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lunes, 25 de marzo de 2024

“Yo era una inconsciente ruedecilla en la inmensa máquina del Tercer Reich”: la terrible autobiografía del comandante de Auschwitz y lo que Borges intuyó

 

Con “Zona de interés” se volvieron a poner en escena las motivaciones de algunos criminales nazis. El comandante del campo de concentración explicó sus razones en un libro de 1947. Pero, antes, Borges había comprendido esa psicología en un cuento.

 

Por Juan Basterra

 

La reciente premiación de Zona de interés en el rubro de “Óscar a la Mejor película extranjera” vuelve a poner en escena, y como centro de estudio, los horrores del nazismo y el padecimiento de tantos destinos humanos vinculados al mismo. La película, dirigida por Jonathan Glazer y basada libremente en la novela homónima de Martin Amis es, como tantos otros testimonios contemporáneos y posteriores a los hechos (ficcionales o reales), un panóptico en el que basculan las acciones más atroces y los hechos más banales y prosaicos. La apacible, y sin embargo, demoníaca vida de Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, y de su esposa Hedwig, madre de los cinco niños de la familia, es el símbolo perfecto de “una existencia que oculta otra: la verdadera y acaso unívoca”.

 

Es natural que nos representemos las figuras de los oficiales nazis (la literatura, el cine y nuestros propios prejuicios han contribuido para que esto suceda de esa manera) asociadas de manera estrecha a las formas de una encarnación despiadada, y a determinadas nociones en las cuales el Bien se encuentra perfectamente ausente. La sistematización en el exterminio de otros seres; la creencia en una superioridad racial que la justifique; la razonada crueldad puesta de manifiesto en la eliminación eutanásica de muchos seres y la deliberada ausencia de compasión en casi todos los ámbitos de la vida humana (características visibles del régimen al que sirvieron aquellos oficiales, y del cual fueron estos actores principales) crean la certeza absoluta de que el llamado Tercer Reich fue un universo en el que solamente el Mal, en su esencialidad más descarnada, podía tener imperio, y en el cual los actos vinculados a lo mejor que el hombre lleva en sí, estuvieron absolutamente ausentes.

 

La literatura, como tantas otras formas de aproximación y conocimiento, ha tratado de descifrar este misterio; algunas obras, y el destino de algunos seres, nos permiten (eso desearíamos, al menos), un acercamiento al mismo.

 

Rudolf Franz Ferdinand Höss fue comandante de Auschwitz a partir de 1939 y hasta los albores de 1943. Ahorcado en el mismo campo en el que planificó y diseñó el exterminio de millones de seres escribió, durante su presidio, y antes de la muerte, el libro Yo, comandante de Auschwitz. La obra, redactada en la cárcel de Cracovia, y culminada en febrero de 1947, dos meses antes del ajusticiamiento, es una autobiografía descarnada y fría de la vida de un hombre que, en las páginas finales de su libro escribe:

 

“Una y otra vez el destino me ha librado de la muerte para hacerme sufrir, ahora, un denigrante final. ¡Cuánto envidio a mis camaradas caídos como soldados en el campo del honor!

 

Yo era una inconsciente ruedecilla en la inmensa máquina del Tercer Reich. La máquina se rompió, el motor desapareció y yo debería hacer otro tanto. El mundo así lo pide.

 

Jamás habría accedido a revelar mis pensamientos más íntimos, más secretos, exhibiendo desde mi “yo”, de no haber sido tratado aquí con tanta comprensión, tanta humanidad.

 

Para responder a esta actitud, debía contribuir, en la medida de lo posible, a aclarar algunos puntos oscuros.

 

Si se utiliza esta exposición, quisiera que no se dieran a publicidad los pasajes que conciernen a mi mujer, mi familia, mis momentos de ternura y mis dudas secretas.

 

Respecto a que el gran público continúe considerándome una bestia atroz, un sádico cruel, el asesino de millones de seres humanos: las masas no podrán tener otra imagen del antiguo comandante de Auschwitz. Nunca comprenderán que yo también tenía corazón”.

 

El tono frío, clínico y desapegado recorre todas las páginas de la autobiografía. Höss, que fue combatiente en la Primera Guerra Mundial, y condecorado con la Cruz de Hierro, asistió a la organización del Partido Nacional-socialista Alemán de los Trabajadores. Sus convicciones acerca de la necesidad del exterminio de otros seres estarían intrínsecamente mezcladas a una vida familiar y sencilla; es esa dualidad la que aterroriza.

 

La mirada de Borges

 

Por alguna de aquellas raras simetrías del destino y el azar, exactamente un año antes de la culminación del libro de Höss, en 1946, Jorge Luis Borges publicaría en la revista “Sur” el cuento Deutsches Requiem. El relato formaría parte, en 1949, del libro El Aleph. Borges no podía conocer, evidentemente, la obra de Höss, pero algunas de las palabras del personaje central, el subdirector del campo de concentración de Tarnowitz, Otto Dietrich zur Linde, remiten (si bien en un plano más elevado y “literario”) a las confesiones del comandante de Auschwitz. Dice el personaje:

 

“Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista aunque nuestro lugar sea el infierno.

 

Miro mi cara en el espejo para saber quien soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no”.

 

La responsabilidad ante el sufrimiento y las muertes encuentra también concordancia entre el texto escrito por Rudolf Höss y el personaje imaginado por Borges. Así, el comandante de Auschwitz expresa:

 

“Cuántas veces tuve que esforzarme por aquel entonces para parecer duro e implacable! Pensaba que se me exigía realizar un esfuerzo sobrehumano; sin embargo, Eicke exigía que fuésemos aún más severos e inclementes con los prisioneros. Afirmaba que un SS debía ser capaz de aniquilar a sus propios padres si estos ofendían al estado o traicionaban el ideario de Adolf Hitler”.

 

Otto Dietrich zur Linde, en Deutsches Requiem, dice:

 

“El ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas: el misericordioso, el piadoso, busca el examende las cárceles y el dolor ajeno”.

 

Borges no pudo leer casi ninguno de los testimonios de los ejecutores y verdugos del nazismo en el momento de la redacción de Deutsches Requiem. Debemos a su genio la intuición y el descifrado del lenguaje frío, monocorde y severo que caracterizó a muchos de los actores de aquel período infausto y la indagación de una forma de pensamiento para siempre, y por fortuna (eso desearíamos), aniquilada.

 

Fuente: Infobae

https://www.infobae.com/leamos/2024/03/16/yo-era-una-inconsciente-ruedecilla-en-la-inmensa-maquina-del-tercer-reich-la-terrible-autobiografia-del-comandante-de-auschwitz-y-lo-que-borges-intuyo/

 

domingo, 9 de noviembre de 2014

Deutsches Réquiem o Borges y su pasión por el Laberinto




Osiris Vallejo

Piense en un ser horrible. Haga el intento de transfigurarse, de convertirse en otro. Suponga que más allá del rostro, más allá de esa máscara con que nació y que el espejo recuerda y reconstruye cada día, se oculta un demonio. Pero no un ser víctima de los azotes continuos de su propia conciencia, sino un demonio que asume su condición con toda la naturalidad del mundo; que justifica cada acto, por horrible que parezca, como si fuera el único acto posible. ¿Qué le parece el ejercicio? ¿Difícil, espantoso, horrible?

Al realizar el ejercicio anterior, cabría preguntarle qué le ha quedado: ¿el horror de quien se acerca a un abismo profundo o la curiosidad de quien se ve al espejo? La respuesta depende de su habilidad para colocarse más allá del bien y del mal o de su inexorable claudicación ante la imponente intensidad de las imágenes que perciba. Pocos son capaces de, a la hora de juzgar, colocarse en una posición de absoluta frialdad analítica. Muy pocos, repito, son capaces de tan saludable tarea.

Uno de esos pocos es Jorge Luis Borges. Con gran agudeza, utilizando la razón como principal recurso, Borges hurga sigilosamente, muy a su manera, por entre laberínticas existencias de personajes representativos de la esencia humana.

Fijémonos en uno de los relatos más característicos de Borges con el objeto de acompañarlo a una de esas aproximaciones al laberinto de la conciencia humana. Deutsches Requiem es el relato al que me refiero. Es esta una de las piezas literarias en que este escritor universal penetra con más agudeza por entre los laberínticos rincones del alma humana. El relato está narrado en primera persona. Otto Dietrich zur Linde es el narrador-personaje. Soldado defensor de la causa nazi, hecho prisionero tras el fracaso alemán en la segunda guerra mundial, es condenado a muerte “por torturador y asesino”,1 según lo manifiesta él mismo. Ya al umbral de la muerte, zur Linde enjuicia su vida, tomando como epicentro su participación en la guerra y, más importante aun, su adhesión absoluta al sueño nazi.

El lector poco avisado corre el riesgo de dejarse confundir por este relato de Borges. El título mismo está concebido para despertar suspicacias. Habrá quien piense que el autor de este texto toma partido por la causa nazi. Pero no. La mayor virtud del Borges escritor consiste precisamente en plantear posibilidades; inducir al lector a un gesto de interrogante perpetua, o circular, para usar un término borgiano. Borges pone a Dietrich zur Linde a defenderse con buenas razones... y, claro, no podría ser de otro modo. Sería una patente falta de honestidad intelectual hacerle trampas a los personajes por el solo hecho de que no comulguemos con sus posiciones o ideas. He aquí una de las pruebas de fuego de todo escritor, y Borges sale de ella invicto. Se sabe que existe una vasta literatura en que Borges se convierte en defensor del pueblo judío. Sin embargo, en el relato al que aludimos parece convertirse en cómplice del torturador y asesino zur Linde. La explicación a dicha discrepancia hay que buscarla, insisto, en la honestidad intelectual de Borges.

En Deutsches Requiem, a través de Otto Dietrich zur Linde, Borges se ve al espejo y contempla de aquel lado el trágico destino, no ya del hombre alemán, sino del hombre en sí. Se pregunta a través de la literatura qué parte del mundo murió con el fracaso alemán. Yo no condeno a Borges por esa pregunta, así como no lo condeno por ninguna otra. Este relato no es otra cosa que una interrogante visceral, un intento (y claramente un acierto) de penetrar un laberinto donde copulan dragones y palomas. Dietrich zur Linde traza las líneas argumentales de su tragedia personal (símbolo indudable de una tragedia mayor) con tal profundidad que ningún lector imparcial (ave rarísima) la tomará por superflua o poco fundamentada.

Cuenta el personaje sus antecedentes familiares, es decir, una muy comprometedora genealogía, que es ya, en cierto modo, sin que por esto adoptemos una actitud determinista, presagio de su ulterior destino. A esto se suma una sucesión de elementos acumulativos en la conciencia de zur Linde que constituyen, en cierto modo, una parábola sobre el surgimiento del nazismo. “Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía”, dice zur Linde. De esa manera retrata lo que es, sin duda, una obsesión alemana: la adhesión espiritual a un ideal de fuerza o poder y el rechazo casi patológico a la debilidad. Más adelante, zur Linde repetirá esta misma idea, aunque con otras palabras.

Otro elemento de la sucesión antes mencionada que hemos de tomar en cuenta (pensando siempre en Alemania como trasfondo) es el contacto de zur Linde con lo más esencial de la filosofía alemana. He aquí su testimonio: “Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler”. Nótese que dice “entraron en mi vida”, apuntando así a la influencia decisiva que ambos tuvieron en él. Para nadie es un secreto que Nietzsche, especialmente, fue, si no un arquitecto, al menos un factor catalizador del delirio de grandeza alemán.

En este relato, como en tantos otros de Borges, cada frase, cada palabra es fundamental. Cada concepto, cada acto es una pieza decisiva. Ninguna hoja de otoño desciende del árbol en vano. La alusión a Nietzsche y a Spengler no es casual. La aparente sugerencia de Borges es que debe tomarse con seriedad la influencia histórica de la filosofía alemana en el papel jugado por el pueblo alemán en tiempos modernos. Aunque, por supuesto, no vamos a cometer la idiotez, que tampoco incurrió en ella Borges, de supeditar la violencia o las ansias de gloria del alemán a la literatura de Nietzsche. Lo que sí debe subrayarse es el insoslayable vínculo entre ambas cosas. En este relato abundan los ejemplos que atan, irremediablemente, la vida de zur Linde con la concepción nietzscheana del superhombre.2

“No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí”, declara zur Linde. Cómo no pensar aquí en el muy conocido concepto de Nietzsche del criminal que no está a la altura de su acto. Para este filósofo alemán (y esto se desprende de su entera filosofía), zur Linde sería el criminal ideal, que sí está a la altura de su crimen. Éste que hemos citado es el vínculo más estrecho entre la filosofía y el surgimiento del torturador y asesino zur Linde o, lo que es lo mismo, entre filosofía alemana e historia alemana. De manera que este relato genial nos proporciona una especie de macro-visión histórica que nos hace comprender mejor el drama de Alemania.

Otro acierto de Borges en su tránsito por el laberinto de la conciencia de su narrador-personaje es la relación alemano-judía, vista a través del encuentro entre zur Linde y el personaje David Jerusalén. Si zur Linde representa al pueblo alemán, el poeta Jerusalén encarna al pueblo judío. Pero, ¿por qué escoge Borges la figura de un poeta para representar al pueblo hebreo? Dos posibles respuestas, que se contraponen entre sí, pudiéramos citar. La primera tiene que ver con la imagen del poeta ante el poder. Es decir, la condición de poeta como encarnación de la debilidad, de enfermedad del espíritu. La segunda apunta a algo absolutamente distinto, como ya he indicado: la poesía o el poeta como ente de fuerza y, por lógica consecuencia, como peligro amenazante. Aunque el contexto del relato señala a la primera de las posibilidades como la más factible, veo en la segunda cierto fundamento, o casi tanto fundamento como en la primera. Me parece que a esto alude también Borges cuando presenta a David Jerusalén como poeta. La verosimilitud que le atribuyo a lo antedicho tiene su raíz en otros relatos de Borges. Bastaría con valernos de la brevísima Parábola del Palacio,3 en la que se plantea la posibilidad de que la poesía (y en general la palabra) sea capaz, incluso, de borrar el universo y transfigurar su esencia, convirtiéndolo en un mero (¿?) símbolo.

Es también seductora otra conclusión de Borges. Esta conclusión se refiere al asunto de la relación que el alemán zur Linde tuvo con el judío David Jerusalén, a quien el primero tenía órdenes de destruir y, en efecto, destruyó.

“Ignoro si Jerusalén comprendió que si yo lo destruí fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos no era un hombre, ni siquiera un judío; se había convertido en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso fui implacable”, afirma zur Linde. Aquí Borges nos toma del cabello y parece decirnos: “Miren allá abajo; observen con minucioso rigor la génesis del espanto”. Esta cita ahonda más que cualquier otra por entre los escondrijos del alma de zur Linde, o sea del alma nazi. Es, quién lo duda, minucioso retrato de la esencia de este alegórico narrador personaje.

A través de todo el relato se halla presente una constante discursiva que se parece mucho al determinismo, pero que no lo es realmente. Se trata de la concepción borgiana de que cada cosa es lo que es porque no puede ser otra cosa. Fíjese el lector en esta cita en que Borges pone en boca de zur Linde varios ensayos explicativos sobre por qué el personaje ve su derrota, el fin, el ocaso de la pesadilla nazi, como algo casi deseable. “...me satisface la derrota, porque me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo... me satisface la derrota, porque es un fin y estoy muy cansado... me satisface la derrota porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo”. A la luz de esas aseveraciones, surge de entre las brumas de la conciencia de zur Linde y, claramente, del ingenio de Borges, una conclusión terrible: en un entramado psicológico como el que plantea Borges, el verdugo es tan inocente de su crimen como lo es la víctima. Cada personaje es lo que es porque no puede ser otra cosa. Estos juegos de Borges tienen como raíz explicativa la clara intención de hurgar minuciosamente en el laberinto de la conciencia humana.

De manera que, planteadas las cosas del modo antedicho e insistiendo, naturalmente, en que esta pasión de Borges por el laberinto es en él casi una obsesión, queda, en consecuencia, casi establecido que Borges el narrador, el intelectual, el filósofo, el artista, no toma partido más que por el proceso creativo, por el arte, por la honestidad intelectual, por las ansias incontenibles y desesperadas de entender al Otro.
  
Notas

Jorge Luis Borges, El Aleph, Alianza Editorial, España, 1999, pp. 93-103. Todas las alusiones al relato Deutches Requiem remiten a la misma fuente.

Véanse dos textos fundamentales de Nietzsche: Así hablaba Zaratustra, Biblioteca Edaf, España, 1985 y La voluntad de poderío, Biblioteca Edaf, España, 1981.

Jorge Luis Borges, Narraciones, Cátedra, Letras Hispánicas, 1994, p. 136.

Fuente  :  Letralia 122


sábado, 8 de noviembre de 2014

Deutsches Requiem. Un texto de Borges sobre el mal




Gustavo Cosacov                

0. Comienzo con fragmentos de un texto de Teilhard de Chardin publicado originalmente en 1946: (1)

“Su cuerpo estaba intacto. Pero a su alma ¿qué le había acontecido?”
“Inevitablemente, en el corazón mismo de su ser, se da cuenta que ha iniciado, ipso facto, una larga cadena de reacciones que, en el breve intervalo de una exposición material, le ha convertido, al menos virtualmente, en un ser nuevo, que no se reconocía a sí mismo.”
“[...] los primeros experimentadores de la bomba atómica se habían tendido sobre el suelo del desierto. Cuando se alzaron, después del estallido, era el hombre el que se erguía en ellos, animado de un nuevo sentido de poder.”
“Y por ello he aquí, en cada uno de nosotros, al hombre abierto al sentido de la responsabilidad y a las esperanzas de su función cósmica en el universo, es decir, transformado, quiera o no, en otro hombre hasta el último fondo de sí mismo.”

Después de la Segunda Guerra Mundial y especialmente después del plan de exterminio del judaísmo a través de la matanza industrial de millones, se ha vuelto a actualizar la cuestión del mal. Hannah Arendt, en 1945, declaraba: “El problema del mal será la cuestión fundamental de la vida intelectual de Europa de posguerra”.
    El acontecimiento de la Shoá ha puesto en entredicho, para numerosos pensadores, la vigencia de la doctrina kantiana sobre el mal radical en el hombre. Así, Hannah Arendt, Adorno, Richard Bernstein, Silber, Zizek, entre otros, han considerado la cuestión y, de alguna manera, han llegado a la conclusión de la insuficiencia de la doctrina kantiana para dar cuenta de lo que pasó allí.

1. En Deutsches Requiem, (2) Borges ensaya la cuestión del límite del mal. Este escrito participa así de aquel conjunto de textos en los que se pone en entredicho la imposibilidad, para los hombres, de hacer el mal diabólicamente. Ciertamente, la doctrina kantiana del “mal radical” supone un hombre que por debilidad, fragilidad o impureza comete acciones malas, aún las más condenables, pero que, en la misma conciencia de la trasgresión rinde tributo al bien que, aunque no puede alcanzar, se le impone al reconocimiento bajo la forma de ley moral. (3) El experimento mental es un recurso metódico válido en filosofía. Tal vez por eso la distinción entre filosofía y ficción literaria no es posible de manera absoluta; y aunque es un poco provocativo hablar de “bomba de intuición” (Dennett) para todo experimento mental, no está mal, quizá, si se habla de este tipo de artefacto en un relato y en una época de cargas explosivas que hacen estallar al sujeto mismo que las porta hasta llevarlo a la autodestrucción. Tal vez no sea una exageración si le damos el estatus de bomba de intuición a un texto que nos aproxima a un aspecto del acontecimiento catastrófico (Shoá). Creo que su lectura nos permite intuir un abismo en el hombre y es el mismo abismo que Kant entrevió al reflexionar sobre el bien y el mal y que los pensadores del signo que entró en la historia con la Shoá han atisbado también: el mundo después de la Shoá no es el mismo. Inmediatamente se abrió una época como la que anuncia Otto zur Linde: implacable.
    Agosto de 1945. Hiroshima, es la confirmación del triunfo de eso que propicia la psique nazi imaginada por Borges. El mundo que habitamos ahora está signado por la catástrofe. Los hornos de la Shoá no se apagan. Quemar a cien mil en un instante en el horno de Hiro­shima apretando sólo un botón permite suplantar el trabajo sobre esa zona del alma que tanto aborrecía Otto zur Linde. En el texto de Borges la cuestión es central (Linde quiere destruir en él lo que ve en su víctima: la piedad). El nazi borgiano impedido de la bravura episódica en el campo de batalla, ha de pasar la prueba de su libertad administrando “un torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad”. No piedad por el prisionero al que tortura, un judío, separado ya de lo humano, sino piedad por el “hombre superior”, él mismo. Aunque es ambigua la frase en el texto que, luego de llamar “insidiosa” a la piedad, dice: “No en vano escribo esa palabra: la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem”. El santo maligno confiesa su debilidad: casi llegó a sentir piedad por un hombre de cincuenta años “pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado”, que “había consagrado su genio a cantar la felicidad”.
    Linde comienza y termina su escritura en trance de muerte, pero sin llegar tampoco al instante borgiano del milagro secreto, sino más bien al temor y temblor, presente como anticipación de la muerte anunciada. Linde todavía no sabe quién es. Aquí Borges abandona el relato y deja a la imaginación del lector a Linde en un punto de indeterminación: dice que sólo su carne puede tener miedo, pero conserva todavía la distancia necesaria para preguntarse cómo se comportará en el instante de la re-unión (primera y última) del que dice “yo” y su carne mutilada.

2. El texto borgiano comienza con un prólogo de Otto zur Linde, de aproximación al mundo de sus antepasados militares y su heroica muerte. Aunque, anota el “editor”, Linde omite a su antepasado más ilustre, vinculado al judaísmo. Es admirable cómo la compasión de Borges por su personaje se expresa evocando que, también él (abominable) se detuvo en Brahms, en Shakespeare y en Schopenhauer. Es alguien que soñó con ser soldado de batallas gloriosas, pero que terminó mutilado, sin gloria militar. Aunque en el hospital, impedido de guerrear y aun de celebrar el triunfo alemán en Bohemia, después de “perderse y olvidarse” en la lectura de Schopenhauer, obtiene una revelación: “no hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas”. Es posible que Linde haya sido castrado como consecuencia de las heridas recibidas en el ataque al barrio judío de Tilsit: para esta conjetura, dos enunciados serían los indicios. El primero, subjetivo (“Símbolo de mi vano destino, dormía en el borde de la ventana un gato enorme y fofo”). El segundo, objetivo: “Se murmura que las consecuencias de esa herida fueron muy graves” anota (Borges), el “editor”.
    Otto zur Linde encuentra su lugar en el mundo como subdirector de un campo de concentración. En este escenario descubre la clave de su pasión: destruir el último resto de piedad (en él) que podría enturbiar la pureza de su elección. Como en una especie de santidad invertida, sigue una ley de índole moral (el nazismo es un hecho moral) superando toda tentación de hacer el bien.
    El narrador sabe que será ahorcado (a diferencia del fusilamiento, ésta es una pena infamante) a la mañana siguiente, al ejecutarse una ineluctable sentencia por “torturador y asesino”. Él se ha declarado “culpable” (aunque sólo en un sentido fáctico, ya que no siente culpa alguna).

3. En el título del texto de Borges, el artículo indefinido (ein) que ha sido suprimido, transforma el sentido de la obra de Brahms de “un réquiem alemán” según lo tituló éste último a “réquiem por Alemania”, Deutsches Requiem. El nazismo es el hecho moral de la autodestrucción (de sí mismo y de Alemania). El título de la obra de Brahms, de Borges, es alusivo a la muerte de Alemania. Tratándose de un réquiem ateo, como el de Brahms, hay que entender esta plegaria como un consuelo a los deudos por el descanso del alma de los difuntos. Pero su irresoluble paradoja es celebrar el cielo desde el infierno. Claro que se trata de un nuevo cielo, ése que renace después del factum destructor del judaísmo y de su enfermedad “la fe de Jesús”. Salvar al mundo que se “moría” de judaísmo y de su enfermedad, es instaurar el valor de “la violencia y la fe de la espada”. La certeza de la contribución a lo que “después de...” Auschwitz, Tarnowitz, Treblinka, queda en el mundo, da satisfacción a la propia derrota de Alemania. Como forma insuperable, el sacrificio de sí (sui-cidio), individual y colectivo, propicia la llegada de un nuevo reino. El “nuevo orden” apetece la entrega total del oficiante, “hasta las heces”. Un extraño amén lo corona: “que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno”. “Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mi me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto”.(4)

4. Alemania ha muerto y un nazi lo celebra. Una época nueva se ha inaugurado y el que va a morir se regocija de esta certeza. Él no hizo nada por obediencia debida, sino por una “libre” aceptación del destino y una denodada pasión por contribuir al “nuevo orden”. Su odio fue certero en el blanco: Alemania. Su logro mayor, el que parece redimirlo ante sí mismo, a pocas horas de la muerte infame en la horca, es haber contribuido a la autodestrucción de la piedad alemana y su propia piedad, abriendo así para todas las naciones una era de violencia arrogante. De una violencia que se quiere mostrar como tal, orgullosa e injusta. Aunque, extrañamente, dice el condenado: “me falta toda vocación de violencia”.(5)
    ¿Qué aspecto medular del judaísmo y del cristianismo odia Linde? “Ignoro si Jerusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma”. Antes ya había declarado: “El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo”.
    ¿Estamos ante un discurso que intenta persuadirnos mediante la ficción, acerca de la posibilidad de un hombre malvado (diabólico) y no sólo de la malignidad del hombre? Más allá del mal radical, que lleva a la transgresión ocasional de la ley moral y, con todo, reconoce su autoridad, se trata, en este personaje, Otto zur Linde, del mal absoluto. Según la doctrina kantiana un hombre absolutamente malo es imposible desde el punto de vista fenoménico; así como es también imposible un hombre santo que se identifique absolutamente con el Bien Supremo.
    En el mismo sentido, pero refiriéndose concretamente al nazismo, Karl Jaspers, en su carta del 17 de agosto de 1946, le dice a Arendt:

Usted dice que lo que los nazis hicieron no se puede entender como un “crimen”. No estoy del todo satisfecho con su opinión, porque una culpa que va más allá de toda culpa criminal inevitablemente cobra relieves de “grandeza”, de grandeza satánica, lo cual es para mí tan inadecuado en el caso de los nazis como toda esa palabrería sobre el elemento demoníaco de Hitler y demás. Creo que debemos ver estas cosas en toda su banalidad, en su prosaica trivialidad, porque eso es lo que las caracteriza en realidad. Las bacterias pueden causar epidemias que borran naciones enteras, pero siguen siendo meras bacterias. Veo con horror toda insinuación de mito o leyenda, y todo lo que no es así de específico es una insinuación semejante [...]. Por la forma en que usted se expresa, casi parece haber tomado la senda de la poesía. Y Shakespeare nunca sabría darle forma adecuada a este material; su instintivo sentido estético lo llevaría a falsificar las cosas, y por eso no podría ni intentarlo.

    Arendt se plegó al punto de vista de Jaspers. Su conocida tesis de la “banalidad del mal” se sostiene en el “rechazo total a cualquier insinuación de ‘grandeza satánica’ o mítica atribuida a los líderes nazis”.(6) ¿Lo intentó Borges en nuestra historia? La confesión de Otto zur Linde es una ficción de tal fuerza que hace creíble el cumplimiento de la confesión que contiene. Es curioso que, en el texto, la injusticia aparezca como una “magnitud negativa”, es decir, con un valor que quiere ser propio. La injusticia como oposición real a la piedad. “La victoria, la injusticia y la felicidad”, como oposición a la paz, la justicia y la dignidad de ser felices. Y precisamente lo que hace verosímil la confesión es la distancia que toma Borges como editor y que le permite introducir, como he señalado, la patología del personaje. Un castrado que no puede cumplir con su sueño originario: ser un militar digno de la estirpe de sus mayores y que dice asumir su destino como modo de encontrar el verdadero sentido de su vida.
    La visión es la de un condenado a muerte por torturador y asesino; un nazi de posguerra. Nada de llanto ni de maldición, sino la conciencia del mal consumado regocija a Otto zur Linde: el triunfo se ha logrado aun a costa de la derrota del Tercer Reich. Una nueva época, implacable, se cierne sobre el mundo. Destruir Alemania (“nuestro querido país”), se justifica si hay que pagar ese tributo para destruir la enfermedad del mundo, el cristianismo, y su causa, el judaísmo.

5. Pero esta transformación no ha abolido la negativa kantiana respecto a la maldad. Ni siquiera la consideración del mal como magnitud negativa cambia esta conclusión. Ningún hombre, en el fenómeno, puede ser elevado a la santidad ni tampoco hundido en el mal en forma pura. Kant insiste desde aproximaciones sucesivas con la misma idea: el carácter inteligible del hombre es malo porque el fundamento de todas las máximas está corrompido. No porque el hombre haya adoptado la maldad como tal. El hombre no puede ser ni santo ni diabólico porque ambos extremos exigen una pureza que no tiene el hombre. Éste es el sentido del razonamiento siguiente:

Por lo tanto, la malignidad de la naturaleza humana no ha de ser llamada maldad si esta palabra se toma en sentido estricto, a saber: como una intención (principio subjetivo de las máximas) de acoger lo malo como malo por motivo impulsor en la máxima propia (pues esta intención es diabólica), sino más bien perversidad del corazón, el cual por consecuencia se llama también mal corazón.(7)

    Para terminar, quisiera señalar lo siguiente: la Shoá, la catástrofe, no ha concluido. Al menos todavía no hay un después de Auschwitz. La transformación que ha operado este acontecimiento es lo que ahora estamos viviendo. Nuestro presente es catastrófico.

N O T A S

1 De Chardin T. “Algunas reflexiones acerca de la repercusión espiritual de la bomba atómica” en El porvenir del hombre (1964). Con profunda agudeza el autor sitúa el momento crucial en el experimento realizado en Arizona, antes del lanzamiento efectivo de la bomba.
2 Se trata de un texto de Jorge Luis Borges publicado en El Aleph en 1949. Cito de la edición de las O. C., 1974, Emecé, Bs. As.
3 Declara Linde: “El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo”. Las cursivas son mías. Borges da muestra aquí de la distinción entre conciencia moral y disposición al bien.
4 Borges, op. cit., p. 580, in fine.
5 Op. cit., p. 567.
6 Bernstein, p. 299 y s.
7 Kant, p. 47, La religión...

B I B L I O G R A F Í A

Bernstein RJ. El mal radical. Una indagación filosófica, M. Burello (trad.), Lilmod, Buenos Aires (2005).
Derrida J. Kant, el judío, el alemán, Patricio Peñalver (trad.),Trotta, Madrid (2004).
De Chardin T. El porvenir del hombre, Taurus, Ensayistas de hoy, Madrid (1964).
Forster R. Memoria y olvido: Derrida lee a Hermann Cohen.
Kant E. “Ensayo para introducir las magnitudes negativas en filosofía” en Opúsculos de Filosofía Natural (1763), Atilano Domínguez (introd., trad. y notas), Alianza Clásicos, Madrid (1992).
Kant E. La religión dentro de los límites de la mera razón (1793), Felipe Marzoa (introd., trad. y notas), Alianza clásicos , Madrid (1995).
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Sichére B. Historias del mal, Alberto Bixio (trad.), Julia Kristeva (pról.), Gedisa, Barcelona (1996).

Gustavo Cosacov
Universidad de Córdoba, Argentina

Fuente : Revista Elementos

Dos versiones del Tercer Reich: El milagro secreto y Deutsches Requiem


DANIEL SALAS

Las preocupaciones de Jorge Luis Borges por el nazismo son significativamente tempranas. La lucidez con la que, desde 1937, juzga severamente los nacionalismos en diversos artículos periodísticos, demuestra su sutil y prematura comprensión de la desmesurada crisis que el fascismo estaba generando en la cultura occidental. José Eduardo González apunta que “Borges saw the emergence of fascist governments in Europe as the return of ‘barbarism’, as a threat to Western civilization in general” (172). Esta aseveración, siendo correcta, sólo puede servirnos de punto de partida, ya que es necesario además comprender en qué sentido, para Borges, el fascismo es una amenaza para la civilización occidental. La respuesta a esta pregunta no se constata únicamente en el reconocimiento de un crimen, de los tantos que han azotado a la historia, sino en la comprobación de que el nazismo es un punto de quiebre para la humanidad.
Edna Aizenberg no solamente ha enfatizado las preocupaciones antifascistas como elementos centrales de la escritura borgiana. También a calificado a Borges como “founder of literature after Auschwitz” (141). “Literatura después de Auschwitz” es un término bastante sugerente, pues expresa el problema de la representación del Holocausto. Así, Aizenberg no se refiere a alguna posible “literatura sobre Auschwitz”, sino a un tipo de escritura que incorpora la crisis espistemológica producida por el nazismo.
Como puede observarse, ello supone ver en el Holocausto la cifra de algo nuevo, de un tipo de suceso que exige una redefinición del acto de narrar. La pregunta se puede plantear de esta manera: ¿de qué modo se puede contar un tipo de suceso que no encuentra su sentido en ningún artificio hasta entonces ejecutado? Aizenberg señala la historia de este cuestionamiento recurriendo a la discusión iniciada por Theodor Adorno:
‘To write poetry after Auschwitz is barbaric’ Theodor Adorno wrote in a much quoted statement (34). His larger boundary-question is: Given the artifice of any work of art, how can adequately, and ethically, represent the catastrophe? Berel Lang, glossing Adorno, argues that keep silent would be worse, that the imagination must do its work of insightful recreation. (146)
Los argumentos presentados por Adorno y Lang muestran así las dos caras del problema: por un lado, la consciencia de que estamos ante un suceso incomunicable, porque las posibilidades de representación se encuentran agotadas; por otro lado, la exigencia ética de encontrar nuevas formas para expresar aquello que no puede ser silenciado.
En este trabajo quiero explicar de qué manera El milagro secreto y Deutsches Requiem, dos ficciones borgianas, construyen artificios que intentan expresar la crisis espistemológica producida por el Tercer Reich. La denomino “crisis epistemológica” porque el problema crucial es discernir modos de aprehensión y conocimiento de un fenómeno. Tanto Jaromir Hladík, el protagonista de El milagro secreto, como Otto Dietrich zur Linde, el protagonista de Deutsches Requiem, son ambos autores que se ven en la urgencia de recurrir a la escritura para definir el sentido de su existencia y de su muerte. Ambos, significativamente, son ejecutados a las nueve de la mañana. Dicho esto, las divergencias en el modo en que asumen su relación con la textualidad marcan su diferencia ética.

El milagro secreto
El inicio de este relato nos remite inmediatamente a las vísperas de invasión de Praga:
La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladík, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boheme, soñó con un largo ajedrez. (El milagro secreto 139)
La presencia de la historia se halla, pues, marcada fuertemente desde el inicio.
Daniel Balderston, quien ha indagado en las fuentes históricas de los relatos de Borges, comenta sobre el lugar que ocupa este relato dentro de la colección El jardín de senderos que se bifurcan: “es sólo en El milagro secreto que Borges toma un acontecimiento histórico muy reciente cuyas ramificaciones no podían ser visibles aún” (103). En opinión de Balderston, Jaromir Hladík reúne a dos figuras de la literatura checa: Vlacac Hladík (1868-1913) y Karel Čapec (1890-1938), ambos prolíficos dramaturgos. Balderston señla que la obra de Čapec, en particular, fue reseñada por Borges y posee similitudes con el drama que el personaje del cuento se propone concluir (99-103). Balderston también destaca el hecho de que el narrador utilice el nombre alemán de una calle en donde por dos años estuvo ubicado el negocio de Herman Kafka. En la fecha señalada por el relato, los nombres alemanes ya habían sido reemplazados por nombres checos y así, afirma el crítico:
al usar nombres alemanes para designar la calle en que vive Hladík y el río que atraviesa la ciudad, Borges está remontándose al período anterior a la Primera guerra mundial o, quizá, está narrando la historia desde la perspectiva de uno de los germanoparlantes no judíos que hubiera simpatizado con la anexión del Sudetenland y con la posterior conquista de Checoslovaquia por los nazis. (97-98)
No parece ser el caso que el narrador evidencie otras simpatías con los nazis. Por ello, de las dos sugerencias de Balderston, prefiero la primera, que sugiere la confluencia problemática de dos temporalidades. Y esto contribuye a sostener que el problema del tiempo se constituye en el elemento central de la experiencia que sufre Hladík.
El problema del tiempo como asunto clave salta a la vista en la alusión histórica, pero también en la frase que califica a Hladík como “autor de la inconclusa tragedia Los enemigos”. Estas dos alusiones marcarán un conflicto con la experiencia del escritor: dentro del tiempo histórico, es el caso que la tragedia ha quedado inconclusa; en el tiempo vivido por Hladík, la tragedia fue terminada.
En el sueño soñado por Hladík esa noche, dos familias ilustres juegan un largo ajedrez en una torre secreta para disputar un premio ya olvidado, pero que se murmuraba “era enorme y quizá infinito” (El milagro secreto 139); se dice también que “en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada; el soñador corría por las arenas de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese punto se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes” (El milagro secreto 139).
La referencia a los relojes del sueño en los que resuena la hora crucial y los que despiertan al soñador señalan ya claramente a la temporalidad como el gran problema que debe afrontar Hladík. Ya en este punto, se anuncia la divergencia entre la temporalidad vivida exclusivamente por el sujeto y la temporalidad de la historia. Dentro de este conjunto de claves, no es difícil concebir que ese premio ya olvidado es el tiempo, “enorme y quizá infinito”.
¿Qué puede significar apoderarse del tiempo sino apoderarse de la historia? Lo que está en juego, por tanto, es la voz que va a permanecer y esto es otro modo de enunciar el poder y el riesgo de la escritura. Que la escritura es una labor riesgosa y que pone al sujeto ante la inminencia de la muerte puede comprobarse en el singular proceso al que es sometido. El narrador no menciona los cargos de los que es acusado Hladík y este detalle enfatiza los rasgos ridículos y paródicos del proceso: Hladík es condenado por ser escritor y judío:
No pudo levantar ninguno de los cargos de la Gestapo: su apellido materno era Jarolavski, su sangre era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante, su firma dilataba el censo final de una protesta contra el Anschluss. En 1928 había traducido el Sepher Yezirah para la editorial Hermann Barsdof. (El milagro secreto 140)
La absurda situación parece ser además un reflejo de las acusaciones que recibió Borges de los nazis argentinos y que motivaron la escritura de su ensayo Yo, judío. No podemos dejar de notar que en estas líneas también reverbera el lenguaje de la Inquisición.
Dictada la sentencia, la preocupación de Hladík se dirige más al modo de la muerte que a la muerte misma:
El primer sentimiento de Hladík fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran arredrado la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de morir era lo temible, no las circunstancias concretas. (El milagro secreto, 140)
La reflexión de Hladík es, ciertamente, extraña, ya que “la horca, la decapitación o el degüello” son formas de ejecución más infames que el fusilamiento. Éste último procedimiento está más asociado a la puesta en escena de un martirio heroico.
Siendo la preocupación de Hladík las circunstancias de su muerte, procede como un dramaturgo imaginando las posibles puestas en escena de su muerte:
Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde muy cerca. (El milagro secreto 140-41)
¿A qué se debe esa obsesión del dramaturgo por figurar la puesta en escena de su ejecución? La inminencia de la muerte lo coloca ante el sentido de su oficio, que es la escritura. Que Hladík sienta el impulso de dramatizar su final puede ser consecuencia de su visión teatral del mundo.
Sin embargo, esta percepción del mundo como teatro se halla en conflicto la idea de que la realidad está separada de la ficción o que, más precisamente, esta última contradice y niega a la primera:
Luego reflexionó que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran proféticos. (El milagro secreto 141)
Hladík teme la capacidad profética de la escritura y esto puede ser un indicio de su timidez al escribir. Hasta el momento, él ha sido un traductor y un comentarista, pero no se ha afirmado como escritor, quizá porque no ha resuelto los conflictos entre las ideas de realidad y de ficción, porque aún siente temor de que la ficción se compenetre con la realidad. El miedo a su propia escritura sólo podrá ser vencido cuando la muerte se convierta en una presencia crítica.
Antes de esta revelación, el dramaturgo intenta negar el poder de la escritura. En efecto, en un principio la muerte parece convertirse en excusa para su obra inconclusa: “A veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar” (El milagro secreto 141). Observemos que el narrador anota inmediatamente que: “[e]l veintiocho, cuando el último ocaso reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos” (El milagro secreto 141). Las consideraciones son “abyectas” porque el escritor pretende encontrar en la muerte una justificación para renunciar a su papel. La llegada de las vísperas de su ejecución produce una urgencia: la de acabar su drama Los enemigos para definir el sentido de su existencia.
Hladík siente por fin que su obra es demasiado pobre como para justificar su vida y su muerte:
Todos los libros que había dado a la estampa le infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de Boehme, de Abnesra y de Flood, había intervenido esencialmente la mera aplicación; en su traducción del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura (El milagro secreto 142).
Podemos derivar entonces que el sacrificio de Hladík carece de valor porque los nazis van a dar muerte a un escritor que se percibe a sí mismo como secundario. Sin embargo, es importante anotar que, dentro de su obra conclusa, Hadlík encontraba “menos deficiente, tal vez, la Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia las diversas eternidades que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado modificable de Hinton” (El milagro secreto 142) Vindicación de la eternidad evoca, por cierto, Historia de la eternidad (y esto enfatiza la relación entre Borges y Hladík, junto con otros detalles como la edad y la disconformidad con su obra temprana) pero también señala la preocupación del dramaturgo por el tiempo. Estas reflexiones sobre el tiempo circular y la inmovilidad ensayadas en Vindicación de la eternidad se volcarán con lucidez en Los enemigos.
Gracias al milagro secreto operado por Dios, Hladík podrá escribir Los enemigos y construir una obra de pleno sentido que pueda oponerse a la muerte banal que le imponen sus ejecutores. El título anuncia una estructura mítica. El drama, en efecto, opera sobre la base del modelo de la hostilidad hasta convertirlo en una neurosis. Como es evidente, el sentido de la enemistad se encuentra en la oposición, lo que significa que el enemigo se define gracias a la existencia de su contrario. En el drama de Hladík, esta necesidad de involucrarse en la enemistad para afirmar la propia identidad se convierte en una enajenación radical, como consecuencia de la cual el enemigo se involucra en la personalidad del rival de un modo obsesivo y cíclico. Jaroslav Kubin, el protagonista, ha adquirido la personalidad del barón de Roemerstadt y está condenado a vivir una escena que se repetirá indefinidamente.
La idea de un objeto que causa una obsesión y que aliena al sujeto al punto de apartarlo de la realidad se halla también desarrollada en los cuentos El Zahir y El libro de arena. En El Zahir una moneda baladí se apodera de la mente del personaje, mientras que en El libro de arena un volumen inverosímil desestabiliza el retiro y la quietud de un lector, quien debe aceptar la existencia de un texto inagotable.
Obsérvese que tanto en el imaginario drama Los enemigos como en El Zahir y El libro de arena se halla presente el peligro de desplazar el sentido de realidad, de apartarse de la situación en la que se desarrolla la existencia. Este es un motivo que se opone, por cierto, a la crítica que convierte a Borges en un autor “irrealista”. Nancy Kanson opina, en efecto, que “[l]os textos de Borges revelan una búsqueda de autonomía ficcional en la que carece de importancia o, mejor dicho, deja de existir, el mundo extratextual” (5). Pero esto es exactamente lo contrario a lo que ocurre en los cuentos de Borges y, como lo podemos ver ahora, en El milagro secreto. Jaromir Hladík debe enfrentar un hecho perfectamente real como la muerte; está, por tanto, marcado por su aquí y su ahora. La definición crucial de su existencia ha de definirse en la conclusión de su escritura. Mientras que críticos como Kanson parten de la separación entre realidad textual y extratextual (una idea que, por cierto, Hladík está por redefinir hacia el amanecer del veintiocho de marzo de 1939); en Borges el texto se convierte en estructurador de la experiencia. La ficción entra en la realidad no para sustituirla, sino para darle forma. Este es, precisamente, el desafío que debe resolver Hladík, quien descubre la clave para no temer a su propia escritura.
Los enemigos guarda, claramente, similitudes con los artificio borgianos. No en vano el narrador afirma que “Hladík preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte” (El milagro secreto 142). Esta postura estética de Hladík se asemeja, evidentemente, a la de Bertolt Brecht. El distanciamiento permite que la obra no se convierta en un simulacro y de este modo pueda expresar el sentido. Así, el drama Los enemigos da forma a un tipo de hostilidad neurótica y, al estar construido como artificio, permite que esta forma permita la comprensión no solamente del tipo de hostilidad que preconiza Kubin, sino de cualquier enemistad análoga.
Kubin expresa un tipo de enemistad que combina el deseo de apropiarse de lo que el rival posee y de eliminarlo. Convertida en fijación, la envidia secreta opera como motor que desencadena el delirio, delirio que, finalmente, termina por destruir al envidioso. El miserable Jaroslav Kubin puede así expresar la obsesión nazi con la apropiación y el exterminio de judaísmo. Hladík es condenado por escribir como judío y, por tanto, lo que lo condena es pertenecer a un espacio de la cultura europea que es codiciado y que debe ser eliminado.
Es importante resaltar que la trascendencia de lo que está por ocurrir durante el fusilamiento de Hladík contrasta severamente con una realidad prosaica, diferente a las aventuradas puestas en escena que el dramaturgo había previsto:
Hladík había previsto un laberinto de galerías, escaleras y pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera de fierro. Varios soldados—alguno de uniforme desabrochado—revisaban una motocicleta y la discutían. El sargento miró el reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que dieran las nueve. Hladík, más insignificante que desdichado, se sentó en un montón de leña. (El milagro secreto 145)
Las circunstancias de la muerte, contrariamente a lo imaginado por Hladík, no señalan nada apoteósico.
Este detalle cobra un sentido especial al ser contrastado con el tiempo secreto concedido por Dios. Como el narrador había señalado hacia el principio del relato, los nazis querían proceder siguiendo el “deseo administrativo de obrar impersonal y pausadamente, como los vegetales y los planetas” (El milagro secreto 140). La muerte del judío debía carecer de significación especial para darle la posibilidad de convertirla en martirio. Pero en la dimensión íntima, se estaba creando una obra de arte que denunciaba la miseria del nazismo, su carácter pobre y limitado que se reducía a una obsesión circular.

Deutsches Requiem

El epígrafe de Deutsches Requiem (“Aunque él me quitare la vida, en él confiaré” Job 13:15) indica uno de los motivos del cuento: la necesidad de encontrar sentido al sufrimiento. En este caso, Otto Detrich zur Linde busca, a través de un ensayo autobiográfico, ofrecer a su muerte un significado trascendental. Como veremos, Linde, aunque admite que va a ser fusilado por “torturador y asesino” (Deutsches Requiem 93-94) figurará su muerte como un martirio necesario para continuar con la tarea heroica de limpiar a la humanidad de la piedad judía.
Es significativo que Otto Dietrich zur Linde se muestre desde una genealogía militar, que abarca tanto el lado materno como el paterno. Afirma que uno de sus antepasados “murió en la carga de caballería que decidió la victoria de Zorndof” (Deutsches Requiem 93), que su “bisabuelo materno fue asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses” (Deutsches Requiem 93) y que su padre “se distinguió en el sitio de Namur, en 1914, y, dos años después, en la travesía del Danubio” (Deutsches Requiem 93).
Hay dos detalles que contrastan con esta relación. El más evidente es la nota a pie de página del editor que señala que:
Es significativa la omisión del antepasado más ilustre del narrador, el teólogo y hebraísta Johannes Forkel (1799-1846), que aplicó la dialéctica de Hegel a la cristología y cuya versión literal de algunos de los libros apócrifos mereció la censura de Hengstenberg y la aprobación de Thilo y Geseminus. (Deutsches Requiem 93)
Esta primera aparición del editor revela que el texto ha quedado como testamento del condenado y que ha sido objeto de una revisión crítica. La presencia de esta nota, además, desestabiliza la solidez de la estirpe que se atribuye a sí mismo Linde. Otras notas a pie de página servirán también para crear una tensión entre la voz del narrador y la de un lector crítico, así como para mantener presente que la escritura autobiográfica implica una labor de ficcionalización y selección de la información, que deja de lado aquello que pueda poner en crisis el sentido central del relato. Antonio Gómez observa que, gracias al efecto producido por estas glosas, “Deutsches Requiem deja de ser un cuento que recrea, sin más, las confesiones de un nazi, para convertirse en la tensión dramática, sutil pero clara, que se establece entre esa confesión y su editor” (146).
El segundo detalle que contrasta con esta operación de filiación a través de la genealogía es el destino que recayó sobre Linde. A diferencia de los antepasados con los que busca enlazarse, él no destaca en la vida militar. En efecto, una mutilación sufrida en Tilsit el primero de marzo de 1939 lo aleja de la guerra y lo lleva a ser nombrado subdirector de un campo de concentración.
Este episodio señala un claro punto de inflexión a partir del cual Linde distancia su destino de aquel de sus antepasados. Ello al punto de que le exige una detenida reflexión. Linde, en efecto, se empeña por demostrar que su la tarea que ahora le tocaba asumir no requería de menos sacrificio que el de sus antepasados:
Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades; más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov. (Deutsches Requiem 98)
La empresa de Raskolnikov es, por cierto, el asesinato de la anciana y la capacidad de despojarse de piedad. Para Linde, ejercer la tortura implica una transformación y un acto de limpieza mucho más radicales que la participación valerosa en una batalla:
El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo. En la batalla esa mutación es común, entre el clamor de los capitanes y el vocerío; no así en el torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad. (Deutsches Requiem 98)
Quizá debido a esta capacidad de reconocer un sentido de renovación moral al exterminio y la tortura, Linde es capaz de decir que “desde el principio, yo me he declarado culpable” (Deutsches Requiem 94).
Esta aclaración tiene mucho significado para comprender el sentido de la biografía que busca elaborar Linde. Uno de los detalles más conocidos de los juicios de Nurenberg es que los inculpados excusaron su responsabilidad en el hecho de que cumplían órdenes. Ya derrotados, los líderes nazis pretendieron así borrar el discurso con el que justificaban sus actos. Linde se convierte así en un caso anómalo. Al admitir su culpa prefiere vindicar su papel y brindar así una perversa lección moral: para afirmar el sentido de sus crímenes se declara culpable ante el tribunal, el cual, curiosamente además, según su punto de vista, “ha procedido con rectitud” (Deutsches Requiem 94). Gracias al elogio de la crueldad y la impiedad que vendrá más adelante, podremos entender que “la rectitud” con la que actuó el tribunal fue la de haber sido capaz de renunciar toda forma de compasión. Linde intenta así ser consecuente con sus ideas: si él no practicó la piedad con sus víctimas, considera virtuoso que que tampoco se la aplique a él.
Unas pocas líneas más adelante, sin embargo, se produce una interesante contradicción. Como un modo de explicar las razones que lo llevan a escribir, afirma: “[n]o pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido” (Deutsches Requiem 94). Podemos salvar esta contradicción observando que Linde se ha declarado culpable, pero que no se siente culpable. Ello puede significar que no le interesa tanto vindicarse ante sus verdugos (a pesar de que acepta el papel que cumplen) sino ante algún lector que extraiga la lección de que lo importante es el triunfo de la violencia, no quién ocupe las posiciones de víctima y victimario.
La autobiografía, en efecto, se dirige a lograr esa demostración.
Para ello, figura la manera en que progresivamente el personaje se adhiere a la nueva moral. Linde cuenta que nació en 1908 y sugiere que tuvo una infancia infeliz, aliviada por la música y la metafísica (Deutsches Requiem 94). Tres nombres marcan en la infancia y la primera juventud el carácter del protagonista: Brahms, Schopenhauer y Shakespeare. El homenaje a estos tres hombres busca el patetismo: “Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable” (Deutsches Requiem 95).
La lectura de Spengler y Nietzsche, a los diecinueve años, será decisiva para aproximarse a la idea de una revolución moral. No se debe, por cierto, asumir como natural que el acceso y la identificación con ambos autores conduzca hacia el nazismo. Lo interesante es observar que, si seguimos fielmente la versión de Linde, él llega a adherirse al partido más por sus lecturas que por sus experiencias fuera de la lectura. Su concepción de la vida y su fe ciega en la urgencia de una revolución moral se urde desde la lectura. Debido a que él mismo señala que sus primeros años fueron “infaustos” (Deutsches Requiem 94), podemos interpretar que Nietzsche y Spengler le sirven al personaje como modelos para explicar y dar sentido a su infelicidad. El señalamiento de la decadencia de Occidente y la promesa de un orden nuevo ofrecen a Linde la posibilidad de eliminar su individualidad y econtrar valor a su existencia como parte de una gran hecatombe:
Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos. (Deutsches Requiem 96)
La desintegración de la individualidad producida por el totalitarismo es uno de los aspectos de estas ideologías que a Borges más le producía abominación. Linde, por el contrario, encuentra en el procedimiento de anulación de la personalidad una forma de liberarse de la infelicidad.
En este punto, el contraste con Hladík resulta revelador. Mientras que para el judío checo la lectura y la escritura son modos de afirmarse personalmente y de involucrarse en una experiencia única, para el nazi, la lectura y la escritura llevan a la destrucción de lo personal. El nazi, desprendido de individualidad, justifica sus actos en razón de una poderosa metafísica que disuelve su responsabilidad. Permitirse la misericordia es, dentro de su perspectiva, una vana presunción, pues implica contrariar una voluntad trascendental que se encuentra más allá del individuo.
La expectativa de participar del combate se ve interrumpida por los disturbios de Tilsit que, como ya expliqué, señalan un quiebre crucial en la perspectiva que el personaje había figurado sobre su destino. A partir de este hecho, Linde regresa al estado de infelicidad de sus primeros años juveniles y debe resituarse en un nuevo papel.
Al narrar los sucesos que lo dejaron discapacitado, una nota del editor afirma que “[s]e murmura que las consecuencias de esta herida fueron muy graves” (Deutsches Requiem 97). Las consecuencias “muy graves” de una mutilación en la pierna, al punto que se confinan a la murmuración, sugieren, por cierto, una castración (Gómez 146).
En muchos otros cuentos de Borges está sugerida la idea de que un acto cifra la vida de un personaje. En el caso de estos personajes, el acto no solamente debe ser ejecutado, sino que debe ser narrado. Para Linde, la llegada al campo de concentración de un tal David Jerusalem produce un desafío crucial. El torturador declara una singular admiración por la obra de este poeta del cual se dice “Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad” (Deutsches Requiem 99). Actuado como crítico de su obra, Linde afirma que “Whitman celebra el universo de un modo previo, general, casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos” (Deutsches Requiem 99). Como veremos más adelante, este estado de felicidad que expresaba la poesía de Jerusalem, en contraste con el sufrimiento padecido en su vida, puede ser una clave para comprender la relación que Linde establece con su víctima.
Muy significativamente, la narración de la tortura de Jerusalem enfatiza las marcas de la narratividad, porque la escritura de Linde, en este punto, se expone como particularmente artificiosa. A Linde le importa el sentido trascendental del acto y su significación moral, no las circunstancias concretas. Por ello, gracias a dos evidencias notorias sabemos que concentra en una figura ficticia el acto (que para él tiene un sentido heroico) de haber anulado toda forma de compasión. Estas evidencias son un nombre emblemático, una descripción prototípica y una nota del editor.
La descripción física de Jerusalem no puede ser más evidentemente artificial: “era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim” (Deutsches Requiem 99). La nota a pie de página no hace sino confirmar esta lectura: “Ni en los archivos ni en la obra de Soergel figura el nombre de Jerusalem. Tampoco lo registran las historias de la literatura [...] ‘David Jerusalem’ es tal vez un símbolo de varios individuos. Nos dicen que murió el primero de marzo de 1943; el primero de marzo de 1939, el narrador fue herido en Tilsit” (Deutsches Requiem 100).
El paralelo que el editor sugiere entre la fecha de la muerte de Jerusalem y la herida de Linde permiten replantear el discurso del nazi, quien se empeña, como hemos visto, en justificar su labor en una metafísica que anula su individualidad. La justificación trascendental de sus crímenes es desestabilizada por la observación de que sus actos pueden ser, en realidad, fruto de un resentimiento profundo que sólo puede saciarse en el exterminio del enemigo a través de un método particularmente cruel. Linde está marcado por un trauma que no se atreve a revelar y que le causa una obsesión. Su castración física se convierte en una seña manifiesta de sus frustaciones. Ello permite que tenga mucho sentido el método de tortura que elige para Jerusalem:
Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria. Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y 4... A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el primero de marzo de 1943, logró darse muerte. (Deutsches Requiem 97-98)
La nota a pie de página marcada con el número 4 dice: “Ha sido inevitable, aquí, omitir algunas líneas. (Nota del editor.)” (Deutsches Requiem 100).
La censura del editor permite concentrar la mirada en las relación entre la víctima y el victimario y menos en el tenebroso acto de tortura. El editor parece evitar que busquemos un placer perverso en conocer los detalles del crimen y que nos observemos que lo realmente perverso está en la forma en que esos procedimientos son dotados de sentido.
La idea de que una obsesión, por banal que fuese, pone en peligro al sujeto y lo enfrenta al horror se desarrolla también en otros cuentos como El Zahir y El libro de arena. Mientras que Jerusalem parece ser un hombre aliviado de sus penas, capaz de cantar con alegría sobre el universo entero, Linde es un personaje incapaz de resolver sus traumas y que se encuentra en una relación de admiración y envidia por el otro. Mediante este extraño procedimiento de tortura, Linde logra transmitir su estado obsesivo, su neurosis, a su víctima.
La relación entre Linde y Jerusalem se muestra así intensamente problemática porque víctima y victimario no son dos entidades distintas, sino compenetradas. De modo perverso, Linde en efecto se identifica con su víctima y convierte a la tortura en un modo de exorcisar sus frustraciones:
Ignoro si Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable. (Deutsches Requiem 100)

Obras citadas

Aizenberg, Edna. “Postmodern or Post-Auschwitz. Borges and the Limits of Representation”. Variaciones Borges 3 (1997): 141-52.
Balderston, Daniel. ¿Fuera de contexto? Referencialidad histórica y expresión de la realidad en Borges. Rosario: Beatriz Viterbo Editora, 1996.
Borges, Jorge. “El milagro secreto”. Ficciones. Bogotá: Oveja Negra. 1997 [1947]. 139-47.
---. “Deutsches Requiem”. El Aleph. Madrid: Alianza Editorial. 93-103.
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González, José Eduardo. Borges and the Politics of Form. New York, London: Garland Publishing, 1998.
Kason, Nancy. Borges y la Posmodernidad. Un juego de espejos desplazantes. México D.F: U Nacional Autónoma de México, 1994.

Fuente : Ficciones