domingo, 18 de diciembre de 2016

BORGES el mismo, otro





Biblioteca Nacional Mariano Moreno

Video realizado en base a entrevistas a diferentes escritores para la exposición "Borges el mismo, otro" inaugurada el viernes 15 de julio de 2016, por el Departamento de Comunicación de la Biblioteca Nacional.

Entrevistados:

-Pablo De Santis
-Guillermo Martínez
- Carlos Gamerro
-Hugo Salas
-Gabriela Cabezón Cámara
-Kike Ferrari
-Leopoldo Brizuela
-Mauro Libertella


Fuente : You Tube





El día que Borges y Sabato se sentaron a conversar


Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato, amigos alguna vez, llevaban dos décadas de franca enemistad por razones políticas. Una charla de café, un martes del verano de 1975, encontró reconciliados a dos ídolos de la literatura argentina. La lección de dos gigantes

Por Alfredo Serra

Borges y Sabato. Sabato y Borges. Estuvieron distanciados casi 20 años, por diferencias políticas. "Inevitablemente, tanto uno como el otro dijimos palabras quizá injustas", diría Sabato tiempo después.

Un día del verano de 1975 logré que se sentaran a conversar. Y escribí un artículo para la revista Gente. Aquí, fragmentos de una charla imperdible. La lección de dos grandes.

La idea implicaba la reunión de mucho más que dos enormes escritores, eran dos ídolos de la literatura argentina. No fue fácil. Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato, amigos alguna vez, llevaban dos décadas no sólo sin hablarse: dos décadas de franca enemistad por razones políticas. Sin embargo, ante la posibilidad de aportar algo de su talento a miles de lectores, olvidaron rencores y polémicas, y protagonizaron, a lo largo de una mañana inolvidable, este diálogo y estas imágenes que hoy son un clásico del periodismo nativo. Acaso por esas simetrías que, según Borges, le gustan al destino, el encuentro sucedió apenas unos meses antes de la primera Feria del Libro. La que a partir de allí, nunca iba a detenerse.

Recrear aquella charla y aquella reconciliación es más que un placer intelectual. Es también una lección para la clase política, casi siempre separada por mezquindades y casi siempre alejada del bien supremo: el país y su gente.

Verano de 1975: el encuentro.

El alejamiento se mantuvo hasta que una circunstancia casual produjo algo nuevo. En una ocasión, Borges firmaba libros en una librería del centro. Sabato pasó por allí. Entonces, algunos de los que esperaban la firma de Borges se acercaron a Sabato y le pidieron que también firmara. Así, en libros de Borges, pueden encontrarse dedicatorias de Sabato: un símbolo de lo que pasaría después. El escritor se acercó a Borges y lo saludó. Borges lo abrazó. Acaso ninguno de los dos había olvidado la polémica, las palabras ásperas, los casi veinte años de silencio. Pero el fervor, la devoción, algunas preocupaciones comunes y ciertas inevitables coincidencias volvieron a acercarlos. Al fin de cuentas, los dos estaban en el centro de una Buenos Aires que aman y aborrecen, que contaron como pocos, que guarda para siempre su gloria (sus libros) y que algún día guardará sus huesos.

Hablaron mucho. Los primeros testigos de ese diálogo (Anneliese von der Lippen, amiga de Borges y traductora de la obra de Sabato al alemán, y Orlando Barone, un escritor joven, autor de Debajo del ombligo) pensaron que esa conversación debía prolongarse. Sintieron que las palabras de esos dos hombres merecían otro destino que el olvido. Muy pronto hubo un grabador entre ellos. Muy pronto habrá un libro con sus conversaciones, que tienen -ya se verá-, algo de testamento, de balance, de eternidad.

La tentación fue demasiado grande. Y una mañana, a comienzos de febrero, muy temprano (yo había leído que el hombre de Santos Lugares madruga y contempla las plantas), marqué los siete números que encierran fantásticas cábalas. Tuve miedo al decir "Buenos días". Tengo miedo ahora, cuando ya todo ha sucedido. Porque le pedí a Sabato que se encontrara con Borges. Que salieran juntos. Que recorrieran umbrales dormidos del sur, rejas oxidadas, almacenes tibios, plazas apenas reales. Y Sabato me dijo que sí.

Las cosas sucedieron un martes. Poco importa, pero Sabato tenía zapatos anchos, pantalones grises, saco azul, camisa colorada, y Borges interrumpía el azul profundo de su traje con una corbata verde y amarilla.
Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato en el Parque Lezama, a espaldas del Museo Histórico Nacional
Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato en el Parque Lezama, a espaldas del Museo Histórico Nacional

Borges: -La vida es soportable porque ocurre en tajadas. Uno se levanta, se afeita, desayuna. Va haciendo las cosas lentamente. Por eso la vida es menos espantosa…

Sabato: -Claro. Imagínese un hombre que se pasara toda la vida afeitándose. O diciendo "Buenos días". Mucha gente supone que los hombres famosos nunca dicen "buenos días" o toman café con leche, como cualquiera. Si los ven tomar café con leche ya no creen en su fama. La gente parece ignorar que el hombre no siempre escribe El Quijote. A veces paga impuestos.

B.: -Es cierto. Lo mismo que esos que dicen: "A fulano lo conocí cuando era de este alto". Bueno, ¿qué pretenden? ¿Que naciera siendo gigantesco?…

S.: -Muchas señoras de la época habrán dicho algo similar de Proust: "¿Quién iba a decir que Marcelito escribiría una obra maestra?". Los famosos no pueden vivir a la vuelta. Tienen que vivir en el país de ninguna parte.

B.: -Sí, en Utopía. Las palabras tienen trampas. Uno dice: "Ese lugar es estupendo". Y "estupendo" parece provenir de estúpido…

S.: -Yo inventé la palabra "afroidisíaco", que es una combinación de Freud y "afrodisíaco".

B.: -Yo conocí una orquesta de zíngaros. Pero en realidad no eran tan zíngaros. Eran apenas "gríngaros".

S.: -El portugués es un idioma deshuesado. Las consonantes fuertes han ido desapareciendo, y parece que le faltaran huesos. En cambio, el alemán es fuerte. Los carteles de prohibición, en los trenes, gritan: "¡Verboten!". Así, entre signos de admiración, como diciendo: "Cuidado que aquí atrás está el gobierno!". Los italianos son más ceremoniosos, más explicativos.

B.: -¿Estamos en Parque Lezama?

S.: -Sí. Me gustaba más antes, cuando no estaba tan endurecido por las veredas, cuando los caminos eran de tierra.

B.: -El Parque Lezama me trae muchos recuerdos… ¿Hay escalones ahora?

S.: -Los peores. Hay escalones que no parecen escalones…

B.: -Es lo que sucede en la oscuridad.

S.: -¿Cuál es la mejor traducción que usted conoce, Borges? La mejor traducción de cualquier cosa.

B.: -Es difícil…

S.: -Dicen que la Biblia es una gran traducción. Y Proust al inglés, también.

B.: -Es posible. Sin embargo, el traductor de Proust empezó mal. En busca del tiempo perdido no responde al original. Es una cita de Shakespeare.

S.: -Es cierto. Suena un poco absurdo.

B.: -Hace un instante alguien me recordó que yo escribí en un prólogo que la única cifra que recordaba del catálogo de Bruselas (un catálogo para bibliotecarios) es el número 213, que corresponde a Dios. Ya había olvidado ese número, en realidad…

S.: -Doscientos trece. Es un número bastante cabalístico, sin embargo. La suma es seis. Está formada por los tres primeros números (uno, dos, tres). Empieza por el par, que es la dualidad del mundo. Termina con el tres, que es la Trinidad. En fin, la cosa no está tan mal. Para principiante de bibliotecario le fue bastante bien, Borges.

B.: -Hablamos el otro día de sabiduría popular. De adagios…

S.: -Los adagios aciertan siempre. Uno dice: "Al que madruga Dios lo ayuda". Y otro: "No por mucho madrugar amanece más temprano". Claro, así es fácil. Si no acierta por un lado, acierta por el otro.

B.: -Es el caso de "Más vale pájaro en mano que ciento volando" y "Más vale buena esperanza que ruin posesión", que es lo contrario.

S.: -Claro, adagio y contraadagio. La sabiduría de los adagios es una especie de perogrullada. Además, algunos son siniestros, canallescos. Por ejemplo: "La caridad bien entendida empieza por casa". Hablar de sabiduría de un pueblo sobre bases semejantes es una iniquidad…

B.: -Me acuerdo de una frase feliz de Paul Groussac. Decía que Sarmiento sabía el latín y sospechaba el griego…

S.: -Suele decirse: "Fulano domina varias lenguas". Generalmente, uno no domina ni la de uno.

B.: -Más bien está dominado por ellas…

S.: -Es que hay lenguas insospechables. Algunos lectores, aunque no se conozca el idioma, pueden sospecharse. Pero en Hungría, por ejemplo, uno nunca sabe si el cartel dice "Caballeros" o "Prohibida la entrada". El húngaro es terrible…

B.: -Podríamos tomar una caña…

S.: -Bueno. Enfrente hay un almacén.

B.: -¿En qué esquina?

S.: -Defensa y Humberto Primo.

B.: -¡Ah! Muy cerca. Recuerdo que hay una iglesia danesa que parece de juguete. Y también una iglesia rusa.

S.: -Recién, cuando estuvimos sentados en la plaza Dorrego, Serra dijo que ese momento le parecía histórico…

B.: -Bueno, todos los hechos son históricos.

S.: -¿Le parece? Yo creo que si un hombre se acerca y dice: "Buenos días, caballeros. ¿Me permiten venderles unos tapices?", no está protagonizando un hecho histórico.

B.: -Es posible. ¿Tomamos esa caña, entonces? ¿Por dónde estamos?

S.: -Por el Obelisco.

B.: -¿Y cuándo nos conocimos nosotros? A ver… Yo he perdido la cuenta de los años. Pero creo que fue en la casa de Bioy Casares, en la época de Uno y el universo, ¿no?

S.: -No, ese libro es de 1945. Creo que nos conocimos antes. Sí, en casa de Bioy, pero un poco antes, a raíz de un trabajo que publiqué en Sur sobre La invención de Morel. O sea… debe de haber sido por el 40. ¡Qué barbaridad! Entonces hace treinta y cinco años.

B.: -Esas reuniones… Recuerdo que podíamos estar toda la noche hablando sobre literatura o filosofía. Era un mundo diferente. Ahora, me dicen, se habla mucho de política. Pero a la gente le interesan los políticos. La política abstracta no. Nuestras preocupaciones eran otras…

S.: -Yo más bien diría que en aquellos encuentros hablábamos de nuestra pasión: la literatura, la vida… Pero no porque no nos preocupara la política; a mí, al menos.

B.: -Es que no se hacía ninguna referencia a los diarios, a las noticias cotidianas, fugaces…

S.: -Sí. Tocábamos temas permanentes. La noticia cotidiana se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el diario, y es lo más viejo al día siguiente.

B.: -Claro, eso está escrito para ser olvidado. Nadie piensa que deba recordarse lo que está escrito en un diario. Ellos mismos se encargan de borrarlo al día siguiente. Eso no puede ser muy importante, ¿no? Un diario, digo, se escribe para el olvido, deliberadamente para el olvido.

S.: -Dígame si no sería mejor publicar un diario cada año, cada siglo tal vez. Quiero decir: cuando sucede algo verdaderamente importante, nuevo. ¿Cómo se puede pensar que haya hechos trascendentes todos los días?

B.: -Es que no se sabe de antemano cuáles son. La crucifixión de Cristo fue importante después, no cuando ocurrió.

S.: -Imaginemos un título a toda página: "EL SEÑOR CRISTOBAL COLON ACABA DE DESCUBRIR AMERICA".

B.: -Como yo nunca he leído un diario, siguiendo el consejo de Emerson…

S.: -¿Quién? Ah… Emerson. Yo casi no los leo. Apenas cuando considero que algo es importante.

B.: -Ese tiempo parece muy lejano. Sí, claro, cronológicamente es lejano. Sin embargo, pienso en aquello como si fuera contemporáneo…

S.: -El tiempo no existe, claro… ¿Se acuerda, Borges, que aparte de la literatura y la filosofía, usted y Bioy sentían una gran curiosidad por las matemáticas? La Cuarta Dimensión, el Tiempo… aquellas discusiones sobre Dunne y el Universo Serial…

B.: -¡Caramba! Claro. Los números transfinitos, Kantor…

S.: -Y el Eterno Retorno, Nietzsche, Blanqui…

B.: -¡Y los pitagóricos!

S.: -Las aporías, Aquiles y la Tortuga… Nos divertíamos mucho, sí. Recuerdo cuando Adolfito leía los cuentos de Bustos Domecq recién salidos del horno. Pero a Silvina Ocampo no le gustaban, permanecía muy seria, ¿no?

B.: -Silvina solía leer esos textos con indulgencia, casi con gesto maternal.

S.: -¿Le parece? Yo creo que sentía fastidio. A veces se iba a otra parte a escuchar a Brahms.

B.: -A mí, sin embargo, los cuentos de Bustos Domecq me causaban gracia, a pesar de que esa gracia después no fuera compartida por nadie.

S.: -Vamos, Borges, no embrome. Y también se hablaba mucho de Stevenson. Eso de los silencios de Stevenson. Lo que calla a veces es más significativo que lo que expresa.

B.: -Claro, los silencios de Stevenson… Y también Chesterton, Henry James… Se hablaba menos.
En el corazón del barrio de San Telmo, frente a la Plaza Dorrego, compartieron un café Sábato y Borges
En el corazón del barrio de San Telmo, frente a la Plaza Dorrego, compartieron un café Sábato y Borges

S.: -Al que le interesaba mucho era a Pepe Bianco.

B.: -Sí. El había traducido The Turn of the Screw. Mejoró el título, es cierto. ¿Otra vuelta de tuerca es superior a La vuelta de tuerca, no?

S.: -Representa con más calidad la idea de la obra. Al revés que con ese libro de Saint-Exupéry llamado Terre des homes, traducido como Tierra de hombres. Como quien dice Tierra de machos, cuando lo que en realidad quiere significar (además lo dice literalmente) es Tierra de los hombres, la tierra de estos pobres diablos que viven en este planeta. No sólo ese traductor no sabe francés sino que no entendió nada de Saint-Exupéry.

B.: -La enormidad de las traducciones… Hay un filme inglés cuyo título original, The Imperfect Lady, lo tradujeron aquí como La cortesana. Perdió toda la gracia, naturalmente…

S.: -¿Y qué me dice de La mujerzuela respetuosa? ¡A lo que puede llegar la cursilería!

B.: -Mujerzuela… una palabra que ya nadie usa.

S.: -La misma mojigatería con la obra de John Ford: Lástima que sea una perdida. ¿Se imagina? Nada menos que un autor como Ford, un tipo de esa época de piratas.

B.: -¡Sí! Precisamente altera el título, que es donde más ha trabajado el autor. Cuando eligió uno es porque lo ha pensado mucho. Nadie, ni el traductor, debe creerse con derecho a cambiarlo.

S.: -¿Y acaso el título no es la metáfora esencial del libro? Del título podría decirse lo que se ha afirmado de los sistemas filosóficos, que casi siempre son desarrollo de una metáfora central: El río de Heráclito, La esfera de Parménides…

B.: -Claro, suponiendo que los títulos no sean causales… Bien, se supone que los libros no son causales…

S.: -Con optimismo a veces… A propósito, pienso en las editoriales y las comparo con los bancos. Son instituciones paradójicas. El banco le presta dinero al señor que no lo necesita. El editor le publica al escritor que todos se disputan. Eso hace difícil cualquier comienzo. Sin embargo, es extraño, uno ve los estantes de las librerías y es como una invasión de títulos. Debe de haber más autores que lectores, creo. Y otro fenómeno: el de los quioscos. Desbordan libros. Antes, por el año 35, solamente Arlt se vendía en los quioscos…

B.: -¿Libros en los quioscos…?

S.: -Sí, El Aleph, Ficciones y también los clásicos. Sí, Borges, y me parece bien que sus libros estén allí en la calle, casi al paso de cada lector. Se han multiplicado las posibilidades de acercarnos.

B.: -Pero… Es que antes no era así, claro…

S.: -Pero mucho antes, ¿recuerda que los almacenes de campo, cuando hacían sus pedidos a Buenos Aires, junto a las bolsas de yerba y a los aperos, pedían algún ejemplar del Martín Fierro?

B.: -Martín Fierro no es precisamente un personaje admirable, sino admirable el poema como arte. No, Martín Fierro no es un ejemplo, claro…

S.: -Para usted es una especie de antihéroe, creo…

B.: -Un desertor que deleita a los militares. Porque el Martín Fierro es la historia de un desertor. Pero si usted le dice eso a un hombre de armas, se indigna. Hasta Ricardo Rojas, en la Historia de la literatura argentina, lo defiende con argumentos inexistentes. Alega que en el libro se ve la conquista del desierto, la fundación de ciudades. Francamente no he leído una sola palabra de eso, ¿no?

S.: -Es que Fierro es un iracundo, un rebelde ante muchas de las injusticias de su tiempo…

B.: -Mi abuela, en 1872, vio a los soldados en el cepo. Hernández no conoció nada de eso. Se documentó, se basó mucho en el libro de su amigo Mansilla. Pero no aceptó que Martín Fierro fuera un mensaje de protesta social; es más bien un alegato contra el Ministerio de la Guerra, como lo llamaban entonces. No creo, no, que Hernández ansiara un nuevo orden social. Además era rosista, y jordanista después…

S.: -Importa sí el significado del canto. Pienso que el poema es el exilio de los gauchos, un canto para los pobres en su propia patria. No sé cuál habrá sido el propósito deliberado de Hernández al escribirlo, y eso no importa. Usted sabe que los propósitos siempre son superados por la obra cuando se trata del arte. ¿Quién recuerda en qué acceso de patriotismo Dostoievski se propuso escribir un libro titulado Los borrachos, contra el abuso del alcohol en Rusia? Le salió Crimen y castigo…

B.: -Si El Quijote fuera simplemente una sátira contra los libros de caballería, no sería El Quijote. Si al final, cuando termina la obra, el autor piensa que hizo lo que se propuso, la obra no vale nada.

S.: -Volviendo a lo de Martín Fierro, lo que usted dijo antes lo comparto en algo: no se lo debe valorar como testimonio de protesta. O diría, mejor, por el solo hecho de ser un libro de protesta, porque en este caso, cualesquiera que sean sus valores morales, no alcanzaría a ser una obra de arte. Pienso que si Martín Fierro vale es porque a partir de esa rebeldía accede a esos altos niveles y expresa los grandes problemas espirituales del hombre, de cualquier hombre y en cualquier época: la soledad y la muerte, la injusticia, la esperanza y el tiempo.

B.: -Además, Fierro es un personaje viviente, que, como pasa con las personas reales, puede ser juzgado muy diversamente, según se lo mire…

S.: -De allí las interpretaciones que permite. Sociológicas, metafísicas…

B.: -Yo no he dicho una palabra contra el Martín Fierro…

S.: -Es que ha habido reportajes, no siempre responsables, donde usted aparece diciendo otras cosas… Me parece útil que se aclare.

B.: -He dicho, sí, que proponer a Martín Fierro como personaje ejemplar es un error. Es como si se propusiera a Macbeth como buen modelo de ciudadano británico, ¿no? Como tragedia me parece admirable; como personaje de valores morales no lo es…

S.: -Prueba que un gran escritor no tiene por qué crear buenas personas.

B.: -Qué extraño. Ahora recuerdo que Macedonio Fernández tenía una teoria que yo creo errónea. El decía que todo personaje de novela tenía que ser moralmente perfecto. Desde esa perspectiva, sin conflictos, resultaría difícil escribir algo…

S.: -Parecería un chiste de Macedonio, realmente…

B.: -No, no. Era en serio. Bueno, sería como anular la novela, ¿no?

S.: -Basta mirar los grandes protagonistas de las novelas. Siempre marginados, tipos casi siempre fuera de la ley…

B.: -Hay una frase que Kipling escribió al final de su vida. Dice: "A un gran escritor puede estarle permitido inventar una fábula, pero no la moraleja". El ejemplo que eligió para sostener su teoría fue el de Swift, que intentó hacer un alegato para el género humano y terminó haciendo Gulliver, un libro para chicos. Es decir: el libro vivió, pero no con el propósito del autor.

S.: -Es lo bastante complejo para ser un espantoso alegato y un libro de aventuras para chicos. Esa ambigüedad es frecuente en el arte.

B.: -Se me ocurre algo. Supongamos que Esopo existió y que escribió sus fábulas. Pero posiblemente le divertía más la idea de animales que hablaban como hombrecitos, que las moralejas, ¿no? Esas moralejas se agregaron después.

S.: -Ninguna obra de arte es moralizadora en el sentido edificante de la palabra. Sirven al hombre en un sentido más profundo, como sirven los sueños, que casi siempre son terribles… Sarmiento se propuso escribir un libro contra la barbarie y la conclusión fue un libro bárbaro. Facundo expresa lo que hay en el fondo del corazón de Sarmiento: un bárbaro.

B.: -Sí, sí. Es verdad.

S.: -Lo admirable del Facundo es la fuerza de sus pasiones. Está lleno de afectos sociológicos e históricos. Es un libro mentiroso. Y una gran novela…

B.: -Sólo cuando una obra no vale, cumple los propósitos del autor.

S.: -El artista es por excelencia un rebelde. Por eso en las revoluciones nunca le va bien, y mucho menos a los novelistas.

B.: -En Rusia, hicieron dos filmes de Iván el Terrible: uno, al comienzo, era contra el zarismo; el otro, cuando Stalin se había convertido en un nuevo zar, en favor del zarismo…

S.: -El artista sólo puede hacer arte grande en absoluta libertad. Lo otro es el sometimiento, arte convencional, y por lo tanto falso. Y por lo tanto no sirve al hombre. Los sueños son útiles porque son libres.
El Bar Plaza Dorrego recuerda cuando los célebres escritores se sentaron a charlar en los años setenta
El Bar Plaza Dorrego recuerda cuando los célebres escritores se sentaron a charlar en los años setenta

Verano de 1975: Epílogo, ¿o prólogo?

Dejaron atrás las rejas, los adoquines antiguos, la certeza del río cercano. Como diría Borges, salieron del territorio de los arrabales y la desdicha y entraron en la mañana del centro y la serenidad. Se despidieron con pocas palabras. Borges cerró la puerta del ascensor. Sabato se metió rápidamente en un auto. Una hora más tarde, estaría otra vez en su jardín de Santos Lugares.

En un café casi vacío escuché la grabación. Al llegar al final, entendí que no se habían propuesto urdir una charla memorable, ávida del mármol o del bronce. Simplemente, se habían dejado arrastrar por palabras amistosas, por recuerdos, por sucesos desordenados, por algunos nombres propios. Sin embargo, casi sin testigos, junto a un aljibe silencioso en la mesa de un almacén, habían hablado de la vida y la muerte, de la eternidad, de Dios, de reyes y de poetas, de lenguas remotas y de noticias urgentes.

En la larga cinta marrón, dentro de un grabador parecido a todos los grabadores, quedaba un cosmos. Y ahora, al final de la nota, la tentación también es grande. Yo podría armar un final con laberintos, espejos, senderos que se bifurcan, ángeles exterminadores, Alejandras, ciegos. Mezclar la matemática y el caos. Pero no: callar exactamente aquí es rendir un homenaje a Borges, a Sabato. Es pedir con fervor que este epílogo sea apenas un prólogo. Es esperar que estos dos hombres hablen hasta el fin de los tiempos.

Fuente : Infobae


miércoles, 14 de diciembre de 2016

Publican La senda, el libro “perdido” del padre de Borges



 Nuevo capítulo para una saga de escritos, misterios y silencios

Aunque Jorge Luis Borges mencionó varias veces la novela El caudillo, dada a conocer por su padre, Jorge Guillermo, en 1921, nunca habló de La senda, el ensayo filosófico del que apenas se tenían noticias. Sin embargo, la Universidad de Pittsburg lo recuperó y acaba de editarlo.

En La senda, Jorge Guillermo se entrevé como un hombre de mundo.

Por Facundo García

La Primera Guerra Mundial destrozaba Europa y los Borges se refugiaron en Ginebra. Habían llegado a Suiza buscando una cura para Jorge Guillermo, el papá, que se estaba quedando ciego. El hombre sentía desvanecer sus ilusiones literarias; entonces apuraba páginas sobre la Realidad, la Vida, el Yo, la Justicia. Corría 1917 y las hojas se acumulaban detrás de un título tentativo: La senda. Nunca más se supo de esa obra. Hasta que hace unos meses llegó una noticia que dejó en vilo a muchos borgianos. La saga cruza literatura, ceguera y silencios. Terminada la guerra, el señor Borjes –así solía firmar– publicó El caudillo (1921), una novela que su hijo Jorge Luis mencionaría varias veces a lo largo de su carrera. Pero parece que nunca dijo nada de La senda. ¿Qué decían esas líneas? Los motivos de la omisión eran difíciles de averiguar. El texto era inhallable.

Sin embargo, el azar tiene caprichos. Casi un siglo después de que Jorge Guillermo Borges escribiera aquel ensayo filosófico, se corrió la voz de que en los Estados Unidos había una copia del original, y que se estaba por publicar en una edición de la Universidad de Pittsburg. Daniel Balderston, director del Borges Center que funciona en aquella institución, confirma el hallazgo: “Se trata de la fotocopia de una fotocopia que me llegó mientras estaba haciendo una investigación para un libro que se llamará How Borges wrote (‘Cómo escribía Borges’)”, revela.

El académico desliza un testimonio digno de una novela de espías. Pone en escena a Donald Yates, primer traductor de la obra borgiana al habla inglesa y uno de sus más respetados analistas. Resulta que a fines de los ‘60, Yates estaba en Buenos Aires para preparar una biografía sobre Jorge Luis. Entre charla y charla, se enteró de que Leonor Acevedo –la madre de Georgie– guardaba páginas de Jorge Guillermo, su marido. Yates se las rebuscó para hacer una copia de La senda antes de volverse a Estados Unidos. Así salvó un texto cuyo original se cree perdido.

Por cierto, no se sabe si esa “desaparición” del original es fruto de la casualidad. Jorge Luis Borges hablaba de su padre, mencionaba sus poemas, ponderaba sus traducciones y la novela El caudillo, pero de esta colección de disquisiciones filosóficas nunca dijo nada. Es raro, por lo menos.

Tres tigres

“El tono de Jorge Guillermo es solemne. Un tono que no encontramos a menudo en Jorge Luis ni en Macedonio Fernández”, observa el profesor Balderston. La triple mención no es fortuita. La lectura de La senda revela un fuerte lazo entre el Borges padre, el hijo y el espíritu macedoniano. “Todo esto viene a confirmar que había algo más que una mera amistad de los Borges con Macedonio”, sigue Balderston. “Quizás había un proyecto común que tenía que ver con cierta idea de la autonomía del individuo, del cambio social, de escepticismo con respecto al Estado. Eso sí, hay una cosa que falta en Jorge Guillermo, y que sí está en Macedonio y en Jorge Luis: el humor”. No hay risa en los párrafos de La senda. Este Borges no tiene la chispa del hijo. Tampoco da cabida a los giros coloquiales. “Pasa que en 1917 todavía no se escribía en argentino –detalla Balderston–. Los escritores de prestigio de la época no marcaban mucho el vocabulario local. Eso había pasado de moda con la decadencia de la gauchesca”.

Rigideces aparte, Jorge Guillermo se entrevé como un hombre de mundo, un librepensador que en ocasiones se dejaba arrastrar por las mareas de la sensualidad. En algunos retratos sale fachero, con aires de dandy. Y hay quien ha sugerido que era un poquito calavera, aunque otros sostienen que no era así, que tuvo un matrimonio feliz y que hasta el final de sus días Doña Leonor fue capaz de recitar de memoria los poemas de su Jorge.

Por supuesto, nada de eso explica por qué publicó El caudillo y no La senda. Según Balderston, puede haber tenido que ver con que La senda no encontró su estructura definitiva: “El caudillo sí agarra una forma, la forma clásica de la novela rural argentina, con su saldo melodramático inclusive. En este otro trabajo tenemos una situación diferente. Jorge Guillermo escribió a máquina, pero corrigió a mano e hizo muchas inserciones en las hojas, sin hacer jamás una nueva versión. Es decir que en algún momento se desalentó”. Antes, de todos modos, alcanzó a mostrarle el proyecto a Macedonio, que anotó un único comentario donde resaltó la expresión “pudor de optimismo”. “(La frase) tiene la fuerza de una idea de Nietzsche. Vale por todo el libro”, apuntó con acidez el amigo.

El peso de una sonrisa

Salvo por el machismo que salpica algunos tramos, las opiniones que se leen en La senda podrían ser las de un autor actual. La edición de Pittsburg se completa con dos poemas –uno de ellos se titula “Momentos”, aunque este sí es auténtico, no como el que le atribuyeron a Jorge Luis–, más una traducción al castellano del Rubáiyát de Omar Jaiyám y algunos textos críticos. En párrafos y versos sopla una anarquía individualista con nubarrones de pesimismo. Da la impresión de que para Jorge Guillermo cada humano está obligado a bancarse la angustia de existir desde la edad de los pañales. “La postura sobre la radical autonomía de los individuos, incluso los niños, podría leerse como una crueldad hacia Jorge Luis –aporta Balderston–; pero también es entendible como un respeto radical a su proyecto de vida”.

En medio hay giros de neto aroma borgiano. Ejemplo: “En los destinos del universo tanto puede pesar una sonrisa como una civilización que se derrumba”. O bien: “La perfección del perdón es el olvido”. Tal vez estas iluminaciones agradaban al hijo. Pero hay más. En sus páginas, el papá de Borges avisa sobre los peligros de ser un literato. Advierte Jorge Guillermo que “cuando el hombre cede su sitio al autor, el público suele escucharse a sí mismo” y por lo tanto “la especie ha reemplazado al individuo con todas sus limitaciones y prejuicios”. Jorge Luis jugó al límite de estas sentencias, y a lo mejor las hizo pedazos.

Textual

“No es fácil juzgar de la infancia como quien dice de segunda mano. La ajena, la de los verdaderos chicos, se desenvuelve en un mundo tan distinto al nuestro como es distinto un cuento de Perrault a la metafísica de Kant. La psicología infantil no es una ciencia, ni un arte. Es una simple majadería, y el chico que vislumbramos a través de sus páginas es un ser fantástico como la sota de oros o el rey de bastos, y mucho menos interesante. Si nos es imposible penetrar muy hondo en la selva oscura de nuestras almas, ¿cómo hacerlo en el corazón y la mente de seres cuyo corazón y cuya mente es tan movido y cambiante como la danza de las horas en el teatro del día? Más nos vale acariciarlos, hacerles merced de una sonrisa o de un juguete y quererlos mucho, mucho. Mejor para ellos si son como pretenden algunos observadores perfectamente amorales, si son tan inconscientes del bien como del mal. La conciencia que nosotros tenemos del valor de nuestros actos no nos libra de ejecutarlos. El árbol del saber da un fruto amargo. No nos preocupemos tampoco demasiado por su educación. En esta materia como en muchas otras un poco de prudente negligencia es salvadora; no olvidemos que la mano que corrige y guía puede también deformar, y dejemos que nuestros hijos nos eduquen: en el cambio recíproco de influencias la del hijo sobre el padre es la mayor. La labor nuestra ha de ser en el mundo que habitarán mañana. Pongamos nuestra casa en orden, será la suya, limpiémosla, hagámosla más cómoda y hermosa y habremos cumplido con nuestro deber”.

(Extracto de La senda. Se ha mantenido la puntuación del original.)
  
La ficha

Jorge Guillermo Borges nació en Paraná (Entre Ríos) el 24 de febrero de 1874. Era hijo de una británica llamada Fanny Haslam y de un coronel del ejército argentino, Francisco Borges. Cuenta la mitología familiar que Francisco se suicidó corriendo de frente hacia las balas enemigas en la batalla de La Verde, dejando a Fanny sola y a cargo de dos niños. En la casa de la viuda Haslam de Borges se hablaba inglés y se respiraba una amalgama entre lo criollo y lo anglosajón. Ya adolescente, Jorge Guillermo estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires y luego se dedicó al Derecho. En la universidad se vinculó con un grupo de estudiantes que incluía a Macedonio Fernández, Juan B. Justo, José Ingenieros y Leopoldo Lugones. De yapa, sus andanzas por Palermo le granjearían la amistad de Evaristo Carriego.

El 1 de octubre de 1898 Jorge Guillermo se casó con Leonor Acevedo. Al año siguiente nació el hijo mayor, Jorge Luis; luego vendría Norah. El papá se ganaba la vida como abogado y daba clases de psicología. Pero la vista no lo acompañaba. Buscando algún tratamiento médico que aliviara el problema, la familia se trasladó a Ginebra en 1914 y recién se reestablecería en Buenos Aires en 1924. Para el joven Jorge Luis, este regreso fue una revelación. En cambio, la carrera literaria de Jorge Guillermo marchaba hacia el ocaso. A fines de 1937 sufrió un derrame cerebral y murió al año siguiente, dejando, no obstante, una obra que gravitaría sobre el hijo. “Mi padre me reveló el poder de la poesía: el hecho de que las palabras sean no solo un medio de comunicación sino símbolos mágicos y música”, diría Jorge Luis más tarde.

uente : Pagina 12

viernes, 2 de diciembre de 2016

Sandra Mihanovich – Milonga de un soldado – J.L.Borges






 Después de conseguir los permisos de este poema de  Jorge Luis Borges, Sandra Mihanovich, alegremente, vuelve a cantarla.
Teatro Mercedes Sosa, Tucumán. 11 de noviembre de 2016

Fuente : You Tube