Mostrando entradas con la etiqueta Colecciones Borges. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colecciones Borges. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de marzo de 2014

Jorge Luis Borges: postales de la vida cotidiana




En “Borges. Postales de una biografía”, el coleccionista Nicolás Helft reúne esos “rectángulos de cartón de nueve por trece centímetros” enviados por el autor de “El Aleph” a novias, amigos y familiares, en un abordaje íntimo que permite atisbar emociones, afectos e impresiones, marcadas por la fugacidad o cuya importancia dibuja el paso del tiempo.

Entre las postales, irrumpen fotografías, hojas manuscritas, primeras ediciones con correcciones del autor, ideas, apuntes y una caprichosa biografía que enlaza el recorrido y revela datos curiosos de la vida personal y literaria del escritor.

En una cuidada edición de Emecé, cuyo diseño estuvo a cargo de Sergio Manela, se despliega un universo privado, que comienza con una nota titulada “Manuscrito hallado en la habitación de un suicida (Hotel Las Delicias. Adrogué: 1940)”.

“Borges no llegó a suicidarse en ese hotel de Adrogué, pero el texto no parece ficción”, escribe Helft sobre el manuscrito hallado en un cuaderno de hojas cuadriculadas y tapas negras que contiene, un relato fantástico, un poema y una frase suelta.

El libro incorpora también los recuerdos de `Madre`, Leonor Acevedo de Borges, en la casa familiar de la calle Serrano, en Palermo, un barrio pobre de Buenos Aires cerca del arroyo Maldonado. La familia veraneaba en Montevideo, y desde allí, Georgy y su hermana Norah mandaban postales.

En esa primera parte, hay un esbozo de la madre y del padre, ambos tan influyentes para Borges: Desde el dominio que ejerció sobre él su madre, hasta las enseñanzas veladas de su padre: de forma sutil “lega al hijo la misión del escritor, la de triunfar allí donde él había fracasado”.

Ya en Europa, donde llega la familia en febrero de 1914, hay postales de París, Ginebra -donde vivieron al estallar la guerra-, Milán, Florencia, Munich, Segovia, Madrid, entre otras ciudades.

“No me siento aún totalmente reintegrado a mi patria, mucho menos jubilosa de lo que os imagináis allá en España... Aquí en literatura campean todavía el rubenianismo y el valleinclanismo y los siete pecados capitales y la noche plutónica y los crisoberilos y los silencios de oro. Yo no he iniciado todavía ninguna gesta”, escribe en una carta de junio de 1921, dos meses después de que los Borges volvieran al país.

A Macedonio Fernández, un admirador de su escritura, le manda una postal desde Londres en 1923: “A que puntualizar con intensidad de palabras la caterva de días -ninguno alegre, todos turbios, alguno angustiosísimo- que han pasado por mí desde que le dije adiós a Conce y a Buenos Aires. Mejor a divertirse con tonteras visuales como el grabadito persa en el dorso. Tuyo. Jorge”.

Imágenes de Crítica, dan cuenta del paso de Borges por ese diario, un trabajo donde “frecuenta a periodistas que recorren calles, cárceles, manicomios. El poder, la velocidad y la masividad le dan miedo, pero a la vez lo atraen. Por primera vez en su vida, se divierte escribiendo”, recuerda Helft.

A fines de 1934, viaja con Enrique Amorim por el norte de Uruguay, y a un pueblo perdido en la frontera con Brasil, un escenario del que quedan fotos y postales. Ahí imagina un cuento (”El muerto”) incluido en “El Aleph” en el que Benjamín Otálora, “un compadrito quiere usurpar el lugar de su jefe”.

“Padre, no me dejes, llevame contigo a donde sea que vayas”, escribe cuando este muere en febrero de 1938 (en la versión final del poema, publicada años después, eliminará ese primer verso).

Casi cronológicamente, el texto nos lleva por los caminos transitados por el escritor, a través de fotos de Adrogué, primeras ediciones (El jardín de senderos que se bifurcan), también imágenes como tres esferas que dejan ver parte de un mapa del mundo, imaginado por su amiga Mandie Molina y Vedia. Es en su departamento de la calle Juncal donde Borges lo descubre.

Había un río llamado “La barba de Brahms”; otro “El sueño de Frida”; otro, “El fatigado”; y otro, “Luche Pescuezo”. Había bahías, puertos y un golfo con murciélagos que se llamaba “Lord Jim”. En el medio del mapa, una brújula. Perdida en Tyrpia, un continente hacia el Sur, una ciudad Triste-Le-Roy. ¿De dónde sacó Mandie ese nombre? no sabe, no se acuerda....

“Lo que si recuerda - apunta Helft- es el momento cuando Borges descubrió el cuadro, en una salita de la casa de ella, al lado del dormitorio; se acercó y quedó hechizado, mirando, con sus ojos de miope, cada detalle. También recuerda a Borges caminando con ella por la calle, la mirada perdida, hacia adelante, repitiendo una y otra vez, como un autómata el nombre del conjuro: Triste-Le- Roy...”.

Y el texto reproduce además, facsímiles de sus conferencias, en cuadernos de hojas cuadriculadas donde se amontonan palabras escritas en una letra diminuta, y postales de Resistencia, Mar del Plata o de Playa Carrasco (Montevideo). También de Buenos Aires, del Cabildo, el edificio Safico o la estación del Ferrocarril Sud.

“Como a Estela Canto, a Leonor nunca le mandó cartas, sólo postales. Y esas postales tienen un curioso parecido con las que le mandaba a Estela: igualmente apasionadas, excesivamente patéticas, revelan la necesidad y la dependencia de un hombre solo, que provoca un vocabulario excesivo, un poco ridículo. `Te extraño cada momento` o `Yours ever`, le escribe a su madre.

A finales de 1967, cuando Norman Thomas di Giovanni le propone traducir su obra al inglés, hay cambios en la vida de Borges. El traductor arregla la separación entre el escritor y Elsa Astete y luego inventa una escala en Reykjavik (Islandia), para que Borges formalice su relación con María Kodama.

En esta última postal de la biografía, le escribe Borges a su madre (el 14 de abril de 1971): “Reykjavik es menos monumental que la Municipalidad de Lomas e infinitamente más linda”.

Y se acuerda de su hermana y de su infancia en Palermo. Ella fue su única amiga de aquellos años, menciona el coleccionista; “juntos inventaron a Quilos y Molino, sus primeros personajes de ficción, juntos jugaban en la casa de la calle Serrano y en Villa Esther, la casa de los primos Haedo en Paso del Molino, donde Borges se escapaba a leer, y nadaba en un arroyo de agua fresca, a la sombra de los árboles”.

Entonces Borges dicta su última frase: “Norah, siempre pienso en ustedes y en el jardín desde el balcón”.

Fuente : El Dia – la Plata

jueves, 2 de enero de 2014

La pasión según Bodmer




Leonardo Valencia

Martín Bodmer nació en Suiza en 1899, el mismo año que Jorge Luis Borges. Ambos pudieron coincidir en Ginebra, donde Borges vivió parte de su adolescencia, pero Bodmer vivía en Zürich y era, además, miembro de una de las familias más acaudaladas de su país –el origen de los Bodmer se remonta al siglo XVI–. Borges volvió a Buenos Aires en 1921 y publicó sus primeros libros. Bodmer comenzó a coleccionar libros antiguos y terminó trasladándose a Ginebra en 1939. En estos años, cuando Bodmer adquirió prestigio como bibliófilo, Borges escribió sus mayores cuentos y ensayos, que lo ubicarían como uno de los mayores escritores del siglo XX. No sé, no tengo la fuente ni el dato, y en realidad poco importa, si Bodmer y Borges se encontraron alguna vez. Bodmer murió en Ginebra en 1971 y Borges vendría a morir, a la misma ciudad, en 1986. Bodmer cumplió su sueño: creó una de las más importantes colecciones de libros, la Biblioteca Bodmeriana, al punto que Hans Peter Kraus, otro de los mayores coleccionistas de libros del mundo, lo denominó el “rey de los bibliófilos”. ¿Dónde terminaron por encontrarse Borges y Bodmer, aparte de tener a Ginebra como destino final?

Daré un rodeo. La colección de libros de Bodmer estuvo durante muchos años en Zürich, hasta que al trasladarse a Ginebra, la ubicó en el barrio de Cologny, una exclusiva zona residencial ubicada en una colina. Hizo construir dos pabellones para su biblioteca. En 2003 se convirtió en la Fundación Bodmer, y gracias al diseño del arquitecto suizo Mario Botta, se acomodó una especie de búnker subterráneo donde se visita la colección.

No entremos rápidamente a verla. En la parte de arriba lo que más sorprende es lo silencioso y despejado del lugar. Las guías turísticas de Ginebra no suelen incluirla, llegar tampoco es fácil, el horario de apertura es de apenas cuatro horas. Si algún turista entra, a veces lo hace por el paisaje. Desde su mirador se puede ver el lago Lemán y, en la orilla de enfrente, el edificio de las Naciones Unidas, los barrios de Chambésy y Bellevue; si el día está despejado, se contempla la inmensidad del macizo alpino del Jura. El turista terminará marchándose y será el Lector quien bajará las escaleras de este museo que, como ocurre con muchos bancos suizos, tiene una bodega con riquezas que asombrarían al mundo. Solo que las de la Bodmer no son de oro y diamante, sino de papel.

Pero no cualquier papel. A veces ni siquiera es papel, sino pergamino y papiro. Son manuscritos y primeras ediciones de libros que van desde rollos egipcios del Libro de los Muertos hasta la primera Biblia impresa por Gutenberg, pergaminos medievales de La Eneida, de la Divina Comedia (también tienen la primera edición de la obra de Dante impresa por un amigo de Gutenberg, Johann Neumeister, en el siglo XV) y otros libros que parecen flotar en vitrinas blindadas a lo largo de dos pisos oscuros, donde los silenciosos pasos del Lector encienden automáticamente luces apenas suficientes para que se pueda mirar libros en los que murmuran siglos. La iluminación parece una metáfora del lugar: solo el Lector da vida a un libro cuando se le acerca.

Bodmer se planteó cinco pilares para su biblioteca: Homero, la Biblia, Dante, Shakespeare y Goethe. Solo una de las vitrinas está dedicada al Siglo de Oro español. Son cuatro autores en primeras ediciones: Cervantes, Garci de Montalvo, Lope de Vega y Calderón de la Barca. Luego vienen otras maravillas: primeras ediciones de Avicena, Copérnico, Descartes, Pascal, Newton y Schopenhauer (las de estos dos últimos con anotaciones manuscritas de ambos), un ejemplar de Wagner dedicado a Nietzsche, La Metamorfosis de Kafka (con la portada en la que Kafka prohibió que saliera un insecto), Guerra y Paz de Tolstoi, Los Hermanos Karamazov de Dostoievski, Las almas muertas de Gogol, uno de los últimos poemas manuscritos de Rimbaud de 1872, el Elogio de la locura de Erasmo, manuscritos de Proust, de Flaubert.

No sigo enumerando. No es justo. El asombro no se transcribe en unas líneas tan pobres como las mías. Pero si diré lo que ocurrió al final de este recorrido. Una de las últimas vitrinas tiene ediciones de Hemingway, Faulkner, Dos Passos y Kerouac. La última, la que me importa, estaba dedicada exclusivamente a Jorge Luis Borges. Después del Siglo de Oro el salto bibliófilo atravesaba trescientos años y se posaba en los delgados libritos del autor argentino (El aleph, Ficciones, El libro de arena) y tres manuscritos de una caligrafía diminuta, en hojas cuadriculadas de cuaderno escolar, fragilísimas. Como para insistir en lo frágil, pendían de una especie de carrousel, ocho hojitas del original manuscrito del cuento ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’ y al lado el cuento El sur y el ensayo ‘Dos semblanzas de Coleridge’.

Latinoamérica no estaba representada en la colección. Ahora la Fundación declara que seguirá buscando más obras del autor de Ficciones, porque Borges se ha convertido en el sexto pilar. Compraron estos ejemplares en subastas en Christie’s y al librero Aizenman de Buenos Aires. No los entregó Borges. No hubo un mítico encuentro, una donación memorable en la que Bodmer y Borges pudieron evocar su adolescencia y los primeros libros raros que leyeron. Borges no se encontró nunca con Bodmer. Pero quiero imaginar que sí, que era inevitable, que estaba previsto que el mayor bibliófilo del mundo hospede a quien se formó allí y murió allí, y que siguen conversando en Ginebra y que en esas oscuras bóvedas el Lector escuchará, entre el murmullo de siglos, un rumor en su propia lengua.

Por supuesto, hay muchos más libros en el enigmático fondo ginebrino. Algún día saldrán a la luz. Entonces tendremos el alcance de la pasión de un suizo que creyó, inspirado en Goethe, en la posibilidad de una literatura del mundo. Bodmer no era un nacionalista, lo demuestra su obra y lo mejor del temperamento suizo: la pasión de aceptar que nadie es perfecto. Esa pasión y sus libros protegen la sabiduría de la humanidad.

    El turista terminará marchándose y será el Lector quien bajará las escaleras de este museo que, como ocurre con muchos bancos suizos, tiene una bodega con riquezas que asombrarían al mundo. Solo que las de la Bodmer no son de oro y diamante, sino de papel.


Fuente : El Universo -Ecuador