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jueves, 1 de junio de 2017

ILUSTRES QUE VISITARON EL DORÁ HOTEL - JORGE LUIS BORGES



El Hotel Dorá, calzada de por medio de su casa, en Maipú 963, fue uno de los lugares donde frecuentemente almorzaba y comía Borges, además de sentarse a beber su té de la tarde. Borges le recomendó este lugar al pintor mexicano José Luis Cuevas, cuando en 1958 visitó por primera vez el país, para exponer y éste le solicitó ilustrar su obra.


El día anterior a su partida a Europa, a donde viajó con María Kodama, fue a comer al Hotel Dorá con su hermana Norah. Borges pidió lo de siempre:  Mesa de Borges arroz blanco hervido con un agregado de muy poca manteca y queso rallado. No tomó ninguna sopa como ocasionalmente lo hacía, pero si comió su postre preferido: una porción de dulce de leche. Cuando su hermana le preguntó qué había desayunado esa mañana él le dijo que, como siempre, "cereales con leche".


El 9 de julio de 1985, de pura casualidad, crucé unas palabras con Borges. Recuerdo la fecha porque era el día después de mi casamiento y antes de partir para la luna de miel, mi mujer y yo habíamos ido a saludar a mis padres que se alojaban en el hotel Dorá, en la calle Maipú al novecientos. Mi madre me tomó del brazo y me acercó al comedor. Las mesas estaban vacías, salvo una, y ahí estaba Borges,  Ticket Barsentado junto a una mujer, que posiblemente fuera Estela Canto, con quien hablaba por momentos en inglés y por momentos en castellano. Diría que me sentí en frente de un personaje ficticio y, paralizado por la fascinación de comprobar que su figura se correspondía con las imágenes de la publicidad, lo examiné como se mira a las estatuas, que no pueden devolvernos la mirada. Llevaba un traje oscuro, una corbata prolija, y en su plato había un austero montículo de arroz blanco. Mi padre me convenció de que fuéramos a charlar con él. Esperamos que terminase de almorzar y cuando el mozo, que lo trataba de "maestro", le trajo una taza con un saquito de té, nos acercamos a su mesa. Mi padre inició el diálogo y Borges, que se mostró encantado con la idea de conversar, nos regaló algunas fábulas de su erudición. Habló de Dios, del minotauro, y criticó duramente a Ortega y Gasset ("lo conocí en su visita a Argentina y me pareció cero") / Borges y la mecánica cuántica (fragmento), Alberto Rojo

Fuente : Hotel Dará



domingo, 12 de marzo de 2017

¿Dónde estaba el hotel Continental en el que residió Borges?



Pesquisa sobre la ubicación del establecimiento donde la familia del escritor se alojó en sus dos estancias en Palma en 1921 y 1923

José Mª Lafuente


En la manzana situada entre las calles Can Gater y Can Tamorer se levantaba un pequeño hotel, en cuyo vestíbulo había un piano tapado con una tela de mueselina blanca bordada, sobre el que descansaba la foto de una joven.

Un conocido proverbio italiano dice que "los besos son como las cerezas: uno te lleva a otro" (baci sono come le ciliegie: uno tira l´altro). El interés por la historia de Jorge Luis Borges en Mallorca, surgió de mi libro sobre la estancia de Evita Perón en la Golden Home de la calle Posadas del número 1557. Evita residió en ese petit hotel de Buenos Aires entre los años 1942 y 1944. Unos portales más allá, en el número 1673, se encontraba el palacete de la familia Del Carril, en el que nació Delia, la que fue segunda esposa de Pablo Neruda, después de haber residido en Formentor con Adán Dihel. Y justo enfrente, en el número 1650, la vivienda de la familia Ocampo, donde Silvina convivió con Adolfo Bioy Casares, el gran amigo de Borges. Todo eso en apenas dos cuadras.

Casi diariamente, desde su casa en la calle Quintana o más tarde en la calle Maipú, Borges se dirigía hasta la calle Posadas para encontrarse con Bioy y juntos ascender por la escalinata de la plaza San Martín de Tours y llegar a La Biela, el café que durante tantos años conoció de sus tertulias. Para su homenaje, una de las mesas, la número 20, está para siempre ocupada por la talla de ambos, esculpida a tamaño natural.


Procedente de Ginebra y previa escala en Barcelona, la familia Borges-Acevedo visitó la isla de Mallorca en 1919. Tras ese primer viaje, decidieron residir en Palma de Mallorca durante dos períodos. El primero entre mayo de 1920 y marzo de 1921; y el segundo, más breve, en 1923.

En su biografía Borges en Mallorca (Ed. Aitana, Alicante, 1996), Carlos ´Coco´ Meneses da cuenta de que en Palma, los Borges se hospedaron en el Hotel Continental de la calle San Miguel. Y esta fue mi primera curiosidad: ¿Dónde estaba exactamente el Hotel Continental? Una vez más la casualidad me condujo a la respuesta.

Conozco a Jaime Canudas desde muchos años atrás. Fue uno de los promotores del primer polígono industrial en Mallorca y desde entonces mantuvo una muy buena amistad con Pau Catalá quien, a su vez, fue íntimo de mi padre. Estas relaciones son el motivo de que Jaime y yo coincidamos en la dirección de alguna sociedad. Nos separa la edad pero sé que nos guardamos un sincero afecto. Jaime es el prototipo de persona formal, seria, responsable y fiable. Tras alguna de nuestras reuniones, de pasada comenté de mi interés por la estancia de Borges en Mallorca y mencioné el Hotel Continental. Fue a partir de entonces que se hizo la luz.

-­¡Vaya! Yo conozco al actual propietario del Hotel Continental€
-¿El que estoy buscando?
-Bueno la actual ubicación del hotel está en la esquina entre la calle Industria y la calle Pou.

La fecha del 4 de noviembre de 2016, Jaime Canudas me acompañó a la magnífica finca que Miguel Sastre Bordoy tiene en el municipio de Esporles.
-¡El viejo Hotel Continental! Por supuesto. En la calle San Miguel. Ocupaba toda la manzana entre las calles Can Gater y Can Tamorer -aclaró don Miguel-.
-Eso es donde ahora es el número 14.
-Justo enfrente del Palacio March. Enrique Pedret abrió dos hoteles: El Continental y el Catalonia que estaba en la calle Can Massanet, muy cerca el uno del otro.

Miguel Sastre es un empresario destacado. Preside un grupo importante que encabeza Comercial Bordoy, tal vez la distribuidora líder en Balears. Aunque ya casi nonagenario, conserva su memoria intacta. Nos recibió con la amabilidad que sin duda le es propia; y, muy orgulloso de sus Bodegas Bordoy, nos regaló una botella de su rosado cabernet Sa Rota.

-El Hotel Continental de la calle San Miguel lo fundó Enrique Pedret Rovira, un gerundense del Ampurdán que recaló en la isla.
-¿Y cómo heredaste el Hotel?
-Porque Enrique era el padre de mi tía Carmen Pedret Tasquet.
-¿Cuándo lo mudaste?
-Cerró en los años 50. Por su pequeño tamaño había dejado de ser rentable. Yo registré el nombre y el logo con los que lo reabrí en el 2006 en su actual emplazamiento.
-Claro. Por eso el hotel actual del barrio de Santa Catalina se llama como aquel de la calle San Miguel
-Así es. Enrique tuvo dos hijas. La primera era pianista y todos los días amenizaba la cena de sus huéspedes. Falleció en el mismo hotel siendo aún muy joven; y desde entonces su padre mantuvo el piano cubierto con una tela negra.
-¡Ahora comprendo porque en la web del nuevo Continental aparece la foto de un piano en el hall! ¿Alguien te contó algo sobre la estancia de Jorge Luis Borges en el Hotel?
-Sé que estuvo hospedado. Me lo contaron mis familiares. Pero ignoro cualquier otro detalle. ¡Soy muy mayor pero no había nacido!-añadió entre risas-. Sobre aquellos años, existe un libro que publicó un tal Gordon que se hospedó en el Continental.
-¿Gordon?
-¡Sólo me acuerdo de su apellido porque me quedó que se llamaba como la ginebra!

Días después encontré el libro al que se refería. Gordon West: Jogging round Majorca que fue escrito en 1920 y publicado por Alston Rivers Ltd. en 1929.

–No recuerdo si tengo algún ejemplar de ese libro pero os he preparado fotocopia de una joya. Una guía hotelera de Baleares editada en 1933. El Hotel Continental aparece en la página 2, con los precios: 12 pesetas pensión completa mínima y 15 pesetas pensión completa máxima.

Al poco llegó su esposa Antoinette, nos hicimos unas fotos con Miguel y aprovechamos para dejarle descansar un rato antes de almorzar. Nos despedimos convencidos que habíamos entrevistado al último testigo directo de la sede en la calle San Miguel del histórico Hotel Continental donde, junto a su familia, se hospedó Jorge Luis Borges entre 1921 y 1923.

La lectura del libro de viajes de Gordon West me confirmó que se trataba del hotel Continental porque la coincidencia en el detalle de la descripción del piano cubierto resulta revelador: "(El carruaje) se detuvo ante una arcada, que era la puerta principal de nuestro hotel, en una calle tan estrecha que bien podría haber sido un largo pasillo sin techo.Tras la arcada había un vestíbulo sombrío con los muros de cerámica, frío como una tumba, con unas pocas sillas y un piano cerrado, cubierto con una tela blanca de muselina bordada. Sobre el piano estaba colgada la fotografía a tamaño natural de una sonriente muchacha demasiado gorda."

También describe cómo era una habitación del Hotel: "Tiene dos pequeños armazones de cama de hierro blanco y cubrecamas amarillo pálido; paredes encaladas y el suelo de baldosas blancas y negras; dos sillas, ningún armario, una ventana de tres pies por dos, oculta en un rincón como por descuido, y un lavabo con agua corriente." Con la misma minuciosidad detalla cómo era el comedor: "Estaba separado de la vieja caverna por un tabique de madera y cristal y se abría a un pequeño patio. Las paredes estaban coloreadas de amarillo brillante hasta unos cincuenta centímetros del techo, donde había un fantástico friso verde oscuro de colinas y valles repletos de cipreses."

Más adelante, cuenta con exactitud la historia del piano cuando le embargaron las ganas de tocar al regresar de la casa Canut, próxima a la Catedral, cuya propietaria les aseguró poseer el piano con el que Chopin y George Sand desembarcaron en Mallorca en 1838 invitados por una de sus antepasados:
"El piano estaba cerrado. Buscamos al gato negro (el propietario) pero no estaba. Entonces encontramos a una anciana melancólica que resultó ser su madre, y le pedimos la llave. Negó con la cabeza

-No, señora, no. Durante un año no se oirá música en esta casa- dijo.

Le preguntamos por qué. Señaló la foto de la chica gorda que había sobre el piano.
-Ella tocaba este piano –dijo la anciana- ¡Ah, cómo lo tocaba! ¡Oh, cómo tocaba ese piano! Lo tocó hasta dos días antes de su muerte. Pobre niña, era la hija de mi querido hijo.
Entonces comprendimos el motivo de la mortaja blanca que cubría el instrumento cerrado. La niña había muerto hacía unos meses y, de acuerdo con las costumbres locales, el piano debía permanecer mudo".

Leyendo sobre la estancia de los Borges en Palma de Mallorca me encontré con que en 1923 Jorge Luis Borges escribió el siguiente texto:
"Mallorca es un lugar parecido a la felicidad, apto para en él ser dichoso, apto para escenario de dicha, y yo „como tantos isleños y forasteros„ no he poseído nunca el caudal de felicidad que uno debe llevar adentro para sentirse espectador digno (y ni avergonzado) de tanta claridad de belleza. 

Dos veces he vivido en Mallorca y mi recuerdo de ella es límpido y quieto: unas tenidas discutidoras con los amigos, una caminata madrugadora que empezó en Valldemosa y se cansó en Palma, una niña rosa y dorada de la que estuve enamorado tal vez y a la que no se lo dije nunca, unos días largos remasándose en el cálculo de las playas. Ahora dejo de escribir y sigo acordándome."

´Georgie´ Borges hizo entrañables amistades, en especial la que le unió con el poeta Jacobo Sureda, de cuya hermana Elvira llegó a enamorarse platónicamente. Con apenas veinte años se dedicó al bon vivre. Su jornada comenzaba en el Café de los artistas que estaba en el Paseo del Borne, continuaba el Círculo mallorquín, junto a la Catedral, y concluía a altas horas de la madrugada en la célebre Casa Elena, un prostíbulo al que dedicó una crónica y del que era cliente asiduo junto a otros escritores y artistas en ciernes: Miguel Ángel Colomar, Pedro Ferrer, Juan Alomar o el cantante lírico Fortunio Bonanova.

Habitualmente los fines de semana Jorge y su hermana Norah se desplazaban al pueblo de Vall-demossa donde, o bien se alojaban en alguna de las habitaciones que se alquilaban en la casa del doctor Jiménez, conocida como el Hôtel des Artistes, o bien su amigo Jacobo Sureda les invitaba al Palacio del Rey Sancho, propiedad de su familia.

Entre su primera y su segunda estancia en Mallorca, Jorge y su hermana Norah residieron en Sevilla y en Madrid. Hospedados en el Hotel Cécil de Sevilla, entraron en contacto con los ultraístas de la revista Grecia, Rafael Cansinos Asséns, Isaac del Vando Villar, además de otros dos poetas que se disputaron el amor de Norah: Adriano del Valle y Guillermo de Torre, con el que finalmente contraería matrimonio en 1926.

Sería una estupenda iniciativa que el Ayuntamiento de Palma inmortalizase con una placa la estancia de Jorge Luis Borges en el viejo hotel Continental del número 14 de la calle San Miguel.

Fuente : Diario de Mallorca


domingo, 20 de octubre de 2013

Una habitación de hotel, rincón en la literatura




En una época de bohemia y glamour casi olvidada, célebres escritores de lengua española se vieron atraídos por el encanto de Montevideo y sus tertulias interminables, un hechizo que los hoteles Cervantes, Carrasco y Plaza Fuerte, donde se alojaron esas figuras de la literatura universal, quieren resucitar hoy.

Los argentinos Julio Cortázar (1914-1984), Jorge Luis Borges (1889-1986) y Adolfo Bioy Casares (1914-1999) eligieron el Cervantes, un modesto establecimiento del centro de Montevideo, para pasar sus noches en la capital uruguaya, mientras que el español Federico García Lorca (1898-1936) estuvo una larga temporada en el lujoso Carrasco, en el lugar de veraneo de la alta sociedad porteña de entonces.

Es conocida la casa que el chileno Pablo Neruda (1904-1973) tenía en el balneario uruguayo de Atlántida, pero poco se sabe de los días que el poeta pasó en la capital uruguaya, casi de incógnito, bajo los techos de un coqueto hotel de la Ciudad Vieja llamado actualmente Plaza Fuerte.

De estas visitas no quedan más que leyendas, viejas anécdotas y alguna que otra placa conmemorativa. Sin embargo, a través de sus escritos y sus vicisitudes personales, es posible descubrir la huella que dejaron esos establecimientos en tan ilustres huéspedes.

UN HOTEL, DOS CUENTOS DE MISTERIO

Bioy Casares achacó la “casualidad” a un hecho del que estudiosos e intelectuales han escrito durante décadas. El cuento de Cortázar “La puerta condenada”, publicado en 1956; y el relato de 1962 “Un viaje” o “El Mago Inmortal”, de Casares son, a grandes rasgos, prácticamente idénticos. Tienen en común un personaje principal, un comerciante que viaja a Montevideo por motivos laborales, y una trama en la que misteriosas voces procedentes de una habitación de hotel turban el sueño del protagonista.

Cortázar sostuvo que en esta coincidencia había un mensaje indescifrable, una tercera voluntad, tal vez porque más allá de la concurrencia argumental, ambos relatos hacían referencia a un pequeño hotel situado en el centro de Montevideo: el Cervantes.

“A Petrone le gustó el hotel Cervantes por razones que hubieran desagradado a otros. Era un hotel sombrío, tranquilo, casi desierto”, arranca el cuento de Cortázar.

“Juraría que al chofer del taxi le ordené: “Al hotel Cervantes”. Cuántas veces, por la ventana del baño, que da a los fondos, con pena en el alma habré contemplado, a la madrugada, un árbol solitario, un pino, que se levanta en la manzana del hotel”, narra el protagonista de Bioy.

El hotel Cervantes fue inaugurado en 1927 y contaba con 63 habitaciones, un teatro independiente, dos salones y terrazas al estilo andaluz. Para cuando fue visitado por ambos escritores argentinos, unos 30 años después de su apertura, “era un lugar ya descuidado por el paso del tiempo”, explicó el crítico literario uruguayo Rodolfo Fattoruso.

TRAS LAS HUELLAS DE NERUDA

“(...) Pero el terco del conductor me dejó frente al hotel La Alhambra. Le agradecía el error, porque me agradan los cuartos de La Alhambra, amplios, con ese lujo de otro tiempo; diríase que en ellos puede ocurrir una aventura mágica”. Así continúa Bioy Casares su relato ambientado en Montevideo.

Finalmente, su protagonista se hospedará en La Alhambra, un lujoso hotel de la capital situado en la Plaza Matriz. Antes de ubicarse allí, el La Alhambra ocupaba un coqueto edificio entre las calles Sarandí y Bartolomé Mitre, en el corazón de la Ciudad Vieja.

Se trata del actual Hotel Plaza Fuerte, un centenario establecimiento que en 1995, después de ocho años en desuso, fue objeto de una costosa rehabilitación. Para entonces ya era considerado uno de los edificios más bellos y emblemáticos de la zona, más aún cuando cuenta con una curiosa leyenda, cuyo protagonista es el poeta chileno Pablo Neruda.

En 2006, el grupo español Capital Hoteles se hizo con el establecimiento y, desde entonces, su gerente, Marcelo Añón, ha movido cielo y tierra para poder dar con los documentos que acrediten la estadía del poeta en alguna de sus habitaciones.

Fue el anterior gerente del Plaza Fuerte, Miguel Cattivelli, el que le contó a Añón la curiosa historia: unos días después de la reapertura del hotel, Cattivelli recibió la visita de una mujer. Se presentó como una antigua librera del barrio y contó que años atrás, alrededor de 1945, era una asidua del Plaza Fuerte, donde acudía casi diariamente para suministrar libros siempre al mismo cliente: Neruda.

“Me he llenado de polvo revolviendo en los sótanos del hotel, hemos investigado archivos y hasta consultado con la policía”, aseguró el gerente, que aún no ha conseguido hacerse con la prueba física que indique que Neruda estuvo allí porque, como explicó, de aquel entonces el hotel no conserva registro de huéspedes. Además, las autoridades tampoco tienen recogidas las idas y venidas de la “población flotante” de la época.

En cualquier caso, a Añón no le resulta difícil imaginarse al autor de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” eligiendo su hotel para quedarse los días que pasó en Montevideo, “seguramente atraído por una mezcla de “glamour’ y bohemia que se respiraba por entonces en la Ciudad Vieja”, nombre del casco antiguo de la capital uruguaya, apostilló.

“YERMA, A ORILLAS DEL RÍO DE LA PLATA”

Para su estancia en Montevideo en 1934, Federico García Lorca prefirió el lujo y el confort del Carrasco, un monumental hotel inaugurado en 1921 y en desuso desde hace más de diez años.

Está ubicado en la zona de Carrasco, actualmente el barrio más selecto de la capital y que entonces era el lugar de veraneo más lujoso a ambas orillas del Río de la Plata, pero de sus años de esplendor hoy sólo quedan grandes salones oscuros y derruidos, además de una placa de bronce en recuerdo a la estadía del poeta, que desde una habitación con vistas al río compuso el tercer acto de su tragedia “Yerma”.

Desde hace unos meses Carrasco Nobile S.A. -integrada por el grupo español Codere y el francés Sofitel- trabaja en la rehabilitación del majestuoso edificio donde, según cuenta el escritor José Mora Gaurnido en su libro “Federico García Lorca y su mundo” (Editorial Losada, 1958), el poeta fue sometido “a una especie de amable y disimulado secuestro”. Al parecer, sus amigos en la ciudad, entre los que estaba el también poeta Enrique Díez Canedo, entonces embajador de España en Uruguay, lo perdieron de vista. Cada vez que le llamaban al hotel, les decían que el poeta no estaba. Cuando después de unos días decidieron ir a visitarle, allí se encontraba, en su habitación, concentrado en su escritorio y escribiendo el tercer acto de “Yerma”.

“Estamos trabajando en recuperar el hotel tal y como había sido pensado en su origen” , apuntó el director del proyecto, Guillermo Arcani, quien explicó que en la rehabilitación, que ya está en marcha, se combinarán las técnicas más modernas de reconstrucción con las mismas que se utilizaron para ponerlo en pie, sobre todo en su espectacular fachada de estilo afrancesado.

La mejor forma de recuperar la elegancia de la que hizo gala durante décadas. Un ingrediente que siempre acompañó al Carrasco, al Cervantes y al Plaza Fuerte, pero que no fue el único aliciente por el que tan célebres escritores llegaron hasta sus habitaciones, ya que tal y como versa la cita del Quijote con la que Bioy Casares comienza su relato montevideano: “O cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe”.

UN BARRIO LITERARIO EN MONTEVIDEO

“El Cervantes era una especie de emblema. No tenía ningún motivo para ser importante, ni por su servicio ni por una gran tradición, pero se hizo a sí mismo”, apuntó el crítico uruguayo Rodolfo Fattoruso, especializado en la literatura de otro célebre huésped del hotel, Jorge Luis Borges.

“El centro no era lo que es hoy. Había muchos bares y una suerte de bohemia de la que él (Borges) participaba”, contó el experto.

La vida en Montevideo para Borges, que pasó varias temporadas en la ciudad entre los años 1945 y 1955, giraba en torno a dos lugares: el Cervantes y El Tupí, un bar situado a pocas calles del hotel, donde “se desarrollaba la vida de las tertulias”, añadió Fattoruso.

Fuente :  delaberintosydeespejos.blogspot
http://delaberintosydeespejos.blogspot.com.ar/2011/03/una-habitacion-de-hotel-un-rincon-en-la.html

domingo, 7 de julio de 2013

Tras las huellas de Borges



 Si hay un nombre que es sinónimo de Buenos Aires, es el del escritor Jorge Luis Borges. Su presencia se siente en casi cada esquina de esta diversa y maravillosa ciudad.

Juan Manuel Orbea

Todo camino a seguir es una toma de decisión. Y ésta, la mayor parte de las veces, nace de la subjetividad arbitraria del que decide –ya sea porque sí o porque no o tan sólo porque quién sabe– ir por ahí en lugar de por allá. Si Jorge Luis Borges se planteara esta disyuntiva, si acaso estuviera en la encrucijada en la que me encuentro a la hora de plasmar una hoja de ruta borgeana en Buenos Aires, probablemente pensaría en algún laberinto y sus infinitas bifurcaciones, o tal vez disertaría sobre el asunto, con afilada ironía e ilimitada sabiduría con el otro Borges, seguro riendo divertido frente al espejo.
Pero Borges no está acá. O en realidad está en todas partes de la capital porteña, multiplicado en cafés, casas, calles, librerías, plazas y hasta en la misma gente. Y para no seguir hablando de Borges –que es cosa seria y para gente seria– mejor iniciamos este no tan breve viaje –arbitrario pero interesante, subjetivo pero honesto– por su Buenos Aires; ahí, donde aún se lo puede ver y sentir caminando e imaginando historias.


1. Calle Jorge Luis Borges

Por esta calle (ex Serrano) deambuló sus primeros años de vida (de los 2 a los 15). Vivió en dos casas cuyas construcciones, por cierto, ya no existen: primero en el 2135, casa de su abuela Fanny y en donde el pequeño Georgie comenzó su estrecha relación con el habla inglesa. Al poco tiempo se muda al número 2147. Ahí inicia quizá su relación más íntima y profunda con los libros y sus entrañas: las palabras y las ideas, gracias a la memorable Biblioteca Borges. Y en Palermo (su “Palermo Viejo”) en este barrio arrabalero, de malevos y criollos, tan presente en su obra y tan adorado por su memoria, también descubrió el tango, viendo aquellos muy hombres bailando con hombres. Y se inspiró para escribir, entre otros, “Fundación mítica de Buenos Aires”, poema que deja constancia del lugar de su propia infancia: “Una manzana entera en mitad del campo /expuesta a las auroras y lluvias y sudestadas. /La manzana pareja que persiste en mi barrio: /Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga”. Y aunque hoy esta zona del barrio está absorbida por la moda y el consumo “in”, aún tiene mucho de aquellos tiempos, y por supuesto: de la sombra de Jorge Luis siempre omnipresente.

2. Fundación Internacional Borges


 También en Palermo, casi Barrio Norte, está esta fundación (Anchorena 1660; al lado de una de las casas donde vivió, en el 1672, y donde escribió el célebre cuento “Las ruinas circulares”), creada por su esposa y viuda, María Kodama. Buen sitio para continuar la ruta de Borges. Visitar el museo y disfrutar de la visita guiada es como internarse en un laberinto con muchas salidas, llenas de conocimientos, anécdotas y universo borgeano. En él uno se empapa de la visión universal de Borges a través de objetos, libros e historias que conforman su mente aléphica.

3. Cementerio de la Recoleta


 Quién lo dijera: en este lugar, donde caminó solo innumerables veces imaginando un nuevo cuento; o acompañado de su mejor amigo, Adolfo Bioy Casares, elucubrando alguna historia firmada por Bustos Domeq o polemizando sobre la dualidad de la muerte así como de la vida; aquí quiso ser enterrado. Pero sabemos que si algo no tenemos los mortales es poder de decisión una vez muertos. Y ni Borges se salvó de eso, que mora –por ahora– eternamente en Ginebra. Como sea, pasear por este cementerio es una experiencia tan literaria como borgeana, y en cualquiera de sus callejones podemos, quizá, con suerte, vislumbrarlo cruzar con su bastón, guiado por su talento hacia la inmortalidad que sus libros le dieron. O por qué no: visitando en silencio, entre lágrimas y risas, casi invisible, la tumba de su amigo.

4. La Biela


 Este bar (Quintana y Ortiz), en el barrio más aristocrático de la ciudad, tiene más de
150 años de existencia. Se llamó La Viridita, después Aerobar y, tras un infortunio automovilístico menor en 1950, La Biela. Este lugar, que mira frente al Cementerio de la Recoleta y la Iglesia del Pilar, es tan emblemático de la ciudad como Borges. Acá, el ilustre poeta, ensayista y cuentista pasó incontables horas de su vida en medio del bullicio de la alta y culta sociedad a la que, como la del arrabal palermitano, también perteneció. Nadie que venga a Buenos Aires puede dejar de tomar al menos un café (barato no es, para nada), y sentarse sea en la terraza frente al centenario gomero de ramas gigantes o adentro, junto a esa mesa con las esculturas de Borges y Bioy Casares, dos de sus más ilustrísimos clientes.
J.L.B. vivió a pocas cuadras de ahí (Quintana 263), donde escribió la mayor parte de su libro de cuentos más recordado: “El Aleph”.

5. Departamento de Maipú 994 (esq. M.T. de Alvear)

En pleno Microcentro residió Borges la mayor parte de su vida, en el departamento ‘B’ del 6to piso, con su madre y algunos años con su hermana. Ahí escribió innumerables obras. Alguna vez afirmó que de no tener que viajar, dar charlas, presentar libros y hacer tantas cosas a las que su condición le obligaba, se quedaría ahí leyendo y siempre leyendo. Dio en este lugar sus más memorables entrevistas. Sólo se fue por un tiempo cuando su primer matrimonio. Y cuando uno va al edificio (allá aquél que no toque el timbre y pregunte por él, aunque le respondan de mala gana) y busca su sombra por ahí, no puede salvo reír imaginando al a veces agnóstico y otras ateo rezando un Ave María sólo para hacer feliz a su madre.

6. Plaza San Martín

Ésta era una de las plazas que más frecuentaba el creador de “Ficciones”, más aún viviendo a menos de una cuadra del departamento de Maipú. Caminar por aquí pensando en él provoca otro tipo de sensaciones. Incluso, tras recorrer todos sus senderos y aristas, sentándose en uno de sus bancos (quizá frente a otro milenario gomero que cuida eternamente las espaldas del Libertador San Martín), para luego cerrar los ojos y tratar de sentir como lo hacía Borges cuando la vista comenzaba a fallarle y tuvo que sensibilizar el resto de sus sentidos. Ésta es, sin duda, una gran experiencia sensorial.

7. Gran Hotel Dora


 ¿Saben cuál era la comida favorita de Borges? Dicen por ahí que el arroz con manteca y queso rallado, acompañado de un vaso con agua. ¿Y su restaurante porteño favorito? Varios, muchos más que dos. Uno de ellos, quedaba –aún queda– a metros de Maipú 994, para ser exactos en el 963, en el Gran Hotel Dorá. Durantes los años ‘60 y ‘70 fue un habitué de este lugar. Y cuando llegaba –solo o acompañado de amistades cercanas–, fuera para almorzar, tomar el té o cenar, tenía una mesa reservada para él siempre, sin excepción. Este hotel es un clásico del Microcentro y un buen rincón en busca de las huellas borgeanas, para husmear el recuerdo de su sombra gastronómica.

8. Biblioteca Nacional

 
Desde el hotel hasta la calle México 564 es un lindo paseo, sea por Florida o por las semipeatonales paralelas como San Martín o Resistencia, y pasando por Plaza de Mayo y otros lugares llenos de nostalgia e historia. Recorrido que Jorge Luis Borges seguramente hizo innumerables veces para ir a esa dirección: la Biblioteca Nacional, de la que fue director durante 15 años (estuvo tres años más en la nueva sede de Agüero, que ayudó a crear). Hermoso edificio que hoy alberga el Centro Nacional de Música, aunque en su fachada aún se lee “Biblioteca Nacional”. Al lado está el edificio original de la Sociedad Argentina de Escritores, que Borges presidió en Monserrat y a pasos de San Telmo.

9. Calle Juan de Garay

El Aleph, ese punto en el espacio que contiene todos los puntos del mundo al mismo tiempo, el espejo y centro de todas las cosas, en el cual todo confluye y se refleja a la vez y sin sobreposición, según Borges de 2 a 3 centímetros de diámetro y parecido al cristal, es quizá el objeto más enigmático y célebre de toda su obra. Según el cuento, esa cosita que contiene todo el saber universal (entre otras interpretaciones, se dice representa una biblioteca con todos los saberes y cosas del universo viéndolas a la vez) se encontraba en el sótano de una vieja casa de la calle Garay. Obvio: los borgeanos de corazón no pueden dejar de ir a esa avenida y tratar de imaginar la casona en la que el autor de “Historia universal de la infamia” se inspiró. Recomendamos empezar desde la estación de trenes de Constitución y enfilar por Garay en busca de ese tiempo y el espacio y todas las cosas del cosmos reunidas en una.

10. Librería Clásica y Moderna


Para terminar la ruta borgeana, propongo visitar una librería (si las huellas de Borges pueden atraparse, no hay mejor lugar para hacerlo). Puede ser La Ciudad, en Galería del Este, a metros de su casa de Maipú que fue como su segunda casa; El Ateneo, ex teatro Gran Splendid, en Santa Fe 1860, una de las librerías más impresionantes y bellas del mundo –la segunda más linda, según el diario inglés The Guardian, y que por cierto J.L.B. no conoció-; o bien Clásica y Moderna. Esta librería, situada en Callao 892, es más que una librería. Es un bar, café y espacio cultural donde los libros saltan del papel a través de sus autores, quienes dan conferencias, charlas –que Borges también brindó–, presentaciones de libros, espectáculos escénicos y musicales. Este pequeño pero hermoso espacio asemeja un aleph interactivo dignísimo, sin duda, para cerrar con broche de oro esta subjetiva ruta. Porque para ir tras las huellas de Borges sobran rutas, tantas como sus laberintos.

Nota de la revista Cielos Argentinos

Fuente : Infonews


miércoles, 26 de octubre de 2011

A 40 años de la presencia de Borges en Santa Rosa – La Pampa


Con la presencia del escritor Fernando Sorrentino, el viernes por la tarde tendrá lugar en la Asociación Pampeana de Cultura Inglesa un panel sobre la presencia de Jorge Luis Borges en la literatura pampeana. Durante el panel se escuchará el audio de la entrevista que el 22 de octubre de 1971 un grupo de periodistas santarroseños mantuvo con Borges en el hall del hotel Calfucurá.
La actividad del viernes viene a conmemorar los 40 años de la visita que el gran escritor argentino realizó a Santa Rosa el 22 y 23 de octubre de 1971 invitado por la Asociación Pampeana de Cultura Inglesa. En aquella estadía, Borges brindó dos disertaciones, ambas en el edificio municipal santarroseño. La primera, en inglés, dedicada a la obra del poeta Samuel T. Coleridge, y la otra, en castellano, sobre poesía gauchesca.


A 40 años de aquella visita, la APCI organizó una actividad que tiene como eje la figura y la obra de Borges, con especial atención a la presencia de obra en la literatura pampeana. Estas "Conversaciones" contarán con la participación del escritor e investigador Fernando Sorrentino, a quien acompañarán los docentes y escritores pampeanos Aldo Reda, Dora Battiston, José Villarreal, Diana Irene Blanco, Olga Reinoso, Carlos Garrido y Sergio De Matteo.
Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires y desde su primer título en 1969 no ha cesado en su producción escrita. Acumula una prolífica producción literaria, tanto en relatos, cuentos, libros para niños, y ensayos, y tiene dos libros de entrevistas, uno llamado "Siete conversaciones con Jorge Luis Borges", del año 1974, y el otro "Siete Conversaciones con Adolfo Bioy Casares" (1992).
Sorrentino viajará a Santa Rosa especialmente para estar presente en el debate organizado por la APCI.

Grabación.

"Es una humilde grabación", anticipó ayer Elena Gil Gatica, presidenta de la Asociación, al compartir algunos detalles de bien cultural recientemente rescatado del olvido. Fue ella misma quien con su grabador Geloso se coló en la conferencia de prensa y puso el aparato a la par de los equipos de los periodistas´.
La entrevista se hizo el 22 de octubre en el hall del hotel Calfucurá. En la rueda de prensa, Gil Gatica no hizo ninguna pregunta -estaba allí como integrante de la Asociación- sino que se limitó a poner en marcha su Geloso y dejar que registrara las preguntas de los periodistas. Según contó a este diario, se escuchan varias voces, algunas que ya han podido ser identificadas. Una pertenece a un periodista del diario La Reforma, y otra a un trabajador del diario La Capital.


La voz de Borges "se escucha con mucha claridad y se reconoce enseguida", contó Gil Gatica. "Volver a escucharla me causó mucha emoción", confesó.
La cinta tiene dos partes. En la primera, de unos pocos minutos, se escucha a la gente que concurrió al aeródromo a esperar al escritor. "Esta parte tiene mucho ruido pero preferimos dejarla porque se oyen muchas voces de vecinos de aquellas época", comentó la presidenta. Luego comienza la entrevista en sí. Dura unos 20 minutos y en su transcurso, el autor de "El Aleph" aborda todos los temas que le plantean los periodistas. El primero de ellos fue el premio Nóbel de Literatura a Pablo Neruda, entregado unos días antes. Borges dice que le parece justo el galardón aunque a renglón seguido reconoce que no ha leído en profundidad la obra del poeta chileno.
El tema da pie a una pregunta sobre su pensamiento político a la que Borges responde reiterando su condición de conservador. En el resto de la entrevista, se explaya sobre otros dos temas que le proponen sus entrevistadores: la amistad, y la figura materna.
En una conferencia realizada ayer a media mañana -en que estuvo junto con Sergio De Matteo, Liliana Fernández y Ana María Rouco-, Gil Gatica anticipó que luego de la presentación pública del viernes, un archivo de audio con esta grabación estará disponible a todos los interesados. El panel tendrá lugar en la sede de la Asociación de Cultura Inglesa (Oliver 246) a partir de las 19.00.

Presencia muy amplia

"La presencia de Borges en la literatura pampeana es amplísima", sostuvo el escritor e investigador Sergio De Matteo. "Lo hemos citado, lo hemos copiado, lo hemos imitado y hasta lo hemos plagiado", enumeró el joven, con algo de ironía. De los dos grandes linajes que, según los estudiosos, prevalecen en la literatura argentina -uno con Borges como figura referencial, el otro con la de Roberto Arlt- la producción pampeana está, definitivamente, más influenciada por el primero que por el autor de "Los siete locos".

Fuente : Diario La Arena
Santa Rosa – La Pampa
Miercoles, 26 de Octubre de 2011
http://www.laarena.com.ar/culturales-a_40_anos_de_la_presencia_de_borges_en_santa_rosa-66934-118.html

martes, 28 de junio de 2011

Borges y los spaghettis


Borges en Quito

Mi mano sintiendo la herida en su cabeza, la causa de su ceguera, al apoyarla con suavidad para ayudarle a ingresar al automóvil que lo esperaba en las afueras del Hotel Colón en Quito. Una hendidura suave y larga. Siento nuevamente como se me estremeció el alma. Fue como haber tenido la oportunidad de rozar el infinito de sus pensamientos, acariciar el Aleph o introducirme en sus laberintos de espejos.

Eduardo Polo Senior, director para Círculo de Lectores en América Latina, había organizado un encuentro de escritores hispanoamericanos en Quito. En la lista de invitados figuraban, entre otros, Jorge Luis Borges, Ángel Rama, Álvaro Mutis, Luis Goytisolo. María Elvira Bonilla daba sus primeros pasos en el mundo editorial, el poeta Juan Luis Panero coordinaba el aérea internacional y yo el nacional organizando los concursos de cuentos escritos por niños, el Gran Libro de Colombia y la colección de escritores colombianos.

Por cosas del destino el poeta Panero y yo fuimos los seleccionados para acompañar a Borges a todas partes en su periplo quiteño. Dos momentos me impactaron fuertemente, y permanecen vivos en mi mente. Una tarde, bajando en el ascensor hacia la calle, un grupo de mamertos había bloqueado la entrada al Hotel en una manifestación contra Borges por sus supuestas ideas de derecha. Le pregunté si no le daba miedo enfrentarse con esa banda de desadaptados vociferantes. Me contesto con lentitud: “¿Miedo? No. Lo único que nos mata es la vida”.


Una noche en el comedor del Colón, sentados Borges, María Kodama, Panero y yo, el maestro pidió spaghettis bolognesa. María Kodama lo increpó con una rudeza ordinaria que me paralizó: “Pero Borges, ¿por qué pedís pasta si sabes que no la podés ver? Pedí otra cosa”. Borges se colgó la enorme servilleta en el cuello y enrolló sus spaghettis con una delicadeza y perfección de artista, sin que ni una gota de la salsa cayera en la mesa. Conversó sobre literatura, autores, poesía con Panero. Observé hipnotizada cómo le brillaba la mirada azul cuando le entusiasmaba un tema dirigiéndola exactamente hacia los ojos de su interlocutor, mientras yo hervía de la ira contra la Kodama, arribista, burda, tirana. Sobra decir que no probé bocado.

Tres días acompañando al maestro. Tres días que quedaron grabados en el alma y en el tacto: su cabeza entrecana, la hendidura de la herida, el ascensor, los spaghettis, la enorme servilleta y esa mirada azul y transparente.

Hace ya 25 años su cuerpo reposa en la fría e impersonal Ginebra. Kodama se regodea con la herencia, los derechos de autor y la fama. Ya no tiene a quién increpar. Al morir Borges, ella dejó de existir. Borges siguió intacto. Sus palabras y su pensamiento en la inmortalidad.

Retomo unas frases, seleccionadas por la BBC en su aniversario:

“Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos”.

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

“He cometido el peor pecado que un hombre puede cometer. No he sido feliz”.

Fuente : El Espectador.com
Aura Lucía Mera
28 de junio de 2011

viernes, 18 de febrero de 2011

El hotel "Borges", de Abdul Hadi Sadoun



En sus esquinas hay cuerpos de toros,
algunos con cabezas humanas.
Y en sus dormitorios
todavía criados medievales.

Es el hotel que tiene su nombre.

Viajero, llego a la esquina de los toros
y sin aliviar mi fatiga,
sin esperar otro naufragio,
descubro que lo llaman Borges,
ofrece el nombre.

Es su hotel, Borges,
se esquina en la antigua Lisboa,
está allí
aunque nada saben
de su nombre.
Cuidan la estatua de Ricardo Reis
o su sombrero
mientras hablan;

quizás imaginen
que mis gafas
son como las de Ricardo Reis.

El peligro, dicen, cuando avanza
no distingue.
Ellos no ven la arteria de sus manos
luchar contra el relámpago
en las habitaciones del relámpago,
donde las señoritas dicen "señor"
y los ascensores aguardan nuestros pasos,
quietos como unicornios domesticados.

Puede que todo se le parezca
menos este hotel
que nombran Borges.

A cada momento
me ilusiona que pueda entrar
o salir,
pero se trata solo de unas habitaciones misteriosas,
de un edificio que se acoda en el viento,

Borges con una máscara diferente.
Una placa de cobre a la entrada,
encima del edificio,
es quien señala su nombre.

No he vivido en este hotel,
cruzo con pasos tranquilos
pensando en los sueños de la próxima noche
o la siguiente.

Al fin del viaje,
esquivando a los porteros,
su largo camino,
veo a María Kodama, el pelo de plata,
atraviesa el umbral.
La llamo arqueando los dedos.

-Acércate, también, dice,
quizás viene enseguida,
quizás te vea.

Pero él no entiende
de los edificios
ni de las esquinas,
aunque una placa de cobre
aquí arriba
señale su nombre.

Abdul Hadi Sadoun

Fuente You Tube
Voz y realización: Alejandra Moglia
Música: Milonga del ángel, Astor Piazzolla
Voz y Mirada, 2011

jueves, 22 de julio de 2010

Borges en Rosario, la última vuelta


Borges en Rosario 1984

Cuando lo invitamos a Jorge Luis Borges a visitar Rosario preguntó quiénes integrarían con él aquel ciclo de conferencias. Serían de la partida Marco Denevi, Osvaldo Soriano y al mencionarle yo mismo a Jorge Asís volvió a preguntar en relación a este último:

–¿Es necesario?

El avión ya se había abalanzado sobre nosotros, que sabíamos que María Kodama estaba en Europa y él llegaría acompañado de quien había gestionado su visita: Emilio Stevanovitch.

Me dio la impresión de un hombre inmóvil al que dinamizaban nuestras expectativas y el relato en peldaños de la escalerilla a tierra que Emilio efectuaba con cariño y admiración austera. Aquel lazarillo era también mi amigo y fue el encargado de las presentaciones, interrumpiendo las turbinas en celo sobre el aeropuerto de Fisherton.

–Borges, éste es Mario Borgonovo –murmuró Stevanovitch, tocándole suavemente el brazo.

–¿Borgonovo?, Neustadt, Villeneuve, Barrionuevo, Newburg –respondió el maestro devolviendo el murmullo.

A su turno presentó a Rafael Ielpi, secretario de Cultura de la ciudad en aquel tiempo. Ya en el automóvil, el "hijo de Esteban" –como solía llamarlo Borges a Stevanovitch– lo invitó a recordar cosas de Rosario. Nombró a Hilarión Hernández Larguía y mencionó con un entusiasmo que fortalecía su tartamudez, un libro sobre "putas y quilombos" que dijo conservar en su biblioteca y cuyo título en realidad era: "Prostitución y Rufianismo". Adelanté la cabeza para encontrarme con la mirada de Ielpi al otro lado del asiento trasero pero él miraba por la ventanilla como distraído. Rafael era coautor de este libro.

Fue Rafael quien comenzó a describirle el paisaje que media entre el aeropuerto y la entrada a la ciudad. Confieso que nunca se me hubiera ocurrido, aunque se tratara de un ciego, mencionar algo tan poco mencionable. Pero lejos de reprobarlo intenté en vano recuperarle alguna importancia a las dispersas coníferas o a las ahorrables construcciones de fin de semana que custodian la ruta. Nuestro ánimo era benévolo y exultante.

En el canal de televisión estaba todo previsto. Hubo un solo inconveniente: durante la emisión del programa especial en vivo y en directo, alguien trató al hijo de Esteban de periodista en vez de hombre de la cultura como él se sentía, y como en realidad lo era. Eso lo enajenó al punto de retirarse de cámaras y comenzar a dar vueltas alrededor de la planta transmisora, murmurando cosas en lenguas que me sonaban como ininteligibles, pero que tal vez fueran húngaro, croata, finlandés o turco. El hablaba todos esos y varios idiomas más.

El almuerzo en el canal fue tranquilo, con la única novedad de que Stevanovitch se calmó y apareció sentado cerca de mí. Borges apenas bebió unos sorbos de champagne en el brindis.


Hotel Italia

La siesta en el Hotel Italia (habitación 206) fue para el maestro la repetición de otras tantas en el mismo sitio. Para nosotros era la espera de lo anhelado. Prefirió té, antes de la conferencia. Al tratar de dárselo sus manos temblorosas me jugaron una mala pasada y la infusión fue a parar a la solapa izquierda de su sobretodo azul. Pareció no advertirlo siquiera y admiré aún más a ese hombre entregado a personas que no conocía.

El Centro Cultural estaba repleto, pusimos altavoces en las escalinatas y también en la plaza que lo cobija.

Llegado el momento caminé con él tomado de mi brazo hacia la sala central; mientras subíamos las escaleras murmuraba algo intraducible para mí. Se dio cuenta, vaya a saber cómo y me explicó susurrando que estaba practicando japonés y que alentaba esperanzas de recuperar la vista con un tratamiento en Tokio. Mi universo visual en esos momentos, se limitaba a los escalones y a sus acordonados botines, negros y británicos.

Cuando terminó la charla, comenzó a firmar libros, papeles y todo aquello que le acercaban. Garabateaba sumiso y dicharachero mientras yo descubría entre sus fans a una muchacha de anteojos con una pequeña calcomanía de un corazón custodiando cada lente.

Lo sacamos del Centro Cultural por una puerta de servicio. Ya en el coche, me quedé observándolo una vez más, alejado de toda protección cotidiana, bien dispuesto. Me pareció advertir en él una inmensa piedad, la misma piedad con que había respondido a cientos de personas que, en muchos casos, nunca habían leído una línea de sus libros. Supo que íbamos a cenar juntos, no le importaba adónde.

En el Restaurante Mercurio nos habían reservado la mesa redonda más grande de todas. Quedábamos ridículos las 6 personas que éramos en semejante pista gastronómica. El maestro pidió tallarines, que llegaron enseguida, y mi mujer se los dio en la boca con ternura y prolijidad femenina. Después dialogó entusiasmado con los demás comensales y alcancé a escuchar algunas respuestas irónicas y algunos comentarios sobre colegas, dignos de una antología.

Lo llevamos de vuelta al hotel. En la habitación 206, Stevanovitch y yo desvestimos a Borges y le pusimos su piyama de impecable confección inglesa.

Descubrí en sus acordonados, una vez fuera de sus pies, un membrete: London.

El mientras tanto, monologaba en idiomas diferentes y cuando el "hijo de Esteban", desde algún lugar no visible de la suite, dijo no dominar el alemán, lo increpó con burlona incredulidad: "usted siempre tan modesto, Stevanovitch". Tuve, en el transcurso de ese operativo, la sensación de estar viviendo un extraño protagonismo que alguna vez contaría a mis hijas o escribiría con alguna audacia. Con el tiempo terminé haciendo ambas cosas.

El desayuno en el Italia resultó ameno. Me enteré, por sus comentarios, que nuestros apellidos estaban de alguna manera emparentados en sus orígenes.

"Borges viene de burgo" dijo, y eso me enorgulleció al instante. Después nos preguntó qué habíamos hecho la noche anterior, luego de dejarlo durmiendo.

Cuando le contamos que habíamos bebido Irish coffee sentenció: ¡qué feo debe ser eso...! En el viaje al aeropuerto Stevanovitch rezongó sobre los reportajes no previstos, el asedio al maestro y otras quejas, pero sabíamos, Ielpi y yo, que se le iría pasando a medida que nos acercáramos a Fisherton y se despediría como siempre, con una frase que recordamos con cariño: "Muchachos, gracias por la confianza".

Le habíamos contado al maestro acerca de esta frase famosa que se repetía cada vez que organizábamos algo en Rosario y cuando lo estábamos dejando en su asiento de avión para el regreso, dijo al boleo: "Vieron que esta vez no dijo gracias por la confianza". Stevanovitch reía en el asiento de al lado. Me ocupé de que llegara a la institución de no videntes la donación que él mismo había dispuesto realizar con aquellos escasos honorarios y me guardé para mí aquel tesoro que significaron esas 24 horas mágicas.

Volví a ver a Borges al poco tiempo en su pisito porteño de calle Maipú al 900, nadie me preguntó quién era cuando ataqué el portero eléctrico, simplemente me abrieron. Por el living revoloteaban Funny, su empleada, la televisión suiza, un fotógrafo que se le instalaba todas las mañanas sin saber nadie muy bien quién era y una mujer gorda y bajita que –dos veces al mes– le llevaba dulce de leche casero. La presencia de aquel acostumbrado regalo parecía excitarlo.

(La última vez que Jorge Luis Borges salió al interior del país fue en el invierno de 1984, cuando cerró el ciclo "Diálogos con…" que organizara la Secretaría de Cultura Municipal. Coordiné este ciclo junto a Emilio A. Stevanovitch, un hombre de la cultura emocionalmente ligado a Rosario).

Fuente : Mario Borgonovo
La Capital – Rosario
14 de junio de 2010

sábado, 19 de junio de 2010

Borges y el Hotel Dorá



El Hotel Dorá, calzada de por medio, en Maipú 963, fue uno de los lugares donde frecuentemente almorzaba y comía Borges, además de sentarse a beber su té de la tarde. Borges le recomendó este lugar al pintor mexicano José Luis Cuevas, cuando en 1958 visitó por primera vez el país, para exponer y éste le solicitó ilustrar su obra.



El día anterior a su partida a Europa, a donde viajó con María Kodama, fue a comer al Hotel Dorá con su hermana Norah. Borges pidió lo de siempre: arroz blanco hervido con un agregado de muy poca manteca y queso rallado. No tomó ninguna sopa como ocasionalmente lo hacía, pero si comió su postre preferido: una porción de dulce de leche. Cuando su hermana le preguntó que había desayunado esa mañana él le dijo que, como siempre, "cereales con leche".



El 9 de julio de 1985, de pura casualidad, crucé unas palabras con Borges. Recuerdo la fecha porque era el día después de mi casamiento y antes de partir para la luna de miel, mi mujer y yo habíamos ido a saludar a mis padres que se alojaban en el hotel Dorá, en la calle Maipú al novecientos. Mi madre me tomó del brazo y me acercó al comedor. Las mesas estaban vacías, salvo una, y ahí estaba Borges, sentado junto a una mujer, que posiblemente fuera Estela Canto, con quien hablaba por momentos en inglés y por momentos en castellano. Diría que me sentí en frente de un personaje ficticio y, paralizado por la fascinación de comprobar que su figura se correspondía con las imágenes de la publicidad, lo examiné como se mira a las estatuas, que no pueden devolvernos la mirada. Llevaba un traje oscuro, una corbata prolija, y en su plato había un austero montículo de arroz blanco. Mi padre me convenció de que fuéramos a charlar con él. Esperamos que terminase de almorzar y cuando el mozo, que lo trataba de "maestro", le trajo una taza con un saquito de té, nos acercamos a su mesa. Mi padre inició el diálogo y Borges, que se mostró encantado con la idea de conversar, nos regaló algunas fábulas de su erudición. Habló de Dios, del minotauro, y criticó duramente a Ortega y Gasset ("lo conocí en su visita a Argentina y me pareció cero".

Borges y la mecánica cuántica (fragmento)
Alberto Rojo



Osvaldo Ferrari rememora ricas anécdotas de sus conversaciones con Borges, –con 50 años de diferencia–. Desde la literatura pasaban a la política, la filosofía, la actualidad, y tantos otros temas.
“Solíamos ir a almorzar al Hotel Dorá, frente a su casa de la calle Maipú. “A Borges le gustaba mucho el pan, el arroz, que por su condición de ciego, lo comía con cuchara. Sentía predilección por el dulce de leche. Tomaba siempre agua mineral. Era frugal, cuidaba su estética y su estilo era muy porteño.”



¿Conociste a Borges?
–Sí, pero nunca le hablé. Lo conocí en el hotel Dorá.
–El de Mar del Plata.
–No, el de Buenos Aires, el de Maipú 453. En parte, yo me crié ahí; yo era un chico e iba con mis viejos.

Guillermo Vilas



Lo recibí en la Biblioteca Nacional, en Bogotá, y los jóvenes sabiamente derribaron las pesadas puertas de la calle 24 sólo para quedar mudos ante su voz quebrada que devanaba versos y versos. Celebramos que Enrique Banchs hubiera sido abandonado por una mujer: gracias a eso, a ese don, pudo escribir un soneto inmortal. Luego, en Buenos Aires, y a partir del 83 y hasta su viaje a Ginebra, a morir en el 86, cenábamos los sábados en el Hotel Dora, raviolis y de postre, el preferido de policías y porteros: “vigilante” (queso y dulce de batata), con José Bianco —traductor de Henry James y Ambrose Bierce— el legendario secretario de redacción de Sur. Reunidas estas cenas en mi libro Lector impenitente, las repaso incrédulo: ¿Me senté a su lado, lo escuche reír, compartimos un tiempo, presumiblemente inmortal? En su orbe todo es ficción.

Juan Gustavo Cobo Borda – Bogota - Colombia

domingo, 23 de mayo de 2010

Hotel "Las Delicias"




Fue inaugurado el 1 de diciembre de 1872 luego de que Esteban Adrogué diera este nuevo destino a su hasta entonces vivienda, respondiendo a la necesidad de instalarse de las familias pudientes que se acercaban a este pueblo con el propósito de edificar casas de campo, y al deseo de Don Esteban de convertirlo en una villa veraniega.



En 1873, el Hotel "Las Delicias", era un refugio de veraneo preferencial de ilustres personajes de nuestra historia. Visitar el lugar, alojarse en dicho edificio era una distinción muy valorada en la época. Sarmiento, presidente desde 1868 a 1874, fue uno de los que supo gozar de sus comodidades, pudiendo comprobar la razón que tuvo aquel amigo de Esteban Adrogué, el Sr. Ochoa que, eufórico ante ese esplendor, exclamara su famoso "esto es una delicia", dando motivo así para que Don Esteban encontrara el nombre apropiado para ese lugar de descanso.



Las instalaciones del hotel La Delicia, originalmente residencia de verano de Esteban Adrogué, han cobijado a numerosas celebridades durante su época de esplendor, entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Entre sus huéspedes y visitantes ilustres se destacan Jorge Luis Borges y los presidentes Carlos Pellegrini y Domingo Faustino Sarmiento. Demolido a fines de los años 1950, en su solar se alzan actualmente el Colegio Nacional, locales comerciales, residencias y el Pasaje La Delicia.



Jorge Luis Borges le ha dedicado a Adrogué un libro de poesías por los años vividos de su infancia (Adrogué, 1977). La relación entre Borges y Adrogué fue muy especial. La ciudad fue fuente de inspiración para diversas obras del célebre escritor, siempre enamorado de las arboladas calles de la localidad. Fue también Borges quien afirmó que fue en Adrogué donde se jugó al fútbol por primera vez en Argentina. En el centro comercial se encuentra en su honor la plazoleta Borges.



El gran escritor argentino fue un enamorado de esta ciudad, donde pasó muchos veranos de su infancia, y a la que le dedicó un libro de poemas que lleva su nombre. He aquí algunas de las impresiones que nunca olvidó, a pesar de haber recorrido el mundo gracias a su labor literaria:



"Durante los años de mi infancia pasábamos los veranos en Adrogué, a unos quince o veinte quilómetros al sur de Buenos Aires. Allí teníamos residencia propia: una vasta construcción de una planta, con terrenos, dos cabañas, un molino de viento y un peludo ovejero marrón. Adrogué era entonces un remoto y apacible laberinto de casas de veraneo rodeadas por verjas de hierro, con parques y calles que irradiaban de las muchas plazas. Impregnado por el ubicuo aroma de los eucaliptos". (1983)
"En cualquier parte del mundo en que me encuentre cuando siento el olor de los eucaliptos, estoy en Adrogué. Adrogué era eso: un largo laberinto tranquilo de calles arboladas, de verjas y de quintas; un laberinto de vastas noches quietas que mis padres gustaban recorrer. Quintas en las que uno adivinaba la vida detrás de las quintas. De algún modo yo siempre estuve aquí, siempre estoy aquí. Los lugares se llevan, los lugares están en uno. Sigo entre los eucaliptos y en el laberinto, el lugar en que uno puede perderse. Supongo que uno también puede perderse en el Paraíso. Estatuas de tan mal gusto y tan cursis que ya resultaban lindas, una falsa ruina, una cancha de tenis. Y luego, en ese mismo hotel "Las Delicias", un gran salón de espejos. Sin duda me miré en aquellos espejos infinitos. Muchos argumentos, muchas escenas, muchos poemas que he imaginado, nacieron en Adrogué o se sitúan en ella. Siempre que hablo de jardines, siempre que hablo de árboles, estoy en Adrogué; he pensado en esta ciudad, no es necesario que la nombre". (1981)

El primer suicidio de Jorge Luis Borges

En el verano de 1935 el escritor Jorge Luis Borges, por entonces un oscuro bibliotecario de 36 años, estaba perdidamente enamorado de una señorita, que lo rechazó de un modo hiriente, y por ello decidió suicidarse. En una armería de Buenos Aires, lejana a su casa para que no lo reconocieran, compró un revólver, y en un almacén una botella de ginebra Bols. Luego, fue hasta la estación Constitución y sacó boleto para el primer tren hacia Adrogué, pasaje de ida solamente. Se alojó en el hotel Las Delicias, que en esa época era uno de los lugares favoritos de los porteños de clase alta para pasar el verano. Eligió, con humor negro, la habitación 48 (Il morto qui parla) y pidió no ser molestado. Era febrero, el calor agobiaba y la lluvia caía a baldazos. Sin desvestirse, se acostó en la cama, en la zurda la botella de ginebra, que bebió entera, y en la diestra el revólver, que se llevó a la sien y apretó el gatillo. Los nervios o el alcohol, o ambas cosas, hicieron que la bala sólo rozara su cabello, sin producirle ni un rasguño. Anochecía. Comenzó a llorar, tuvo miedo de sí mismo, vergüenza por el fracaso y supo que no se mataría ese día. Salió tambaleante a la lluvia, con el revólver aún en la mano, lo tiró en un zanjón y volvió a su casa porteña, en donde nada dijo. Mucho después contó lo sucedido a su amigo Manuel Peyrou. María Esther Vázquez, también amiga de Borges, cuenta la anécdota en su libro Borges, esplendor y derrota




Borges y Estela Canto en el hotel Las Delicias

Una noche de marzo de 1945, Borges invitó a Estela a visitar Adrogué. La llevó a cenar al Hotel Las Delicias, donde la familia Borges había pasado las vacaciones de verano desde su regreso de Europa. Estela creía que había decidido llevarla allí porque Adrogué era un sitio “aterrador” para Borges, “sagrado” para él. El Hotel Las Delicias por cierto había visto días mejores.



Borges y Pepe Bianco

Fue en el hotel Las Delicias, de Adrogué, donde Borges me convidó a comer un par de veces. En la mesa, el señor Borges no lo participó en la conversación para ocuparse de mí. Decía: “Quizá Bianco quiera tomar vino. ¿Por qué no le ofrecen a Bianco un poco más de este postre, que no parece malo?”.

Recordé a este señor tan cortés, que había conocido en el verano de 1937, cuando leí Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius en mayo de 1941.

Algún recuerdo limitado y menguante de Herbert Ashe (...) persiste en el hotel de Adrogué, entre las efusivas madreselvas y en el fondo ilusorio de los espejos (...) Mi padre había estrechado con él (el verbo es excesivo) una de esas amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo. Solían ejercer un intercambio de libros y periódicos; solían batirse al ajedrez, taciturnamente...

domingo, 16 de mayo de 2010

L'Hôtel 2 Paris -Francia


Romantic Hotels

L'Hôtel, 13, rue des Beaux Arts

On the night of November 29 1900, Oscar Wilde died almost anonymously in this hotel aged 46. It was a tragic ending, after the two-year ordeal in jail that destroyed his health. His wit, however, remained unimpaired to the end, as reflected by his last comment: "I am dying beyond my means".

This note, along with an unpaid bill for Fr 2643.40, now hangs on the wall in his room no 23. Only Robin Ross, his devoted old friend, and "Bosie" Douglas, his demon, attended his funeral and followed his hearse to the Père Lachaise, alongside a handful of the hotel staff who left the note "To our tenant" on the wax bead wreath.

In 1984, another famous guest at the Hôtel, the Argentinian Jorges Luis Borges, left the following written homage: "This hotel ... where one can't find two identical rooms. It seems to have been sculpted by a cabinet-maker." Jean-Paul Besnard, the present owner of l'Hôtel, took the "sculpture" one step further.

For many years, he had dreamt of owning a hotel in his beloved Saint-Germain-des-Prés neighbourhood. Thanks to serendipitous timing, this one was put on sale by Monsieur Dubucheron when Besnard was ready to buy it and lavish on it his boundless passion and imagination. As far as romance goes, it has few rivals.

It starts at the reception with the Venus/Cupid emblem. Or rather it starts way back four centuries ago when, legend has it, Queen Margot had a love nest on this site. Today each of the twenty rooms feels like a love nest, whatever its style, whatever its size. They are so eclectic that you'll have to come back many times and try them all out.

Nothing could be further apart than the voluptuous opulence of a 19th-century boudoir that is Room no 54, and the fresh Art Deco Room no 36. The sunny, soft orange hue of the walls and the mirror-covered furniture that once belonged to the celebrated singer Mistinguett make this room a stunning period-piece.

If you want a spectacular view and a fantastic terrace all for yourselves, book Room 62, la Cardinale. The old roofs of Paris and the belltower of Saint Germain will be your backdrop.

The public areas are just as eclectic and include a lobby filled with Jean Cocteau paintings, a cosy library and a wonderful restaurant, Le Bélier. Downstairs, under a romantic vault, you may relax in the smoking room or luxuriate in the jacuzzi or sauna in the fitness club. The well, it is rumoured, was used as a fridge by Queen Margot and her companions when they repaired to this hideaway.

With so much going for the Hôtel, you will not be surprised to find out that it was favoured by the grand and the mighty. Ava Gardner, Marcello Mastroianni, Roman Polanski, Roberto de Niro, and Claudia Cardinale are among those who stayed here.

l'Hôtel Paris - Francia


Paris des écrivains

Oscar Wilde à l'Hôtel

L'Hôtel, lorsque l'on prononce l'Hôtel à Paris, il n'y en a qu'un seul, aucune confusion n'est possible, il s'agit de l'Hôtel de la rue des Beaux Arts.

Après des années éprouvantes dans les geôles de Reading, Oscar Wilde vint se retirer dans un hôtel à Paris 13, rue des Beaux Arts, Il disparut le 30 novembre 1900, je suis l'homme qui doit clore ce siècle. Il laissa une ardoise de 2 643.40 francs de l'époque et en guise de testament son dernier mot d'esprit Je meurs au-dessus de mes moyens.

Derrière Alfred Douglas, amant de l'écrivain, celui par qui le scandale arriva, les propriétaires de l'Hôtel suivirent le pauvre corbillard qui l'emportait au cimetière de Bagneux. Ils déposèrent une couronne sur sa tombe, une couronne en perles avec ces mots sur le ruban mauve A notre locataire; Comme oraison funèbre citons une des plus célèbres pensées d'Oscar Wilde, s'aimer soi-même c'est se lancer dans une histoire d'amour qui durera toute la vie., tout malheureusement a une fin.

L'écrivain argentin Jorge Luis Borgès enraciné en Argentine mais qui contemplait l'univers depuis la rive du Rio de la Plata, ne voulait descendre que dans cet hôtel lors de chacun de ses séjours parisiens. Comme Cioran, Barbra Streisand ou Monica Vitti où Marcello Mastroianni.



Bâti sur les vestiges du pavillon d'Amour de la reine Margot, ce bâtiment s'appela l'Hôtel d'Allemagne puis l'Hôtel d'Alsace avant de devenir, simplement, l'Hôtel. Entièrement revisité par Jacques Garcia il offre aujourd'hui 20 chambres somptueuses, toutes différentes.