sábado, 24 de julio de 2021

1981Adrogué: Un viaje y una charla con Jorge Luis Borges


 Por Ramón César Suárez

Al haberse cumplido recientemente un nuevo aniversario del nacimiento de Jorge Luis Borges, recordamos hoy una nota de nuestro Fundador, Ramón César Suárez, en la que describe un viaje de Buenos Aires hasta Adrogué junto al inolvidable autor, que nos hizo el gran honor de escribir tres veces en el suplemento cultural de Mi Ciudad.

La relación de Mi Ciudad –y de Suárez- con Borges nació en la amistad que el escritor tenía con el profesor Roy Bartholomew, quien estaba a cargo del suplemento cultural de nuestro diario así como su similar de Tribuna, de Almirante Brown, medio que también dirigía el fundador de Mi Ciudad. Bartholomew, colaborador de La Nación y otros diarios, fue una figura relevante de las letras argentinas, y fue coautor con Borges de varios escritos.

Esta es la nota, que constituye una de las grandes páginas de nuestra historia:

Junto al escritor Prof. Roy Bartholomew me dirijo a la metrópoli en pos de quien si aún no alcanzó el Premio Nobel de Literatura, es simplemente porque su verbo acorde a sus independientes sentimientos, no es motivo de trueque alguno.

En la calle Maipú, a metros de Charcas, detuvimos el vehículo a mano derecha del tránsito pero un un lugar vedado para todos, menos para Jorge Luis Borges y quienes van en su busca o lo retornan al departamento donde maúlla su hermoso gato que obviamente no es de porcelana, pero brilla como si lo fuera.

Despaciosamente Roy viene con el Maestro del brazo. Su semblanza de gentleman es indiscutible. Si no fuera Borges, igual- como está ocurriendo en estos momentos- se detendrían los circunstanciales transeúntes . Su silencio es toda una reverencia, cuando no se quiebra esta actitud con un apretón de manos o un adiós emocionado que Jorge Luis agradece sonriendo, guiándose por la voz y apretando el ya histórico bastón.

Decide ubicarse al lado junto al volante. Frente al camino parece querer inquirirlo todo, nada menos que él, que tiene todas las respuestas.

Iniciamos la marcha en forma rauda. No le molesta la velocidad, dialoga con Bartholomew que le va leyendo el trabajo premiado de José Vicente Nuñez titulado “Kappa”. Aunque pareciera imposible, tiene todos los sentidos, pues la falta de visual no es óbice para que presienta peligro, antes de que mi pie se apoye por primera vez en el freno.

Un coche más se nos pone a la par, pero en vez de escapar como otros en plena Avenida 9 de Julio, aminora su andar y observo que dos jóvenes que identificaron a Borges, saludan y envían con claro gesto, besos. Le transmito lo que ocurre, obligando una pausa de Roy en la lectura. El episodio se repetirá una y otra vez. Distintas caras y un mismo sentimiento de admiración y orgullo.

Cuando cruzamos el Riachuelo, alerto a Borges del pasaje. Le llama la atención y agrega uno de sus jugosos bocados del ayer.

Nos narra entre otras cosas: “Cuando mi padre fue por última vez al Hotel Las Delicias de Adrogue  en 1938- murió en ese año Lugones, agrega- el viaje en automóvil le costó 10 pesos, desde la quinta que ocupábamos entonces en Pueyrredón y Corrientes, incluido un peso de propina por la espera”.

Ya estamos en la Avenida Hipólito Yrigoyen. La corriente de vehículos en inmensa, el apuro el signo de todos, bueno, excepto los que ubican al gran escritor que continúan manifestándose favorablemente.

Son cerca de las 17.15 y en el área de Lomas de Zamora, varios alumnos de ambos sexos, detenido el tránsito por el semáforo en rojo, se olvidan de cruzar pero no de vivar a Borges como un auténtico ídolo.

En verdad, si no lo veo no lo creo, como decía Santo Tomás.

Reanudamos nuestra marcha. Borges va seguro. Bartholomew no hace comentarios sobre mi manera de conducir. Luego tendré presente al retornar a Buenos Aires, con esa riqueza material y espirtual que es Borges, el porqué de su silencio. Roy no viajó…

Le informo a Jorge Luis –no le gusta que lo llamen Señor- que estamos a la altura de Turdera, la zona de los cuchilleros que ganaron la eternidad con su pluma. Me refiero a los Ibarra…Nuestro ilustre acompañante suma otra información. No hace mucho estuvo con uno de sus descendientes. También nos comenta de su última estada en Coronel Suárez, de quien es descendiente. Vinieron a caballo desde Lima junto a Necochea, Pedernera, Olavarría. Borges todo es historia y sencillez. Tiene la riqueza que nadie adquiere, porque no hay dinero para ello. Suma conceptos de esa heroica travesía, trajeron el agua en bolsones de cuero. ¿Y los caminos? ¿Existirían?.

Estamos en Adrogué, cruzamos las vías del F.C. Gral Roca. Amenedo, arbolada y renovada, pero con la fragancia de otrora, merced a la presencia de algunas casas que conservan las plantas del Adrogué romántico. Tomamos por la Avenida Espora y Roy Bartholomew le habla de los señoriales árboles que aún se imponen al deseo de algunos hombres de hacerlos leña y que conforman un túnel verde.

Son aquellos que sobrevivieron al insólito tornado del 29 de setiembre de 1976 y que aún en lo alto se dan la mano, uniendo anteveredas y anocheciendo en plena tarde. Nos detenemos en la casa de Roy. Allí el Maestro hace un alto. Bebe agua. No es por cierto el líquido que antaño embriagara de frescura especialmente a los porteños que se llegaban a este oasis, donde los eucaliptus suplantaban a las palmeras.

Llega la hora rápidamente. Hay que dirigirse hacia donde Jorge Luis Borges le entregará en inolvidable jornada, el premio a José Vicente Nuñez y donde habrá de disertar. Allí todo es espera y entre los que están a la expectativa se encuentra nuestro colega y vecino Luis Alberto Di Cecco.

Cabe acotar que antes de partir de la casa de Bartholomew le prometo citarle a Borges donde está ubicada “La Rosalía”, la inolvidable casa que habitara con los suyos en la calle Macías y cuya hermana dibujara hace algunos años para ilustrar su libro “Adrogué”.

Borges pregunta entonces: “¿Es bueno eso de recordar donde viví?”. Le contesto que si pensara lo contrario no se lo hubiera propuesto.

Rumbo a la Estación Adrogué, para tomar por Somellera, Nother y por último Pinedo, le informamos en el momento preciso que pasamos por donde estaba su casona. El levanta la cabeza apoyándose sobre el bastón y recuerda el Adrogue Tennis Club.

Las calles adoquinadas sin dudas le darán la sensación cabal de ese ayer que no olvida y vive en él. Nos cita entonces el pasaje Las Casuarinas. Allí de tarde había enamorados y de noche también algún asalto. Eran tiempos que Adrogué céntrico tenía muchas rejas, glicinas, eucaliptus y enredaderas de jazmines olorosos.

Vuelve el ayer. Tiene presente ahora a su madre. “Ella solía venir a Adrogué. Siempre al Hotel Las Delicias” y se internaba en su parque. En los últimos años de su vida me confesó: creía que iba a encontrar a mi padre. No me lo había dicho antes, pues temía preocuparme con esos pensamientos. Una tarde, cuando caía el sol, comprendió que ya no había lugar allí para el reencuentro”.

Estamos ya frente al lugar destinado a recibir a Borges. Son numerosas las personas que nos esperan. Le decimos a este antes de trasponer el umbral del cálido y señorial salón, digno marco para Jorge Luis, que estamos frente al mismo lugar que ocupaba el Hotel que mandara construir Esteban Adrogué. Antes de descender del auto le narramos lo que queda en el Pasaje, la estatua de Diana y el espíritu de un tiempo que no habrá tornado que renueve.

Comienza la ceremonia con un prólogo unánime y espontáneo, el aplauso a Borges. La palabra oral y escrita está de fiesta. Nuevamente en Adrogué uno de sus ciudadanos dilectos. Lo que prosigue ya fue motivo de la crónica imaginable.

El retorno fue singular. Borges, previa estada nuevamente en la casa del Profesor Roy Bartholomew, decide recorre el trayecto -15 cuadras-caminando… La decisión está tomada. Y comienza a hacer “camino al andar”. El grupo crece con la presencia de jóvenes que se suman y se sienten atraídos por la figura que Roy lleva del brazo.

Es una peregrinación silenciosa que despierta aún más calladas adhesiones, a medida que Adrogué céntrico descubre a Borges en carne y hueso, cuando sólo creía en una visión.

Tras la pausa referida reiniciamos el retorno a Buenos Aires. Junto a Borges ahora están Luis Di Cecco, Mabel Pagano y Yelma Baldi, estas figuras que lucieron en el certamen de poesías que organizáramos. La vuelta se hace más rápida aún. Claro que a esa hora el camino está libre y los semáforos saludan con su intermitencia amarilla a quien no los observa, pues no puede, aunque ve mucho más allá que otros que tienen intacto el poder visual pero atascada la mente.

Borges tararea tangos. Está muy contento. Cambia impresiones con todos y festeja los besos que le dedicaron jóvenes que se los negaban cuando él era joven. Cerciorado de nuestra presencia y solidaridad, sintiéndose libre, puede permitirse decir lo que otros callan y no porque no vean ni sientan.

En Lanús, Mabel Pagano desciende y besa al Maestro. “Hoy besé dos veces al verdadero Premio Nobel de Literatura”, exclama. Otro tanto dirá luego en Buenos Aires Yelma Baldi. Allí, otra vez en Charcas y Maipú estrechamos su mano. Lo acompaño hasta el sexto piso y lo dejo en la puerta de su departamento. Una voz le responde. El gato está oculto tal vez junto a los libros. Agradece Jorge Luis Borges la compañía. No se cansa de agradecer quien realmente debería ser el receptáculo de todo nuestro agradecimiento.

En tanto en Adrogué, el artista Alejandro Barletta, que tocó para Borges en casa de Roy Bartholomew en íntima reunión con su bandoneón universal, música de Bach y de su propia inspiración, confesó que encontró a Jorge Luis en Madrid, paseando por la calle y no tomó contacto con él, a quien personalmente desconocía, para no molestarlo.

 

Ramón César Suárez.

(Noviembre de 1981)

 

Fuente: Mi Ciudad en Línea -  Historias de Mi Ciudad

https://www.miciudadenlinea.com.ar/nota/20201001-un-viaje-y-una-charla-con-jorge-luis-borges

Boca y Borges tienen más similitudes de las que creemos

Una de las culturas más poderosas de Sudamérica es la argentina. Los gauchos son los culpables de dos de los rostros que más se han impreso en playeras, tazas, sudaderas,...

Otto Zuloaga

3 de abril de 2020

Una de las culturas más poderosas de Sudamérica es la argentina. Los gauchos son los culpables de dos de los rostros que más se han impreso en playeras, tazas, sudaderas, mochilas y toda clase de objetos en los que se pueda aplicar un poco de tinta. El Che Guevara y Diego Armando Maradona se viralizaron en tiempos en los que la palabra viral solo tenía que ver con enfermedades.

Pero no solo el futbol es punta de lanza en Argentina; también en la literatura llevan mano. Julio Cortázar, Osvaldo Lamborghini, Ricardo Piglia, Alberto Laiseca, Roberto Arlt, Alejandra Pizarnik, Marta Lynch y un largo etcétera de creadores literarios encabezados por Jorge Luis Borges, el 10 de las letras pamperas.

Borges odiaba el futbol, no soportaba que la humanidad perdiera el tiempo en esa práctica estúpida. Y, por supuesto, fue el principal detractor de que Argentina albergara su primer Copa del Mundo en 1978. Amenazó con dejar el país en cuanto se diera el silbatazo inicial. No lo hizo, pero sí dictó una conferencia sobre la inmortalidad el mismo día a la misma hora del partido de fase de grupos entre la Albiceleste y Francia. Mientras Daniel Alberto Passarella y Leopoldo Jacinto Luque hacían gritar de alegría a una nación; Borges divagaba en un auditorio sobre la posibilidad de nunca abandonar este mundo.

Paradójicamente ese Mundial inmortalizó a tipos como César Luis Menotti, gran estudioso del oficio que tiene como materia prima patear una pelota.

El odio al futbol, por parte del escritor más importante de América Latina no lo eximió de ser tomado como referencia para hablar de este. El empalme me ocurrió mientras realizaba una de las acciones más recurrentes de los recientes años (zapping) en una de las catedrales del ocio más visitadas (Netflix).

Boca Juniors 3D (Rodrigo H. Vila, 2015) es un documental sobre el equipo más popular de Argentina; ahí jugadores, directivos e hinchas narran la historia del club teniendo como hilo la memoria de un viejo loco que vive encerrado en un convento y cuya única cualidad es recordar con exactitud todos los goles, jugadas, torneos y campeonatos de los Xeneizes. Su nombre: Funes.

“Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Irineo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O’Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles”.

A esta descripción de ‘Funes el memorioso’, un cuento escrito por Borges que apareció en Ficciones (1944), le faltó agregar: “Aficionado recalcitrante de Boca”. Aventurados los realizadores del documental que decidieron jugar con la memoria del odiador número uno del balompié.

Dice Martín Caparrós, escritor argentino amante de Boca y del futbol, en Boquita (2005) que en 1943 “Muchos viernes, aquel equipo [Boca] se concentraba -la idea era muy reciente- en el hotel Las Delicias de Adrogué. Allí iba, de tanto en tanto, un escritor que situó en ese hotel uno de sus cuentos más renombrados: ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’. Es muy probable que el escritor, ya cuarentón, y los jóvenes jugadores se miraran con cierto recelo mutuo o, mejor, sin ningún interés. En esos días el futbol estaba muy alejado de eso que todavía se llamaba ‘cultura'”.

Tan cerca y a la vez tan lejos. Si Borges hubiera tenido un gramo de afición por el futbol estoy seguro que no hubiera sido hincha de Boca. Nunca de un equipo que representaba al populacho de aquella empobrecida sociedad argentina.

Jorge Luis Borges murió el 14 de junio de 1986, 15 días antes de que Argentina ganara su segunda Copa del Mundo. El más grande escritor argentino se opuso a la pasión más grande de su país, el futbol.

 

Fuente: Los Pleyer.com

https://lospleyers.com/noticias/futbol/boca-juniors-y-jorge-luis-borges/

 

 

lunes, 19 de julio de 2021

¿Cuánto Borges hay en DARK?

Entre todas las referencias que hace la serie de Neflix  "Dark" a otras obras, ¿es posible que algunas de ellas sean a Jorge Luis Borges?

Fuente: You Tube

https://www.youtube.com/watch?v=fIclIfWWpSg

domingo, 18 de julio de 2021

El Aleph estaba en A Coruña


 Luís Pousa Rodríguez

 

En uno de sus más pasmosos relatos, Jorge Luis Borges nos cuenta que bajo la escalera del sótano de una casa de la calle Garay, en Buenos Aires, se encontraba el Aleph:

 

-En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América...

 

El Aleph de Borges lo vemos los coruñeses todos los días -o casi todos, según-, aunque la mayoría de las veces lo contemplamos a lo lejos, a 120 metros sobre el nivel del mar y a 60 desde su base. Emite una luz giratoria, que desde el atardecer hasta el alba barre con su halo los tejados de Adormideras y Monte Alto y la llanura encrespada del Atlántico, ese populoso océano que también observaba Borges y que lleva a las muchedumbres de América.

 

No hace falta viajar a Buenos Aires, ni siquiera es necesario buscar la casa de la calle Garay, ni la escalera que baja al sótano del comedor donde se ocultaba el Aleph borgiano. De hecho, lo que hay que hacer para ver el Aleph es quedarse en A Coruña y no bajar a ninguna parte, sino subir 234 escalones y luego media docena más. Solo así se llega a la linterna de la Torre de Hércules, que es nuestro Aleph, el que veían alternativamente Carlos Argentino y Borges en un bajo de Buenos Aires: «El lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos». Porque así se siente uno cuando tiene la fortuna de que el torrero le abra la puerta que, desde la terraza del faro, lleva a esa última corona de la ciudad sobre los restos mortales del gigante Gerión.

 

Hay que trepar unos escalones adicionales -después de los 234 previos ya no parecen gran cosa, ni siquiera para un asmático con el corazón remendado- y arriba, en medio del octógono acristalado desde el que el faro despide su luz cada noche, está la maravillosa linterna, con su óptica de hace un siglo y su mecanismo de otro tiempo, aunque ahora los técnicos de señales marítimas -ya no se llaman fareros y tampoco viven en la antigua casa del farero- lo pueden controlar a distancia desde su ordenador. Creo que fue doña Emilia Pardo Bazán -quién sino- la que dijo que la linterna de la Torre le parecía un «palacio de gnomos». También. Pero yo creo que es el mismísimo Aleph. Porque desde allí arriba se ven, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.

Fuente: La Voz de Galicia

https://www.lavozdegalicia.es/noticia/coruna/coruna/2018/06/26/aleph-coruna/0003_201806H26C4992.htm

 

viernes, 16 de julio de 2021

La abuela de Borges, cerca de las maestras que trajo Sarmiento al país

Fanny Haslam, entonces una viuda de 32 años, les dio alojamiento en Paraná a varias de las 61 educadoras que el autor de Facundo trajo desde Nueva York, según se cuenta en el flamante libro Las señoritas

Laura Ramos

Cuando me encontré, en el diario íntimo de una maestra de la helada Pensilvania, con el nombre de la abuela inglesa de Borges, supe que tenía que escribir esta historia. Mi investigación para Las señoritas, el libro sobre las maestras que trajo Sarmiento a la Argentina, empezó en la Universidad de Duke y casi por casualidad, mientras leía cientos de cartas y diarios de esas muchachas. Sarmiento había pedido que fueran “de aspecto atractivo, maestras normales, jóvenes pero con experiencia docente, de buena familia, conducta y morales irreprochables y, en lo posible, entusiastas y que hicieran gimnasia”. Aunque el proyecto contemplaba que viajaran dos mil estadounidenses, fueron solo 61 las que tomaron los transatlánticos desde Nueva York hasta Buenos Aires. Vivieron peligrosas aventuras, fundaron escuelas y también estirpes, viajaron en diligencias hacia La Rioja, Tucumán y Jujuy, resistieron a las montoneras de López Jordán, enfermaron de fiebre tifoidea, se enamoraron.

 

Encontré a “Mrs. Borges” en los papeles personales de Sarah Eccleston, una de las maestras destinadas a Paraná: “La señora de Borges, que invitó a Emmie a desayunar, es una dama inglesa que se casó con un sudamericano”, decía en su fina caligrafía algo borroneada por la tinta. Después de varias semanas de investigar en la Argentina, pude corroborar que la “dama inglesa” era Frances Ann Haslam de Borges, la abuela de nuestro escritor, la que le enseñó su idioma, su literatura y su cultura cuando él era un niño.

 

"Sarmiento había pedido que fueran “de aspecto atractivo” y “jóvenes pero con experiencia docente”"

 

Fanny había emigrado desde Inglaterra a la Argentina en el año 1869, a los 26 años, tras los pasos de su hermana, casada con un italiano. La familia se afincó en Paraná, donde Fanny vio llegar, desde la azotea de su casa, al joven coronel Borges al frente de sus tropas. Esa noche, en el baile de bienvenida a los soldados, Fanny Haslam y Francisco Borges se enamoraron. En sus fotografías, Fanny no parece tan hermosa como interesante, con un rostro afinado y ojos oscuros, inteligentes y profundos. La pareja se casó pronto y se fue a vivir a la guarnición militar de Junín. A punto de tener a su segundo hijo, luego de cuatro años emocionantes en el fortín, Fanny volvió a Paraná. En el momento de la heroica muerte de su esposo en la batalla de La Verde, en noviembre de 1874, Fanny tenía 32 años, aunque el día de su casamiento mintió cinco menos en el Registro Civil. Con un niño de dos años y un bebé de nueve meses, instalada en la casa de su hermana Caroline, necesitaba ganarse la subsistencia. El general Mitre había donado las regalías de sus Arengas a la madre del coronel, mientras que el Estado había otorgado a la viuda una pensión, que tardó en hacerse efectiva. En esa instancia precisa, entonces, el destino de Fanny se entroncó con el de las maestras sarmientinas. Les dio pensión en la casona de la Alameda de la Federación número 525, muy amplia y con unos jardines que unían la plaza San Miguel con el parque Urquiza y el puerto viejo .

 

A la hora en que los jóvenes Borges empezaran los estudios superiores –el mayor la carrera militar y Jorge Guillermo, el padre del escritor, el Colegio Nacional y después Derecho– la familia se mudó a Buenos Aires. En la casa de la calle Libertad 1346, Fanny volvió a dar alojamiento a las maestras, mientras su hermana Caroline enseñaba inglés y literatura en la Escuela Normal Lenguas Vivas y en el Colegio Americano, propiedad de Sarah Eccleston.

 

"Cuando se trasladó a Buenos Aires, Fanny volvió a dar alojamiento a las maestras en su casa de la calle Libertad"

 

El de Fanny Haslam no fue el único de los hallazgos de Las señoritas. Además de descubrir a dos maestras que se enamoraron en el viaje en barco, para vivir como pareja durante cincuenta y tres años en Mendoza, en otros archivos me crucé con el nombre de la profesora de piano de Victoria Ocampo. Miss Clara Armstrong, la gran docente de Catamarca, había adoptado a una niña irlandesa, Katie O’Keefe, a quien llevó a Buenos Aires para que estudiara piano con la dinamarquesa Berta Krauss. Con risueña ironía, Victoria Ocampo hizo célebre a Fräulein Krauss en sus Testimonios: la describió con “una esclavina de piel que parecía de carnero sucio” , y tan severa que en una ocasión la hizo caer del taburete de un brusco empujón, y en otra la pellizcó. No encontré documentos que testimoniaran las impresiones de la niña O’Keefe, pero me sorprendió que, si ninguna de las maestras se casó con un “nativo”, tampoco adoptara a un niño argentino.

 

Las deliciosas cartas y diarios de las hermanitas Atkinson, destinadas a San Juan, me revelaron que la sobrina de Sarmiento, Sofía Lenoir de Klappenbach, recibía una beca de veinte dólares del gobierno central para estudiar en la escuela normal, y su hija mayor otra semejante. Según me contó su sobrina bisnieta, cuando Sofía enviudó en 1884 recibió la visita de la extraordinaria maestra Mary Graham, quien la impulsó a terminar sus estudios de magisterio para trabajar y aportar recursos a su familia. De modo que Sofía asistía a clase envuelta en los crespones negros del luto, tan cubierta que no se le veía el rostro, una figura fantasmal entre sus alegres condiscípulas de catorce años. El salario mensual promedio de cien pesos oro, o cien dólares, que cobraban las maestras, dan una medida del valor de uso de los cuarenta dólares que recibían Sofía y su hija, en una familia de cinco personas. Sarmiento no pudo conseguir, sin embargo, una beca para su sobrino Clemente Gómez, hijo de Paula Sarmiento, la más pobre de sus hermanas.

Laura Ramos - Escritora y periodista; acaba de publicar Las señoritas (Lumen)

 

Fuente: La Nación

https://www.lanacion.com.ar/ideas/la-abuela-de-borges-cerca-de-las-maestras-que-trajo-sarmiento-al-pais-nid10072021/