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domingo, 20 de agosto de 2023

Rossana Filomarino y su inigualable estilo coreográfico presenta: 𝐋𝐚𝐛𝐞𝐫𝐢𝐧𝐭𝐨


 Danza INBAL Oficial México

Se transmitió en vivo el 18 agosto 2023

Los versos de Jorge Luis Borges, el talento creativo de Drama Danza y  las intensas emociones de la técnica contemporánea convergen en 𝐋𝐚𝐛𝐞𝐫𝐢𝐧𝐭𝐨, propuesta coreográfica que  invita a la reflexión y desnuda sensaciones a través de la danza.

 

Fuente: You Tube

https://www.youtube.com/watch?v=9Z646756Qag

sábado, 11 de septiembre de 2021

Franco Maria Ricci: el hombre del laberinto de Babel


10.9.21

Jorge Carrión

A un año de su partida, recordamos el legado del diseñador, coleccionista y bibliófilo italiano que fue uno de los colaboradores más cercanos a Borges. Un hombre cuya vida estuvo dedicada a la edición como si fuera un arte de joyería. Fundador de la revista FMR, creador de la colección de literatura fantástica La Biblioteca de Babel y de un laberinto, que incluye un museo y una biblioteca —Labirinto della Massone—, que sigue generando cultura aún después de su muerte.

 

Si este perfil fuera un cuento de Borges, se centraría sobre todo en el momento en que Franco Maria Ricci se enfrentó a su destino; es decir, cuando, en 1962, el joven aristócrata —que había cumplido ya veinticinco años y se había licenciado en Geología—, descubrió la figura de Giambattista Bodoni, el legendario impresor y tipógrafo del siglo XVIII, también natural de Parma. Y se identificó con él. Tras estudiar su obra y admirarla, decidió llevar a cabo un proyecto que, en principio, no tenía nada que ver con las piedras ni los minerales: la publicación del Manual tipográfico, obra póstuma de Bodoni fechada en 1818, en una edición de lujo: novecientos ejemplares numerados, con el nombre impreso de la persona que lo adquiría en un exlibris cedido por la Biblioteca Palatina. Novecientos auténticos cofres del tesoro, con tres volúmenes en un estuche negro, impresos en papel Fabriano y encuadernados en seda, ribetes de oro y piel.

 

El éxito de esta obra para bibliófilos cambió el rumbo de la vida de Ricci, porque hizo que se decidiera a abandonar la geología para dedicarse al coleccionismo y la edición. Tal vez el giro no fuera radical, sino coherente, porque los libros que hizo durante los siguientes cincuenta años son claramente obra de alguien que ha estudiado la dimensión material del mundo, que ha entendido cómo se forman las piedras preciosas o los estratos que conectan el pasado con el futuro.

 

Hasta entonces, había sido aficionado a pilotar coches de carreras y a recorrer cuevas subterráneas. Pero, en vez de comprarse el Ferrari con el que soñaba, adquirió dos máquinas offset que le permitieron firmar su primera obra maestra y proyectar las siguientes; en vez de seguir con la espeleología o la búsqueda de petróleo, como había hecho en años previos, la balanza se inclinó a favor de sus otras pasiones: el diseño, el papel, la impresión, la literatura y el arte. Su origen noble y la vasta biblioteca familiar le habían regalado el archivo de saberes, relaciones, etiqueta y cortesía que, si no garantizaba el éxito, al menos lo volvía muy probable.  La formación geológica le permitía cultivar la edición como una forma de joyería e imaginar laberintos que no fueran de piedra, sino de papel.

 

Elena Foster, la fundadora y directora de la exquisita editorial internacional de libros de arte Ivorypress, lo recuerda “gentil, cortés y comedido; sereno, observador, culto y con una conversación parca pero agradabilísima”. Jorge Herralde, el legendario editor de Anagrama, que conoció a Ricci en una de sus primeras Ferias del Libro de Frankfurt —tal vez en 1970—, me cuenta también por e-mail que era “inteligente, cultísimo, algo tímido e inevitablemente dandy, aunque, como para desconcertar, emergía del ojal de su chaqueta una vistosa rosa roja… de plástico, que nunca le abandonó”.

 

La flor destaca en todas las fotografías en que aparece con americana, que son la mayoría. El pelo, peinado hacia atrás, se va volviendo cano; la sonrisa se va borrando a medida que la vejez le contrae la mandíbula; los hombros, gráciles en el joven deportista, se van sobrecargando a medida que pasan las décadas. Pero la rosa sigue ahí: idéntica a sí misma. Amuleto y emblema, signo de distinción y de extravagancia, ¿no es además cada rosa un laberinto en miniatura?

 

Después del Manual tipográfico de su maestro, Ricci duplicó la apuesta. Decidió editar en facsímil y sin reparar en gastos ni más ni menos que la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert. Dieciocho volúmenes, el último de ellos con textos de autores como Marcel Proust o Roland Barthes. Tardó diez años en completar la empresa, desde 1970 hasta 1980. Pero mereció la pena: vendió cerca de cinco mil enciclopedias literalmente ilustradas.

 

La nube de algunos de los nombres de las colecciones que impulsó durante esos años y a lo largo de las siguientes tres décadas de trayectoria profesional lo retratan tan bien como la rosa en la solapa o la sombra de Bodoni: Morgana, Luxe, calme et volupté, Curiosa, Iconographia, La Biblioteca Blu, Guide Impossibili, Grand Tour. La literatura y el arte antiguos se encuentran en su catálogo con sus versiones modernas; lo fantástico, con lo realista; los clásicos, con los nuevos; la tradición del Siglo de las Luces, con la intertexualidad moderna y posmoderna de Italo Calvino y Jorge Luis Borges. Italia dialoga en sus libros con Europa y el mundo entero. Su gran aportación a la edición se podría formular en esos términos: en contra de la tendencia de la mayoría de los proyectos editoriales a mantenerse en el interior de los países y las lenguas donde han sido alumbrados, Ricci generó series de libros que se tradujeron y atravesaron todas las fronteras.

 

Recuerda el escritor letraherido Alberto Manguel en Una historia de la lectura que una tarde del verano de 1978, cuando él trabajaba como redactor de lenguas extranjeras en la sede de la editorial de Ricci en Milán, llegó un paquete grande y misterioso. En vez de contener un manuscrito, estaba lleno de “páginas ilustradas que representaban objetos y operaciones detalladas pero curiosas, acompañadas de textos escritos en una lengua que ninguno de los redactores reconoció”. Por supuesto, era un idioma inventado. También lo era el mundo del que hablaba la obra, que simulaba ser una enciclopedia o un compendio medieval de ese universo inexistente. El autor del Codex Seraphinianus era el artista, arquitecto y diseñador industrial Luigi Serafini. Ni corto ni perezoso, Ricci publicó la obra en dos lujosos volúmenes, con prólogo del mismísimo Calvino.

 

Cuenta la leyenda que Ricci se subió a un avión con destino a Buenos Aires inmediatamente después de leer por primera vez a Borges. Era 1972, de modo que pudo encontrarlo en la Biblioteca Nacional de Argentina. Lo recibió en su despacho de dirección, le enseñó el edificio y en la sala de lectura le dijo, con su ironía distraída, que allí estaba el centro del laberinto donde él esperaba ser sacrificado y, no obstante, liberado. Eso ocurriría al año siguiente, cuando volviera del exilio el general Perón. Hay que recordar lo que dijo el autor de Ficciones sobre los peronistas: “No son buenos ni malos, son incorregibles”. Y, precisamente, lo que hicieron fue corregir su cargo público de director de biblioteca: lo convirtieron en inspector de aves de corral del mercado municipal.

 

Ricci lo invitó a Italia, a donde Borges fue en 1973 en compañía de María Esther Vázquez y Horacio Armani. Empezaron a tramar una nueva colección, La Biblioteca de Babel, que debería reunir sus lecturas favoritas de literatura fantástica (como Las muertes concéntricas, de Jack London, El amigo de la muerte, de Pedro Antonio de Alarcón, o El buitre, de Franz Kafka). La siguiente vez que regresó a Italia y se alojó en las residencias del editor en Milán y Parma, el escritor lo hizo en compañía de María Kodama. Cuando, en 1986, ambos se trasladaron a Ginebra a causa del cáncer terminal del Borges, Ricci los visitó en varias ocasiones y, de hecho, actuó de celestino. En una entrevista para La Nación contó que el viejo escritor ciego le repetía: “Franco, convencela a María de que se case conmigo, yo quiero morir sabiendo que María es mi mujer”. Y que él le hizo ese favor definitivo.

 

Tal vez fuera un regalo todavía mejor al que le hizo por su cumpleaños, dos años antes. Ricci lo invitó a Nueva York para que oficiara de padrino de la edición estadounidense de su revista de arte FMR en la Biblioteca Pública, junto a Jackie Kennedy. Y le entregó, para la ocasión, 84 monedas de oro, una por cada uno de los años que acababa de cumplir.

 

La colección La Biblioteca de Babel se convirtió en un proyecto internacional mediante alianzas con sellos de diversos países y lenguas. En 1977 se publicó su primer volumen en francés; en 1985, nacieron la versión española y la alemana; durante la década de los noventa también editores japoneses y turcos se sumaron a la aventura; y ya en el siglo XXI, la editorial Presença de Lisboa ha publicado diecisiete de los treinta títulos originales. En todas sus encarnaciones se han respetado el espíritu y la selección original.

 

Jacobo Siruela, responsable de la versión española, no sólo compró los derechos de los prólogos y la selección de Borges, sino el diseño de Ricci. Solo encargó las traducciones: “No había nada que agregar a una colección que ya era un lujo”.


 La colección de la Biblioteca de Babel.

 

Cuando Ricci conoció a Borges, el editor tenía 35 años y el escritor, 73. Siruela había cumplido veintiocho cuando viajó para negociar a Milán en 1982; Ricci, 44: “Fue amable, cordial y cercano”, recuerda por correo electrónico, “había una especie de complicidad natural entre nosotros y cierto paternalismo de su parte”. Lo caracterizaban su amabilidad, su elegancia y su refinada cultura visual. Su trabajo recoge, afirma, “toda la buena tradición italiana con un estilo inconfundible, muy personal”.

 

En 1984 Siruela invitó a Borges y a Calvino como ponentes de un curso de literatura fantástica para la universidad Menéndez Pelayo en Sevilla: “Borges estaba muy anciano, por encima ya de los asuntos mundanos profesionales, y la verdad es que intimé más con María Kodama; recuerdo que lo único que me dijo sobre la colección fue que respetara el diseño original”.

 

De la revista FMR —que debe su nombre a las iniciales de su creador y nació en 1982— Ricci creó hasta el logo. No fue el único que elaboró, porque muchas de las marcas que representan a la ciudad de Parma y a la industria italiana de la segunda mitad del siglo XX le confiaron su emblema e imagen, desde Moda a Parma o Ceramica Gresparma hasta la empresa metalúrgica Cometal. Como diseñador supo siempre conectar lo clásico con lo pop, la cultura más elevada con la publicidad. Los anuncios que publicó en revistas de los años setenta y ochenta y muchas de las portadas de sus libros recurren tanto a tipografías antiguas como a explosivas mezclas, incluso psicodélicas, de formas y colores. Pero en FMR se decidió por una elegancia atemporal: portadas siempre negras y una cabecera en letras blancas que, en vez de una rosa, mostraba un trébol de tres hojas.

 

Mensualmente, la aristocrática publicación viajaba por el arte de todas las épocas y los cinco continentes, para mostrar en tricotomía imágenes de cuadros, esculturas, tejidos, joyas, antigüedades, muebles y libros de grandes maestros, acompañadas de artículos de escritores y eruditos. Todas las fotografías tenían a su alrededor un fondo negro. Y la tipografía, por supuesto, era Bodoni.

FMR se adelantó varias décadas a lo que ahora se conoce como cultura de la suscripción. La revista no se podía encontrar en quioscos o librerías: o bien te llegaba a casa por correo postal o bien viajabas para conseguirla a algunas de las ciudades italianas, París, Ciudad de México o Nueva York, donde Ricci había abierto librerías exclusivas, en consonancia con el espíritu cosmopolita del proyecto y con las ediciones en diversos idiomas que se tiraban en paralelo.

 

Encuentro en la red una fotografía de la fachada de la sede parisina de Éditions FMR, en cuyo escaparate se ven varios números de la publicación. Como la puerta está abierta, se puede pasar y casi entrar a esa atmósfera de galería de arte, tienda anticuaria, gabinete de estudio, bombonería. Los muebles son negros, de modo que la librería reproduce y amplía la estética de la portada de la revista. Très chic.

 

Escribiendo este perfil o esta despedida, he recordado que yo coleccioné fugazmente minerales, de niño; y que después, durante la adolescencia, cultivé dos fugaces colecciones de objetos de papel —sellos y marcapáginas—. Fueron el preludio de la única colección física importante de mi vida: mi biblioteca.

 

En su célebre conferencia “La edición como género literario”, Roberto Calasso afirma que un buen editor es alguien con la “capacidad de dar forma a una pluralidad de libros como si fueran los capítulos de un único libro”. Crear un catálogo, una biblioteca, que se perciba como una única, extensa lectura.

 

Ricci vendió Edizioni FMR a Marilena Ferrari en 2002 y durante los trece años siguientes se dedicó a diseñar y construir un laberinto. Se inauguró en 2015 en Fontanellato, provincia de Parma. Doscientas mil plantas de bambú, que crecen verticales compitiendo mutuamente por la luz solar, componen el diseño en tres dimensiones que le sobrevivirá y que ha dejado como legado, junto con la fundación que lleva su nombre.

 Franco Maria Ricci creó un laberinto no de piedra sino de papel: rodeado de bambú. La idea de que lo construyera se lo dio Borges en los ochenta.


La idea de que construyera un laberinto se la dio Borges en los años ochenta. La idea de que éste conviviera con un museo, una biblioteca y un archivo que retribuyeran a su región natal parte de lo que ella le había dado fue enteramente de Franco Maria Ricci. También lo fue la dimensión turística del lugar, su restaurante de cocina local y sus suites de lujo, que garantizaron ingresos constantes para que la fundación pudiera seguir generando cultura después de su muerte, que ocurrió allí mismo, el 10 de septiembre de 2020.

 

En un último gesto extravagante, al mismo tiempo clásico y viral, la materia del laberinto no es geológica, de piedra, sino enteramente vegetal. Como, en su origen, lo fueron los libros.

 

Fuente: Gatopardo

https://gatopardo.com/perfil/franco-maria-ricci-el-hombre-del-laberinto-de-babel/

 

viernes, 26 de marzo de 2021

Encontrar el centro

Mientras caminaba por el laberinto más grande del mundo, el escritor Cosimo Bizzarri reflexionó sobre el concepto de perderse y descubrió que es una experiencia humana común.

Por Cosimo Bizzarri

24 de marzo de 2021

La estrecha carretera bordeada de álamos que conduce a Labirinto della Masone, el laberinto más grande del mundo, atraviesa los campos llanos, con solo unas pocas curvas suaves. Esta es una vista común en el Pianura Padana, la vasta llanura que lleva al Po, el río más largo de Italia, desde los Alpes hasta el mar Adriático.

 

En el otoño, la niebla se vuelve tan espesa que la gente a menudo se pierde conduciendo a casa desde el trabajo. No es de extrañar que Franco Maria Ricci eligiera esta ubicación cerca de la ciudad medieval de Fontanellato para construir algo que, por definición, es fácil de ingresar, pero casi imposible de salir.

 

Ricci, un editor, diseñador, aficionado a los libros y coleccionista de arte que murió el pasado mes de septiembre, era una figura enigmática de la cultura italiana. En 1965, creó la editorial FMR, sus iniciales y un juego de palabras con la palabra francesa éphémère (“efímero”). Su catálogo, especializado en arte, diseño y literatura, incluye la primera edición del misterioso “Codex Seraphinianus” y posiblemente todas las obras del tipógrafo e impresor italiano del siglo XVIII Giambattista Bodoni, que prestó su nombre a la tipografía tipográfica.

 

En 1977, Ricci estaba trabajando con el autor Jorge Luis Borges en la curaduría de una serie de libros para RMF cuando le dijo al maestro argentino que planeaba construir un laberinto. El Sr. Borges estaba bien informado sobre el tema: muchos de sus cuentos, desde “La biblioteca de Babel” hasta “La casa de Asterion”, presentaban un laberinto, tanto como concepto espacial como categoría filosófica. Informó al Sr. Ricci que no era necesario construir un lugar de fácil acceso pero casi imposible de salir; ya existía y se llamaba desierto.

 

Pero Ricci no era de los que se rendían, por lo que se asoció con los arquitectos Pier Carlo Bontempi y Davide Dutto para diseñar el Labirinto della Masone. El complejo en forma de estrella, que se inauguró en 2015, incluye un museo y una biblioteca y cubre un área de aproximadamente ocho hectáreas, o casi 20 acres. Contiene tres kilómetros de senderos blancos entrelazados y bordeados de bambú. Es una atracción turística popular y un lugar para conciertos y exposiciones.

 

Estaciono el auto y camino a través del alto arco de ladrillo rojo hacia el patio, donde están el café y el museo. La mujer de la taquilla me entrega un mapa. "¿Un mapa para un laberinto?" Pregunto, pasando por encima de él mientras lo pongo en mi bolso. "Por si acaso", dice ella. “Alentamos a la gente a no usarlo. Deberías estar fuera en 45 minutos ". Sonrío y me dirijo a la entrada.

 

Un jardinero japonés le había dicho al Sr. Ricci que, a pesar de ser relativamente desconocido en el Mediterráneo, el bambú podía prosperar en el valle del Po. La planta es resistente a las enfermedades, absorbe mucho dióxido de carbono y no arroja hojas en invierno. Esto es crucial, porque las paredes transparentes harían un laberinto menos intrigante y, posiblemente, sin propósito. El Labirinto della Masone alberga actualmente 200.000 plantas de bambú pertenecientes a 20 especies. En días sofocantes como este, también crean una sombra refrescante.

 

Llevo cinco minutos caminando cuando llegué a un callejón sin salida. Estoy confundido. ¿No había memorizado el camino a partir de esa rápida mirada al mapa? Me siento en un banco y vuelvo a examinar el camino que he recorrido hasta ahora. Suenan voces cercanas. Me siento tentado a seguirlos de regreso al camino correcto, pero decido ignorar el llamado de la sirena. Vine a ver el laberinto solo, y encontraré mi propia salida. Perderse, después de todo, es parte de la experiencia.

 

Los humanos siempre se han sentido atraídos por los laberintos. Hombres y mujeres prehistóricos dibujaron formas laberínticas: la más antigua registrada fue tallada en el cuerno de un mamut en la Siberia actual. Otros fueron grabados en las rocas de Val Camonica en los Alpes italianos, o diseñados con pequeños guijarros a lo largo de las costas de Escandinavia.

 

 

El hecho de que estas civilizaciones estén tan alejadas, tanto en el tiempo como en el espacio, ha llevado a los arqueólogos a asumir que a cada uno de ellos se le ocurrió la idea de forma independiente. Si esto es cierto, entonces el laberinto debe ser un arquetipo del pensamiento humano, muy parecido a la esfera. Una esfera, que se ha llegado a asociar con la idea de perfección, siempre tiene la misma forma, independientemente de su tamaño, señaló el autor italiano Giovanni Mariotti. Los laberintos, por otro lado, varían no solo en tamaño, sino también en forma, para transmitir la experiencia universal de sentirse perdido. Es como si un dios travieso cambiara constantemente el diseño para que nosotros, simples mortales, nunca pudiéramos aprender la salida.

 

Estoy aproximadamente a una cuarta parte del camino, cuando tres adolescentes rubias vestidas con túnicas blancas me pasan en la dirección opuesta. ¿Es esto una señal? ¿Han sido enviados estos seres celestiales para guiarme fuera de aquí? Veo un puesto de información que emerge de la esquina entre dos setos y me acerco a él, esperando algún tipo de pasaje secreto de Alicia en el País de las Maravillas. En cambio, encuentro una descripción detallada del tipo de bambú que estoy mirando. Decepcionado, sigo caminando, confiando en que mi instinto me indicará la dirección correcta.

 

Según el escritor y semiólogo italiano Umberto Eco, existen tres tipos de laberintos, cada uno con su propio diseño. El primero y más famoso cuenta con un póster mitológico: el Minotauro. Cuenta la leyenda que en la ciudad griega de Knossos, el rey Minos ordenó a Dédalo, su ingeniero jefe, que construyera un laberinto en el que pudiera esconder al Minotauro, resultado de una cita entre la esposa de Minos y un toro. Este tipo de laberinto es "unicursal", porque contiene sólo un camino que va desde la entrada al centro y viceversa.

 

Contrariamente a la creencia popular, perderse en este tipo de laberintos es prácticamente imposible. Claro, el camino en espiral puede dar una sensación de desorientación, pero mientras uno continúe, eventualmente llegará al centro. El camino de este laberinto se despliega en una línea recta, al igual que una bola de hilo aparentemente intrincada se despliega en un solo hilo. Es por eso que, siguiendo el hilo que le dio Ariadne, Teseo pudo encontrar fácilmente la salida del laberinto después de matar al Minotauro. Ese hilo se llamó clave y, según Merriam-Webster, este uso llevó a su vez al significado de "una pieza de evidencia que lleva a uno hacia la solución de un problema".

 

Con ligeras variaciones, el laberinto unicursal siguió siendo el único tipo diseñado a lo largo de la época romana y medieval. Los diseños en espiral decoraban los pisos de las iglesias de toda Europa, como la catedral de Chartres en Francia: los sacerdotes y los peregrinos caminaban de rodillas por el camino hacia el centro, como una forma de oración y penitencia.

 

Durante el Renacimiento, resurgió la pasión por los laberintos. Ya sean circulares, cuadrados o en forma de estrella, rodeados de zanjas o muros, con un árbol o un edificio en el centro, estos laberintos eran multicursales , como el que estoy recorriendo. Cada cruce ofrece una opción binaria: izquierda o derecha. El tiempo que lleva encontrar el único camino posible al centro depende de una combinación de suerte y memoria.

 

He estado avanzando por mi cuenta, rodeado de algunas caras familiares que entraron al laberinto al mismo tiempo que yo. Son una elegante pareja de mediana edad, una familia con dos hijos que corren entre las piernas de sus padres y dos adolescentes, vestidos completamente de negro, pero aferrados el uno al otro, como si caminar por un laberinto fuera el esfuerzo romántico por excelencia. Son mis compañeros.

 

Hemos tomado diferentes decisiones a lo largo del camino, pero nos cruzamos una y otra vez, e incluso cubrimos tramos juntos, aparentemente confirmando la teoría de la mujer en la entrada: por muchos giros equivocados que tomemos, saldremos en 45 minutos. . Pienso en el matemático suizo del siglo XVIII Leonhard Euler, quien fue el primero en teorizar que un laberinto es un problema matemático. Es solo cuestión de elaborar el teorema para resolverlo.

 

Mi problema es que, desde que encontré un callejón sin salida hace unos pasillos, he perdido de vista a mis compañeros habituales. Sigo tropezando con caras nuevas y empiezo a pensar que en realidad puedo estar retrocediendo, incluso mientras me digo a mí mismo que estoy avanzando.

 

¿Pero realmente hay un comienzo, me pregunto? ¿Y realmente conduce a un centro? Otro tipo de laberinto, según el Sr. Eco, no tiene punto de entrada, centro o circunferencia. Sus uniones son como los nodos de una raíz de jengibre: evolucionan aleatoriamente y carecen de una estructura precisa. Cada uno de ellos puede romperse en cualquier lugar y volver a brotar en otro lugar. O pueden conectarse a cualquier otro nodo en una forma potencialmente infinita. Internet, dice Eco, es una caricatura de ello. Si el laberinto es un arquetipo cuyo diseño cambia con el tiempo, entonces la raíz de jengibre representa cómo los humanos contemporáneos se pierden, un enlace a la vez.

 

He estado caminando arriba y abajo por el mismo carril cuando noto un banco en una esquina. Lo miro con desesperación. ¡Es en el que me senté al comienzo de mi viaje! Mis temores no eran infundados: mientras soñaba despierto a través del laberinto, me perdí y volví al principio, o al menos a un lugar que se parece mucho a él. El sudor corre por mi frente y mi cabeza comienza a dar vueltas. Tengo que sentarme. Me siento engañado. Quiero quejarme con la mujer de la taquilla.

 

Mi mano alcanza el mapa en mi bolso cuando veo una mariposa roja, flotando con gracia frente a mis ojos. Se demora unos segundos, como si me invitara a seguirlo. Me recompongo, me levanto y camino en su dirección. La mariposa desaparece tras una esquina. Hago lo mismo y ahí está: una puerta normal. La salida.

 

Miro mi reloj. Me ha llevado exactamente 42 minutos, no muy lejos de lo que había predicho la mujer de la entrada. Abro la puerta y entro en la pirámide en el centro del laberinto. Una escalera me lleva a la terraza. Desde aquí, miro hacia atrás y miro el camino que recorrí durante los últimos tres cuartos de hora. Veo grupos de personas caminando por los carriles entre los setos verdes, como hormigas dentro de una concha.

 

La metáfora no es mía. En la mitología griega, años después de que el diseñador de laberintos Dédalo escapara de prisión por haber ayudado a la esposa del rey Minos, el rey peinó el Mediterráneo en busca de su constructor rebelde. Viajando de ciudad en ciudad, llevaba consigo una concha enrollada, ofreciendo una generosa recompensa a quien fuera capaz de trazar un hilo a través de ella. Cuando Minos llegó a Sicilia, el rey Cocalus pasó el desafío a Dédalo, que se escondía en su corte. Dédalo ató un hilo a la parte inferior de una hormiga y se burló de ella para que caminara a través del objeto en espiral.

 

Fuente: The New York Times

 Crédito...Ilustración de Maria Medem

https://www.nytimes.com/2021/03/24/crosswords/essay-labyrinth-bizzarri.html

 

viernes, 2 de octubre de 2020

Franco Maria Ricci, La cultura italiana de luto, con su genio visionario marcó una época

Adiós Franco Maria Ricci, falleció hoy en su casa de Fontanellato, en la provincia de Parma.

Editor y coleccionista, famoso por haber publicado la revista FMR conocida en todo el mundo en los años 80 y por haber creado el Labirinto della Masone en Fontanellato, tenía 82 años.

Fue Caballero y Comendador de la Ordre des Arts et Lettres, órdenes honorarias francesas. Nació en Parma el 2 de diciembre de 1937. Su sobrino Edoardo Pepino da la noticia. “La muerte de Franco Maria Ricci es un gran dolor. Con él falta un intelectual de extraordinaria sensibilidad e inteligencia, un editor culto y refinado, un hombre que siempre ha trabajado para difundir el conocimiento de nuestra herencia cultural ”.

El mejor recuerdo, en sus palabras y cuando el genio creó el laberinto. “Soñé por primera vez con construir un Laberinto hace unos treinta años, durante el período en el que, en varias ocasiones, tuve un invitado en mi casa de campo cerca de Parma, un amigo, además de un colaborador muy importante de la editorial que había fundado: el escritor argentino Jorge Luis Borges ”.

“El Laberinto siempre ha sido uno de sus temas favoritos; y las trayectorias que sus pasos ciegos y vacilantes trazaban a mi alrededor me hicieron pensar en las incertidumbres de quienes se mueven entre bifurcaciones y enigmas.

Creo que mirándolo, y hablándole de los extraños caminos de los hombres, se formó el primer embrión del proyecto. finalmente, en junio de 2015, abrí al público ”.

“Como se sabe, cuando construyó su Laberinto, que era una prisión, Minos tenía intenciones oscuras y crueles; Imaginé un equivalente endulzado, que también era un Jardín, donde la gente podía caminar, perdiéndose de vez en cuando, pero sin peligro. La pasión por el bambú, esta planta muy elegante, pero tan poco utilizada en Occidente, y especialmente en Occidente, me sugirió la materia prima ideal.

Desde entonces, y especialmente en los últimos años, la empresa ha absorbido la mayor parte de mi tiempo. Cuando nació, el proyecto era bastante personal. En las tierras que había nutrido, y un poco enriquecido, a mi familia, quería dejar una huella de mí mismo ”. ¿Podría ser interesante para ti?

Fuente: You Tube

https://www.youtube.com/watch?v=FbdX6f7Mjmo

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Para vestir a Borges a la italiana

El gran editor italiano Franco Maria Ricci (1937-2020) murió el 10 de septiembre en Parma. Fue el creador de la legendaria colección “La Biblioteca de Babel” que dirigió Jorge Luis Borges y de la revista FMR.

                  Franco Maria Ricci y Jorge Luis Borges.

En marzo de 1971 Cuadernos del Archibrazo publicó en un suelto de 56 páginas el que para Borges es el “mejor” de todos sus textos: "El Congreso". “Si de todos mis textos tuviera que rescatar uno solo, rescataría 'El Congreso'”. La edición del Archibrazo fue leída por Franco Maria Ricci, dueño de una pequeña casa editorial en Parma. Inmediatamente viajó a la Argentina para conocer al entonces Director de la Biblioteca Nacional.

 

En el verano del 72 llegó a Buenos Aires. Cuando Ricci entró a la Biblioteca de la calle México, Borges lo tomó del brazo y le comenzó a hablar en italiano primero, en varias lenguas después: le recitó poemas en español, en inglés y en francés. Como ya era tarde para editar sus obras completas –ya en manos de Mondadori y Feltrinelli–, Ricci le propuso que dirigiera una colección.

 

Así nació La Biblioteca di Babele, la serie de literatura fantástica con textos de Papini, Poe, Melville, Hinton, H. G. Wells... Al poco tiempo la editorial Ricci se mudó de Parma a Milán. Estos detalles los conocemos por María Esther Vázquez, a quien Borges le dictó algunos de esos prólogos: “Cada dos o tres meses enviaba el material de un nuevo libro a Milán; así se completó una colección de unos treinta títulos”. Treinta y tres exactamente.

             Parte de la colección La Biblioteca de Babel.

 

Desde entonces Ricci sería una figura muy cercana a Borges hasta sus últimos días. Invitado por Ricci para dictar unas conferencias, a Milán es precisamente a donde Borges partió la tarde el 28 de noviembre de 1985, cuando dejó la Argentina para siempre.

 

En julio de 1984 Borges recibió un regalo sorprendente. Él mismo lo contó así: “Resulta que desde que yo nací, sin saberlo y sin que nadie lo supiera tampoco, he ganado una libra esterlina por año. Eso no parece excesivo, pero cuando al cabo de 84 años uno recibe un cofre con ochenta y cuatro monedas de oro [...], ochenta y cuatro monedas de oro dan la sensación de un capital infinito”. La colección comenzaba con una moneda de 1899 y terminaba con otra de 1983.

 

Ricci organizó el cumpleaños de Borges en la Biblioteca Nacional de Washington. Alquiló la sala de lectura y llevó cuatro cocineros de Parma, para que los tortellini que se sirvieran no fueran inferiores a los que Borges amaba comer en Italia. Hubo unos cuatrocientos cincuenta invitados: “Hablaron muchas personas, me entregaron el premio y yo pensé: Recibo un premio de Italia, un país que quiero tanto, me lo dan en Washington, una ciudad que quiero tanto, y me lo entrega Ricci, un viejo amigo...”

 

Amante de las tipografías, Ricci se inició en el mundo de la edición en 1963 con la publicación del Manual Tipográfico de Giambattista Bodoni. Entre 1982 y 2002 fue editor de FMR –por sus iniciales, que en francés se pronuncia “éphémère”–, catalogada como “la revista más bella del mundo”.

 

A Ricci lo atraía la materialización de la literatura borgeana. En 2015 había inaugurado el Laberinto della Masone en Parma, uno de los laberintos más grandes que existen. Cerca de allí, el jueves 10 de septiembre, en un bello día de finales del verano europeo, y después de un almuerzo al aire libre, Franco Maria Ricci se quedó dormido para siempre en su casa de Fontanello. Tenía 82 años.

 

Su fundación [francomariaricci.com] dio a conocer la noticia con un comunicado. Hacia el final se lee: “Sobre su ataúd, el epitafio de Charles Nodier sería apropiado: Aquí yace / en su encuadernación de madera / una copia in folio / de la mejor edición del hombre / escrito en una lengua de la edad de oro...”

 

Fuente: Revista Ñ

https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/vestir-borges-italiana_0_lQBQXFAUT.html

 

 


lunes, 24 de agosto de 2020

El Laberinto de Borges, premiado por TripAdvisor



En 2020, el laberinto más grande de América, ubicado en San Rafael, fue distinguido gracias a las opiniones y calificaciones de los visitantes.

Por Redacción MendoVoz

El Laberinto de Borges es el primer monumento en su tipo realizado para recordar a un genial escritor tal cual era su deseo: “Quiero laureles verdes, reales, vivos, no esos de oro o metal”. Jorge Luis Borges tiene su laberinto homenaje en San Rafael, en la finca Los Álamos, casa natal de su amiga Susana Bombal.

Borges disfrutó varios de sus días en el lugar, compartiendo charlas y literatura con la dueña de casa. En la actualidad asisten locales y turistas para recorrer el laberinto y disfrutar la vista en altura de la simbología contenida en él, desde la torre de observación.

Además, se pueden degustar vinos y gastronomía típica en un ambiente perpetuado en el tiempo.

“Felicitaciones, Laberinto de Borges, por haber ganado el premio Traveller’s Choice. Cada año revisamos opiniones, calificaciones y elementos guardados de viajeros de todo el mundo y usamos esa información para premiar lo mejor. Usted se encuentra entre el 10% de las atracciones más populares del mundo”. Esta fue la comunicación de TripAdvisor recibida por el propietario del lugar, Nacho Aldao.

“El Laberinto de Borges es la muestra del enorme poder de atracción del turismo cultural. Las propuestas imaginativas y disruptivas son premiadas por la gente. Si compartimos paisajes, montañas, ríos con otros destinos… es en la cultura y en la capacidad de demostrar una identidad propia donde podremos diferenciarnos. Nosotros, desde la familia que lleva adelante este proyecto autosustentable, creemos que la cultura será libre si logramos que sea mantenida por la gente que premie aquello que la hizo crecer espiritualmente, que le regaló un mensaje, una experiencia, una sonrisa”, señaló Aldao, celebrando el premio.


Sobre el Laberinto de Borges

De 8.700 m2 y con 7.150 plantas de buj, el más grande en América, fue diseñado por el inglés Randol Coate -un diplomático y “laberintólogo”- como un libro abierto al universo que contiene en sí mismo la historia del escritor.

Esta obra de arte viva, tal como sugirió Borges hubiese querido ser honrado en 1984 en Roma, cuenta con más de 2.500 metros de senderos para recorrer su oculta simbología, que se hace visible sólo a partir de la torre de 20  metros erigida para apreciarla.

El nombre del escritor, “Jorge Luis”, su apellido, “Borges”, espejado (“Hay algo de temible en esa duplicación visual de la realidad”, decía sobre los espejos Borges), el número “86” (los años que vivió Borges coinciden con el año en que falleció en Ginebra), las iniciales de María Kodama, el símbolo del infinito representado por dos relojes de arena, el bastón que en tantas caminatas lo acompañó al escritor, el marco del laberinto como un libro gigante y abierto y el signo de interrogación, símbolo de la perplejidad, de la duda, la curiosidad, componen la simbología oculta en el Laberinto de Borges.

Qué es el premio Traveller’s Choice

Tripadvisor les otorga el premio Traveller’s Choice a los alojamientos, las atracciones y los restaurantes que consistentemente reciben excelentes opiniones de los viajeros y que se clasifican dentro del 10% de los establecimientos más populares en Tripadvisor.

Viajeros de todo el mundo usan el sitio y la aplicación de Tripadvisor para consultar más de 800 millones de opiniones y comentarios sobre 8,6 millones de alojamientos, restaurantes, experiencias, aerolíneas y cruceros. La plataforma de viajes se encuentra disponible en 49 mercados y en 28 idiomas.

Fuente: MendoVoz