lunes, 24 de mayo de 2010

Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges





En el momento de su fallecimiento, Borges había completado los prólogos a los primeros sesenta y cuatro títulos de una selección de cien que habrían de constituir una colección cerrada escogida por él mismo. De estos textos, testimonio de sus preferencias literarias, escribió: «Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas».



Biblioteca Personal

Julio Cortázar: Cuentos
Evangelios apócrifos
Franz Kafka: América
Relatos breves
Gilbert Keith Chesterton: La cruz azul y otros cuentos
Maurice Maeterlinck: La inteligencia de las flores
Dino Buzzati: El desierto de los tártaros
Henrik lbsen: Peer Gynt
Hedda Glaber
José María Eca de Queiroz: El mandarín
Leopoldo Lugones: El imperio jesuítico
André Gide: Los monederos falsos
Herbert George Wells: La máquina del tiempo
El hombre invisible
Robert Graves: Los mitos griegos
Fiodor Dostoievski: Los demonios
Edward Kasner & James Newman: Matemáticas e imaginación
Eugene O´Neill: El gran dios Brown
Extraño interludio
El luto le sienta a Electra
Ariwara no Narihira: Cuentos de Ise
Herman Melville: Benito Cereno
Billy Budd
Bartleby, el escribiente
Giovanni Papini: Lo trágico cotidiano
El piloto ciego
Palabras y sangre
Arthur Machen: Los tres impostores
Fray Luis de León: Cantar de cantares
Exposición del Libro de Job
Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas
Con la soga al cuello
Oscar Wilde: Ensayos y diálogos
Henri Michaux: Un bárbaro en Asia
Hermann Hesse: El juego de los abalorios
Enoch A. Bennett: Enterrado en vida
Claudio Eliano: Historia de los animales
Thorstein Veblen: Teoría de la clase ociosa
Gustave Flaubert: Las tentaciones de San Antonio
Marco Polo: La descripción del mundo
Marcel Schwob: Vidas imaginarias
George Bernard Shaw: César y Cleopatra
La comandante Bárbara
Cándida
Francisco Quevedo: La Fortuna con seso y la hora de todos
Marco Bruto
Eden Phillpotts: Los rojos Redmayne
Sören Kierkegaard: Temor y temblor
Gustav Meyrink: El Golem
Henry James: La lección del maestro
La vida privada
La figura en la alfombra
Heródoto: Los nueve libros de la Historia
Juan Rulfo: Pedro Páramo
Rudyard Kipling: Relatos
William Beckford: Vathek
Daniel Defoe: Las venturas y desventuras de la famosa
Moll Flanders
lean Cocteau: El secreto profesional y otros textos
Thomas de Quincey: Los últimos días de Emmanuel
Kant y otros escritos
Ramón Gómez de la Serna: Prólogo a la obra de Silverio Lanza
Antoine Galland: Las mil y una noches (selección)
Robert Louis Stevenson: Las nuevas noches árabes
Markheim
León Bloy: La salvación por los judíos
La sangre del pobre
En las tinieblas
Bhagavad-Gita
Poema de Gilgamesh
Juan José Arreola: Cuentos fantásticos
David Garnett: De dama a zorro
Un hombre en el zoológico
La vuelta del marinero
Jonathan Swift: Viajes de Gulliver
Paul Groussac: Crítica literaria
Manuel Mujica Láinez: Los ídolos
Juan Ruiz: Libro de buen amor
William Blake: Poesía completa
Hugh Walpole: En la plaza oscura
Ezequiel Martínez Estrada: Obra poética
Edgar Allan Poe: Cuentos
Publio Virgilio Marón: La Encida
Voltaire: Cuentos
J. W. Dunne: Un experimento con el tiempo
Attilio Momigliano: Ensayo sobre el Orlando Furioso
William James: Las variedades de la experiencia religiosa
Estudio sobre la naturaleza humana
Snorri Sturluson: Saga de Egil Skallagrimsson

Colección El Séptimo Círculo




En febrero de 1945 nació El Séptimo Círculo, la colección dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. El primer título fue La bestia debe morir , de Nicholas Blake, en traducción de Juan Rodolfo Wilcock. La novela narraba el minucioso plan de un padre para asesinar al hombre que había atropellado y dado muerte a su hijo.

Nicholas Blake era el seudónimo que usaba el poeta Cecil Day Lewis (padre del actor Daniel Day Lewis) para escribir sus novelas policiales. Desde el volumen inicial de su catálogo, El Séptimo Círculo fue un éxito, y durante muchos años las tiradas se mantendrían alrededor de los 14.000 ejemplares. Borges contaría, sin embargo, que le había costado convencer a la editorial de las ventajas de la colección, por la ausencia de prestigio del género.



El Séptimo Círculo -cuyo título evoca el anillo del infierno que Dante reservó a los violentos- estuvo destinada desde un principio al policial clásico inglés. Sin embargo, a lo largo de sus 366 volúmenes (publicados entre 1945 y 1983; el último fue Los intimidadores , de Donald Hamilton) hay curiosas intromisiones. No sólo aparecen algunos títulos del policial negro -James Cain, Ross Macdonald, John D. Macdonald y James Hadley Chase, algunos publicados aun en los primeros años de la colección- sino también ciertos libros que trabajan en los bordes de la literatura fantástica. Entre estos están El caso de las trompetas celestiales , de Michael Burt y la magistral El maestro del juicio final , de Leo Perutz, cuyas soluciones violan las normas que Borges le exigía al género.

Entre los pocos libros de autores nacionales hay dos clásicos: Los que aman, odian (n° 31), de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, y El estruendo de las rosas (n° 48), de Manuel Peyrou. Los otros autores cercanos son Enrique Amorim (uruguayo radicado en Buenos Aires), María Angélica Bosco (que desarrolló casi toda su literatura dentro del género), Eduardo Morera, Alejandro Ruiz Guiñazú y Roger Pla. Estos tres últimos firmaron con seudónimo (Max Duplan, Alexander Rice Guiness y Roger Ivness, respectivamente), lo que revela la desconfianza que todavía provocaba el policial.

Se suele oponer El Séptimo Círculo a la novela negra. Pero el verdadero enemigo conceptual para Borges y Bioy no era el policial norteamericano, sino el francés. Por ese entonces la editorial Tor publicaba en ediciones económicas de portadas y páginas amarillas títulos de los autores de habla francesa Gastón Leroux, Maurice Leblanc y Georges Simenon (al que Borges tampoco valoraba), junto con otros autores como Edgar Wallace y S. S. Van Dine (a quien Borges detestaba especialmente). La colección de Tor -tapas chillonas, traducciones a menudo deficientes- no era la estrategia más adecuada para la revalorización que pretendían Borges y Bioy.



Desde los años treinta, Borges venía publicando notas sobre el género. Pero El Séptimo Círculo estaba lejos de ser la puesta en práctica de los criterios expresados en aquellas notas. Se sabe que Borges prefería el cuento a la novela. ("Toda novela policial que no es un mero caos consta de un problema simplísimo, cuya perfecta exposición oral cabe en cinco minutos, pero que el novelista -perversamente- demora hasta que pasan trescientas páginas.") Pero la lucha por el dominio de una estética u otra dentro del género policial se daba sólo en el campo de la novela. ¿Qué posibilidades de triunfar hubiera tenido una colección que sólo incluyera cuentos? Para eso estaban las antologías -de las que también se ocuparon Borges y Bioy-, no las colecciones.

Los 366 volúmenes de El Séptimo Círculo dejaron afuera los relatos favoritos de Borges: los de Gilbert K. Chesterton. Esta ausencia se debió seguramente a problemas de derechos. Borges reparó la omisión en su Biblioteca Personal (allí apareció una selección de relatos del padre Brown: La cruz azul y otros cuentos ).

En el caso de los primeros 120 volúmenes, Borges y Bioy Casares participaron activamente en la selección de los títulos. Luego, a mediados de los años sesenta, el editor Carlos V. Frías se hizo cargo de la colección. En los últimos años, las ilustraciones de José Bonomi desaparecieron y así se borró también el espíritu de la serie. Los diseños geométricos de Bonomi representaban muy bien la estética de la novela-problema. Muchos años después, al recordar la colección, Bioy Casares atribuyó al diseño de portada y al emblema de El Séptimo Círculo -un caballo de ajedrez- buena parte del éxito.



Aunque esos 120 primeros números son los más alabados -y a menudo en las librerías de viejo los venden un poco más caros que los siguientes- ,no hay que desmerecer el resto de la colección. Los criterios para elegir el material fueron cada vez más amplios en cuanto a temática, pero se mantuvo la exigencia de calidad. A la etapa final -a pesar de las tristes portadas y la traducción ilegible- se deben sorpresas y descubrimientos como Kyril Bofiglioli, autor de dos de las más extrañas, hilarantes y amorales novelas que puedan concebirse: No me apuntes con eso y Detrás, con un revólver .

Adivinamos que las caóticas peripecias criminales y sexuales de su protagonista, Charles Mordecai - marchand y ladrón de cuadros tan sibarita como Tom Ripley y Hannibal Lecter- no hubieran formado parte de las preferencias de Borges.

En su inteligente y definitiva colección de ensayos sobre narrativa policial Asesinos de papel (Colihue 1996), que resume más de veinte años de trabajo sobre el género, Jorge Lafforgue y Jorge B. Rivera hacen una detallada investigación sobre la colección, que incluye entrevistas a los directores, al ilustrador Bonomi y al editor Frías. Entre otras opiniones, recogen los títulos favoritos de Bioy Casares, Bonomi y Borges.

Bioy Casares: La torre y la muerte (n °3), de Michael Innes.(Decía Bioy: "Luego supimos que Innes muy probablemente se hallara entonces en Buenos Aires, pues trabajaba en el servicio secreto británico y por aquellos años lo habían destinado a esta ciudad"). En sus Memorias (Tusquets, 1994), Bioy agrega otras novelas de su preferencia: Mi propio asesino (n° 10), de Richard Hull y La larga busca del señor Lamousset (n° 41), de Lynn Broke.

José Bonomi: Los anteojos negros (n° 2), de John Dickson Carr.

Borges: El señor Byculla , de Erik Linklater; El señor Digweed y el señor Lamb (n° 12) y Los Rojos Redmayne (n° 42), de Eden Phillpotts; La torre y la muerte (n° 3), de Michael Innes; La piedra lunar (n° 23) y La dama de blanco (n° 30), de Wilkie Collins; La bestia debe morir (n° 1), de Nicholas Blake; El hombre hueco (n° 40) de John Dickson Carr y Extraña confesión (n° 9), de Anton Chejov.



Antes de que surgiera la idea de El Séptimo Círculo, Borges y Bioy propusieron a la editorial Emecé una colección que llevaría por título Sumas. Escribe Bioy en sus Memorias : "Nuestro propósito era deparar al lector deslumbrantes revelaciones, convencerlo de que autores considerados pilares de la cultura pueden ser también curiosamente originales y amenísimos". Pero el proyecto que avanzó no fue esa popularización de lo consagrado sino, al revés, la consagración de un género popular y menospreciado.

Por Pablo De Santis
Para LA NACION - Buenos Aires domingo 13 de abril de 2003



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Colección El Séptimo Círculo

¿Por qué el nombre de Séptimo Círculo?

En la Divina Comedia de Dante Aligheri, una serie de personajes están condenados en el Séptimo Círculo del Infierno, vigilados y torturados por el Minotauro
El séptimo circulo se divide a su vez en tres recintos: en el primero: los violentos; en el segundo: los violentos contra sí mismos; los suicidas; los disipadores; en el tercero: los violentos contra Dios, contra la naturaleza y contra la sociedad (asesinos)



De esta colección hay tres ediciones: la de Emecé, la de Alianza-Emecé y una más reciente del diario La Nación de Buenos Aires, Argentina, compuesta de 8 libros


Coleccion Septimo Circulo
Editorial. Emecé


Nº Autor Titulo
1 Nicholas Blake La bestia debe morir
2 John Dickson Carr Los anteojos negros
3 Michael Innes La torre y la muerte
4 Anthony Gilbert Una larga sombra
5 James M. Cain Pacto de sangre
6 Milward Kennedy El asesino de sueño
7 Vera Caspary Laura
8 Milward Kennedy La muerte glacial
9 Anton Chejov Extraña confesión
10 Richard Hull Mi propio asesino
11 James M. Cain El cartero llama dos veces
12 Eden Phillpotts El señor Digweed y el señor Lumb
13 Nicholas Blake Los toneles de la muerte
14 Enrique Amorim El asesino desvelado
15 Graham Greene El ministerio del miedo
16 Clifford Witting Asesinato en pleno verano
17 Patrick Quentin Enigma para actores
18 John Dickson Carr El crimen de las figuras de seda
19 Anthony Gilbert La gente muere despacio
20 James M. Cain El estafador
21 Patrick Quentin Enigma para tontos
22 E. C. R. Lorac La sombra del sacristán
23 Wilkie Collins La piedra lunar
24 Cora Jarret La noche sobre el agua
25 H. F. Heard Predilección por la miel
26 Michael Innes Los otros y el rector
27 Leo Perutz El maestro del Juicio Final
28 Nicholas Blake Cuestión de pruebas
29 Lynn Brock En acecho
30 Wilkie Collins La dama de blanco, 2 tomos
31 Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo Los que aman, odian
32 Anthony Gilbert La trampa
33 John Dickson Carr Hasta que la muerte nos separe
34 Michael Innes ¡Hamlet, venganza!
35 Nicholas Blake ¡Oh envoltura de la muerte!
36 E. C. R. Lorac Jaque mate al asesino
37 John Dickson Carr La sede de la soberbia
38 Eden Phillpotts Eran siete
39 Patrick Quentin Enigma para divorciadas
40 John Dickson Carr El hombre hueco
41 Lynn Brock La larga búsqueda del señor Lamousset
42 Eden Phillpotts Los rojos Redmayne
43 Richard Keverne El hombre del sombrero rojo
44 Raymond Postgate Alguien en la puerta
45 Anthony Gilbert La campana de la muerte
46 Nicholas Blake El abominable hombre de nieve
47 Robert Player El ingenioso señor Stone
48 Manuel Peyrou El estruendo de las rosas
49 Raymond Postgate Veredicto de doce
50 Patrick Quentin Enigma para demonios
51 Patrick Quentin Enigma para fantoches
52 John Dickson Carr El ocho de espadas
53 R. C. Woodthorpe Una bala para el señor Thorold
54 H. F. Heard Respuesta pagada
55 Michael Innes El peso de la prueba
56 H. F. Heard Asesinato por reflexión
57 Anthony Gilbert ¡No abras esa puerta!
58 James Hilton ¿Fue un crimen?
59 Anthony Berkeley El caso de los bombones envenenados
60 John Dickson Carr El que susurra
61 Patrick Quentin Enigma para peregrinos
62 Anthony Berkeley El dueño de la muerte
63 Patrick Quentin Corrriendo hacia la muerte
64 John Dickson Carr Las cuatro armas falsas
65 Anthony Gilbert Levante usted la tapa
66 Peter Curtis Marcha fúnebre en tres claves
67 Anthony Gilbert Muerte en el otro cuarto
68 Sidney Fowler Crimen en la buhardilla
69 Varios El Almirante Flotante (en colaboración)
70 John Dickson Carr El barbero ciego
71 Donald Henderson Adios al crimen
72 Graham Greene El tercer hombre y El ídolo caído
73 Edgar Lustgarden Una infortunada más
74 John Dickson Carr Mis mujeres muertas
75 Clifford Witting Medida para la muerte
76 Nicholas Blake La cabeza del viajero
77 Michael Burt El caso de las trompetas celestiales
78 Charles Dickens El misterio de Edwin Drood, prólogo de G. K. Chesterton
79 Cyril Hare Huésped para la muerte
80 Eden Phillpotts Una voz en la oscuridad
81 Marten Cumberland La punta del cuchillo
82 Michael Valbeck Caídos en el infierno
83 L. A. G. Strong Todo se derrumba
84 Will Ousler Legajo Florence White
85 Hugh Walpole En la plaza oscura
86 Richard Hull Prueba de nervios
87 Patrick Quentin El buscador
88 Bernice Carey El hombre que eludió el castigo
89 Elizabeth Eastman El ratón de los ojos rojos
90 Margaret Millar Pagarás con maldad
91 Nicholas Blake Minuto para el crimen
92 Edgar Lustgarden Veredictos discutidos
93 Norman Berrow Peligro en la noche
94 John Dickson Carr Los suicidios constantes
95 Michael Burt El caso de la joven alocada
96 Fernand Crommelynck ¿Es usted el asesino?
97 Guy Des Cars El solitario
98 Michael Burt El caso del jesuita risueño
99 Vera Caspary Bedelia
100 Thomas Walsh Pesadilla en Manhattan
101 Richard Hull El asesino de mi tía
102 Alexander Rice Guinness Bajo el signo del odio
103 Josephine Tey Brat Farrar
104 John Dickson Carr La ventana de Judas
105 Margaret Millar Las rejas de hierro
106 Anna Mary Wells Miedo a la muerte
107 John Dickson Carr Muerte en cinco cajas
108 Vera Caspary Más extraño que la verdad
109 C. S. Forester Cuenta pendiente
110 John Dickson Carr La estatua de la viuda
111 Gregory Tree Una mortaja para la abuela
112 Josephine Tey Arenas que cantan
113 Margaret Millar Muerte en el estanque
114 Pierre Very Los Goupi
115 J. C. Masterman Tragedia en Oxford
116 Robert Parker Pasaporte para el peligro
117 Eric Linklater El señor Byculla
118 Nicholas Blake El hueco fatal
119 Stanley Ellin El crimen de la callle Nicholas
120 Eden Phillpotts El cuarto gris
121 Marjorie Stafford La muerte toca el gramófono
122 Eric Warman Blando por dentro
123 María Angélica Bosco La muerte baja en el ascensor
124 Edward Atiyah La línea sutil
125 Julian Symons El círculo se estrecha
126 L. A. G. Strong Scolombe muere
127 William March Simiente perversa
128 Robert Burns Soy un fugitivo
129 Mary Fitt Claves para Christabel
130 Nicholas Blake Susurro en la penumbra
131 Vera Caspary El falso rostro
132 Richard Katz El caso más difícil
133 Julian Symons El 31 de febrero
134 Serge Groussard La mujer sin pasado
135 Cyril Hare Un crimen inglés
136 Anthony Boucher El siete del calvario
137 Charlotte Jay El ojo fugitivo
138 H. F. M. Prescott El muerto insepulto
139 Patrick Quentin Mi hijo, el asesino
140 Patrick Quentin El bígamo
141 John Dickson Carr El reloj de la muerte
142 Josephine Tey El muerto en la cola
143 Edmund Crispin El caso de la mosca dorada
144 Nina Bawden Trasbordo a Babilonia
145 Nicholas Blake La maraña
146 Marten Cumberland La puerta de la muerte
147 Patrick Quentin El hombre en la red
148 Nicholas Blake Fin de capítulo
149 John Dickson Carr Patrick Butler por la defensa
150 Beverly Nichols Los ricos y la muerte
151 Patrick Quentin Circunstancias sospechosas
152 Edin Lanham Asesinato en mi calle
153 Cyril Hare Tragedia en la justicia
154 Robert Harling La columnata interminable
155 Cornell Woolrich (William Irish) Violencia
156 Patrick Quentin La sombra de la culpa
157 Nicholas Blake Un puñal en mi corazón
158 Roy Fuller Fantasía y fuga
159 Nicholas Blake El crucero de la viuda
160 Margaret Millar Las paredes oyen
161 Raymond Chandler La dama del lago
162 E. C. R. Lorac Muerte por triplicado
163 Patrick Quentin El monstruo de ojos verdes
164 Wallace Reyburn Tres mujeres
165 Vera Caspary Evvie
166 Alex Fraser Lugares oscuros
167 Beverly Nichols Asesinato a pedido
168 Julian Symons La senda del crimen
169 Patrick Quentin Vuelta a escena
170 John Dickson Carr Pese al trueno
171 Nicholas Blake El gusano de la muerte
172 Margaret Millar Semejante a un ángel
173 Max Duplan Sanatorio de altura
174 Laurence Payne Claro como el agua
175 Vera Caspary El marido
176 Wade Miller El arma mortal
177 Patrick Quentin La angustia de Mrs. Snow
178 Marten Cumberland Y luego el miedo
179 James Hadley Chase Un loto para Miss Quon
180 Hillary Waugh Nacida para víctima
181 John Burke La parte culpable
182 Nicholas Blake La burla siniestra
183 James Hadley Chase ¿Hay algo mejor que el dinero?
184 Thomas Walsh Un ladrón en la noche
185 James Hadley Chase Un ataúd desde Hong Kong
186 Hillary Waugh Apelación de un prisionero
187 Maurice Moiseiwitsch Besa al ángel de las tinieblas
188 Ross Macdonald El escalofrío
189 Patrick Quentin Peligro en la casa vecina
190 Thomas Walsh Esconder a un canalla
191 Patrick Quentin Trasatlántico "Asesinato"
192 Edwin Lanham No hay escondite
193 Howard Fast El ángel caído
194 John Dickson Carr Fuego que quema
195 Ben Healey Al acecho del tigre
196 Patrick Quentin El esqueleto de la familia
197 Nicholas Blake La triste variedad
198 Herbert Brean Los rastros de Brillhart
199 James Hadley Chase Un ingenuo más
200 Ross Macdonald Dinero negro
201 Hillary Waugh La joven desaparecida
202 James Hadley Chase Una radiante mañana estival
203 John Bingham Un fragmento de miedo
204 John Dickson Carr El codo de Satanás
205 James Hadley Chase La caída de un canalla
206 Ross Macdonald El otro lado del dólar
207 Nicholas Freeling Cañones y manteca
208 Nicholas Blake La mañana después de la muerte
209 James Hadley Chase Fruto prohibido
210 James Hadley Chase Presuntamente violento
211 Nicholas Blake La herida íntima
212 Hillary Waugh El hombre ausente
213 James Hadley Chase La oreja en el suelo
214 Nicholas Blake Fin de capítulo
215 Hillary Waugh 30 Manhattan East
216 Nicholas Beverley Los ricos y la muerte
217 Ross MacDonald Enemigo insólito
218 John Dickson Carr Oscuridad en la Luna
219 John D MacDonald El fin de la noche
220 John Boland El derrumbe
221 James Hadley Chase Trato hecho
222 Nicholas Freeling ¡Tsing-Boum!
223 Hillary Waugh Corra cuando diga:¡ya!
224 James Hadley Chase Trato hecho
225 Hillary Waugh Muerte y circunstancia
226 Hillary Waugh Veneno puro
227 Ross Macdonald La mirada del adios
228 John D MacDonald La única mujer en el juego
229 Ellery Queen Besa y mata
230 Ellery Queen Asesinatos en la Universidad
231 James Hadley Chase El olor del dinero
232 Cornell Woolrich (William Irish) Plazo: Al amanecer
233 Paul Andreota Zigzags
234 Piero Chiara Los jueves de la señora Julia
235 Ben healey Las mujeres se dedican al crimen
236 Margaret Millar Sólo monstruos
237 John Dickson Carr Mediodía de espectros
238 John A. Graham Algo en el aire
239 Joseph Harrington El último timbre
240 James Hadley Chase Un agujero en la cabeza
241 Sidney Sheldon Cara descubierta
242 Cornell Woolrich (William Irish) No quisiera estar en tus zapatos
243 John A. Graham El robo del Cezanne
244 Ross MacDonald Costa Bárbara
245 Michael Z. Lewin Acertar con la pregunta
246 Paul Andreota El pulpo
247 John Dickson Carr Mansión de muerte
248 James Hadley Chase Peligroso si anda suelto
249 Robert Garret El fin de la persecución
250 Vera Caspary Retrato terminado
251 Cornell Woolrich (William Irish) La dama fantasma
252 James Hadley Chase Si deseas seguir viviendo
253 John Craig ¿Quieres ver a tu mujer otra vez?
254 Lillian O' Donell El teléfono llama
255 Michael Collins Acto de terror
256 Stanley Ellin El hombre de ninguna parte
257 David Anthony La organización
258 Michael Gilbert El cadaver de una chica
259 Michael Collins La sombra del tigre
260 Richard Neely El síndrome fatal
261 Bill Pronzini ¡Pánico!
262 Victor Canning Peón dama
263 David Anthony Sangre a la luz de la luna
264 Arthur Maling Traficante de Nieve
265 James Hadley Chase Estas solo cuando estas muerto
266 David Anthony Sangre a la luz de la luna
267 James Hadley Chase Sin dinero, a ninguna parte
268 Richard Neely La amante japonesa
269 Lillian O'Donnell No uses anillo de boda
270 James Hadley Chase Acuestala sobre los lirios
271 Kennetth Royce El hombre xyy
272 Victor Canning La efigie derretida
273 Stanley Ellin La especialidad de la casa
274 Gregory Cromwell Knapp La estrangulación
275 Robert Dennes El sudor del miedo
276 Dwight Steward Acupuntura y muerte
277 Arthur Maling Ding dong
278 Stanley Ellin Castillo de naipes
279 Roger Ivnees El llanto de Némesis
280 Lettice Cooper Te en domingo
281 Raymond Chandler Asesino en la luvia
282 David Westheimer La cabeza olmeca
283 Victor Canning Cresta roja
284 James Hadley Chase El biutre paciente
285 Michael Collins El grito silencioso
286 Peter Dickinson El oráculo envenennado
287 James Hadley Chase Con las mujeres nunca se sabe
288 John D Macdonald Cielo Trágico
289 Reg Gadney Luchar por algo
290 James Hadley Chase Hay un hippie en la carretera
291 John Bingham Cinco accesos al paraíso
292 Cornell Woolrich (William Irish) La novia vestia de luto
293 John D Macdonald Lamento turquesa
294 John Godey La muerte del año
295 Bill Pronzini Prisionero en la nieve
296 Dick Francis Golpe final
297 Lillian O' Donell Traficantes de niños
298 Cornell Woolrich (William Irish) Serenata del estrangulador
299 James Hadley Chase Un as en la manga
300 David Anthony La dama de medianoche
301 Walter Kempley Calculo de probabilidades
302 Victor Canning La marca de Kingsford
303 Lillian O' Donell Disque 577
304 James Hadley Chase Peces sin escondite
305 Kyril Bonfiglioli No me apuntes con eso
306 Kenneth Royce Operación leñador
307 Victor Canning El esquema Rainbird
308 Stanley Ellin La fortaleza
309 Kenneth Royce En el hampa
310 Dereck Marlowe La hermana de alguien
311 James Hadley Chase Toc toc quien es
312 Victor Canning La máscara del recuerdo
313 Nicholas Meyer Práctica de tiro
314 James Hadley Chase Si usted cree esto
315 Richard Neely Mientras el amor duerme
316 Gavin Lyall El pais de judas
317 James Hadley Chase Muerase, por favor
318 John Godey La hora azul
319 Dick Francis En el marco
320 Margaret Millar Pregunta por mi mañana
321 Peter Lovesay Figura de cera
322 Hillary Waugh Una novia para Hampton House
323 Lillian O'Donnell Trabajo mortal
324 Arthur Maling Juego Diabolico
325 Stanlei Ellin Viaje a Luxemburgo
326 Rex Stout Asunto de familia
327 Martha Albrand Zurich / AZ 900
328 Simon Brett Por orden de desaparicion
329 James Hadley Chase Considerate muerto
330 El caballo de Troya Hammond Innes
331 John Bingham Amo y mato
332 James Hadley Chase Tengo los cuatro ases
333 Dick Francis Olimpiada en Moscu
334 Margaret Millar El asesinato de Mrs Shaw
335 Joe Gores Al estilo Hammett
336 Hilary Vaugh Un loco en mi puerta
337 Donald Hamilton Los ejecutores
338 Kenneth Royce El toque de Satan
339 Alain Demouzon Crimenes imperfectos
340 Cornell Woolrich El negro sendero del miedo
341 Kyril Bonfigliori Detras de un revolver
342 Stanley Ellin La estrella deslumbrante
343 Kay Nolte Smith La espectadora
344 Dick Francis Riesgo mortal
345 Ngaio Marsh La foto en el cadaver
346 Hugh Macleave Ningun rostro en el espejo
347 Gene Thompson La prueba decisiva
348 Ellis Peters Un cadaver de más
349 Allain Demouzon El largo tunel
350 J. Crouley Cambio rapido
351 Donald Hamilton Los envenenadores
352 Ian Stewart Huelga fraguada
353 B. M. Gill Victimas
354 Leo Bruce El caso de la muerte entre las cuerdas
355 H. Paul Jeffers Asesinato en el club
356 Leo Bruce El caso para tres detectives
357 Andrew Garve Contragolpe
358 Josephine Bell Y si viniera el lobo
359 Peter May Rostros ocultos
360 Simon Brett Tanta sangre
361 Leo Bruce Un caso para el sargento Beef
362 Peter Lovesay El falso inspector Deew
363 Lionel Black Rescate para un desnudo
364 Leo Bruce Cabeza a cabeza
365 Liza Cody Engaño
366 Donald Hamilton Los intimidadores
367 Leo Bruce Sangre fria (*)

(*) nota: en la contraportada del nº 366 se anuncia esta novela que nunca llegó a aparecer, es un número fantasma.

Borges y Cortazar



Cuenta Borges

"Hacia 1947 yo era secretario de redacción de una revista casi secreta que dirigía la señora Sarah de Ortiz Basualdo. Una tarde, nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito. No recuerdo su cara; la ceguera es cómplice del olvido. Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en la imprenta; otra, que lo ilustraría mi hermana Norah, a quien le había gustado mucho. El cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula "Casa Tomada". Años después, en París, Julio Cortázar me recordó ese antiguo episodio y me confió que era la primera vez que veía un texto suyo en letras de molde. Esa circunstancia me honra".

Cuenta Maria Kodama



"Creo que al otro día, fuimos al Museo del Prado y cuando justamente estaba yo mirando el gigantesco perro semihundido que pintó Goya, vi a Cortázar y se lo dije a Borges. Él me preguntó si yo quería saludarle y le dije que si él quería, yo quería. ‘Sí, claro. ¿Por qué no?’, me dijo. En ese mismo momento Cortázar vio a Borges y se acercó y fue divino, maravilloso y único… uno de esos instantes irrepetibles que nos regala la vida. Cortázar le recordó que le había llevado su primer cuento y destacó la generosidad de Borges con él. Y Borges rió y le dijo: ‘no me equivoqué, fui profético’".

Borges en Alta Gracia


Alta Gracia recuerda a Jorge Luis Borges

Mañana, María Kodama recibirá la grabación de la última charla pública que ofreció el escritor en territorio provincial. Fue en el Cine Monumental de esa ciudad, en agosto de 1985.

José Schaffer se sienta en un bar de la calle Belgrano, en el centro de Alta Gracia. Está en la vereda, frente a un café en jarrito condenado a enfriarse: entre la conversación y la cantidad de saludos que debe dar, no le queda tiempo para llevar la taza hasta su boca. Por la mañana, el centro de la ciudad serrana parece explotar de gente, y toda esa gente conoce a José: hace más de medio siglo que se dedica a producir el sonido y la iluminación de casi todos los espectáculos y eventos que pasan por Alta Gracia. Es un auténtico célebre desconocido.

Desde que comenzó a trabajar, se dedicó a registrar cada uno de los eventos, y a grabarlos en casetes. Ahora posee un armario repleto de cintas, una especie de archivo de audio de la historia reciente de Alta Gracia, con auténticas perlas en cuanto a conferencias y recitales se refiere.

Una de esas perlas es la grabación de una charla abierta que ofreció el escritor argentino Jorge Luis Borges, casi un año antes de morir en Ginebra, en agosto de 1985.

El autor de Historia universal de la infamia, Ficciones y El Aleph, entre otros, visitó el cine Monumental Sierras de Alta Gracia –actualmente cerrado y sin signos vitales de ningún tipo– de la mano del psicoanalista Víctor Pujia, un lector de su obra que lo invitó a Córdoba después de visitarlo periódicamente durante unos 10 años.

Mañana a las 20, en el cierre de la Feria del Libro de Alta Gracia, la viuda de Jorge Luis Borges, María Kodama, recibirá un disco con esa grabación. Será un obsequio de la comunidad de Alta Gracia para la presidenta de la fundación internacional que lleva el nombre del escritor, y todo indica que será el broche de consagración de un evento que ha vuelto a demostrar que su crecimiento es cosa seria.

Sucede que con la visita de Kodama, la Feria organizada por la Municipalidad de Alta Gracia corona, con un presupuesto bajísimo, una agenda de invitados ejemplar, que incluyó a Liliana Bodoc, Luis Pescetti, Angélica Gorodischer, el staff de Barcelona, Vlady Kociancich, Daniel Salzano, María Teresa Dri, Enrique Butti, Hugo Mujica, y Susana Dillon, entre otros.

Los amigos. La historia de la visita de Borges a Alta Gracia comienza con Víctor Pujia. Él había entablado con Borges una relación que el psicoanalista cordobés no quiere definir como amistad: “sería de una pedantería increíble decir que yo fui amigo de Borges”, dice, a 23 años de su último encuentro con el escritor más importante de la lengua española.

Pujia visitó a Borges en su departamento de calle Maipú, en Buenos Aires, como un lector de su obra. el escritor lo recibió en esa y en incontables oportunidades durante una década. Hacia 1985, el cordobés lo invitó a dar una charla en Ciudad Universitaria, en Córdoba, y también en Alta Gracia, ciudad natal de Pujia.

Borges ya había visitado Alta Gracia en su infancia, durante unas vacaciones familiares, y le atrajo la idea de volver al río Calamuchita: acompañado por Pujia, llegó primero a la capital provincial, para ofrecer una conferencia en la Universidad Nacional. Al ingresar al hotel, según relata Víctor Pujia, un lustrabotas lo reconoció y le dijo “¡eh, viejito, no te mueras nunca!”. El escritor sonrió y dijo: “Muy amable. Pero, la verdad, ya se me ha ido un poco la mano, ¿no?”.

Conmovedor. José Schaffer, mientras saluda a cada una de las personas que pasan por la vereda del bar, cuenta más anécdotas de aquella visita: a él le sorprendió “el buen humor de Borges” y la manera en que respondió a una de las preguntas del público.

“Alguien le preguntó –cuenta Schaffer– qué le leería a dios si pudiera leerle algo. Borges respondió, rápido, ‘seguramente, nada mío”. y luego agregó: aunque, ya que lo propone, sería interesante leerle la Biblia. Y seguramente en algún párrafo dios nos detendría para decirnos que eso no es así. Y entonces estaríamos frente a un dios ateo”.

Víctor Pujia también recuerda el humor sarcástico de Borges, pero agrega que “se trataba de un hombre muy humilde, un individuo mágico”.

Aquella jornada quedó en la historia de Alta Gracia: el cine colmó sus instalaciones y más de 1800 personas fueron a saludar al “Maestro”. Antes, los comercios de la zona colaboraron de la manera en que pudieron: cuenta Schaffer que “la mueblería prestó los sillones, y cada uno puso lo que podía poner”.

Hoy el cine Monumental Sierras es una postal del abandono, pero la ciudad que lo rodea es todo lo contrario. Y aquel entusiasmo colectivo parece haber sobrevivido: como muestra sobran los eventos (el Encuentro de Colectividades, el Encuentro de Cantautores, la Feria del Libro...).

Mañana, María Kodama se llevará una evidencia de que en Alta Gracia pasan cosas. Su conferencia cerrará la cuarta edición de la Feria, justo antes de que la cantante unquillense Griselda Castro ofrezca el recital de clausura.

A José se le enfrió el café. Debe ir a buscar el casete con la grabación de la charla. Se levanta, con el apuro de quienes tienen una misión. Más o menos así parecen caminar todos en esta ciudad.

Emanuel Rodríguez De nuestra Redacción erodriguez@lavozdelinterior.com.ar
lavozdelinterior.com.ar
http://www.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=224044
30 de julio de 2008

Dialogo con Borges en la Facultad de Psicología de la UBA


Encuentro con Jorge Luis Borges el 12 de septiembre de 1984 invitado por el Profesor Titular de Filosofía Tomás Abraham y los profesores asociados Alejandro Rússovich y Enrique Marí, en el Aula Magna de la Facultad de Psicología de la UBA

Desgrabación y Composición: Alfredo Siedl

Alejandro Rússovich: aquí estamos, estudiantes de psicología; el decano, Hugo Vezetti; los profesores Enrique Marí y Tomás Abraham, y estoy yo, que hablo en este momento.
Estamos en el comienzo, ¿qué podríamos decir acerca del...?

Borges: del comienzo, breshit bará elohim, ¿no?

Rússovich: breshit bará elohim et hashamayin ve et haáretz, en el principio creó Dios los cielos y la tierra.

Borges: No, creó Dioses.

Rússovich: ah, "dioses"; elohim es plural, entonces. Borges sabe más (risas).

Tomás Abraham: Ustedes recuerdan que nos hemos interrogado por las razones que hicieron que la psicología invitara a la filosofía a expresar su palabra. Hoy devolvemos con creces esta invitación, pero no nos hemos de interrogar acerca de ella, ya que hoy la filosofía invita a la poesía a expresar su palabra. Tenemos un poeta...

Borges: supongamos.

Abraham: entonces, un supuesto poeta al que podríamos preguntarle qué relaciones encuentra entre la filosofía y la poesía.

Borges: He dicho alguna vez que la filosofía es una rama fantástica. Pero eso no lo he dicho contra la filosofía, al contrario, podría haber dicho por ejemplo -que era exactamente lo mismo conservando la sintaxis desde dos lugares distintos- que la filosofía depara un placer de orden estético. Si se ve a la teología o a la filosofía como literatura fantástica, se verá que son mucho más ambiciosas que los poetas. Por ejemplo, ¿qué son las obras de la poesía comparadas con algo tan asombroso como el dios de Spinoza: una sustancia infinita dotada de infinitos atributos?

Cada filosofía crea un mundo con sus leyes especiales, y esos modelos pueden o no ser fantásticos, pero eso no importa. Yo he entrado a la poesía, y también a la fábula, es decir, yo no soy un novelista. Yo he leído muy pocas novelas en mi vida; para mí el principal novelista es Joseph Conrad. No he intentado jamás la novela, pero he tratado de escribir fábulas. He dedicado mi vida a la lectura sobre todo, y he encontrado que la lectura de los textos filosóficos no es menos grata que la lectura de los textos literarios, y quizás no haya diferencia esencial entre ambas.

Mi padre me mostró su biblioteca, que me pareció infinita, y me dijo que leyera lo que quisiera, pero que si algo me aburría lo dejara inmediatamente, es decir, lo contrario de las lecturas obligatorias. La lectura tiene que ser una felicidad, y la filosofía nos da una felicidad, que es la de considerar el problema. De Quincey dijo que descubrir el problema no es menos importante que descubrir una solución, y no sé si se han descubierto soluciones, pero se han descubierto muchos problemas. Todavía es más enigmático el mundo, más interesante, más encantador.

Yo he dicho hace un momento que he dedicado mi vida a la lectura y a la escritura. Para mí son dos actividades igualmente gratas. Cuando hay escritores que hablan de la tortura de escribir, yo no entiendo esto, para mí escribir es una necesidad. Si yo fuera Robinson Crusoe escribiría en mi isla desierta. Cuando yo era joven pensaba en la vida que yo consideraba épica de mis mayores militares, que había sido rica, y la mía..., una vida de lector, y a veces imprudentemente, me parecía una vida pobre. Ahora creo que no, que una vida de lector puede ser tan rica como cualquier otra vida. Supongamos que Alonso Quijano no hubiera salido de su biblioteca, o librería, como la llamaba Cervantes, creo que su vida hubiera sido tan rica leyendo como cuando concibió el proyecto de convertirse en el Quijote. Para él esa vida es la más real, para mí su lectura ha sido una de las experiencias más vividas.

Y ahora que he cometido la imprudencia de cumplir 85 años, compruebo sin melancolía que mi memoria está llena de versos y llena de libros, yo no puedo ver desde el año 1955, perdí mi vista de lector, pero si pienso en mi vida pasada, pienso desde luego en amistades, en amores también, pero pienso sobre todo en libros. Mi memoria está llena de citas en muchos idiomas, y creo que, volviendo a la filosofía, no nos enriquece por sus soluciones, ya que estas soluciones son dudosas, son arbitrarias, y sí nos enriquece mostrándonos que el mundo es mucho más misterioso de lo que pensábamos. Es decir, lo que la filosofía nos ofrece no es un sistema, no es como alguien dijo un conocimiento claro y concreto, es una serie de dudas, y el estudio de esas dudas es un agrado. El estudio de la filosofía puede ser muy grato. Yo he estudiado la filosofía de paso, pero sin embargo con alguna pasión, ya que en el año 1917 yo había leído Die Welt als Wille und Vorstellung de Schopenhauer. Yo la había leído en inglés, y quería leerla en su idioma original, y yo me enseñé alemán para leer a Schopenhauer, y cuando pienso en el alemán, siento ese agrado. Otros idiomas, por ejemplo el castellano y el inglés, me fueron dados por la sangre, el francés por el hecho de haberme educado en Ginebra. El latín me lo enseñaron obligado, un poco, lo cual es una lástima. El alemán no, es una lengua que decidí aprender, y lo hice del modo más grato. Adquirí u ejemplar del Lirische Intermezzo de Heine y un diccionario alemán-inglés. Empecé a leer; al principio tenía que consultar el diccionario, sobre todo para cada adjetivo, verbo, sustantivo. Pero al cabo de unos meses lloré porque había leído una estrofa sin necesidad de recurrir al diccionario, y puedo recordarla ahora: "Das ... mich aus Deutsch, ich spreche Deutsch, man glaubt es kaum, wie is klang, Das wort ich liebe dich es war ein Tram". Yo lloré, estaba expresando en alemán y entendiendo aquellos versos, y después descubrí tantos poetas...

Ahora vuelvo a decir lo que dije hace un momento, uno debe buscar de todas las cosas una forma de felicidad, y la literatura y la filosofía nos ofrecen formas accesibles de felicidad. En el caso de Schopenhauer hay un agrado literario en su lectura; en el caso de Spinoza no, desgraciadamente escribió de more geométrico, es decir en forma de axiomas y definiciones. Pero yo he visto un libro, me llamó la atención el título, estaba en inglés: Spinoza of God; Spinoza sobre Dios, y luego adquirí ese libro, y comprobé que todo el libro había sido escrito sobre el texto de Spinoza, pero habían quitado todo ese andamiaje tan pesado e incómodo de definiciones, corolarios, axiomas; estaba el texto que podía leerse sin las dificultades, es delicioso.

Para mí Schopenhauer sería el filósofo, como lo fue también para Doyzen, que escribió una admirable historia universal de la filosofía, que curiosamente no empieza con los pensadores de la Magna Grecia, él dedica tres volúmenes a la filosofía de la india, y yo he leído buena parte de esos volúmenes, y llego a la conclusión de que todo ha sido pensado en la India, y luego llego a pensar lo mismo leyendo la historia de la filosofía china, que todo ha sido pensado en la China, pero de un modo muy distinto que lo hace muy difícil para nosotros.

Me parece difícil que se piense algo que no haya sido ya pensado hace muchísimo tiempo, en la China, en la India, pero todo eso corresponde a hábitos mentales muy distintos, y es mejor pensar occidentalmente, y lo oriental tenerlo en cuenta.

Entonces, resumiendo las digresiones mías preliminares, diría que no creo que haya una diferencia esencial entre la filosofía y la poesía. Ahora, otras preguntas, y espero poder contestar con menos digresiones, más concreto, pero claro, estoy un poco nervioso, soy muy tímido, soy un veterano de la timidez, yo era tímido cuando era joven, imagínense ahora que tengo 85 años, estoy aterrado realmente (risas).

Rússovich: antes de venir aquí me preguntó por teléfono si no le íbamos a tomar examen.

Borges: Cuando yo tenía que dar una conferencia estaba un poco asustado y soñaba que me tomaban examen, me aplazaban. En exámenes de historia argentina no sabía absolutamente nada, y no sé nada tampoco, la historia es misteriosa, en este país sobre todo (risas). Entonces, yo soñaba con el examen, me aplazaban con toda justicia, me despertaba y pensaba: -no, tengo que dar una conferencia. El examen es una versión onírica e infernal de la conferencia.

Enrique Marí: Borges, usted mencionó una cosa muy interesante acerca de la filosofía, que es su carácter enigmático. Entre los grandes enigmas de la filosofía, a pesar de que hay muchos, hay uno...

Borges: Yo diría que no hay otra cosa...

Enrique Marí: entre esos enigmas importantes uno es el enigma de la verdad, otro es el enigma de la muerte, con respecto a este último punto...

Borges: Para mí la muerte es una esperanza, la certidumbre irracional de ser abolido, borrado y olvidado. Cuando estoy triste pienso: ¿qué importa lo que le pasó a un escritor sudamericano del siglo XX; qué tengo que ver yo con todo eso? Uno piensa qué importa lo que me pasa ahora si mañana habré desaparecido y espero ser olvidado totalmente, yo creo que la muerte es eso. Pero quizás me equivoque y prosiga otra vida no menos interesante que ésta en otro plano, con distintas condiciones, y lo aceptaré también como he aceptado esta. Pero preferiría no acordarme de esta en la otra, ser más joven (risas).

Marí: Su respuesta me parece tremendamente interesante, se anticipa a lo que yo quería preguntarle...

Borges: disculpe si me he anticipado.

Marí: Es propio de todo filósofo y de todo poeta el anticiparse. Al contestar así, usted da una respuesta que se presenta tremendamente diferenciada del modelo de la muerte que tenemos en nuestra época. Usted sabe que hay muchos modelos de la muerte.

Borges: La aniquilación, el cero.

Marí: El modelo romántico de la muerte, de las hermanas Brontë, de Tolstoi. Pero nuestra época en cambio tiene un modelo de la muerte que es negar la muerte. En cambio, usted, en lugar de negar la muerte...

Borges: Es una hermosa esperanza.

Marí: Lo que me interesa de su respuesta a mi pregunta es que usted se aparta del modelo actual de la muerte.

Borges: Yo no sé cuál es el modelo actual de la muerte. Yo soy un hombre viejo, soy un victoriano del siglo XIX, no un contemporáneo.

Marí: El modelo actual de la muerte es su negación. Han desaparecido todas las ceremonias relacionadas con la muerte. El hombre moderno trata de recluirla, de dejarla de lado. Usted asume una posición inversa, habla desde considerar la vida que es una ficción, y que para que esa ficción sea completa y producir la felicidad, hay que darle un fin.

Borges: Eso no depende de mí, depende del azar, o de Dios, o de algo indudablemente misterioso. Yo no dirijo mi vida, más bien acepto, me resigno a esto, a estas circunstancias.

Mi padre cuando estaba muriéndose me dijo que él esperaba morir enteramente, cuerpo y alma. Ahora, no sé si lo logró. En el curso de una larga vida, una demasiado larga vida, yo he asistido a varias agonías, y siempre el que moría estaba muy impaciente por morirse. Siempre he observado eso, y recuerdo el caso de una de mis abuelas que estaba muriéndose, y dos o tres días antes de morir nos dio sus últimas palabras, que fueron: "Lo que pasa aquí es algo muy común, una mujer vieja que está muriéndose muy despacio. No hay ninguna razón para que toda la casa esté alborotada. Es muy trivial esto". Nos miró y dijo eso, y luego... Voy a recordar la muerte de mi otra abuela. Ella era hija del coronel Suárez, estaba muriéndose, y con un hilo de voz -todos la mirábamos compungidos- dijo "¡déjenme morir tranquila, carajo!"

Y creo que las dos, la criolla y la inglesa, en el momento no es que fueran muy valientes, eran personas, es así como una mujer muy vieja estaba muriéndose muy despacio, y la otra con esa leve impaciencia. Fue la primera vez en mi vida que oí esa palabra, ni siquiera sabía que no la conociera. Llegó al punto culminar un poco cansada, tuvo que morirse para dejar el trabajo también.

Alumno: Yo le quería preguntar: ¿Cómo ve a la psicología?

Borges: Mi padre fue profesor de psicología. Usaba como texto la obra de William James, y daba clases dos días por semana en "Lenguas Vivas". Tenía que dar las clases en inglés, y a fin de mes le pagaban lo que entonces era dinero, cien pesos, y él era escéptico de la psicología, decía "La psicología es una ciencia futura. Yo voy a enseñar lo que se llama psicología hasta ahora, pero no creo en ella". He estado muy interesado en la psicología, pero la he visto así, como una serie de problemas no resueltos.

Alumno: Usted dice que recibe y se resigna a lo que le dé la vida, pero, ¿no es usted el que está construyendo una vida a través de sus actos?

Borges: Yo descreo del libre albedrío. En ese caso, no estoy construyendo. Hay una frase de Carlyle que es terrible, él dice: "la historia universal es un libro que estamos escribiendo y leyendo continuamente", y escribiendo algo que se llama la cábala, y en el cual también nos escriben, es decir, somos no sólo directores y actores, sino también signos, letras, esa bibliografía divina en la cual también nos escriben. Es terrible esa idea. Yo leí eso y sentí un leve temblor.

Ahora, si usted cree en el libre albedrío, el libre albedrío es una ilusión necesaria. Pero en lo que se refiere a mi pasado, yo puedo aceptar que todo lo que he hecho ha sido condicionado por toda la historia universal, por todo el proceso cósmico anterior. Pero si me dicen que en este momento yo no soy libre, me revelo. Aquí están mis dos manos, y yo digo: puedo elegir cuál voy a dejar caer sobre la mesa, y en ese momento estoy seguro, pero, ahora que he dejado caer la izquierda, ¿puedo aceptar que eso era fatal y que haber dejado caer la derecha haya sido tan imposible?

Pero en lo que se refiere al pasado, al contrario, uno puede pensar, si ha obrado mal, que no tiene por qué arrepentirse, ya que estaba determinado, y las ideas de castigo y de premio también serían falsas, ya que todo ha sido prefijado; que el libre albedrío no existe, que todo ha sido condicionado. Pero eso depende del temperamento de cada uno. Quizás ustedes que son jóvenes sientan más fácilmente el libre albedrío. En cuanto a mí, me resulta muy difícil creer en él.

Alumna: ¿por qué dijo al principio que "dioses" creó el mundo?

Borges: Me han dicho, yo no sé hebreo, a lo mejor son mentiras, que en el texto bíblico dice "En el principio dioses creó los cielos y la tierra". Ahora, claro, eso podía ser la trinidad, que sería el plural, o podría ser el resto de una creencia en dioses, ustedes saben esto mejor que yo, ¿elohim es plural, no?

Rússovich: Elohim es plural.

Borges: En el principio Dioses creó, el sujeto plural y el verbo singular. Podría ser la Trinidad, o un dios tan complejo...

Rússovich: Pareciera que hay una superposición. Se podría traducir "El los dioses", una mezcla de lo uno y lo triple o lo múltiple.

Alumno: ¿No podrían ser esos dioses inferiores, decrépitos y jubilados?

Borges: Los gnósticos suponen en principio la idea de un dios absoluto, del cual no puede predicarse nada, y luego de él emana otra divinidad. Esa divinidad crea un mundo, de ese mundo emana otra divinidad, y así según Ireneo habría 355 divinidades, y la de más abajo tiene, digamos, una partícula ínfima de divinidad, y ésa es la que crea este mundo, y por eso hay enfermedades, hay males, y yo estoy ciego, naturalmente me ha hecho un dios incapaz, y es natural que uno envejezca, y en fin...

En cambio, Leibnitz pensaba que este mundo era el mejor de los mundos. Mejor es Voltaire, que negaba eso y decía: "decididamente, el señor Leibnitz es un optimista", inventó una moral optimista de la cual luego el reverso de la moneda salió "pesimista". Esa palabra que usamos todos los días es un regalo de Voltaire; aunque nos ha hecho tantos regalos... Es un bienhechor de todos nosotros.

Alumna: Más que un dios imperfecto, ¿no puede ser un castigo debido a un pecado original? Quizás estemos pagando algo.

Borges: Es la idea del karma, ¿no?, que uno ha pecado en una vida anterior. Recuerdo a un autor que dijo que fundar un hospital es un error. Ante todo, es un acto de vanidad, y luego demora simplemente que el enfermo pague su culpa. Se entiende que si usted es pobre, que si usted está enfermo, que si usted ha nacido en una casta inferior en la India, todo es consecuencia de una vida anterior, usted está pagando esas culpas. Ahora, si cada vida es consecuencia de una vida anterior, es algo muy difícil o imposible de concebir, pues el número de vidas anteriores tiene que ser infinito, ya que si hay una primera vida, no se sabe por qué esa primera vida es auspiciosa, es feliz o es desdichada; siempre tiene que haber una vida anterior. Si uno piensa en el tiempo, ocurre lo mismo. Si uno piensa en un primer instante del tiempo, sin querer piensa en un instante anterior, y luego en otro anterior, y así infinitamente. La transmigración no es imposible. Es tan raro el mundo que todo es posible. Mi padre me dijo: es tan raro el mundo que todo es posible, hasta la Santísima Trinidad.

Alumno: usted dijo que la lectura y la escritura eran un placer, y otras veces usted manifestó que cometió un pecado muy grande, que es el no haber sido feliz.

Borges: Sí, pero yo dije eso a la semana de la muerte de mi madre. Yo pensé que uno tiene el deber de ser feliz, no por uno sino por las personas que lo quieren a uno. Uno debe ser o simular ser feliz para no apenar a quienes lo quieren. Yo estaba siguiendo un tratamiento para la vista. Mi madre, que estaba muriéndose, había cumplido ya 99 años y tenía terror de llegar a los cien, me decía: "Ahora ves un poco mejor". Y yo, con toda crueldad, con toda pedantería, le dije: "No, sigo no viendo". Nada me hubiera costado mentirle, decirle: "Sí, estoy viendo un poco más, ahora percibo tal color..." ¿Por qué no lo hice? Es imposible que haya obrado de un modo tan terrible, pero me acuerdo de haberlo hecho delante de todos ustedes. Entonces yo pensé, claro, he cometido el peor de los pecados, no ser feliz. No por uno; si hay otros que lo quieren a uno, uno tiene por lo menos que fingir, simular la felicidad (aplausos).

Alumna: ¿alguna vez se preguntó por qué nos crearon carentes de libertad pero conscientes de ello?

Borges: Quiere decir que es un dios bastante inteligente, que ha presentado todo bastante bien, una relativa seguridad, porque no sé si nos ha creado un proceso fatal. Yo tiendo a pensar la vida como un sueño, pero como un largo sueño impersonal como cuando un dice "llueve" y no hay sujeto. El universo vendría a ser un verbo, una serie de acciones y designios, pero sin un soñador, de sueños que se sueñan a sí mismos. Yo creo que eso debe ser una forma del idealismo, ver la vida como un sueño, pero no soñado por una divinidad sino como un sueño que va soñándose en el tiempo. Y ese soñarse en el tiempo sería lo que llamamos el universo, o lo que llamamos Dios, o la realidad, como quieran ustedes. Me parece verosímil ver todo el proceso cósmico como sucesivo, verlo en el tiempo pero sin un actor, sin que haya nadie que dirija todo eso, como un sueño fatal e involuntario que en este momento está soñándonos a nosotros o a cada uno de nosotros.

Alumno: Quiero preguntarle por un verbo en infinitivo que supuestamente se sostiene sin sujeto: el verbo amar.

Borges: Yo tuve una discusión con Macedonio Fernández, ya que Macedonio negaba el yo, él ponía el amor como supremo, y yo le decía: "bueno, ¿entonces quién se enamora de quién si no existe el yo?". El decía "el yo no existe" (sic), es lo que pensaba Hume, es lo que pensaba Schopenhauer, es lo que pensaba el budismo, que el yo no existe. Pero entonces, ¿por qué tanta importancia al amor? Macedonio pensaba que la pasión es hermosa, más allá de que existan personas. No he entendido bien eso, no sé si Macedonio lo entendía.

No creo que resolvamos esa pregunta esta noche. Necesitamos varias vidas para contestar esa pregunta, una larga transmigración.

Alumna: Si fuéramos inmortales, ¿el amor no existiría?

Borges: No, por qué? Yo creo que sí. Yo siempre estuve enamorado, claro que de distintas personas, pero eso no importa. Supongamos una vida infinita, inmortal, y un número infinito e inmortal de personas, cada una se enamora de todos los demás sucesivamente.

Alumno: Pero hay algo que transcurre.

Borges: Sí, cambia, digamos, el tema del amor, pero la pasión del amor es la misma. Uno siempre comienza enamorado de una mujer única que cambia continuamente, pero eso no importa, siempre es lo único, siempre hay una. Pero dura muy poco, veinte, treinta años, que ya es bastante.

Alumno: Recuerdo que usted escribió que el tema del tiempo es uno de los más importantes. ¿Me podría decir por qué lo considera?

Borges: yo lo encuentro esencial. Por ejemplo, uno puede concebir un universo sin espacio ya que el espacio es una creación que se debe al tacto y a la vista. Pero vamos a suprimir el tacto y la vista, y vamos a suponer simplemente una conciencia. Esa conciencia o esas conciencias -podrían ser infinitas-, deben comunicarse mediante palabras de nuestro sonido o mediante música, sería más hermoso todavía. Entonces tendríamos un universo puramente temporal, sin espacio. Pero un universo sin tiempo es para mí inconcebible.

Alumno: ¿la inmortalidad no sería sin tiempo?

Borges: La inmortalidad significa seguir viviendo, yo creo. Ahora que he dicho seguir viviendo, recuerdo un diálogo que tuve hace dos años con un teólogo mormón. Él me dijo que el libro mormón es tan confuso que permite cualquier teología. Entonces él había ideado ésta, que no es heterodoxa: "Muere un hombre justo, llega al cielo. El cielo no es un lugar de ocio, ni de alabanzas de Dios, es un lugar en el que uno sigue trabajando, y eso prosigue por mucho tiempo, y si el que muere sigue siendo justo en el cielo, al cabo de millones de años, digamos, recibe este premio: llega a ser un dios, y siendo un dios le está permitido crear un mundo, crear su cielo y su tierra, y eso él puede determinarlo y elegir, por ejemplo, la mineralogía, la botánica, la zoología, la humanidad; aumentar el número de sexos, puede hacer todo". Lo felicito, le dije, me parece realmente apetecible y no tedioso, parece una actividad creadora continua y circular.

Alumno: ¿qué nos puede decir del amor al saber?

Borges: Si mi griego no me engaña, filosofía quiere decir amor al saber. Querer saber me parece algo natural. Qué raro, ahora viajo continuamente, no puedo ver nada, me describen las cosas, me las imagino de un modo sin duda falso, sin embargo, sé que siento los lugares. Por ejemplo, yo ayer estuve en San Juan, no se parece en nada a sentirse en Buenos Aires, y menos a sentirse en Alejandría, en Kyoto, en Texas, en fin, cada lugar tiene un modo peculiar, que llega más allá de los sentidos.

Ahora, yo creo que la transmisión de pensamiento es un fenómeno continuo, que uno está permanentemente recibiendo y dando. Creo que, por ejemplo, uno siente la amistad, la indiferencia, el malquerer, el odio. No tiene que ver con lo que pensaban Condillac o Locke, que decían que todo nos llega a través de los sentidos. Uno puede darse cuenta de que el otro es inteligente, aunque el otro no diga nada. Uno está recibiendo continuamente algo, hasta los sufrimientos, hasta los sacrificios, hasta los maleficios, todo tiene algún fin. En el caso del poeta, todo lo que le pasa es una especie de arcilla que tiene que transformar, que moldear en belleza, y así todas las cosas se justifican, y los males también. Las ideologías también, la ceguera también. Yo debo agradecer esos dones, aunque a veces sean o parezcan terribles.

Alumno: Recién usted se maravilló de las atribuciones que Spinoza le confiere a su dios.

Borges: Sí, porque son infinitas en el tiempo y en el espacio.

Alumno: ¿Y cuáles son las atribuciones que usted le confiere a su dios?

Borges: Esa pregunta es una falacia, porque yo no tengo ningún dios, no le doy ninguna atribución. Sería presuponer que yo tuviera un dios, eso no existe.

Alumno: ¿Cuál es su búsqueda, y cuál su camino?

Borges: Ante todo no es una búsqueda, es una busca, porque búsqueda es una palabra que me desagrada- Mi busca, mi camino, van a ser la misma cosa desde luego, pero yo sé que mi único destino posible es literario. Es decir que yo tengo el deber de cambiar todo lo que recibo, todo eso tiene que ser transmutado en belleza, y en una belleza bastante limitada como es la belleza verbal, ya que no tengo oído para la música, no tengo otras capacidades. Me gustaría ser músico, escultor, arquitecto, pero no puedo. Tengo que limitarme a las posibilidades del lenguaje cuyos límites y arbitrariedades conozco más que nadie. Pero ese es el único medio posible para mí. Para ustedes hay muchos otros caminos, desde luego, y por qué no el mío también, el de escritor, aunque hay destinos más ricos. El resignarse a un idioma es hacer algo con ese idioma, que es tan terco, tan obstinado a veces. Sin embargo, uno tiene el deber de modelarlo, d usarlo, y de respetarlo también.

Alumno: Si usted fuera un crítico de su obra, ¿cómo explicaría ciertos símbolos, como los laberintos, los espejos?

Borges: La respuesta es fácil en el caso del laberinto: es el símbolo más evidente de perplejidad. Yo me siento completamente perdido, y el laberinto es un símbolo evidente de estar perdido. Ahora, el espejo no. Es la idea del yo, por ejemplo de que uno ha sido, y luego uno será en tercera persona, es un lado del espejo.

Yo no he elegido esos temas, esos temas me han elegido a mí. Yo no creo que ningún escritor deba buscar temas o elegirlos, conviene que los temas lo busquen y lo encuentren.

Yo descreo de la estética. Cuando era joven yo creía que debía prescindirse de la rima, luego pensé que la rima era esencial, pensé que la metáfora era esencial. Lugones me enseñó que la metáfora era una de las figuras retóricas, pero creo que cada tema impone su estética. Es decir, uno vislumbra algo, y luego ese algo nos dice si quiere que lo planteemos en prosa, en verso, si el verso debe ser clásico, si debe ser verso libre; si debe ser tratado en tercera persona, o en primera. Luego, uno debe averiguar qué edad conviene, por ejemplo si se trata de una fábula, de un cuento, hay que averiguar qué fecha, qué país le conviene. Todo eso es un entretenimiento, yo paso buena parte de mi tiempo solo y trato de pensar en los proyectos literarios, ya que no puedo hacer otra cosa. Descreo de una especificidad absoluta, creo que cada tema dicta su estética, y que hay temas que exigen, por ejemplo, la brevedad. En mi caso particular, yo creo que debo intervenir lo menos posible en lo que escribo, sobre todo trato de que mis opiniones no intervengan.

En el caso de un cuento siempre me son revelados el principio y el fin, pero no lo que sucede entre el punto de partida y la meta. Hay escritores que dicen que ellos no obran así, que a ellos les basta con el principio, luego buscan el mejor fin, la mejor solución. Yo sé el principio y el fin, y tengo que averiguar qué sucede entre los dos por cuenta propia, y puedo equivocarme. Entonces, tengo que empezar otra vez cuando me doy cuenta de eso.

Hay que ver qué hay de cierto en todo ese proceso, si no, sería muy tedioso. A mi edad, uno no tiene contemporáneos. Se han muerto, yo paso buena parte de mi tiempo solo, pero no me quejo de ello. Estoy poblándolo de planes para el futuro, futuro que puede concluir en cualquier momento, desde luego. Tengo muchos amigos jóvenes pero no pueden darme todo su tiempo, es natural.

Alumno: Carlos Fuentes dijo que a Buenos Aires sería lindo que la verbalizaran, y dijo que Borges lo había hecho. ¿Se considera usted un escritor de Buenos Aires?

Borges: Primero, no sé si es justo, pero se lo agradezco. Desde luego, soy de Buenos Aires. Yo nací en el centro, es algo que conozco bien, pero era otra cosa entonces. Yo nací en Maipú, entre Esmeralda y Suipacha. Toda la manzana era de casas bajas, con puerta de calle, con llamador; no había timbres, el zaguán, una puerta cancel, patio, aljibe, cielorrasos muy altos. Era muy distinto Buenos Aires. Actualmente hay muchas partes que no conozco. Por ejemplo, hace un año fui por primera vez en mi vida al teatro Colón; no he estado nunca en Villa del Parque, en La Boca del Riachuelo, son lugares que no conozco; salvo Barracas, el Sur, el Centro, Palermo no conozco, pero el Palermo que yo imagino es algo que ha desaparecido ya, el de Evaristo Carriego.

Alumno: ¿Alguna vez se preguntó qué es el hombre y se pudo responder?

Borges: Sería muy raro que yo hubiera podido hacer lo que no ha podido hacer toda la filosofía hasta ahora, ¿no? (risas). No he llegado a saberlo, me he pasado toda la vida preguntándolo.

Alumno: A propósito de la libertad, quisiera saber si es verdad que usted declaró a La Razón el 23 de septiembre de 1976: "hablé con Pinochet acerca del hecho de que aquí, como en mi patria y en Uruguay se están salvando la libertad y el orden, sobre todo en un continente anarquizado. Expresé mi satisfacción como argentino de que tuviéramos aquí al lado un país de paz y de orden que no es anárquico y no está comunizado".

Borges: Cuando dije eso, lo dije con toda sinceridad. Yo soy un hombre fácilmente engañable.

Alumno: Usted dijo que Así hablaba Zaratustra no era el mejor libro de Nietzsche, sino el peor. Luego se rectificó en parte, diciendo "bueno, quizás no sea el peor". ¿Qué piensa de ese texto?

Borges: ¡Cómo va a ser el mejor!, es un falso evangelio, digamos. Ante todo, es misterioso. Otros libros de Nietzsche no lo son, es un falso idioma sagrado.

Alumno: ¿Para librarse de Dios procede así, escribiendo un nuevo evangelio?

Borges: Sin duda, yo creo que estaba loco cuando escribió ese libro. En todo caso, es un libro ilegible, muy tedioso, muy confuso. Es horrible. Otros libros de él, breves, están llenos de pensamientos, hay ironías, hay frases muy ingeniosas. Zaratustra no, simplemente sentencias dictadas para siempre, y malas, yo creo. Ya el título es horrible.

Alumno: Usted había mencionado en la declaración recién leída que se encontraba con que América estaba anarquizada...

Borges: Quiero decir simplemente que yo querría un mundo de hombres éticos que pudieran prescindir del estado, de la policía, de las enfermedades, de otros males, decía eso simplemente. Los viejos anarquistas enseñaban que el individuo y el estado se oponían, pero ahora el estado prima. Fuimos a Europa en el año 1914 y llegamos sin pasaporte. A lo mejor cambiaron después de la desconfianza en la primera guerra mundial, en la revolución rusa. Ahora usted no puede dar un paso sin cédulas, impresiones digitales. Vivimos en un mundo de burócratas, de oficinas, empleados públicos. Quizás llegue el momento en que todos sean hombres éticos y no sean necesarias estas cosas. En el Japón usted puede dormir con la puerta abierta, es natural por el clima que hay allí, supongo yo. Para que los hombres sean espontáneamente éticos y no necesiten ser castigados, ser vigilados ni amenazados, habrá que esperar algún tiempo, algunos años nada más. Quizás quinientos años.

Alumna: ¿Qué lugar le da en su vida a la contradicción?

Borges: Posiblemente yo viva contradiciéndome, yo no entiendo mi vida, Lo que pienso es que mi vida no he podido explicarla ni a mi mismo, pero luego leí que Walt Withman comentaba que él sabía poco y nada de sí mismo, y que para averiguarlo ha escrito sus veros; y Hugo lo ha dicho también de una manera distinta: "Soy un hombre velado para mí mismo, sólo Dios sabe mi verdadero nombre", es decir lo ha dicho más sencillamente.

Alumna: Usted había dicho que no creía en Dios.

Borges: No creo, pero he citado a Víctor Hugo. Nos quedamos con un dios entre comillas, ¿qué le parece?

Alumna: Bárbaro.

Borges: Una pequeña precaución pragmática.

Alumno: ¿Qué fuerza sintió que lo guiaba en su juventud?

Borges: Supongo que hay una fuerza vital que todos sentimos que nos impulsa a seguir viviendo más allá de lo que pensamos. He tenido tantas explicaciones y las he cambiado después. Yo no creo que un joven sea especialmente sabio tampoco.

Es que yo no he llegado a soluciones, yo he llegado a problemas, a dificultades, y esas dificultades son encantadoras también. Yo no puedo dar soluciones, ya que no las tengo, si yo no entiendo la realidad. Si usted viene a mi casa, verá que no hay un solo libro mío en casa, salvo uno que está en japonés, y no lo entiendo. Libros sobre mí, dejé de leerlos a los treinta años, y yo le pregunté una vez a Alfonso Reyes por qué publicaba; él me dijo: "Yo me he hecho la misma pregunta y he llegado a la solución"; "¿cuál es?", dije yo; "publicamos para no pasarnos la vida corrigiendo los borradores". Publico un libro, que sea un fracaso no importa, yo publico un libro, mis amigos saben que no tienen que hablarme de él, y yo no sé si ese libro se ha vendido o no, eso corre por cuenta de terceros o editores, no de escritores. Como decía Kipling, "El éxito y el fracaso son dos impostores", nadie fracasa tanto como cree, ni tiene tanto éxito. Y ya el hecho de trabajar es una felicidad. Yo escribo una página mediocre, pero ya el hecho de escribir me justifica del algún modo, es decir yo cumplo con esa misteriosa tarea de escritor, con ese deber, que no sé quién me ha impuesto, o que yo mismo me he impuesto, y me siento justificado por lo menos mientras escribo, después me siento injustificado o un poco asombrado de lo escrito.

Alumna: ¿Qué opina de la felicidad; es un concepto, algo que sentimos de a ratos, o ese intento que tenemos para justificarnos?

Borges: Yo creo que al cabo de un día, ese podría ser un concepto de Joyce en el Ulises, hemos estado alguna vez en el cielo, alguna vez en el infierno, alguna vez en el purgatorio, por lo menos han pasado algunas cosas.

A veces yo he recibido una racha de felicidad, y entonces no me pregunto por qué, porque no encuentro demasiadas razones para no ser feliz, pero cuando uno recibe esa felicidad, esa felicidad que es irracional, esa felicidad que es un don inexplicable, deja de serlo, y eso sucede fácilmente. Quizás corresponda a un buen estado de salud física, pero no importa, la felicidad es felicidad, y no es tan difícil, es bastante frecuente.

De igual modo yo creo que la belleza es muy frecuente, la versión literaria, por ejemplo. Yo he conocido poetas muy mediocres, pero es raro que no hayan escrito un buen verso alguna vez. Creo que a todos nos está dado escribir un buen verso, sobre todo en el curso de una larga vida es posible que yo haya escrito algunas páginas, no sé si algún poema, algún verso suelto sí, por qué no.

Alumno: Señor Borges, ¿qué es para usted la ironía?

Borges: Es algo que admiro en los demás, pero carezco totalmente de ella (risas).

Alumna: Hablando de clásicos universales, cada autor tiene una determinada obra cumbre, ¿cuál es la suya?

Borges: Yo creo que es un error eso, cualquier obra es una obra cumbre, cualquier obra puede serlo.

Alumno: ¿usted cree que depende de la creatividad del escritor?

Borges: No, yo creo que depende del modo en que es leído un autor. Si usted lee algo en un diario, lo lee para el olvido, si lo lee de un libro, lo lee para la memoria. Si el autor es famoso va con más respeto, pero el texto puede ser el mismo, puede ser igualmente valioso o igualmente falible. Yo no creo que existan ya libros definitivos. Además quizás hay que ver que cada generación reescribe esos grandes libros antiguos, con su dialecto y a su horma.

Vamos a suponer que haya diez o doce argumentos para un cuento, cada cual tiene que contarlo a su modo, con ligeras variaciones que son, desde luego, preciosas. Suponer que ya todo ha sido dicho es un error.

Además esos libros han sido enriquecidos por generaciones de lectores. Sin duda que Alonso Quijano es más complejo ahora que cuando Cervantes lo imaginó, porque Alonso Quijano ha sido enriquecido, digamos, por Unamuno. Sin duda que el Hamlet es más complejo ahora que cuando Shakespeare lo originó; ha sido enriquecido por Colleridge, por Bradley, por Goethe, por tanta gente. Es decir, los libros llevan una vida póstuma. Cada vez que alguien los lee, el texto cambia, siquiera ligeramente, y el hecho de ser leído con respeto hace que veamos riquezas en ellos ignoradas por el autor. Quizá un buen libro no corresponde nunca del todo a lo que el autor se propuso. Cervantes quería burlarse de los libros de caballería, y actualmente, si alguien se acuerda de Palmarín de Inglaterra, de Amadís de Gaula, de Tirante Blanco, es porque Cervantes se rió de ellos. Hernández escribió el Martín Fierro para protestar contra la leva, para oponerse a la conquista del desierto, y actualmente esos temas nos tienen sin cuidado, y ahí está Martín Fierro como un hombre que vive, que sufre, que sigue viviendo y sufriendo más allá de lo que Hernández pensaba de él. Tengo casi la convicción de que todo buen libro ha sido modificado, ha sido enriquecido por la historia de las culturas.

Alumna: ¿Qué siente que ha quedado como legado, escrito en sus libros?

Borges: Yo no puedo hablar de mis libros, los he escrito y he tratado de olvidarlos. Yo he escrito una vez, y los lectores me han leído muchas, ¿no? Yo trato de pensar en lo que escribiré, es muy enfermizo pensar en el pasado, el caso de la elegía es muy triste, tanto como el caso de la queja.

Alumna: ¿No es ésta un actitud melancólica?

Borges: No en este momento. Ahora que soy un viejo trato de lograr la serenidad, y la logro muchas veces. En cambio, cuando era joven yo trataba de ser desdichado, yo quería ser un personaje de Dostoievsky, o quería ser el príncipe Hamlet, pero ahora no, ahora me doy cuenta de que no soy el príncipe Hamlet. No cultivo la desdicha.

Alumno: Borges, ¿cómo podría definir un progreso en su vida?

Borges: A medida que he ido viviendo, he ido descubriendo mis límites. Un joven es ilimitado, un joven piensa que depende de su arbitrio ser Alejandro de Macedonia o Walt Withman, o cualquier otro. En cambio, pasan los años y uno sabe sobre todo no lo que puede hacer, sino lo que no puede hacer, y lo que no debe intentar. Esos límites dan cierta serenidad. Yo, por ejemplo, sé que no debo intentar la novela, sé que no debo intentar el teatro, pero sé que a veces no me está vedado escribir un cuento o un poema. Eso ya es una tranquilidad, y sé además qué lugares, qué personas me gusta tratar, voy conociéndome, conociendo mis límites. En cambio, un joven no sabe muy bien quién es.

Alumna: ¿Qué opina de Freud?

Borges: He fracasado en su lectura. En cambio, Jung me pareció un autor muy rico, lleno de sugestiones, que pueden ser ciertas o no, pero, en fin, yo prefiero a Jung y no a Freud. Freud me parece un viejo chismoso.

Alumno: Usted dice que los temas lo eligen; ¿por qué cree que lo eligió el malevaje?

Borges: Nosotros vivimos mucho tiempo en Europa, y entre los libros argentinos estaba Las misas herejes, que Carriego le dedicó a mi padre. Era vecino nuestro, su arrabal era Honduras y Coronel Díaz, y el nuestro un poco más cerca de Maldonado, Guatemala y Serrano. Llevamos ese libro entre tantos otros. Ahí estaba el Facundo de Sarmiento, los tres tomos de Ascasubi, el Martín Fierro, libros de Gutiérrez. Entre esos temas de Carriego estaba el del guapo, y yo siempre sentía nostalgia de Buenos Aires, y siempre me la imaginaba a través de esos libros. Luego decidí escribir la vida de Carriego, conocí al caudillo Paredes, y él me contó muchas anécdotas de cuchilleros, y elegí esos temas.

En cuanto a la milonga es raro, yo no pensaba jamás escribir milongas, y me encontré, me crucé un día con Guastavino en Alvear y Florida. El me dijo: "Si usted escribe algún tipo de milonga, yo le pongo la música". Y yo le dije: "No sé, nunca he escrito una milonga en mi vida, no sé si podré hacerlo". Yo iba y recorría galerías, bibliotecas, y de pronto sentí que algo iba a ocurrir, y recuerdo algo que me han contado hace mucho tiempo en la plaza del Once sobre un hombre de lindísimo nombre, Jacinto Chiclana, que murió peleando con muchos. Pensé en eso y enseguida la milonga se escribió sola. La milonga es un género muy raro porque uno no puede trabajarlo, o se escribe, o no se escribe.

Es que todo lo que yo escribo presupone un número indefinido de borradores, y las milongas que he escrito no, se han escrito solas. Quizás sean mis mayores los que las escriben a través de mí.

Alumna: Usted dijo que en su vida agradecía la felicidad, así como agradecía el dolor y justificaba incluso la ceguera; ¿por qué agradecer el dolor y la ceguera?

Borges: Porque para un artista, y yo trato de serlo, todo lo que sucede son materiales para su obra; a veces muy difíciles. La felicidad no requiere nada más, es un fin en sí mismo La desdicha tiene que ser transformada en otra cosa, tiene que ser elevada a belleza. Para un artista todo lo que sucede tiene que ser arcilla para su obra, y debe tratar de sentir así las cosas, aunque esos dones puedan ser atroces.

Alumna: Me gustaría que contara alguna imagen literaria producida a partir de un sueño.

Borges: Yo estaba en una ciudad de Michigan, y emergí de un sueño muy confuso. Pero de ese sueño logré salvar una frase, en la que un personaje decía en inglés: "Te vendo la memoria de Shakespeare". No sé a quién se la dijo, ni qué quería decir eso, pero yo le conté ese sueño a María Kodama y le llamó la atención la idea de vender la memoria de un muerto, y de un muerto ilustre como Shakespeare. Yo me quedé pensando en esa frase y me decía: "Vender no; demasiado comercial para mí, pero, ¿por qué no te doy la memoria de Shakespeare?". Entonces de ahí yo pensé: "vamos a suponer alguien a quien le sea dada la memoria personal de Shakespeare, digamos la que él tuvo pocos días antes de su muerte". Entonces imaginé un erudito alemán que le habría dedicado toda su vida a Shakespeare y pensaría escribir una biografía sobre él, y luego de un modo mágico que no explicaré él recibe la memoria personal de Shakespeare. Al principio esa memoria le llega en los sueños; empieza a soñar y ve caras conocidas, esas caras son las de Marlowe, de Chassman, y de otros contemporáneos de Shakespeare. Y luego va recordando memorias de ciudades que él no conoce, de árboles, y luego el momento en el cual tiene toda la memoria personal de Shakespeare, y dice: "Ahora puedo escribir un libro, el libro que he soñado toda mi vida, toda la biografía de Shakespeare, ya que tengo todo el material, tengo la memoria personal de Shakespeare". Y luego él comprende que todas las cosas que va a escribir ya han sido dichas en las tragedias, en las comedias, en los dramas históricos, en los sonetos de Shakespeare, y él no es Shakespeare. Además, se siente abrumado por esa memoria infinita, tiene miedo de perder su propia identidad, entonces una de las condiciones del cuento es que la memoria puede ser ofrecida, pero también debe ser aceptada por otro. Entonces él, abrumado por esa infinita memoria, que no le sirve para nada, toma el teléfono, y le contestan infinitas voces, y al final, a una voz que le parece la de una persona culta, le dice: "Le ofrezco la memoria de Shakespeare, ¿la acepta usted?", y el otro le dice: "No estoy muy seguro de lo que usted dice, pero sí, la acepto". Entonces, él cuelga el teléfono y siente un ligero alivio, y luego va olvidándose poco a poco de toda la memoria de Shakespeare, y vuelve a ser un erudito simplemente que sólo sabe la fecha de la vida de Shakespeare, y se siente aliviado porque ya ese peso de la memoria no lo tiene más. Ese es el argumento que yo recuerdo dado por su sueño. Muchísimas gracias.

Fuente : La Página de Tomas Abraham
http://tomabra.wordpress.com/

Borges y su Biblioteca de Babel - Editorial Siruela



Si eres devoto de Borges sólo hay una cosa que puedes desear más que perderte por entre sus líneas: que el maestro te facilite su canon bibliófilo particular. Pues bien, él lo hizo, y hace apenas unas horas hablaba de ello con un reginaexlibrislandiano asiduo, que me preguntó:

Cliente: Oye, Regina, ¿Conoces una colección que llevó Borges en Siruela? Es que me gustaría completarla…

La historia es ésta: arrancaban los años 80 y la editorial Siruela propuso a Borges coordinar una colección de más de una treintena de títulos seleccionados y prologados por él.

Así nació uno de los tesoros bibliófilos más exquisitos y a día de hoy absurdamente inalcanzables de todos los tiempos: La Biblioteca de Babel, bautizada como el relato homónimo de Borges que hoy aparece recogido en Ficciones y que versa sobre una biblioteca infinita.




Con una edición impecable y unas ilustraciones maravillosas, los treinta y tres títulos salieron a la venta entre 1983 y 1987. Lamentablemente desde hace dos décadas es imposible hacerse con ejemplares sueltos en librerías como reginaexibrislandia, y en establecimientos de lance y en Internet alcanzan precios escandalosos.

Pero no desisto. Y así, inasequible al desaliento, un par de veces al año llamo a Siruela con la esperanza de recibir noticias de una inminente reedición. Hasta ahora sigo teniendo el NO por respuesta, pero en plena charleta con mi reginaexlibrislandiano sobre el tema tuve una revelación bibliófila:

- Cliente: Pues vaya, es una putada que se pierda…

- Regina: Sí, y no ya sólo por la colección en sí con su edición original, sino porque es una auténtica guía de lectura borgiana.

- C.: ¡Anda, claro! ¿Quién mejor que Borges para sugerirte libros?

Así que aquí estoy, a punto de revelar los treinta y tres títulos elegidos por Jorge Luis Borges para su Biblioteca de Babel, misión a todas luces imposible de no haber sido por la inestimable labor de ‘Los Conseguidores’ de La Tercera Fundación.



¿Listos? Pues allá vamos:

Las muertes concéntricas, Jack London; Venticinco agosto 1983 y otros cuentos (Borges y VVAA); El cardenal Napellus, Gustav Meyrink; Cuentos descorteses, León Bloy; El espejo que huye, G. Papini; El crimen de Lord Arthur Saville, Oscar Wilde; El convidado de las últimas fiestas, Villiers de l’Isle-Adam; El amigo de la muerte, Pedro Antonio de Alarcón; Bartleby, el escribiente, Herman Melville; Vathek, W. Beckford; La puerta en el muro, H.G. Wells; El invitado tigre, P’u Sung-Ling; La pirámide de fuego, Arthur Machen; La isla de las voces, R.L. Stevenson; El Ojo de Apolo, G.K.Chesterton; El diablo enamorado, Jacques Cazotte; El buitre, F. Kafka; La carta robada, E.A. Poe; La estatua de sal, Leopoldo Lugones; La casa de los deseos, Rudyard Kipling; Las mil y una noches según Galland; Las mil y una noches según Burton; Los amigos de los amigos, Henry James; Micromegas, Voltaire; Relatos científicos, Charles Hinton; El gran rostro de piedra, N. Hawthorne; El país del Yann, Lord Dunsany; La reticencia de Lady Anne, Saki; Cuentos rusos, Dostoievsky, Leon Tolstoi, Leonidas Andreiev; Cuentos argentinos, VVAA; Nuevos cuentos de bustos Domecq, Bioy Casares y Borges; Libro de sueños; Borges A-Z, Borges y A. Fernández Ferrer.

Reflexiones de una librera con delirios antropológicos aficionada a diseccionar los hábitos lectores de los españoles.

Regina Ex Libris - España
29 Agosto 2009

domingo, 23 de mayo de 2010

Borges: una entrevista olvidada



Borges decía que comenzó a hablar en inglés antes que en español, pues su abuela paterna era inglesa.

En 1969, la Universidad de Oxford anunció su decisión de conferirle al escritor argentino Jorge Luis Borges el título de Doctor Honoris Causa.

En esa ocasión, fue entrevistado por el periodista y traductor británico Noel Clark para el Servicio Latinoamericano de la BBC.

En homenaje al 20 aniversario de la muerte de Borges, transcribimos esta entrevista.

¿Cuál fue su primera reacción cuando le anunciaron que Oxford había decidido otorgarle este título?

Mi primera reacción fue una reacción de estupor, estupor total, y recordé que yo había pensado una vez que una buena noticia, cuando llega, puede producir el mismo efecto que una mala noticia. Es decir, una noticia de estupor, ¿no?, y luego naturalmente una sensación, una impresión de gratitud porque creo que se trata de un generoso error de la universidad.

De ninguna manera. ¿Usted va a venir a Inglaterra, espero, a recibir el honor?

Sí y, además, ocurre un hecho, una coincidencia -salvo que la realidad está hecha de coincidencias- y es que yo iré el 7 de junio y el 7 de junio va a ser el cumpleaños, como decimos aquí, el santo de mi mujer, de modo que la Universidad de Oxford, sin saberlo, sin proponérselo, sin sospecharlo, nos ha hecho un espléndido regalo a Elsa [Astete Millán], mi mujer, y a mí para esa fecha.



Además, yo estuve una vez en Oxford, creo que pasé una noche allí, hará bastantes años, pero, de algún modo, puedo decir que siempre estuve en Oxford y, con más certidumbre, que siempre estuve en Inglaterra, no sólo por alguna sangre inglesa que tengo, sino porque casi todo lo que yo he leído, lo he leído en inglés.




Biblioteca Bodleian, Oxford

De algún modo, puedo decir que siempre estuve en Oxford y, con más certidumbre, que siempre estuve en Inglaterra
Y, además, Inglaterra tiene algo que no tienen otros países, sobre todo la literatura inglesa tiene algo distinto.

Es que si usted piensa en otras literaturas, ciertamente admirables -la literatura italiana, la literatura francesa, la literatura alemana- usted piensa, en primer término, en libros, en una biblioteca.

En cambio, si usted piensa en la literatura inglesa, usted piensa en personas, es decir pensar en la literatura inglesa es pensar en De Quincey, esperando a su Ann en Oxford Street, antes de pensar en los 14 volúmenes de De Quincey.

Es como si Inglaterra fuera como las piezas de Shakespeare o como las novelas de Dickens, uno las ve llenas de personas muy reconocibles y esto, creo, ocurre desde el principio en Inglaterra.

En cambio, una gran literatura como la francesa es, me parece a mí, ante todo una literatura verbal, podríamos decir, una literatura de palabras, de libros, y la literatura inglesa es una literatura de personas y de personas muy distintas, tan distintas, por ejemplo, como Sam Weller [personaje de "Los papeles póstumos del club Pickwick" de Charles Dickens] y Quilp [personaje de "La tienda de antigüedades" de Dickens], digamos.

Alguna vez usted ha escrito poemas en inglés...

Sí, yo escribí algunos hace mucho tiempo pero actualmente siento -lo que también sentí entonces, pero yo era joven y atolondrado- siento demasiado respeto por el idioma inglés para intentar esa aventura.





Pero mis amigos me dicen que hay algo inglés, algo espontánea y no deliberadamente inglés, en mi manera de escribir en español.

Y si mis amigos tienen razón, yo tengo una razón más para sentir gratitud por Inglaterra. Inglaterra que hizo tanto para mí y que hizo tanto por el mundo, digámoslo así.

Con su conocimiento íntimo de la cultura inglesa y con sus contactos como profesor con la juventud argentina y latinoamericana, quisiera preguntarle cómo le parece la imagen británica en América Latina hoy en día. ¿Ha cambiado mucho en el curso de su vida?

Bueno, creo que a pesar de las invasiones inglesas, aquí nunca se ha sentido hostilidad por Inglaterra.

Ahora, hay un cambio importante -y recuerde que está hablando con un hombre ya entrado en años, con un hombre que cumplirá 70 años, Deo volente, en agosto- y es esto: cuando yo era chico, nuestra cultura, if any, era predominantemente francesa, no en el sentido de que todos los argentinos, o mejor dicho todos los porteños, pudiéramos hablar francés.



Victor Hugo

Cuando yo era chico, nuestra cultura, if any, era predominantemente francesa... en el diálogo no era una pedantería intercalar un verso de Racine, de Corneille, de Hugo, o de Verlaine o de quien fuera
Pero sí en el sentido más importante de que todos podíamos gozar de la literatura francesa, de que en el diálogo no era una pedantería intercalar un verso de Racine, de Corneille, de Hugo, o de Verlaine o de quien fuera.

Y supongo, a través de mis lecturas de la literatura rusa, en las versiones de Mrs. Constance Garnett, supongo, a través de esas lecturas de Tolstoi, que lo mismo ocurría en Rusia.

En cambio, actualmente, creo que la influencia francesa está declinando, como Francia está declinando políticamente -es un país menos importante que antes- y sé que hay muchos jóvenes que se han dedicado al inglés.

Desde luego, han sido llevados al inglés en primer término por los films. Han llegado a Inglaterra pasando por Hollywood y algunos, desgraciadamente, se han quedado en Hollywood y no han ido más allá. No han llegado a New England y tampoco a England, tampoco a Inglaterra.

Pero, desde luego, creo que hay una influencia del inglés aquí indiscutible, en la literatura argentina actual y creo que si ahora, a diferencia de otras naciones latinoamericanas, escribimos libros que no son meramente documentales o polémicos, sino fantásticos, eso se debe al influjo de la literatura o de las literaturas de lengua inglesa.

Profesor, sus poemas y sus cuentos son muy bien conocidos en el extranjero, pero creo que usted no ha escrito ninguna novela. Si es así, quisiera preguntarle si hay alguna razón específica.

Yo creo que hay dos razones específicas: una, mi incorregible holgazanería, y la otra, el hecho de que como no me tengo mucha confianza, me gusta vigilar lo que escribo y, desde luego, es más fácil vigilar un cuento, en razón de su brevedad, que vigilar una novela.

Es decir, la novela uno la escribe sucesivamente, luego esas sucesiones se organizan en la mente del lector o en la mente del autor, en cambio uno puede vigilar un cuento casi con la misma precisión con que uno puede vigilar un soneto: uno puede verlo como un todo.



Rudyard Kipling


Rudyard Kipling era uno de los autores favoritos de Borges.
En cambio, la novela se ve como un todo cuando uno ha olvidado muchos detalles, cuando eso ha ido organizándose por obra de la memoria o del olvido, también.

Además, creo que hay escritores -y aquí pienso en dos nombres, inevitables desde luego, pienso en Rudyard Kipling y pienso en Henry James- que pudieron cargar un cuento con todo lo que una novela puede contener.

Es decir, creo que los últimos cuentos que Kipling escribió están tan cargados como muchas novelas y aunque yo he leído y releído y seguiré releyendo "Kim", creo que algunos de los últimos cuentos de Kipling, por ejemplo "Dayspring Mishandled", o quizás "Unprofessional" o "The gardener", están tan cargados de humanidad, de complejidades humanas, como un libro como "Kim" y como muchas novelas.


Continuamente me preguntan que cuándo voy a escribir una novela, pero me consuelo pensando que alguna vez le preguntaban a los escritores: "¿Y usted, cuando va a escribir una epopeya?" o "¿Cuándo va a escribir un drama de cinco actos?"
De modo que no creo que escribiré una novela. Ya sé que esta época parece exigir novelas de los escritores.

Continuamente me preguntan que cuándo voy a escribir una novela, pero me consuelo pensando que alguna vez le preguntaban a los escritores: "¿Y usted, cuándo va a escribir una epopeya?" o "¿Cuándo va a escribir un drama de cinco actos?", y actualmente esa pregunta no se usa.

Creo, además, que el cuento es un género más antiguo que la novela y quizás pueda outlive, quizás pueda vivir más allá de la novela.

Pero aquí me doy cuenta de que estoy repitiendo lo que ha dicho otro autor favorito mío, Wells, y tratándose de Wells, yo diría de él lo que pueda decirse de Henry James: creo que sus cuentos son muy superiores a sus novelas y no son menos ricos.

Usted se ha llamado, profesor, con modestia, "un poeta de pocos temas". Me pregunto cuáles son, a su juicio, los temas principales de su poesía.

Creo que podemos reducirlos a uno solo, que para mí es el problema esencial de la filosofía, de la metafísica: creo que si pudiéramos resolver ese problema -pero, desde luego, no hay razón alguna para que seamos capaces de esa hazaña, no hay razón alguna para que el misterio del universo sea comprensible- ese tema es el tiempo.



Primera edición de Fervor de Buenos Aires

Todo lo que yo he escrito se refiere, de algún modo, a esas dos perplejidades que son quizás la misma, la del tiempo y la de la identidad personal, la de la realidad del yo

El tiempo sobre todo relacionado al problema de la identidad personal, con lo cual volvemos a la antigua perplejidad del griego sobre el río, aquella famosa sentencia de Heráclito: "Nadie baja dos veces al mismo río".

Al principio pensamos que Heráclito habla del río, "nadie baja dos veces al mismo río porque las aguas cambian", y luego, con un principio de terror, sentimos que nadie baja dos veces al mismo río porque nosotros también somos el río, es decir, hay algo perdurable en nosotros y también hay algo cambiante.

Y ése es, me parece, el misterio del tiempo y creo que todo lo que yo he escrito se refiere, de algún modo, a esas dos perplejidades que son quizás la misma, la del tiempo y la de la identidad personal, la de la realidad del yo.

BBC Mundo.com
Miércoles, 14 de junio de 2006