En un pequeño pueblo del partido de Ramallo, el autor
de “Fervor de Buenos Aires” vivió una experiencia olvidada: gestionó libros en
una elegante estancia que reunía a figuras clave de la cultura. La museóloga
Elsa Machado reconstruyó ese episodio entre letras, tareas rurales y vínculos
familiares.
Por Leo Mirenda
En una localidad casi olvidada del partido de Ramallo, las vías del antiguo “Ferrocarril Central Argentino” todavía conducen hacia un rincón donde el gran prócer de la literatura argentina dejó una marca única.
El Paraíso es un pueblo
de 1000 habitantes que nació al calor del tren y en el que el gran
escritor Jorge Luis Borges fue, por un tiempo, bibliotecario de un
castillo en el medio del campo.
El origen de
este paraje se remonta a 1721, cuando el gobernador rioplatense Bruno Mauricio
de Zabala otorgó en merced unas tierras al Capitán Francisco Gutiérrez,
conocidas como “Cañada de los Cuero”.
Recién en
1881 fueron vendidas por la compañía Engels a Mariano Unzué, y más tarde
heredadas por María Unzué de Alvear, quien también recibió un sobrante
estatal lindero a la estación ferroviaria. No obstante, la fundación formal de
El Paraíso había ocurrido ya en 1883, cuando Mercedes Lavallol cedió parte de
su estancia homónima para el funcionamiento de la Escuela N° 4.
De Acevedo a El Paraíso
El primer
tren llegó en febrero de 1886 y, con él, surgieron los primeros comercios,
entre ellos el Bazar de Pedro Corposi, carnicerías, farmacias y herrerías.
El
crecimiento fue lento, condicionado por la escasez de servicios y de terrenos
disponibles. Finalmente, en 1950, se expropiaron las tierras necesarias para
consolidar el pueblo.
Pero El
Paraíso no solo guarda historias rurales. La museóloga ramallense Elsa
Machado contó a TN que “Borges solía visitar la ciudad de
Pergamino. Los padres de su madre, los Acevedo, eran del partido, y donde
estaban los campos de la familia ahora hay un pueblo que se llama Acevedo”.
“Borges estaba emparentado con una familia de
Ramallo que se había sido de la sociedad de beneficencia. La madre era
originaria de la localidad de Acevedo, tal vez por eso la relación con la
zona”, recordó Machado.
En esa misma
línea, agregó: “En la estancia La Rivera que era de Francisco de Soto
y Calvo y su esposa María Obligado, se realizaban grandes fiestas
donde concurría toda la elite literaria y artística. En una oportunidad fue
invitado Borges, que quedó como bibliotecario. Tenía una biblioteca
fantástica que hicieron de ese lugar un lugar emblemático. Borges era
muy joven, había muchos escritores y concertistas que se reunían en el
campo”.
La estancia
La Rivera, conocida como "el castillo", fue propiedad de María
Obligado de Soto y Calvo. (Foto: Elsa Machado).
“Borges se
quedaba, en el Palacio -así se llamaba el lugar-, porque además a Francisco
Soto y Calvo y a María Obligado les gustaba alojar a las visitas”, añadió.
Machado describió el ambiente de ese tiempo: “Obligado tenía un espacio cultural y con Soto Calvo participaban y estaban muy conectados con los artistas, escritores, poetas de Buenos Aires y eso hacía que los invitaran al Castillo o pasar unos días.
Reunían a los más destacados de las letras en una propiedad que tenía todas las características de los palacios de Buenos Aires pero en el medio del campo”.
El idilio no
fue eterno. “Soto y
Calvo tenía la costumbre de tocar los picaportes y se encuentra con Borges y
una señorita que estaban en una habitación revelando fotografías, y a Soto y
Calvo no le gustó y lo echó. Llamó al chofer que manejaba el carruaje y lo
llevó a la estación de El Paraíso”, relató.
A Borges lo echaron porque revelaba fotografías en una habitación con una señorita
La estancia,
conocida como un punto de encuentro para figuras de la elite literaria y
artística de principios del siglo XX, recibía con frecuencia a nombres como
Bartolomé Mitre, Fermín Estrella Gutiérrez, Lía Simaglia de Espinosa, Leopoldo
Lugones y Pedro Miguel Obligado.
El Paraíso se consolidó así como un enclave cultural en plena pampa húmeda, donde las letras, la pintura y la música dialogaban bajo el cielo abierto. No era el único centro de ese tipo: también “El Castillo”, residencia del poeta Rafael Obligado, tuvo un rol central y hoy forma parte del escudo de Ramallo.
Años
después, en 1945, la mansión --La Rivera-- fue demolida para vender su
estructura de hierro, que por entonces tenía un alto valor comercial. Quedó en
la memoria del pueblo como un palacio literario que supo cobijar a una
generación de intelectuales.
Hoy El
Paraíso intenta capitalizar ese legado histórico y cultural. Con apenas 1000
habitantes, fue reconocido como uno de los “pueblos turísticos”. Sus atractivos
incluyen la Capilla Sagrado Corazón, la estación de tren abandonada —un ejemplo
de arquitectura británica con tejas francesas y columnas originales—, y
la estancia Estrella Federal, que combina historia y hospedaje con vista al río
Paraná.
En cada
rincón, aún resuena el eco de las letras que alguna vez habitaron sus campos.
Fuente: Todo
Noticias

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