lunes, 23 de octubre de 2017

Jorge Luis Borges: Entrevista Revista Mercado, Buenos Aires, 1978




A esta altura no se sabe ya quién es o cómo es el verdadero, el íntimo Borges. Acaso los buenos lectores puedan ir descifrándolo a través de sus poemas o sus cuentos; pero no cabe duda de que el arte es una misteriosa metáfora y que de pronto también el lector tiene necesidad de conocer al hombre concreto, al que va envejeciendo y no tuvo hijos y es ciego; el que solo en su casa, tantea con su bastón los anaqueles de la biblioteca o recita para sí, entre las cuatro paredes, una cuarteta del Martín Fierro o una enigmática saga nórdica.

En verdad, un reportaje a este hombre podría reinventarse, plagiarse o imitarse, como también cualquier artesano habilidoso puede falsificar la obra de un genio. En su caso, el artilugio quedaría impune porque Borges, aun sabiéndolo, no reclamaría y fingiría no saber.

Hechas estas necesarias aclaraciones, entramos a la casa. Afuera la lluvia es copiosa y él la oye caer mientras permanece sentado en un sillón clásico. El mobiliario es oscuro y austero, y las piezas de plata, con su relumbre, hablan del pasado de los Borges.

En la cocina está Fanny, la correntina, única habitante de la casa que acompaña la soledad del escritor desde la muerte de su madre, Leonor Borges. También está Beppo, el gato blanco que sigue a su amo por todos lados y que se desliza mimosamente sobre sus zapatos. Acaso falte decir que la lluvia ha puesto triste y fastidioso a Borges: los viejos techos de su departamento dejan filtrar al interior hilitos de agua que Fanny trataba de controlar colocando algún jarrito estratégico sobre el piso.

El poeta estaba allí, solo, esperando con timidez y dignidad un nuevo interrogatorio, de modo que sólo restaba entregarnos para que nos confiara sus reflexiones y nos aproximase a un Borges al que solamente conocen unos pocos.

MERCADO —Es una gran desgracia ser ciego, sin embargo en usted esa desgracia pareció obrar como estímulo para la creación. En general eso ha ocurrido siempre en el arte. Están los casos de Cervantes, Toulouse Lautrec, Höderlin, Beethoven, Proust, Emerson... que padecieron carencias, disminuciones físicas y fueron grandes creadores. Milton era ciego y también está la leyenda de Homero.
BORGES —Es bastante incómodo serlo, aunque creo que finalmente la ceguera ha influido en mi imaginación. Dependo de excelentes amigas como María Kodama y Anneliese von der Lippen porque en vez de escribir debo dictar. Además yo no reparo casi nada en esos detalles que les suelen preocupar a los otros. Hace un rato, al entrar, usted me decía que afuera llovía muy fuerte y yo recién ahora me doy cuenta de esa situación. Quiero decir que no encuentro diferencias entre lo que se llama realidad y el sueño. Piense que a raíz de mi ceguera paso horas en entera soledad y entonces me entretengo en urdir historias sin tener otro contacto con el mundo que mi imaginación.
MERCADO —Precisamente, Borges, se ha discutido tanto eso de si un escritor debe ser un hombre de vida intensa, exuberante. En su caso hay más bien una inquieta inmovilidad.
BORGES —Macedonio Fernández me dijo alguna vez que si él se tendía al mediodía, en el campo, sobre la tierra y cerraba los ojos y comprendía, distrayéndose de las circunstancias que nos distraen, podría resolver el enigma del universo. Además, a lo largo del tiempo, los hechos esenciales que les suceden a todos los hombres son pocos. No creo que haya demasiados hechos posibles. Estoy haciendo un cuento fantástico acerca de eso, se llama La memoria de Shakespeare. No le voy a revelar el argumento pero el tema es que los hechos importan menos que el uso que uno hace de ellos. Quiero decir, los materiales con los cuales se alimenta la imaginación no son tan importantes como la utilidad que nos prestan. No creo que un hombre deba ir a buscar los hechos esenciales porque nos van a ocurrir igual y están dentro de uno. Más que hechos, hay imaginaciones distintas.
MERCADO — ¿Usted no cree en que la literatura se haga con información, verdad?
BORGES — Me acuerdo de aquellos versos tan lindos de Eliot: "Where is the Wisdom / we have lost in knowledge / where is the knowledge / we have lost in information"... "Dónde está la sabiduría / que hemos perdido en conocimiento / dónde está el conocimiento / que hemos perdido en información..." ¡Qué raro! unos versos tan lindos hechos con palabras abstractas. Fíjese, detrás de aquella frase hay toda la tradición de los escolásticos. Por ejemplo, Platón decía que sobre los hechos uno puede tener información pero que la verdad se refiere a los arquetipos, a algo más importante, ¿no? Con respecto a los versos de Eliot, suenan tristes...
MERCADO —Probablemente, Borges, tristeza o melancolía haya siempre en los poemas o los versos.
BORGES — Hay una explicación muy fácil: la felicidad es un fin en sí. Cuando uno se siente feliz, esa misma felicidad está justificándose, no necesita continuarse, está conquistada. En cambio la tristeza pesa sobre uno y hay que hacer algo con ella, transformarla, enriquecerla, no sé, puede ser un buen material para el arte. Ciertos fracasos, la nostalgia, la pena, son para la alquimia del poeta que debe transmutarlos. Además quizá convenga que el artista sea triste porque encuentra la felicidad en la obra. Hay unos versos de Manuel Machado, tan olvidado actualmente: "Qué importa la vida/ que ya está perdida/ y después de todo/ qué es eso la vida/ cantando la pena/ la pena se olvida..." Mire usted cómo caen esos versos, como si el poeta los hubiera dejado caer sin darse cuenta. No sé si las penas se olvidan, pero en todo caso ya no es sólo la pena sino también el uso que se hizo de ella, el destino estético que el poeta le ha dado.
MERCADO —Da la impresión de que la poesía es mucho más autobiográfica, más intimista que la prosa, que el relato y que el cuento. En un poema se ve más al autor, más elocuentemente, quiero decir. Hay una poesía suya, El remordimiento que a quienes la leyeron les impresionó por lo autobiográfica.
BORGES —Sin embargo es uno de los poemas que considero más flojo. Aunque no sé, posiblemente alguna emoción deje traslucir. A mí, personalmente, me parece que no es bueno porque lo escribí a los tres días de la muerte de mi madre y estaba demasiado cerca de la emoción. En el famoso prólogo de Las baladas líricas de 1798, se dice que el mejor momento para la creación poética es el de la emoción recordada en la serenidad. Y creo que es cierto, porque cuando a uno le sucede algo, está como aniquilado, deshecho y es difícil componer un poema sin desprenderse de esa contaminación. Luego, después, uno suele recordar los hechos y es a la vez el espectador y el actor, un desdoblamiento que permite transformar esa emoción sin la torpeza de la inmediatez. Además, está lo que usted dijo, que la poesía es casi una íntima confesión. El cuento, en cambio, exige otro proceso al elaborarse. Ahora que estoy escribiendo ese cuento, pienso que tal vez resulte difícil terminarlo. A mí se me ocurrió hace muchos años en Estados Unidos y tal vez se haya enfriado y no salga bien. Aunque el argumento creo que es interesante y pienso que puedo ejecutarlo. Quizá sea el mejor cuento que yo escriba y también el último.
MERCADO —¿Por qué, piensa en la muerte Borges?
BORGES —Cuando mi madre cumplió noventa y ocho años me dijo: "se me fue la mano". Y yo ahora, el veinticuatro, estoy por cumplir setenta y nueve y creo que también se me fue la mano. Pero no tengo temor a la muerte, ya he vivido. La gente tiene temor a esa palabra porque cree que si uno muere va a ser castigado o premiado en el más allá. Yo creo en lo absoluto de la muerte, se que moriré enteramente en cuerpo y alma. Es raro, es en lo único absoluto en que creo. Heráclito el solitario, el oscuro, tiene una cita: "El camino ascendente y descendente es el mismo" ¿Es hermosa, verdad?
MERCADO —Es un hermoso refugio, después de todo. Usted, que suele refugiarse en los recuerdos, Borges, ¿qué significan para usted? El tiempo, la acumulación de emociones, de hechos, lo que se va.
BORGES —Pensaba en eso los otros días. En un poema que podría llamarse El Forastero. Por el solo hecho, de que voy a cumplir setenta y nueve años y vivir en Buenos Aires, yo ya soy un forastero. Porque yo nací en otra ciudad del mismo nombre pero ya no soy aquél y la ciudad es otra. Yo vivo entre edificios y gente que desconozco y ahora que estoy diciéndole esto a usted siento que quizá pueda hacer ese poema, ¿no cree? [Borges espera mi asentimiento, hace una larga pausa como si quisiera dictarlo allí mismo pero ha debido contenerse].
Una amiga me dijo el otro día que yo usaba un lenguaje arcaico, claro, como yo estoy todo el día hablando y conversando con Leonor, uso las palabras de hace medio siglo. Percibo las diferencias con el idioma que hablan ahora los argentinos. Y también las diferencias con otras cosas: creo que no reconocería actualmente el jardín de plantas, el botánico, porque lo que recuerdo yo es una quinta. Y si sigo caminando, sin proponérmelo, tropezaría con el arroyo Maldonado, aunque sé que ha sido entubado, pero no importa, mi memoria visual evoca el arroyo, las casas bajas, el tranvía tal vez. También me pasa con la cara de mis amigos, que me gustaría saber cómo son. Pero tampoco sé qué cara me saluda en el espejo. Yo no sé que cara tengo ahora, vivo imaginándome cómo era antes. Mariana Grondona me dijo: "¡qué suerte tenemos tus amigas que nos ves como éramos hace veinte años!" ¿Quién sabe no? A lo mejor han mejorado. Sé que he ido borrando los recuerdos penosos, desagradables, he decretado una suerte de abolición de malos recuerdos. Además todo hombre que va envejeciendo se va alejando del presente, deja de entenderlo y ni siquiera le interesa.
MERCADO —Sin embargo usted ha reparado siempre en situaciones límites del hombre, no se ha desinteresado por su circunstancia aunque se haya mostrado escéptico o descreído. Se ha pronunciado contra el nazismo, o la mecanización del hombre o ciertas confusiones históricas...
BORGES —Bueno, he dicho alguna vez que Rusia, Alemania, Italia, han apurado hasta las heces el beneficio de esa panacea universal que llamaron nazismo. Los resultados, se sabe, fueron el temor, la brutalidad, la delación y la ignorancia. Últimamente estamos mirando, lamentablemente, hacia dos países enteramente mediocres: Estados Unidos y Rusia. Cuando he dado clases en Universidades de Norteamérica he notado una completa ignorancia en los alumnos. En una materia como literatura yo estaba por referirme a Bernard Shaw y toda la clase aceptó desconocerlo. Hay allá una manera estúpida de tomar exámenes a través de computadoras. Al alumno se le hace una serie de preguntas —siempre tienen que ser impares, alguna debilidad de la máquina, supongo— y si contesta bien tres sobre cinco, digamos, aprueba el examen. Para mí eso es inaceptable. Creo que tengo alguna experiencia sobre el mundo que he vivido y puedo afirmar que antes, hace cincuenta años, los hombres tenían una mayor propensión al diálogo vasto, a anudar charlas donde se diferenciaran matices y se propusieran ideas. Yo recuerdo haber estado reunido largamente con un conservador, un comunista o un anarquista como yo (pongamos por caso) y no discutíamos sobre eso. Probablemente creíamos que la política no debía ser endiosada hasta el extremo de proponerla como la salvación del género humano. Seguramente, se trataba de una actitud sabia que ahora se ha ido perdiendo.
MERCADO —Tal vez el hombre de nuestra época ha apostado esperanzado a la política, a la economía, a la tecnología.
BORGES —Cuando llegué a Suiza en 1914 y pregunté quién era el presidente nadie lo sabía. ¿Qué sabios, no? También aquí, mi madre paseaba con mi abuelo Azevedo por la calle Florida y se detenían a charlar con Sarmiento o Mitre sin que la gente se detuviese, porque no consideraba que ocurría nada importante. Es que ocupar un cargo oficial no significa nada, absolutamente nada en sí mismo. Los políticos son actores o, como decía Bernard Shaw, "los políticos son un poco canallas".
Un rey, cuando hereda el poder, hereda todo y puede muy bien ser un caballero. En cambio, una persona que se dedica a congraciarse con la mayoría de sus conciudadanos, que recorre todo el país haciendo promesas, sobornándolos con ellas, no me resulta sincera. Leyendo una biografía de Lincoln escrita por el gran poeta norteamericano Carl Sandburg, que es un libro escrito a favor de Lincoln, he descubierto cosas bastante horribles. Por ejemplo, poco antes de ser elegido presidente pronuncia un discurso en Boston sobre el tema de la esclavitud y dice: "todo norteamericano nace libre". Quiere decir: se pronuncia a favor de la igualdad. Pero después, él tiene que hablarles a los electores de Alabama, en el sur y entonces allí le recriminan aquella actitud. Lincoln, con habilidad les responde: "todo norteamericano nace libre, sí, pero debo agregar que si dos razas tienen que convivir, la raza inferior tiene que estar supeditada a la superior." O sea, aquí se declara partidario de la esclavitud y eso no me parece una actitud muy honorable.
MERCADO —Probablemente, en política, se piense que un fin justifica los medios.
BORGES —Tal vez sí. Esa frase, ese concepto se le atribuye a los jesuítas. Sin embargo he leído una defensa acerca de eso. Dice que Pascal lo usó mal, que no quiere decir que todos los medios son buenos y el fin es justo. Significa que si el fin es lícito, los medios también son lícitos siempre que no sean censurables. Desde el momento en que los medios que se utilizan se ensucian, el fin también está sucio.
MERCADO —Siempre se percibe en usted un entusiasmo o un respeto por esos países pequeños de Europa, como Suiza.
BORGES —Sin embargo no los tomamos como ejemplo. Países cultos, educados, sin ambiciones de potencia ni de poderes exagerados, que sólo se proponen formar comunidades de hombres relativamente felices, fatalmente humanas. Estados Unidos es una gran potencia e individualmente es muy poca cosa. Ellos son demasiado gregarios. Como ve soy un individualista y creo en los individuos pero no en los gobiernos. Siento realmente que miremos hacia países tan mediocres. Tanto en Estados Unidos como en Rusia hay esclavos: en uno, voluntarios y entusiastas. En el otro, que desean rebelarse.
MERCADO —Acaso, esa propensión a mirar hacia los grandes países tenga que ver con la inclinación del hombre hacia las invenciones tecnológicas, el progreso científico. Por ejemplo, usted que ha sido contemporáneo obligado de tantos descubrimientos y transformaciones, ¿qué piensa de la llegada del hombre a la Luna? Un acontecimiento que pareció cambiar la concepción del hombre en muchos aspectos.
BORGES —¿Usted cree en ese cambio? Cuando los astronautas pisaron la Luna yo me emocioné mucho, derramé lágrimas, creí realmente, inocentemente, haber sido contemporáneo de un hecho trascendente desde el punto de vista espiritual, pero tal como ha sucedido con las computadoras, ese hecho se ha convertido en uno de tantos que sólo sirve para denigrar al hombre. En cuanto a la hazaña en sí, como aventura épica, la llegada a la Luna ahora me emociona mucho menos que un libro fantástico de Wells. Claro, todo eso tiene relación con nuestra paulatina separación de Europa. Nosotros somos europeos en el destierro. Hace poco estuve allá y sentí otra vez ese flujo que se desprende de una cultura inmensa. Y, cuando me enfrenté con Roma, ¡Oh! realmente uno recibe todo lo que surge de una ciudad de donde hemos nacido. De alguna manera somos romanos, que hablamos una lengua, el castellano, que es una deformación del latín. Por eso me parece gratuito que haya quienes se ocupen de revisar supuestas raíces indigenistas en nuestro pueblo porque lo que hay detrás es bastante desechable. Yo que he leído y me han contado muchas cosas de malones y fortines, sé que los indios lo único que sabían, aparte de arrasar poblaciones y matar animales, era contar con los dedos, así, hasta cuatro, ya que el cinco les debía parecer una cantidad inaccesible. Oscar Wilde, con sabia ironía, dijo que mejor los españoles hubieran seguido de largo antes que descubrir América.
MERCADO —No habría existido Borges.
BORGES —Una suerte que me hubiera beneficiado, ¿no? Hoy, precisamente, se cumplen tres años de la muerte de mi madre. Fue un ocho de julio.
MERCADO —En muchas oportunidades se ha hablado de aquella sutil, intensa relación que usted mantenía con su madre. Incluso se pensó que a la muerte de la señora Leonor le iba a resultar muy difícil a usted llenar ese vacío, perder a la destinataria de tantas confesiones.
BORGES —No sé, no me doy cuenta de que ha muerto. Suelo conversar con ella, acostumbra acompañarme sin ningún dramatismo, casi con suave ironía. Además, cuando la imagino, la veo en los momentos felices, no cuando Leonor estaba muriéndose. ¿Qué hora es? ¿Llueve mucho afuera?
MERCADO —Las doce y llueve bastante, Borges. Estoy leyendo a Joseph Conrad, Lord Jim siguiendo su viejo consejo. El ha perdurado y también sus admirados Shakespeare, Cervantes, Shopenhauer, Spencer. ¿Cómo imagina que lo recordarán a usted, a su obra?
BORGES —Bueno, ellos eran grandes y merecen ser recordados pero sé que no va a quedar nada de mis libros dentro de cincuenta, setenta años. Le digo la verdad, será una suerte que nadie se acuerde de mí. Yo guardo la esperanza de no estar incluido en ninguna historia de la literatura porque no creo en ellas y sé que no sirven para nada. Son puras confusiones que se difunden con tanta rapidez por culpa de los periódicos y la radio. La gente la escucha y se dice: tal cosa es verdad porque lo dijo la radio. Y no es ninguna verdad. ¿Quién es la radio? Chesterton decía: "Antes estaban los Evangelios y ahora están los medios pero no hay nada que decir".
MERCADO —De todas maneras, Borges, hay una obstinación en la gente. Pretenden hacerlo célebre. Y también quieren saber de usted no sólo en su obra sino por sus declaraciones.
BORGES —¡No tengo la culpa de eso! En mis cuentos yo he luchado para no delatar mis opiniones personales y creo que lo he logrado. Sería difícil, a cualquier lector, pretender conocer mis opiniones a través de mis cuentos. ¿No lo cree usted? Sé que mi literatura ha permanecido, en ese sentido, incontaminada. No se notan las opiniones del hombre, no hay indicios evidentes por lo menos. Además, siempre uno se contradice cuando opina, pero no cuando escribe sus sueños. Oscar Wilde, que tuvo una vida tan desgraciada, dejó sin embargo frases muy felices.
MERCADO —Si se buscasen indicios en su obra, digamos que hay un tema permanente, la lealtad, la amistad. En cambio, no sé, en el amor hay ese cuento Ulrica del Libro de Arena o La Intrusa, pero me parece menos consecuente. Un tema quizá soslayado.
BORGES —¡Pero si yo he escrito mucho sobre el amor en mis poemas! Pienso que el amor es un descubrimiento mutuo entre dos personas. Uno y otro se revelan secretamente algo que los une y los vincula y los hace protagonistas de un sentimiento que los otros no pueden compartir ni entender. Sólo les pertenece a ellos, los enamorados, y sólo a ellos les ha sido revelado. La amistad, en cambio, es una pasión que diferencia e identifica a los argentinos. Es un sentimiento que no necesita, como el amor, de continuas pruebas ni confirmaciones. Tengo pocos amigos que viven: Bioy Casares, Silvina Ocampo, Mujica Láinez. Con él nos pasa algo raro, pero tiene que ver con la amistad. Pocas veces nos vemos, pasan años sin vernos pero un día que yo estoy mal o me enfermo él aparece en la cabecera de la cama todo el tiempo que sea necesario y cuando me pongo bien, se va y desaparece. En ese rato de encuentro hablamos de todo lo que tenemos que hablar: de literatura, de amigos, proyectos. El y yo hacemos cosas distintas y somos distintos, pero hay algo que nos une más allá de esa circunstancia. Creo que la amistad es superior al amor entre un hombre y una mujer porque es desinteresada y no necesita de promesas ni de grandilocuencias. Dos amigos no se confiesan, no necesitan hacerlo, se comprenden. Sé que actualmente hay una moda de la intimidad totalmente impudorosa. Todo se le achaca al subconsciente.
MERCADO —Es la época de la psicología, algunos la llaman la del striptease o del desnudamiento. El hombre se cuestiona, quiere saber.
BORGES —Antes se creía en el pensamiento poético, en la magia, en la intuición. Ahora todo se le achaca al subconsciente y además dicen que está el inconsciente. ¿Cómo puede haber algo debajo de la conciencia que es inmaterial? No tengo ningún interés en adherirme a ese tipo de desagradables teorías ni prácticas, prefiero seguir creyendo que todo cuanto me ocurre en mi vida me es dictado por algún amanuense.
MERCADO —¿El que le dicta su vida como sus cuentos, no? Es usted una excepción en muchos sentidos Borges, pero sobre todo, que sea conocido por sus cuentos en una época que aparece signada por la gran cantidad de novelas y novelistas.
BORGES —¡Oh, es cierto! nunca he sucumbido a la tentación de escribir novelas. No siento inclinación hacia ellas ni siquiera como lector. Hay que soportar detalles, puertas que se cierran, tediosas descripciones. Está ese ejemplo, donde más se ven los defectos, Madame Bovary, de Flaubert. Además, salvo Lord Jim, de Conrad, una novela admirable, yo he leído muy pocas novelas. Piense usted que el Martín Fierro no necesita abundar en descripciones para hacernos sentir la llanura. 
... Marchamos la noche entera haciendo nuestro camino
sin más rumbo que él destino que nos llevara ande quiera...

Pero claro, la novela es otra de las cosas que vienen de allá últimamente, de Estados Unidos, los fabricantes de la pornografía, las escenas de alcoba, las obscenidades. Los jóvenes que quieren publicar son empujados a ese tipo de cosas o a seguir inéditos. George Moore decía: ser sensiblero es tener éxito. Hay novelas que hasta tienen un resumen del argumento en la contratapa donde se explica su contenido, así no hay necesidad de leerlas. Al poco tiempo son consideradas viejas, como los periódicos. Bueno, un cuento requiere más precisión, más rigor narrativo y sobre todo no acepta ese tipo de concesiones del best seller, una fea y casi mala palabra, ¿no? Creo que la novela va a desaparecer.
MERCADO —¿Cómo explica el éxito de su propia obra, siendo tan metafísica, tan ajena a esas concesiones argumentales de la actualidad?
BORGES —¿Éxito?, no. ¿Por qué la gente está tan preocupada por el éxito ahora? Cuando publiqué mi primer libro a mí no se me ocurrió llevarlo a las librerías ni a los críticos ni a los escritores célebres. Yo pensé que mejor los repartía entre mis amigos. Todo el mundo actualmente vive preocupado por la publicidad, por las críticas en los periódicos, por la bambolla que pueda hacerse alrededor de su nombre. No, no creo que valga la pena tener éxito. Allí está lo que acaba de suceder con el Campeonato Mundial de Fútbol. Todos juegan a que la victoria de los once jugadores les pertenece y aceptan esa ficción y simulan no darse cuenta de que es una especie de convención o una broma. ¿A quién se le puede ocurrir que la República Argentina le ganó al reino de Holanda? Ni tampoco, si los holandeses hubieran triunfado, no por eso triunfaban sobre todo un país.
Sin embargo, yo he oído festejar a la gente por la calle como si eso que estuviera festejando fuese tan real. Mire el papel ominoso, ridículo del presidente de Uruguay, negándose a concurrir a los partidos porque su país no participaba. Se supone que los orientales tuvieron la oportunidad y que jugaron tan mal que no pudieron intervenir, pero entonces ¿un presidente de la nación se porta como un hincha de fútbol? Francamente. No creo que antes hubiese sucedido eso en Uruguay. Bueno, también en Estados Unidos suceden cosas horribles. Carter, suele usar cualquier método para promocionarse. Me contaron que durante la gira antes de las elecciones, él, que tiene plantaciones de maní, bajaba de un avión al que bautizó The Flying Peanut, ¡El maní volador! calcule usted qué bello. Y además toda la escolta vestía atuendos que representaban un maní. Sin embargo obtuvo la presidencia del país más grande del mundo. Bueno, es bastante tarde.
MERCADO —Sé que me he excedido en el tiempo, Borges.
BORGES —¡Tengo tanto y tan poco tiempo! Paso la mayor parte solo aunque hoy, no sé, después de este diálogo quizá dicte a una amiga unos versos. ¡Es tan misteriosa la creación! viene del lado que uno menos imagina. No tiene leyes establecidas, las teorías alrededor de todo este enigma no importan demasiado. Yo no tengo teoría estética, escribo sin proponerme nada, en total libertad. Hace algún tiempo había decidido evitar el barroco y siento que ahora voy retomándolo. Verlaine, que rimaba tan bien, condenaba la rima. Quién sabe lo que pasa por el alma de un escritor cuando escribe. Rudyard Kipling comprendió al fin de su carrera que a un autor puede estarle permitida la invención de una fábula, pero no la íntima comprensión de su moraleja. Allí está nuestro Facundo, de Sarmiento, y según Groussac el libro más montonero de nuestra literatura. Quién le hubiera predestinado a Quiroga tan misericordioso destino: una muerte inolvidable —acribillado y apuñalado en una galera— y contada además por Sarmiento. Es que tratándose de obras de ingenio los propósitos del autor son lo de menos. También está el caso de Swift, que se propuso redactar un alegato contra el género humano y dejó un libro para niños. Como toda génesis, la creación poética es misteriosa. Yo solamente puedo inventar mi vida, pero no sus consecuencias, ¿verdad? (Afuera la lluvia torrencial pareció hacerse más intensa. Borges masculló alguna protesta hacia quienes se demoraban en arreglar los viejos techos. "Bueno —dijo recuperando el humor— esta noche me tendrán que hacer la cama en un rincón donde no se llueva. Cuando era joven nadaba muy bien, pero ahora..." 

Antes de que me retirase pidió que le buscara unos libros en la biblioteca y una vez ubicados, él los colocaba cuidadosamente en el primer lugar de cada estante, para tenerlos a mano cuando alguna de sus amigas viniera a leerle. Por curiosidad anoté los títulos y autores elegidos: Sartus Resartus de Carlyle, The Works of Henrik IbsenHugo; The book of sands de Jorge Luis Borges, todos editados en inglés. "¿Ve usted? —murmura—, la gente cree que he leído muchos libros y apenas si repaso, releo, siempre los mismos. Creo que hay demasiada belleza en el mundo y que hay que defenderse de ella, yo soy prudente con mis lecturas". La despedida le corresponde a su admirado Joseph Conrad, que en Lord Jim parece acordarse de Borges:
"Su soledad acrecentaba su estatura. No había a la vista nada que se comparase con él, como si hubiese sido uno de esos hombres excepcionales a los cuales sólo es posible medir por la grandeza de su fama."



Texto y fotos en revista Mercado, agosto de 1978

Fuente : Borges todo el Año


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