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domingo, 30 de noviembre de 2025

Borges participó en revistas femeninas, diarios sensacionalistas, periódicos murales: ¿los medios lo moldearon?

 



El autor trabajó en distintas publicaciones y parte de su obra apareció en ellos. ¿Allí se hizo el escritor que fue o cada uno le puso su sello?

 

Por Patricia Kolesnicov

 

Jorge Luis Borges trabajó muchos años en los medios.

Es el año 1921 y Buenos Aires se ve empapelada por unas hojas extrañas, que llevan el título de “Prisma”. Unos cuantos jóvenes han estado pegándolos. Uno, lo sabemos hoy, se llama Jorge Luis Borges y es, también, redactor de eso que conocemos como “periódico mural”. Traía poemas breves, ilustraciones, proclamas. “Un cartelón que ni las paredes leyeron”, definiría Borges mucho después. Se trataba de literatura, pero se trataba también de ser leído. Borges dijo que eligieron ese formato porque no tenían plata para publicar una revista. Pero Prisma se pone ahí, en la calle, a la vista de todos. Encontrar un público, podría pensarse. O inventarlo.

Borges y el periodismo. Borges y el periodismo. ¿Fue Borges periodista alguna vez? ¿Fue un periodista cultural que, como nosotros, hacía reseñas, noticias, necrológicas?

Lo primero que diría, aunque muchos años participó y trabajó en medios, es que no. O bueno, que Borges hizo mucho de lo que hacemos los periodistas pero hizo Borges en cada nota. Me parece.

Vamos a ver: en El factor Borges”, Alan Pauls dice que “gran parte de la obra de Borges fue originalmente publicada en medios gráficos (diarios, suplementos culturales, revistas de interés general, publicaciones literarias), en un contexto de fugacidad, de normas y convenciones socioculturales que tenían muy poco que ver con ese limbo idílico llamado ‘libro’. El Borges escritor, el Borges culto, [...] fue básicamente alguien que se pasó una respetable cantidad de años escribiendo en redacciones tumultuosas, con plazos perentorios, contra reloj, y alguien cuyos textos, a menudo tachados de herméticos, compartían la misma página de revista con avisos de corpiños, otro de pasta dental y con algún artículo particularmente útil para la dueña de casa.”

En el mismo sentido, Sylvia Saítta afirma: “Borges hizo del periodismo cultural y los medios masivos el primer ámbito de circulación de su literatura, en los que encontró tanto uno de los principales escenarios de constitución de su figura de escritor y de lector, de la polémica estética y el debate ideológico, así como también una manera de ganarse la vida".

Dice también: “Desde los años 20 y hasta su muerte, Borges publicó poemas, cuentos y ensayos en diarios masivos y publicaciones periódicas; fue entrevistado por la prensa escrita y en programas de radio y, después, por televisión; dirigió revistas y suplementos culturales; participó como jurado de concursos promovidos por diarios,editoriales y revistas comerciales; escribió guiones de cine, posó para los fotógrafos, firmó autógrafos, participó en ferias del libro y eventos públicos.

Saítta cita a Juan José Saer para agregar otra mirada. ¿Influyeron los medios en Borges? Escribe la académica: “Juan José Saer da un paso más cuando, refiriéndose a las reseñas y biografías sintéticas de Borges publicadas en El Hogar, afirma que fue ‘gracias a las obligaciones didácticas de esos artículos periodísticos que el barroquismo un poco decorativo de su prosa juvenil adquiere la sencillez y la precisión incomparable de los grandes textos de las dos décadas venideras’”.

A Prisma le sigue Proa, que publica el mismo grupo: Jorge luis y Norah Borges, Guillermo Juan, Eduardo González Lanuza y Guillermo de Torre.

No termina ahí: en 1924 Proa tendrá una segunda etapa, ahora con Ricardo Güiraldes, Alfredo Brandán Caraffa y Pablo Rojas Paz. Quieren abrir la discusión, recoger otras estéticas. Seguimos hablando de literatura.

Como explica Beatriz Sarlo en Una modernidad periférica, algo ha pasado en los últimos años en Buenos Aires y ese algo es una modernización acelerada. La aldea se ha vuelto ciudad, las relaciones, hasta algún punto son anónimas. Los medios de comunicación son una forma de conexión. Crece la alfabetización, hay más lectores, los periódicos llegan a las capas medias.

Y en 1924 aparece también la segunda etapa de “Martìn Fierro”,una revista que trata de romper todo, que plantea: “Si usted juzga que colaborar con los grandes diarios supone talento, no lea Martìn Fierro. Si usted cree que los senadores y diputados son personas útliles a la naciòn, no lea Martìn Fierro”.

Perdón la digresión, me aparté un poco de Borges pero esa experiencia vanguardista, estética, burlona y, quieran o no, política, me hacen pensar en él. Borges forma parte de este grupo con poemas, ensayos, prólogos, reseñas. Saítta señala que, más tarde, Borges se distancia de esta revista. Pero más que esto me importa mostrar lo que dije al principio; cómo Borges va a haciéndose Borges también en los medios. Miren este párrafo.

“De cierto genovés (que para congraciarse con Paco Luis, nació a medias en la Coruña) dicen que descubrió el continente. Se ha exagerado mucho la cosa. Carriego descubrió los conventillos, Bartolomé Galíndez el Rosedal, yo las esquinas de Palermo con instalación de puesta de sol, Lanuza cualquier pájaro”. ¿Se imaginan de qué se trata? Es una nota de Borges, en Martín Fierro, sobre Ramón Gómez de la Serna. Es julio de 1925.

 “Por él sabremos que Santos Vega no ha muerto, pero que está tan lejos, tan hundido en la incansabilidad de la pampa, que el rumor de su guitarrero llega a nosotros disfrazado de brisa y pone ansiosas y carnales las noches. Por él sabremos que ese resplandor en las tardes no es la puesta del sol, sino las crines rojas de Nora Lange, que vive en el oeste. Por él sabremos el influjo del organito en el acriollamiento y en el canto de los gorriones gringos. Por él sabremos que la Cruz del Sur no es otra cosa que un velorio pobre, de barrio. (Él te dirá el milagro que habrá visto tu novia para tener los ojos tan lindos)”

No se lo pierdan, un texto hermoso. Leo el final: “Por él sabremos que volverá a la presidencia Yrigoyen, pues tiene la complicidad no solamente de los hombres, sino también de las cosas de Buenos Aires: de los zaguanes, de las verjas, de las camas donde se engendra, del patio. Todo eso y mucho más ha de revelarnos Ramón, el hombre de los ojos radiográficos y titánicos, sólo asemejables a los que tuvo ese otro develador de esta América: don Juan Manuel de Rosas.”

 

¿Se escucha a Borges?

Entre 1921 y 1930, lo dice él, Borges fundó tres revistas y colaboró, cito, “para una docena de publicaciones periódicas, entre ellas La Prensa, Nosotros, Inicial, Criterio y Síntesis”.

.En febrero de 1926 es parte del suplemento cultural del diario La Prensa. En 1933 dirige el de Crítica. Entre 1936 y 1939 es responsable de sección “Libros y autores extranjeros” de la revista El Hogar: una revista dirigida al público femenino.

Pero sigo a Saítta en la idea de que es en Crítica, en su suplemento Revista Multicolor de los sábados, donde Borges hace su experiencia más novedosa. Porque Crítica no es La Nación, es un diario sensacionalista y popular.

Y, claro, desde 1931 y hasta 1970 Borges publicó cuentos, ensayos y poemas en Sur. Unos 170 textos. De nuevo, ahí Borges despliega su forma de razonar y su programa literario..

Un ejemplo: en un artículo los cien años de Mark Twain -qué trabajo de periodista cultural, las efemérides- Borges dice: “Mark Twain compuso Huckleberry Finn en colaboración con el Mississippi, río americano y barroso. Deplorar esa divina colaboración, hablar de frustraciones y represiones, es como lamentar que la provincia de Buenos Aires falseó de tal manera el genio de Hernández que este redactó el Martín Fierro.

O, sobre Don Segundo Sombra: “Don Segundo es, como el undécimo libro de la Odisea, una evocación ritual de los muertos, una necromancia” (...) “Percibido ese carácter fantástico, se ve lo improcedente de la comparación habitual de Don Segundo Sombra con Martín Fierro, con Paulino Lucero, con Santos Vega o con otros gauchos de la literatura o la tradición; Don Segundo ha sido esos gauchos o es, de algún modo, su tardío arquetipo, su idea platónica.”

Revisando estas páginas encontré, también, que Borges firma, con muchos otros, una carta contra la prohibición de Lolita, la novela de Vladimir Nabokov sobre una relación entre un hombre adulto y una nena de 12 años. Pero, también, la respuesta que da Borges a una encuesta de Sur sobre el tema. “No he leído el volumen de Nabokov y no pienso leerlo, ya que la longitud del género novelesco no condice ni con la oscuridad de mis ojos ni con la brevedad de la vida humana”.

Más Borges no se consigue.

*Este texto fue leído orignalmente durante el Festival Borges 2025.

Fuente: Infobae

https://www.infobae.com/cultura/2025/11/23/borges-participo-en-revistas-femeninas-diarios-sensacionalistas-periodicos-murales-los-medios-lo-moldearon/


domingo, 13 de diciembre de 2015

HISTORIA UNIVERSAL DE LOS SÁBADOS



 
Una antología recopila los cuentos que se publicaban en la Revista Multicolor de los Sábados del diario Crítica, una ecléctica mezcla de autores y tendencias que seleccionaban Borges y Ulyses Petit de Murat.

 Por Federico Reggiani

El paso del siglo XIX al siglo XX fue una época de gloria para la cultura letrada marcada por el encuentro entre la alfabetización masiva, la revolución en la industria gráfica y el uso de la palabra impresa como el modo dominante para la transmisión de saberes y entretenimiento. Crítica, fundado en 1913 por Natalio Botana, fue para la prensa argentina una explosión de modernidad. Se trataba de uno de aquellos medios que ya empezaban a conocerse como “prensa amarilla” desde que una disputa por Yellow Kid, uno de los primeros personajes de historieta, convirtió en “the yellow kid journals” a los diarios de los magnates Hearst y Pulitzer. Como sus modelos, Crítica podía combinar las más escabrosas noticias policiales con la mejor escritura que fuera posible comprar. Fruto de esos cruces, y de un deseo de llegar a públicos muy diversos, fue la Revista Multicolor de los Sábados, que comenzó a entregarse con el diario en 1933. “Nuestra costumbre es innovar”, decía el aviso promocional de la revista, que mostraba a una dama joven, un elegante señor engominado y un niño sonriente. De eso se trató: una revista miscelánea, con cuentos, ensayos, noticias sobre crímenes, viajes y prodigios científicos, reseñas de cine, música y literatura, palabras cruzadas, historietas, curiosidades. Quizás la curiosidad mayor, es que semejante producto haya estado recorrido por las firmas de escritores y artístas plásticos, miembros de una “alta cultura”que no temía las contaminaciones con el periodismo y el escándalo, como Raúl González Tuñón, Néstor Ibarra, Julio César Dabove, González Lanuza, David Alfaro Siqueiros, Xul Solar y, sobre todo, sus directores: Ulyses Petit de Murat y Jorge Luis Borges. Este Cuentos para leer los sábados, que se edita con un prólogo de Alvaro Abós –biógrafo de Botana– es una selección de los cuentos que Borges y Petit de Murat eligieron para el entretenimiento y la sorpresa de aquellos lectores.

Los cuentos publicados por la Revista dan cuenta de intereses diversos y hasta contradictorios. Ofrecen respetabilidad y espectáculo, exotismo y actualidad. Un programa que tiene mucho que ver con el que dirigía la construcción de la obra del propio Borges, que publicó en esas mismas páginas unas mezclas entre reseña bibliográfica, cuento y noticia periodística: el “irresponsable juego de un tímido” que se compilaría en Historia universal de la infamia. El resultado final es una antología agradable, con unos pocos cuentos realmente magníficos –que suelen ser los canónicos: el de Kipling, el de Schwob, el de Onetti, el de Hemingway, por lo que no hay grandes descubrimientos para hacer– y una cantidad de curiosidades entretenidas y un tanto olvidables.

Es cierto que, con honestidad, el prólogo anuncia que los cuentos nos permiten “leer ingenuamente, o sea sabiamente, lo que leyó un lector hace casi cien años”. Pero también es cierto que el atractivo principal es su carácter de reedición. No sólo se recopilan algunos cuentos del pasado, sino que se apela a los prestigios de una mirada: la de Crítica, la de Petit de Murat y, obviamente, la de Borges. Sobre todo porque el papel de los directores no era sólo la selección del material, sino que también oficiaban como redactores, correctores e inclusive liberales editores de los textos.

El carácter creativo de la tarea editorial se muestra especialmente en los títulos de los cuentos, alterados con una lógica que debe más a la espectacularidad del titular periodístico que a la fidelidad de la traducción. Baste, por ejemplo, notar cómo la “vida imaginaria” que Marcel Schwob tituló, austero, “Séptima, incantatrice”, se convierte en “La muerta que escuchó la queja de la hermana enamorada”. Es una pena que la edición no identifique los títulos originales y permita a los lectores entregarse al juego delicioso de las comparaciones. Es que, en la medida en que se apeló al prestigio del soporte original y sus directores, habría sido deseable algo más de información que las escuetas notas biográficas del final, casi siempre desligadas de la relación del autor con la Revista Multicolor. No están los datos de publicación de los cuentos; no hay restos, salvo por lo que puede espiarse en las retiraciones de tapa y contratapa, de la riqueza gráfica de las ilustraciones y el diseño del original.
Cuentos para leer los sábados. Prólogo de Alvaro Abós Alfaguara 336 páginas

Las reediciones son apuestas en el presente. Salvo por el estado de la lengua, y para eso sirven las nuevas traducciones, es posible pensar el pasado de la literatura como una fuente tan rica como lo nuevo a la hora de incidir en los debates actuales o, sencillamente, vender algunos libros. ¿Qué parte del pasado nos apela todavía? Esta antología permite recuperar cierta “literatura popular de calidad” y entender su atractivo y sus límites. Son textos suficientemente cercanos, pero aún no transitados por las vanguardias: Borges dijo que Chesterton, uno de los autores de la antología, “se defendió de ser Franz Kafka”. Son cuentos seleccionados en buena medida por su exotismo y sus posibilidades visuales, lo que no es raro en una publicación ilustrada: el cuento de H. G. Wells, por ejemplo, es poco más que un recorrido por una fundición en la noche. Se trata, finalmente, de textos que apuestan sobre todo a una completa legibilidad. Todo se entiende, incluso, o sobre todo, las intenciones con que fueron escritos. En eso se parecen al libro que los alberga.

Fuente : Pagina 12

miércoles, 19 de marzo de 2014

Periodismo y literatura en la obra de Jorge Luis Borges


En 1934 desaparecía la "revista multicolor de los sábados"

 Por Alejandro Horowicz.

Cómo influyó en la historia del escritor el cierre de una suplemento semanal de actualidad  que codirigía.

 Hace 80 años, en 1934, desaparecía la "Revista Multicolor de los sábados”, suplemento del diario Crítica dirigido por Ulises Petit de Murat y Jorge Luis Borges. La partida de defunción fue extendida por Eduardo Bedoya. El subdirector de Crítica venia de trabajar en The World en Nueva York. Y al decir de Murat “liquidó la revista de frente” porque así se procedía en el diario de Natalio Botana. Puede decirse que el Borges periodista de redacción caliente concluye en ese acto; y si bien no deja de resultar curioso –el hombre formaba parte de la revista Sur– redacción fría proyectada por el mecenazgo de Victoria Ocampo-, que se terminara sumando al multimedia popular de la época: diario, radio y noticiero cinematográfico, esta vez nos ocuparemos del otro interrogante: ¿esa experiencia afectó la prosa de Borges? ¿En todo caso la forma Borges resultó visiblemente modificada? Y por último: ¿es posible constatar en sus textos este giro o solo se trata de una hipótesis a la que son tan afectos los académicos del mundo entero?  Esos que se pasan la vida entre congresos y papers.  Hacía una década, en 1924, que los Borges habían vuelto definitivamente de Europa. Y ser escritor, mandato que el fracasado doctor Borges terminó imponiendo a su hijo, se había vuelto su propio leit motiv. El tenue capital de los Borges se había evaporado. Pese a la férrea administración de Leonorcita, la esposa del doctor, los últimos vestigios de su herencia paterna ya no permitían no trabajar, el doctor estaba ciego y JLB se ganaba unos pocos pesos traduciendo para la revista Sur. Todavía no había ingresado a la biblioteca municipal Miguel Cané, en la calle Carlos Calvo en las proximidades de avenida de La Plata, donde trabajaría casi una década por paga misérrima, cuando Petit de Murat arregla una entrevista con Natalio Botana en la mitad del año 33.   No era el primer encuentro. Botana estaba interesado en la traducción del Ulises de James Joyce, y le había traspasado el encargo a Petit de Murat. El jefe de la página de cine de Crítica, sabedor de los apremios económicos de JLB, frecuentaba su casa de tiempo atrás, así como de las dificultades de la traducción, no dudó en proponerlo a Borges de coequiper. Botana aceptó de inmediato. Pero no hubo caso, los derechos en lengua castellana ya estaban vendidos, y el proyecto tuvo que ser abandonado. Antes, los martinfierristas habían ingresado en masa a Crítica, tras una negociación del consagrado pintor argentino Emilio Petorutti con Botana. Una redacción llena de escritores, casi un club literario, se propuso conformar un nuevo piso cultural para la sociedad argentina. Sabedores que sus lectores no existían, que ser un escritor en esa Argentina equivalía a ser un fracasado sin remedio, se propusieron cambiar la situación con el auxilio de Botana. Y si se quiere la elaboración del Multicolor también tenia ese objetivo secreto: construir una masa de lectores calificados capaces de consumir productos de alta calidad estética.  El dueño de Crítica no solo era un bon vivant, con Rolls Royce en la puerta y Partagás en la boca, era además de refinado editor un hombre culto. Estaba al tanto de la última producción de las vanguardias europeas, y entendía que los martinfierristas expresaban la “nueva sensibilidad” local en ese registro. Por tanto, su respeto previo por Borges - sostenido tal vez por la bibliográfica de JLB sobre “Retrato de un artista adolescente” de Joyce, insólito fuera de los cenáculos literarios –, reforzado por la recomendación de Murat, produjo su efecto. De modo que de poeta desocupado paso de un solo saque a codirector del semanario gráficamente mas avanzado del diario de mayor tirada en la Argentina. No era precisamente un cambio pequeño. Por eso, ante la consternada incomprensión de Victoria Ocampo y sus amigos, JLB aceptó encantado la propuesta del excéntrico uruguayo.    Los aportes de Borges como editor, reescrituras de textos de colaboradores, volver publicable lo que no lo era, estaba en la naturaleza de las cosas. Es cierto que de este modo también ayudaba a “amigos” en la estacada. Todos los editores tienen que hacerlo, ya que esa es su especialidad profesional. Sin olvidar el aprendizaje que tal actividad supuso: desde el acceso directo a la imprenta, hasta aprehender a dar instrucciones a un diagramador; desde saberse las tipografías que aseguraban el impacto, hasta titular según las necesidades de un diario popular. Sin olvidar por cierto que los cambios de su propia escritura parten de una exigencia directa de Botana: ese mix que lo terminó por volver reconocible: la erudición borgeana instalada sobre el piso de una data policial: una noticia teñida de sensacionalismo amarillo, un asesinato, y el “Hombre de la esquina rosada”. El mítico cuento de Borges no solo fue escrito y publicado en la Revista Multicolor – Botana impuso a los codirectores una colaboración quincenal – sino que se volvió el inicio de su nueva marca literaria.    En un libro casi secreto de título poco feliz (“Borges, Buenos Aires”) Petit de Murat sostiene que ahí se produce el vuelco decisivo, el punto de inflexión, entre el poeta de Fervor de Buenos Aires, y el autor de la Historia Universal de la infamia, texto donde recoge buenas parte de sus trabajos firmados en el suplemento de Crítica. En un sentido la diferencia es obvia: cambia de género. Y esa transformación requiere modificar, bajo el imperio de las circunstancias, al ensayista del Evaristo Carriego en el autor de “El atroz redentor Lazarus Morell”. En el prólogo a la primera edición Borges caracteriza el cambio llamándolo “ejercicios de prosa narrativa”, lo que resulta incontestable.     Dos datos  aporta Murat para completar esa huidiza explicación: los libros anteriores fueron expurgados de sus obras completas publicadas por la Editorial EMECE, y la Historia Universal sobrevivió intacta, incluso con los mismos títulos. Debemos admitir que el argumento es realmente bueno. Y si bien esos trabajos fueron retocados como toda la obra, sus estructuras permanecieron inalteradas. Hombre de la esquina rosada se publica por aproximaciones sucesivas en el Multicolor,  primero bajo el título “Hombres que pelearon”. De modo que las marcas del aprendizaje están a la vista. No se trata tan solo de las exigencias de Botana, sino del modo en que Borges termina por asimilar la novedad. No solo mide la presión del mercado sobre Borges, sino el modo en que Borges cuerpea al mercado en sus propios términos. Sostiene Petit que Hombre de la esquina rosada se termina por transformar en matriz modélica de su producción posterior. Esta última afirmación – mirando la obra de Borges en su conjunto – me parece un exceso. Una cosa es reconocer que en ese cuento reposa una parte de la estética borgeana, y muy otra reducirlo a ella.  De la lectura del cuento surge que efectivamente Borges finge ser el cronista que recibe, de boca del criminal protagonista, la confesión de un asesinato en un patio de los arrabales; una milonga donde  acunados por el tango los bailarines pasan del dos por cuatro al hecho de sangre. El lenguaje con que se expresa es por cierto esa mezcla de arrabal y lujo. Ese intento por tener una dicción elegante, mezclada con la crudeza de los sucesos. Reza el párrafo final del texto: “Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía carga aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegue otra revisada despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no le quedaba ni un rastrito de sangre”.      Es decir, el asesino revisa el arma del crimen para constatar que “no le queda un rastrito de sangre”, asegurándose dos cosas: primera que se sepa que esa muerte le pertenece y segundo, que aun así continuará impune. El corazón de buena parte de la mitología borgeana se termina por abrir paso. Ahora si estamos en presencia del hombre que en 1961 ganaría el premio Formentor de los editores europeos, junto con Samuel Beckett, otro escritor ganado en su literatura por los enigmas de la muerte. Jorge Luis Borges construyó así el camino que lo saco de un suburbio sudamericano, para ubicarlo en el centro del torrente literario del siglo XX.

Fuente : Tiempo Argentino - 17.03.2014