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domingo, 5 de marzo de 2023

"Muchas de las ideas de Borges vienen de Macedonio"


 Daniel Attala. Escritor, docente e investigador santafesino radicado en Francia.

Crédito: Pablo Aguirre

 

Domingo 22.1.2023

Estanislao Giménez Corte

 

En noviembre último, Daniel Attala, profesor, investigador y escritor santafesino radicado en la localidad francesa de Locmiquélic, estuvo en Santa Fe, donde presentó el conversatorio titulado "Mil y un cabos sueltos en 'El Aleph' de Jorge Luis Borges", evento organizado por la Asociación de Docentes de la Universidad Nacional del Litoral y el Centro de Estudios Comparado de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la UNL. En la ocasión, que contó con muy buena asistencia de público -pese a coincidir en la fecha con uno de los partidos de Argentina en el Mundial-, Attala desarrolló una serie de tesis sobre la obra de Borges.

 

Daniel es profesor titular de la Universidad Bretagne Sud (Lorient, Francia); doctor en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra-Barcelona y doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Stendhal Grenoble. Ha trabajado largamente a propósito de las relaciones entre el autor de "Ficciones" y Macedonio Fernández. Publicó, entre otros libros: "Impensador Mucho. Ensayos sobre Macedonio Fernández", director (Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2007); "Macedonio Fernández, lector del Quijote", con referencia constante a Jorge Luis Borges (Buenos Aires, Paradiso, 2010); "Macedonio Fernández, précurseur de Borges" (Presses Universitaires de Rennes, Rennes, 2014). Nos encontramos en un café céntrico una mañana calurosa de diciembre a compartir un café. Ésta es una síntesis de esa conversación.

 

- Creo que puede decirse que en tu caso se advierte la existencia de dos "viajes", uno mental o espiritual y el otro físico. El primero sería el que va de la Filosofía -primera carrera en la que Attala se graduó- a la Literatura; el segundo es el que se da desde la Argentina a Francia. ¿Cómo es ese pasaje desde la filosofía a Macedonio, que es considerado por muchos como un pensador? Y, por otro lado, qué nos podés contar de tu "viaje" profesional a Europa.

 

- Antes de Filosofía, hice también cuatro años de Derecho en la UNL. En esa época (1982), todavía se hacían test vocacionales. Me gustaba leer. Durante un tiempo pensé en estudiar una carrera llamada Orientalismo, que descubrí en un libro de carreras. Como tengo ascendencia libanesa, la cosa oriental siempre me atrapó. Pero el test resultó que tenía que estudiar… Derecho.

 

- Recién dijiste "me gustaba leer". Tenés registro sobre la primera vez que tuviste consciencia de esa preferencia. O de dónde viene eso…

 

- En parte viene de la familia. En Gálvez, mi papá había sido alumno de Amelia Biagioni y se sabía muchas poesías de memoria, que nos recitaba. Él y mi mamá leían mucho, aunque no siempre cosas buenas. Pero en mi casa había libros. En torno a los 16 o 17, recuerdo que me encantaba leer Historia. Mi primera pasión fue con motivo de la guerra de Malvinas y de hecho, sobre ese tema hice mi primera publicación. Mi papá leía una revista horrible, Nueva Visión, de Mariano Grondona, y me acuerdo que mandé una carta y que la publicaron, a propósito del conflicto. Estando en Derecho me apasioné por la Filosofía y entonces me inscribí en la Católica, donde hice una licenciatura. Pero acá siempre estudié filosofía europea: Descartes, Frege, Foucault, Wittgenstein. Te lo digo en respuesta a tu pregunta. Entré en el Conicet para estudiar a Hegel y finalmente hice una tesis sobre este filósofo alemán, en Barcelona, con Eugenio Trías. Pero ya en ese momento, el hecho de estar en Europa me hizo tomar consciencia de la alienación cultural que me aquejaba, por así decir.

 

- ¿Cómo se da tu viaje a Europa, de qué manera?

 

- Hacía tiempo que pensaba en ir. Mi compañera santafesina se fue becada a España y la seguí. Y después nos fuimos quedando. Fue ahí también que empecé a escribir literatura. Me di cuenta de que la filosofía no me servía para expresar mis inquietudes del momento y de hecho publiqué dos libros de cuentos en Beatriz Viterbo. El primero vuelve sobre recuerdos de infancia y adolescencia, cosas escondidas que en ese momento me pareció tener que expresar. El segundo es una especie de parodia de la alienación cultural, de la necesidad constante de apoyarse en una bibliografía que tienen los literatos y los filósofos y del exceso de erudición… muchas veces de segunda mano.

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- Cuando te referís a la cuestión de la alienación cultural, a ver si te interpreto adecuadamente: un amigo mío decía que en ciertos ámbitos lo que se hace en la Filosofía es escribir notas a pie sobre la figura de algún autor de renombre europeo (ejemplo Foucault) ad infinitum. ¿Dedicás toda la vida a eso y no podés salir de ahí?

 

- En Argentina era más o menos así. Dejé de pretender escribir filosofía y empecé a hacer otra cosa. Escribí también una novela, una narración épica, también paródica, de la fundación de un pueblo parecido al mío, Gálvez, que al final no publiqué. Se llama "El promontorio". En Francia, terminada mi tesis sobre Hegel, tuve que reconvertirme al hispanismo, en parte por razones laborales. Y entonces empecé a estudiar a Macedonio Fernández, lo que es decir también a Borges. Publiqué tres libros sobre Macedonio, dos en castellano y el otro, capaz el más importante, por el momento únicamente en francés. Estudié su pensamiento más que su obra literaria. Creo que fue la primera vez que alguien lo estudió con el mismo rigor y seriedad con que suelen estudiarse los autores europeos. En eso sigo a Borges, el único -en mi opinión- que entendió a Macedonio, el predominio que tiene en él la emoción por sobre la consciencia representativa, como en Schopenhauer.

 

- A mí me pasó, como lector, esta dificultad o complejidad en la lectura de Macedonio. ¿Qué opinás al respecto? ¿Te parece que es un autor muy difícil de leer o es un error de apreciación?

 

- Como todos los grandes autores de la historia de la literatura y del pensamiento, Macedonio exige cierto estudio. De hecho, ayer unos amigos de Santa Fe me contaban de sus reuniones para estudiar el "Ulises" de Joyce. El colonialismo cultural que yo veo en el terreno del pensamiento y de la crítica en Argentina está, no desde luego en estudiar a Joyce sino en que no se haga lo mismo con autores como Macedonio. Y que siempre se esté leyendo la literatura desde la óptica de los críticos y filósofos europeos o norteamericanos. Yo intento leer a Macedonio desde Macedonio. Y lo mismo a Borges. Fijate: ninguno de los dos está siquiera bien editado todavía. Borges ya sabemos por qué. En cambio lo de Macedonio es inexplicable, porque los manuscritos, por suerte, están en Argentina. Pero, salvo algunas excepciones, siguen sin ediciones críticas.

 

- ¿Cómo podríamos sintetizar tu tesis sobre El Aleph?

 

- Es un trabajo de largo aliento. Ya escribí sobre "Tlön", sobre los usos de la Biblia en Borges, y de las "Mil y una noches". En cuanto a "El Aleph", el error fue para mí leer este cuento a partir de la idea que el propio Daneri propone del Aleph, entendido por lo general en clave matemática o cabalística, por ejemplo. Se ignora que Borges al principio llama al punto mágico del sótano "mihrab", no "aleph". El mihrab es una especie de hornacina ante la que se coloca el imam en las mezquitas y que está orientada hacia La Meca. Yo presto atención a lo que el narrador dice al final: el Aleph de Daneri es un falso Aleph. Tampoco me parece acertado pensar que Daneri es únicamente una alegoría de Dante Alighieri y Beatriz Viterbo una alegoría de Beatrice Portinari. Beatriz Viterbo tiene un segundo nombre que casi nadie explica, Helena, que representa, en la tradición, exactamente lo contario de la Beatriz de Dante.

 

- Y después están todos los significados intelectuales que se le han encontrado al Aleph.

 

- Claro, y creo que también es un error. Hay una especie de "inflación intelectualista" entre los estudiosos de su obra. Se lo toma como un autor de ideas, de conceptos, y hasta se le atribuye un "método". No se le cree cuando dice que él no es un filósofo, que no sabe ni puede pensar con conceptos sino con imágenes. Tampoco se le toma muy en serio cuando dice que lo que a él le gusta sobre todo es Stevenson, Kipling, Chesterton o las "Mil y una noches". Se lo sigue interpretando en términos de matemáticas y filosofías trascendentales. Una de las mejores críticas de Borges es, para mí, Estela Canto. En 1949 publicó en Sur una crítica de "El Aleph" en la que dice que Borges no es un escritor frío, intelectual, como andaba diciendo Sábato. Porque Borges, según ella, iba a la emoción. Lo califica incluso de autor popular, creador de leyendas e impregnado de cultura popular. Pienso que Estela Canto tenía razón y que hay que volver a leer a Borges en esa dirección. Pero hoy la crítica parece resignada a ocuparse de sus manuscritos, como si Borges ya no tuviera nada que decir, o como si ya lo hubiéramos entendido. Se fijan en la manera como escribía, en el papel, la tinta, la letra, el método… o la tos, como diría Tita Merello. Creo que a mi libro sobre Borges lo voy a llamar "El anti-método Borges". Pocos escritores están más lejos de Descartes.

 

Fuente: El Litoral

https://www.ellitoral.com/opinion/borges-ideas-macedonio-entrevista-daniel-attala-el-aleph_0_3F4aQL0Wpo.html

 

lunes, 14 de febrero de 2022

Macedonio Fernández: poeta, narrador, filósofo y candidato a presidente de la Argentina

A setenta años de la muerte del escritor, su literatura “siempre nueva” reclama, más allá del mito creado por Jorge Luis Borges, otros modos de leer y ahondar en su obra

 

10 de febrero de 2022

Daniel Gigena

 

Circunspecto y humorístico, padre poco reconocido de la vanguardia argentina (y de cuatro hijos a los que dejó al cuidado de abuelos y tíos luego de la muerte de Elena de Obieta, su adorada esposa), “imitado hasta el apasionado y devoto plagio” por Jorge Luis Borges (según Borges) y escritor “por necesidad” a la luz de las velas en cuartos de pensiones, Macedonio Fernández (1874-1952) es una de las leyendas de la literatura argentina. Hoy se cumplen setenta años de su muerte. De acuerdo con su filosofía, misterio y realidad se elevan por encima de las contingencias. “El campo fenomenal que llamamos Mundo, Ser, Realidad, Experiencia, es uno solo y por tanto indenominable: el de ‘lo sentido’ le llamaremos todavía, ni externo ni interno, ni psíquico ni material”, postuló en su primer libro.

 

 

Si bien en vida publicó solo tres títulos -los escritos de No toda es vigilia la de los ojos abiertos, Papeles de recienvenido (Borges otra vez: “una especie de miscelánea de chistes metidos en otros chistes”) y, en Chile, Una novela que comienza-, sus obras completas reúnen en varios tomos teorías, novelas, cartas (incluida la correspondencia con el filósofo estadounidense William James, el hermano de Henry James), poemas y relatos. Entre sus más fervientes discípulos, además de Borges, figuran Oliverio Girondo, Héctor A. Murena, el español Ramón Gómez de la Serna y Leopoldo Marechal, Germán García, Ricardo Piglia (que lo sumó al elenco de la novela La ciudad ausente), César Fernández Moreno, Julio Cortázar, Héctor Libertella y Mario Ortiz. En 1995, el director Andrés Di Tella presentó el documental Macedonio Fernández, narrado por Piglia.

Aun luego de la publicación en 2002 de Macedonio Fernández. La biografía imposible, del escritor Álvaro Abós, circulan muchas quimeras sobre Macedonio Fernández. “El mito cristalizado por Jorge Luis Borges contiene, como lo verá el lector si me acompaña en la aventura, hechos erróneos -anticipa Abós en el prólogo-. Macedonio no fundó una comuna en el Paraguay; no fue un viejito extravagante sino un hombre que alcanzó alta edad con decoro; no olvidaba sus escritos en los armarios de las pensiones sino que preservó con cuidado su obra a pesar de su errancia; no había que arrancarle los manuscritos para publicarlos porque con estricta conciencia profesional cuidó de ellos; no era un genio oral sino un escritor de rica y anticipativa obra; no fue un viudo tenebroso sino alguien que amó y reconstruyó su vida...”. En un ensayo de 1977 sobre la ciencia ficción en el país, el escritor y crítico Elvio Gandolfo señalaba que durante mucho tiempo Macedonio fue un “recipiente de innumerables anécdotas que paradójicamente lo privan casi por completo de biografía real”.

 

El mito macedoniano eclipsó en parte la obra literaria y el primer mitólogo macedoniano fue Borges, cuyo padre fue amigo y compañero de estudios de Macedonio en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. “Escribir no era una tarea para Macedonio Fernández -sostuvo el autor de El Aleph-. Vivía para pensar. Macedonio no le daba el menor valor a su palabra escrita; al mudarse de alojamiento, solía olvidar sus manuscritos de índole literaria o metafísica, que se habían acumulado sobre la mesa y que llenaban los cajones y los armarios. Mucho se perdió así, acaso irrevocablemente”. Como buen discípulo a la hora de “desmarcarse” de su maestro, Borges agregaba que a Fernández la literatura le interesaba menos que el pensamiento y la publicación, menos que la literatura. “Consideraba que escribir y publicar eran tareas subalternas. Sus relatos tienen el sabor de lo espontáneo; también la frescura y el descuido del artículo periodístico”. Las ambiguas operaciones de lectura borgeanas han sido bien estudiadas.

 

“Durante mucho tiempo, se creyó que Macedonio Fernández era un personaje inventado por Borges -dice a LA NACION la profesora e investigadora Mónica Bueno-. Muchos pensaban que no podía ser aquel Doctor en Leyes y Jurisprudencia recibido en la Universidad de Buenos Aires a finales del siglo XIX que nunca había asistido a los banquetes anuales de egresados, por lo tanto sus compañeros pensaban que habría muerto. Ni personaje de Borges ni fantasma, vivió con intensidad hasta 1952. ¿Quién es Macedonio Fernández? Un hombre que decide vivir en pensiones, para quien escribir es el resultado de pensar y no la antesala de publicar, y que además se aleja, con un gesto a la vez arcaico y utópico, de la profesionalización del escritor, un hombre que puede desembarazarse del éxito o del prestigio propio o ajeno (pensemos en su actitud ante la llegada de Marinetti -declarado fascista- a la Argentina y las anécdotas varias que rozan siempre el humor, el desparpajo y la inteligencia); un hombre escondido detrás de una cortina que juega con su anunciada presencia, la foto con la guitarra y el poncho al hombro, los papelitos desperdigados en las mesas de café, un hombre que apuesta a la epifanía de la inexistencia”.

 

“Macedonio, detrás de un cigarrillo y en tren afable de semidiós acriollado, sabe inventar entre dos amargos un mundo y desinflarlo enseguidita”, declaró Borges. Para Bueno, esa afirmación pone en evidencia los atributos de Macedonio. “Un inventor irónico, un pensador de la paradoja -agrega la autora de Macedonio Fernández, un escritor de Fin de Siglo-. Si la literatura ha sido para Macedonio una zona de experimentación absoluta, la vida es un lugar de litigio donde el experimento se constituye como una manera de búsqueda de efectuación de lo humano. Sus teorías se desprenden de dos movimientos que valen tanto para la vida como para la literatura: la observación y la especulación. Reflexiona sobre el arte, los géneros literarios y la forma de la novela pero también sobre el humor, el Estado, la salud, el dolor, el valor y el esfuerzo, la metafísica, la ética. De ahí la actualidad de su literatura filosófica: reclama del lector toda vez una suerte de predisposición epifánica”.

 

En su primer libro, No toda es vigilia la de los ojos abiertos, publicado en los años veinte a instancias de sus amigos, aparecen sus teorías sobre la vida y la descripción de sus prácticas así como ficciones imposibles y absurdas. “La centralidad argumentativa está en la configuración del yo, sus presunciones y negaciones: ‘El yo hecho de estados de creación pasajeros’ define Macedonio”, agrega Bueno.

 

El profesor, escritor y crítico literario Roberto Ferro coordinó el volumen de la Historia crítica de la literatura argentina -colección dirigida en Emecé por el profesor y escritor Noé Jitrik- dedicado a Macedonio Fernández, que incluye textos de Bueno, Miguel Dalmaroni, Gonzalo Aguilar, Elena Vinelli, Ana Camblong, Horacio González (que analiza “El Zapallo que se hizo cosmos”, un “cuento perfecto”), Alicia Borinsky, Mario Goloboff y Diego Vecchio, entre muchos otros investigadores. El volumen sobrepasa las 600 páginas y construye una imagen caleidoscópica del autor de Museo de la Novela de la Eterna, la célebre novela hecha de prólogos.

 

“Macedonio Fernández despliega la escritura de su obra a lo largo de más de medio siglo, una obra de la que aún restan muchos inéditos por aparecer, como si la impronta de provisional cumpliera insistentemente su designio, una obra que encuentra su caracterización más reconocida en lo que evoca el nombre de pila del escritor que la ha producido -dice Ferro a LA NACION-. El gran legado de Macedonio, además de sus textos, son los modos en que ha sido leído, la compleja trama en que las variantes interpretativas en que ha sido instalado. El primer paso de esas voces críticas ha sido el reconocimiento de ese yacimiento, y asimismo de las operaciones de las que hay que dar cuenta para validar las elecciones sobre la magnitud de lo heredado, que es necesario exponer. Los legados no son uniformes y estáticos, sino heterogéneos y móviles. La exploración, entonces, está relacionada con el criterio a partir del cual se escoge el legado”.

 

Para Ferro, la obra de Macedonio sigue ligada a la caracterización que le otorga su nombre de pila. “Pero algo sustancial ha cambiado -advierte el autor de El lector apócrifo-. Mientras que inicialmente esa designación estaba conectada con la complicidad propia del intercambio personal, con el modo en que circulaba como figura en los ámbitos públicos, y acaso, especialmente, con la manera en que imprimía la impronta de su personalidad en la recepción de sus textos; en cambio, en la actualidad el significante Macedonio se fue progresivamente vaciando de ese sentido, desplazado por una consideración de su obra centrada en cuestiones vinculadas con procedimientos textuales; la modalidad de mención se ha conservado pero con otra significación”.

 

Hacia 1920, Macedonio Fernández se propuso lanzar su candidatura a Presidente de la nación. Dado que “el 95% de los votantes del país no tienen convicción ni compromiso” y que son menos las personas que se proponen ser presidentes que las que pretenden ser kiosqueros o farmacéuticos, razonaba, ser Presidente era un objetivo sencillo de lograr. (Uno de los protagonistas de Museo de la Novela de la Eterna, lanzada en forma póstuma en 1967, es “un señor de cierta edad, el Presidente, en un paraje de nuestro país, va reuniendo a todas las personas que en sus excursiones fuera de su casa se le hacen simpáticas, y quieren vivir con él”). En su plan para llegar al poder, Macedonio sembraría el caos con objetos como lapiceras con dos puntas que manchasen los bolsillos de las camisas, escaleras con escalones asimétricos y cucharas de papel para revolver el café. Luego, él se presentaría como el único candidato capaz de combatir el caos sembrado por esa parafernalia protosurrealista.

 

Su tercer hijo, el escritor y académico Adolfo de Obieta, cuidó a Macedonio desde 1947 hasta su muerte, un 10 de febrero de 1952. “Unos días antes el escritor le había dicho a su hijo: ‘Me voy a morir’, sin tragedia ni temor -cuenta Bueno-. Pasaron varios días y Macedonio seguía vivo. Perplejo, comentó: ‘Cuanto cuesta descarnarse’. Al día siguiente murió sin queja alguna, sin enfermedad evidente”.

 

“Me estoy declarando escritor para el lector salteado, pues mientras otros escritores tienen verdadero afán por ser leídos atentamente, yo en cambio escribo desatentamente, no por desinterés sino porque exploto la idiosincrasia que creo haber descubierto en la psique de oyente o leyente, que tiene el efecto de grabar más las melodías”, había anunciado en Papeles de recienvenido. Uno de los profetas de la literatura argentina del porvenir sigue cautivando a los lectores.

 

Fuente: La Nación

https://www.lanacion.com.ar/cultura/macedonio-fernandez-poeta-narrador-filosofo-y-candidato-a-presidente-de-la-argentina-nid10022022/

 

viernes, 2 de agosto de 2019

Subastan un ejemplar de Prisma, que Borges le dedicó a Macedonio


La revista-mural dedicada por Borges a Macedonio Fernández. 

Un ejemplar de la revista-mural Prisma, que entre 1921 y 1922 empapeló las calles porteñas con poemas de autores locales, y que incluye la firma y una dedicatoria de Jorge Luis Borges a Macedonio Fernández, saldrá a remate el 7 de agosto. Así lo informó ayer la Casa de Subastas Hilario, Artes, Letras & Oficios, y recordó que se llegaron a publicar sólo dos números de aquella "revista-mural" que en su momento fueron pegadas con engrudo en los muros de la ciudad de Buenos Aires con versos de Borges, su hermana Norah, Salvador Reyes y varios más. Voceros de la subastadora especializada en antigüedades revelaron a Télam que el número uno dejó insatisfechos a sus responsables porque en la imprenta no hicieron un buen trabajo y para el segundo, cambiaron de taller de impresión y fueron a buscar los ejemplares para dar su conformidad.

"Con algunos pocos bajo el brazo, Borges se acercó al Café La Perla -lugar de encuentro de los intelectuales de la época- y allí conversó con Macedonio Fernández y le obsequió un ejemplar dedicado", señalaron. "Para el ínclito filósofo Macedonio Fernández, inagotable pensador dando tus esbeltas reflexiones en La Perla", escribió el autor de "El Aleph" y luego lo firmó y fechó, ejemplar que ahora saldrá a la venta. Además, saldrá a subasta un ejemplar de la primera edición de "El idioma de los argentinos", donde Borges realizó anotaciones, cambios y hasta dibujos, ilustrado además por su amigo Xul Solar. Ambos objetos integraron la colección de Norah Borges y luego, propiedad del locutor Antonio Carrizo, quien supo formar una de las bibliotecas más notables de Argentina sobre Borges. La subasta incluirá libros, mapas, grabados y objetos históricos, como dibujos realizados por marinos franceses en 1839, integrantes de una flota que bloqueó el puerto de Buenos Aires contra el gobierno de Juan Manuel de Rosas, obsequiados luego a Florencio Varela.

Fuente: La Capital  -  Rosario

lunes, 7 de julio de 2014

Macedonio Fernández (1995)




Un film de Ricardo Pligia y Andrés di Tello producido por la Secretaría de Cultura de la Nación Argentina

Fuente : You Tube