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viernes, 23 de octubre de 2020

Borges en el espejo: un inédito sobre Flaubert y el destino tortuoso de escribir


Pablo Gianera

Sería un error atribuir, en una especie de simetría de la enemistad, su francofobia a su anglofilia, pero es inocultable que Jorge Luis Borges y la literatura francesa no se llevaban muy bien, o en todo caso que Borges no se llevaba bien con la literatura francesa, puesto que esta última se encargó de llevarlo a la consagración y, con ella, módica venganza, a la vulgarización. Para Borges Francia era literariamente el país de los manifiestos, los cenáculos y las polémicas; es decir, de todo aquello que él aborrecía. Esa tendencia francesa, evidentemente, se acentuó tras la revolución de 1789, y es digno de notarse que casi todos los poetas mayores del siglo XIX (basta Baudelaire para probarlo) reaccionaron contra los principios presuntamente incuestionables de esa revolución. Como sea, son pocos los nombres que Borges salva: Paul Verlaine, apenas, Voltaire quizás, Gustave Flaubert, sin reticencias.

 

El ciclo de conferencias que dictó en 1952 en el Colegio Libre de Estudios Superiores con el título de "La obra de Flaubert", recogido ahora por primera vez en el reciente volumen Ensayos (Borges Center/University of Pittsburgh) que compilaron y anotaron Daniel Balderston y María Celeste Martín, traen de vuelta esa relación, no ya con Francia, sino con Flaubert. Dos de las secciones de ese curso eran conocidas porque Borges las había publicado primero en el diario LA NACION y después en la reedición de 1957 de Discusión como "Vindicación de 'Bouvard et Pécuchet'" y "Flaubert y su destino ejemplar". Sin embargo, el conjunto, incluso en su condición de apunte (un apunte muy adecentado) da que pensar: a ningún otro escritor, excepto quizás a Evaristo Carriego, le dedicó Borges una atención monográfica semejante. Es claro que la predilección por Flaubert (una predilección más apasionada que otras suyas) no fue episódica ni pasajera. Para darse una idea, en los diálogos con Osvaldo Ferrari de mediados de la década de 1980, Borges decía, con completa sencillez: "Y bueno, yo lo quiero mucho a Flaubert".

Fragmento de la primera página manuscrita del curso que Borges dictó sobre Flaubert

Lo que podría preguntarse es qué era aquello que Borges quería de Flaubert, ¿al estilo o al hombre? La pregunta es un poco menos inocente de lo que parece y trae consigo ramificaciones. Una respuesta inicial y aproximativa se lee en uno de los pasajes de esos cursos hasta ahora inéditos en el que se refiere, aunque sólo en primera instancia, a Frédéric Moreau, el personaje de La educación sentimental: "El egoísmo de Flaubert es el egoísmo necesario de un hombre que vive para un fin, la literatura; el de Frédéric es injustificado y frívolo. Sólo los seres muy simples están reducidos a su vida privada o a la vida pública de su tiempo, a la historia contemporánea; de mi puedo decir que en momentos en que me creía entregado a una desesperación o a una felicidad, he descubierto con escándalo que también la leyenda de Pitágoras me importaba o el problema del tiempo".

 

El vuelco a la primera persona ofrece una insinuación: lo que Borges quiere de Flaubert no son tanto sus libros como la disposición que los hizo posibles. En sus palabras: "Fue el primer Adán de una especie nueva: la del hombre de letras como sacerdote, como asceta y casi como mártir". Estas condiciones no son intercambiables, pero se iluminan mutuamente: para celebrar el "oficio sagrado" de las letras hace falta retirarse de la historia, que es lo mismo que retirarse del mundo. Exactamente lo que Borges estimaba que era el deber de un escritor y exactamente lo que los escritores de su época y de la nuestra no hacen jamás. Fue posiblemente Borges quien entendió más a fondo la lección de Flaubert; la lección de Borges, por su lado, persiste incomprendida.

 

Flaubert tenía una visión ascética de la escrituraFlaubert tenía una visión ascética de la escritura

Afortunadamente para él y para nosotros, Borges no era un académico, y por eso su manipulación de la bibliografía es enteramente discrecional. Balderston, con la colaboración en este caso de Mariana Di Ció, registran minuciosamente las fuentes de la conferencia. Pero antes que nada hay que decir que la evidencia de ese "primer Adán de una especie nueva" no proviene de las ficciones sino la correspondencia flaubertiana. Borges no podía no rendirse frente a la confesión programática que Flaubert le hizo a Louise Colet el 13 de diciembre de 1846: "Hay que leer, meditar mucho, cuidar siempre el estilo y escribir lo menos que se pueda, únicamente para calmar la irritación de la idea que pide tomar una forma y que se revuelve dentro de nosotros hasta que le hayamos encontrado una exacta, precisa y adecuada a ella".

 

En este punto hay una ramificación. Entre las citas de autoridad, Borges recurre, previsiblemente, a Albert Thibaudet, pero también, en dos ocasiones, a Marcel Proust. Recordemos el ensayo de Proust en cuestión, "A propósito del 'estilo' de Flaubert", era una réplica a "Una querella literaria sobre el estilo de Flaubert", precisamente de Thibaudet. Proust impugna resueltamente el interés documental y aun estético del estilo epistolar, y lo hace en los términos más inclementes: "Lo que asombra en un talento semejante es la mediocridad de su correspondencia". Mientras que, para Proust, un escritor menos dotado saca ventaja de la renuncia al imperativo del virtuosismo en el abandono improvisado de la carta, Flaubert, insólitamente, registra una baja: "Nos es imposible reconocer, con Thibaudet, 'las ideas de un cerebro de primer orden' y esta vez no es por el artículo de Thibaudet sino por la Correspondencia de Flaubert que quedamos desconcertados".

 

Borges se identificaba con el escritor francésBorges se identificaba con el escritor francés

Borges no puede aceptar la posición de Proust; si lo hiciera, todo "su" Flaubert, el Adán, se caería a pedazos. Por eso dice en su curso: "Marcel Proust juzga excesiva la importancia que Thibaudet atribuye al epistolario de Flaubert; olvida que el Flaubert legendario es obra de las cartas". Ese Flaubert legendario es el espejo torturado en el que Borges busca su reflejo.

 

Entendámonos: no es que Borges desdeñe, como un penoso lector adolescente, la obra a favor de la vida. Hay por ejemplo una observación que prefigura "el efecto de realidad" que Roland Barthes le atribuirá también a Flaubert. A propósito de "Herodías", uno de los Tres cuentos, dice: "Lo fantástico (esto lo sintió Dante muy bien y, en nuestros días, Wells) tiene que ser preciso; Flaubert describirá con precisión hechos milagrosos y, antes, describe con igual precisión hechos naturales, para que todo sea homogéneo".

 

Pero las agudezas no menoscaban la leyenda del escritor, superior aun al nombre propio. Algunos se sorprendieron de que, al preparar en los años ochenta la colección Biblioteca Personal, eligiera Las tentaciones de San Antonio, un escrito aparentemente menor. No lo era. "San Antonio es también Gustave Flaubert", anota en el prólogo. En ese monje, Borges entrevé una alegoría sacrificial, una renuncia feliz que quería fuera la suya propia.

Fuente: La Nación

https://www.lanacion.com.ar/cultura/borges-espejo-torturado-flaubert-nid2348504

jueves, 25 de abril de 2019

De tigres, laberintos y espejos





Sergio Ramírez

Alguien cuenta de Borges que alguna vez escribió, o dijo, que cuando había leído la traducción del Quijote al inglés se dio cuenta de que la versión en español era inferior; apreciación que irrita o divierte, depende de si se quiere o no perdonar a los genios -y éste es el genio latinoamericano que tenemos para enseñar al mundo- sus extravagancias, como son también extravagancias suyas dedicar un libro a Nixon, por ejemplo. De sus rarezas, opiniones críticas, gustos, odios y preferencias, constantes de su literatura y de su vida, da cuenta el libro Conversations with Jorge Luis Borges (Discus Book, Avon, 1970), uno de los más amenos y ricos que puede encontrarse en la extensa, y muchas veces cargante bibliografía sobre Borges. Un estudiante de la Universidad de Brandeis, Richard Burgin, supo en el año de 1967 que Borges llegaba a Cambridge para una estancia de algunos meses, y se propuso entrevistarlo. El resultado de sus varias sesiones de pláticas sobre temas múltiples es esta obra breve, de apenas unas ciento cincuenta páginas, pláticas que Burgin conduce con precisión, frescura e inteligencia (para las fechas de su encuentro con Borges tenía apenas veinte años de edad, pues nació en 1947, noticia que doy para quienes opinan mal de los jóvenes demasiado jóvenes, metidos a cosas de hombre) y en las que logra aproximaciones fundamentales a lo que ya puede llamarse el mundo borgiano, (como hay un mundo kafkiano que se ha trasegado incluso al lenguaje diario), haciendo saltar de la conversación las entretejidas imágenes de laberintos, tigres y espejos de su universo cerrado.

Quizás lo que Borges revela como mayor constancia a lo largo del diálogo con Burgin, es la equiparación que hace del mundo de la creación artística al mundo de la existencia real, absorbido el primero a través de la dilatada experiencia de la lectura, un mundo libresco que se erige por sí solo y cobra autonomía para desafiar, y oponerse al otro que en Borges, esfuminado por su ceguera, se torna un complejo de ilusiones, menos real a veces que el ya definido de sus lecturas y sus creaciones. Esa ceguera, es la que en definitiva condiciona su concepción del universo, y cuando su genio habla, se le adivina ajeno a la realidad circundante (de su infancia casi no recuerda a ningún amigo y la única imagen verdadera es la de su madre), intocado por lo que le rodea, excepto cuando alguien le menciona a Perón, o a Evita, y es frente a ella que se muestra humano a lo largo de todas las pláticas, porque se deshace, única vez Borges, en insultos al sólo recordarla.

Dudas más que certidumbres, nada de claro y preciso entendimiento, la filosofía como una organización esencial de las perplejidades del hombre; y a partir de allí, planos de la realidad paralelos a la aparente que vivimos, laberintos que desembocan en otros niveles que no se conocen y solo se pueden vislumbrar, acaso, la vida del hombre repitiéndose en otras vidas, el deseo de no ser nunca más Borges, de olvidar todo lo que Borges ha sido: y todavía no has escrito el poema. Provocaciones en forma de opiniones, agudas provocaciones de una mente abierta a todos los ingenios en su clausura interior. García Lorca: palabras, nada más que un arte de hacer sonar, combinándolas, las palabras. Neruda: un gran poeta, sin que le interese como hombre (le debieron dar el premio Nobel en 1967, dice, en lugar de otorgárselo «a ése», y ése «ése» innombrado es Miguel Ángel Asturias).

El único latinoamericano que alguna vez ha alcanzado ejercer influencia sobre toda una generación de escritores de lengua inglesa, en los Estados Unidos e Inglaterra, es Borges; sus jardines de senderos que se bifurcan en realidades distintas, los libros que ya no leeremos nunca, el tigre que anda junto al Ganges en el momento en que él lo describe, el otro tigre que existe al mismo tiempo en sus líneas, un mundo borgiano que se reproduce en otros artistas, de acuerdo a las leyes suyas, de encuentros fortuitos en el tiempo, y trastoques involuntarios. Aunque el suyo sea un universo que nadie más puede compartir.

Berlín, mayo de 1975.

Fuente: Cervantes Virtual


jueves, 17 de noviembre de 2016

Una instalación de Michelangelo Pistoletto en La Gran Lámpara del CCK


En el marco del ciclo Borges. Ficciones de un tiempo infinito se presenta en La Gran Lámpara División y multiplicación del espejo. La instalación del artista italiano Michelangelo Pistoletto está compuesta por siete esculturas de gran formato e integra una serie iniciada en 1973.

Michelangelo Pistoletto desarrolló a lo largo de su carrera un interés por el aspecto conceptual de los objetos, y aquí se acerca al universo de Borges al poner el énfasis directamente en el espejo, objeto recurrente en la narración borgeana. El planteo principal de la obra surge de la idea de que el espejo como objeto puede reflejar todo, salvo a sí mismo. El artista desafía esta imposibilidad al dividir el espejo en dos y desplazar las partes gradualmente, dando lugar a que el espejo se refleje y se multiplique. Así, con su instalación División y multiplicación del espejo, Pistoletto, figura emblemática del arte povera, nos invita a recorrer el espacio hasta el infinito.

En continuidad con las aproximaciones borgeanas de otros artistas que ya pasaron por la Gran Lámpara –como Andrea Moccio y Leandro Erlich–, Pistoletto propone una serie de configuraciones que crean una dinámica entre tiempo y espacio expandidos, donde los reflejos del uno y del otro plantean una operación matemática. El recorrido, que se inicia en un hipotético punto cero, nos sumerge en una dinámica fenomenológica: una relación de tiempos distintos, de seres y objetos que se multiplican y se convierten en algo más que un reflejo. Como escribe Borges en su poema:
“Si entre las cuatro paredes de la alcoba hay un espejo, ya no estoy solo. Hay otro”. La obra se mantendrá en exhibición hasta el 28 de febrero de 2017.

Acerca de Michelangelo Pistoletto

Nació en Biella (Piemonte, Italia) en 1933. Comienza a exponer en 1955 y en 1960 realiza su primera muestra individual en la Galleria Galatea de Turín. La primera etapa de su producción pictórica se caracteriza por la investigación sobre el autorretrato. Entre 1961-1962 emprende la serie Mirror Paintings, que incluye en las obras la presencia del espectador en tiempo real, y abren la perspectiva, en el sentido inverso a la perspectiva renacentista que había sido cerrada por las vanguardias del siglo XX. Estas obras le proporcionan un rápido reconocimiento internacional que se traduce en diversas exposiciones individuales durante la década de 1960 en prestigiosos museos y galerías de Europa y Estados Unidos y dieron lugar a su inclusión en las grandes exposiciones de arte pop y Nuevo Realismo. En 1965 y 1966 realiza una serie de obras tituladas Minus Objects, consideradas claves en la gestación del arte povera, movimiento artístico del cual Pistoletto fue protagonista. A partir de 1967 comienza a trabajar fuera de los circuitos tradicionales, reuniendo a artistas de diferentes disciplinas y sectores sociales. En los años 70 puso en marcha una de las primeras experiencias en este sentido, exponiendo obras de arte en las habitaciones de un piso alquilado durante un año. Sus obras forman parte de las colecciones de los principales museos de arte moderno y contemporáneo, incluyendo: MoMA, Nueva York; Guggenheim Museum, Nueva York; Tate Modern, Londres; Museo Reina Sofía, Madrid; MACBA, Barcelona; Beaubourg, París; Galleria Nazionale d’Arte Moderna, Roma; Museo d’Arte Contemporanea, Seúl; Museo Hirshhorn y Jardín de Esculturas, Washington; Museo d’Arte Contemporanea, Rivoli; entre muchos otros. Ha participado once veces en la Bienal de Venecia (1966, 1968, 1976, 1978, 1984, 1986, 1993, 1995, 2003, 2005, 2009), donde recibió el León de Oro en 2003 por su trayectoria artística, y cuatro veces en la Documenta de Kassel (1968, 1982, 1992 y 1997).

Fuente : CCK


martes, 2 de febrero de 2016

Los espejos que reflejan a Borges




Por Cesar Chelala

Recientemente, hablando con una amiga, psiquiatra exitosa, sobre Jorge Luis Borges, me contó de la única vez que lo había visto. “Yo tenía 14 años y quería estudiar literatura en la universidad y convertirme en escritora. No solo estaba embelesada por su personalidad sino que Borges era un héroe para mí. Fui entonces a una conferencia que él dictaba en un centro cultural de Buenos Aires. Encontré una gran discrepancia entre su apariencia física y la calidad de su presentación. Lo vi como un hombre viejo y cansado –impresión incrementada por la mala iluminación del lugar- pero la magia de sus palabras me transportó a otro mundo, al mundo de la imaginación. Después de la conferencia y mientras recordaba las páginas suyas que más me habían impactado decidí que no estudiaría literatura, la imponencia de su figura y de su discurso me inhibieron de tal manera que sentí el convencimiento de que nunca sería capaz de escribir como él.

Al salir, había varios libros a la venta. Intuitivamente compré uno llamado Medicina Psicosomática, de Eric Wittkower y Héctor Warnes. Después de leerlo me incliné por la psiquiatría, una decisión de la que nunca me arrepentí. Por ello, puedo decir que la influencia de Borges, a pesar de haberlo visto sólo una vez, de algún modo sirvió para que no optara por la literatura y eso me cambió radicalmente mi vida”.

Una experiencia distinta tuvo la escritora tucumana Mercedes Chenaut. En su libro Tremendas cuenta sobre su encuentro con Borges, cuando era una joven estudiante universitaria: “Estuve a su lado. Lo toqué o casi. Hablé con él -tímido Borges, mucho más tímida yo porque mis 20 años así lo exigían–. Era una devota comiendo al lado de su dios. Se trataba de un banquete que le ofrecía al maestro la Universidad Nacional de Tucumán, luego de dar una conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras. Corría el año 1978.

Me dijo: ‘¿Usan ustedes la palabra velorio o velatorio?’ Le contesté, temblando, que algunos grupos prefieren velatorio, pero velorio es más usada.

‘Me alegro’, respondió Borges, ‘para qué usar un vocablo con una sílaba más si existe la opción más corta’.

Eso me envalentonó para expresarle que había leído con felicidad su último Heráclito, en el suplemento literario de La Nación.

Él dijo entonces, con la mirada ausente, como todos lo reconstruimos: ‘Nunca recuerdo lo que escribo o publico’.

Yo recité, casi en estado de trance, los primeros versos: Heráclito camina por la tarde/ de Éfeso. La tarde lo ha dejado,/ sin que su voluntad lo decidiera, /en la margen de un río silencioso/ cuyo destino y cuyo nombre ignora./ Hay un Jano de piedra y unos álamos…

‘Gracias, gracias por haberme hecho recuperar algo que creía definitivamente perdido’, atinó a decir Borges”.

Ese encuentro con Borges, según cuenta la autora, la encaminó definitivamente hacia la literatura.


Cazando huevos fritos con Borges

Aunque, cuando uno lo lee, se puede pensar que Borges era una persona muy seria, en realidad era un hombre que amaba los chistes y siempre tenía respuestas inesperadas a los acontecimientos cotidianos. Mario Rojman, un amigo con quien hablé recientemente en Buenos Aires, me dijo que en una de las visitas de Borges a Perú, él era agregado de la embajada argentina. Durante esa visita, el Rey y la Reina de España coincidieron en Perú. Cuando Rojman anotició de esto a Borges, este comentó, con una sonrisa no desprovista de ironía: “Espero que no nos molesten… ”

En ese sentido, cuenta María Esther Vázquez, (está citado entre las 300 anécdotas del libro El Otro Borges, de Mario Paoletti) quien fue su secretaria y amiga, que en una ocasión, cuando estaba con un grupo de señoras les dijo, mientras se dirigía al baño: “Voy a darle la mano a Monseñor”. Cuando Borges regresó una de las señoras le recriminó: “A los monseñores no se les da la mano, Georgie, se les besa el anillo”.

Durante una entrevista en Roma un periodista italiano trató de ponerlo en aprietos. Como no logró hacerlo le preguntó a Borges en un determinado momento: “¿Ustedes todavía tienen caníbales en su país?”. Entonces Borges le contestó: “No, ya nos los comimos a todos”.

En 1970  tuve el honor de conocer personalmente a Borges cuando yo estaba  llevando adelante investigaciones bioquímicas, becado en la Fundación Campomar en Buenos Aires, dirigida entonces por el doctor Luis Federico Leloir, que ese mismo año había sido galardonado con el Premio Nobel de Química. Con mi esposa Silvia Inés no teníamos mucho dinero ni contactos personales, lo que hizo que nuestra vida cotidiana fuera difícil y estresante, sumado a mis demandas de trabajo en un instituto de clase mundial y a que ella estaba trabajando y al mismo tiempo tomaba cursos de literatura en el Instituto de Lenguas Vivas.

Un día, uno de sus profesores, el estadounidense Donald A. Yates, quien tradujo el libro de Borges Laberintos: Escritos seleccionados, nos invitó a Silvia Inés y a mí a cenar en compañía de Borges. Para nosotros fue un acontecimiento maravilloso, ya que además de alterar la rutina de nuestra vida diaria, teníamos la oportunidad de conocer personalmente a uno de los mayores escritores contemporáneos. Y Borges no nos decepcionó. Era prácticamente la única persona que habló toda la noche: al enterarse de que mi mujer era de origen vasco, no paraba de demostrar su amplio conocimiento de la historia de esa comunidad tan antigua como especial.

Nunca podré olvidar su mirada perdida en el vacío, ya que por entonces estaba prácticamente ciego, y tampoco cuando ordenó que le trajeran un par de huevos fritos en un plato hondo con una cuchara. Durante un largo rato, mientras transcurría la cena, Borges trataba de atrapar los huevos con la cuchara, y lo único que lograba era empujarlos a un costado del plato. Era penoso ver como, a pesar de sus reiterados, ampulosos y torpes intentos, se le escapaban los huevos; y aunque nos sentíamos mal por ser partícipes de ese frustrado intento de cacería, a Borges parecía no molestarle en absoluto, y  seguía hablando como si nada inusual estuviera ocurriendo.

Así transcurrió esa noche, inolvidable para nosotros, envueltos por la magia de sus palabras que parecían transportarnos a un mundo de ficción. Por el tenor de sus elucubraciones se podía pensar que la vida de la imaginación era para él más importante que la vida real. Deducción ésta bastante probable, puesto que, tal vez por ser una persona ciega, sospecho que estaba acostumbrado a vivir de remotos recuerdos y a construir universos fantásticos; y porque, en aquella velada, Borges aparentaba estar escindido de la realidad, al menos de nuestra realidad terrenal.

Entonces, ¿alguien podrá negarme que Borges frecuentaba, ya por aquellos días, como uno de sus más conspicuos habitantes, el alucinante mundo de los inmortales?  Mientras él discurría en su incierto viaje metafísico, yo a su lado en un restaurante de Buenos Aires lo acompañaba en la inverosímil aventura de cazar huevos fritos en la friolera de un plato hondo, y con una cuchara.

El Dr. César Chelala es co-ganador de un premio Overseas Press Club of America y recibió dos distinciones de ADEPA, la organización de entidades periodísticas argentinas.

Fuente :  Viceversa

jueves, 25 de diciembre de 2014

Ensayo. Espejo (de Borges) hallado en un laberinto



 
Zedryck Raziel

Si, como decía Roland Barthes, la historia de un escritor es a la vez la historia de un tema y sus múltiples posibilidades, no se negará que ese tema, en el argentino Jorge Luis Borges, se bifurca en el laberinto y –con menor énfasis– en su reflejo antagónico: el espejo. De su narración “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” recordamos las líneas inaugurales: “Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar” (Borges, 2005), líneas que sin duda importan el laberinto en la suposición de que todo conocimiento recogido por cualquier enciclopedia puede atormentar el entendimiento de los hombres como el laberinto su afán de libertad. Por supuesto, la enciclopedia igualmente puede orientarlos en su vida lo mismo que una brújula (la metáfora pertenece al crítico Harold Bloom), pero es innegable, de cualquier modo, la torpeza de la brújula en un laberinto cuando se asume que el Conocimiento (es decir la Enciclopedia, el propio sendero bifurcado) es infatigable y los hombres tan rudimentarios en la duración de sus días y en su capacidad de intelección. El resultado de este sencillo razonamiento propone una lectura subyacente en el comienzo de la ficción “Tlön…”: “Debo a la conjunción de un espejo y de un laberinto el descubrimiento de Uqbar”.

El espejo, aunque posee la (“abominable”) virtud de reproducir innumerables veces lo que existe sólo una vez en el mundo, creando así una ilusión laberíntica (pero no el laberinto) de verosimilitudes que no necesariamente son veracidades, confirma el presupuesto maniqueo de que existe un reflejo y un reflejado, un éste y un aquél, un real y su contrario; y en la medida en que sirve a esta diferenciación, cumple la tarea de descomplejizar lo que en Borges es rigurosa complejidad. Así, el espejo es uno y el laberinto, por su parte, otro. Sin embargo, convergen de manera especial en la literatura borgeana.

Cierto es que para Borges, “después de todo, el mundo es demasiado complejo para ser reducido a un esquema tan simple”; cierto es que con dicha sentencia él rechazó los estudios de Freud y de Marx y a éstos los reputó reduccionistas: en el caso de uno, por disminuir la vasta civilización al principio de las pulsiones sexuales; en el caso del segundo –a propósito del materialismo dialéctico–, por reducir “la historia universal a un sórdido conflicto económico” (“La forma de la espada”).[1] No obstante esta vindicación que hizo el argentino de la complejidad, de lo irreductible, del Todo imposiblemente cognoscible (aunque se sabe que defendió con elocuencia el gnosticismo), “Borges es un escritor admirable empeñado en destruir la realidad y convertir al hombre en una sombra”, como ha afirmado tenazmente Ana María Barrenechea, con la culpable omisión de no arrojar luz alguna sobre la incontestable –tal vez no tanto– cuestión: ¿sombra de quién, sombra de qué?

El abrupto tránsito de Borges entre un Universo inextricable (atribuible tanto a una Divinidad como a la Humanidad) y su posterior refutación cumple, en sus ficciones, el oficio de señalar su cosmovisión ambivalente –mas no ecléctica– que rehúsa categóricamente todo teísmo pero también todo antropocentrismo, y que descansa sobre un “humanismo escéptico”, nombre que asignan ciertos críticos para aludir a la curiosa filosofía del escritor: si el panteísmo (de pan-, el griego Theos, e -ismo) es la noción que tienen algunas comunidades religiosas acerca de la presencia total de Dios, el “panomismo” (de pan-, el griego homô, e ­-ismo) es el concepto que tiene Borges –y otros genios escépticos– acerca de la cuestionable complejidad de la Humanidad, toda ella reunida en una unidad camaleónica con atributos simplemente universales (volveré más adelante sobre este punto).

Parto de la opinión inicial que tiene Borges sobre una imposible originalidad autoral, el sospechoso origen de las fuentes literarias. Hacia el final de su vida, el argentino comenzó a creer que la literatura universal es “un inmenso poema compuesto por muchas manos a través de los siglos” (Bloom, 2005: 480), y reconoció en toda la creación literaria un infatigable plagio, en el sentido de que cada escritor ha sido causa y consecuencia de otros, determinados todos por un conjunto reducido de “imágenes que se despliegan en una serie infinita de distintas versiones” (Oviedo, 2010): el azar, pues, comanda las relaciones que establece un “autor” con la literatura anterior y posterior (aunque “anterior” y “posterior” son términos incorrectos que evocan la linealidad del tiempo). Esta teoría del inacabable plagio inocente, que tampoco es prístina suya, Borges la ensaya en su relato “Pierre Menard, autor del Quijote”, en el que Menard se propone la “admirable” labor de escribir la célebre novela de Cervantes, no a través del ejercicio plebeyo de la transcripción, sino produciendo unas páginas que coincidieran con la obra “palabra por palabra y línea por línea”; Menard afirma heroicamente: “Mi empresa no es difícil, esencialmente. Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo”. Porque, como sostiene Borges en otro relato –“El inmortal”–, “en un plazo infinito le ocurren a un hombre todas las cosas” (Borges, 1982), incluyendo componer, cuando menos una única vez, el Quijote (pero también la Odisea y todos los libros posibles de la Biblioteca), probablemente siendo Cervantes o Menard u Homero, pues “un solo hombre inmortal es todos los hombres”, y no hay Humanidad.

El “panteísmo” de Borges (que aquí he nombrado “panomismo”), esa noción compartida con Schopenhauer –y seguramente con otro filósofo de tiempos inmemoriales– de que uno es los otros y cualquier hombre es al mismo tiempo todos los hombres, está presente en varias de sus ficciones, producto de su complicada concepción de un tiempo circular, en eterno retorno. En “La forma de la espada”, por ejemplo: “Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine a todo el género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo”; y en “La lotería de Babilonia”: “Heráclides Póntico refiere con admiración que Pitágoras recordaba haber sido Pirro y antes Euforbo y antes algún otro mortal”.

Cierto lector suspicaz pensará que esta fulminación, esta descomplejización de la Humanidad, no guarda relación alguna con las figuras del riguroso laberinto y del espejo multiplicador en las letras borgeanas (pese a que ya he dicho que la función del espejo es, precisamente, simplificar). Piense tal lector, como premisa fundamental, en que esa descomplejización es, en sí misma, una complejización, máxime en un tiempo –el nuestro– en que la convención de un tiempo lineal, sucesivo, justifica el imponderable valor de lo “irrecuperable y azaroso” que asignamos a los actos de los humanos; y máxime, también, cuando la teoría del “panomismo” implica que un hombre sencillo, además de haber sido –o de ser en el porvenir– Miguel de Cervantes y el poeta Homero[2], está igualmente relacionado con uno de los posibles orígenes de todas las cosas: en la narración “Tres versiones de Judas”, Borges propone que no fue Jesucristo, sino Judas Iscariote –como pudo haberlo sido cualquier otro hombre–, el verdadero Hijo, el “Dios Encarnado”.

El tema de los “dobles antagónicos”, resultado de la figura del espejo, es una suerte de “panomismo” focalizado en la literatura de Borges: un hombre es, específicamente, otro hombre: su enemigo mortal; de modo que existe un compartimiento de culpas que resultan mutuamente semejantes. Ocurre entre el detective Erik Lönnrot y el villano Red Scharlach en “La muerte y la brújula”; ocurre, en “Los teólogos”, entre dos doctores de la primera iglesia, Aureliano de Aquilea y Juan de Panonia –quienes para Dios “formaban una sola persona”–; y ocurre en “El fin”, entre los dos hombres que se entreveran con cuchillo para saldar una vieja culpa pendiente y luego de la cual queda irremediablemente otra.

No es una contradicción que yo sostenga, a la par del “panomismo” unificador, que la función descomplejizadora del espejo sea la de confrontar el yo y, al mismo tiempo, confirmarlo como propio y distinguirlo del de otro. Borges niega el ideal kantiano de identidad monolítica de cada hombre, pero no para admitir la existencia tan alabada –por algunos– de un yo fragmentario y disperso conformado por muchas identidades (noción que abominan tanto los racionalistas positivos, creyentes de un “Espíritu Universal” –entre ellos Leibniz, referente incorruptible de Borges–, como el cristianismo occidental, que condena el demonismo porque encuentra que el demonio tiene innumerables apariencias y es antinatural (Gorriarán, 1998: 5), sino para establecer a cada hombre como un sencillo fragmento que conforma una única personalidad, suprema o no, “que, al principio del tiempo, se destruyó a sí mismo en su deseo de no existencia” (Bloom, 2005: 477). Esta sentencia es, en principio, casi una vindicación de una Humanidad divina; no obstante, es innegable que cada sujeto resulta ser, entonces, una partícula indiferenciada de una Personalidad pesimista que se lleva al suicidio como el lúcido detective Lönnrot se deja conducir a su propia muerte por su lúcido ejecutor –que a su vez es su reflejo antagónico–, el dandi Scharlach.

La defensa de una Humanidad divina no es intención de Borges. Su figura del espejo confirma que hay individualidad, pero no identidad propia. En lugar de hombres dueños de un yo fáustico o de un yo monolítico trascendental, existen hombres camaleónicos, poseedores de un sentimiento oceánico “que diluye el yo en la totalidad de la naturaleza”, y capaces de –“o incapaces de hacer otra cosa”– mimetizar aspectos de los sujetos y cosas que los rodean (Gorriarán, 1998: 6), del mismo modo como todos los escritores han asimilado creaciones ajenas y las han vuelto suyas. Del mismo modo como un hombre es todos los hombres.

La pregunta que, al parecer, ha quedado incontestada es: ¿por qué sacrificar toda la Humanidad, todo el género humano? ¿Por qué descomplejizarla? (Hablo, por supuesto, en términos de temporalidad, pues espacialmente es evidente la existencia de cuantiosos individuos.) Puedo aducir, como posible motivo, el ejercicio de extinguir una cosa para dar espacio a otra por la que se tiene preferencia. Si toda la literatura es plagio en un contingente tiempo circular, no es imposible el plagio (también) de la virtud. Así, por ejemplo, en “Tres versiones de Judas” se dice que el apóstol no evidenció a Jesucristo por el obsceno dinero; por el contrario, “obró con gigantesca humildad –relata Borges–, se creyó indigno  de ser bueno. […] Judas buscó el infierno porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres”. No obstante, una suposición que insinúe una predilección fácil del argentino hacia la divinidad resultaría falaz. Según Bloom, “un Dios muerto o desaparecido o, en el gnosticismo, un Dios ajeno, apartado de su falsa creación, es el único vestigio de teísmo que queda en Borges” (Bloom, ibid.: 477).

Presumo una tesis más satisfactoria, partiendo de una idea (hecho) sustancial del escritor que explica en –cuando menos– dos de sus ficciones: “La biblioteca de Babel” y “El jardín de senderos que se bifurcan”. En la primera, que es una gran alegoría del Conocimiento, se afirma que todo lo cognoscible acerca del Universo está compendiado en libros que, a su vez, se encuentran dispuestos en galerías –probablemente infinitas– de la inmensa Biblioteca (que es el Universo mismo); “basta que un libro sea posible para que exista” en algún lugar de la Biblioteca, sentencia Borges; miles de hombres han muerto en la búsqueda infructuosa de un libro determinado.[3] Con el mismo sentido, en el melancólico relato “El jardín…”, se narra que Ts’ui Pên concibió la posibilidad –en su novela intitulada El jardín de senderos que se bifurcan– de que un hombre, enfrentado con diversas alternativas, asuma simultáneamente todas, sin eliminar ninguna, contrario a lo que ocurre en-la-realidad. En resumen, para Borges la realidad es una cadena de infinitas posibilidades, pero quienes la enfrentan son individuos radicalmente limitados a la diacronía, condenados a abarcar sólo una mínima parte de esa riqueza potencial.

La descomplejización que hace el argentino es una apariencia –pues es producto del espejo–; todo es una complejización deliberada a través de un laberinto aparentemente fácil, que “consiste en una sola línea recta”. El “panomismo” de Borges no es reduccionista, aunque lo parezca. Por el contrario, sospecho que tuvo plena consciencia de que sólo en la noción de que un hombre es al mismo tiempo todos, y todos al mismo tiempo él; y que estando todos desperdigados espacialmente en los confines del mundo, individuales pero partícipes de una personalidad incorruptible y capaces de un conocimiento limitado que a fin de cuentas se integra en un conocimiento más noble y profundo e insondable…; sospecho que el triste Borges sabía –como todos los hombres– que sólo de ese modo –dispersos en una aparente Humanidad– nosotros, simples humanos Universales, podemos abarcar todas las posibilidades que la realidad nos depara y que individualmente desperdiciamos, negligentes.

FUENTES REFERIDAS:

Borges, Jorge Luis 982, Narraciones, Salvat (ed.), España.

2005, El canon occidental: La escuela y los libros de todas las épocas, Anagrama, España.

Serna Arango, Julián

2001, “Borges y el tiempo”, Universidad Complutense de Madrid, en http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/boserna.html

Aquileana

2007, “Borges y la noción de tiempo circular”, en http://www.aquileana.wordpress.com

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[1] En alguna ocasión, Borges afirmó: “Decir que el hombre no sale de las circunstancias es otra manera de decir que no sale del tiempo, de lo sucesivo, y que no estamos en la eternidad”.

[2] En “El inmortal”, el sencillo comerciante Joseph Cartaphilus, quien es el personaje principal, ve su doble en la figura de Homero, el primero de los poetas inmortales. N. del. E.

[3] Este argumento es prolongado –y ejemplificado– en otra narración, “El milagro secreto”. El protagonista, Jaromir Hladík, busca que Dios le conceda el permiso sagrado de vivir un año más para finalizar un drama más que teatral para “justificarse” a sí mismo y “justificarlo” (a Dios); hallar a Dios para merecer la concesión es una empresa fatigadora. Dice la ficción: “Un bibliotecario de gafas negras le preguntó ‘¿Qué busca?’. Hladík le replicó ‘Busco a Dios’. El bibliotecario le dijo: ‘Dios está en una letra de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego buscándola”.

Fuente : Revista Universitaria Contratiempo

EL LABERINTO DE ESPEJOS. Ficciones, Jorge Luis Borges



Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan.

Jorge Luis Borges

Desde la perspectiva de nuestra concepción cultural occidental y moderna, solemos aproximarnos a la realidad de dos maneras, alternativa o simultáneamente: mediante la experiencia, o a través de los libros. Borges se inclina, y se ve inmerso, por circunstancias familiares y voluntad propia, en la segunda. Nacido en Buenos Aires en 1899 en el seno de una familia culta, creció entre la memoria de sus bisabuelos, de su abuelo paterno, héroes de sucesivas guerras patrias; la instrucción de sus abuelas que le educaron en la corrección inglesa y en la sobriedad criolla; la protección de su entusiasta hermana Norah; la actitud intelectual de sus padres.

Mujer de inteligencia rápida (…) Leonor Acevedo siempre estuvo orgullosa de sí misma, de su familia, de su clase y, en grado superlativo, del talento de su hijo (1).

En cuanto a su padre, Jorge Guillermo Borges,

le enseñó a su hijo tres cosas: el poder de la poesía, aceptar con estoicismo las desdichas físicas y buscar en la filosofía, o mejor, en los diferentes sistemas filosóficos, las explicaciones últimas (2).

En el ambiente intelectual de la familia se integran los amigos del padre que frecuentan la casa, hombres inquietos que se apasionan en vehementes disquisiciones tertulianas. Uno de estos personajes influirá vivamente en Borges: Macedonio Fernández. Borges
manifiesta admiración por un personaje que torna mítico, casi creación fantástica (…). Macedonio se solazaba en la apología del filósofo volado, del hombre que se ufana de ser absurdo: “Tienes que disculparme el no haber ido anoche. Soy tan distraído que iba para allá y en el camino me acuerdo de que me había quedado en casa. Estas distracciones frecuentes son una vergüenza y hasta me olvido de avergonzarme”. Muchos no le encuentran gracia, pero Borges lo consideró un portento (3).

En este entorno familiar Jorge Luis Borges, Georgie, creció rodeado de libros que empezó a leer y traducir desde pequeño. Borges fundó un universo propio en el que convivía con los personajes de los libros, pero también con sus autores, considerándolos a todos por igual sus compañeros de juegos. Su casa de Buenos Aires, las diversas estancias donde pasaban los veranos, sus viajes por Argentina y sus residencias en Europa, se convirtieron en escenarios fantásticos donde se desarrollaba su vida. Ese aprendizaje del mundo a través de la vía intelectual tiene como consecuencia una visión más global del mundo. La experiencia siempre nos ofrece un punto de vista parcial y sesgado, mientras que a través de la lectura podemos acceder a perspectivas diversas, tanto cronológicas como espaciales, con las que esbozar en nuestra mente un panorama más amplio, completo y, a la vez, aparentemente contradictorio, del universo, conocido o intuido, que nos rodea. Esta dilatada percepción lleva a Borges a conclusiones a veces difíciles de asumir por el lector, como la existencia del Aleph, el universo concentrado en una esfera de apenas unos centímetros; como la idea herética y sacrílega de que Dios elija ser Judas. Borges siguió toda su vida este camino intelectual iniciado en su infancia. Eso podría explicar el desapego a las cuestiones físicas que sugieren sus biógrafos. De ahí también su declarado anarquismo, pues frente al orden del universo las pretendidas leyes humanas no pueden sino resultar falaces. Sus restos descansan en Ginebra, dónde murió en 1986, bajo una lápida de clara evocación épica.

El pedido de Borges: ‘Sólo pido / Las dos abstractas fechas y el olvido’ no fue tenido en cuenta (4).


Debo a la conjunción de un espejo y una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar.

La obra de Borges Ficciones, publicada en 1944, aparece como reunión de dos libros del autor argentino, El jardín de senderos que se bifurcan, de 1941, y Artificios, de 1944. Lo que a primera vista se presenta como una colección de relatos independientes, puede convertirse, bajo el influjo del propio autor y siguiendo la propuesta que él mismo lanza desde sus páginas, en un laberinto en sí mismo, un recorrido por espacios y tiempos que convergen en las esquinas de las narraciones, un laberinto conformado por pasillos adornados de espejos que reflejan retazos de las demás estancias. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias (p.87) (5). Borges nos propone un juego, una adivinanza, a la que nos invita a cada tramo de lectura, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres (p.39). ¿Cual es el objeto final propuesto por Borges al final del camino? En puridad, no sería descabellado afirmar que ninguno, pues cada encrucijada daría lugar a un nuevo recorrido: infinitas historias, infinitamente ramificadas (p.82). Así, podemos explorar Ficciones como el laberinto, siguiendo la estela de las imágenes que se repiten en distintos espacios y tiempos, donde la historia de un hombre es la de todos los hombres, cualquier hombre es todos los hombres (p.143), y el universo infinito se resuelve como un infinito juego de azares (p.76).

La posibilidad de tal infinitud elude en cierto modo el compromiso ético, pues el autor no va a mostrar inclinación por cualquiera de las múltiples vicisitudes y los heterogéneos desenlaces a los que se verán abocados los protagonistas de los cuentos, sino que cualquiera de ellos será igualmente natural y admisible. Recogeremos el guante que el autor nos arroja y aceptaremos el reto de adentrarnos en el laberinto de palabras que se abre ante nosotros. Borges confía en que el viaje será largo y placentero, y que nuestra inteligencia será capaz de asumir el asombro. El lector de este libro singular es más perspicaz que el detective (p.79), nos anima el poeta.


A la realidad le gustan las simetrías.

La primera pista que encontramos en el laberinto de la obra es la presencia de espejos a los largo de sus páginas. Hemos visto que es el primer objeto que el autor nombra, y aunque, según sus biógrafos, su apariencia siempre despertó el miedo en Borges desde niño, no puede sustraerse a la fascinación que le producen, y se convierten, como ya anunciábamos, en un elemento principal en esta lectura de Ficciones que proponemos. Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres (p.14), afirma en ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’. Estos espejos dan lugar a la multiplicidad, pero cada uno de sus reflejos será, a la par de simétrico, opuesto, y dará lugar a nuevas digresiones, nuevos sucesos inversos en los que la muerte precede al nacimiento y la cicatriz a la herida y la herida al golpe (p.80). En ‘La biblioteca de Babel’ el espejo refleja la magnitud inabarcable del universo, las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito (p.87). A ‘Funes el memorioso’, su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez (p.134). Condenado por el azar y por un caballo embravecido a tener plena conciencia de todas y cada una de las partículas que le rodean, el joven Ireneo soporta la carga fatigosa y magnífica de su omnisciencia. El detective Lönnrot se multiplica infinitamente en espejos opuestos (p.166) en su deambular por Triste-le-Roy, la quinta abandonada en donde está a punto de resolver el enigma que le ha llevado hasta allí -aunque, paradójicamente, él aún no sepa que ese va a ser su último caso-, en el relato policial ‘La muerte y la brújula’. En ‘Tres versiones de Judas’, Borges argumenta la supuesta traición de Judas como un acto de redención, para el cual, si Dios se humilla a ser hombre, el hombre debe rebajarse a ser infame, pues el orden inferior es un espejo del orden superior (p.187). ‘Las ruinas circulares’, donde un individuo sueña a otro y lo proyecta a un escenario análogo a repetir los actos que él mismo ha llevado a cabo, se abre con una cita de la obra de Lewis Carroll “A través del espejo”. ‘The secret mirror’ es el título de la comedia heroica que lleva al éxito al personaje Herbert Quain, en la que la trama de los actos es paralela, pero en el segundo todo es ligeramente horrible (p.84). Todos estos espejos

que ‘amueblan’ los relatos son los que invitan al lector a seguir los diferentes ramales que el camino va dibujando hasta el infinito. Así, los temas y las ideas que Borges va desgranando encontrarán su igual, su símil o su opuesto transitando por los cuentos.

Para la otra vez que lo mate –replicó Scharlach- le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es invisible, incesante.

Borges nos propone adentrarnos en su laberinto, perdernos sin miedo por sus sinuosidades, sin un objetivo aparente. El laberinto parece no tener fin. Sus senderos se abren y cierran en innumerables variaciones que coinciden y divergen a cada paso. La idea de Borges del universo y la vida como ese laberinto, la falta de sentido de la existencia humana que toma de Schopenhauer, le lleva a una expresión lúdica de la misma, donde las decisiones que llevarán al individuo por un determinado derrotero estarán inevitablemente influidas por el azar. Tal vez lo único que Borges pretende con esta propuesta es que algún día uno de sus lectores-detectives se convierta en su redentor y, como Teseo a Asterión, le salve de esa terrible prisión a que ha sido condenado: la vida. El laberinto como representación de la vida, se repite también a los largo de los relatos, para que el lector no olvide que la realidad se extiende mucho más allá de los límites de la simplicidad de los hombres. Tlön es un laberinto urdido por los hombres (p.39). La idea de un universo ingeniado por el hombre resulta acaso fantástica para los lectores, pero, ¿no son todas las civilizaciones, todas las filosofías, todas las religiones, todas las ciencias, únicamente el fruto de la mente de los hombres? El laberinto aparece también en ‘La lotería de Babilonia’, como el recinto donde todo hombre libre automáticamente participaba en los sorteos sagrados que se efectuaban cada sesenta noches (p.71). En este relato los individuos no resuelven que camino tomar, sino que se entregan al azar asumiendo todas las consecuencias. Herbert Quain titula su primer libro ‘The God of the Labyrint’ (p.77), y desarrolla en su obra posterior la simetría y la divagación. Por supuesto, ‘La biblioteca de Babel’, ilimitada y periódica (p.99), iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, inútil, incorruptible, secreta (p.98), no es sino ese laberinto que es representación del universo, cuyos libros son, en multitud de ocasiones, mero laberinto de letras (p.89). El doctor Stephen Albert, exégeta del Laberinto de Ts’ui Pên, ‘El jardín de senderos que se bifurca’, se refugia él mismo en el interior de un laberinto, según las palabras del doctor Yu Tsun: el consejo de siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos (p.106). El laberinto de Ts’ui Pên se bifurca en el tiempo, no en el espacio (p.112), lo que prefigura cualquier desenlace posible, incluso el más insospechado, como la muerte de Albert a manos de Yu Tsun. En ‘Tema del traidor y el héroe’ Ryan, indagando sobre la vida de su bisabuelo Kilpatrick, héroe nacional, encuentra claves que se repiten de manera paralela en otras historias y personajes. De esos laberintos circulares lo salva una curiosa comprobación, una comprobación que luego lo abisma en otros laberintos más inextricables y heterogéneos (p.148), hasta descubrir que él mismo no es sino un elemento más de la trama. El más ilustre de los pistoleros del Sur, Dandy Red Scharlach (p.162), se refugia en la quinta de Triste-le-Roy, que abunda en inútiles simetrías y en repeticiones maníacas (p.165) tras un tiroteo en un garito en el que fue arrestado su hermano. Allí juró por el dios que ve con dos caras y por todos los dioses de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto en torno al hombre que había encarcelado a mi hermano (p.168). Este es el tema de ‘La muerte y la brújula’, que narra cómo el detective Lönnrot consigue llegar al centro del laberinto, sólo para encontrar su propia muerte. En ‘El milagro secreto’, el escritor de origen judío Jaromir Hladík es arrestado y condenado a muerte por los nazis. Minutos antes de la hora prevista para su fusilamiento es conducido al patio. Hladík había previsto un laberinto de galerías, escaleras y pabellones (p.180). La realidad, más acorde con su sórdido destino, fue parca en detalles.

-¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.

Casi como estampas, como cromos en un álbum, Borges utiliza a lo largo de la obra pequeños retazos de su propia vida. Como meras referencias a veces, parte del paisaje o del paisanaje, dando nombre a otros personajes como una reverencia a su memoria, encontramos en algunos relatos, más que una presencia, un reflejo singular en alguno de los espejos que antes mencionábamos, una alusión a su realidad intrincada con la ficción. Su amigo Bioy Casares es el primero que aparece como responsable del descubrimiento del universo imaginario de Tlön por el propio Borges: Al día siguiente Bioy me llamó desde Buenos Aires. Me dijo que tenía a la vista el artículo sobre Uqbar, en el volumen XXVI de la Enciclopedia (p.15). El hallazgo de este nuevo cosmos tiene lugar en el escenario real de Buenos Aires, dónde visitan la Biblioteca Nacional en busca, infructuosa, de información. También en un escenario conocido, el hotel de Adrogué, donde la familia Borges solía pasar el verano durante la infancia del escritor, encuentra por fin el libro anhelado: A First Encyclopaedia of Tlön. Vol XI. Hlaer to Jangr (p.20). ‘La Biblioteca de Babel’ narra en clave fantástica la peregrinación por el universo literario que Borges viene recorriendo desde la infancia. Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos (p.87). Borges trabajó durante casi nueve años en la Biblioteca Miguel Cané, destinado al departamento de clasificación y catalogación. Según narra Mª Esther Vázquez, fue un tiempo de “firme infelicidad”.

Los compañeros, con la excepción de uno sólo, eran gente vulgar interesada en las carreras, en el fútbol y en cuentos verdes (6).

Es posible encontrar un retrato irónico de estos compañeros en ‘La Biblioteca de Babel’: Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros (p.90).

El cuento ‘Funes el memorioso’ se desarrolla en Uruguay, en el pueblo de Fray Bentos, dónde el narrador pasa las vacaciones en la estancia de sus parientes, la familia Haedo. Este es también el apellido de los primos de la madre de Borges. En la quinta de estos familiares, en Paso del Molino, cerca de Montevideo, pasaban los Borges parte del verano, antes de trasladarse a Adrogué.

Cuenta Alicia Jurado, en su libro ‘Genio y figura de Borges’, que en el Paso del Molino había un mirador con una escalera de caracol, sus ventanas de vidrios de colores supone que inspiraron a Borges los rombos rojos y verdes de Triste-le-Roy (7).

También en ‘Funes el memorioso’, en el sistema de numeración que éste había discurrido, Luis Melián Lafinur es el nombre dado a uno de los números. Era primo de Jorge Guillermo Borges, el padre del autor. De igual manera da un nombre familiar a uno de los personajes de ‘La muerte y la brújula’, Azevedo, que era el apellido de su madre, aunque escrito Acevedo. Sorprende que diera este nombre al personaje de Daniel Simón Azevedo, hombre de alguna fama en los antiguos arrabales del Norte, que había ascendido de carrero a guapo electoral, para degenerar después en ladrón y hasta en delator (p.158), habida cuenta la veneración y respeto que Borges declaró siempre por su madre. Pero quizás algún remoto e inconfesable episodio protagonizado por un familiar deshonesto le llevó a ponerle su nombre al infame personaje. La abuela paterna de Borges, Fanny Haslam, cede también su apellido a un personaje, en este caso el autor de “History of the Land Called Uqbar” 1874 (p.17), Silas Haslam. Jorge Guillermo Borges había muerto en 1938 por la rotura de un aneurisma. Dos personajes de Ficciones fallecen de idéntica patología: Herbet Ashe, en ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’; Nils Runeberg, el teólogo autor de las vindicaciones del apóstol traidor en ‘Tres versiones de Judas’. En esta última narración, se cita al hebraísta dinamarqués Eric Erfjord (p.189) como autor del prólogo de una de las obras de Runeberg. Erfjord era el apellido de una tía de Borges, la esposa de su tío paterno Francisco Borges.

Otro Francisco Borges, abuelo del autor, el coronel Borges, había luchado contra los indios en la frontera, entre otras acciones y murió en un acto de honor:

Los mitristas fueron vencidos en la batalla de La Verde; el coronel Borges vistió un poncho blanco, montó a caballo y, con los brazos cruzados sobre el pecho, avanzó lentamente hacia las trincheras de los vencedores” (8).

En ‘El Sur’, Francisco Flores, abuelo del protagonista, Juan Dahlmann –quien trabaja, como Borges, en una biblioteca-, también muere en acto de batalla, pero luchando contra los indios de la frontera. En la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas (…) fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso (p.205). En su poema ‘Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges’, escribiría de nuevo: mi patria es un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada (9). En las lineas finales de ‘El Sur’, si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor (p.215): el protagonista se enfrenta con firmeza, como había hecho el coronel Borges, a la muerte cierta que le espera.

Por antecomedores y galerías salió a patios iguales y repetidas veces al mismo patio.

Proponíamos al principio un recorrido laberíntico por Ficciones, un tránsito no lineal, sino dejándonos llevar por desvíos insinuados, por la confusión de un espejismo, por el reflejo en el azogue que nos depara múltiples visiones; soluciones precarias a incógnitas plurales que, aunque sigan sin resolver nuestros interrogantes, nos reconforten con la esperanza que subyace en la incertidumbre. Muchos son los senderos que se bifurcan, que transitan de un cuento a otro sin llegar a conclusión alguna. Hemos señalado tres elementos que se repiten con insistencia a lo largo de la obra: los espejos, el laberinto, las referencias personales. Retomando uno de estos últimos, por ejemplo, mencionábamos la presencia de un personaje, Eric Erfjord, en ‘Tres versiones de Judas’. En una nota al margen, se indica que Erfjord, para justificar esa afirmación invoca el último capítulo del primer tomo de la ‘Vindicación de la eternidad’, de Jaromir Hladík (p.190). Hladík es el protagonista de ‘El milagro secreto’. En el relato, escribe un drama titulado ‘Los enemigos’, en el que la trama del primer acto resulta ser, en el segundo acto, el delirio de uno de los personajes. Este es, en lineas generales, el argumento análogo de ‘The Secret Mirror’, la comedia que escribe el protagonista de ‘Examen de la obra de Herbert Quain’. El pretexto de este cuento es realizar una loa elegíaca a la muerte de un escritor, que comienza con un reproche: las necrológicas que le ha dedicado la prensa son evocaciones que nadie juzgará inevitables y que no hubieran alegrado al difunto (p.77). En el primer párrafo de ‘Pierre Menard, autor del Quijote’, de nuevo el desagravio a un autor difunto: Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria… (p.41). En este cuento cita Borges a diversos autores filosóficos y literarios, y muchos de ellos encuentran su correspondencia en otros relatos. Así, Russell aparece en una nota al margen de ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’ –en Tlön, a veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro (p.33), quizás por ello un tigre o caballo de piedra corona el recinto circular (p.56) de ‘Las ruinas circulares’-; Shakespeare es parte esencial de la trama narrada en ‘Tema del traidor y el héroe’, y también es mencionado en ‘La secta del Fénix’; “Salammbó” refleja la imagen de su autor, Flaubert, en el cuento ‘El milagro secreto’; la alusión a Edmond Teste nos remite de nuevo a ‘Examen de la obra de Herbert Quain’. A propósito de Quain, el propio Borges confiesa en el cuento: De ‘The Rose of Yesterday’, yo cometí la ingenuidad de extraer ‘Las ruinas circulares’, que es una de las narraciones del libro “El jardín de senderos que se bifurcan” (p.85). Así surgen nuevos caminos que siguen entrecruzándose y tejiendo el artificioso laberinto. En ‘La secta del Fénix’ se apela a textos de Tácito para argumentar su origen; los libros perdidos de este autor se encuentran en ‘La Biblioteca de Babel’, donde es posible encontrar también el evangelio gnóstico de Basílides (p.92), que se cita en ‘Tres versiones de Judas’. El protagonista de este relato, Nils Runeberg, se apellida igual que el agente alemán eliminado por Madden en ‘El jardín de senderos que se bifurcan’ (aunque su nombre real era Rabener). De nuevo en ‘El jardín’, el doctor Albert señala las “Mil y Una Noches” en su argumentación sobre un posible libro infinito. Dicha obra desencadena, de alguna manera, los acontecimientos del último cuento del libro, ‘El sur’. Juan Dahlmann lee las narraciones de Sherezade durante su viaje en tren hacia la estancia que posee en el Sur; Lönnrot, en ‘La muerte y la brújula’, también toma el tren hacia el sur en pos de un asesino. Ambos contemplan desde la ventanilla como la ciudad se desgarraba en suburbios (p.210). Ambos encontrarán una suerte análoga al final del trayecto. La última aventura de Lönnrot había comenzado con la investigación de un crimen cometido a causa de un funesto error. En realidad, el asesino sólo pretendía robar unos zafiros. Uno de estos zafiros quizás sea arrojado al río, si así lo determina ‘La Lotería de Babilonia’: un sorteo decreta que se arroje a las aguas del Eufrates un zafiro de Taprobana (p.74). La Compañía, que administra el funcionamiento de la lotería, utiliza espías para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual (p.71). Además, en cierta letrina pueden los ciudadanos depositar delaciones. También hay letrinas en los zaguanes que unen las galerías de ‘La Biblioteca de Babel’, y un espejo, que fielmente duplica las apariencias (p.87). De la misma manera que Lönnrot se multiplicó en espejos opuestos (p.166) antes de encontrarse con su enemigo. Cuando éste habló, Lönnrot oyó en su voz una fatigada victoria (…), una tristeza no menor que aquel odio (p.167). De manera similar declara Yu Tsun tras su crimen: No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contrición y cansancio (p.118). Yu Tsun es un espía alemán con la misión de facilitar un ataque a Inglaterra durante la primera guerra mundial. Casi un siglo antes, Gran Bretaña había sido el enemigo para otros contendientes: Irlanda. En ‘Tema del traidor y el héroe’, un lider irlandés, Kilpatrick, resulta ser el delator que traiciona a su propia causa, y, como acto de redención, firma su propia sentencia de muerte. Para no desvirtuar los propósitos revolucionarios, se planea una ejecución espectacular, que simule una muerte heróica, tomando elementos de varias fuentes, entre ellas la obra de Shakespeare Julio César. En ‘Funes el memorioso’, los comentarios de Julio César es una de las obras que el narrador lleva consigo. Irineo Funes, tras un aparatoso accidente, había quedado tullido (…) y no se movía del catre (p.126). En el cuento ‘El fin’, Recabarren vive también postrado, a causa de una hemiplejia. Desde su lecho, es testigo de la pelea entre Martín Fierro y el negro que quiere vengar la muerte de su hermano -como Scharlach ha vengado la de su hermano con la muerte de Lönnrot-. Como Dohlmann en ‘El Sur’, Fierro y el negro salen a batirse a cuchillo a la puerta de la pulpería. Antes de morir, Fierro alcanza a herir al negro y marcarle la cara. La misma marca en forma de media luna que exhibe John Vincent Moon en ‘La forma de la espada’. Moon repite, cien años después, el personaje de Kilpatrick: es irlandés, es revolucionario, es traidor. Pero en este cuento, el traidor no redime su culpa mediante el sacrificio, como había hecho Kilpatrick, sino que tras vender a sus compañeros de rebelión -cobró los dineros de Judas (p.145)-, huye y debe soportar toda la vida el peso de su infamia. El sacrificio por la redención es el argumento que desarrolla Borges en el cuento ‘Tres versiones de Judas’. Plantea las tres tesis de Runeberg que intentan dar sentido a la traición del apóstol: en la primera, si Dios se humilla a ser hombre, Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) (p.187); la segunda versión propone para Judas un hiperbólico y hasta ilimitado ascetismo(…) Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres (p.188); por último, la tercera tesis: Dios totalmente se hizo hombre pero hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo.(…) eligió un ínfimo destino: fue Judas (p.191). Elucidaciones sobre el mismo principio que, como “April March” de Herbert Quain, como las galerías de la Biblioteca, como el jardín de Ts’ui Pên, como el mismo libro Ficciones, pueden bifurcarse de manera ilimitada y periódica (p.99). Ab aeterno (p.88).

He conjeturado el plan de ese caos.

Podríamos seguir dando vueltas por el laberinto de Ficciones, acompañar a Borges por los vericuetos que despliega en sus páginas, y el camino cada vez sería distinto. O no. Si asumimos como base la idea de que yo soy los otros (p. 143), no importa que alternativas ponga el laberinto ante nosotros, indiferente a nuestro paso por el mundo un mismo destino nos estará esperando. La historia del hombre como Borges la entiende y quiere representar, no es sino la repetición inacabable de los mismos episodios con alguna variante en el argumento, en el carácter o la fisonomía del protagonista, un escenario disfrazado, complicidades y animadversiones que oscilan de uno al otro lado del péndulo. Jaime Alazraki, en su estudio sobre los cuentos de Borges, opina:

De todas las versiones del eterno retorno, la que Borges prefiere es aquella que considera que los ciclos que se repiten infinitamente no son idénticos sino similares (10)

Igual que la Biblioteca de Babel contiene todas las obras y, en consecuencia, muchas de ellas difieren de otras sólo por algún carácter, hemos visto cómo los relatos de la obra desarrollan temas y circunstancias semejantes, incluso idénticas, pero que siempre acaban bifurcándose para dar lugar a una situación distinta. El laberinto es la representación de un universo cuyas leyes escapan por su inabarcable magnitud a los límites de la inteligencia humana. Todas las religiones, las filosofías, las ciencias, las artes, no son sino un intento de comprensión, o cuanto menos de aprehensión, de ese magma que aparece ante nuestros ojos infinito, absoluto, ignoto. Borges opta por la vía literaria, pero no desde los presupuestos de un razonamiento trasnochado que adjudica al cosmos unos límites a imitación de los pobres contornos del ser humano, sino que se sitúa como una partícula más en el cosmos, se deja llevar por sus corrientes y no admite demarcaciones ni conclusiones cerradas. De ahí que un mismo argumento tenga la misma validez en cualquier tiempo y espacio, que la vida del hombre pueda desarrollarse en similares términos independientemente de sus circunstancias. Borges construye con su lenguaje un laberinto para que el lector juegue en él hasta tomar conciencia de su ínfima y defectuosa presencia en el orden cósmico. Para ello funde realidad con ficción: personajes reales y caracteres inventados aparecen de manera contemporánea en una misma escena; citas apócrifas de autores reales que se mezclan con afirmaciones filosóficas históricas; inventa polémicas basadas en su magnífica erudición. Borges defiende esta concepción literaria como la verdadera esencia de la creación y la escritura, y la justifica con toda la tradición presente en la literatura de la antigüedad: la Biblia hebrea, los Vedas hindúes, la literatura fantástica china, la mitología griega, las Mil y Una Noches árabes,… Borges toma elementos presentes en la tradición literaria, filosófica, religiosa, y los convierte en materia prima de sus invenciones. Este artificio le lleva a otra conclusión también muy presente en su obra, y consecuente con lo hasta ahora expuesto: si un hombre es todos los hombres, todas las obras son obras de un mismo autor, que es atemporal y anónimo (p.31) Ese autor es la propia humanidad, que desde sus orígenes, desde el despertar remoto de su conciencia, ha ido forjando con sus palabras la historia y los mitos que conocemos. Rodríguez Monegal aboga por esa sabiduría natural y atávica como base de la obra de Borges

Algunos de sus símbolos le llegan de la tradición más ancestral: sirven para expresar esos temas que parecen no creados por un individuo sino por un autor colectivo y eterno (11)

El laberinto va a convertirse en el armazón donde inscribir esa idea universal de la historia, de la sabiduría, del destino. Un laberinto que se dispersa en meandros que se entrecruzan y cuyas tramoyas y actores se reflejan de manera infinita y simultanea en el espejo que multiplica, fragmenta y enfrenta al hombre con su propia identidad.

(1) María Esther Vázquez. Borges, esplendor y derrota. Tusquets Editores. Barcelona, 1996. Pag. 29

(2) Idem. Pag. 30

(3) Volodia Teitelboim. Los dos Borges. Ed. Meran. La Roda, 2003. Pag. 62

(4) María Esther Vázquez. Op. cit.. Pag. 332

(5) Jorge Luis Borges. Ficciones. Alianza Editorial. Madrid, 2002. En todas las citas que siguen se utiliza esta edición y se señala el número de página.

(6) María Esther Vázquez. Op. cit. Pag. 157

(7) María Esther Vázquez. Op. Cit. Pag. 157

(8) María Esther Vázquez Op. cit. Pag. 26

(9) Jorge Luis Borges. Obra Poética. Emecé Editores. Buenos Aires, 1994. Pag. 141

(10) Jaime Alazraki. La prosa narrativa de Jorge Luis Borges. Editorial Gredos. Madrid, 1968. Pag.84

(11) Emir Rodríguez Monegal. Borges por él mismo. Monte Avila Editores. Caracas, 1991. Pag. 96

Bibliografía

ALAZRAKI, Jaime. La prosa narrativa de Jorge Luis Borges. Editorial Gredos. Madrid, 1968

BORGES, Jorge Luis; BIOY CASARES, Adolfo; OCAMPO, Silvina. Antología de la literatura fantástica. Edhasa. Barcelona, 1996

BORGES, Jorge Luis. Ficciones. Alianza Editorial. Madrid, 2002

BORGES, Jorge Luis. Obras Completas. Emecé Editores. Barcelona, 1997

BORGES, Jorge Luis. Obra Poética. Emecé Editores. Buenos Aires, 1994

CUNHA, Elo. Jorge Luis Borges: Enigmas e Labirintos Literários. Revista ZUNÁI, 2007 (internet)

OVIEDO, José María. Historia de la literatura hispanoamericana. Alianza Editorial. Madrid, 2001

PEICOVICH, Esteban. Borges, el palabrista. Ediciones Libertarias. Madrid, 1999

REIS BRANDAO, Márcia. O real e o virtual em um conto de Borges. Revista ZUNÁI, 2003 – 2005. (internet)

RODRIGUEZ MONEGAL. Emir. Borges por él mismo. Monte Avila Editores. Caracas, 1991

TEITELBOIM, Volodia. Los dos Borges. Vida, sueños, enigmas. Ediciones Meran. La Roda, 2003

VAZQUEZ, María Esther. Borges, esplendor y derrota. Tusquets Editores. Barcelona, 1996

Fuente :  De poetas y energumenos