martes, 12 de marzo de 2019

En la Mother Gallery de Nueva York tres artistas exponen obras inspiradas en el Jardín de Senderos que se Bifurcan de J.L.Borges




"En el Jardín de senderos que se bifurcan", es una exposición  en la MOTHER  GALLERY de Nueva York.

Brigida Caramagna, Colin Hunt y Karsten Krejcarek, son tres artistas que trabajan bajo la suposición de que el tiempo no es lineal, la realidad es amorfa y las dimensiones son permeables.

En el Jardín de Senderos que se Bifurcan, Jorge L. Borges escribió sobre "... una serie infinita del  tiempo, una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos ". Años antes los físicos concebirían un universo paralelo en términos científicos, inspirado por tales ideas.


In The Garden Of Forking Paths

Mother Gallery is pleased to present “In the Garden of Forking Paths”, an exhibition with
work by Brigida Caramagna, Colin Hunt, and Karsten Krejcarek; three artists working under
the assumption that time is non-linear, reality is amorphous, and dimensions are permeable.
Shamans, artists, and storytellers have always had one foot beyond the realm of the
perceptible. In The Garden of Forking Paths, Jorge L. Borges wrote of “...an infinite series
of times, a growing, dizzying web of divergent, convergent, and parallel times,” years
before physicists would conceive of a parallel universe in scientific terms. Inspired by such
ideas as the Noumenon, the Multiverse, and Metatron, the artists in this exhibition embrace
the unknowable. Here, esoteric subjects don’t have to make for inaccessible work. Each
maintains a deep control of their craft, as if in contemplating chaos, one must keep a steady
hand.

Brigida Caramagna’s colors and surfaces transcend the materiality of paint to become
spiritual machines, where viewers are able to access Spirit or the consciousness that
informed the creation of the painting. In the way a buddhist monk might reach a meditative
state by focusing their attention on the ancient Sri Yantra mystical diagram, Caramagna’s
paintings can serve as conduits where communion with the sublime is possible.

Colin Hunt’s paintings in this show are a continuation in a series called “The Afterlife”.
Sourced from photographs he took of a neolithic burial henge in Southern England, Hunt
spliced and overlaid the landscape, upending conventions of traditional landscape
painting. In doing so, the focus is drawn to what is absent and unseen. For Hunt these
paintings are a meditation on memory and death and how to exist in a world with the
enormity of someone else’s non-being.

In new works created for this exhibition, Karsten Krejcarek examines recent personal trauma
through symbolic gestures. His works consider the multiverse as a means of alternative
narrative. Krejcarek describes his sculptures, in the words of Borges, as “a shapeless mass of
contradictory rough drafts.” The works contemplate diverging and converging paths of
interchangeable biography through hallucinogens, torture fantasy, and synchronous historic
events and objects

February 9th through March 24, 2019

Fuente: MOTHER  GALLERY


miércoles, 6 de marzo de 2019

Aleph, la constelación de nanosatélites argentinos que busca develar todos los secretos de la Tierra





Satellogic ya cuenta con seis de estos equipos en órbita y en breve se lanzarán dos más. Para 2020 espera tener 300 en el espacio. Su alianza con Microsoft para el procesamiento inteligente de las imágenes

Por Desirée Jaimovich

El punto que contienen todos los puntos del universo. Ése es el Aleph de Borges y el Aleph que está construyendo la empresa argentina Satellogic. Este Aleph no habita en un cuento, ni es sólo un concepto, es real y está en el espacio. Ése es el nombre de la constelación de nanosatélites que Emiliano Kargieman, fundador y CEO de Satellogic, ideó y que decidió bautizar con ese nombre en honor al escritor, según cuenta en diálogo con Infobae.

En la actualidad ya hay seis de estos satélites en órbita: Capitán Beto, Manolito, Tita, Fresco, Batata y Milanesat. Todos con un indistinguible sello argentino, como esta empresa local fundada en 2010 y que hoy cuenta con cinco sedes.

En Buenos Aires se realiza el diseño de los satélites-que se construye con materia prima de unos 35 proveedores de diferentes partes del mundo-; en Montevideo se ensamblan los componentes; en Tel Aviv y Barcelona se desarrolla el software de procesamiento y análisis de datos; y en San Francisco están las oficinas comerciales.

Pronto se sumarán dos nuevos satélites a la constelación: Ada, en honor a Lovelace, la primera primera programadora de la historia y Maryam, por Mirzajani, la matemática iraní que se convirtió en la primera mujer en recibir el premio Medalla Fields.

Pero esos ocho nanosatélites no serán los únicos que conformarán este Aleph espacial. El objetivo es llegar a 12 para 2018, alcanzar los 100 en 2019 y tener unos 300 en el espacio hacia fines de 2020. Así lo anunció Satellogic en el marco de una conferencia que ofreció junto a Microsoft, que le provee el servicio de su nube Azure para el procesamiento de datos. Esta alianza llega para potenciar la mega expansión que se propuso la compañía argentina.

Todos esos datos, recopilados y procesados por medio de Big Data y machine learning se pueden emplear para optimizar el uso de recursos, controlar fronteras, mejorar la eficiencia del uso de agua y herbicidas en la industria del agro, así como para prevenir desastres naturales.

Los pequeños satélites tienen  80 centímetros de alto, pesan 40 kilos y orbitan a 500 kilómetros de la Tierra. Están hechos de carbono, fibra de aluminio, lentes y espejos, entre otros elementos. Cuentan con componentes similares a los de una cámara digital y permiten obtener imágenes hiperespectrales de alta resolución.

Además integran paneles solares y cuentan con un sistema de propulsión que les permite cambiar de rumbo, por ejemplo, para evitar algún choque. Su trayecto está monitoreado por radares que siguen la ubicación y, en caso de riesgo de colisión se envía una notificación a la compañía, con varios días de antelación, para que lo evite.

El gran beneficio de estos satélite es que son simples de desarrollar  y tiene un costo menor a los tradicionales. "Salen más de 100 mil y menos de un millón de dólares", responde Kargieman consultado por Infobae.

Armarlos lleva unas tres semanas, tienen una vida útil de tres años y pasado ese lapso se desintegran en el espacio. Tardan unos 90 minutos en dar la vuelta a la Tierra y en ese viaje retratan todo lo que ocurre en cada rincón del planeta.

"Tenemos una gran riqueza de datos, el desafío es transformar esos datos crudos en insight que le sirva a los gobiernos, personas y empresas para tomar mejores decisiones. Necesitamos algoritmos que nos permitan tomar esta información, procesarla para distribuir el conocimiento digerido y en ese proceso elegimos a Microsoft Azure como la plataforma para llevar esa información que le queremos dar a los clientes", detalla Kargieman.

"La idea es proveer la infraestructura y la capacidad de análisis para empoderar a las empresas y apoyar su crecimiento", analiza Ezequiel Glinsky, director de Proyectos de Transformación Digital de Microsoft Argentina.

Los nanosatélites recopilan imágenes del espacio, que son enviadas a la nube de Microsoft. Allí, por medio de inteligencia artificial y aprendizaje automático, los datos se procesan y clasifican. Así, se puede distinguir, en tiempo real, qué representa cada elemento u objeto en para luego evaluar qué aplicación se le puede dar a esa información.

Fuente: Infobae - 9 de noviembre de 2017



domingo, 3 de marzo de 2019

Borges, desayuno en Maipú, muerte en Ginebra y el imposible sueño de comentar football




Una historia circular, como las que le gustaban. Una nota debut a los 18 años que llevó al periodista desayunar en su living, y el viaje a Ginebra para cubrir su muerte. Y un diálogo imaginario, paradojal, sobre un tema que odiaba: el fútbol

Por Hugo Asch


Beatriz Guido llevaba su Mont Blanc y un cuaderno escolar a los bares más concurridos y ruidosos de Buenos Aires para escribir sus cuentos. Ella necesitaba ese ir y venir de la gente, el murmullo constante, para lograr concentración. Como tenía que pensar un buen tema para escribir en Infobae, el periodista se propuso imitarla. Fue en vano.

La gente lo distraía fatalmente y las ideas no aparecían. Antes de terminar su cortado con sacarina había cambiado de planes. Volvería a su biblioteca y releería por enésima vez Crear una pequeña flor es un trabajo de siglos, de Abelardo Castillo, un cuento perfecto que suele inspirarlo mágicamente.

Entonces apareció él y se sentó en la silla vacía, justo enfrente. Pensarlo es otro de sus trucos favoritos. Le pasa seguido, desde junio de 1986. Nada grave.

‒Lo noto algo perturbado. ¿No quiere que charlemos? El tedio de la inmortalidad es infinito, como bien podrá imaginar. Quería morir y dejar de ser Borges, pero no resultó. Aquí me tiene, viajando por la eternidad. Qué desgracia. Tal vez podamos ayudarnos. Yo intentaré darle un tema y a cambio le preguntaré sobre ciertos detalles de la comunicación moderna que ignoro. Lo invito a casa. Desayunemos. Fanny debe tener todo listo. Acepte mi invitación, se lo ruego.

Siempre Borges ¿Cómo decirle que no?

El periodista lo vio por primera vez a los 18 años, compartiendo con él un inesperado desayuno formal en el 6° B de Maipú 998. Fue a pedirle una composición tema La Vaca, o algo parecido, escrito en la primaria, para publicar en la revista Siete Días de los años '70. Era su nota debut y no había leído ni una solapa de sus libros.

Cuando Borges apareció en el living, traje gris, bastón con empuñadura de plata, le temblaron las piernas. Solo Dios y el viejo escritor sabrán que charlaron tan animadamente durante casi una hora y media.

Borges se disculpó por no haber tocado ese tema en sus textos infantiles (una fina ironía que, entonces, el jovencito no entendió), mientras bebía su té con leche sobre una carpetita con la Union Jack, y hundía la cuchara en el plato sopero de corn flakes en leche blanca, apenas tibia. Las tostadas desaparecieron en manos del invitado, melena hippie, anteojos a lo Lennon color marrón, con menos aumento de lo necesario.

Preocupado por dejar al joven cronista sin nada en su primera nota, Borges llamó a Norah, su hermana, y le explicó que "un amigo" pasaría a buscar un libro inglés de fines del siglo XIX que ella guardaba, y donde él había dibujado tigres con cerillas de color amarillo.

El look del periodista no provocó ningún gesto de sorpresa en Norah. Ella conocía a su hermano, capaz de pasar una tarde con alumnos de un secundario y dejar plantado a un enviado del New Yorker. El libro fue fotografiado y la nota, por suerte, fue un éxito.

‒¿Te con leche?

‒Por supuesto, maestro. Me encanta volver a ese primer desayuno. Ya no uso melena, pero sí lentes con el aumento correcto. Además… tengo toda su obra en la cabeza.

‒Aaah, nadie es perfecto. ¿Todavía escribe sobre football? ¿Conserva esa exótica costumbre?

‒No, ya no lo hago, al menos por ahora. En este país nadie sabe nunca nada. ¿Por qué lo pregunta? Para usted siempre fue "ese estúpido invento de los ingleses", pero cada vez que nos cruzamos en algún ensueño como éste, se muestra muy curioso sobre el juego. ¿Tiene algún plan para sorprenderme?

‒Quiero ser comentarista. ¿Sería tan amable de asistirme con algunos sanos consejos?

‒¡Pero cómo no!

‒¿Le parece que podré hacerlo? No olvide mi ceguera…

‒¡Pero absolutamente! ¿Cuál es el problema, Borges? Solo debe adaptarse a una técnica muy simple basada en la repetición y en un concepto esencial: la inexistencia teórica del error. Todo error cometido por los futbolistas, técnicos y árbitros, será siempre intencional, deliberado.

‒Qué notable.

‒Los delanteros "desperdician" goles, o los pierden; como si los tuvieran y, por algún desdén inexplicable, los dejaran escapar. Los defensores "regalan". Atesoran, dominan la situación, pero por otro inexplicable designio, se la dejan servida a los rivales, "dejan solo" al delantero. Los arqueros "regalan su palo", si la pelota pasa entre en el hueco del vertical y su cuerpo. Todo se juzga voluntario. Eso debe ser marcado con énfasis por el buen comentarista que se parapeta detrás del escudo de la perfección y opina desde la virtud, asistido por una docena de cámaras.

‒Caramba. ¿Y aquellos intrusos que corren detrás de los que juegan y paran el juego con un silbato? ¿Alguien se fija en esos esforzados agentes del orden? ¿Qué importancia tienen?

‒Mucha. Antes tenían poco protagonismo. Hoy son estrellas y hasta firman autógrafos. Dicen que "juegan" aunque ni la toquen. Eso es raro. Pero son juzgados con la máxima crueldad imaginable. Los árbitros fallan, pero tienen prohibido fallar.

‒Una idea circular. Como la del tiempo del eterno retorno.

‒¡El tiempo! Mire, me lo sacó de la boca. Si un equipo gana, en los minutos finales "hace tiempo". Debería criticarlo.

‒¿Hacer tiempo? La idea de una confección propia del tiempo no deja de ser asombrosa. ¿Qué es el tiempo? Si no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan, lo ignoro, decía San Agustín. ¡Qué exótico es el football! Mejor continúe, le ruego.

‒Gracias, Maestro. El concepto de la dádiva funciona menos con los árbitros. Ellos "perjudican". También funcionan como proveedores o acopiadores, según el caso. "Dan" o "no dan" penales, tiros libres, goles. En el peor de los casos, pasan a ser apropiadores. "El árbitro nos robó el partido" o "Nos metió la mano en el bolsillo", se indignan todos los protagonistas.

‒Qué audacia denunciar eso tan valientemente, ¿verdad?

‒Más o menos, Borges. Porque lo dicen mientras aclaran que de ninguna manera dudan de su honorabilidad. No hay delito. Es un slalom; un juego extraño donde la cuerda se tensa y se afloja. A lo sumo, un árbitro deja de dirigir un fin de semana, y después vuelve. Así la historia se repite con unos y otros.

‒¿Y qué sucede con esos sujetos que, me cuentan, saltan y gritan desde un costado del campo? ¿Acaso ellos manejan a su pequeño ejército como hábiles titiriteros?

‒Ni ahí. Ellos paran un equipo, la pelota rueda y todos se mueven. Gritan, pero casi nadie los puede escuchar. Sin embargo, los que más se desgañitan tienen fama de entrenadores sapientes. Los callados cometen un pecado fatal: dejarle el protagonismo a los futbolistas y eso conspira contra su propio trabajo. Salvo que ganen. Si ganan, todo bien. Serán tácticos, cerebrales, maestros que han sabido transmitirle a los suyos la complejidad de sus ideas.

‒¿Y si pierden?

‒Todo mal. Serán unos ineptos que hicieron todo mal y los despedirán. Ojo, es muy importante el tono, Borges. Antes, los hinchas tenían como espejo al periodismo para comprender las cosas, ya que la pasión los cegaba e impedía cualquier análisis racional. Ahora, la clave del buen panelista es repetir lo que el hincha tiene en la cabeza, que es más bien nada, y con la lógica de un chico de 10 años. Todo al revés. Por eso, se grita tanto.

‒Mmm… La última vez que grité fue con Bioy, en la calle Florida. Un admirador nos paró y pretendía darnos una carpeta enorme con poemas y cuentos. Nos miramos con Bioy, y yo le pregunté cortésmente: "Perdón joven, ¿qué hora tiene?". Miró su reloj, aún con las carpetas en mano y contestó: "Las tres y media". Entonces le dije a Bioy: "Caramba, a esta hora nosotros siempre corremos" Y le grité: ¡Vamos, vamos…!". Escapamos al trote. No creo que yo funcione con tanto grito. No es lo mío.

‒Hay lugar para todos, Borges. Sea irónico, y los demás gritarán por usted.

‒Si usted lo dice… Hay más cosas en ese curioso lenguaje del football que me sorprenden y querría señalárselas.

‒Por favor.

‒He notado una marcada preferencia por el "concepto", en tanto unidad cognitiva de significado. "¡Flor de concepto tiraste!", se elogian mutuamente periodistas o players. O repiten, admirados: "¡Qué pedazo de concepto metió el Flaco!".

‒¡Qué concepto me tiró, Borges!

‒Oh, perdón. Qué torpe. Mire, la "cosa" es otro punto que me desvela. No la cosa-en-sí kantiana, pero sí la cosa como objetivo único, recurrente, indefinido. "Hicimos bien las cosas. Son cosas del fútbol. Queremos pelear cosas importantes". También me llaman la atención los "referentes", que hablan en nombre de todos. Significado, significante. La lingüística no les es ajena, parece. Lo mismo cuando la emprenden contra la negatividad dialéctica. Jamás un footballer responde "No, o sí". Elijen la incertidumbre. Si la pregunta es "¿Es usted es un patadura que no le hace un gol ni al arco iris?" La respuesta será "No sé si soy un patadura que no le hace un gol ni al arco iris…". Extraordinario.


‒No se preocupe. Es más sencillo de lo que parece. Mire, si hay una jugada en un área, rechazan, la pelota va hacia el otro campo y todos corren desesperados, usted aguarde el desenlace del relato. Una de dos. Si es gol dirá que la defensa estaba muy mal parada. Si no lo es, los delanteros resolvieron mal y despilfarraron una oportunidad única. Fácil.

‒Me deja más tranquilo. Usted es muy gentil conmigo. Desde aquella tarde en Plainpalais, en Ginebra, cuando tuvo aquel gesto que le agradecí en silencio, dadas las particulares circunstancias por las que atravesaba, usted me sabrá comprender.

‒Siempre admiré su humor, Borges. Se lo dije un millón de veces, ¿no?

El sábado 14 de junio de 1986 el periodista pasó, en menos de cinco horas, de las góndolas de un supermercado a un avión que lo llevaba rumbo a Ginebra. Había muerto Borges.

Meses antes, lo había visto en un bar de Córdoba y San Martín, solo, en una mesa y tuvo un pensamiento algo rebuscado: "Todos aquí respiramos el mismo aire que alguien que será nombrado dentro de 500, mil años. Esto debe ser lo más cercano a la inmortalidad…". Lo era.

Ezeiza y, 20 horas más tarde, la visión de la cama en la habitación 661 del octavo piso del Hospital Cantonal Universitario, donde fue internado de urgencia. De allí fue trasladado a su piso de Gran Rue 28, en el corazón de la Veille Ville, donde murió aquel sábado de madrugada. A las ocho llegó el doctor Jean François Balavoine, y firmó el certificado de defunción.

Los ginebrinos del barrio recordaban sus últimos paseos con María Kodama por la ciudad, donde Borges vivió siendo un adolescente. Caminaban, ella tomada de su brazo, deteniéndose en cada lugar.

‒¿Qué ve, María?

Y María, los ojos de Borges, describía los mismos frentes, las mismas esquinas.

‒Allí la cúpula, más allá la calle, la plaza y el farol. ¿Cómo está ahora, María? ¿Verdad que no ha cambiado nada? ‒Borges volvía a su adolescencia, volvía a ser 'El Otro'.

Rue des Rois, 1204, en la ciudad vieja. María Kodama, vestido blanco largo, zapatos lilas, los ojos más tristes del mundo, presidía el cortejo fúnebre en Plainpalais, el cementerio de los Reyes. Estaba furiosa con los periodistas que trataron su boda con Borges al estilo de la prensa rosa. Se lo dijo al periodista en un largo monólogo.


Frente a la fosa abierta, una cruz de madera con una pequeña chapa de bronce: Jorge Luis Borges 1899-1986. Silencio profundo. Se oyen los clicks de los pocos fotógrafos presentes, cuando se despide la viuda.

El periodista esperó pacientemente a que se retiraran todos. Se escondía el sol cuando lo hizo. Arrojó la última flor. Sintió una alegría feroz, pese al dolor. Necesitaba hacer eso con el hombre que le abrió la puerta de su casa siendo un adolescente. A esa gentileza se refería el Borges ensoñado, el viajero del tiempo.

‒Creo que usted me toma demasiado en serio Asch, cosa que jamás aconsejaría. Insisto: ¿por qué llaman Conferencia de Prensa a esos balbuceos post match? De prensa, quizá, no lo sé. Pero, ¿conferencia? ¿No es un exceso llamarla así?

‒Es lo que hay, Borges.

‒Curiosamente, de esa vacuidad rescaté dos axiomas que me remitieron a los griegos. "Hasta el pitazo final todo es posible", dicen. ¡Hablan del devenir, lo que fluye en Heráclito! Y también afirman: "Partidos son partidos"; y entonces traen el racionalismo de Parménides: "Lo que es es; lo que no es, no es". ¿Qué le parece?

‒Me parece que usted es un genio, Borges; que puede hablar de lo que quiera incluyendo el maldito fútbol, que me dio una idea, que nunca hay que dejar de leerlo y que cada día lo necesitamos más acá abajo, tan vacíos como estamos. ¡No se le ocurra morirse, nunca más!

‒Caramba. No ceda ante la tentación de la desmesura, le ruego. Solo falta que me diga que cada día escribo mejor, como dicen de Gardel, ese compadrito.

‒Es que usted es Gardel, Borges; y viceversa. ¡Y no hablemos más!


Fuente: Infobae - 3 de marzo de 2019