositor reconocido. Actualmente vive con su familia en Honduras, donde compagina su trabajo en una empresa farmacéutica con su amor por la naturaleza y por la música, entre otros muchos intereses que le inspira su espíritu curioso y audaz, ese mismo que le impulsó, un día, a llamar por teléfono a Borges y pedirle una cita para hablar de literatura y de fe.

 

Fuente: Actualidad Evangélica

https://www.actualidadevangelica.es/index.php?option=com_content&view=article&id=9114:jorge-luis-borges-los-evangelistas-son-los-cuatro-escritores-mas-grandes-de-la-antigueedad&catid=29:gente

 

 

jueves, 31 de enero de 2019

El Vaticano cita a Borges para defender que ‘nada está construido sobre piedra’




En el Belén que preside esta Navidad la Plaza de San Pedro en Roma se puede leer la cita del escritor, quien asegura que  “Nada está construido sobre piedra; todo está construido sobre arena, pero debemos construir como si la arena fuese piedra”.

 A escasos metros de la Basílica de San Pedro, junto a un imponente árbol de Navidad, se encuentra el Belén de arena que el Vaticano ha elegido esta Navidad para presidir la plaza de San Pedro.

 Junto al Belén, a modo de explicación, se puede leer que “esta Natividad ha sido realizada con la arena de Jesolo (Venecia), donde desde hace 17 años se construye el pesebre de arena en nombre de la Fe y de las tradiciones de todos los cristianos del mundo”.
Sin embargo, lo que más llama la atención es la cita del escritor Jorge Luis Borges que aparece a continuación: “Nada está construido sobre piedra; todo está construido sobre arena, pero debemos construir como si la arena fuese piedra”.

 Resulta curioso, y un tanto sorprendente, que en el centro neurálgico de la Iglesia Católica se pueda leer esta frase, que nada se asemeja, por ejemplo, a la Parábola en la que Jesús explica que “A cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las pone en práctica, lo compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Descendió la lluvia, vinieron ríos, soplaron vientos y golpearon contra aquella casa; pero no cayó, porque estaba cimentada sobre la roca. Pero a cualquiera que me oye estas palabras y no las practica, lo compararé a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena. Descendió la lluvia, vinieron ríos, soplaron vientos y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina”(Mateo 7:24–2 )

También, sin ir más lejos, podemos recordar la frase de Cristo dirigida a Pedro y que tantas veces hemos oído: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

Fuente: Infovaticana - 08 enero, 2019

lunes, 24 de diciembre de 2018

LA INSÓLITA ENTREVISTA DE UN JOVEN BAUTISTA AL AUTOR DE “EL ALEPH”


Jorge Luis Borges: “Los evangelistas son los cuatro escritores más grandes de la antigüedad”

Un joven de fe evangélica consiguió entrevistar al célebre escritor porteño en septiembre de 1984, tras llamarle por teléfono y conseguir, de ese modo tan sencillo, una cita. Volvemos a reproducirla hoy, cuando se cumplen 30 años de la muerte del genial escritor.

Buenos Aires, 10 de septiembre de 1984…

- ¡Hola! Con Jorge Luis Borges, por favor.

-  Borges habla.

-  Mucho gusto. Soy un joven lector que desea conocerlo.

- ¿Tendría Ud. inconveniente en acompañarme a dar un paseo? El médico me recomendó caminar treinta cuadras por día.

-  Cómo no.

-  Véngase que lo espero.

Así de fácil veía cumplido su sueño Pablo Bedrossian, un joven médico e intelectual evangélico, miembro de la juventud bautista argentina, que consiguió una entrevista exclusiva con el genial escritor con solo llamarle por teléfono. La reproducimos hoy, cuando se cumplen 30 años de su muerte, tal como el atrevido entrevistador la contó en su blog personal.


ENCUENTRO CON JORGE LUIS BORGES / por PABLO BEDROSSIAN (*)


"Los católicos creen en un mundo ultraterreno, pero he notado que no se interesan en él. Conmigo ocurre lo contrario: me interesa y no creo” (Jorge Luis Borges)

- ¡Hola! Con Jorge Luis Borges, por favor.

-  Borges habla.

-  Mucho gusto. Soy un joven lector que desea conocerlo.

- ¿Tendría Ud. inconveniente en acompañarme a dar un paseo? El médico me recomendó caminar treinta cuadras por día.

-  Cómo no.

-  Véngase que lo espero.

De inmediato me dirigí a su departamento ubicado en la calle Maipú 994, 6o piso, departamento B, a pocos metros de la plaza San Martín, en el corazón de Buenos Aires.

Cuando llegué estaba desayunando. En el saludo reconocí la voz trémula y pausada que tantas veces había oído por radio o por televisión, y que aquella mañana me había respondido por teléfono.

Frente a mí estaba un anciano ciego sumamente cortés y de gestos sencillos. Las arrugas sobre la frente rosada delataban el paso de los años. No sin asombro advertí que ese hombre era parte de la historia del país, que era el símbolo por excelencia de las Letras argentinas y que, además, era el creador de una obra tan sublime que ya no le pertenecía: se había hecho universal y, en consecuencia, pertenecía a todos los hombres.

Un corresponsal de la agencia de noticias ANSA lo entrevistaba debido a la proximidad de un viaje a Italia. Aproveché para observar la apacible habitación. Había una vasta biblioteca ocupada por los voluminosos tomos de una antigua enciclopedia en castellano, otras cuyos anaqueles estaban poblados por obras en inglés, francés y alemán, y en un rincón, una tercera, con títulos en los mismos idiomas. El cuarto no presentaba una ornamentación excesiva; sólo algunos cuadros con imágenes de sus antepasados o de contenido fantástico y unos pocos de los premios recibidos.

El periodista al despedirse dijo:

-  En Roma nos vemos con el “Polaco” (en alusión a Karol Wojtyla, el papa Juan Pablo II).

-  Está equivocado. No pienso ir a verlo… Debo ser el único.

-  Yo tampoco iría a verlo.

Mi intervención los sorprendió. Borges preguntó:

- ¿Por qué?

-  No soy católico. Soy cristiano y asisto a una iglesia evangélica.

- ¿A cuál?

-  A una bautista.

- ¿Ud. sabe? Tenía una abuela protestante. Un bisabuelo mío era pastor metodista. Además -refiriéndose a la iglesia católica-, eso de la salvación por las obras nunca lo entendí.

Luego entró una mujer de aspecto europeo y le entregó la traducción de uno de sus libros a una lengua nórdica. Finalmente iniciamos la caminata.


Con Borges por la calle Florida


Una mañana luminosa nos encontró caminando por la calle Florida. Mientras con su mano derecha se aferraba a un pintoresco bastón que le habían regalado en la provincia de Misiones, con su brazo izquierdo se tomó fuertemente de mi brazo derecho.

-  Téngame fuerte –me dijo- que ando medio “tembleque”.

-  Don Jorge…

-  Por favor, llámeme Borges.

-  Borges, cuántos personajes vivirán dentro suyo.

-  Se equivoca. Soy yo en diversos estados de ánimo. Pero, joven, hábleme de su iglesia.

Aunque sabía de su dilatado interés en todo lo atinente al terreno teológico, la insistencia me sorprendió. Más aún cuando recién iniciábamos el diálogo.

-  Mire, nosotros no creemos en una religión sino en una persona: Jesucristo.

Allí mismo le hablé del amor de Dios, del arrepentimiento y la fe.

-  Y Ud., Borges, ¿en qué cree?

-  Bueno, yo soy ateo.

-  Déjeme preguntarle de otro modo. ¿Cree en una vida eterna?

-  No.

- ¿Cree en la resurrección de Jesucristo?

-  Tampoco

- ¿Y en Jesucristo como ser histórico?

-  Desde luego. Si no, tendría que pensar que los cuatro más grandes escritores de la antigüedad fueron cuatro novelistas.

Conocía muy bien su obra y jamás había leído o escuchado de él esta sentencia. Ambos sonreímos. Obviamente la novela era un género desconocido en dicha época.

Entre tanto la gente se detenía para mirarnos o saludarlo. Un joven fotógrafo comenzó a disparar su cámara insistentemente. Borges le preguntó a qué medio pertenecía. Cuando respondió “Editorial Atlántida”, el anciano comenzó a lanzar furibundos bastonazos ante el asombro del fotógrafo que huyó raudamente. No sin amargura declaró.

-  Son unos estafadores.

La charla fue progresando por diversos caminos. Hablamos de los pueblos: La cortesía de los japoneses, el sufrimiento de los armenios y los problemas argentinos, abordando, por supuesto, la cuestión política. Cuestionó fuertemente a Ernesto Sábato por integrar la CONADEP.

- ¿No es revulsivo meterse en algo así?

Pero una y otra vez volvíamos al tema del evangelio. Allí mismo le relaté mi experiencia de fe.

-  Pero, Ud., joven, no se convirtió en ese momento.

- ¿Cómo?

-  Pienso que en realidad fue un proceso.

-  Sin embargo -le aclaré-, lo esencial es que en ese momento tuve conciencia: En ese instante comprendí lo que Cristo había hecho por mí.

"No me llame maestro. Maestros son los clásicos.  A mí llámeme simplemente Borges."

Nuestra conversación iba adquiriendo un sentido trascendente.

- ¿Sabe, Borges? Platón dijo: “Fácilmente perdonamos a un niño que le teme a la oscuridad. La gran tragedia de la vida es que los hombres le temen a la luz”.

- ¡Qué lindo!

-  Pero Schweitzer dice algo más terrible al respecto: “La gran tragedia de la vida es lo que muere dentro del hombre mientras él vive todavía”.

-  Es cierto. ¿Sabe? Yo ahora hago todas las cosas como si fueran la última vez. Cada acto es una despedida.

Hombres y mujeres que se acercaban para expresarle su cariño interrumpieron nuestro diálogo infinidad de veces. Una señora mayora exclamó emocionada:

- ¡Maestro! ¡Maestro!

-  No me llame maestro. Maestros son los clásicos.  A mí llámeme simplemente Borges.

Al mencionarle el alto afecto de la gente, y en tono de confidencia para exagerar el sarcasmo dijo:

-  Es un secreto. Contraté a una agencia de publicidad. Por favor, no se lo cuente a nadie.

- ¿No se cansa de atender a tanta gente?

-  Me parece -confesó en con resignación- que a la agencia de publicidad le pagué demasiado…


Los libros y la memoria


Llegamos a “El Ateneo”. En la distinguida librería recibieron a Borges como un prócer o mito viviente. Nos rodeó una veintena de empleados que lo saludaron con esmerado respeto. Borges quería un libro de sonetos de Enrique Banchs para una antología que estaba preparando.  Aproveché para regalárselo y, con una desvergüenza propia de un alucinado, le escribí una dedicatoria.

Emprendimos el regreso subiendo por la avenida Corrientes y luego por la calle Maipú. Los temas de conversación eran variados y sus opiniones los hacían interesantes. Hablamos de Emerson y Withman, de la cultura universal y la nacional, de libros y editores, del Buenos Aires antiguo, de algunos de sus cuentos. Al pasar por la esquina de Maipú y Tucumán dijo:

-  Yo nací a dos cuadras de aquí. En ese entonces no había casa de altos.

-  En sus libros, Ud. manifiesta un amor muy grande por la vieja ciudad y un conocimiento profundo de la vida en las orillas y en los arrabales.

-  Sí. La secta del coraje. Eso era anterior a la Ley Sáenz Peña. Los cuchilleros que nombro eran hombres de caudillos conservadores. Entre la ex Penitenciería de la avenida Las Heras, la Recoleta y el río había una zona brava denominada Tierra del Fuego. También del otro lado del arroyo Maldonado, a la altura de Coghlan y Saavedra, había otro territorio que los malevos llamaban la Siberia.

-  Recién nombró la Recoleta. La menciona frecuentemente en sus poemas. ¿Tanto le gusta?

-  No crea. El otro día fui a caminar por el cementerio. Allí descansan los restos de mis padres. En ese momento pensé: ‘si mis padres están en algún lugar seguro que no es en este sitio donde todo es polvo y corrupción’.

-  Borges, Ud. cree en Dios.

-  No, yo soy ateo.

-  Sin embargo, Ud. vive perseguido por la idea de Dios. Es una obsesión que revela en casi todos sus cuentos. La cuestión es que no basta con creer. Eso no le sirve de nada si no hay una experiencia de fe, una entrega,

Llegamos a su casa. Me hizo pasar nuevamente antes de la despedida.

- Cuando quiera, vuelva a llamarme.

Lo miré por última vez como quien mira un recuerdo antiguo, próximo y querido. Me fui pensando en aquel escriba del que Jesús dijo que no estaba lejos del reino de Dios, y me pregunté si, aún en el ocaso de su vida, Borges se animaría a entrar.


Epílogo (Pablo Bedrossian)


Publiqué este diálogo en El Expositor Bautista de agosto de 1986. Borges había muerto en Ginebra en junio de ese año. Cuando nos encontramos él tenía 85 años, y yo apenas 25.

En esta edición 2011 agregué al texto original algunas notas que recuperé de mi diario, sabiendo que otras que se habrán perdido para siempre. Sin embargo, quiero rescatar algunos detalles. Omití mencionar, por ejemplo, que antes de salir a caminar Borges desayunó, luego se fue afeitar, y que inició nuestro diálogo sentado en su sillón. También que cada vez le hablaba de su obra se mostraba esquivo, pero cuando mencionaba la de otros se conmovía.

La frase más extraordinaria, y que no he encontrado en ninguna de sus obras ni en sus declaraciones, es la referida a los evangelistas (los autores de los evangelios).

Lo que presento es la médula del encuentro y el epígrafe con que la encabezo se encuentra en su ensayo “Leslie D. Weatherhead: After Death”, en su libro “Discusión”, incluido  en las Obras Completas 1923-1974, 13ª impresión, pg.282.

Pablo Bedrossian


(*) DR. PABLO BEDROSSIAN

El autor y protagonista de este relato, Pablo Bedrossian, pertenece a una familia bautista, de la diáspora armenia en la Argentina. Médico de profesión y creyente comprometido, Bedrossian es, además, un músico y compositor reconocido. Actualmente vive con su familia en Honduras, donde compagina su trabajo en una empresa farmacéutica con su amor por la naturaleza y por la música, entre otros muchos intereses que le inspira su espíritu curioso y audaz, ese mismo que le impulsó, un día, a llamar por teléfono a Borges y pedirle una cita para hablar de literatura y de fe.


Fuente: Actualidad Evangélica