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viernes, 30 de septiembre de 2011

Presentan en Madrid un texto de Borges inédito en español


Se trata de la versión íntegra de una conferencia que dio en inglés en EE.UU., en 1968

El Centro de Arte Moderno de la capital española cerrará esta noche el Año Borges, en el que se hicieron múltiples homenajes al autor de El Aleph al cumplirse 25 años de su muerte, con la presentación de un texto inédito que ahonda en la faceta borgiana más querida y defendida por el escritor, la de lector, y que analiza la obra máxima de Miguel de Cervantes.

"El libro Mi amigo Don Quijote es una buena oportunidad para explorar al Jorge Luis Borges lector. Porque él siempre se jactaba de los libros que había leído, pero no de los que había escrito. Y en estas líneas se puede ver muy claramente este rasgo tan suyo", afirmó María Kodama, su viuda, en una entrevista con LA NACION en el hotel Westin Palace de Madrid.

El libro contiene agudas apreciaciones sobre la lectura de la piedra angular de la literatura española, así como de su autor, y el personaje principal, Don Quijote de la Mancha, a quienes considera cálidamente "amigos" en aquellas líneas. "Siempre hay un placer; siempre hay una suerte de felicidad cuando se habla de un amigo. Y creo que todos podemos considerar al Quijote como un amigo", destaca Borges en el escrito.

La obra se basa en la transcripción de una conferencia ofrecida en inglés por Borges en la Universidad de Austin, Texas, en 1968. Y aunque ya fue publicada una versión en su lengua original en Europa, y se ha conocido una primera traducción al español en las páginas de la revista Poesía , este texto, según los editores, es "la versión íntegra, corregida, aumentada y más fiel" a la grabación que fue hallada por casualidad, a mediados de los 70, por el académico Julio Ortega, de la Universidad de Brown.

"Estudié y analicé mucho tiempo el contenido de ese cassette, ya que el inglés de Borges era muy claro, pero a la vez muy particular. Porque si bien lo hablaba con gran corrección, en muchas ocasiones utilizaba la sintaxis del idioma español, así como el modo de estructurar el pensamiento tan propio de nuestra lengua. Y eso, entre quienes no estaban al tanto de estas sutilezas, llevaba a hacer interpretaciones del texto que muchas veces no se correspondían con lo que el escritor había pensado o querido decir", señaló el experto.

La edición de Mi amigo Don Quijote , que incluye una grabación en inglés, una transcripción en ese idioma y su traducción al castellano, se caracteriza por el cuidado puesto en su tratamiento y por su exclusividad, ya que sólo fueron impresos, hasta el momento, 100 ejemplares. Sin embargo, Kodama no descarta que se realicen más copias. "Esta es una edición artesanal, que fue llevada a cabo gracias a los responsables del Centro de Arte Moderno. Y si bien no hay un proyecto concreto para editarlo, la idea es que este material tenga una mayor difusión", afirmó.

Pero Kodama, que se casó con el escritor en 1986, prefirió destacar en todo momento la mirada especial que el nuevo libro tiene sobre el Borges lector, sobre todo a través de su afinidad con los animadores de las historias que más lo entusiasmaban. "Cuando nos encontramos con un verdadero personaje en la ficción -dice el autor en el texto-, sabemos que ese personaje existe más allá del mundo que lo creó. Sabemos que hay cientos de cosas que no conocemos y que, sin embargo, existen. De hecho, hay personajes de la ficción que cobran vida en una sola frase." Y entre los ejemplos que acompañan al de Alfonso Quijano, Borges suma a Huckleberry Finn, Mr. Pickwick, Peer Gynt y Lord Jim.

No obstante, Kodama recordó, no sin ironía, que su marido también tuvo "enemigos" en la ficción, como el gaucho Martín Fierro, de José Hernández, a quien "asesinó" en un recordado cuento.

"Él siempre decía que el libro fundacional de la literatura argentina debió haber sido Facundo , de Domingo Faustino Sarmiento, y no la obra de Hernández. Borges sostenía que el Martín Fierro se apoyaba más en las conductas del Viejo Vizcacha, es decir, de la viveza criolla, y que eso había sido la perdición de todos nosotros", apuntó, acerca de La muerte de Martín Fierro .

Kodama dijo sentirse muy satisfecha con los homenajes realizados en distintas partes del mundo durante el Año Borges, y destacó que Mi amigo Don Quijote podría ser una de las últimas, si no la última obra desconocida del autor en ver la luz. "No hay más material inédito de Borges, más allá de que yo tengo el prólogo de un libro y el guión de Para salvar a Venecia , que aún no se publicaron. Pero todo lo demás que aparece son «fantasías del paciente», como dicen los psicoanalistas", sostuvo..

Fuente : La Nación
Adrián Sack
29de septiembre de 2011

lunes, 2 de mayo de 2011

Traiciones de la memoria

«Se lee con fascinación, sobre todo cuando se tiene la sensación de que, aunque todo lo que se cuenta sea cierto, aquello es, gracias a la magia con que está contado, una bella ficción.»
Mario Vargas Llosa

«Esta investigación para descubrir si un poema es o no de Borges es lo más emocionante que he leído sobre la pasión literaria en los últimos años.»
Jean Francois Fogel, Le Monde

Traiciones de la Memoria se presenta en la Feria del Libro de Buenos Aires, el miércoles 4 de mayo


El colombiano Héctor Abad Faciolince confirma en un libro la paternidad de cinco poemas de Borges. Y desde la literatura planta cara a la impunidad del asesinato de su padre que ese día llevaba en el bolsillo uno de esos poemas

El 25 de agosto de 1987 el doctor Héctor Abad, activista en favor de los desheredados y reiteradamente amenazado por sus denuncias de las desigualdades sociales, es abatido a tiros y en los bolsillos de su traje ensangrentado aparece un soneto apócrifo pero que todas las trazas de haber sido escrito por Borges. Algún tiempo después el hijo del fallecido, Héctor Abad Faciolince, llevará a cabo una apasionada investigación cuya finalidad será averiguar quién fue en realidad el autor del soneto y por qué lo llevaba el fallecido en el bolsillo.

Hace más de veinte años, el 25 de agosto de 1987, Héctor Abad acudía para identificar el cadáver de su padre antes del levantamiento. Lo habían asesinado en Medellín. Al vaciar los bolsillos encontró un poema escrito a mano y con las iniciales JLB. Ocupado durante meses con la indagación policial, Abad no entregó el poema al diario "El Espectador" hasta noviembre y allí se publicó firmado por Jorge Luis Borges. El poema, sin embargo, no aparecía en las Obras Completas y los especialistas acusaron a Abad de falsario. Debo resumir de un modo brutal una historia bella y detectivesca.

El caso es que no se resignó. No le angustiaba la acusación de los borgianos, sino la memoria de su padre. Aquel poema había sido lo último que pudo leer y era un poema sobre la certeza de una muerte próxima. Como si el poema anunciara lo que le iba a suceder. De modo que Abad comenzó una pesquisa que le llevó años, visitas a dos continentes, cientos de cartas, correos electrónicos, entrevistas. La autoría del poema era, además, una cuestión de honor porque Abad lo había hecho grabar en la tumba de su padre.


PRÓLOGO
Cuando uno sufre de esa forma tan peculiar de la brutalidad que es la mala memoria, el pasado tiene una consistencia casi tan irreal como el futuro. Si miro hacia atrás y trato de recordar los hechos que he vivido, los pasos que me han traído hoy hasta aquí, nunca estoy completamente seguro de si estoy rememorando o inventando. Cuando vivimos las cosas, en ese tiempo «durante» que llamamos presente, con ese peso devastador que tiene la realidad inmediata, todo parece trivial y consistente y duro como una mesa o un taburete; en cambio, cuando pasa el tiempo, las patas de ese taburete se rompen o se pierden, el asiento se dobla, el espaldar se deforma, el respaldo es devorado por el comején, y las cosas terminan siendo tan irreales como ese objeto definido una vez maravillosamente por Lichtenberg: «Un cuchillo sin hoja al que le falta el mango». ¿Qué objeto es ese? Un objeto que puede existir tan solo en las palabras, una cosa que no se puede mostrar, pero una cosa que ustedes pueden ver en esa frase: «Un cuchillo sin hoja al que le falta el mango». Eso es el pasado casi siempre, algo que ya no es y de lo cual solo nos queda el rastro de las palabras.

Lo ya ocurrido y lo que está por venir, en mi cabeza, son apenas conjeturas. Los relatos autobiográficos que componen este libro tienen esa consistencia mixta: o la paciente reconstrucción por indicios de un pasado que ya no se recuerda bien («Un poema en el bolsillo» y «Un camino equivocado»), o el asombro ante un futuro que quizás ya no seremos nunca («Ex futuros»). Estos relatos aparecieron inicialmente -en versiones más cortas y rudimentarias- en las siguientes publicaciones periódicas: Granta, El Malpensante, Letras Libres y El Espectador. Aquí están corregidos, menos incompletos, y, en algunos casos, con el material visual que me ayudó a rescatarlos de la confusión y de la desmemoria.

Fuente : El Boomeran
Félix de Azúa - sábado, 29 de mayo de 2010
Alfaguara


Galeria De Imagenes

















domingo, 1 de mayo de 2011

Los falsificadores de Borges


“Me obsesiona ver cómo se reconstruye la realidad”

El escritor y director periodístico de Diario UNO de Mendoza presenta en la Feria del Libro, el miércoles 4 de mayo, su novela Los falsificadores de Borges.


No han de ser pocos los que hayan sentido alguna vez, transidos por un cuento magnífico de Jorge Luis Borges, el secreto deseo de formar parte de la trama de alguna de esas narraciones. Ser, por caso, el noctámbulo que descubre una página enciclopédica que da cuenta de fantásticos reinos, como en Tlön, Uqbar, Orbius Tertius. O ser el detective Erik Lönnrot, que en La muerte y la brújula desentraña una serie laberíntica de asesinatos enlazados por crípticas sentencias. O ser el que revela por vez primera el informe de Brodie en el cuento homónimo. Ser, en suma, la pieza de un suceso que merezca ser contado.

A Jaime Correas el azar le deparó tal destino. El director periodístico de Diario UNO, y también escritor, acabó formando parte de una trama de cuño borgeano en la que el propio autor de El Aleph jugaba su parte, arrastrando a muchos otros hacia una compleja historia frente a la cual Correas no tuvo otra opción más que darle la forma de una novela, titulada Los falsificadores de Borges. En ella, un médico asesinado en Medellín porta en su bolsillo un poema inédito de Borges. La autenticidad de ese poema, corazón del libro, llevará a los personajes (Héctor Abad Faciolince, hijo del asesinado, y Jaime Correas entre ellos) por una fascinante historia en la que, una vez más, la realidad supera a la ficción.

Los falsificadores de Borges (Alfaguara) será presentado este miércoles a las 20.30 en la Feria del Libro de Buenos Aires. Antes de ello, el periodista y escritor mendocino nos deja espiar en esta historia cuyos límites (los que separan lo que se cuenta en el libro y los que lo exceden) casi no existen.

–La historia de Los falsificadores de Borges tiene muchos comienzos. ¿Por cuál empezamos?
–La historia tiene un comienzo en la década del \\\'80, cuando un grupo de estudiantes y yo estábamos en la carrera de Letras de la UNC y con motivo del fallecimiento de Borges publicamos unos poemas inéditos de él que habíamos conseguido por contactos que se cuentan en la novela. Tiene otro comienzo cuando esos poemas vuelan y uno de ellos cae en el bolsillo de un médico de Colombia que es asesinado en Medellín. Tiene un comienzo más cuando el hijo de ese médico, 20 años después de ese asesinato, empieza a investigar para saber si ese poema que llevaba en el bolsillo su padre asesinado era efectivamente de Borges. El médico se llamaba Héctor Abad Gómez y el hijo es Héctor Abad Faciolince, un escritor muy importante de Colombia que escribe un libro llamado El olvido que seremos (un fragmento de uno de los versos del poema). Y finalmente tiene otro comienzo cuando Abad Faciolince me llama por teléfono un día para saber si yo soy el autor de ese poema de Borges, por una serie de sucesos que lo llevan a pensar en eso y que también están en la novela. Así que es cierto lo que decís, hay varios comienzos posibles para esta historia, que se entrelazan para conformar la novela.

–La novela, entonces, tiene un poema en el bolsillo de un asesinado, tiene una pesquisa literaria, tiene personajes que están jugando el papel de distraer, tiene viajes al pasado. Y el soneto de Borges al que te referís es el corazón de la novela, pero ese poema no aparece en ningún libro...

–Esta novela se va a presentar en la Feria del Libro de Buenos Aires junto con un libro de Héctor Abad Faciolince que se llama Traiciones de la memoria, donde él cuenta esta misma historia pero en otra clave, en la de un libro de viajes y de crónica periodística. En estos dos libros se demuestra la autenticidad de estos poemas borgeanos. Hay algo que yo creía y que finalmente no ha sido así, y es que cualquiera que lea esos poemas se dará cuenta de que son de Borges. En los dos libros, tanto en el mío como el de Abad Faciolince, se dan las pruebas. Entre ellas, fotos del día en que Borges entregó los poemas inéditos a Guillermo Roux, a Franca Beer y al poeta francés Jean-Dominique Rey, poemas que llegaron a nosotros.

–¿Se puede calificar a Los falsificadores de Borges como una novela de no-ficción, en el camino de las de Truman Capote o Norman Mailer?
–Sin dudas. Pero en este sentido puedo decir que tengo una enorme deuda con Tomás Eloy Martínez. Él, además de sus obras cumbres (La novela de Perón y Santa Evita), escribe una serie de textos teóricos para Ficciones verdaderas. Allí él elabora su poética de cómo es esta relación entre la literatura y la realidad, y cómo se reconstruye la realidad. Y hay diferentes modos de hacerlo, de buena o mala fe, con detalle o sin detalle, con intencionalidad o sin ella. También existe la posibilidad de ser minucioso con la reconstrucción del pasado y eso es lo que traté de hacer para esta novela. Hacer una investigación minuciosa, acudir a la memoria y documentarme con cada cosa que iba encontrando. Hay algo que me obsesiona: cómo se reconstruye la realidad a través de la literatura.

–Demostrar la autenticidad de los sonetos fue un desasosiego de Faciolince, que lo lleva a contactarse con vos. Pero hay otro personaje, el antagonista de ocasión, que es el poeta colombiano Harold Alvarado Tenorio, el “villano” de la película. ¿Qué papel juega él?
–Es un gran poeta colombiano, con una obra muy interesante, y que conoció a Borges, de quien hizo un doctorado en la Universidad de Madrid. Él tiene como antecedente haber escrito un prólogo apócrifo para un libro propio supuestamente escrito por Borges, pero que curiosamente Borges terminó autentificando. Héctor, en su libro El olvido que seremos (2006), publica el famoso poema de Borges y esto provoca una polémica en Colombia. Faciolince encuentra un artículo de Tenorio, posterior al asesinato del Abad Gómez, donde Harold cuenta cómo supuestamente Borges le dio esos poemas, pero después Tenorio anuncia que es él el que “los ha inventado”. Confrontado por Faciolince, termina diciéndole a él que el que escribió los poemas fue… Jaime Correas.

–Y por eso te llama Faciolince...

–Claro, gracias a eso Héctor busca mi nombre y consigue ubicarme en 2007. Y aparece lo que decíamos: todos los inicios que tuvo esta historia.



–¿Cómo llegás, en tu época de estudiante, a publicar los inéditos de Borges en Ediciones Anónimos?
–La única condición que poníamos para publicar en esas ediciones, que eran con fotocopias pero estaban muy bien hechas, es que el texto apareciera de manera anónima. Habíamos detectado, y nos basábamos en algunas teorías, que si uno le pasa un texto a una persona en lo primero en que se fija es en quién lo firma. Borges mismo había escrito un texto que abogaba porque los textos fueran anónimos. Nosotros llegamos a publicar cuatro antologías, y en la cuarta se publicaron estos cinco inéditos de Borges. Yo había estado con él un año antes, ya que era un hombre muy accesible, en la calle Florida. Nuestra idea era comunicarnos con él y pedirle una entrevista para publicar con ella estos poemas. Por aquel entonces para nosotros Borges era inmortal. Sin embargo, viaja a Ginebra y allí muere. Así que nos encontramos con que teníamos esos poemas que decidimos publicar y ni siquiera aparecen en sus Textos recobrados. A nosotros nos habían llegado los sonetos cuando Juan López los recibió de manos de Coco Romairone, a quien a su vez se los había pasado Franca Beer después de su encuentro con Borges. Finalmente, eso que publicamos, y que tenía un prólogo mío, terminó circulando por el mundo. En Colombia, los publicó la revista Semana...

–...la revista que leyó el hombre asesinado. Cuando te encontraste con todo eso, ¿qué pasó?
–Así fue como esto se convirtió en una novela. Yo había escrito otras novelas, pero esta fue la que pasó el examen de mucha gente (Arturo Pérez Reverte, Alicia Dujovne Ortiz, Miguel Albero), al punto de ser aceptada y publicada por Alfaguara, que es una editorial que no publica cualquier texto. Este sello incluso tuvo dudas, debido a que estaba “compitiendo” con el libro de Faciolince que habla del mismo tema, pero fue publicado precisamente porque consideraron que el nivel del texto hacía que valiera la pena hacerlo. Es raro que un sello publique simultáneamente dos libros sobre el mismo tema, y los presente juntos. Pero está la figura mágica de Borges alrededor, que quizá lo justifica.

–Es difícil pensar en una falsificación cuando uno lee estos sonetos. Lo único que queda por decir es que si no son de Borges, son de un grandísimo poeta.

–Sí, porque el soneto es una forma muy difícil. Quienes hemos tenido relación con la poesía sabemos que el soneto es una cumbre, sobre todo si se ha leído a Góngora, a Quevedo, a Borges. No hay nada más fácil que hacer un soneto: nosotros en la facultad jugábamos a escribirlos, pero no hubo ninguno que fuera perdurable. Hay algo mágico en ellos, como dice Octavio Paz: “No importa lo que dicen las palabras sino lo que las palabras se dicen entre ellas”. Y estos sonetos están en el nivel de poemas de Borges e incluso, para mi gusto, con algunos versos memorables. Por ejemplo: “Y la gota de tiempo que vacila / Y cae en la clepsidra silenciosa”. Esos dos versos ya me eximirían de probar que son de Borges, pero el hecho de probarlos fue lo que me llevó a escribir este libro.

Fuente : Diario UNO – Mendoza
Fernando G. Toledo
30 de Abril de 2011

viernes, 1 de octubre de 2010

Encuentran un verso y varias anotaciones inéditas de Borges



En la Biblioteca Nacional La aparición de versos inéditos de un joven Jorge Luis Borges fechados en 1923, el mismo año de la publicación de su primer poemario Fervor de Buenos Aires , son nada más que la punta del iceberg de un descubrimiento infinitamente más trascendente.




Este “ejercicio poético” del primer Borges no debería correr el foco del hallazgo de los investigadores de la Biblioteca Nacional, Laura Rosato y Germán Alvarez. Juntos rastrearon y estudiaron más de mil títulos con anotaciones de Borges , que el autor donó en 1973 y que permanecían perdidos y sin catalogar en la Biblioteca.




Se trata de una colección de casi mil títulos que Borges donó a la biblioteca en 1973 y que permanecía descatalogado desde el 11 de octubre de 1973, el día en que un Borges ya agotado por el cerco kafkiano de la gestión admistrativa y la presión de un nuevo gobierno peronista, que pedía su cabeza, se jubiló como director de la Biblioteca Nacional. Antes de irse –con un escribano presente– retiró todos sus libros de su despacho.

El dato no es menor. En 1971 un empleado administrativo, acaso para forzar la renunciar de Borges, acusó al autor de Ficciones de sustraer libros del patrimonio de la biblioteca. El día que se retiró de la gestión, Borges donó mil libros que consideraba “prescindibles para él y necesarios para la institución que dejaba con pesar”, después de 18 años de gestión. Al instante, pasaron al olvido hasta 1992, cuando aparecieron algunos de los textos.




Desde entonces y con intermitencias por la turbulenta vida institucional del país y de la Biblioteca, la investigación continuó hasta saldarse en Borges, libros y lecturas , el libro de Rosato y Alvarez. El texto es un compendio de las lecturas de Borges, desde la Divina Comedia hasta Schopenhauer, que permite aventurar cómo Borges pensaba en la escritura mientras leía. “Es un calado negativo de la obra, que permite apreciar cómo Borges se apropiaba de las lecturas para reescribirla ”, explica Rosato a Clarín . El catálogo rastrea las anotaciones de Borges y las relaciona con la obra editada. Así, en la misma página de un libro del alemán Christian Wilhelm Franz Walch, Borges escribe el 11 de diciembre de 1923 el ejercicio poético –como lo define Rosato– que encabeza esta nota y, también, un índice tentativo de Inquisiciones , que publicaría en 1925. “En alguien que reescribía tanto podríamos dudar de la noción de inédito”, termina Rosato, que no quiere tapar con la “aparición” de estos versos la noticia más importante. Por primera vez, la Biblioteca Nacional tiene una colección de libros anotados por Borges. Los títulos están disponibles para los investigadores, que ya no tienen que lidiar con coleccionistas para estudiar a Borges. Son de todos.

Fuente : Clarin - 01/10/10
Guido Carelli Lynch

sábado, 29 de mayo de 2010

Un poema en el bolsillo


por Héctor Abad Faciolince

Cuando su padre muere asesinado, Héctor Abad Faciolince encuentra, en uno de sus bolsillos, un soneto de Borges. Años después, ante la insinuación de que se trata de un apócrifo, rastrea su origen. El resultado de esa indagación: cinco poemas inéditos.

Yo no me acuerdo ya del momento en que esta historia empieza para mí. Sé que fue el 25 de agosto de 1987, más o menos a las seis de la tarde, en la calle Argentina de Medellín, pero ya no me acuerdo bien del momento en que metí una mano en el bolsillo de un muerto y encontré un poema. En este caso tengo suerte; apunté en mi diario, aunque nunca pensé que lo fuera a olvidar, que había encontrado un poema en el bolsillo de mi padre muerto. Ese momento yo ya no lo recuerdo. Todo aquel que haya llevado un diario lo sabe: hay trozos de la vida perdidos en el recuerdo que, sin embargo, la escritura recobra con una nitidez que se parece mucho a la vida.
Como yo no recuerdo bien lo que pasó al caer la tarde del 25 de agosto de 1987, como el recuerdo es confuso y está salpicado de gritos y de lágrimas, voy a copiar un apunte de mi diario, escrito cuando aquello estaba todavía fresco en la memoria. Es un apunte muy breve:

Lo encontramos en un charco de sangre. Lo besé y aún estaba caliente. Pero quieto, quieto. La rabia casi no me dejaba salir las lágrimas. La tristeza no me permitía sentir toda la rabia. Mi mamá le quitó la argolla de matrimonio. Yo busqué en los bolsillos y encontré un poema.

Hasta ahí el diario, en la entrada del 4 de octubre del año 87. Después hay algunas citas dispersas de versos del poema, pero en mi cuaderno no transcribo el poema completo. El poema completo lo publiqué después, el 29 de noviembre de 1987, en el Magazín Dominical de El Espectador. Ahí digo, por primera vez, que el poema es de Borges.
¿De dónde saqué yo que el poema era de Borges? No lo sé bien. Lo más probable es que el poema escrito a mano viniera firmado con su nombre, o por lo menos con sus iniciales. Porque esa hoja copiada de puño y letra de mi padre yo ya no la encuentro. Me dirán que eso no puede pasar, que uno no pierde ni bota algo así, un documento tan íntimo, un papel tan importante. Soy desordenado, olvidadizo, a veces indolente. Además, yo salí de Colombia el día de Navidad del año 87, sin pasar siquiera por mi casa a empacar la maleta. Todo se quedó atrás, en manos de una familia enloquecida de tristeza y de miedo. En algún momento el papel se extravió; o alguien, sin pensarlo, lo tiró a la basura como una cosa más entre las cosas. Sin embargo, fuera de la publicación en el Magazín, tengo otra prueba.
Es una prueba tallada en piedra. Se trata de la lápida que pusimos en el cementerio de Campos de Paz, sobre la tumba de mi padre. Se puede todavía ver, o al menos adivinar, el poema, porque incluso las palabras cinceladas en piedra se van borrando, igual que la vida y tal como los sueños.
En la lápida el poema está firmado por unas iniciales: J.L.B. Son las mismas de Borges. Fuera del cuaderno, fuera del Magazín, fuera del mármol, el poema ahora también está impreso en mi memoria y espero recordarlo hasta que mis neuronas se desconfiguren con la vejez o con la muerte. Dice así:


Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte, y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso, con esperanza, en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.


Después pasó el tiempo. Mucho tiempo: veinte años. Nadie le prestó atención a este soneto inglés (y digo inglés por su estructura: tres cuartetos más un dístico final). Ni siquiera yo mismo. Hasta que publiqué un libro a finales del año 2006, El olvido que seremos, cuyo título está tomado del primer verso del poema. En el libro yo digo, por otra leve traición de la memoria, que el título del poema es “Epitafio”. Si piensan en el tema del poema y en la lápida del cementerio entenderán de dónde nace la confusión en mi cabeza. En el libro tampoco pongo en duda el nombre del autor. Escribo que el poema es de Borges.
Como el libro fue bastante leído en Colombia, y como el éxito es siempre sospechoso, vinieron los expertos y los suspicaces a decir que el poema era apócrifo, que el poema no era de Jorge Luis Borges, dijeron incluso que yo se lo atribuía a Borges para vender más libros, para poner mi nombre de enano al lado de un gigante. Yo sabía desde antes, desde siempre, que el soneto no aparecía ni en la Obra poética ni en las Obras completas del poeta argentino. La cosa me extrañaba, pero poco me importaba. No me preocupaba mucho el problema de su autoría: el soneto era hermoso, el soneto era importante para mí, y eso era suficiente.
Durante muchos años el misterio y la rabia se concentraron en tratar de averiguar quiénes habían matado a mi padre; me importaba muy poco verificar quién era el autor del poema. En el papel decía que era de Borges, y yo lo creía, o al menos quería creerlo. Como es natural en esa situación, me intrigaba más la maldad que la poesía; menos el enigma de la belleza que el enigma del mal. Al lado de la atrocidad de la muerte, ese pequeño acto estético, un soneto, no parecía tener mayor importancia.
El caso es que las dudas ajenas, y también la ajena maledicencia, acabaron por obsesionarme a mí también. Cuando publiqué El olvido que seremos, yo vivía en Berlín, era invierno y me habían dado una beca para escribir: tenía mucho tiempo. Se me metió en la cabeza que tenía que averiguar de quién era realmente ese poema. El primer despiste, pero también la penúltima pista, me los dio un curioso poeta colombiano, Harold Alvarado Tenorio.
Yo mismo le escribí la primera vez a Harold, yo mismo lo llamé desde Berlín para pedirle que me ayudara a rastrear el origen y el autor del soneto. ¿Por qué lo llamé a él? Porque hasta ese momento, enero del año 2007, la única publicación en español que había, en internet, de ese poema, estaba en un relato de Tenorio en la segunda entrega de la revista Número, del mes de octubre de 1993. El texto lleva el título de “Cinco inéditos de Borges por Harold Alvarado Tenorio”. Allí él cuenta la historia de cómo habrían llegado a sus manos cinco sonetos de Borges, en Nueva York, el 16 de diciembre de 1983.
Según el relato publicado en Número, tres personas presenciaron el milagro: el poeta venezolano Gabriel Jiménez Emán, una bellísima estudiante argentina de medicina, María Panero, y el mismo Tenorio. Cuenta Tenorio que Borges, súbitamente enamorado de María Panero, le dictó a ella los sonetos, en distintos sitios, antes de una conferencia.
Harold habría hecho una fotocopia de los sonetos copiados a mano por María Panero, pero esa misma noche, después de emborracharse hasta el delirium tremens, tuvo que ser internado en un hospital. Al salir del hospital se fue a Madrid, se hospedó en la casa del matrimonio de Jiménez Emán y Sara Rosenberg, y dejó allí olvidados los poemas, metidos entre las páginas de un libro, hasta 1992, cuando vuelve a Madrid y los recupera. Según él, es por eso que viene a publicarlos apenas en 1993, en la revista Número.
En su artículo Tenorio transcribe cinco sonetos, todos ellos sin título, entre los cuales hay uno, el tercero, casi igual al que mi padre llevaba en el bolsillo, aunque con algunos cambios que empeoran el resultado, bien sea por el sentido o, lo que es más grave en un soneto, porque un verso deja de ser endecasílabo.
Cuando yo me puse en contacto con Harold, este me dijo que la historia de Nueva York era inventada y que los poemas los había escrito él, imitando el estilo de Borges. Que después de escribirlos se los había propuesto, envueltos en esa historia, a William Ospina y a la revista Número. William, además, había corregido algunos problemas de métrica. Había en esta respuesta, sin embargo, dos cosas extrañas. La primera era la fecha de publicación, 1993, seis años después de la muerte de mi padre. La segunda era que la versión del soneto del bolsillo era mejor que la que publicaba quien decía ser el verdadero autor del poema.
Cuando yo le señalé estas incongruencias, Harold me respondió, a las objeciones formales, diciendo que cualquiera que tuviera dos dedos de frente vería que su versión era mejor que la del bolsillo. A la objeción temporal contestó con una paradoja borgeana: “Entonces tu padre llevaba el poema seis años antes de que yo lo escribiera.” Pude haber dejado las cosas así, con esta explicación de Harold, pero ya lo dije: era invierno, tenía mucho tiempo, el poema era importante para mí, y a nadie le gusta que le digan mentiras.
Escribí en la revista Semana, de un modo muy resumido, lo que les acabo de contar. Al final les pedía a los expertos en Borges que me ayudaran a rastrear el poema. Al mismo tiempo contraté en Medellín a una estudiante de periodismo, Luza Ruiz, para que investigara en los archivos y bibliotecas de la ciudad, a ver si podía dar con la fuente de donde mi papá podía haber copiado el soneto.
Aquel artículo en el que yo pedía auxilio hizo que despertaran todos los demonios. Apareció, primero que todo, una hada madrina. Ella no quiere que se diga su nombre, pero diré que se llama Bea Pina y que vive en la mitad de la nada, en medio de la nieve y de la niebla. Ella dijo que quería ayudarme y, como tiene dotes de espía, empezó por encontrar las coordenadas de los personajes que Tenorio mencionaba en su relato.
Hablé con Sara Rosenberg, que todavía vive en Madrid. Me dijo que ella nunca se había dado cuenta de que Harold dejara unos poemas en su casa; tampoco de que años después volviera a buscarlos y a recuperarlos. Hablé también con su ex esposo, el poeta venezolano Jiménez Emán. Este respaldó la versión de Harold: que los poemas los había escrito él. Es más, Jiménez decía recordar el momento en que Harold le había escrito ese soneto a María Panero, en su propia casa, enfermo de amor. Yo no le pregunté por qué le había escrito un soneto sobre la muerte y el olvido a una muchacha de la que estaba enamorado.
Harold cambiaba de versión según las fases de la luna, y con la luna llena los sonetos eran suyos, pero en menguante y creciente volvían a ser de Borges. Bea intentó también dar con el paradero de la bellísima estudiante argentina a quien Borges habría dictado los sonetos, o, según Jiménez Emán, a quien Tenorio habría escrito los sonetos. María Panero existía, efectivamente, y al parecer es una médica que ahora vive en Buenos Aires. Bea consiguió incluso desentrañar unos archivos ocultos en el Departamento de Estado: una María Panero, no sé si la misma María Panero de Harold, había estado presa en Argentina, había sido torturada durante la dictadura militar, y había salido al exilio en Estados Unidos y estudiado medicina en la Universidad de Nueva York por las mismas fechas en que Harold decía que los poemas le habían sido dictados por Borges. ¿Cuántas Marías Panero, argentinas, estudiantes de medicina, habría en ese entonces en Nueva York?
Por otra parte, les escribí a algunos de los que se consideran los mayores expertos en Borges en el mundo académico y empecé por aquellos que tenían amplios conocimientos bibliográficos de su obra. El primero fue un profesor de la Universidad de Iowa, Daniel Balderston, que dirigía allí un centro de estudios sobre Borges. Le pedí un dictamen como se le pide una opinión autorizada sobre el propio cáncer a un oncólogo de fama internacional.
La respuesta fue amable y su posición tajante: sostuvo que lo más verosímil era que Harold hubiera escrito los sonetos antes del 87 y que estos hubieran circulado de algún modo. Le respondí dándole, al menos momentáneamente, la razón: “Sí, profesor Balderston, creo que si aplicamos la navaja de Ockham, y no multiplicamos inútilmente las hipótesis, la más económica conduce otra vez a Harold Alvarado Tenorio.” Uno puede conformarse, siempre, con las hipótesis más obvias, pero hasta los matemáticos dicen que muchas veces los caminos más felices para resolver un teorema no son los más fáciles, los más intuitivos y directos, sino los más estéticos.
A continuación le escribí a Nicolás Helft, que es la persona que ha publicado la bibliografía más extensa y completa de Borges. Yo tenía la esperanza de que en alguna parte apareciera registrado el poema, en su memoria o entre sus papeles. Su respuesta también fue tajante: para Helft era evidente que el soneto era apócrifo.
Les escribí también a los biógrafos de Borges. Edwin Williamson nunca me contestó; no saqué nada en limpio de María Esther Vázquez –gran amiga de Borges– ni de la amanuense de Borges durante algunos años de su vida, Viviana Aguilar. Me respondió de inmediato el biógrafo más dedicado, y el coleccionista más acucioso de Borges, Alejandro Vaccaro. Su concepto, bastante razonado e incluso razonable, en una larga carta llena de anécdotas sobre falsificaciones borgeanas, no se alejó de la opinión de los demás: el poema era apócrifo.
Le escribí a otro profesor prestigioso, el peruano Julio Ortega, que lleva años enseñando literatura latinoamericana en Estados Unidos y tiene una bien ganada reputación como estudioso de nuestras letras, y en especial de Borges. Este fue su veredicto: “Lamentablemente, no son de Borges. Y lo digo sin haberlos leído completamente, solo leyendo algunos versos: Borges no hubiera escrito ‘roe las estrellas’. Es una mala imitación. ‘Me pesan los ejércitos de Atila’ es igualmente paródico, es demasiado peso para un verso. Por último: jamás Borges hubiera llamado atroz a la Escritura.”
La sola consideración que me atreví a hacerle al profesor Ortega fue que yo, en cambio, creía que al único poeta al que podría habérsele ocurrido llamar atroz a la Escritura era el mismo Borges.
William Ospina, que había sido la persona que corrigió para Número los poemas que Harold había envuelto en su historia de Nueva York, también escribió un artículo en la revista Cromos, hablando del asunto. La conclusión de William era esta: “Yo aventuro la hipótesis de que los poemas son de Borges aunque Harold Alvarado los haya escrito [...] Como dice el poema del ajedrez, no sabemos ‘qué dios detrás de Dios la trama empieza’. Además, ¿no ha dicho Platón que el que escribe un poema es un amanuense, que otro está dictándolo desde la sombra?”
Muchas personas me habían aconsejado que me dirigiera a María Kodama, la viuda de Borges, para tener un concepto autorizado y definitivo sobre los sonetos. Por sugerencia de Gabriel Iriarte, el editor de Planeta en Colombia, me dirigí a Alberto Díaz, uno de los editores de Borges en el cono sur y amigo personal de María Kodama. La respuesta de Díaz tardó algunas semanas, pero al fin llegó:

Querido Héctor: Antes que nada mil disculpas por la demora en responderte, que no se debió a mi desidia, sino a que María Kodama estuvo fuera del país todo este tiempo. Hoy me encontré con ella, le conté tu historia y le entregué el artículo que sobre este tema publicaste en la revista Semana. Le dio una rápida mirada y me dijo que el soneto que llevaba tu padre el día de su asesinato era apócrifo, como el resto de sonetos que circulan en internet envueltos en una historia neoyorquina. Me adelantó que va a tratar que algún periódico le haga un reportaje para hablar exclusivamente de los poemas apócrifos, para terminar de una vez por todas con este tema. María Kodama dixit. Me hubiera gustado que la respuesta de María fuera otra, pero es esta. Esto es todo. Un fuerte abrazo, Alberto Díaz.

“María Kodama dixit.” Esta frase era como el martillazo final de un juez al dictar su veredicto, como la última palabra del Papa en un asunto doctrinario. Pero no sólo ella: Balderston, Helft, Ortega, Vaccaro, todos daban el mismo dictamen. El soneto del bolsillo y los otros cuatro no eran de Borges, eran de Tenorio. Si yo no me daba aún por vencido era simplemente por una inconsistencia de fechas, que Tenorio atribuía a amnesias suyas, y porque me parecía absurdo que la versión de quien decía haber escrito el soneto tuviera fallas y fuera menos buena que la versión que mi padre llevaba en el bolsillo. O tal vez no quería desprenderme todavía de una fe que había mantenido durante muchos años: que era Borges el creador del poema.
En ese momento era más fácil rendirse, olvidarse del asunto y darles la razón a los expertos. Yo no veía ningún camino para esclarecer el enigma, pero me puse terco: quería luchar contra el olvido y contra la negación de ese poema.
Estando en la mitad de este desierto apareció otra aliada en Medellín. Yo tengo allá, en el centro, con un grupo de amigos, una pequeña librería de viejo, Palinuro. Pues a Palinuro llegó una tarde una señora, Tita Botero, diciendo: “Yo sé de dónde copió el doctor Abad el poema que llevaba en el bolsillo cuando lo mataron”, y sacó un viejo recorte de prensa, amarillento después de que su marido lo hubiera puesto a hibernar, dentro de un libro de Borges, durante casi veinte años. Era una página de la revista Semana, del 26 de mayo de 1987, y consistía en una nota de introducción, una foto de Borges en el centro y abajo dos sonetos.





La nota con que Semana introducía los sonetos decía así:

Acaba de aparecer en Argentina un ‘librito’, hecho a mano, de 300 copias para distribuir entre amigos. El cuaderno fue publicado por Ediciones Anónimas y en él hay cinco poemas de Jorge Luis Borges, inéditos todos y, posiblemente, los últimos que escribió en vida. Casi un año después de la muerte de Borges, se publica este cuaderno por un grupo de estudiantes de Mendoza, Argentina, que tienen toda la credibilidad y el respeto para obligarse a decir la verdad. Aquí reproducimos dos de esos cinco últimos poemas de Borges.



Los datos de esta publicación eran tan raros, tan nebulosos, que parecían inventados.
Una ciudad, Mendoza, que para mí era poco más que una región donde se producía buen vino; unos estudiantes, con lo dados a la fabulación que son los estudiantes, los cuales publican un cuaderno en unas “Ediciones Anónimas”. Uno diría que con ese nombre los poemas deberían ser más bien anónimos, o si mucho apócrifos, no de Borges.
Fuera como fuera, el segundo soneto publicado era el que mi padre llevaba en el bolsillo, y casi seguramente era de esta revista, a la que estaba suscrito, de donde lo había copiado él. El título, además, era el mismo que tenía en unas traducciones portuguesas, también del año 87, descubiertas en esos días por Bea Pina: “Aquí. Hoy”.
[Le escribí a Luza Ruiz, la estudiante que me ayudaba a rastrear documentos en Medellín, y que venía buscando en todos los suplementos literarios posibles la posible publicación inicial del soneto. Le dije que dejara de buscar, pues la fuente más probable, casi segura, de mi padre, era esa revista Semana que había publicado el poema dos meses antes del asesinato.
A los dos días Luza, a partir del dato de la revista, encontró algo muy valioso para mí: era la prueba inequívoca de que esa página de Semana era la fuente de donde mi padre había tomado el soneto. Él tenía un programa semanal de radio en la Emisora de la Universidad de Antioquia, en el que se ocupaba de temas de actualidad. El programa, Pensando en voz alta, salía al aire todos los martes por la tarde. Y bien, al finalizar el programa de la semana siguiente a la publicación del soneto en la revista, mi padre había leído al aire los sonetos. Luza me mandaba la grabación.
Hacía casi veinte años que yo no oía la voz de mi padre. De un momento a otro, una lluviosa tarde de primavera en Berlín, recibí como del más allá, como de la ultratumba, la voz de mi padre recitando ese soneto que pocas semanas después copiaría a mano y se echaría en el bolsillo. Hay un pedazo de un soneto de Borges sobre su propio padre que debo citar en este momento: “La mojada/ tarde me trae la voz, la voz deseada,/ de mi padre que vuelve y que no ha muerto.” Varias veces aspiró Borges al milagro de volver a escuchar, así fuera por un instante, la voz de su padre. Recuperar esa voz, según él, sería la más alta negación del olvido.]
Le escribí a Tenorio, le dije de dónde había copiado mi padre el soneto, de la revista Semana. Le pregunté si él mismo podría haberle entregado estos sonetos, supuestamente escritos por él, veinte años antes, a la revista Semana. Le hablé de lo que ahí decía sobre los estudiantes de Mendoza. Me contestó lo siguiente, en un correo electrónico:

Para que no le des más vueltas, quien me hizo conocer las primeras versiones de esos sonetos fue quien los inventó, Jaime Correas, que entonces tenía 25 años y los hizo en Mendoza, como dicen los de Semana, en un libro de confección casera con tapas de cartón y escrito a máquina y en fotocopia y anillado con plástico. Escríbele a él y que te cuente el resto. No te revelo más secretos, porque nunca Correas ha querido reconocer que intervino en ello. Sólo los borgeanos duros sabemos el ajo.

Yo no sabía quién era Jaime Correas, pero una vez más Tenorio me soltaba un trozo de información. Bea Pina, mi aliada desde el Polo Norte, me averiguó más datos sobre él y su teléfono. El estudiante de Mendoza de hacía veinte años era ahora el director del diario UNO, en su ciudad. Era casi verano en Berlín, casi invierno en Argentina, y yo llamé por teléfono a Jaime Correas.
Jaime no tenía ni idea de quién era yo; yo no tenía ni idea de quién era Jaime. Ante todo le pedí que no creyera que yo estaba loco, después le conté brevemente la historia del poema en el bolsillo. Le pregunté, al final, si él había inventado los poemas, como decía Tenorio, y quién los había publicado y por qué, y dónde. Jaime me dijo que no, que él no los había escrito, que las circunstancias de su publicación eran una vieja historia, larga y compleja, pero que, si tenía un poco de paciencia, me la iba a contar.
Jaime me tuvo en ascuas durante días que en mi recuerdo son meses. Al fin llegó su respuesta. Pues bien, en esa carta para mí memorable Jaime Correas me revelaba el origen del soneto. Sincero y generoso, en pocos párrafos, le quitó casi todos los velos al enigma de su verdadero autor. Decía así:


Los sonetos fueron dados en mano por Borges a Franca Beer, una italiana que vivió en Mendoza. Ella está casada con un gran pintor argentino, Guillermo Roux. Ambos, junto al poeta galo Jean-Dominique Rey, fueron a visitar a Borges. Roux hizo unos dibujos de él mientras el francés lo entrevistaba. Al final de la entrevista, Rey le pidió a Borges unos poemas inéditos. Borges le dijo que se los daría al día siguiente, para lo cual Franca volvió sola al otro día. Borges le dijo que abriera un cajón y que sacara unos poemas que allí había. Ella los tomó, hicieron copias y se los dio. Franca conoce acá a un personaje adorable, que hoy está viejito, pero vivo, llamado Coco Romairone. Él se los hizo llegar a uno de mis compañeros. Yo los estudié y publicamos cinco de los seis que llegaron. Pero hay más, Rey los tradujo al francés y los publicó con los dibujos de Roux en Francia en su revista. Franca dice que hicieron gestiones, muerto Borges, para hacer una carpeta con los dibujos y los poemas bilingües, pero nunca tuvieron respuesta de Kodama.



Jaime publicaba en Mendoza, con unos amigos, unos pequeños libros de poesía. Ellos habían tomado una bonita idea de no sé dónde que defendía la siguiente tesis: la literatura no debería tener autor, debería ser anónima. Y por eso sus pequeñas ediciones fotocopiadas se llamaban Ediciones Anónimas. Los libros anteriores, con excepción del de Borges, los habían hecho así, sin nombre, sin autores. Su consigna era “abolir al autor”. Con Borges se traicionaron y publicaron los cinco poemas con su firma. Pero era un destino, quizá, que esos poemas siguieran siendo visto como anónimos, como apócrifos, casi como falsos, aunque no lo fueran. De algún modo esto también fue un deseo que Borges expresó muchas veces: ser el autor de algo era un azar, no un mérito.
Jaime Correas me revelaba también que los poemas habían tenido cierta resonancia, después de la edición casi secreta hecha por ellos: habían aparecido en La Jornada de México, en Diario 16 de España, y en la revista Somos de Uruguay y en otra revista mendozina. En Colombia estaban los dos sonetos publicados por Semana, que Jaime no conocía hasta ese momento. Nadie se acordaba ya de ninguna de estas publicaciones, devoradas por el tiempo y el olvido. Todas eran, en todo caso, anteriores a la publicación de Tenorio en Número.
Pocos meses después de esta carta que para mí aclaraba tantas cosas, tomé yo un bus, de madrugada, en el centro de Santiago de Chile con la intención de atravesar los Andes y llegar al atardecer a Mendoza. Quería conocer en persona a Jaime Correas, quería tener en mis manos un ejemplar de aquel librito rarísimo, hecho a mano, con los cinco poemas inéditos de Borges; quería conocer a Coco Romairone, quería ver la cara de todos ellos porque después de tantas dudas y desvíos me había vuelto descreído y solamente iba a acabar de creer en esta historia de cinco poemas pasados de mano en mano, cuando metiera el dedo en la llaga, como Santo Tomás, cuando frente a frente todos los protagonistas me contaran las cosas, o me las confirmaran, tal como ya me las había dicho Jaime por carta.
Estuve tres días con Jaime, un periodista serio y confiable, poco dado a la exaltación de sí mismo; estuve con Coco Romairone, una persona entrañable que ama, estudia y colecciona la obra de Borges con una devoción de lector aprendida del maestro. Jaime me regaló uno de los dos libritos que todavía le quedaban de aquella aventura con sus compañeros de universidad. El cuadernillo venía con un prólogo firmado por el mismo Correas.
Tomé vino con Jaime, brindamos, tomamos el Nocino que cada año fabrica él mismo con una receta secreta. Tanto Coco Romairone como Jaime me confirmaron la misma versión: Franca Beer había recibido los poemas de las manos de Borges, para enviárselos a París a Jean-Dominique Rey, después de una entrevista en la calle Maipú. Ambos guardaban celosamente las viejas copias enviadas por correo por la señora Beer.
Volví a Medellín y empecé a planear los últimos dos encuentros que, para disipar mi escepticismo y verificar la exactitud de la historia, eran también necesarios, al menos para mí. Tenía que verme con el poeta francés Jean-Dominique Rey, y con el matrimonio de Franca Beer y Guillermo Roux. Tenía que hablar también con ellos, cuanto antes, y oír de su propia boca el mismo relato que Jaime y Coco Romairone me habían hecho. O las variaciones de ese relato, porque la memoria casi siempre es más verdadera cuando es imperfecta.
No me resultó fácil encontrar al poeta francés. Después de muchas búsquedas infructuosas, mi aliada en el Polo Norte descubrió que Rey trabajaba en el consejo de redacción de una revista, Supérieur Inconnu. Con este solo dato llamé a París a mi amigo Santiago Gamboa, que estaba viviendo allí. Le pedí que llamara a la redacción de la revista y buscara el teléfono de Rey, que intentara encontrarse con él y que le contara la historia del poema, sin darle ningún detalle, a ver qué le respondía. Y que le pidiera, además, una cita para mí. Tampoco fue fácil para Santiago encontrarlo, pero al fin una mañana el poeta Rey fue a visitarlo en su oficina de la unesco. Insistió en que se encontraran allí, porque vivía cerca. Y esto fue lo que Santiago me escribió:

Jean Dominique Rey acaba de salir de mi oficina, y te escribo de inmediato para no perder el impulso de la historia. Es un hombre delgado y altísimo, de unos 70 años, y con un aspecto muy marcado de intelectual francés, es decir chaqueta de pana, camisa y pañuelo al cuello. Le pregunté para romper el hielo si su apellido era de origen español y me dijo, “no, al menos desde 1715”. Cuando comencé a contarle la historia me miró con cierta sorpresa. Sabía que íbamos a hablar de Borges pero no se imaginaba lo que había en el fondo. Por supuesto, saqué tu libro y le hice un resumen, y luego leí todo el poema. Lo escuchó asintiendo con la cabeza. Luego empezó con su historia. Para él esto comienza en 1975, cuando fue invitado como jurado de un premio de arte a la Bienal de São Paulo. Allí, viendo los cuadros que estaban concursando, se enamoró de las pinturas de un artista argentino e hizo todo lo posible por convencer a los demás jurados de que debían premiarlo. Y así fue. El ganador de esa bienal fue Guillermo Roux. Desde ese momento quedó en estrecho contacto con él. Roux estuvo en Francia varias veces, en exposiciones organizadas por Rey, y la amistad entre ambos siguió creciendo, hasta que acordaron publicar un libro juntos que se publicó en Buenos Aires en 1979. Rey fue a Buenos Aires para asistir a la presentación del libro. Estuvo algo más de dos semanas y en ese tiempo conoció a la mayoría de los amigos de Guillermo Roux, y un día Rey pidió conocer a Borges, a quien había leído y admiraba mucho. Consiguieron la cita y es así como conoció a Borges, en julio de 1979, en la casa de Maipú. Rey quedó fascinado con la personalidad y el carisma de Borges. Según me dijo ya contó toda la escena en su libro de Memorias de personajes. Luego regresó a París y no volvió a ver a Borges hasta septiembre de 1985. Por una serie de desencuentros, sólo pudo verlo el último día de su estadía, en la mañana, antes de salir al aeropuerto. A diferencia de la vez anterior, estaban los dos solos. Borges y Rey. Entonces Rey le habló de una revista francesa cuyo nombre no recordó, y le pidió a Borges un par de poemas inéditos para publicarlos ahí. Entonces Borges lo llevó a su estudio, le dijo que abriera un cajón y sacara unos poemas mecanografiados. Había unos diez. Borges le pidió que los leyera y Rey le dijo, “leo muy mal el español”, pero Borges insistió. Tras una primera lectura, Borges desechó algunos. A uno lo dejó de lado porque ya estaba publicado, y le dijo que podía llevarse cinco o seis (no recordó exactamente). Luego Borges le pidió que volviera a leerlos, pues dijo que tenían imperfecciones. Mientras Rey los leía, Borges hizo correcciones que Rey escribió con su propia letra sobre los originales, al dictado de Borges. Terminada esta operación, Borges le dijo: “¿Le gusta la cocina china? Conozco un extraordinario lugar para almorzar.” Pero Rey, que tenía el vuelo a las tres de la tarde, debió decirle que no podía. “No sabe cuánto me arrepiento de eso”, me dijo Rey. Luego Rey le dijo a Borges que apenas llegara a París pasaría a limpio los poemas, con las correcciones dictadas, y se los reenviaría para su aprobación.
Rey escribió una narración contando su encuentro con Borges y para ello usó fragmentos de los poemas. No los poemas completos, pues no estaba autorizado. Luego surgió la idea de hacer un libro con su narración, los poemas de Borges y unos retratos de Borges hechos por Roux. La editorial que iba a hacerlo era Éditions Dumerchez. Entonces empezaron a buscar a María Kodama pero tardaron tres años en que ella les contestara. Cuando al fin lo hizo los puso en contacto con un agente literario norteamericano, “un tiburón”, dijo Rey, y ese fue el fin del proyecto.
“Pero el poema que acabo de leerle, ¿es uno de los que usted tiene?”, fue mi pregunta al final de su historia, y me dijo, sí, lo reconozco, tal vez con algunas palabras cambiadas, pero sí, es uno de ellos. Me dijo que tenía en su archivo los poemas originales con las anotaciones hechas por él y dictadas por Borges, manuscritas, y que iba a corroborar todo.

Pocas semanas después estaba yo sentado en un café de París, esperando la llegada de Jean-Dominique Rey. Santiago me había conseguido una cita con él. Era otra vez invierno en Europa, el 15 de febrero del año pasado. Yo no me esperaba nada nuevo a lo que ya sabía, pero quería hablar con este señor, quería mirarlo a la cara, porque hay algo en los rostros que no puede mentir, y los seres humanos somos buenos detectores de mentiras. Voy a contar mi encuentro con Rey tal como se lo relaté a Bea Pina en un correo electrónico. Me copio:

La cita con Jean-Dominique Rey era a las tres en un café famoso de Saint-Germain-des-Prés, Les Deux Magots, donde iban algunos existencialistas, pero mejor diré donde iba Camus. Rey entra a las tres en punto, alto como un árbol, vestido con cierta elegancia, pausado, sereno. No sé cuántos años tiene, tal vez 70, 73, algo así. Nos damos la mano. Es amable pero distante, discreto, incluso reticente, pero no antipático. Con esa reticencia y discreción francesas que tienen mucho encanto. Tiene una figura llamativa, que no pasa inadvertida.
La comunicación no es fácil, sobre todo porque en el café hay mucho ruido de voces altas. Yo puedo entender francés, si hay silencio, pero en ese barullo se me vuelve incomprensible. Rey tampoco entiende mi español, así que la intermediación de Santiago se vuelve indispensable. No sabemos bien por dónde empezar. Noto que él lleva una carpeta llena de documentos y libros. Repasamos un poco lo que cada uno sabe del otro. El motivo de mi obsesión, la amistad suya con Roux y Franca Beer, las veces que vio a Borges a lo largo de su vida. Lo que me cuenta se parece bastante a lo que le había dicho a Santiago. Sin embargo, hay detalles nuevos.
Uno me parece importante, un manuscrito que saca de la carpeta. La letra, me aclara, es la suya. Es la copia a mano de uno de los poemas que Borges le entregó. Esto explica algo. Entiendo que Borges no le entregó los poemas, tal como los tenía en su cajón, sino que él los copió a mano y mientras tanto se los iba leyendo a Borges, y Borges les hacía correcciones. Las copias a máquina se quedaron en la casa de Borges, con correcciones a mano que serían pasadas en limpio, y luego fue Franca Beer quien las recogió y fotocopió, unas semanas más tarde. Esto lo pude saber por una carta de Beer que Rey me dejó fotocopiar. En la carta ella le cuenta lo difícil que fue “recuperar” los poemas de Borges, pues este siempre estaba enfermo y no podía recibirla, o postergaba las citas, o no recordaba nada. Como se puede ver, todo esto es algo confuso. Lo que no quiere decir que no le crea a Rey, al contrario. La verdad, sobre todo al cabo de más de veinte años, suele ser confusa; es la mentira la que tiene siempre los contornos demasiado nítidos.
Rey me regala también un libro suyo: Mémoires des autres. I. Écrivains et rebelles, publicado por L’Atelier des Brisants en 2005. Cada capítulo de este libro está dedicado a los recuerdos de Rey con algunos escritores: Valéry, Gide, Breton, Queneau, Cioran, entre otros. El capítulo 20 está dedicado a sus encuentros con Borges en su apartamento de la calle Maipú, y se titula: “La Bibliothèque aveugle. Trois visites a Jorge-Luis Borges”.
Lo más interesante de este capítulo de las memorias de Jean-Dominique Rey, que leo más tarde, y lo más importante para mi historia, es que al final de la entrevista Rey le solicita algunos poemas inéditos para publicar, junto con la conversación que acaban de tener, en la revista La Délirante. Según Rey, es a él y no a Franca Beer a quien se entregan los poemas. Borges acepta la petición, sobre todo porque le gusta el nombre de la revista, e incluso hace una anotación etimológica, que Rey relata: “Delirio... delirio es sembrar fuera del surco.” No tengo que decirlo, pero lo voy a decir: estos poemas fueron sembrados fuera del surco, y por eso se han demorado tanto en germinar.
A continuación conduce a Rey a su habitación y le pide que abra los cajones de una cómoda. Hay algunos poemas sueltos en una carpeta. Borges rechaza algunos, porque ya están publicados. Luego escoge seis y vuelven a la sala, a hacer las correcciones.
En todo caso Rey no publica completos los poemas, ni en francés ni en español, porque, según me explica en el café, nunca obtuvo la autorización de la señora Kodama para publicarlos. En sus Memorias menciona apenas algunos versos. Lo más importante para mí, al leer el capítulo de su libro, es que cita el primer verso del poema en el bolsillo. Al contar que Borges, mientras Rey le lee, verifica siempre que estén puestas las tildes, llegan a una palabra, “mágico”, y Borges pregunta por el acento sobre la A. Dice Rey: “Ce mágico figure dans le poème intitulé Aquí. Hoy (Ici e maintenant), méditation sur la morte que commence par ce mots: “Ya somos el olvido que seremos” (Déjà nous sommes l’oubli que nous serons).”

El relato de Rey de sus encuentros con Borges es bastante sobrio. La primera vez que lo ve, en 1979, hablan largamente de poesía y Borges le recita. La segunda vez es un desencuentro, pues Borges debe ir al cementerio. La tercera vez es la que nos concierne, el 29 de septiembre de 1985. Tanto en el 79 como en el 85, Rey visita a Borges en compañía de Franca Beer y Guillermo Roux. De esta última visita hay fotos en las que se ve que mientras Rey y Borges conversan, Roux le está haciendo un retrato del vivo.



Este retrato, dos rostros superpuestos de Borges, me parece importante porque, si no estoy mal, es el último que se le hizo en vida, no a partir de fotos sino con él mismo como modelo. La fecha se conoce, pues el mismo Roux la puso al pie de su dibujo: 29 de septiembre de 1985. Téngase en cuenta que muy pocos días antes, el 13 de septiembre, Borges había recibido los resultados de una biopsia del hígado: tenía cáncer y sabía que no le quedaba mucho tiempo de vida. Que Borges se sintiera bien el 29, como para aceptar una visita y una entrevista, nos lo confirma el diario de Bioy Casares, que en la entrada del 28 de septiembre, dice: “Visita de Borges; con excelente aspecto.” No es descabellado conjeturar que en esas dos semanas entre los resultados y la entrevista con Rey haya escrito este poema sobre la muerte. Pero también pudo haberlo escrito antes de la noticia de su enfermedad, pues el tema de la muerte y del olvido son en él una constante. Borges saldría, ya muy enfermo, hacia Milán y Ginebra, dos meses después de la entrevista con Rey, el 28 de noviembre de 1985, casi sin decírselo a nadie, acompañado por María Kodama. El 26 de abril del año siguiente se casaría con quien había sido su compañera casi permanente en la última década. Y moriría al amanecer del 14 de junio de 1986.
Estar con Rey fue como mirar al santo después de haber presenciado el milagro. El milagro es más importante que el santo, pero sin este santo no habría habido milagro. Meto el dedo en la llaga, toco con mis dedos los poemas que este hombre ha atesorado durante veintidós años como uno de los momentos literarios más importantes de su vida. Está orgulloso de su relación con Borges. Rey fue editor, crítico de arte, jurado, pero ahora no son muchos los que lo recuerdan, los que lo tienen en cuenta. Empieza a envejecer y es olvido, es el olvido que seremos todos. Dice, con mucho orgullo, que él es el único escritor francés a quien Borges le hizo un prólogo.
Después de Jean-Dominique me faltaba solamente entrevistarme con Franca Beer y, si fuera posible, también con su marido, el pintor Guillermo Roux. A mediados del año pasado pude volver a Argentina, y les pedí una cita. Para llegar a la casa de Franca Beer y Guillermo Roux hay que recorrer toda la avenida Libertador y dejar la capital para adentrarse en la provincia de Buenos Aires. La ciudad no se interrumpe nunca; el viaje dura más de media hora a través de una retícula de calles interminables, lo que hace de esta urbe una de las más populosas del mundo.
La casa de ellos está en el número 2845 de la calle Delfín Gallo, en Martínez, entre Pirovano y Paraná. Me recibe una amable secretaria que me ofrece un café y me enseña algunos de los cuadros y bocetos de Roux. Hay pinturas por todos lados, y retratos. Me quedo mirando un original y una copia. Quiero decir: hay un gato sentado en el sofá, un gato real, y ese mismo gato está pintado en un cuadro, encima del sofá. No sé cuál de los dos se muestra más indiferente a mi presencia y mi visita.
Al fin baja Franca Beer, vestida de anaranjado. Es una señora delgada y ágil, juvenil a su modo, en perfecto uso de sus facultades, cordial sin ser melosa, con unas profundas ojeras que le dan al mismo tiempo un aire cálido y melancólico. Cuando empezamos a hablar de aquellas lejanas visitas a Borges, descubro que confunde un poco la primera visita, del año 79, con la segunda, del año 85. Lo sé por dos detalles: un gato y unas cortinas. Rey dice en sus Memorias que en la primera visita Borges apareció lentamente detrás de unas pesadas cortinas de terciopelo, que separaban las habitaciones de la sala, en su casa. Eso mismo me dice la señora Beer, hablando de la segunda visita, que Borges apareció de detrás de unas cortinas, después de que la mucama los había hecho pasar a la sala. La señora Beer dice, hablando de Fanny, la empleada de Borges: “Nos recibió una mucama mestiza, del norte. Nos hizo pasar a la sala, donde sólo estaba, sentado a la derecha del sofá, un gato blanco.” La señora Beer recuerda que Borges, al entrar, preguntó dónde estaba el gato, antes de sentarse, pues temía aplastarlo. Alejan al gato para que Borges pueda sentarse. Mientras ella me cuenta esto, miro el gato de Roux, miro la pintura del gato de Roux, y pienso en algo que verifico después en el diario de Bioy Casares. Es una anomalía.
En la entrada del 7 de febrero del año 85 está escrito lo siguiente: “Murió Beppo, el gato de Borges. Según Fanny, la cocinera, al morir no maulló sino que exclamó: ‘¡Ay!’” El gato del recuerdo de Franca Beer, muy probablemente, es el gato que estaba vivo en la primera visita, la del 79. En la segunda, de septiembre del 85, Beppo ya estaba muerto. Así es la memoria, superpone en el mismo espacio recuerdos de tiempos distintos. No es una falsedad, es un pormenor traslocado. Me gustan estos gatos presentes en las dos ocasiones, me gusta la gracia de la mucama contando la muerte humanizada de Beppo.
El recuerdo de Franca sobre la entrega de los poemas también es un poco distinto al de Rey. Ella dice que Rey no pudo llevarse los poemas, sino que ella tuvo que volver, sola, a casa de Borges, para recogerlos. Cuenta que también Borges la hizo pasar a su cuarto porque, según le dijo, no había tenido tiempo de hacer las correcciones para que se los pasaran en limpio: “Era un dormitorio muy simple, conventual, franciscano. A los pies de la cama había un pequeño mueble con unos cajoncitos y de ahí saqué los poemas que Borges me indicó. Borges me pidió que se los leyera. Empecé a leer y yo leía según el sentido. Me dijo que los estaba leyendo muy mal; que marcara la entonación de cada verso, con una pausa al final. Al final, después de hacer unas cuantas correcciones, me entregó seis poemas escritos a máquina, con unos pocos cambios que él me indicó. Antes de entregármelos me pidió que se los volviera a leer.”
Así, en el recuerdo de Franca, los poemas llegaron a sus manos, y poco después se los enviaría a Jean-Dominique a París, pero también hizo una copia más, para ese amigo de infancia, Coco Romairone, que vivía en Mendoza. Sabía que él amaba a Borges y quiso hacerle un regalo.
Hablamos también de su marido, y del retrato de Borges que él hizo mientras Rey lo entrevistaba, en septiembre del 85. Vamos a una casa contigua, donde está el estudio de Roux, y también el archivo de su obra. Después de mucho buscar da con un sobre de manila que dice, en letras grandes: “Original Retrato Borges”. Volvemos a la casa principal, con el sobre en la mano. A todas estas el señor Roux ya ha bajado y está también en el comedor. Es pausado, grande, amable y lleva un vistoso suéter amarillo. Franca le cuenta brevemente la historia del poema en el bolsillo. El señor Roux se interesa y recuerda vivamente la vez en que acompañó a Jean-Dominique durante aquella entrevista, recuerda su dibujo. Sacamos el retrato del sobre. Como yo ya sabía algo que me había dicho Rey (que él guardaba en su casa el retrato original) pongo en duda que el papel que sacamos del sobre sea un original, tal como ahí está escrito.
La memoria es así. Tanto Guillermo Roux como Franca se extrañan, se empecinan: sostienen que es este el original. Sin embargo, como es un dibujo a lápiz, el señor Roux saca un borrador e intenta borrar un detalle, un pedacito. No borra. Es una copia, evidentemente, lo tienen que admitir ambos. Entonces Guillermo Roux va por un lápiz y se pone a dibujar, copiando de su propio retrato, un nuevo rostro especular de Borges. Lo pinta con facilidad, casi de memoria. Al terminarlo, toma la hoja con las dos manos, me la entrega y me dice: “Ahora es un original. Se lo regalo.”
Volví a mi hotel en Buenos Aires, aliviado y seguro, en cierto modo feliz. También los poemas de Borges, empezando por el poema del bolsillo, volvían a ser originales suyos. Había algunos hechos borrosos, había detalles que no coincidían exactamente, pero así son la memoria y el olvido. Son los mentirosos quienes dicen recordar con precisión, sin cambiar nunca un ápice lo que recuerdan. El hecho es que yo ya no tenía ninguna duda de que el poema, los cinco poemas, los había escrito Borges. Era el momento de contar la historia.
Quiero concluirla con una reflexión: soy un olvidadizo, un distraído, a ratos un indolente. Sin embargo, puedo decir que gracias a que he tratado de no olvidar esta sombra, mi padre, arrebatado a la vida en la calle Argentina de Medellín, me ha ocurrido algo extraordinario: aquella tarde su pecho iba acorazado solamente por un frágil papel, un poema, que no impidió su muerte. Pero es hermoso que unas letras manchadas por los últimos hilos de su vida hayan rescatado, sin pretenderlo, para el mundo, un olvidado soneto de Borges sobre el olvido.

Fuente : Revista Letras Libres –
México Agosto 2009

miércoles, 19 de mayo de 2010

Los Rivero - El misterio de unos papeles del extinto




El misterio de unos papeles del extinto

SEÑOR DIRECTOR:

Días atrás, una noticia originada en Austin, Texas, hizo saber que han sido hallados unos manuscritos de Jorge Luis Borges, entre los cuales hay el comienzo de una novela.
Es sabido (lo saben quienes investigan) que mucha parte de la documentación de la historia y de hechos significativos o de personajes importantes de la Argentina, se hallan en repositorios de los Estados Unidos. En la biblioteca del Congreso del país del norte no es raro encontrar a investigadores argentinos que tratan de dilucidar momentos del pasado de nuestro país. La universidad de Texas adquirió en algún momento un lote de papeles de Jorge Luis Borges, un autor que en la última parte de su vida ganó fama en el norte y luego, como suele suceder, ese suceso tuvo eco en la Argentina.
El hallazgo fue hecho por el crítico Julio Ortega, actualmente en funciones en la universidad de Brown. Ortega le refirió al diario El País, de Madrid, que Borges escribió sólo cuatro páginas de un tema que tituló Los Rivero. Conjetura que cuando hubo llegado a la cuarta página advirtió que el asunto excedía la extensión del cuento y pedía ser novela, género que no quería cultivar. Refiere que Borges escribía con letra muy pequeña, al punto de que hay que usar lupa para leer. Cree que la escritura de este esbozo novelístico debe ubicarse hacia el año 1950, cuando ya la ceguera avanzaba y Borges escribía "casi de memoria". El tema está dado por la situación de miseria actual de los nietos del coronel Clemente Rivero, uno de los héroes de la Independencia, que fue el que encabezó la primera carga en Alturia, actual Venezuela (dato que allá no aceptan como válido). Después de Ayacucho retornó a Buenos Aires y fue desterrado, para morir en Montevideo. El manuscrito comienza con la descripción de la casa de los Rivero, en el barrio sur de Buenos Aires (hasta entonces el más distinguido, hasta la fiebre amarilla, cuando las familias encopetadas emigraron a lo que es ahora el barrio norte). Los nietos, según el relato "viven en un estado fantasmagórico, en el culto del pasado". Esta referencia trae a la memoria un relato de Cortázar, Casa tomada, escrito en ese mismo tiempo. Claro está que difieren ambos trabajos, porque Cortázar deriva hacia lo fantástico (Casa tomada es uno de los relatos de Bestiario), en tanto que Borges pudo tener la intención de apoyar en la historia cierta debilidad suya por un abolengo generoso en heroicidades de varones de cepa criolla, contrapuesto a una Argentina de inmigrantes y, en aquel tiempo, generadora del peronismo. De Casa tomada se ha sospechado que también es crítica del peronismo, pues en un momento de la primera presidencia de Perón hubo intrusiones en viviendas.
El manuscrito de Los Rivero y otros trabajos de la misma procedencia aparecerán el 25 de Mayo, como parte del homenaje al Bicentenario, en edición de lujo, con dibujos de Carlos Alonso. Serán solamente cien ejemplares. Este dato permite pensar que no estamos ante uno de esos hallazgos oportunistas de obras póstumas o papeles olvidados, de lo que ni Cortázar se ha salvado y que poco o nada agregan a los merecimientos de algunos grandes escritores, como le sucede a Bioy Casares. En este caso de Borges, se sabe que María Kodama autorizó la publicación y probablemente ha influido en algunos de los detalles.
Borges no escribió novelas y se ha dicho que ésa fue una de las razones por las cuales pudo ser eterno candidato al Nobel, sin recibirlo nunca. Otra versión destaca lo político, porque a un factótum de esos premios no le habría agradado que Borges (y otros) saludaran a Pinochet en Santiago. Ahora se observa que Borges sigue vigente, a un cuarto de siglo de su muerte. Es posible que la leyenda se apodere de su nombre y le vaya quitando o poniendo rasgos, como sucede con muchos grandes hombres. Al convertirse en un bien social, la sociedad los hace materia para representarse.
Atentamente
JOTAVE

Diario La Arena
La Panpa 19 – 05 -2010

martes, 18 de mayo de 2010

Los Rivero - Borges Inedito



La novela que Borges no escribió

Hallado en EE UU un manuscrito inédito de cuatro páginas que el escritor abandonó - 'Los Rivero' describe a los nietos marginados de un héroe de la independencia

ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS

El Pais - Madrid - 08/05/2010

Casi cuatro páginas manuscritas con una letra tan minúscula que hace falta una lupa para leerla, el relato inacabado de los desheredados nietos de un héroe de la guerra de independencia, un manuscrito inédito que podría ser la novela que no quiso escribir el padre de todos los cuentos.
El texto formará parte de una edición de lujo que saldrá el 25 de mayo

Jorge Luis Borges empezó y abandonó un texto que hoy reflota entre los documentos que sobre el argentino posee el Harry Ransom Center for the Humanities de la Universidad de Austin (Tejas, EE UU). El manuscrito no tiene ni fecha ni título, pero se calcula que lo escribió en 1950. El título con el que se le identifica es Los Rivero.

El crítico y profesor de la Universidad de Brown Julio Ortega lo descubrió en lo que él califica su "peregrinaje por la pasión borgiana". "Todo lector de Borges busca las fuentes, las primeras ediciones, los manuscritos... Reconocí la letra, que en este manuscrito revela el progreso de su ceguera. El manuscrito de El Aleph, que está en la Biblioteca Nacional de Madrid, es mucho más legible que este". Para Ortega, Borges abandonó Los Rivero cuando se dio cuenta de que no era un cuento sino una novela que le exigía extenderse. Descreído de un género del que huía y renegaba, dejó de lado su relato. "Se trata de la historia de los nietos de un coronel que peleó como lancero en las guerras de la independencia americana. Estos nietos viven en la pobreza y en la marginación. Son los descendientes de los fundadores de la República que han perdido la República. Viven en una melancolía amarga, viven en la memoria del héroe, del bien perdido, en un estado fantasmagórico, en el culto al pasado".

El texto manuscrito de Los Rivero arranca así: "Hacia 1905, la cancel de hierro forjado había cedido su lugar a una puerta de madera y cristales y bajo el llamador de bronce había un timbre eléctrico, ahora, pero en general la casa de los Rivero -con el zaguán oscuro, con los patios de baldosa colorada, con el aljibe inútil y con una higuera en el fondo- correspondía con suficiente rigor al arquetipo de casa vieja del barrio Sur, y el espectro del coronel Clemente Rivero (que murió, desterrado, en Montevideo, dos meses antes del pronunciamiento de Urquiza) lo habría identificado sin mayor dificultad".

El texto íntegro formará parte de una edición de lujo que verá la luz este 25 de mayo. Un total de 100 ejemplares que incluyen un facsímil del manuscrito, su transcripción, fotografías y una serie de dibujos del argentino Carlos Alonso inspirados en el relato. A cargo del Centro de Editores, el proyecto ha contado con la colaboración de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges. "Hemos querido conmemorar así el Bicentenario de la Revolución de Mayo Argentina", apunta su editor, Claudio Pérez Míguez.

"María Kodama lleva mucho tiempo intentando reunir todos los manuscritos de Borges", continúa Ortega. "Lo más probable es que este texto fuera a parar al Centro Ransom de manos de un amigo o traductor de Borges, o quizá lo vendiera uno de sus sobrinos a un anticuario y el Centro lo acabó comprando".

Ortega asegura que es fácil, una vez que uno se acostumbra, descifrar la letra de Borges. "Es muy interesante cómo al estar casi ciego su letra, que era preciosa, se vuelve aún más simétrica y muy cerrada. Escribía de memoria".

En su minúscula letra, escribe Borges: "Es sabido que la historia argentina abunda en glorias familiares y casi secretas, en próceres que llegan a ser el nombre de una calle; tal vez no huelgue recordar al lector que el coronel Rivero fue el héroe de la primera carga de Aturia, título que en vano le niegan todos los historiadores venezolanos, víctimas de la envidia y del localismo, y que defienden con razones irrefutables los argentinos amantes de la verdad. En el desorden de las guerras de la independencia de América, el coronel Rivero tuvo un claro momento de gloria, cuando "lanceó a los godos" y decidió la suerte de una provincia; sus bisnietos guardaban con piedad y con justificadísimo orgullo el hierro de la lanza que blandió entonces".

Borges llamó a Los Rivero "crónica", crónica histórica sobre unos huérfanos de los que hoy sólo sabemos que siendo "descendientes directos de los guerreros que la habían fundado y defendido no contaban ya para nadie".




El Bicentenario novelado por Borges

ANTONIO ASTORGA |

ABC – MADRID - Mayo 2010

La intrahistoria del manuscrito inédito de Jorge Luis Borges «Los Rivero», la novela latente, se sitúa en torno a Justo José de Urquiza, presidente de la Confederación Argentina entre 1854 y 1860, cuyas proporciones míticas lo hicieron no sólo padre de la patria sino de numerosísimos hijos. El temblor del relato es la familia Rivero, que rinde culto al espectro del coronel Clemente Rivero, muerto en el destierro en Montevideo. Rivero pertenece a esa mitología de libertadores continentales, sólo que sus hijos son huérfanos desde chicos, y lo son también de la misma república, porque «siendo como son descendientes directos de los guerreros que la habían fundado y defendido no contaban ya para nadie», explica Julio Ortega, uno de los mayores especialistas en literatura hispanoamericana del mundo, que exhumó este texto exquisito de Borges en los archivos de la Universidad de Austin (Texas). La diminuta grafía borgiana, en cuatro hojas, se titulaba «Los Rivero».

Relato inconcluso

Borges llama «crónica» a este relato inconcluso, que «no llega a ser un cuento y que bien pudo haber sido la única novela del autor». Tiene, en efecto -añade Julio Ortega- de la crónica el estilo enumerativo, incluso cierta distancia ante los hechos narrados; y discurre con el tiempo sumario del cuento, que baraja tránsitos y decepciones; pero de su drama familiar emerge la historia novelada de las fundaciones republicanas, o la novela de la historia de los desheredados de la patria que sus padres liberaron. «La fundación extraviada anuncia la novela incumplida, que en estas límpidas y luminosas páginas brilla fugazmente, como el cuento inacabado de una historia incompleta. De todos modos, Borges tenía una visión heroica de la emancipación americana, y fue escrupuloso con su historia», subraya Julio Ortega. Los grafólogos que han estudiado el texto de «Los Rivero» lo consideraron dos o tres años posterior a «El Aleph»; se pudo escribir circa 1950. Del Centro Editores, gracias a Claudio Pérez Míguez, que mantuvo amistad con el creador argentino (a quien fotografió vestido de hombre lobo en su casa), y en colaboración con la Fundación Internacional Borges, presentará la buena nueva borgiana el día 18 en Madrid, con motivo del Bicentenario de la Revolución de Mayo.
La decadencia del héroe
Claudio Pérez Míguez, director de Del Centro Editores, explica a ABC que sobrevuela en el texto la decadencia del héroe. Se trata de un relato muy atípico en Borges, incide el editor, arropando el argumento de Julio Ortega de que podría haber sido la primera parte de la novela que Borges siempre quiso escribir: «Todo el relato se sostiene sobre la descripción de los miembros de los Rivero. Por vez primera el escritor argentino se aleja de la trama para realizar una recreación exhaustiva de los Rivero, maravillosa. En pocas páginas, cuatro, enhebra la decadencia de esta familia, los Rivero, que supone una metáfora también de la decadencia argentina. Los Rivero sienten que no se les da el lugar que se merecen por ser quienes son. El país argentino, a principios de siglo, está invadido por «gringos», por extranjeros, y ellos, los Rivero, que son herederos de los fundadores de la patria, no tienen el sitio que se merecen», apunta Pérez Míguez. Del Centro Editores edita el hallazgo borgiano en una obra de lujo, en colaboración con la Fundación Internacional Jorge Luis Borges: cien ejemplares con ilustraiones del artista argentino Carlos Alonso. La grandeza de la tinta de Borges, que en este manuscrito es microscópica, delinea la decadencia de unos desheredados y un siglo de la historia de la Argentina, que siempre llorará por él.




Borges: La novela que nunca escribió

Se publica un manuscrito inédito del escritor, que podría ser el arranque de una historia larga que no llegó a terminar

JESÚS ROCAMORA

PUBLICO.ES - MADRID 08/05/2010

Para Borges, enfrentarse a la idea de la novela en mayúsculas, como género literario por excelencia, debía de ser como contemplar su Moby Dick, su Leviatán, algo inmenso y sólo parcialmente visible por su lado más amenazador, como un monstruo primitivo. El escritor argentino, conocido cuentista, poeta y célebre por su afán enciclopédico y bibliófilo, además de por una de las mentes más lúcidas y alucinadas a la vez, nunca fue capaz de escribir la suya, la gran novela borgeana. O nunca quiso hacerlo: ya en el prólogo de su libro Ficciones, calificaba de "desvarío laborioso y empobrecedor" eso de "componer vastos libros; explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos".

El argentino, más relector de cuentos que lector de novelas, en alguna ocasión culpó a su "haraganería" de no haber cultivado la novela. En realidad, siendo un escritor que se entregó a la poesía, que alabó la brevedad y la capacidad de síntesis, no era raro que rechazase un género que siempre le parecía condenado a dar vueltas sobre su propia trama, víctima de su propia extensión.

Borges practicó una mezcla de cuento, crónica y novela en Los Rivero'

Pero el mito alrededor de Borges como escritor único de cuentos, poemas y ensayos se ve amenazado: el próximo día 18, se editará en España un texto inédito, que según los especialistas, podría haber sido el arranque de aquella novela que nunca escribió. Se trata de cuatro páginas manuscritas que hasta ahora habían estado en el archivo de la Universidad de Texas en Austin y que en España será puesta en la calle por Del Centro Editores y la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, con el apoyo de la viuda, María Kodama (que, por cierto, no conocía de la existencia de este texto hasta ahora).
El drama familiar

Fue Julio Ortega, escritor y profesor de la Brown University, especialista en literatura hispanoamericana, quien dio con los manuscritos, "ocultos" junto a otra documentación de Borges que sí había sido publicada, como transcripciones de cuentos, correcciones a mano y mecanoscritos. Él es también el encargado de firmar el prólogo del libro, donde deja claro algunas cuestiones técnica, principalmente: ¿Qué es?. "Borges llama crónica a este relato inconcluso, que no llega a ser un cuento y que bien pudo haber sido la única novela del autor", escribe Ortega, para quien, en efecto, hay elementos de crónica y de cuento, si bien "de su drama familiar emerge la historia novelada de las fundaciones republicanas, o la novela de la historia de los desheredados de la patria que sus padres liberaron".

El relato, que no fue fechado ni titulado por Borges, fue escrito en 1950

En su opinión, estamos ante un experimento que tiene un poco de todo: crónica, cuento y novela, que "se ceden la palabra, como si los hechos no pudieran ser narrados en un solo género y en torno a un solo sujeto". Seguramente fue esa diversidad de "entonaciones y tentaciones" lo que hizo a Borges, "que descreía de la novela, abandonar la lección de la crónica a favor del trágico recuento de una familia criolla y patricia venida a menos en las miserias de la Guerra". Es decir: "Sólo la novela podría haber dado lección cabal de esos hijos del desengaño".
100 años de historia

Titulado como Los Rivero para esta edición, el argumento del manuscrito "describe magistralmente a una familia descendiente de un héroe de la independencia americana venida a menos. Junto a ella, describe también la historia de América y la de Argentina en particular", según Claudio Pérez Muíguez, director de la editorial. Una familia heredera de "uno de los padres de la patria", encallada en la miseria económica y sin ningún tipo de reconocimiento, más allá de la lanza que blandió su antepasado en la batalla y que hoy es su fortuna. De alguna manera, el texto debía recorrer "100 años de historia de esta familia, y en paralelo, 100 años de historia también de la Argentina o de la América que se independiza en el siglo XIX.

Este tipo de descripción extensa de los personajes es "algo que no está en su literatura. En un cuento de Borges, cuatro páginas dan para toda la trama", lo que hace pensar en su origen como novela o, en el peor de los casos, "un cuento muy largo, algo también atípico en él", según el editor. Hablamos de un texto muy centrado en los personajes, mientras que la obra de Borges suele centrarse en la historia, en la trama, la idea, en lo que sucede, más allá de que los personajes estén descritos. "Nunca ha habido un retrato suyo con tanta exhaustividad: es lo que hace original" al manuscrito, reconoce Pérez Míguez.

El texto está fechado alrededor de 1950, aunque en realidad el manuscrito no fue fechado ni titulado por el propio Borges. El nombre de Los Rivero era con el que estaba guardado en el archivo y es el que "parece más adecuado por su temática", dice Pérez Míguez. Fue esa época cuando Borges dejó de escribir a mano por su ceguera. Comparándolo con la caligrafía de El Aleph, por ejemplo, que fue escrito en 1945 y cuyo manuscrito está en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, se puede ver que su estilo "está un poco deteriorado, con las vocales más cerradas y ese tipo de cosas. Bien puede ser de alrededor de los 50, también del 48 o el 52: no hay fecha cierta", revela Pérez Míguez.

En cuanto al estilo, parece que tampoco hay duda: "Es un texto importante. Toda producción de un escritor de su relevancia lo es. Pero es que además, en estas pocas páginas, Borges da una descripción tan cabal y tan refinada de la situación de esta familia y de la evolución de los 100 años de Argentina, que literariamente es impecable. Uno lee esto y ve la tristeza de esa decadencia, la evolución social... Y todo con su estilo, con su ironía y sentido del humor. Algunos ejemplos de ese estilo: de uno de sus personajes habla de que su ignorancia era casi perfecta. Y otro habla del pan amargo del destierro", dice. Todo indica que se puede vincular Los Rivero a la parte de la obra de Borges que habla de Argentina, a todos sus cuentos vinculados a la historia de su país.
Miedo a la novela

Pero, ¿podríamos decir que Borges temía a la novela? ¿O fue un sentimiento de rechazo lo que le llevó a no cultivarla a lo largo de su carrera? "Nunca quiso escribir una. Desprecio no le tenía: era un gran lector de novela y muchos de sus autores preferidos eran autores de novela. Pero prefería la variante más complicada, la de reducir un texto a su mínima extensión sin dejar de decir lo importante, que es lo que es el cuento. Él decía que la novela tiene algo de ripio. Y es mucho más difícil, a nivel de técnica, escribir un cuento que una novela porque tiene que decir y crear lo mismo en pocas páginas. Era esto lo que más le gustaba a Borges. Más que desprecio, lo que no le gustaba era escribir novelas", concluye Pérez Míguez. Los Rivero será presentado y puesto a la venta el día 18, en una edición cuidada y limitada a 100 unidades numeradas.


Publican un texto inédito de Borges, en una edición de lujo

Los Rivero es una crónica sobre una familia que rinde culto a un antepasado.

Carlos Alonso ilustra el libro.

Por: Juan Carlos Algañaraz

Los Rivero es el título de un texto inédito de Jorge Luis Borges que publicará en estos días Del Centro Editores, en colaboración con la Fundación Internacional que lleva el nombre del gran escritor argentino.

Es un texto inédito y desconocido, informan los editores. ¿Cuándo lo escribió? Los grafólogos que estudiaron el texto lo consideraron dos o tres años posterior a El Aleph. Está catalogado como escrito "circa 1950".

La edición se realiza en conmemoración de la Revolución de Mayo. Presenta el escrito el escritor Julio Ortega, catedrático de la Brown University de los Estados Unidos y especialista en Literatura Latinoamericana, quien rescató el manuscrito que guardaba la Universidad de Austin, Texas.

La edición aporta también ilustraciones de Carlos Alonso y tendrá una tirada de cien ejemplares numerados y firmados por el editor "realizados en papel grabado, incluido en carpeta de cubierta de papel estampado a mano".

Acompaña la edición una reproducción facsimilar del manuscrito de Jorge Luis Borges. Al texto se lo ha titulado como Los Rivero pues con ese nombre ha sido archivado en la Universidad de Austin, Texas, que es la propietaria del manuscrito. Borges no puso título ninguno al escrito.

El tema del texto inédito es la familia Rivero, que rinde culto "al espectro del coronel Clemente Rivero, muerto en el destierro en Montevideo". Evoca Borges: "Es sabido que la historia argentina abunda en glorias familiares y casi secretas, en próceres que llegan a ser el nombre de una calle". "Héroe de una batalla, los bisnietos guardaban "con piedad y con justificadísimo orgullo el hierro de la lanza que blandió entonces".

En la presentación, Ortega precisa: "Borges llama 'crónica' a este relato inconcluso, que no llega a ser un cuento y que bien pudo haber sido la única novela del autor.

Tiene de la crónica el estilo enumerativo, incluso cierta distancia ante los hechos narrados; y discurre con el tiempo sumario del cuento, que baraja tránsitos y decepciones; pero de su drama familiar emerge la historia novelada de las fundaciones republicanas, o la novela de la historia de los desheredados de la patria que sus padres liberaron. El hecho es que crónica, cuento y novela se ceden la palabra, convocando sus distintos registros, memorias y proyecciones, como si los hechos no pudieran ser narrados en un solo género y en torno a un solo sujeto".

El 18 de mayo se presentará la obra de la que hablaran el profesor Ortega, del director de Del Centro Editores, Claudio Pérez Míguez y Zulema González Guerrero de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges.

Revista Ñ 5 de Mayo de 2010