sábado, 5 de junio de 2010

El Ulises de Joyce



Jorge Luis Borges escribió: “Es indiscutible que Joyce es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo. Verbalmente, es quizá el primero. En el Ulises hay sentencias, hay párrafos, que no son inferiores a los más ilustres de Shakespeare…”.

James Agustine Aloysius Joyce, nacido el 2 de febrero de 1882, vive profundamente la vida del Dublín que será marco ambiental de sus novelas. Se educa con los jesuitas, en Clongowes Wood y en el Colegio Belvedere. Su formación católica continúa en el Colegio Universitario.




En 1902, en contacto con la cultura francesa, abandona sus propósitos de estudiar medicina en París para dedicarse a la literatura. Vuelve a Dublín varias veces; pero, a pesar de sentirse «demasiado irlandés», produce sus obras más importantes fuera de Irlanda. Se establece en Trieste con su mujer, Nora Bernacle, y enseña inglés en la Escuela Berlitz. Más tarde trabaja en Roma como empleado.

Joyce visita por última vez Irlanda en 1912. Vive durante la guerra en Zurich. En París termina y corrige las pruebas del Ulises, frecuenta los medios literarios y comienza el Finnegans Wake. Con Stuart Gilbert pasa dos vacaciones estivales en Inglaterra y hace un viaje a Austria. Al estallar la segunda guerra mundial, después de vivir en Saint-Gérard-le-Puy y rehusar la invitación para trasladarse a Estados Unidos, vuelve a refugiarse en Suiza. Muere en Zurich, a consecuencia de una operación de un absceso intestinal, el 13 de enero de 1941.



Sylvia Beach, la editora del Ulises, al evocar su conocimiento de Joyce, destaca los rasgos característicos de su figura; habla de sus manos casi femeninas, de su estatura elevada, un poco encorvada, flexible; de su aspecto noble y bello, su frente alta y abultada, sus gafas, el suave trazo de sus labios, su mentón marcado, enérgico... Se sorprende, por otra parte, con su hermosa voz de tenor, de timbre puro y agradable que encantaba con claras particularidades fonéticas irlandesas.



James Joyce trabaja en el Ulises durante ocho años. Después de los intentos de Miss Harriet-Weaver, en la revista «The Egoist Press», en 1918 comienza la publicación completa de la novela como folletín en la «Little Review», dirigida en Nueva York por Margaret Anderson y Jane Heap. Esta publicación periódica queda interrumpida por la suspensión de la «Little Review», en 1920, y el proceso de sus directoras. En este mismo año, Sylvia Beach, dueña de la librería angloamericana de París, Shakespeare and Company, conoce a Joyce, se entusiasma con el Ulises y asume la responsabilidad de su publicación.





En febrero de 1922 se pone a la venta la primera edición en libro de la famosa obra de Joyce. Una conferencia de Valéry Larbaud, publicada después en la «Nouvelle Revue Française», la colaboración del poeta norteamericano Ezra Pound y la prohibición que pesaba en Inglaterra y Norteamérica sobre el Ulises, contribuyen a su difusión.



Los ejemplares enviados a los suscriptores de Inglaterra y Estados Unidos fueron confiscados y quemados por las autoridades aduaneras de Nueva York y de Folkestone. Por fin, en 1933, el juez neoyorquino John M. Woolsey levanta la prohibición que pesa sobre la novela y llega la edición norteamericana de 1934.

El Ulises es la novela más compleja de la literatura universal. Su autor asedia desde distintos ángulos la vida real contemporánea; capta miles de matices y superficialidades; describe con aliento épico situaciones y caracteres; explora parcelas inéditas del alma humana; interpreta la corriente de la conciencia; abre las misteriosas válvulas del subconsciente.

En la gran obra de Joyce son frecuentes los virajes: de la percepción objetiva a la introspección, de los crudos brochazos naturalistas a las sublimaciones poéticas. Dos procedimientos estéticos están alternando: un impresionismo estático y un dinámico expresionismo.

El novelista irlandés logra una asombrosa conquista lingüística. El lenguaje es para algunos críticos el principal personaje. En realidad juega tan importante papel en el libro como las experiencias de la vida dublinesa y la andadura de los personajes.

El Ulises se desarrolla en tres planos: la vida cotidiana de la ciudad de Dublín, los secretos de la introspección de los protagonistas y las especulaciones intelectuales y religiosas.



En el Ulises, como en las anteriores narraciones de Joyce, volvemos a encontrar una indudable carga autobiográfica. La novela transcurre en un día estival de 1904, cuando el autor era profesor en una escuela de los alrededores de Dublín. El novelista está encarnado en la conocida figura de Stephen Dedalus; tiene, como él, 22 años, está movido por las mismas preocupaciones intelectuales, sufre una crisis religiosa, salta de lo especulativo a lo sensual.

El escritor dublinés introduce en su roman fleuve personajes de escalonados estamentos sociales: profesores, estudiantes, jesuitas, periodistas, agentes de publicidad, comerciantes, ciudadanos «honorables», marineros, taberneros, cocheros, cantantes, camareros, empleados, alcahuetas, mujeres de vida airada, soldados, guardias, oficiales, vagabundos, mendigos...

El Ulises es un ejemplo de limitación del tiempo cronológico. La acción transcurre únicamente en el día 16 de junio de 1904 y las primeras horas del 17. Desde la primera escena a la última página transcurren 18 horas y 45 minutos.

La estructura de La Odisea sirve de armazón para la novela de Joyce. El novelista irlandés, seducido por la búsqueda de antecedentes clásicos de los acontecimientos modernos, proyecta los episodios de la epopeya homérica sobre el plano de la capital dublinesa, protagonizados por personajes de comienzos de nuestro siglo.

Leopoldo Bloom personifica a Ulises en su condición de hombre errante, desplazado de su hogar, sometido a peligros, burlado. Es un ejemplo contemporáneo de frustración psicológica, desajuste social y discriminación racial.



La acción nuclear del Ulises se proyecta sobre el reducido tiempo presente de un día. El tiempo cronológico coincide aproximadamente con la lectura detenida de la novela. Pero a través de la introspección, de la corriente de la conciencia, del interrogatorio de la tercera parte, se rompe la secuencia temporal con frecuentes saltos al pasado. El presente y el pasado, lo real y lo imaginado, se funden con frecuencia en el repensar de los personajes. Por otra parte, los tiempos psicológicos son distintos, según los episodios. La narración, unas veces se dinamiza, otras se remansa en tempo lento.

Dentro del acontecer presente sobre el plano de la ciudad dublinesa, Joyce ensaya varias veces la técnica contrapuntística. Además del paralelismo entre las andanzas matinales de Esteban y Bloom se apuntan, a través de la segunda parte, rápidas situaciones y percepciones contrapuntísticas. En el capítulo VIII, mientras Leopoldo trata de olvidar la infidelidad de su mujer, Boylan acude a la cita con ella; y la manipulación de la señorita Douce en la llave de la cerveza se sincroniza con lo que está sucediendo en el número 7 de la calle Eccles.



En el décimo episodio, con los pensamientos anhelantes de la joven Gerty se sincronizan los cantos religiosos de la iglesia cercana y los juegos de los niños. Pero el más claro ejemplo contrapuntístico está en el capítulo VII, con la simultaneidad de cuadros protagonizados por personajes distintos: Corny Kelleher cierra su libro diario; el P. Commee sube a un tranvía; un marinero se desliza por la esquina debruzado en las muletas y pide limosna con su gran gorra; pilluelos descalzos chupan regaliz; Boody y Ratey toman la sopa en la cocina llena de humo; la chica rubia prepara una cestilla de flores a Blazes Boylan; la mecanógrafa señorita Dunne escribe y atiende al teléfono...

En el último capítulo del Ulises, Joyce interrumpe el relato normal para servirse de una forma interrogativa que bordea a veces el monólogo, el fluir de la conciencia. El regreso inseguro, vacilante, con «resaca», de Bloom y Dedalus está sometido a un minucioso interrogatorio.

El taladro de las interrogaciones, formuladas en forma gramaticalmente impersonalizada, descubre el deambular de los protagonistas, su conversación, sus preferencias, sus divergencias, sus recuerdos infantiles y juveniles, sus sensaciones volitivas.

Las 80 páginas de este insólito formulario, estructurado como un catecismo o un interrogatorio judicial, nos sirven para reconstruir las fichas completas de los protagonistas: relación entre sus edades, encuentros anteriores, circunstancias, carácter...

Las respuestas forzadas, rápidas o minuciosas saltan de lo subjetivo a lo objetivo: de los pensamientos de Bloom a sus esfuerzos para entrar en el patio y abrir la puerta de casa; de sus manipulaciones a las estadísticas del caudal de agua de la ciudad de Dublín; del fenómeno de ebullición a la minuciosa descripción del aparador...

El interrogatorio se desplaza sobre Bloom o Dedalus o se proyecta sobre los dos. Después de la despedida de Esteban, Leopoldo se queda solo en la alta noche y todas las preguntas se centran sobre sus sensaciones, sus pensamientos, sus gestos. Joyce nos descubre entonces su habitación, su mobiliario de pequeño burgués; cataloga los libros de su pequeña biblioteca; reproduce su lista de gastos del día; penetra en sus planes para hacerse rico; revisa lentamente el contenido de los cajones; ausculta reminiscencias e impresiones presentes...

Con los actos de acostarse, un nuevo problema se incorpora a la corriente de la conciencia del héroe: su mujer Marion, envuelta en ideas de celos, de envidia, de sexualidad.

Fuente : Varela Jácome, Benito, Renovación de la novela en el siglo XX
Biblioteca Virtual Cervantes

jueves, 3 de junio de 2010

Borges en Mar del Plata


Marcángeli, Borges, Lecuna

Este reportaje es la transcripción del programa de TV que organizó, produjo y realizó el 18 de agosto de 1981 la Dirección de Cultura de Mar del Plata, a cargo de Luis Alberto Lecuna. La emisión se realizó por LU86 TV Canal 8, bajo la dirección de Juan Palmegiani, y para la conducción del mismo fue especialmente elegido el Dr. Ignacio Zuleta, por ese entonces destacado profesor de la Universidad Nacional de Mar del Plata.


Zuleta: Hemos caminado esta mañana con Borges, en un hermoso día que casi parecía primaveral, y mirando el mar nos acordamos de Melville...
Borges: Es cierto, que tiene ese primer capítulo sobre el mar y el sentido digamos... mágico del mar ¿no? Esa cosa movediza, cambiante...
Zuleta: Misteriosa...
Borges: ...Sí, que viene a ser un símbolo de nuestra vida, un signo de los tiempos también... Qué raro... Días pasados me leyeron un soneto mío que yo había olvidado, y que admite por lo menos un verso afortunado... A ver cómo es... Lo digo: "Antes que el tiempo se adueñara el día..." Antes que tal cosa...
No... espere... "El mar, el siempre mar, ya estaba y era..." Y yo había escrito muchos poemas sobre el mar, muchos cuentos, pero creo que esa línea puede rescatarse, bueno, siquiera durante un minuto, ¿no?, "El mar, el siempre mar, ya estaba y era..." lo demás es olvidable y ha sido bueno, claramente olvidado.
Zuleta: Usted es ha sido el que ha rescatado quizás para el conocimiento de nuestra lengua, a través de sus traducciones a Melville, precisamente.
Borges: Si.
Zuleta: Recientemente, recuerdo una edición de sus novelas cortas.
Borges: Sí, una novela corta de él, pero qué raro pensar que casi todo lo que se ha pensado, soñado y escrito y eventualmente publicado en América, en las Américas, provenga de una región, la de New England. Piense usted que la Historia no sería lo que es, que no seríamos quienes somos - ya que la Historia es una entidad - sin Emerson, sin Melville, sin Emily Dickinson, sin Thoureau, sin
Hawthorne, sin Henry James...
Zuleta: Que todos pueblan la misma región...
Borges: Sí, todos eran vecinos, y muchos de ellos eran hombres genios, en cambio hay, bueno, otros países, otras regiones relativamente estériles, comparando. Yo no sé si los astrólogos tienen alguna explicación para esto...
Zuleta: ¿Usted tiene alguna explicación, Borges?
Borges: No, no tengo ninguna. Encuentro que ese hecho es no menos misterioso que el resto del universo, no es menos misterioso que usted y que yo, por ejemplo... Es muy curioso eso... Ah!, no, y me olvido de otro, de Edgard Alan Poe, que nació en Boston.
Zuleta: Efectivamente, claro.
GERALD era de Long Island,
Borges: Bueno, también estaba Marck Twain de Missouri, Abrahnson.
Bueno, en fin, tenemos otro gran nombre, que era el máximo poeta de su tiempo, Frost, que aunque nació en California, se identifica como un poeta de New England.
Zuleta: Robert Frost...
Borges: No sé si he mencionado a Emily Dickinson, creo que sí, a quien está traduciendo ahora una gran escritora, que espero no olvidemos, Silvina Ocampo, que está preparando un libro, una antología, de Emily Dickinson.
Zuleta: Que ha sido recordada en Buenos Aires, no se si usted sabe...
Borges: Si, me dijeron en una pieza de teatro.
Zuleta: Que se llama "Emily", que tiene mucho éxito en Buenos Aires en este momento.
Borges: Sí, pero no la he visto
Zuleta: Hay un revival de Emily Dickinson, ¿no?
Borges: Y con toda razón. Ahora, qué raro! Ella era amiga de Emerson, cambiaron muchas cartas. Ella dijo, frase que solemos olvidar, que la publicación no es parte esencial del destino de un escritor. Que lo importante es soñar, escribir, pero que en cuanto a publicar, eso es aleatorio. Y casi toda su obra se ha sido publicada póstumamente. Se encontraron en casa de ella, yo estuve en su casa, uno de esos pueblos de New England
Zuleta: Angeles
Borges: Si, exactamente, sí. Sin embargo son lugares distintos, como las ciudades del norte de Italia, por citar un ejemplo ilustre... Bueno, se encontraron cajones de la casa que estaban llenos de versos, y juntándolos se han publicado ediciones más o menos completas, aunque siempre aparecen cartas porque ella
gustaba mandar cartas en verso, y muchas naturalmente se perdieron. Qué raro, era la mujer más sola...quizás...
Zuleta: Vivió recluida años...
Borges: Sí, ...y quizás más apasionada de América o de las diversas Américas, y que ha dejado esa obra espléndida. Yo recuerdo estos versos ahora:
" Farewell is all we know of heaven, and all we need of hell..."
"La despedida es todo lo que sabemos del cielo, y todo lo que
precisamos del infierno..."
Ese carácter dual de la despedida ¿no?. Es quizás el modo más intenso de estar con alguien, de saber que esa vez es la última, la despedida es quizás la forma más vívida de la presencia , ya que contiene toda la riqueza de la ausencia, de la inmediata ausencia, además. "...and all we need of hell" "Y todo lo que precisamos del infierno..." Con eso nos basta, con eso tenemos cielo e infierno...
Creo poder recordar tantos versos de Emily Dickinson...
Zuleta: Aquí Emily Dickinson nos habla a través de Borges, como esta mañana, por ejemplo nos hablaba Paul Groussac...
Borges: Yo no me atreví nunca a conocerlo a Groussac. Como era un hombre muy rígido, que me daría mi merecido, Ernesto Palacio quiso presentármelo, yo no me animé a conocerlo, como casi no me animé a conocerlo a Lugones tampoco, y luego nos dimos valor Eduardo González Lanuza y yo. Fuimos a visitarlo a Lugones. Cada uno tenía miedo de que el otro lo viera no sé, un poco adulador de Lugones. Fuimos muy impertinentes con él. Lugones, que era un hombre muy inteligente se dio cuenta de eso, y nos perdonó nuestra impertinencias, lo cual era raro en él, un hombre tan severo, tan difícil, pero se dio cuenta de que éramos impertinentes por timidez, o por no ser demasiado elogiosos, ya que lo dos profesábamos el culto a Lugones. No podíamos ver una puesta de sol, todos los muchachos del momento sin recordar:
"Y muero como un tigre al sol eterno...", por ejemplo, o pensar un jardín sin recordar: "El jardín con sus íntimos retiros / al otro lado del sueño, fácil jaula..."
En el caso de Groussac yo diría que lo más importante no es cada uno de sus libros, sino el estilo. El hecho de que él encontró una música nueva del castellano. Y Alfonso Reyes que fue tan indulgente conmigo, a quien siempre me es tan grato recordar, me dijo: "Bueno, Groussac me ha enseñado cómo debe escribirse el castelllano". Eso me lo dijo Reyes, quizá el mejor prosista de la lengua castellana, en este o en otro siglo, de este o del otro lado del Atlántico.
Zuleta: Sería en este caso Groussac, siendo nuestro "Conrad" ...
Borges: Es cierto, sí. Qué trágico el destino de Groussac. Porque el escribió: "Ser famoso en la América del Sur, no es dejar de ser un desconocido". Lo cual es cierto, entonces. En el suelo americano él no era famoso, y ya no podía serlo, y no aspiraba a serlo.
Zuleta: Pero nos enriqueció.
Borges: Nos enriqueció, y él no sabía que cumplía con ese destino platónico suyo de enseñar el buen manejo del castellano a quienes solían perderlo, en lo que Lugones llamaba: "prosa de sobremesa", o en una prosa muy retórica en el sentido más melancólico de la palabra. Y si algo se ha hecho después, fue gracias a Groussac y gracias a Lugones...

Zuleta: Bueno, estamos recordando la figura de Lugones, al que hemos mencionado, y Lugones es uno de los primeros poetas que introduce el tango. Usted recuerda, habla de la habanera por allí, y luego...
Borges: Si pero a él personalmente no le gustaba. Él dijo "ese reptil de lupanar". Al mismo tiempo, él me recitó versos que él decía que eran de Contursi, que yo creo escritos por él. Porque yo he hablado con la hija de él, que se llama Gladys Contursi, inevitablemente, ¿no?. Bueno, Gladys es Claudia en galés, sí. Y él me
recitó unos versos que no recuerdo ahora, que él atribuyó a Contursi y que yo creo que eran invención de él. El usó el nombre de Contursi como rima en Lunario Sentimental, rimándolo adecuadamente con "cursi".
Zuleta: Usted ha escrito tangos...
Borges: No. No he escrito un solo tango en mi vida. He escrito muchas milongas. A mí la milonga me parece, bueno, superior al tango, desde luego. El tango viene a ser como la decadencia de la milonga, sobre todo el tango sentimental, y sobre todo lo que se ha dado en llamar tango ahora que no se parece a un tango, ¿no?. Lo que escribe este señor ¿Cómo se llama? Pianola... No sé cómo...
Zuleta: Piazzolla
Borges: Ah!, bueno, "Piazzolla", como quiera usted... No. Yo he escrito muchas milongas. La milonga corresponde, creo realmente a la tradición popular. La milonga es algo que le hubiera gustado digamos a Ascasubi por ejemplo, y no porque el tango no le hubiera interesado. Él no podía conocerlo. Hay una estrofa del Martin Fierro, que se habla de un baile, y él busca esas tres rimas, que son
chandango, fandango y creo que guarango, y si la palabra tango hubiera estado disponible, él la hubiera usado. Pero creo que era imposible, ya que el Martín Fierro se publica en el año setenta y dos, y se supone que el tango nace en los prostíbulos, puede ser del Rosario, en un barrio que se llama Sunchales, en Rosario Norte, en los prostíbulos de la calle Yerbal, al sur de la península de
Montevideo, o en lo que se llamaba el barrio tenebroso de Buenos Aires, los lupanares de Lavalle y de Junín, que eran en el centro de la rufianería entonces.
Los instrumentos del tango según un soneto de Marcelo Delmaso eran piano, flauta y violín. Creo que en la Boca usaban ya un instrumento alemán, el bandoneón. En cambio la milonga. era popular y usaba un instrumento popular, la guitarra, ya que antes en Buenos Aires, uno no podía caminar por la calle sin oir no digo gente que tocaba la guitarra, pero sí gente que templaba la guitarra, no se si sabían tocarla. Yo he sido amigo de payadores, y tengo la impresión que no sabían tocar la guitarra, sabían templar la guitarra, sabían dos o tres acompañamientos, y luego podían payar incesantemente, pero no tenía ningún sentido lo que decían, ya que al pueblo lo que le interesaba era la forma, si los versos eran más o menos octosílabos, todo andaba bien, en cuanto al sentido, nadie se preocupaba.
Yo recuerdo con Mastronardi una noche, entramos en un almacén, en la calle Canning, en Palermo, y un señor con una guitarra nos saludó, y nos dijo algo a nosotros:
"Siéntese con eminencia / en el sillon soberano / si se sienta su
presencia / se habrá sentado lo humano", lo cual no quiere decir absolutamente nada, pero son versos bien medidos y que riman, lo cual era lo importante para los payadores.
Zuleta: Ahora usted, enfrente al tango no tiene gustos entonces
definidos, usted lo rechaza como forma o...
Borges: Es algo sentimental que me desagrada, pero no los tangos viejos, los que se escribían cuando yo era chico, que eran dos : El Choclo y La Morocha. Yo creo que se hicieron otros tangos... Entonces había era mucha música sentimental, mundana, francesa, hecha de estilos, desde luego muy tristes, la zamba no había llegado a Buenos Aires, tampoco, y el tango se oía muy de tanto en tanto. Usted puede vivir en Buenos Aires sin escuchar un tango nunca. Creo que en Montevideo pasa lo mismo, ¿no?, que sin embargo son las dos ciudades
del tango. Ahora milongas he escrito muchas y todas tratan de hombres reales, es decir, de cuchilleros o de uno de mis barrios, Palermo, sobre todo del lado de la penitenciaría, en los fondos de la Recoleta, que lo llamaban "la tierra del fuego", y otras más recientes, de cuchilleros de Turdera, cerca de Adrogué, cerca de Lomas. Es decir, del norte y del sur.
Zuleta: Y usted escribió esta milongas pensando en la música que luego se puso, o iba a componerlas como poemas?
Borges: No, a mí me propuso esa posibilidad Guastavino, que me dijo
"Usted va a escribir unas milongas" y yo le dije :"No sé, yo creo que
no", pero una mañana me desperté, y sin querer, ya había compuesto
una milonga, y se la dí a él, creo que se llama "Milonga de los dos hermanos" está basada en un hecho que ocurrió en Turdera. Yo estuve hablando hace un mes, con la sobrina de uno de los asesinos, uno que mató a su hermano.Y Felix De la Paolera tiene una fotografía muy linda del rancho de los Iberra. Frente al rancho de los Iberra hay un árbol, no sé que árbol será - en botánica soy tan
exiguo como en mis otros conocimientos - pero sé que está lleno de herraduras, puestas ahí para desear buena suerte, no se cuántas había... quince o veinte herraduras, y creo que ya no existe.
Esa fotografía fue sacada hace muchos años, y De la Paolera la tiene... De la Paolera que me vincula tan gratamente a Cuyo, donde me doctoraron por primera vez en la vida, y después otras universidades han plagiado a Cuyo... Harvard, La Sorbona, Tucumán, La Plata, Oxford, todas esas... Ese doctorado es el que me conmovió más, claro.
Y era el primero. Jamás había soñado ser doctor. Yo era un vago bachiller ginebrino, pero llegar a doctor, así en un acto en un gran teatro, fue una gran sorpresa para mí, y eso llegaba desde tan lejos, desde Mendoza. Más lejos antes que ahora, ya que viajamos entren, salimos al alba de Retiro, y llegamos al alba del otro día a Mendoza, y Félix de la Paolera había estado toda la noche caminando de arriba a abajo, sin dormir... Bueno, no había mucho que hacer en
Mendoza, nos esperó en la estación y nos llevó al hotel. Y al lado del hotel recibí ese doctorado que me ha conmovido más.
Zuleta: ¿Podemos hacer una pausa, Borges?
Borges: Sí...


Lecuna y Borges, en las inmediaciones de la Villa Victoria
Mar del Plata, agosto de 1981

Zuleta: Estuvimos hablando de la milonga, y yo recuerdo que en uno de
los filmes que se hicieron sobre libreto suyo y de Bioy, se cantaba una milonga muy hermosa, era en la película "Invasión"
Borges: Sí, pero ese libreto fue muy cambiado, habían barajado el orden cronológico de la historia. No sé porqué lo hicieron. Habían barajado de tal modo la película. Habían empezado por el fin, luego venía el principio, luego la parte del medio. Porqué se hizo así, no lo sé. Yo suministré creo que dos de las muertes, pero yo no soy responsable del texto y menos del orden en que se filmó.
Zuleta: Ahora usted, junto con Bioy Casares...
Borges: Hicimos dos films: "Los orilleros", y "El paraíso de los creyentes".
Zuleta: ¿Se filmaron?
Borges: No creo que no. Nosotros tuvimos escasa fortuna cinematográfica, o mucha porque a lo mejor eran malos los films... No se sabe.
Zuleta: Pero historias suyas fueron filmadas...
Borges: Pero con escaso éxito , salvo una que incluso es muy superior al original, lo cual no es decir mucho: "Hombre de la esquina rosada", por René Mugica. Luego hubo una película muy disparatada, llamada "Días de odio" - el director luego me pidió disculpas por lo que había hecho - que era realmente absurdo, basada en un texto mío, basada en un cuento mío Emma Sunz
Y ahora creo que han hecho un film que adolece de incesto, de homosexualidad, de esos factores, sobre el cuento mío "La Intrusa", no sé cómo lo han conseguido, manchado de homosexualidad e incesto y pero parece que se ha hecho...
Zuleta: ¿Podrá verse, con todo eso?
Borges: No. Espero que no, espero que lo raspen todo. Ahora yo no sé si es posible censurar algo omitiendo algo. Si un texto está contaminado, digamos, no puede cambiarse. Por ejemplo, una gran novela, "The picture of Dorian Gray" de Wilde, está de algún modo manchada de homosexualidad, aunque no se menciona eso en ningún momento. De modo que yo no creo que la censura pueda proceder por mutilaciones, puede proceder por omisiones o por prohibiciones.
Mutilaciones no sirven.
Zuleta: Ahora, usted no había puesto todo esto en la Intrusa?
Borges: No, nada de eso. Yo precisamente había hecho que los personajes fueran hermanos, para alejar toda sospecha de una rivalidad. Pero ahora resulta que no, que se consigue eso, que además de hermanos, son homosexuales, de modo que mis previsiones han sido malas, han sido contraproducentes
Zuleta: Un editor, hace algunos años, recogió sus crónicas de cine.
Borges: Sí, pero esa colección fue mal hecha, porque faltan las principales. una revista que dirigió Carlos Vega. Se basaron en lo que yo publiqué en Sur, y sólo pusieron. Ahora por qué el investigador no se tomó el trabajo de consultar
quizás otras publicaciones, yo no sé. Yo prefiero no ser juzgado por esa colección incompleta.
Zuleta: Qué cine le gustaba Borges, como crítico y como expectador?
Borges: Me gustaban mucho los films del oeste, y siguen gustándome, a pesar de mi ceguera. Me gustaban mucho los filmes épicos de Joseph Von Stenberg, no los que hizo con Marlene Dietrich, que eran lamentables, pero aquellos films llamados por ejemplo, "La ley del hampa", "La batida", esos films en los que trabajaban Bancrof y Colery yo he comentado esos films, que me gustaban muchos. Esos films épicos, digamos... Y creo que Orson Welles, que nos dejó ese film "Citizen Cane", es un discípulo, en todo caso digamos, un heredero de Von Stenberg. Silvina Ocampo me dijo que el mejor film que había visto era "El Conde de Chicago", también de gangsters.
Ahora, todos sentimos, cuando empezó el cine hablado, que eso emprobecía al cine, era una lástima que el cine, que era un lenguaje de imágenes, oral, cayendo inmediatamente en manos de la ópera. Todos pensamos: "-Qué lástima, que ahora es hablado"... A quienes nos gustaba el cine, lo sentíamos de ese modo, lamentamos eso.
Zuleta: Era cargarlo de anécdotas
Borges: Sí, de anécdotas y al principio, era intolerable porque eran simplemente óperas fotografiadas. Usted veía abrir la boca a Jeannette Mac Donald o a Maurice Chevalier, no son espectáculos tan agradables que digamos... ni el énfasis de la fotografía.
Me gustaban mucho las películas de Buster Keaton. Me parece muy superior a Chaplin, y que tiene la ventaja de no ser nunca sentimental, en cambio Chaplin era vanidosamente sentimental desde el principio hasta el fin en sus películas.
Zuleta: Y se dice que Chaplin nunca toleró el sonido.
Borges: Él pudo trabajar con los mejores actores del mundo, pero prefirió trabajar con una serie de mascotas, digamos, donde él tenía siempre el rol principal. El personaje que provocaba risa o lágrimas era él... donde él siempre tenía el personaje principal. Yo creo que las primeras películas eran buenas, por ejemplo, aquella que se llamó "La Quimera del Oro", "The Gold Rush"... Una linda
película.
Últimamente , he visto poco cinematógrafo, no se si la opinión de un ciego puede ser muy valedera... Después vino la ceguera, así que no tengo derecho de hablar del cinematógrafo, aunque he oído muchas veces "West Side Story"
Zuleta: La película musical, donde aparecen los riqueños
Borges: los portorriqueños, que más bien parecen andaluces...
Zuleta: ¿La música le resulta grata?
Borges: Me gusta Gershwin, desde luego... y Porgy and Bess
Zuleta: Borges ha sido aficionado a la música. ¿Qué le dice la música a Borges?
Yo no puedo hablar de música, soy un sordo musical, aunque me enternecen mucho los blues, los spirituals, y sin ningún derecho, la música de Brahms.
Yo no sé si seré poeta o no... Y qué raro! Los músicos...Los poetas no sienten o no sentimos, cosas distintas no sienten la música del verso.
Yo creo tener oido para el verso y para la prosa. Yo creo que hay oído para el verso y para la música o para lo que se llama música. Bernard Shaw hablaba de "rol music"
Zuleta: Rubén Darío
Borges: Y a quien le gustaba la música era Shakespeare, que habla mucho de ella.
Zuleta: Hablábamos de Lugones en su momento, y ahora ha salido Darío.
¿Significa algo Darío para la formación de su poética?
Borges: Yo creo que Darío tiene ante todo, una importancia histórica. Él renueva muchas cosas. No sé si fue un poeta. Yo creo que no. Yo creo que su importancia fue digamos, métrica, sobre todo, como la de Lugones también, haber innovado pero no sé si eso basta para ser un poeta. Quizás sobra, pero ya es otra cosa. No sé si en una antología debe figurar.
Pero se tiende a juzgar a los escritores por su importancia en la historia de la Literatura.
Por ejemplo, yo creo que Capdevila, era un gran poeta, pero como no ejerció ninguna influencia, no se lo recuerda. Banch, tiene un libro espléndido, no se lo recuerda. En cambio hay poetas menores que han modificado el curso de la
literatura. Son recordados por los lectores.
Creo que son dos hechos distintos. Lo importante es no haber influido en la historia de ese género, sino ser excelente en ese género, ser inolvidable en ese género..
Zuleta: La obra de Joyce, "Ulises", es una obra que tendría esa importancia histórica
Borges: Pero qué raro que la novela no depende de líneas, tampoco de
páginas, tampoco de capítulos, sino del conjunto, Dédalus y
Bruce, pero no los conocemos, en el sentido en que conocemos digamos los personajes de Conrad.
En el caso de Joyce quedan frases irreproducibles.
Zuleta: Quiza era un poeta que no encontró su género. En las poesías que había dejado, ya había encontrado su voz. No sé porqué se le ocurrió dedicarse a la novela menos verbal, digamos, ya que la novela es ante todo el recuerdo que la novela deja...
Sin embargo uno recuerda el mundo, o el mundo de Dickens o el mundo de Conrad, o el mundo de Cervantes
Zuleta: De los escritores españoles contemporáneos, quizás Unamuno es uno de los que con los cuales más se identifica usted.
Borges: No como modelo de estilo, ya que buscaba la fealdad, la oquedad, pero sí como un hombre que es un pensador incesante
Zuleta: ¿Qué obra recuerda usted de Unamuno con mayor afecto?
Borges: Los ensayos. Yo creo que los ensayos. Creo que la vida de Quijote y Sancho fue un error, a ser un poeta ya que sin él no existe. Creo que Cervantes lo madrugó a Unamuno, ¿no? Yo perdí mi vista como lector en el cincuenta y cinco. Una antología de Quevedo, una antología de Lugones.
Zuleta: Quizás los españoles se hicieron más eco de la polémica aquella que hubo, entre Lugones y Herrera... Quién habá plagiado a quién...
Borges: A los crepúsculos del jardín, pero si uno piensa que habían sido publicadas en revistas tan poco esotéricas como Caras y Caretas, indiscutible. Herrera había muerto, él había sido amigo de Herrera, la viuda vivía. Pero luego, cuando Lugones muere, en el año 1938, tres escritores orientales, repiten esa anécdota, ese hecho... Todos ellos sabían que Lugones era el maestro, y lo dijeron muy honrosamente.
Zuleta: Ya podemos bajar un poco la luz, ¿no?
Borges: Creo que sí...

Fuente : http://borgesmardelplata.blogspot.com/

La ex Cervecería Munich



Cuando la ciudad miraba al río

La historia de esta cervecería está ligada a los nombres de Ricardo Banús y el arquitecto Andrés Kalnay., que juntos decidieron encarar el proyecto de construir en las cercanías del Balneario Municipal una cervecería que evocara los locales cerveceros de la ciudad de Munich.

Se inaugura en 1927, siendo desde entonces uno de los paseos favoritos de los porteños. Los testimonios de la época indican que por allí pasaron Alfredo Palacios, Alfonsina Storni, Borges, Fangio, Oliverio Girondo, Bioy Casares, por sólo citar algunos de los personajes locales. A nivel internacional se sentaron en sus mesas el Príncipe de Gales y Antoine de Saint Exupery.

Desde lo arquitectónico la idea principal fue hacer visible el edificio desde cualquier lugar del parque con su silueta en forma de pirámide. La construcción esta ornamentada en el exterior e interior con motivos alusivos a la tradicional cerveza alemana.



En el avance tecnológico también la Munich sobresalió por la extraordinaria capacidad de almacenamiento y refrigeración de cerveza, ya que la cámara ubicada en el sótano podía refrigerar hasta 50.000 litros. En este lugar, también, se ubicaron las instalaciones frigoríficas, que en ese entonces eran las más grandes del país, a excepción de los grandes frigoríficos para exportación.

El arquitecto Kalnay utilizó símbolos que remiten a la cultura de la ciudad de Munich. En el techo del salón interior están moldeados en yeso dos edificios emblemáticos de Munich: la Catedral y la Alcadía.



En la ornamentación se ve repetida la figura de un monje y una cabra, ambos se relacionan con el origen de la cerveza negra, ya que la historia cuenta que los monjes italianos de la orden de San Francisco de Paula en Baviera la utilizaban como sustituto de los alimentos durante los ayunos de Cuaresma, además la palabra bock (negra) en varios dialectos germánicos significa macho cabrío.

En los pisos del salón principal, el león representa el principado bávaro; el pequeño monje símbolo y escudo de la ciudad; el barco representa el Río Isar que atraviesa Munich y, por último, el hombre vestido de levita y galera mostrando un chopp representa a los pobladores ricos que asistían a distintos patios cerveceros.

A principios de la década de 1970 cerró sus puertas.
Actualmente alberga al Centro de Museos de Buenos Aires.
El edificio está situado en Av. de los Italianos 851 (Costanera Sur).
Texto de Gabriela Sharpe

Fuente : http://www.elarcadigital.com.ar

miércoles, 2 de junio de 2010

Borges en San Juan



Jorge Luis Borges visitó San Juan en sólo dos oportunidades, en noviembre de 1981 y en septiembre de 1984. La primera fue para una serie de conferencias de las cuales no quedó registro, salvo las publicaciones periodísticas y el recuerdo de los memoriosos. La segunda, mucho más difundida y prolongada (estuvo siete días), fue para el Congreso de Literatura Argentina que se realizó en la provincia.

Sobre la primera visita el profesor Juan Mariel Erostarbe recuerda que en la conferencia que vino a dar en el Teatro Sarmiento le consultó al público: "¿Sobre qué tema podemos hablar esta tarde?". "Le propusieron muchos, hasta que una señora le pidió hablar de la luna. A él le pareció fantástico, tanto que habló durante dos horas y media, fue increíble todo lo que dijo. Lástima que de eso no hay registro escrito".

El público quedó en ese momento impactado, no sólo por sus relatos sino por su humildad y calidez. "Borges hablaba como si pidiera permiso para decir cada palabra, con un gran respeto por el mundo intelectual del otro, sin imponer sus pensamientos, disculpándose por entrar al mundo del otro", dice Juan Mariel Erostarbe.

La segunda visita, más formal que la anterior, estuvo vinculada a su participación en la apertura del Congreso de Literatura Argentina donde recibió la distinción de "Doctor Honoris Causa", otorgado por la Universidad Nacional de San Juan (de esta oportunidad existen todos los registros de sus discursos en el Instituto de Expresión Visual de la UNSJ).


Las gestiones para que muchos de los escritores que participaron de aquel congreso llegaran a la provincia, estuvieron precisamente a cargo de Mariel. Fue el encargado de viajar a Buenos Aires y tomar contacto directo con algunos de ellos. Los resultados fueron los mejores, sobre todo con Borges.

Mariel cuenta que visitó a un primo suyo, que era el edecán del entonces presidente de la Nación, Raúl Alfonsín, en la Casa Rosada, donde se encontró casi por casualidad con el mandatario, y no sólo lo invitó a que viniera a entregarle a Borges el título Honoris Causa, sino que además le pidió que le hiciera algún contacto para llegar a él. Así, Alfonsín le entregó una tarjeta con la que fue a visitarlo al departamento donde vivía.

Primero lo llamó por teléfono para preguntarle si aceptaba recibir el título de la Universidad, un reconocimiento que sólo le fue otorgado en el país por las universidades de Tucumán, Mendoza y San Juan, según recuerda el profesor Erostarbe. "Se mostró fascinado con la idea y después me recibió en su departamento de calle Maipú. Recuerdo que estaba él con su gata y su empleada salteña. El ambiente era sencillo, modesto, conversamos hasta que llegó la noche, sin prender la luz. Hablamos de la cábala, los números, la vida y la muerte. Fueron tres horas inolvidables charlando".

En ese encuentro prometió que vendría a la provincia para sumarse a la troupe de escritores entre los que también estaba María Ester De Miguel, Ana María Barrenechea y otros tantos destacados. Además de su participación en el Congreso, Borges almorzó en la bodega Peñaflor, donde compartió junto al entonces rector de la UNSJ, Hugo Médici, el agasajo organizado por la familia de Mario Pulenta.

Otra de las personas con las que tuvo contacto directo fue Mónica Porroli, en ese momento titular del Instituto Güiraldes, a cargo de la comisión organizadora del congreso, y actualmente radicada en Mendoza. En una entrevista realizada por REVISTA OH! en 1999, evocando el centenario del nacimiento del escritor, recordó un momento en el que ella lo acompañó del brazo para ingresar a la apertura del congreso: "Mientras caminábamos él percibía los flashes de las cámaras a pesar de su ceguera, y me dijo «sonría porque seguramente esos aplausos son para usted». Borges tenía esa personalidad tan particular ante la cual sería pecado de insensibilidad no sentirse impactada, aún cuando pueda gustar o no su obra literaria".

Guillermo Quiroga Yanzi fue el encargado de protocolo del congreso, razón que le permitió compartir la intimidad del escritor. También recordaba por aquel entonces que Borges nunca pidió ningún tratamiento especial ni comidas costosas o complicadas. Quiroga compartió cada momento, desde el baño diario hasta las largas charlas, y fue sus ojos al momento de elegir la ropa del día. Según recordaba nunca se comportó como un académico, sino que se mostraba tímido y reservado, y no aceptaba con facilidad los elogios. El hecho más impactante para Quiroga Yanzi fue la despedida, cuando le dijo "Bueno, Quiroga, ahora ya somos amigos, ¿no?". Sin contar el poema inédito que le dictó y le dedicó personalmente (ver recuadro con poema).

Un almuerzo en la casa de Bertha de Abner fue la otra oportunidad que tuvo sólo un reducido número de personas para tomar contacto directo con el escritor. Una de las comensales fue la profesora Beatriz Mosert de Flores. "Eramos un grupo de viejos intelectuales los que nos reunimos allí, y lo primero que recuerdo es cuando Anita Barrenechea le dijo «¿usted a qué cree que fueron los alumnos de literatura inglesa al congreso?, sólo fueron a verlo a usted», y él le contestó «nunca lo había pensado de esa manera, yo creía que se decía algo importante». Una ironía espontánea, pero que conservaba la pureza de las almas que están más allá de las circunstancias o de la gloria del reconocimiento", recuerda la profesora Mosert.

"En aquel congreso pudimos reunir a tantos grandes, sentíamos que estábamos cumpliendo con la cultura y, encima, en la cuna de Sarmiento. Nos marcó para siempre a todos los que participamos, sobre todo el contacto con ese Borges maravilloso al que uno admira profundamente". Dos pasos por San Juan que dejaron huellas de un Borges cálido, sencillo, que no deja de sorprender más allá de la muerte.

Fuente : Diario de Cuyo
11 de junio de 2006

La herencia entrerriana en Borges


Iris Estela Longo

Paraná (Entre Ríos) Argentina
ielong@hotmail.com

Frente a la impresionante diversidad de temas que desde hace décadas vienen acumulándose en torno al universo de Jorge Luis Borges, nos atrae la posibilidad de fundamentar la ligazón, consciente o no, que mantuvo el escritor con la provincia de Entre Ríos. Sin desconocer que esa coordenada imaginaria ya ha sido indagada suficientemente en lo que atañe a sus antepasados, entre otros por Alejandro Vaccaro, quien en su ensayo titulado Georgie (Una vida de Jorge Luis Borges). 1899-1930,[1] reunió interesantes datos sobre el bisabuelo inglés, Edward Young Haslam, y sus hijas Carolina y Frances Ann, referidos al período en que los tres vivieron en Paraná.

Por entender que la temática no ha sido agotada, nos proponemos el rastreo de los otros hilos, a nuestro juicio generosos y significativos, que unen la vida y obra de Jorge Luis Borges con la tierra natal de su padre.


1. LA NOVELA DEL PADRE

El interés de Borges por Entre Ríos era inevitable. Se trataba nada menos que de la comarca donde su abuela Frances Ann Haslam se enamoró del coronel Francisco Borges, y donde nació su padre, Jorge Guillermo Borges. De manera que el niño creció entre relatos familiares que girarían no pocas veces en torno a personas, sucesos y lecturas vinculados con esa provincia. Jorge Guillermo, de quien Jorge Luis heredó seguramente el sentido del humor, intentaba explicarle a su madre, “una respetable señora inglesa”, que, a pesar de haber nacido en Entre Ríos, él fue engendrado en la pampa. Sin embargo, tanto se compenetró con el ambiente entrerriano, que lo eligió como escenario de su primera y única novela, El Caudillo. Por su parte, Leonor Acevedo contaba que entre sus primeras letras estaba “El nido de Cóndores”, de Olegario Víctor Andrade, y solía recitar el poema íntegramente.



A propósito de la novela de Jorge Guillermo Borges, publicada en Palma de Mallorca en 1921 y reeditada por la Academia Argentina de Letras en 1980, nos llamó la atención que en el excelente prólogo de Alicia Jurado a esta segunda edición, no se mencionara al regionalista entrerriano Martiniano Leguizamón, ni a su novela Montaraz, publicada en 1900, con prólogo de Roberto J. Payró, y reeditada por sexta vez en 2.000, al cumplirse el centenario de su aparición. Es posible que la prologuista no hubiera leído el libro de Leguizamón, pero salta a la vista que tanto el autor de El Caudillo como su hijo, conocían la obra del entrerriano: su nombre y condición de regionalista figuran en el ensayo Evaristo Carriego, que Jorge Luis publicó en 1930. Al recordar que Carriego era, de generaciones atrás, entrerriano, reflexionó que “una dulzura sin pudor tipifica las más deliciosas páginas de Leguizamón, de Elías Regules y de Silva Valdés” (OC 114), páginas que incluye en el criollismo romántico típico de los modos literarios de la época. Se nos ocurre que del cotejo de ambas obras surgen evidentes analogías; verbigracia, el hecho de que Montaraz recree un período de nuestra historia que conocemos imperfectamente: la lucha entre los caudillos y sus temerarias montoneras en el Siglo XIX, década del 20, y que en EL Caudillo la acción se ubique hacia 1870, con expresa referencia al asesinato de Urquiza: “Mi padre -dice Borges­- escribió su novela, que evocaba los viejos tiempos de la guerra civil de la década de 1870, en su Entre Ríos natal” (Autobiografía 28). La temática de la narración es de cuño romántico, así como su final trágico y la inclusión del costumbrismo. Las dos parejas protagónicas responden a los moldes heredados de aquella escuela literaria: Apolinario Silva, el héroe de Montaraz, y Carlos Dubois, el de El Caudillo, son dos jóvenes apuestos, de piel morena, ojos claros y cabello oscuro; cierta melancolía de sus rostros denuncia en ellos una infancia desdichada: uno creció sin la cercanía de la madre, el otro no la conoció. En lo que concierne a las heroínas, Malena, la novia del montaraz, y Marisabel, la enamorada de Dubois, son dos muchachas en plenitud, de rostro moreno, ojos negros y brillantes y mirada soñadora, con profundas ansias de vivir y amar; las dos sufren una muerte violenta, y es en estos momentos cuando el relato alcanza su mayor fuerza dramática. En cambio, si el estilo de Montaraz se prodiga en adjetivaciones y descripciones subjetivas, el de El Caudillo, más sencillo y directo, acusa la evolución beneficiosa que experimentó la expresión escrita al cabo de los veinte años transcurridos entre una y otra obra. Pero a ambos novelistas los acerca el propósito de testimoniar una época conflictiva en la región litoraleña.

La novela El Caudillo fue motivo de tiernas referencias en la Autobiografía de Jorge Luis; recordó que, antes de morir, su padre le dijo que le gustaría mucho que se la reescribiera de una manera sencilla, y eliminara “los pasajes grandilocuentes y floridos” (52). Fue un proyecto que el hijo mantuvo pendiente durante mucho tiempo: “...Me gusta pensar en esa tarea como un diálogo que no se ha interrumpido y una colaboración muy real”(152).

2. EL “ANTIGUO ENTRERRIANO”

Lo que sigue pertenece a los recuerdos de la historiadora entrerriana Beatriz Bosch, autora de Urquiza y su Tiempo, expuestos en más de una oportunidad, en entrevistas y también ante quien esto escribe. Ella evoca una casi ignorada visita de Jorge Luis Borges a Paraná en tiempos difíciles (1952, época peronista), para dictar una conferencia, que contó con un público discreto en cuanto al número, pero distante (después vino dos o tres veces más, y las largas filas para oírlo abarcaban dos cuadras). Lo fue a buscar al Plaza Hotel, y mientras caminaban por calle San Martín, D. Jorge Luis le confió que nunca había imaginado que alguna vez saldría a pronunciar conferencias ( confesión que años más tarde comentarían varios de sus biógrafos). Finalizada la conferencia, muy pocos se animaron a cenar con él en el modesto restaurante de la Sociedad Italiana, frente a la Plaza Alvear. Eran cuatro o cinco -puntualiza-; entre ellos el ex gobernador Raúl Uranga. Al otro día, alternó con Juan L. Ortiz y Julio H. Meirama, quien lo condujo en su automóvil hasta la estación del ferrocarril, desde donde viajaría hasta Gualeguay. A Beatriz Bosch se le iluminan los ojos cuando rememora que le llevó a la estación un ejemplar de la primera edición de Historia Universal de la Infamia, para que se lo autografiara. Ninguno de los cuatro contaba con una lapicera para el caso. “No sé de dónde Borges sacó un cabito de lapicera (tal vez se lo daría Meirama) y grabó fuertemente los caracteres: “A.B.B. con la amistad del antiguo entrerriano J.L. Borges, 1952”. Después, ya en su casa, ella le pasó la tinta ( lo de “entrerriano”, dice, era por el recuerdo de su padre, nacido en Paraná en 1874).

3. LA LLANURA, LIBERTAD Y CORAJE

Ya el bisabuelo inglés, Edward Young Haslam, había hecho justicia al encanto de Paraná y sus alrededores, en los textos que publicó en el periódico The Southern Cross en 1876, y que Vaccaro incluyó en el libro citado. Al señalar en “Noticias desde una tierra feliz”, la formación geológica con marcas distintivas del lugar, destacó “el rostro liso de la naturaleza, brillando con toda su belleza de follajes lujuriosos y pastos verdes recorridos por un río plateado” (411). También impresionó este paisaje a Jorge Guillermo, quien alabó en El Caudillo “la llanura de tomillo tierno, que rozaba el espejo de las aguas y tajamares, morada del junco y de las garzas y patos reales” (65). Como es de imaginar, tal geografía, signada por espacios sin límites, encontró entusiasta acogida en la temática de Jorge Luis.



Tanto Alicia Jurado como Ana María Barrenechea señalaron la asociación de ideas que hacía Borges entre las palabras “libertad” y “llanura.[2] Inagotable, infinito, desaforado, incesante y vertiginoso, fueron algunos de los adjetivos con que éste calificó los espacios amplios, entre los cuales incluyó a la llanura de la provincia de Entre Ríos, por más que en su relieve, conformado por los movimientos tectónicos que en lejanas épocas levantaron discretamente el suelo en el litoral argentino y lo elevaron por sobre el nivel de la pampa, se destaquen las “cuchillas” o lomadas embellecedoras de su paisaje. Consecuencia de esa asociación resultan los numerosos pasajes de su obra en que aparece el tema de la llanura, ya descripta, ya vinculada a las peripecias de los protagonistas, en ocasiones junto a lo entrerriano. En el cuento “El Sur”, Juan Dalhmann, pese a que se dirige a su estancia en el Sur, encontró, en el almacén que alguna vez había sido punzó, a un hombre “como fuera del tiempo” que le recordó, por su vestimenta, algunas discusiones con “gente de los partidos del Norte o con entrerrianos” (OC 528). Y la palabra llanura es la que elige para el cierre del cuento. Allí abandona a sus personajes, en el espacio incesante donde la soledad y el silencio presagian la tragedia futura. Reflexiona en “El muerto” que, así como los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, él (“el hombre que entreteje estos símbolos”), ansía la llanura inagotable que resuena bajo los cascos; Otálora arriba a una estancia perdida de la interminable llanura, un ámbito sin determinar; luego, un jinete sombrío, el capanga o guardaespaldas de Azevedo Bandeira que habrá de matar a Otálora, llega desde las cuchillas. Y tal vez la gravitación que esa topografía cobró en sus preferencias temáticas, lo decidió a otorgarle a un entrerriano el protagonismo de su cuento “La otra muerte” (571). En efecto: el amigo Gannon le escribe desde Gualeguaychú, y lo anoticia de la muerte de Pedro Damián, de quien el narrador aclara que era entrerriano, de Gualeguay, y había combatido en Masoller, a las órdenes de Aparicio Saravia; los últimos años los pasó en un puesto ubicado a dos leguas del Ñancay. Según la versión del coronel Dionisio Tabares, Damián había flaqueado en Masoller, pero la del doctor Amaro, de Paysandú, que militó igualmente en la revolución de Saravia, es totalmente opuesta: “Pedro Damián murió como querría morir cualquier hombre. (...) Tan valiente, y no había cumplido veinte años. (...)...también gritó ¡Viva Urquiza!” ( 573). Para el creador de otra conjetura, Ulrike von Kühlmann, Pedro Damián “pereció en la batalla, y en la hora de su muerte suplicó a Dios que lo hiciera volver a Entre Ríos” (574).

La referencia a lo entrerriano se reitera en otros cuentos: Santiago Fischbein, de “El indigno”, es entrerriano, de Urdinarrain ( 1029); Clementina Juárez, la madre de Rosendo Juárez, de “Historia de Rosendo Juárez”, solía hablar “de sus allegados en Concepción del Uruguay” (1034); la heroína de “La señora mayor” “seguía abominando de Artigas, de Rosas y de Urquiza” ( 1049); en “El estupor”, la familia de Moritán, que murió cuando él era muy chico, parece “que era de Entre Ríos” ( 1127).

4. GAUCHOS, CAUDILLOS, GENERALES

Ramírez y López Jordán hacen frecuentes apariciones en sus escritos. Infaltables al contar anécdotas, apoyadas principalmente en la tradición oral de la familia:

A fines de 1870, fuerzas de López Jordán comandadas por un gaucho a quien le decían “El Chumbiao” cercaron la ciudad de Paraná.(...) ...los montoneros lograron atravesar la defensa y dieron, a caballo, toda la vuelta a la plaza central, golpeándose la boca y burlándose. Luego, entre pifias y silbidos, se fueron. La guerra no era para ellos la ejecución coherente de un plan sino un juego de hombría. ( OC 152).

Entre sus milongas, dos se ocupan de conocidos entrerrianos: uno, Francisco Ramírez: ¿Quién dirá de quiénes fueron
Esas lanzas enemigas
Que irá desgastando el tiempo
Si de Ramírez o Artigas?

“Milonga para los orientales”( Para las seis cuerdas, 967)

El otro, Calandria, protagonista también de la comedia criolla del mismo nombre, compuesta por cuadros de costumbres muy entrerrianos, que Martiniano Leguizamón publicó en 1898, aunque se estrenó dos años antes.[3] Ambos escritores retratan a Calan-dria, pero en la pluma de Leguizamón el matrero se redime por el amor;[4] la visión de Borges es realista, acata la versión primitiva, la leyenda del matrero hábil para el manejo del acero:

Servando Cardoso el nombre
Y Ño Calandria el apodo,
No lo sabrán olvidar
Los años que olvidan todo.
(...) Siempre la selva y el duelo,
Pecho a pecho y cara a cara,
Vivió matando y huyendo,
Vivió como si soñara.

(“Milonga de Calandria”, 971-972).

En la segunda edición (1955) de Evaristo Carriego, entre las Páginas Complementarias se encuentra “El desafío”, un relato de Borges hecho de historia y de leyenda, que a su juicio prueba el culto del coraje; además se incluyen dos cartas recibidas a raíz de la publicación de “El desafío” en La Nación del 28 de diciembre de 1952. A una de ellas, datada en la ciudad entrerriana de Concepción del Uruguay, la firma el Sr. Ernesto T. Marcó, quien le hace conocer al escritor un hecho similar ocurrido en el Saladero San José, próximo a Gualeguay, protagonizado por un negro del personal del Saladero, hábil en el manejo del facón, y el paisano que un día llegó para probarse con él (169-170).

Al referirse a los gauchos en Elogio de la Sombra, Borges niega que éstos hubieran dado a la historia un solo caudillo: “Fueron hombres de López, de Ramírez, de Artigas, de Bustos, de Pedro Campbell, de Urquiza,, de aquel Ricardo López Jordán que hizo matar a Urquiza, de Peñaloza y de Saravia” (1001). Barrenechea registró que la montonera entrerriana figura en dos versos de los cinco poemas que dedicó a su abuelo paterno: “...la montonera jordanista en los montes”, en “Al coronel Francisco Borges (1833-1874”) y “...los montoneros en el Entre Ríos”, en “La suerte de la espada”( La expresión de la irrealidad en la obra de Jorge Luis Borges y otros ensayos, 343-365). “Fue soldado de Urquiza”, reitera Borges en El Oro de los Tigres (OC 1111).

5. URQUIZA VS. ROSAS

La figura de Justo José de Urquiza no podía desvincularse, en la memoria de Borges, de la de Juan Manuel de Rosas. Casi siempre las referencias al binomio giran, como es de prever, en torno a un hito histórico: la batalla de Caseros, de 1852, en la que triunfó el entrerriano, posibilitando la organización constitucional del país, largamente postergada. En sus páginas estas presencias se cruzan, y los juicios a que esa pugna da lugar, aunque no demasiado complacientes para con el Organizador, en la cuenta final lo favorecen. Ambos ocupaban espacio en las conversaciones familiares: el coronel Francisco Borges Lafinur, abuelo de Jorge Luis, había peleado en Caseros a las órdenes de Urquiza; Suárez, el marido de la hermana mayor de Frances Haslam, fue huésped de Urquiza en el Palacio San José; a su turno, Jorge Guillermo Borges lo criticó abiertamente en El Caudillo. Al referirse a Don Andrés Tavares, protagonista de su novela, dice:

En los primeros años de su actuación la dictadura ejercida por el gran Patrón de San José, dictadura personal y absorbente que ensombrecía la figura de los caudillos menores, paralizó su acción. (33)



El ensayo Evaristo Carriego contiene un ácido retrato de Urquiza, sostenido por una batería de términos peyorativos: empaque, chúcaro, mazorquero, adefesio, rumboso:

En Palermo entró el otro Rosas, Justo José, con su empaque de toro chúcaro y cintillo mazorquero punzó alrededor del adefesio de galera y el uniforme rumboso del general (OC 106).

Tampoco Rosas sale ileso de sus acusaciones:

Un hombre obeso y rubio que recorría los caminos limpitos, de pantalón militar con viso colorado y chaleco punzó y sombrero de ala muy ancha (...) De Palermo salió en un atardecer ese hombre temeroso a comandar la mera espantada o batalla de antemano perdida que se libró en Caseros (106).

La condena de Rosas es incuestionable, y de sostenida vigencia en la pluma de nuestro escritor: tanto, que no pudo evitar asociar su caída en la batalla de Caseros con el triunfo de la llamada Revolución Libertadora de 1955 sobre el gobierno del General Perón:

Buenos Aires hacia mil novecientos cuarenta y seis engendró otro Rosas bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos (El Libro de Arena, 14).

Un capítulo de Otras Inquisiciones, titulado “Las alarmas del doctor Américo Castro”, se refiere a las “supersticiones convencionales” que a su criterio padecía el doctor Castro: una de ellas, pensar que Rosas fue un caudillo de las montoneras, un hombre a lo Ramírez o Artigas, hasta el punto de que lo llamó, “ridículamente, centauro máximo” (OC 655). Juicios parecidos a los que reitera en el libro Prólogos, cuando se ocupa de Sarmiento o de Hernández. En el pórtico a Recuerdos de Provincia señala que Sarmiento imputa a Rosas la decisión de exagerar su afinidad por los rústicos, “afectación que sigue embaucando al presente y que transforma a ese enigmático hacendado-burócrata en un montonero arriesgado, a la manera de Ramírez o de Quiroga” ( Prólogos 132).

Por cierto que no escapa a la crítica de Borges el “revisionismo”, esa cuestión urti-cante de la historia argentina, en la que no rehúsa tomar partido:

Hacia 1922 nadie presentía el revisionismo. Este pasatiempo consiste en “revisar” la historia argentina, no para indagar la verdad, sino para arribar a una conclusión de antemano resuelta: la justificación de Rosas o de cualquier otro déspota disponible. Sigo siendo , como se ve, un salvaje unitario ( OC 52).

En suma: Borges buceó repetidamente en el pasado entrerriano; y a sus guerras civiles, caudillos y generales, héroes y villanos, matreros y personajes legendarios, recurrió una y otra vez mientras recreaba la tradición oral alimentada por los integrantes de su propia familia y por los amigos que convocaba la tertulia hogareña.

6. LA AMISTAD ENTRERRIANA

Creo que la amistad es la pasión que salva a los argentinos.
(Autobiografía 98).

1. Evaristo Carriego

Cuando se le requerían los nombres de las personas a las que dispensó su afecto, admitía que la amistad fue una parte indispensable en su familia y en su propia vida. Y esta elección del calificativo - indispensable-, no era caprichosa ni casual: los amigos, entre los que se contaban Evaristo Carriego y Carlos Mastronardi, compartieron muchas horas en la existencia de los Borges. En varias ocasiones recordó que la aparición de las Misas Herejes del entrerriano Carriego, fue el tema de su primer artículo crítico. Y que al oír en su infancia los versos de “El Misionero”, de Almafuerte -cuyo significado no comprendió-, recitados en voz alta por el comprovinciano de su padre, descubrió que la poesía podía ser, no sólo un medio para comunicarse, sino una pasión :

Hace algo más de medio siglo, un joven entrerriano que venía todos los domingos a nuestra casa, nos recitó en el escritorio, bajo los azulados globos del gas, una tirada acaso interminable y ciertamente incomprensible de versos (...). Hacia esa noche el lenguaje no podía haber sido otra cosa para mí que un medio de comunicación (...); los versos de Almafuerte que Evaristo Carriego nos recitó me revelaron que podía ser también una música, una pasión y un sueño. ( Prólogos,11).

Sobre este punto, el momento en que le fue revelada la poesía, curiosamente encontramos una referencia parecida en la primera de las conferencias que nuestro escritor dictó en la Universidad de Harvard entre 1967 y 1968 , y que La Nación de Buenos Aires dio a conocer antes de ser publicadas en libro.[5] Pero esta vez indicó como detonante de la revelación, un soneto de John Keats, “On First Looking into Chapman´s Homer” (“Al asomarse por primera vez al Homero de Chapman”); cuando lo oyó -dice- en su lejana niñez, de labios de su padre. Entonces tuvo esa revelación ( y emplea casi las mismas palabras): que “la poesía, el lenguaje, no era sólo un medio para la comunicación sino que también podía ser una pasión y un placer”. Ahora no importan la primacía ni el cambio de circunstancias y personajes en esa vivencia conmocionante -los versos de Almafuerte en Carriego o los de Keats en Jorge Gui-llermo-; lo sugestivo es su ubicación en las lecturas en voz alta que se realizaban en el hogar familiar, de las que el entrerriano fue asiduo espectador y protagonista.

No le resultó sencillo situar los merecimientos de Carriego en la literatura argentina, pero le aseguró un lugar digno al sostener que “modificó y sigue modificando la evolución de nuestras letras” (Prólogos 42). En el libro que le dedicó, contó, a través de recuerdos propios y ajenos, que su corta vida transcurrió entre Paraná - la capital de su Entre Ríos natal-, y Buenos Aires, donde era muy bien recibido en su hogar; eligió a Roberto F. Giusti para evocar su físico magro, el eterno traje negro y la vida que centelleaba en sus ojos:

Repito esto de Giusti, en el número 219 de Nosotros: magro poeta de ojitos hurgadores, siempre trajeado de negro, que vivía en el arrabal (...). La vida, la más urgente vida, estaba en los ojos. ( OC 113).

y en lo que atañe a su vocación por las letras, conjeturó que la heredó del abuelo escritor, el doctor Evaristo Carriego[6] -famoso por la valentía con que se opuso a erigirle una estatua en vida a Urquiza- :

...cuando la legislatura del Paraná resolvió levantarle a Urquiza una estatua en vida, el único diputado que protestó fue el doctor Carriego, en oración hermosa pero inútil (114).

En su conversación, Carriego solía referirse a “la heroica muerte erótica de Ramírez, desmontado a lanzazos del caballo y decapitado por defender a su Delfina “ (ll6).

Tres años antes de morir, el 9 de julio de 1909, el autor de Misas Herejes le dedicó un ejemplar a Jorge Guillermo, su “compatriota de la República de Entre Ríos”.

Borges encareció la entrerrianía del amigo en uno de sus textos más bellos, donde revela además el conocimiento y disfrute de la literatura oriental, cuya afinidad con la producción de Martiniano Leguizamón le inspira una reflexión no exenta de ternura sobre el criollismo practicado en una y otra banda del Río de la Plata:

Carriego era, de generaciones atrás, entrerriano. La entonación entrerriana del criollismo, afín a la oriental, reúne lo decorativo y lo despiadado igual que los tigres. Es batalladora, su símbolo es la lanza montonera de las patriadas. Es dulce, una dulzura bochornosa y mortal, una dulzura sin pudor tipifica las más belicosas páginas de Leguizamón, de Elías Regules y de Silva Valdés (114).

Entonación decorativa y despiadada, dice, aludiendo a las dos vertientes por las que se deslizó el criollismo romántico del Siglo XIX y primeras décadas del XX, bien representado en las páginas de Martiniano Leguizamón, Elías Regules y Fernán Silva Valdés: por un lado, la descripción de paisajes y de tipos, la exaltación del alma nativa y del amor; por el otro. una narrrativa de marco histórico con proliferación de guerras, luchas civiles, montoneras, lanzas, banderolas y golillas. Y para equiparar las calificaciones de “decorativo y despiadado”, Borges convoca a los tigres, esos tigres que fueron la pasión de su infancia y que permanecieron después en sus sueños ( en uno de ellos quiso causar un tigre). Andando el tiempo, los tigres y el oro de sus rayas metaforizarán una cualidad esplendente de la poesía (Gracias(...) por el oro que relumbra en los versos, dirá en El oro de los tigres, OC 937); y volverán a brillar en la música verbal de Inglaterra, en los ocasos, en el mito, en la épica y en el amor ( Oh un oro más precioso, tu cabello / que ansían estas manos, 1138 ).

Pero su voluntad de esclarecimiento lo insta a extender el párrafo:

Puesta a versificar, vacila entre la acuarela y el crimen; su tema no es la aceptación de destino del Martín Fierro, sino las calenturas de la caña y de la divisa, bien endulzadas Está colaborando en ese sentir una efusión que no comprendemos, el árbol; una impiedad que no encarnamos, el indio. Su gravedad parece derivar de un más sobresaltado rigor: Sombra, porteño, conoció los derechos rumbos de la llanura, el arreo de las haciendas y un duelo ocasional a cuchillo; oriental, habría conocido también la carga de caballería de las patriadas, el duro arreo de hombres, el contrabando. Carriego sabía por tradición ese criollismo romántico y lo misturó con el criollismo resentido de los suburbios (114).

Al oxímoron implícito en la adjetivación de la dulzura atribuida a la entonación entrerriana del criollismo: bochornosa y mortal, le suma ahora los referentes que elige para resumir su temática: la acuarela y el crimen. El asunto del criollismo ya le había sugerido sendos trabajos en Inquisiciones , de 1925 (“La criolledad en Ipuche”, “Interpretación de Silva Valdés”) y en El Tamaño de mi Esperanza, de 1926 ( “El Fausto criollo”, “Las coplas acriolladas”, “El otro libro de Fernán Valdés” (Poemas nativos), “La reverencia del árbol en la otra banda”). Y ya de lleno en el género gauchesco, sus observaciones sobre los temas de unos y otros escritores lo conducen a incursionar velozmente en la significación de Bartolomé Hidalgo y sus continuadores Ascasubi, del Campo, Lussich y Hernández. Pero el porteño Güiraldes, aclara, remite a otro escenario ( en Prólogos recordó que Groussac, reeditando tal vez alguna antigua broma, dijo en 1926, de RicardoGüiraldes: “Estire el poncho para que no le vean la levita”,98 ); si hubiera sido uruguayo, apunta Borges, habría incluido en Don Segundo lo bélico y el fraude. En tanto, Carriego,

hombre de clara y vieja cepa entrerriana, sentía la nostalgia del destino valeroso de sus mayores y buscaba una suerte de compensación en las románticas ficciones de Dumas, en las leyendas napoleónicas y en el cultivo idolátrico de los gauchos (Prólogos 40).

Fue inevitable, entonces, que comparara a su cuchillero con D´Artagnan. Carriego rozó la épica y la protesta social -concluye- y trabajó con el pasado, porque el verso exige la nostalgia, la pátina, siquiera ligera, del tiempo (Prólogos 42)

Cuantas veces pudo, Borges aludió a su tradición entrerriana, pero sólo a su tradición, porque dejó bien aclarado que Evaristo se crió en las orillas del norte de Buenos Aires, de cuyos barrios pobres fue tal vez el primer espectador; y eso, asentó, “para la historia de nuestra poesía importa mucho” (142).


2. Carlos Mastronardi.


Cuando Fernando Sorrentino, autor de Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, le preguntó sobre los escritores argentinos que le parecían importantes, el entrevistado respondió:

...hay un nombre -sobre todo tratándose de poetas- que hubiera debido ser de los primeros. Y es el nombre del gran poeta entrerriano Carlos Mastronardi. Mastronardi es uno de los primeros escritores que yo conocí cuando volví de Europa, al cabo de una larga ausencia, el año 1921. Nos hicimos muy amigos. Y él me dijo después que él en primer término había buscado mi amistad porque sabía que otro poeta entrerriano, Evaristo Carriego, había sido muy amigo de nuestra casa” (107).

Borges agregó que el caso de Mastronardi le parecía raro en la historia de la literatura, porque, aunque había publicado varios volúmenes, seguía siendo “una suerte de homo unius libri ( hombre de un solo libro)”. Se refería a Memorias de un provinciano, que calificó de poema, “un poema dedicado a Entre Ríos”. Y conjeturó que si Mastronardi vivía “solitario y noctámbulo” en Buenos Aires, era porque así podía sentir mejor la nostalgia de su Entre Ríos, ese Entre Ríos que tanto quería. “Y que, de algún modo -dijo- me pertenece, ya que mi padre nació en Paraná, o, como se decía entonces, en el Paraná” (109).

A casi diez años de la muerte de Mastronardi, y cuando sólo faltaban dos meses para la suya, Borges lo homenajeó con una abarcadora semblanza, que publicó el diario Clarín de Buenos Aires,[7] acompañada de un dibujo de Hemenegildo Sabat, en el que sobresalen la afectuosa expresión de sus ojos -“los nombra el afectuoso”, dijo el entrerriano en su Luz de Provincia- y dos grandes alas, esclarecedoras de la bonhomía con que encaró su tránsito por el mundo. Con juicios contundentes, perfiló los rasgos afines en sus respectivas vidas: el autodidactismo, la inclinación a leer sólo por placer, la simpatía instantánea que los acercó durante su primer encuentro en la Librería de Samet, y las caminatas nocturnas por las orillas de Buenos Aires, durante las cuales Borges reconoció su herencia entrerriana: “Hablamos sobre alguien que era, digamos, paisano de los dos, sobre Evaristo Carriego, el entrerriano de Palermo”; y evocó dos versos memorables de Mastronardi, referidos a Carriego: “Trabajó, con dulzura de los barrios./ Yo soy el respetuoso de sus pasos.”

La semblanza incluye aseveraciones propias de ese girar calesitero en las opiniones borgesianas -desde lo negativo a lo positivo-, sobre la importancia literaria de Lugones, un vaivén que tanto ha confundido a los admiradores de ambos escritores. Ello lo conduce a abordar el tema del surrealismo, y a citar la atracción inicial de Mastronardi por los enredos del barroquismo, que lo llevó a urdir metáforas insólitas ( como al propio Borges), hasta que fue puliendo su estilo para hacerlo simple y llano ( la misma aspiración de Borges). Entre los múltiples recuerdos compartidos, rescata los paseos interminables por los suburbios de la ciudad dormida, y sus discusiones sobre Paul Valéry, admirado por Mastronardi, y seguido en la metodología del rigor expresivo -su primer ensayo se tituló Valéry o la infinitud del método, de 1954-. Borges fue testigo de la minuciosidad con que corregía su expresión, tarea en la que él también era maestro:

Yo he visto versiones sucesivas de Luz de Provincia, publicadas con un año de diferencia, y creo no ser caricatural al decir que en la segunda versión había un punto y coma, en la tercera el punto y coma era sustituido por un punto y seguido, en la cuarta se volvía e ese punto y coma.

Claro que todo esto -aclaró-, que puede parecer irrisorio, fundamenta esa gran obra que lo inmortaliza. “Fue el gran ejecutor de toda delicadeza del idioma”, dijo. Y sin duda, su elogio final contribuyó a cimentar la ubicación del provinciano en nuestras letras: “Carlos Mastronardi fue uno de los pocos que logró que en estos melancólicos tiempos, el nombre de argentino sea todavía honroso”.

Por su parte, y con la austeridad y precisión que lo singularizaron, Mastronardi destinó una buena parte de su libro Memorias de un provinciano a evocar la amistad de los dos. El volumen, que apareció en 1967, nos retrotrae a su pueblo natal, Gualeguay, donde transcurrió su infancia, y a su vida de estudiante en el Colegio Histórico de Concepción del Uruguay, fundado por Urquiza. Trasladado después a Buenos Aires para iniciar estudios universitarios ( que no concluyó), recreó la inquietud vanguardista de la segunda década del siglo XX. A la manera de un espejo, la mirada del gualeyo refleja una a una aquellas evocaciones de Borges. Así, su inicial encuentro en la Librería de la Avenida de Mayo, a la que concurrían algunos escritores jóvenes que todavía ignoraban su futura pertenencia a una nueva generación literaria, y las conversaciones sobre los movimientos estéticos y sus procedimientos (dice Mastronardi que en esa época él se sentía obligado a incluir en cada verso una metáfora), principalmente sobre el ultraísmo -al que Borges consideraba un “dialecto” más-, donde el poeta se reducía a exponer estados, operaciones internas, rechazando lo narrativo. El interés que ponían en sus opiniones, afirma, lindaba con la pasión. Una de esas cuestiones fue el desgaste que había sufrido el vocabulario del modernismo:

Se había producido, diré así, una liquidación de azules, propíleos, glorietas, canéforas y decorativos cisnes. Empezábamos a desconfiar de las palabras y, en consecuencia, a creer que sólo un lenguaje recatado o poco ostentoso puede oponer alguna resistencia al paso destructor del tiempo (209).

Otro rasgo interesante de las Memorias lo constituye la presencia, en ese diálogo cor-dial, de algunas de las constantes borgesianas que siguen motivando exégesis: una de esas noches, cuando hablaba de “cierto escritor ateo y al mismo tiempo muy afecto a su futuro”, Borges afirmó que si sólo se aspira a la gloria o perpetuación de un nombre, más vale no inquietarse, pues a la larga ese nombre habrá de reaparecer. Su declaración nos remite a los temas del Eterno Retorno, de la repetición Cíclica, y a la doctrina panteísta sobre los destinos humanos: Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos; estaré muerto”, dice el protagonista de “El inmortal “ (OC 544).

Respecto del lenguaje, deploraba que fuera genérico, por cuanto debía designar cosas impares, únicas: “esa” puerta de tal o cual altura, o “esa” pared rosada, no innumerables puertas y paredes. En cuanto a los frustrados intentos de visitar a Lugones, Mastronardi deja constancia de que, ya próximos a la biblioteca donde aquél trabajaba, en varias oportunidades desistieron de hacerlo:

En las frustradas ocasiones que recuerdo, para darnos coraje, bebíamos algunos guindados preparatorios. En ese preámbulo nos sorprendía la noche; más de una vez nos dijimos que Lugones ya no estaba en su despacho. Por fin lo saludamos una tarde exenta de bebidas estimulantes. En esa agradable visita se habló de la inventiva poética de nuestro pueblo. Lugones y Borges mentaron algunos casos felices, algunos octosílabos pintorescos.(214).

Con afilada ironía, cuenta que una vez se encontraron con un joven que preparaba un ensayo sobre escritores rioplatenses; a Mastronardi le manifestó que dudaba entre incluirlo o no incluirlo, y a Borges le espetó que no le gustaron sus últimos poemas. Borges, con serenidad, le respondió: “En cambio, yo admiro todos los suyos” (214). El entrerriano acota que no fue ésa la única censura que Borges sobrellevó en sus comienzos. Otra provino del diario Crítica, cuando un comentarista le recordó que para cantar los arrabales es preciso haber roto faroles en las orillas y jugado a la rayuela en calles de tierra. La defensa de Mastronardi no se hizo esperar:

Quienes le disputaban el suburbio creían que el artista debe vivir de modo físico la realidad que invoca, de lo cual fluye que sólo Facundo Quiroga pudo escribir el Facundo (215).

Tampoco escapó a la sagacidad de su mirada, la polémica Boedo-Florida, una “fácil antinomia” sobre la cual proyectó esclarecedoras luces:

Sobre el final de aquella etapa, muchos redactores de Martín Fierro, atentos a las vicisitudes de nuestra vida política, optaron por Irigoyen, en quien acaso vieron un dinámico mito nacional. Sensibles al poder magnético del Caudillo, que todavía estaba en el llano, fundaron el Comité Irigoyenista de Intelectuales Jóvenes. Esa entidad de aparatoso nombre basta a disipar la leyenda según la cual la generación de Martín Fierro se mantuvo alejada de los anhelos populares (243).

El libro de Mastronardi incluye otras sabrosas vivencias, confesiones y anécdotas referidas a su amistad con el amigo de Buenos Aires. Anota, por ejemplo, que durante esas caminatas nocturnas, Borges, que agraciaba el diálogo con agudas bromas y carcajadas homéricas, solía afirmar que su “Fervor de Buenos Aires” procedía de Lugones; y que una noche, en el bar Munich de la Avenida de Mayo, frecuentado por jóvenes poetas, pidió opinión acerca de unos versos octosilábicos que le habían llegado desde México. Los circunstantes los oyeron y los aprobaron con entusiasmo. Dos meses después, cuando publicó Luna de Enfrente, Mastronardi comprobó que eran de él. Y reflexionó que, en la incertidumbre, “que tanto se parece a la modestia”, los atribuyó a un autor lejano para obtener el juicio imparcial de los presentes. “Siempre fue hábil en esta clase de sondeos”- concluyó.

3. Alberto Gerchunoff

Otro entrerriano, Alberto Gerchunoff, gozó también de la amistad de Borges. Ambos integraron el grupo de escritores que se encontraban con frecuencia en la redacción de la Revista Nosotros, en La Nación y en las reuniones de la Sade, convocados por una misma pasión literaria, ajena todavía al hecho de que sus escritos se vendieran o no, o de que se difundieran sus nombres.

En su libro Borges, sus días y su tiempo, María Esther Vázquez cuenta que, cuando Gerchunoff lo conoció, le preguntó si escribía, y como Borges asintiera, le pidió que le llevara algo a La Nación. Pero él ( genio y figura) le contestó: “Mire, no creo que lo que escribo merezca ser publicado” (310) Recordó también que Manuel Mujica Láinez declaraba que a lo largo de su vida y después de Borges, no encontró otro hombre que tuviera la réplica tan espléndida como Gerchunoff. Precisamente esta cualidad, la atractiva conversación oral, es la que destaca Borges al prologarle el libro Retorno a Don Quijote.

“ Se observa en sus escritos -dijo- la fluidez del buen conversador y en su conversación ( me parece oírlo) una generosa e infalible precisión literaria”. Al reflexionar que Gerchunoff perduró en su memoria porque fue protagonista de “anécdotas cariñosas y de frases felices”, reconoce que fue indiscutible como escritor, pero que su fama trascendía la del hombre de letras. Su palabra escrita obraba como un sucedáneo de lo oral, “no como un objeto sagrado”. Comparó su estilo con el de Diderot y el del doctor Johnson; también con el del Heine, al que Gerchunoff le dedicó un emocionado libro. Borges afirma además que su amigo admiraba menos la inteligencia que la sabiduría, esa sabiduría que está en el Quijote y en la Biblia.. Y siguiendo a Stevenson, concluye que cuando a un escritor le falta encanto, le falta todo. “Estos ensayos, casi con insolencia, lo tienen” (Prólogos 66-67).

Creemos, en síntesis, que por su herencia familiar, sus viajes al pasado de la pro-vincia, la adhesión a la obra de Carriego, Gerchunoff y Mastronardi, y en rigor por su diálogo inacabable con este último sobre los misterios y secretos de la expresión - conversaciones de las que ambos se beneficiaron-, es dable suponer que lo entrerriano ocupó un respetable espacio en la aventura existencial del ciudadano del mundo Jorge Luis Borges.

NOTAS

[1] Vaccaro incluyó en el libro citado valiosos documentos, tales los escritos de Edward sobre la ciudad de Paraná - de la cual anota que una vez tuvo el orgullo de ser llamada capital de la Argentina-, la partida de casamiento de Frances Ann con el Coronel Francisco Borges, la ubicación de la casa donde nació su hijo Jorge Guillermo, y la tumba de Edward en el cementerio de Paraná..

[2] “... en un test de asociación de ideas, cuando le preguntaron qué le sugería la palabra “libertad”, (Borges) contestó inmediatamente “llanura”. (Jurado, Alicia. Genio y figura de Jorge Luis Borges 24).

“Tanto él (Borges) como otros escritores de su generación (Amorim, Ipuche) pensaban que el litoral y el Uruguay son más elementales que la pampa argentina y que la esencia de lo criollo se conserva en esas regiones más puro. El mismo amor al peligro que les hizo fijarse en la figura del compadrito, los llevó a buscar en Entre Ríos, el Uruguay y la zona fronteriza del Brasil el mítico lugar del coraje y de la plenitud de la vida” (Barrenechea, Ana María. La expresión de la irrealidad en la obra de Borges y otros ensayos 29).

[3] La pieza Calandria (Costumbres campestres) de Martiniano Leguizamón, fue estrenada el 21 de marzo de 1898, en el Teatro de la Victoria de Buenos Aires, por la Compañía de los Podestá.

[4] “Leguizamón conoció en Concepción del Uruguay, hacia 1870, a un gaucho del Montiel llamado Servando Cardoso, al que apodaban Calandria. Era un diestro jinete, muy buen cantor, que trabajaba en un saladero hasta que fue incorporado a las tropas cuando la revolución de López Jordán, oportunidad en que se portó con valentía, por lo cual fue destinado a un destacamento de guardias nacionales. Pero se rebeló contra la autoridad y comenzó su vida de matrero; amigo de las burlas y las picardías, jugaba “como un pájaro” con sus perseguidores, ya que ninguno de los refugios del monte le era desconocido. A Servando Cardoso, el Calandria de la vida real, lo mataron en 1879, pero Leguizamón eludió ese final trágico ennobleciendo el destino del protagonista, que será el de la redención por el amor: “Porque ha nacido, amigasos,/ el criollo trabajador”. En Longo, Iris Estela y Teresa Rocha. Entre Ríos evocado por Martiniano Leguizamón 41).

[5] En “Borges descifra el enigma de la poesía”. La Nación, Buenos Aires: 21 Mayo 2001,1-12

[6] Evaristo Carriego, abuelo del poeta del mismo nombre, nació en Paraná (Entre Ríos) en 1828 y murió en Buenos Aires en 1908. Fue periodista y legislador. Publicó Páginas Olvidadas. Santa Fe: Tip. y Enc. La Nueva Época, 1825.

[7] En Jorge Luis Borges. “Evocación de Carlos Mastronardi”. Clarín. Cultura y Nación. Buenos Aires: 17 Abril, 1986; 1-2.

BIBLIOGRAFÍA

Barrenechea, Ana María. La expresión de la irrealidad en la obra de Jorge Luis Borges y otros ensayos. Buenos Aires: Ediciones del Cifrado, 2000.

Borges, Jorge Guillermo. El Caudillo. Prólogo de Alicia Jurado. Buenos Aires: Academia Argentina de Letras, 1989.

Borges, Jorge Luis.. Autobiografía, con Norman Thomas di Giovanni (Traducción de Marcial Souto). Buenos Aires: El Ateneo, 1999.

---. El libro de arena. Buenos Aires: Emecé Editores, 1995.

---. “Evocación de Carlos Mastronardi”. Clarín. Cultura y Nación. Buenos Aires: 17 Abril, 1986, 1-2

---. Obras Completas. Buenos Aires: Emecé Editores, 1974

---. Prólogos, con un prólogo de prólogos. Buenos Aires: Torres Agüero Editor, 1974.

Jurado, Alicia. Genio y figura de Jorge Luis Borges. Buenos Aires: Eudeba, 1964.

Leguizamón, Martiniano.. Calandria (Costumbres Campestres). Ilustración de Antonio del Nido. Buenos Aires: Ivaldi & Cecchi, 1898.

---. Recuerdos de la tierra. Buenos Aires: Editorial Lajouane, 1912.

---. Montaraz. Romance Histórico. Buenos Aires: Imprenta, Litografía y Encuadernación de Jacobo Peuser, 1900 (1ª edición). Sexta edición. Prólogo de Iris Estela Longo. Paraná (Entre Ríos): Editorial de Entre Ríos, 2000.

---. Alma Nativa. Buenos Aires: La Facultad, 1912.

Longo, Iris Estela y Teresa Rocha. Entre Ríos evocado por Martiniano Leguizamón. Paraná (Entre Ríos): M.C. Ediciones, 1993.

Mastronardi, Carlos. Memorias de un provinciano. Buenos Aires: Ediciones Culturales Argentinas. Subsecretaría de Cultura de la Nación, 1967.

Regules, Elías.. Versos Criollos. Montevideo, Claudio García Editores, 1935.

Silva Valdés, Fernán. Lenguaraz. Buenos Aires: Guillermo Kraft, 1955.

Sorrentino, Fernando. Siete conversaciones con Jorge Luis Borges. Buenos Aires: Editorial El Ateneo, 2001.

Vaccaro, Alejandro. Georgie. 1899-1930 (Una vida de Jorge Luis Borges). Buenos Aires: Editorial Proa/Alberto Casares, 1996.

Vázquez, María Esther. Borges, sus días y su tiempo. Buenos Aires: Javier Vergara, Editor, 1999 ( segunda edición).

Fuente : Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero35/heborge.ht

Juan Crisóstomo Lafinur


Museo Internacional de la Poesía Manuscrita
El Museo de la Poesía de La Carolina
San Luis – Argentina



Frente al Museo, como envuelta por el paisaje fascinante, se encuentra la tumba que alberga, el “Hijo de La Carolina”, Juan Crisóstomo Lafinur que por fin descansa en su tierra natal; después de más de 180 años de exilio.

Juan Crisostomo Lafinur es nacido en LA CAROLINA Dpt. Pringles de la Provincia de San Luis, Argentina el 27 de Enero de 1797 y falleció el 13 de agosto de 1824 en Santiago de Chile. Estudió en Córdoba en el Colegio Montserrat y se graduó de Bachiller, Licenciado y Maestro en Artes y Filosofía. En 1814 fue expulsado de la Universidad y se incorporó al Ejército del Norte al mando del Gral. Belgrano. Durante el gobierno de Pueyrredón solicitó la baja del ejército por razones familiares. En Buenos Aires ganó por concurso la cátedra de Filosofía en el Colegio de la Unión del Sud cuando tenía 22 años. Fundó la tribuna periodística con «El curioso» y se destacó como poeta, músico y periodista, esta última actividad lo obligará a emigrar a Mendoza y luego a Chile. Instalado en Chile completa sus estudios de Dereho y escribe en los principales diarios chilenos: «El Mercurio», «El Liberal», «El interrogante». Su literatura, nos dice Rojas, pertenece al género de la «poesía de asunto heroico y político, por lo tanto, este abnegado y notable puntano, pertenece a la Generación Neoclásica de Mayo junto a Esteban de Luca, Juan Cruz Varela, Vicente López y Planes, Juan María Gutiérrez, entre otros. Lafinur exaltó poéticamente los episodios de la epopeya nacional entre los que se destacan: «Oda a la jornada de Maipo»; «Oda a la Libertad de Lima»; «Canto fúnebre», «Himno Patriótico»; «A ella»; «A una rosa». También dejó entre su obra una tesis: «Curso de Filosofía».

Lafinur fue tío abuelo de Jorge Luis Borges, quien le dedicó su ensayo “Nueva refutación del tiempo” y publicó, en La moneda de hierro (1976), un soneto en su honor.

A diferencia de otros museos, que albergan además objetos, muebles, vestimentas y variados elementos, el de La Carolina, erigido con materiales de la zona, tiene fragmentos originales de autores de reconocido prestigio en el mundo de las letras.



Atesora el Museo de la Poesía, 1.700 manuscritos originales y unos 900 libros en la Biblioteca.Llama la atención la excelente instalación vidriada para alojar textos del mismo Juan Crisóstomo Lafinur, de Jorge Luis Borges, su sobrino nieto, que supo recordar en distintos momentos a su ascendiente, como en el soneto que lleva su nombre y que Borges incluyó en "La Moneda de Hierro" de 1976, que transcribimos:

Juan Crisóstomo Lafinur (1797-1824)

“El volumen de Locke, los anaqueles,
la luz del patio ajedrezado y terso,
y la mano trazando, lenta, el verso:
La pálida azucena a los laureles.
Cuando en la tarde evoco la azarosa
procesión de mis sombras, veo espadas
públicas y batallas desgarradas;
con Usted, Lafinur, es otra cosa.
Lo veo discutiendo largamente
con mi padre sobre filosofía
y conjurando esa falaz teoría
de unas eternas formas en la mente.
Lo veo corrigiendo este bosquejo,
del otro lado del incierto espejo”.

De “La Moneda de Hierro”, Jorge Luís Borges



En las Obras Completas de Borges, editada en 1996, podemos leer un párrafo singular, referido al poeta de La Carolina…”trató de reformar la enseñanza de la filosofía, purificándola de sombras teológicas y exponiendo en la cátedra los principios de Locke y Condillac. Murió en el destierro; le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir”.

Ricardo Rojas, aportó sus conceptos en la Historia de la Literatura Argentina, editada en 1924, al decir de Lafinur que “solo un talento natural, nutrido, flexible y claro, puede haber compensado esa brevedad de su vida, hasta conferirle una celebridad centenaria”

En el Museo de la Poesía Manuscrita, hay obras expuestas de autores locales y regionales, además de Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Lainez, Ernesto Sábato, Fermín Estrella Gutiérrez, Rafael Alberti, Juana de Ibarbourou, Pedro Mardones Barrientos Antonio Esteban Agüero y escritores de diversos puntos cardinales.



A escasos metros del lugar en que nació Lafinur, se encuentra este imponente complejo cultural, integrado al paisaje, que nos impregna de paz los ojos y el alma. Desde el entorno dominado por los cerros de Sololosta y Tomolasta, hasta el puente, el laberinto Borgiano, o el mismo interior del Museo, el encanto invade al viajero, con las voces perdurables de los poetas.

Fuente: www.sanluis.gov.ar