jueves, 16 de diciembre de 2010

Primeras letras con Borges


Mi primer encuentro con Borges tuvo lugar en San José de Costa Rica en una tarde de octubre de 1964. Fue un encuentro sin presentimientos, como ocurre siempre en el infinito juego de azares y certidumbres imprevistas que es la existencia, según él mismo habría de enseñarme. Vas a encontrarte mientras caminas por aquella Avenida Central con un escritor clave en tu existencia y no lo sospechas. Yo estaba apenas llegado para entonces a San José, la meseta central brumosa donde siempre lloviznaba y los contrafuertes de los montes cercanos eran siempre grises, un paisaje manso al que no terminaba de acostumbrarme viniendo como venía de un país donde siempre sobra el sol que sollama la arena negra de los volcanes y enciende en deslumbres calinos el mar siempre cercano, un país donde llueve a ramalazos cuando llueve, y no aquella pelusa difusa fría y persistente que goteaba sobre la seda funeral de mi inmenso paraguas recién comprado.

Y así me detuve frente a las vitrinas de la Librería Lehmann que solía exhibir sus novedades acomodadas sobre un lienzo de seda recogido en pliegues, como si se tratara de estuches de joyas o frascos de perfume.



Entonces, como todo es obra del azar, y de los espejos, estaban allí esperándome las tapas grises de Ficciones, y las de su Obra Poética, ediciones en rústica de las obras completas de Borges que para entonces comenzaba a publicar la Editorial Losada, y con las que me inicié en su universo. Borges del otro lado de la vitrina mojada y yo mirándome en ella y en sus libros como en el espejo que prefija la continuidad de los encuentros hasta el infinito.

De vuelta en mi casa, recuerdo, puse mi firma en las portadillas, y la fecha, un hábito escolar de herrar los libros al entrar en posesión de ellos, que he perdido, pero que me sirve ahora, al volver a esos dos ejemplares tantas veces manoseados, y anotados, para comprobar cuándo fue realmente que empezó Borges a ser mi maestro de primeras letras. Fue para ese mismo tiempo que descubrí también a Juan Rulfo, dicho sea de paso, Pedro Páramo en la edición de tapas duras de Letras Mexicanas del FCE. Y pronto me encontraría, en la misma vitrina, con las tapas negras de Rayuela.

Es curioso. Mis lecturas de Cortázar —dejo de un lado Rayuela y me refiero a sus cuentos de Bestiario, Las armas secretas y Final de juego— se dieron al mismo tiempo que mis lecturas de Borges, de modo que en mi proceso de aprendizaje les di a los dos una condición contemporánea que no tenían, pero que venía de sus parentescos literarios, y de la herencia borgiana confesada por Cortázar. Y cada vez que vuelvo a leer un cuento maestro como Casa tomada, o Las armas secretas ("abrir una lata de sardinas es abrir al infinito la misma lata de sardinas"), pienso en Borges tras el oído de Cortázar, o saliendo de su cabeza, como alguna vez debo haberlo visto en el dibujo de una vieja revista argentina, en el que Borges salía, a su vez, de la cabeza de Kafka.

En apariencia, quizás no haya nada tan lejano al mundo de Borges que el mundo del caribe, de donde yo vengo, y de donde venía cuando me encontré la primera vez con él bajo una llovizna centroamericana que no era propiamente del caribe; entonces, para un aprendiz de escritor recién graduado de abogado, ir de Nicaragua a Costa Rica era como atravesar el mundo; ya no digamos la distancia que en todos los sentidos mediaba entre Managua y Buenos Aires, de donde llegaban en mi infancia, sin embargo, los textos escolares, el Billiken y El Peneca.

Pero fue el mismo Borges quien alguna vez estableció esas conexiones invisibles para muchos, cuando recuerda a "el moreno que asesinó a Martín Fierro, la deplorable rumba El Manisero (juicio que prueba que conocía otras rumbas que le seducían), el napoleonismo arrestado y encalabozado de Toussaint Louverture, la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el candombe…" (El Espantoso redentor Lazarus Morell; Historia Universal de la infamia)

El caribe, que tiene mucho que ver con el sur de Borges, porque son parcelas distantes de un mismo territorio arcaico. Recabarren el patrón de la pulpería que tendido en el camastro va a presenciar pronto un duelo (El Fin; Ficciones), o Juan Dalhmann que empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura a que lo maten, (Sur; Ficciones), también eran historias de la Nicaragua rural y ganadera; de modo que Borges porteño, jamás me pudo ser ajeno, aunque también me fascinara el otro, el de las construcciones imaginativas que le ganaron la fama de escritor fantástico.

A partir de mi lectura inicial de Borges, y las muchas que hice a partir de entonces, encontré en él una virtud que para mí poco tiene que ver con ese color de escritor de literatura fantástica que cierta crítica persiste en dar a su obra, y que no hace más que desmerecerlo. Borges fue para mí, desde la apreciación ávida de mis años juveniles, un escritor ecuménico en por lo menos tres sentidos principales.

Primero, porque logró una constante identidad estilística, capaz de trasegar los rigores deslumbrantes del lenguaje a la prosa de ficción, a los ensayos literarios, y a la poesía, como se si se tratara de las tres caras de una misma moneda imposible.

Este párrafo, por ejemplo, del cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (Ficciones), que yo podía leer como un dístico: Ocurrió en un departamento de la calle Laprida, frente a un alto balcón que miraba al ocaso, o como dos versos que están pidiendo otros dos, rimados, para completar un cuarteto.

Borges no dejaba de apuntar, por supuesto, si ustedes recuerdan, que la pasión de Flaubert por limpiar cada párrafo de repeticiones y rimas impertinentes, no era sino una manía de quien lee, pero no un estorbo para quien escucha, porque en fin de cuentas la prosa es oral; y que la mejor manera de escribir un relato de ficción es en verso, para hacer que el lector reconozca, a través del artificio, que se trata de mentiras, como en una penitencia constante. Consejos, por supuesto, que alguien como él, que perseguía la perfección con delirio, muy poco practicó. Y, prueba en su contra, siempre buscó alejar al lector de la idea de que el acto de leer es el acto de aceptar una mentira, tratando de fingir a fondo para lograr algo que fuera lo más parecido a la verdad, aún con trampas, como las citas falsas de autores que nunca existieron.

Precisamente, otra cualidad ecuménica de Borges estaba para mí en el uso de la inmensa ventaja de su erudición, que es el primero de sus juegos infinitos de espejos. No una falsa erudición, sino la erudición verdadera, insondable, arcana, a través de la cual es posible construir todo un mundo imaginario, utilizando sus reflejos, y sus caminos y entreveros como si se tratara de un laberinto imposible donde el lector, que es el Minotauro, dueño falso de ese laberinto, que es el mundo apócrifo de la ficción, morirá siempre de una puñalada limpia, como en el cuento La Casa de Asterión (El Aleph).

Me maravillaba ver cómo Borges articulaba sus distintos instrumentos, o ámbitos de la ficción, como un todo, la filosofía, la teología, la mitología, y la crítica, literaria, las traducciones, las citas de autores verdaderos, o imaginados. Nada escapa a esta inmensa urdimbre, desde la que siempre estará haciéndonos un guiño, porque al fin y al cabo Borges viene a resultar un formidable humorista. Un humorista con vestiduras de escritor serio, como Chesterton, o como Quevedo. Recuerdo uno de esos guiños. En la introducción de Las Mil y una Noches según Burton, (La Biblioteca de Babel) cita unos versos del Diván de Almotanabí:

El caballo, el desierto, la noche me conocen

El huésped y la espada, el papel y la pluma…

Que como bien puede oírse, no es sino el mismo Borges citando su propio estilo, en dos versos impecables.

Pero tampoco hay que olvidar que sus escritos, decía él mismo, haciéndonos otra vez un guiño, no son sino el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias. (Prólogo a Historia Universal de la infamia)

Muchos años después de mi aprendizaje con Borges, que me deparó la oportunidad de intentar una contemplación total y simultánea de los instrumentos y de los ardides de la literatura, igual que todo el universo podía ser contemplado en el Aleph, encontré en la lectura de Pale Fire de Vladimir Nabokov un uso similar de esas virtudes ecuménicas en la ficción: una novela llena de humor, y de sorpresas, que parte de un poema que contiene los misterios del argumento, y los desenlaces de la trama que se dan en el aparato crítico, comentarios estilísticos y glosas a ese poema. Como si Borges la hubiera escrito.

Y hallé aún otro sentido en la dimensión ecuménica de Borges, que como la luz pasando por las aristas de un prisma es también los otros dos de que he hablado; la misma luz, siempre que el prisma pueda ser uno, y diverso. Es la identidad de las correspondencias temáticas de su obra, en poesía, en narrativa, en ensayo, una fidelidad apasionada a un número selecto de temas, u obsesiones, que se corresponden ciegamente con su idea del universo, del infinito, del tiempo, de la eternidad, de la realidad, que es siempre ilusoria, del azar, que gobierna los destinos, del ser, que es siempre todos los seres y uno mismo, y de las cosas, "todo es todo. Casa cosa es todas las cosas. El sol es todas las estrellas, y cada estrella es todas las estrellas y el sol" (Historia de la Eternidad). Si nos fijamos bien, todo su intento literario está comenzando siempre de un punto cero, como quien tira sobre el tapete verde los mismos dados, capaces de presentar, en las combinaciones de sus cifras, figuras infinitas.

En el arquetipo de esas cifras, y de esas figuras que se despliegan en toda su obra, Borges está recurriendo siempre a la idea de Berkeley sobre el mundo real, que él mismo, como filósofo de la ficción, o inventor de filosofía, se ha encargado de transmutar, y de iluminar, quitándolas del panteón enclaustrado adonde apenas pudo llevarlas aquel obispo anglicano tenido por lunático en su tiempo. Berkeley es en Borges, igual que Schopenhauer, el instrumento de un aparato imaginativo poderoso.

Citando el libro tercero de la Enéadas, Borges nos dice que la materia es irreal, "una mera y hueca pasividad que recibe las formas universales como las recibiría un espejo; éstas la agitan y la pueblan sin alterarla. Su plenitud es precisamente la de un espejo, que simula estar lleno y está vacío; es un fantasma que ni siquiera desaparece, porque no tiene ni la capacidad de cesar". (Historia de la Eternidad). Es allí donde la filosofía se llega a parecer más a la invención literaria. Bastaba entonces la idea del mundo real como un asunto de la mente, a manera de contrapunto, para que Borges me pudiera decir en inolvidable prosa: "Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro". (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius; Ficciones)

La invención literaria necesita de pretextos. La idea del tiempo según Parménides, que está en los ensayos de Borges, la imposibilidad de sincronizar el tiempo individual de cada persona con el tiempo general de las matemáticas, va a dar también a sus cuentos. La pregunta ¿cómo pueden compartir miles de hombres, o aún dos hombres distintos el tiempo, que es un proceso mental (Historia de la Eternidad) es respondida de manera recurrente en la fábula de Aquiles y la Tortuga, la posibilidad de la división infinitesimal del tiempo, que es como asomarse al vacío de las ínfimas reducciones, y de las imposibilidades. (La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga; Discusión)

O la reversión del tiempo, "aquel inverso mundo de Bradley, en que la muerte precede al nacimiento y la cicatriz a la herida y la herida al golpe", (Examen de la obra de Herbert Quain; Ficciones) ideas prefiguradas en 1941, más o menos para la época de mi nacimiento, y cuando aún la mitad de la ciencia era aún mitología, y que décadas después, como sucede siempre que la ficción gobierna a la ciencia, Stephen Hawking convierte en un asunto de la física cuántica (A brief history of time), el tiempo que se contraería del pasado hacia el futuro, invirtiendo la lógica de las secuencia de los hechos, si la ocurrencia cósmica constante fuera una implosión, y no una explosión, la materia volviendo a su origen, un big crunch en lugar del big bang ya tan popular en las mentes profanas.

Pero también el tiempo y los hechos del tiempo y sus infinitas posibilidades y alternativas (Examen de la obra de Herbert Quain; Ficciones). La novela de su personaje Herbert Quain, April March, que es regresiva y ramificada, consta en realidad de nueve novelas, toda una multiplicación de posibilidades, en un orden ternario, que da lugar a diferentes versiones y por tanto, a diferentes finales; una manera de leer, también, selectiva, o caprichosa, como ensayó Cortázar a que fuera Rayuela y como seguramente habrá en el siglo XXI, o en el tercer milenio, si se quiere, novelas virtuales contadas en imágenes con múltiples argumentos, múltiples tramas, y múltiples finales, una realización del ideal borgiano en la cibernética del futuro.

Y agrego ala íntima e inquietante relación entre tiempo y espacio, que me aturdía en la ciencia contemplada de lejos, y me deslumbraba en Borges. Como ocurre en la mente de Funes el memorioso "que dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había durado un día entero" (Funes el memorioso; Ficciones); y como ocurre con el mapa del imperio que tenía el tamaño del imperio y coincidía puntualmente con él, y que las nuevas generaciones de cartógrafos entregaron a las inclemencias del sol y de los inviernos para que por fin las ruinas del mapa terminaran habitadas por animales y por mendigos (Del rigor de la ciencia; Historia Universal de la Infamia)

Desde aquellos años aprendí también a compartir su ardid de que un hombre es todo los hombres, y de que hay una operación de metempsícosis permanente en la existencia; un mismo juego de correspondencias misteriosas que podía ser aplicado a la obra literaria, desde luego que la literatura es el mejor de los avatares de las existencia. Las líneas maestras del Diván de Almotanabí pudieron haber sido escritas, muchos siglos atrás, sólo para que Borges volviera a inventarlas, reencarnando en ellas. Y Rubén Darío ya escribía de la misma manera como décadas después lo haría Borges. Oigan esos versos de Borges escritos por Darío en 1900:

La tortuga de oro camina por la alfombra

y traza por la alfombra un misterioso estigma;

sobre su carapacho hay grabado un enigma

y un círculo enigmático se dibuja en su sombra.

Esos signos nos dicen al Dios que no se nombra

y ponen en nosotros un autoritario estigma:

ese círculo encierra la clave del enigma

que a Minotauro mata y a la medusa asombra…

(A Amado Nervo, París, 1900)

El mismo Borges dejó dicho que un autor prefigura a otro a través del tiempo, adelantándose a escribir como el otro lo haría en la posteridad, tal es el caso de Nathaniel Hawthorne y Frank Kakfa: "La deuda es mutua; un gran escritor crea a sus precursores. Los crea y de algún modo los justifica. Así ¿qué sería de Marlowe sin Shakespeare?" (Nathaniel Hawthorne; Otras Inquisiciones). Y en La noche Cíclica (El otro, el mismo), Borges, a su vez, prefigura a Darío, ya muerto, y es Darío quien le presta sus mejores acentos modernistas:

Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:

Los astros y los hombres vuelven cíclicamente;

Los átomos fatales repetirán la urgente

Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.

En edades futuras oprimirá el centauro

Con el casco solípedo el pecho del lapita;

Cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita

Noche de su palacio fétido el minotauro…

Pero este juego de correspondencias no termina tan fácilmente, y seguirá consumándose mientras la poesía de Borges, como la de Darío, permanezcan en el abismo del tiempo como el ardid supremo de las identidades repetidas; y otra vez yo volvía a oir a Darío repitiendo a Borges antes de que Borges intentara sus primeros versos; antes, aún, de que Borges naciera. Porque en Metempsícosis, Darío dice en 1893, en lo que bien pudo ser un poema, o un breve cuento de Borges:

Yo fui un soldado que durmió en el lecho

de Cleopatra la reina. Su blancura

y su mirada astral y omnipotente.

Eso fue todo.

¡Oh mirada! ¡oh blancura y oh aquel lecho

en que estaba radiante la blancura!

¡Oh la rosa marmórea omnipotente!

Eso fue todo.

Y crujió su espinazo por mi brazo;

y yo, liberto, hice olvidar a Antonio.

(¡Oh el lecho y la mirada y la blancura!)

Eso fue todo.

Yo, Rufo Galo, fui soldado, y sangre

tuve de Galia, y la imperial becerra

me dio un minuto audaz de su capricho.

Eso fue todo.

¿Porqué en aquel espasmo las tenazas

de mis dedos de bronce no apretaron

el cuello de la blanca reina en broma?

Eso fue todo.

Yo fui llevado a Egipto. La cadena

tuve al pescuezo. Fui comido un día

por los perros. Mi nombre, Rufo Galo.

Eso fue todo.

(El Canto Errante, 1907)

Y a la par, están estos otros versos de Borges, Le Regret D’Heraclite, atribuidos a Gaspar Cameramius, que bien hubiera querido escribir Darío:

Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca

Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.

El alma de un antepasado o maestro puede entrar en el alma de un desdichado, para confortarlo e instruirlo, según la idea de la metempsícosis que Borges expone en El acercamiento a Almotásim (Ficciones). Pero como ya se ve por la idea que sobre ese tema comparte con Darío, también la transmigración de las almas en un asunto de celo, adulterio, pasión y venganza, o simplemente nostalgia de los amores imposibles, y no sólo un asunto moral, o pedagógico.

Cuando me encontré la primera vez con Borges, yo era ya, por supuesto, un lector impenitente de Darío, capaz de citarlo de memoria. Borges era un modernista, y se colocó sin saltos ni sobresaltos dentro de esa misma herencia de sensibilidad que creó el modernismo, no en sus sonoridades más vanas, sino en su esencia, en la ruptura con la idea del positivismo —la idea del progreso ineluctable, sin retrocesos, inviolable y severo— una ruptura que devolvió los ojos de los poetas al mundo introspectivo desde finales del siglo XIX, y dentro de ese mundo introspectivo las dudas sobre la existencia y el sentido de la vida, que los modernistas habían encontrado en "los raros" de Darío, como Ibsen, Poe y Dostoyevski, y que Borges habría de resolver décadas después en universos paralelos, incertidumbres de sueños vividos y espejos infinitos. Pero no olvidemos tampoco que de aquel lenguaje modernista que se abría a todos los vientos, y no pocas tempestades sonoras, nacieron las milongas, los tangos y los boleros. Y sobre todo la Milonga de Jacinto Chiclana.

Para los años de aquellas primeras lecturas de Borges, cuando leía a la par a Juan Rulfo, a Horacio Quiroga, a quien no debe olvidar, y a los cuentistas norteamericanos, también como ejercicio de aprendizaje, pude alegrarme de descubrir los parentescos iluminados entre El Milagro Secreto (Ficciones) y Un suceso en el puente sobre el riachuelo del Búho (An occurrence at Owl Creek Bridge), de Ambrose Bierce, el tiempo detenido como un vértigo infinito para que ocurra el milagro de que un condenado a muerte, el de Borges, pueda escribir una pieza de teatro y guardarla línea a línea en su memoria, y el otro, el de Bierce, imaginar su huida antes de que la trampa del patíbulo se abra bajo sus pies. En esto consistía para mí la fascinación por la literatura, encontrar en un texto la perfección, que uno reconoce por el gozo, la felicidad de leer una pieza perfecta. Y encontrarla dos veces.

Años después, como quien entra a revisar los papeles de un muerto querido en la casa que ya no habitará nunca más, fui recorriendo rigurosamente el itinerario de las preferencias literarias de Borges en su Biblioteca de Babel (Siruela) y en su Biblioteca Personal (Hyspamer). Allí me encontré con su selección de cuentos de H.G Wells (La puerta en el muro), y en esa selección con la larva de El Aleph en el cuento El huevo de cristal, influjo que Borges por supuesto reconoce. Pero el mejor Borges de las páginas de Wells escogidas por el mismo Borges está para mí en La puerta en el muro, un bello cuento inquietante de esos que jamás se olvidan, y que me lleva a la convicción de que para Borges el arte de elegir era como el arte de escribir, piezas ambas de ese todo de correspondencias exactas que tiene que ver con el ser que escribe porque otro lo está escribiendo a él mismo como parte de una escritura infinita que presupone también el arte de leer.

No tengo que confesar que siempre leí a Borges como escritor, con todos los vicios de lectura que un escritor tiene, un vicio que termina quitándole a la lectura muchos de sus sanos placeres. No sé hoy en día como lee un lector común, y quizás por deformación profesional, o por egoísmo, he llegado a la convicción de que Borges es, antes que nada, un escritor para escritores, como él mismo pensaba de Quevedo. Y lo cito aquí: "Lamb dijo que Edmund Spenser era the poet’s poet, el poeta de los poetas. De Quevedo habría que resignarse a decir que es el literato de los literatos. Para gustar de Quevedo hay que ser (en acto o en potencia) un hombre de letras; inversamente, nadie que tenga vocación literaria puede no gustar de Quevedo" (Quevedo; Otras Inquisiciones) Éste, es mi propio retrato de Borges.

Y frente a sus posiciones políticas, tan irritantes para mí entonces, aprendí a consolarme con la idea de que nunca fue un político, como él mismo también pensaba de Quevedo: "la grandeza de Quevedo es verbal. Juzgarlo un filósofo, un teólogo o un hombre de estado, es un error…" (Quevedo; Otras Inquisiciones). Y con pleno sentido del humor nos dice que cuando Quevedo saca a la vergüenza a los enemigos de Dios, dando su lista, lo que está haciendo "es mero terrorismo". Quienes como Quevedo o como Borges fueron tan grande humoristas, no pudieron dejar de ser al mismo tiempo grandes provocadores. De todas maneras, nos dice Borges, "un autor puede adolecer de prejuicios absurdos, pero su obra, si es genuina, si responde a una genuina visión, no podrá ser absurda". (Nathaniel Hawthorne; Otras Inquisiciones).

Pero vuelvo al Borges de mi preferencia. De toda suerte, hallé a ese Borges inmerso en los demás, tanto en su poesía como en sus relatos, al que podría llamar sin pena de mí mismo el Borge criollo, sino fuera porque ese término me espanta tanto como el término fantástico, por el uso que se les da; literatura criolla, literatura fantástica, son, quizás, cara y cruz de una moneda falsa.

Ese Borges que me tocó para suerte mía desde mi juventud, vino a mí desde el Buenos Aires de almacenes que naufragan en el atardecer hasta la vitrina de una librería ya lejana en el tiempo y la memoria, y del cristal de esa vitrina volvió conmigo hasta la Managua de los terremotos cíclicos. El Borges que podía describir una y otra vez el duelo a muerte de Martín Fierro, al revés o al derecho, matando o muriendo, y siempre la eternidad que estaba en él mismo, en sus antepasados, en sus compadritos de faca urgida, y en su paisaje sin mesura.

Como el tiempo no existe, uno podrá siempre estar viendo reflejados en el mismo espejo turbio de una habitación ya cerrada para siempre en Adrogué, o en la vitrina de aquella librería Lehmann de San José, la noche de cuchillos ensangrentados de El Hombre de la Esquina Rosada. El Borges de Funes el memorioso, el de El muerto —Otálora, el capitán de contrabandistas "que comprende, antes de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto" (El Aleph). El Borges de Emma Zunz, (El Aleph) verdadero el pudor, verdadero el odio, verdadero también el ultraje.

Son los cuentos suyos donde yo lo sentí tocar fondo dentro de mí mismo cuando me enseñaba las primeras letras, el Borges del sur, el sur de Borges que pese a las distancias era como Nicaragua, como también el sur de Faulkner era Nicaragua, humo de lámparas de kerosín, olor a cueros al sol y a quesos rancios, y un vuelo funeral de moscas sobre el rostro de un muerto cubierto con un poncho bajo la luna pálida. Borges era mi país y era mi infancia. Y era la literatura como pasión, o como vicio, o como desesperación.

Managua, finales de mayo de 1999.

(Ponencia en el Encuentro "Borges y yo" celebrado en Buenos Aires, Argentina, del 8 al 11 de junio de 1990, bajo el patrocinio del Fondo Nacional de las Artes y del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Maryland), en conmemoración del centenario del nacimiento de Jorge Luis Borges.

Fuente : El Nuevo Diario
Sergio Ramírez
Managua - Nicaragua
12 de junio de 1999

Documental : Jorge Luis Borges

lunes, 13 de diciembre de 2010

Master Musicians of Bukkake conjunto freak folk edita CD “Elogia de la Sombra” basado en el poema de Jorge Luis Borges



"Elogia de la sombra" se adentra en la tierra de krautrock. Desde el poema del mismo nombre de Jorge Luis Borges, Master Musicians of Bukkake tejen fascinantes texturas sónicas .La letra se entona constantemente hasta que reconvierte en mantra
Treinta minutos de música y la magia de la locura, en su mejor álbum hasta la fecha.



Master Musicians of Bukkake

Su nombre viene de una parodia al colectivo musical Master Musicians of Jajouka, sustituyendo esta última palabra por un "ejemplar" castigo a las mujeres infieles en el antiguo Japón. Sin embargo, la banda poco y nada tiene que ver con estas prácticas. Creado como un colectivo musical de freak folk, cuenta con la participación de músicos que algunos ya hemos tenido la oportunidad de escuchar en otras ocasiones: Dave Abramsom, que participó en el Luminous Night de Six Organs of Admittance; Brad Mowen, en el Hex de Earth junto a John Schuller (que también participó en Asva), y el último disco de Sunn O))), Monoliths & Dimensions; y Randal Dunn, reconocido ingeniero de sonido en Seattle que ha trabajado con todas estas bandas mencionadas.



Creado como un colectivo musical de freak folk, es a grandes rasgos, un dream-team de músicos de sesión, enfocado en rescatar tradiciones orientales, tanto musicales como ceremoniales, a través de este proyecto. Por eso es que la mística está presente durante todo el desarrollo de la carrera.

Autodefinidos como "no age", indagan en el psych folk, con un sonido similar a bandas como OM o Vibracathedral Orchestra, deconstruyendo las expresiones ritualescas de este colectivo en melodías mántricas, salmodias inmersas en capas de sonidos psicodélicos, fuerte uso de percusiones tribales y folk á la Ben Chasny.

sábado, 11 de diciembre de 2010

El Sueño - Borges y O. Henry


La firma de Borges

Atento a la afición del escritor argentino de sembrar aquí y allá falsedades sutiles, Arturo Fontaine emprende una pesquisa animada por la suspicacia y la admiración en busca del oscuro autor de un cuento inconcluso.
El mejor cuento del libro Cuentos breves y extraordinarios, la antología de Borges y Bioy Casares, viene firmado por O. Henry y me huele a gato encerrado. Se llama “El sueño” y es breve y borgeano. Siempre oí decir que Borges hacía esas cosas, que inventaba citas, autores. No sé por qué el asunto me intriga. Insisto: me huele a gato encerrado. Hasta que me atrevo a importunar a mi amigo Lucas Sierra, que está en Cambridge, escribiendo ocupadísimo una tesis doctoral sobre Habermas. Le pido que me ayude y busque ese cuento, “El sueño”, de O. Henry. Lucas, que es una persona real, es decir que efectivamente existe, como lo demuestra el hecho de que obtuvo una beca real y fue admitido al doctorado de una universidad tan real, seria y respetable como Cambridge, me contesta de inmediato por e-mail, sin imaginar, claro, lo que le espera, y dice que sí, que por supuesto, que lo buscará en la biblioteca de Cambridge, donde está todo, absolutamente todo. No le costará nada. De hecho, se pasa entre esas estanterías interminables todo el día y algo de la noche.
A Lucas le ocurre algo borgeano: O. Henry no está en el catálogo manual de la completísima Universidad de Cambridge. Tampoco en el fichero computarizado de la biblioteca. ¿Será, entonces, el famoso O. Henry un autor inventado por Borges? Pero cómo, ¿los cientos de cuentos de O. Henry que circulan por el mundo serían de Borges? No, por cierto.
Lo que pasa, simplemente, es que ni él ni yo nos habíamos enterado de que O. Henry había nacido como William Sydney Porter en Greensboro, Carolina del Norte, en 1862, y que en los catálogos aparecía como Porter Sydney, William (O. Henry). Despejado ese enigma, tranquilo y un poco decepcionado, Lucas, interrumpiendo a Habermas, se lanzó a la búsqueda de “El sueño”, “The Dream”.




Entre tanto, vía Amazon, conseguí dos antologías de cuentos de O. Henry –una publicada por Modern Library con treinta y ocho cuentos y otra por Signet Classics con cuarenta y uno. Las leí página por página y ese cuento extraordinario, “El sueño”, no estaba. Lucas tampoco lo había encontrado en los doce volúmenes de las obras completas de O. Henry, editadas por Doubleday, en Nueva York, en 1917, ni en la Biographical Edition de 1929 en dieciocho tomos, ni en el volumen rojo de 1,396 páginas de letra muy chica que apareció en 1932 por Doubleday y Doran & Company, Inc. Y en la edición de sus obras completas en dos gruesos volúmenes, de 1957, tampoco.
Días después está en Londres y, por supuesto, llueve. “El sueño” no está tampoco en la biblioteca de la University College ni en la mismísima British Library. Lucas queda perplejo. Borges nos transforma en sus personajes. Lucas revisa Postscripts, editado por Florence Stratton en 1923, y O. Henry Encore, publicado en Dallas en 1936. Nada.
Un sábado cualquiera, para protegerse de la lluvia, yes, it’s raining cats and dogs, se le ocurre entrar a la biblioteca municipal de Camden, cerca de la estación Swiss Cottage. Por hacer algo mientras pasa el chaparrón, aprovecha y ve qué hay allí de O. Henry. La probabilidad de encontrar “El sueño” es, claro, cercana a cero, pero ¿qué más da si está en esa biblioteca sólo mientras espera que la lluvia amaine?
Lo único de O. Henry que hay allí es una antología que, por cierto, él ya había visto antes en los catálogos consultados, pero que no había considerado necesario revisar por ser una selección entre tantas y no una edición de obras completas. La publicación está fechada en 1937 y editada por Hodder and Stoughton Ltd. Sucede lo imposible: “El Sueño” –“The Dream”– está ahí. Borges no ha inventado, ha sido un antologador honesto.
Lucas lee el cuento a toda carrera poseído por una excitación nerviosa, como si realmente hubiera descubierto un secreto, el mapa que permite dar con el gran tesoro que enterró un pirata. Y, claro, nota algo raro. El cuento es y no es el mismo. Me lo envía por fax. Debajo del título, entre corchetes, hay una nota explicativa del editor de esa antología:

Esta fue la última obra de O. Henry. La revista Cosmopolitan se lo había encargado y, después de su muerte, se encontró el manuscrito inconcluso en su pieza, sobre su polvoriento escritorio.

¿Por qué “polvoriento”? No se dice. No se dice nada más. A continuación sigue el relato al que O. Henry llamó “The Dream”.

William Sydney Porter, es decir, O. Henry, trabajó de joven en un rancho, en Texas, y vivió, después, diez años en Austin, donde se casó y compró un diario, The Rolling Stone. Pero el periódico quebró en 1894 y, perseguido por los acreedores, huyó a Honduras. Osó regresar a los tres años porque su mujer estaba muy enferma. Alcanzó a llegar y ella murió en sus brazos. Entonces fue arrestado. Lo encarcelaron en la penitenciaría de Ohio. Ahí nació el pseudónimo “O. Henry”. Salió de la cárcel en 1901 y se fue a Nueva York, donde empezó a ganarse la vida contando cuentos. Publicaba uno por semana; al comienzo en el diario The World y, luego, en diversos periódicos y revistas. Su primera y exitosa colección de ficciones se editó en 1904. A su muerte habían aparecido trece libros más, y luego hubo material todavía para otros tres.
En uno de sus relatos hay un preso que después de años y años cumple su condena. Recupera su ropa, su llavero, su billetera y se echa a caminar por la calle lleno de buenos propósitos. Respira feliz el aire libre y él está libre, por fin. Al otro día, inexplicablemente, roba de nuevo, lo descubren y vuelve a la cárcel.
Otro cuento suyo –muy antologado– es una maravillosa historia de Navidad, “The Gift of the Magi”. El 14 de octubre de 1933 la Revista Multicolor de los Sábados lo publicó, en Buenos Aires, bajo el nombre de “Los regalos perfectos”. La traducción se atribuye a Borges. En su Introducción a la literatura norteamericana Borges afirma que “O. Henry nos ha dejado más de una breve y patética obra maestra, como ‘The Gift of the Magi’”. O. Henry conoció la fama y ganó bastante dinero que despilfarró sin tregua. Según los críticos, su producción fue muy dispareja.
Murió empobrecido y alcoholizado el 5 de junio de 1910. Había cumplido cuarenta y siete. Estaba escribiendo “El sueño”. En el número de septiembre del mismo año apareció en Cosmopolitan ese cuento inconcluso hallado en su pieza, en su escritorio polvoriento. El cuento trata de un criminal condenado a la pena de muerte, Murray.

La primera línea de “El sueño”, tal como apareció originalmente en la revista Cosmopolitan y reproduce la antología encontrada por Lucas en la biblioteca municipal de Camden, dice así: “Murray soñó un sueño.” Este relato, precisa el narrador, “no quiere ser explicativo: no es más que el registro del sueño de Murray”.
Murray está solo en su celda de condenado. Hay una mesa y sobre ella un foco de luz blanca. La electrocución será a las nueve en punto. Una hormiga camina en la mesa. Murray, con un sobre blanco, le bloquea el camino. La hormiga desesperada corre de aquí para allá y el sobre blanco siempre le cierra el camino. Murray sonríe.
En el pabellón quedan siete condenados. Cuando Murray llegó había diez. El primero salió gritando y peleando como un lobo, llevado a empujones y golpes por los guardias. El segundo se volvió devoto y se comportó como un cordero. El tercero se desmayó y debieron llevarlo a la silla en un tablón. Murray se pregunta qué pasará con él, si le responderán los músculos de las piernas, los nervios del estómago, la cara. Porque esta es su noche.
Oye de la celda del otro lado la inconfundible voz de Bonifacio, el siciliano que mató a su novia y a los dos policías que fueron a arrestarlo. También Murray mató a su mujer por celos y el rival se le escapó por un pelo. Le pregunta si se siente bien. Murray dice que sí. Bonifacio le recuerda que fue él quien ganó la última partida de damas. Murray se ríe: es verdad. Bonifacio le dice que tal vez allá vuelvan a jugar de nuevo. La carcajada lo anima. Al siciliano le queda una semana.
Se oye el ruido seco de los cerrojos al abrirse la puerta del corredor. Luego, pasos. Son tres hombres: dos guardias y el capellán. Murray sonríe. Quiere decir algo pero no sabe qué. “Calle del Limbo” llaman los presos al pasillo de este pabellón, el pasillo de su última caminata. El guardián del Limbo saca un porrón de whisky.
“Es costumbre”, le dice.
Murray bebe un trago largo.
Hay siete condenados que oyen esos pasos. Pero sólo tres le gritan adiós: Bonifacio, Marvin, que intentando escapar de la cárcel mató a un guardia, y Basset, que en el asalto de un tren mató a un inspector que no quiso levantar las manos. Los otros cuatro callan humildemente. No se atreven. Son seres inferiores que mataron sin un instante de esplendor. “Hay una aristocracia del crimen.”
Murray se maravilla de su propia indiferencia y perfecta frialdad. “En el cuarto de ejecuciones hay unos veinte hombres, entre guardias, periodistas y curiosos que habían conseguido...”

El relato se corta. A continuación hay un espacio en blanco. En el siguiente párrafo, en la misma tipografía y sin ninguna señal ni advertencia, se lee lo que transcribo textualmente:

Aquí, en mitad de la frase, la mano de la Muerte (the hand of Death) interrumpió la narración del último cuento de O. Henry. Había planeado hacer una historia diferente de las anteriores, el comienzo de una nueva serie en un estilo que no había intentado antes.

¿Quién habla aquí? ¿O. Henry? No. O. Henry ya ha muerto. El párrafo anterior –debemos deducirlo porque no hay una nota que lo aclare– está escrito por los editores de Cosmopolitan. Luego agregan esto, del propio O. Henry:

Quiero mostrarle al público que puedo escribir algo nuevo –nuevo para mí, quiero decir–, una historia sin slang alguno, un argumento directo y dramático tratado de tal modo que se acerque a mi idea de lo que es realmente la escritura de un cuento real.

Antes de empezar a escribir este cuento –siguen los editores de Cosmopolitan–, O. Henry reseñó brevemente cómo pensaba desarrollarlo:

Murray, el criminal acusado de asesinar brutalmente a su mujer –un homicidio provocado por la rabia de los celos–, al comienzo enfrenta la muerte con calma y, visto desde fuera, parece indiferente a su destino. Pero al acercarse a la silla eléctrica se le revuelven los sentimientos. Queda desconcertado, embobado y petrificado. Toda la escena de la muerte –los testigos, los espectadores, los preparativos de la ejecución– le parece irreal. Por su cerebro un pensamiento atraviesa como una llamarada: se ha cometido una equivocación terrible. ¿Por qué lo amarran a esa silla? ¿Qué ha hecho? ¿Qué crimen ha cometido? Mientras le ajustan las amarras tiene una visión. Sueña un sueño. Ve una casita de campo, brillante, llena de luz. Hay una enredadera en flor. Hay una mujer y un niño pequeño. Les habla y, claro, es su mujer, es su hijo. Está en su casa. Así es que, después de todo, hubo realmente una equivocación. Alguien cometió un terrible error. La acusación, el juicio, la sentencia de muerte, la silla eléctrica, todo eso es un sueño. Abraza a su mujer y besa a su hijo. Sí, la felicidad está aquí. Entonces, era un sueño. A la señal del guardia dan la corriente.
Murray había soñado el sueño equivocado.


Hasta ahí lo escrito por los editores de Cosmopolitan, que transcriben, entonces, no sólo una parte del cuento inconcluso sino también el boceto que escribió O. Henry; por así decir, el proyecto del cuento que no alcanzó a llevar a cabo.

Luther S. Luedtke y Keith Lawrence, especialistas en William Sydney Porter, es decir, O. Henry, comentan escuetamente que, dado que el argumento de este último cuento de O. Henry “fue recreado por los editores de la revista Cosmopolitan, uno no puede saber las intenciones precisas de Porter”. Eso explica por qué no ha sido incluido en la mayoría de las antologías ni en las obras completas que revisó Lucas. “Es claro”, sin embargo, dicen los estudiosos ya mencionados, “que su obsesión con el crimen, las prisiones, la culpa y el castigo –con su propio pasado– se conservó intensamente en él hasta el momento final. Aunque no lo quisiera, Porter parece resignarse al hecho de que ‘había soñado el sueño equivocado’.” Hasta ahí el comentario de los comentaristas.
Borges lo leyó todo de corrido en la revista Cosmopolitan. ¿En un número de la revista Cosmopolitan de 1910? ¿No sería, más bien, en la antología publicada por la editorial Hodder and Stoughton Ltd. en 1937? La primera edición de Cuentos breves y extraordinarios de Borges y Bioy Casares apareció en 1955 en la “Colección Panorama” que dirigía Ernesto Sábato para la Editorial Raigal. Mas tarde, en 1973, Losada hizo una reedición. Borges y Bioy agregaron cuentos. Borges conocía bien los relatos de O. Henry. En una sección de la revista Hogar publicada en Buenos Aires el 26 de junio de 1935 se le preguntó cuál era el cuento más memorable de todos los que había leído. Borges vacila y recuerda, por ejemplo, “El escarabajo de oro” de Poe, “La mejor historia del mundo” de Kipling, “La pata de mono” de Jacobs y “Bola de sebo” de Maupassant. Se queda al final con “Donde su fuego nunca se apaga” de May Sinclair. Pero antes menciona a O. Henry, aunque no refiere ninguno de sus cuentos.
El original del manuscrito de O. Henry fue rematado por la casa Anderson Galleries, según informa The New York Times, el 16 de abril de 1922. También se vendieron en esa subasta cartas de Dickens y de Kipling, entre otros. El título del artículo de The New York Times anuncia: “To sell O. Henry’s Last Manuscript”. El subtítulo dice: “Death prevented finish”. Más adelante se nos informa que se trata de un manuscrito de ocho cuartillas en papel de manila.

Borges y Bioy traducen el cuento tal cual lo publicó la revista Cosmopolitan, permitiéndose, a mi juicio, atinadas licencias. Al siciliano Bonifacio le cambian el nombre por “Carpani”. Quizá les pareció que “Bonifacio” es para nosotros el nombre de un bueno. “Carpani” sonaba más de acuerdo con su papel en la historia. ¿Se puede hacer eso con un cuento ajeno? Borges lo hizo.
En su escritura, después de los puntos suspensivos y el espacio en blanco que cortan la narración, se lee:

Aquí, en medio de una frase, el sueño quedó interrumpido por la muerte de O. Henry. Sabemos, sin embargo, el final: Murray, acusado y convicto de asesinato de su querida, enfrenta su destino con inexplicable serenidad...

El original del Cosmopolitan hablaba del relato de O. Henry. Borges y Bioy traducen “el sueño”, indicando con la cursiva que aluden al nombre del cuento. El original decía: “al comienzo enfrenta la muerte con calma y, visto desde fuera, parece indiferente a su destino”. Se la sustituye por “enfrenta su destino con inexplicable serenidad”. Es más conciso. El original decía: “Mientras le ajustan las amarras tiene una visión. Sueña un sueño.” Borges y Bioy escriben: “Lo atan. De pronto, la cámara, los espectadores, los preparativos de la ejecución le parecen irreales. Se despierta: a su lado están su mujer y su hijo.” Se ha suprimido el sueño de la casa de campo llena de luz y flores. Bastan la mujer y el hijo. Ese “Se despierta” es más intenso y poderoso que el “tiene una visión. Sueña un sueño”. Y la traducción continúa así. Son cambios que dan más sobriedad, precisión y vivacidad al relato. La versión libre de los argentinos es más tersa, directa y mejor, pero todavía es una versión. Sin embargo, al término, en el último momento nos espera una verdadera sorpresa:

Se despierta: a su lado están su mujer y su hijo. Comprende que el asesinato, el proceso, la sentencia de muerte, la silla eléctrica, son un sueño. Aún trémulo, besa en la frente a su mujer. En ese momento, lo electrocutan.
La ejecución interrumpe el sueño de Murray.
O. Henry



Borges y Bioy eliminan la última frase del proyecto del cuento que escribió O. Henry, la que decía “Murray había soñado el sueño equivocado” (Murray had dreamed the wrong dream). La sustituyen por “La ejecución interrumpe el sueño de Murray”, que es más fiel a lo que ocurre.
Y justo al final hacen la clásica voltereta borgeana y queda su marca, su toque. La ficción comienza a rebotar en el espejo de otra ficción, y se devuelve como un eco, como una muñeca rusa que se abre y da origen a otra muñeca, y así ad infinitum. Un juego en el que la realidad en que se para el lector se tambalea y los límites de la ficción, como le ocurrió en grado sumo a Alonso Quijano, el bueno, se borronean.
Porque quien nos ha contado todo esto es un narrador en tercera persona que sabe lo que está sintiendo Murray en su celda y, luego, hasta llegar a la silla. Quien narra es, obviamente, O. Henry tomándose las libertades de un narrador omnisciente que emplea un estilo libre e indirecto. Pero después de la súbita interrupción del relato, ¿quién escribe esos puntos suspensivos, quién deja ese espacio en blanco en el que muere O. Henry y anota, luego, la explicación? ¿Quién es el que nos sigue hablando ahí? Ya no son más los editores de Cosmopolitan sino el propio muerto, el escritor O. Henry. Porque es su firma al pie la que cierra el cuento (de Borges) y pasa a ser la última línea de O. Henry (escrita por Borges).
Lo que escribieron los editores de Cosmopolitan pasó en la antología de los argentinos a ser, sin más, un trozo del cuento mismo de O. Henry. Es entonces un cuento sobre un cuento soñado y trunco. Un cuento en que el sueño de un condenado es interrumpido por el estremecimiento de la corriente de la silla eléctrica, sólo que ahora ese cuento a su vez queda interrumpido por la muerte del autor del cuento, O. Henry, lo que nos cuenta el mismo O. Henry. ¿Pero cómo pudo escribirlo el propio O. Henry si ya había caído muerto dejándolo a medias?
Es, realmente, un cuento breve y extraordinario que O. Henry, sentado en su escritorio real y polvoriento, desde luego nunca imaginó. Un cuento sobre un cuento imposible. Porque en lo inverosímil está su ironía y, al mismo tiempo, esa velada, sutil alusión al infinito que gira contemplándose a sí mismo, como si todo existiera en la forma de un sueño en el que alguien, un Segismundo divino, soñara que está soñando que sueña, y así siempre. El mejor cuento de O. Henry no lo escribió O. Henry: Borges le puso su firma.

Fuente : Letras Libres – Mexico
Arturo Fontaine
Agosto 2010

jueves, 9 de diciembre de 2010

Regina Orozco dijo que si los políticos leyeran más y supieran quién es Jorge Luis Borges habría más sensibilidad, se manejarían mejor las leyes y habría menos corrupción.


La cantante mexicana señaló que los políticos deben leer más y adentrarse en las artes para que sepan manejar las leyes

La falta de cultura y arte son algunos de los factores que incitan a la violencia, subrayó la cantante Regina Orozco antes de presentar su espectáculo "Boleros, rancheras y algo más", con el que deleitó a la concurrencia de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

Durante su presentación en esa escuela, Orozco añadió: "Si en las Cámaras (de Diputados y Senadores) supieran lo que es un buen libro, buena música, pintura, o una buena película, la vida cambiaría, igual para los narcos, pues el vacío cultural que existe provoca ser violento, porque no hay a dónde se vaya esa energía".



Además, antes de iniciar su concierto "La Megabizcocho" refirió que si los políticos leyeran más y supieran quién es Jorge Luis "Borgues" (Borges) o que no es nada más Joan Sebastian, sino Johann Sebastian Bach, si se adentraran "a un mundo más útil y perfecto como es el mundo del arte, del cine, de la música, habría más sensibilidad, se manejarían mejor las leyes y habría menos corrupción".

Abundó que otros factores que incitan a la violencia, es la falta de preparación de la gente que se dedica a la televisión, así como la educación, pues "nuestra animalidad no sabemos cómo llevarla, no sabemos enojarnos, nos reprimen en un pleito, explotamos y viene la violencia, cuando un pleito bien llevado es sano".

Expresó que "cuando uno se llena de arte, que puede ser escuchando una bella canción o disfrutando una buena película, no se necesita de tonterías, como lo es oír un narcocorrido que te deja vacío", indicó la también ganadora del Ariel por su actuación en "Profundo carmesí".

Fuente : El Universal –Mexico
Jueves 09 de diciembre de 2010

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Borges en el Ateneo Gran Splendid


Max Glucksman, construyó en 1919 un cine-teatro sobre los cimientos del que fuera el Teatro Nacional Norte y lo llamó Gran Splendid. Contaba con cuatro hileras de palcos y una platea con capacidad para 500 personas. En él desfilaron grandes personalidades del tango, como Carlos Gardel, Ignacio Corsini y Roberto Firpo (le dedicó el tango Gran Splendid, en 1927). Paquita Bernardo recibió en 1924 el sexto premio en el primer concurso de tangos organizado en el Teatro.

El lado interior de la cúpula fue pintado por Nazareno Orlandi. Se trata de una representación alegórica de la paz, pintada en 1919 a como un festejo por el fin de la Primera Guerra Mundial. El artista dispuso el tema con astucia académica: La paz, está representada por una sensual figura femenina que se halla pintada sobre una escalinata rodeada de flores. Los los diferentes representantes del mundo en conflicto la secundan festejando el restablecimiento de su poder. Guirnaldas de flores, nubes que han dejado detrás la tormentosa guerra, palomas, ángeles y ninfas rodean la escena.

Otra figura femenina en el sitio opuesto al gran tema, sobre la izquierda, sostiene un proyector de cine cuyo film es una cinta envolvente de paz, como conectando la nueva tecnología con las alabanzas hacia el amor, la paz y la concordia, dando todo el conjunto por resultado una armoniosa composición académica.

La librería actual mantuvo el esplendor del desaparecido cine-teatro, con la cúpula pintada, los balcones originales, la ornamentación intacta y hasta el telón de terciopelo.



Varios cómodos sillones repartidos permiten sentase a leer cualquier libro, tanto en lo que fuera el sitio de la platea como en los antiguos palcos, o en lo que fuera el escenario que actualmente se usa como restaurante y confitería .Posee un piano en el cual se ejecuta música que acompaña la lectura. En el subsuelo las escaleras mecánicas conducen al salón de venta de música y libros para niños. El piso más alto es dedicado a exposiciones. Donde se venden los libros de bolsillo se hallaban las ventanillas para la venta de entradas.

El Ateneo Grand Splendid se ubica en el segundo puesto entre las 10 librerías más destacadas del mundo, según el ranking publicado por el periódico inglés The Guardian.

El listado fue elaborado por el periodista Sean Dodson, quien distinguió a la librería porteña con el segundo puesto destacando su antiguo esplendor arquitectónico. Dentro de las cinco librerías más destacadas se encuentran: Boekhandel Selexyz Dominicanen en la ciudad de Maastricht (1º puesto), Holanda; Livraria Lello en Porto, Portugal (3º puesto); Secret Headquarters en Los Angeles, Estados Unidos (4º puesto) y Borders en Glasgow, Escocia (5º puesto).



El Ateneo Grand Splendid es la librería más grande de Sudamérica. Está ubicada en la Avenida Santa Fe 1860.

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Borges, político



La figura de Borges estuvo siempre perseguida por un fantasma: el de sus inclinaciones políticas. Si bien es cierto que abominó del fascismo y el comunismo por igual, también lo es que aceptó condecoraciones de Pinochet y la junta militar argentina. Este ensayo exhibe y analiza los claroscuros de un escritor inmortal.

Como Borges escribió casi siempre textos cortos, existe la errada creencia de que su obra es muy breve. En realidad, es enorme; se comprueba ahora con las recopilaciones póstumas, que cada año, cada mes, llueven abrumadoramente sobre sus crecientes y justificados admiradores. Buen número de esos libros son forzados e interesados, pues constan de artículos o notas que se editan en contra de la voluntad de su autor, quien no los consideró dignos de esa relativa perennidad que significa el libro. Pero algunos de ellos deben ser bienvenidos, pues rescatan textos interesantes que nos enriquecen el mundo de Borges.
Es el caso de Borges en Sur (19311989) (Emecé, Buenos Aires, 1999), en el que Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Socchi han reunido todos los textos de Borges publicados en Sur “que permanecían fuera del alcance del público”. El volumen, aunque compuesto de notas, reseñas de libros y películas, cartas, discursos, cuestionarios y otros textos de compromiso, se lee con el placer que deparan los ensayos o incluso los relatos que el propio Borges reunió en libros. Porque casi todos ellos están escritos en el maravilloso estilo que creó, prodigio de precisión e inteligencia, de ironía (que podía ser mortal en las polémicas, como en su respuesta a Ezequiel Martínez Estrada, que lo había llamado “turiferario a sueldo” de la dictadura militar), humor y de una inmensa cultura literaria. Gide cuenta en su Diario que él y sus compañeros de redacción se empeñaron en que la parte más creativa y rigurosa de la Nouvelle Revue Française fuera la habitualmente menos considerada, es decir, la de las notas y reseñas, por lo general meras cuñas o rellenos, y que a este material debió la publicación su prestigio, tanto como a las colaboraciones importantes. Algo parecido podría decirse de Sur, donde, en casi todos los números, Borges se encargaba de escribir pequeños textos de circunstancias. Leyendo esta compilación comprobamos que ellos fueron el alma de la gran revista argentina que fundó y dirigió Victoria Ocampo. La fundó y dirigió, sí, prestando con ello un impagable servicio a su país, a América Latina y a la lengua española, pero quien le imprimió una personalidad y un carácter, una orientación –unas manías y unas fobias–, un rigor intelectual y ciertas coordenadas morales, fue Borges. Estos textos delatan ese magisterio, en cada página, en cada frase: la curiosidad universal que abarca todas las lenguas, todas las culturas (pero, de preferencia, la inglesa), el rechazo frontal del costumbrismo y el regionalismo literarios, de la literatura al servicio de la religión o de la ideología, del nacionalismo y el patrioterismo como coartadas culturales, y un exigente buen gusto.
Los textos sirven también para hacerse una idea bastante clara de las ideas y actitudes políticas de Borges, tema sobre el que todavía existe mucha confusión, y más estereotipos y caricaturas que conocimientos. Es verdad que Borges tenía un desinterés desdeñoso por la política (“es una de las formas del tedio”, me dijo la primera vez que lo entrevisté, en 1964, en París), pero eso no da credenciales de apolítico: despreciar la política es una toma de posición tan política como adorarla. En verdad, ese desdén era consecuencia de su escepticismo, de su incapacidad para abrazar cualquier fe, religiosa o ideológica. ¿Cómo hubiera podido hacer suyo un entusiasmo político, no se diga una militancia, ese agnóstico que llegó a tomarse bastante en serio el idealismo del obispo Berkeley, quien postuló que la realidad no existía, que solo existía ese espejismo, o ficción cósmica, nuestras ideas o fantasías de la realidad? Jugaba con ese tema, desde luego, pero el juego de proclamar la esencial inexistencia del mundo material, de la historia y de lo objetivo, y del sueño y la ficción como la sola realidad, se convirtió en una creencia seria y no solo dio a su obra un tema recurrente y original; también, llegó a transubstanciarse en su concepción de la realidad.
Sin embargo, este escéptico y agnóstico, incapaz de creer en Dios y alérgico a todo entusiasmo partidista en materia política, manifestó en muchas ocasiones, como se advierte en estos textos, preferencias y rechazos políticos perfectamente claros. Se declaró alguna vez un “anarquista espenceriano”, algo que no quiere decir gran cosa. En verdad, fue un individualista recalcitrante, constitutivamente alérgico a ceder un ápice de su independencia y a disolverla en lo gregario, lo que, de hecho, lo convertía en un enemigo declarado de toda doctrina y formación política colectivista, como el fascismo, el nazismo o el comunismo, de los que fue adversario sistemático y pugnaz toda su vida.
Para serlo, en la Argentina de los años treinta y cuarenta, hacía falta convicción y coraje. La viscosa que es el peronismo se ha encargado de que no se recuerde ahora que en aquellos años Perón y su régimen eran pronazis, simpatizantes del Eje durante la guerra, al que prestaron innumerables servicios (algunos descubiertos y muchos encubiertos) y que tanto en el campo intelectual como en el político, la dictadura peronista estuvo más cerca de Hitler y Mussolini que de los aliados, a los que terminó por plegarse de manera oportunista solo cuando la victoria era inminente. Aunque con típica coquetería, declaraba carecer “de toda vocación de heroísmo, de toda facultad política”, Borges no cesó en esos años de denunciar en sus textos la “pedagogía del odio” y el racismo de los nazis, de defender a los judíos y manifestar su solidaridad con la causa de los aliados en la guerra contra Alemania. (“Mentalmente, el nazismo no es otra cosa que la exacerbación de un prejuicio del que adolecen todos los hombres: la certidumbre de la superioridad de su patria, de su idioma, de su religión, de su sangre”.) Por “ser partidario de los aliados”, fue penalizado por el gobierno de Perón, que lo “degradó”, removiéndolo del modesto cargo que ocupaba –auxiliar tercero en una biblioteca municipal del barrio Sur– a “inspector de aves de corral” (es decir, de gallineros).
Con lucidez, Borges vio en el nazismo la excrecencia de un mal mayor y más extendido: el nacionalismo. Lo denunció siempre, en la cultura y en la política, de una manera explícita y con esas cáusticas sentencias de su invención que, a la vez que sintetizaban en pocas frases un complejo argumento, demolían de antemano toda posible refutación. A menudo se burlaba de esos “turbios sentimientos patrióticos” que servían para justificar la mediocridad artística: “Idolatrar un adefesio porque es autóctono, dormir por la patria, agradecer el tedio cuando es de elaboración nacional, me parece un absurdo.” Nada le provocaba tanta indignación como que lo acusaran a él, a Victoria Ocampo, o a Sur de “falta de argentinidad”. Esa acusación, escribió luminosamente, “la hacen quienes se llaman nacionalistas, es decir, quienes por un lado ponderan lo nacional, lo argentino y al mismo tiempo tienen tan pobre idea de lo argentino, que creen que los argentinos estamos condenados a lo meramente vernáculo y somos indignos de tratar de considerar el universo”.
Por eso, el Borges que declaraba “yo abomino del nacionalismo que es un mal de época”, defendió con consecuencia lógica la opción contraria –“sentir todo el mundo como nuestra patria”–, una opción tan írrita a la izquierda como a la derecha, adversarios en muchas cosas pero con frecuencia atizadores del “sentimiento nacional” y a menudo del patrioterismo demagógico. En un homenaje póstumo a Victoria Ocampo, Borges fue muy explícito en su vocación de ciudadano del mundo: “Ser cosmopolita no significa ser indiferente a un país, y ser sensible a otros, no. Significa la generosa ambición de querer ser sensible a todos los países y a todas las épocas, el deseo de eternidad…”
No eran aspavientos retóricos. Mostró la seriedad de sus convicciones antinacionalistas, durante la guerra de las Malvinas –“la pelea de dos calvos por un peine”, se burló–, a la que se opuso, escribiendo un poema. Lo había hecho también en contra de un conflicto con Chile, firmando un manifiesto de protesta contra la acción del gobierno militar en el que lo acompañaron apenas un puñadito de intelectuales argentinos. Su horror al nacionalismo explica, en parte, su hostilidad a la dictadura de Perón, consistente y sin fallas los doce años que duró (“años de oprobio y soberbia”, los llamó). El “dictador encarnó el mal”, dijo, y muchas veces recordó luego “la felicidad que sentí, una mañana de septiembre, cuando triunfó la revolución” que depuso a Perón.
En todo esto hay una coherencia que, sin embargo, se rompe con brusquedad con el apoyo franco que Borges prestó a dos de las dictaduras militares argentinas, la que derrocó a Perón (la de Aramburu y Rojas) y la que puso fin al gobierno de Isabelita Perón (la de Videla). Es un apoyo que no congenia para nada con su identificación con la causa aliada contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial, y con su descripción tan exacta, en un discurso de agosto de 1946, del fenómeno autoritario: “Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez.”
¿Cómo explicar esta contradicción? Por razones circunstanciales, ante todo. El levantamiento militar de Aramburu acabó con la ominosa tiranía populista y nacionalista de Perón, que, además de cancelar la democracia argentina, se las había arreglado para volver subdesarrollado y pobre a un país que tres décadas antes era uno de los países más modernos y prósperos del mundo. La ilusión de que el final del peronismo trajera consigo la democracia pudo explicar el inicial entusiasmo de Borges con el régimen militar. ¿Pero, y después, cuando fue evidente que no era la democracia sino otra dictadura, y no menos oprobiosa que la peronista, aunque de distinto signo ideológico, la que reprimía, censuraba, encarcelaba y mataba? Ya no resulta fácil explicar como un mero espejismo la simpatía de Borges por el régimen militar, del que, además, aceptó nombramientos y distinciones sin la menor reticencia.
Todavía más difícil de comprender es su entusiasmo inicial con la dictadura del general Videla, que acabó con el relativamente corto renacimiento de la democracia en Argentina, cuando esta, es verdad, había tocado fondo en lo que se refiere a caos y violencia con los desafueros de Isabelita y su siniestro consejero López Rega. Pero esa dictadura militar fue una de las más desalmadas y sanguinarias que haya padecido América Latina, una dictadura que torturó, asesinó, censuró y reprimió con más ferocidad y falta de escrúpulos que todas las que le habían precedido. Es verdad que, cuando Borges llamó “caballeros” a los miembros de la junta militar, y fue a tomar el té con ellos a la Casa Rosada, era todavía en los comienzos, antes de que la represión alcanzara las dimensiones vertiginosas que luego tendría. Más tarde, sobre todo a partir de la diferencia de Argentina con Chile sobre el Beagle, tomó distancia con el régimen militar y lo censuró acremente. Declaró que los militares deberían retirarse del gobierno “porque pasarse la vida en los cuarteles y en los desfiles, no capacita a nadie para gobernar”. En 1981 provocó un escándalo, que atrajo sobre él una lluvia de diatribas de la prensa oficial, por afirmar que “los militares argentinos no habían oído silbar una bala”. Entre las recriminaciones, mereció una belicosa carta pública de un general. Pero esta toma de distancia con la dictadura militar fue tardía, y no lo bastante diáfana como para borrar la desazón tremenda que causaron, no solo en sus enemigos, sino también en sus más entusiastas admiradores (como el que esto escribe), sus largos años de adhesión pública a regímenes autoritarios y manchados de sangre. ¿Cómo se explica esta ceguera política y ética en quien, respecto al peronismo, al nazismo, al marxismo, al nacionalismo, se había mostrado tan sensato?
Tal vez porque su adhesión a la democracia fue no solo cauta sino lastrada por el escepticismo que le merecían su país y América Latina. Bromeaba solo a medias cuando dijo que la democracia era un abuso de las estadísticas, o cuando se preguntaba si alguna vez los argentinos, los latinoamericanos, “merecerían” el sistema democrático. En su secreta intimidad es obvio que se respondía que no, que la democracia era un don de aquellos países antiguos y lejanos, que él amaba tanto, como Inglaterra y Suiza, pero difícilmente aclimatable en esos países a medio hacer como el que descubrió –el suyo– al volver a América Latina hacia 1921: “Un territorio insípido, que no era, ya, la pintoresca barbarie y que aún no era la cultura.” Esta cita es de 1952. Leyendo la colección de textos reunidos en este libro, se tiene la certeza de que, hasta el fin de sus días (que, de manera simbólica, fue a terminar a Suiza, donde había pasado su niñez y juventud) siguió creyendo lo mismo: su país y América Latina habían dejado atrás, tal vez, el puro salvajismo, pero les faltaba mucho para alcanzar la civilización (el territorio de la democracia y la cultura). Esa pobre consideración del continente explica, tal vez, que este exigente fantaseador, que jamás hubiera aceptado dar la mano a Franco, Stalin o a Hitler, aceptara ser recibido y condecorado por el general Pinochet.
Una de las ausencias literarias más notorias en este libro es, precisamente, América Latina. A excepción de su admirado Alfonso Reyes, la literatura latinoamericana solo aparece encarnada en una antología de poetas traducidos al inglés, para ser zaherida sin piedad: “La culpa de los Huidobro, de los Peralta, de los Carrera Andrade, no es el abuso de metáforas deslumbrantes; es la circunstancia banal de que infatigablemente las buscan y de que infatigablemente no las encuentran”. Ese desprecio era parte de otro, más amplio, por la “indigencia tradicional de las literaturas cuyo instrumento es el español”. Cuando Borges, en uno de esos espléndidos relatos de Historia universal de la infamia, describió el prontuario de Bill Harrigan, o Billy the Kid, como el de alguien que “debía a la justicia de los hombres veintiuna muertes –sin contar mejicanos” no solo hacía una de sus espléndidas boutades; escondida en ella iba una sospecha que, me temo, lo acompañaría hasta el último de sus días: América Latina no existía. Mejor dicho, existía solo a medias y donde no importaba tanto, fuera de la civilización, es decir, de la literatura.
No es verdad que la obra de un escritor pueda abstraerse por completo de sus ideas políticas, de sus creencias, de sus fobias y filias éticas y sociales. Por el contrario, todo esto forma parte del barro con que su fantasía y su palabra modelan sus ficciones. Borges es acaso el más grande escritor que ha dado la lengua española después de los clásicos, de un Cervantes o un Quevedo, pero eso no impide que su genio, como en el caso de este último a quien él tanto admiraba, adolezca, pese o acaso debido a su impoluta perfección, de una cierta inhumanidad, de ese fuego vital que, en cambio, humaniza tanto la de un Cervantes. Esa limitación no estaba en la impecable factura de su prosa o en la exquisita originalidad de su invención; estaba en su manera de ver y entender la vida de los otros, la vida suya enredada con la de los demás, en esa cosa tan despreciada por él y, a menudo, tan justamente despreciable: la política. ~

Washington, d.c., octubre de 1999

Fuente : Letras Libres – Mexico
Mario Vargas Llosa
Noviembre 2010

martes, 7 de diciembre de 2010

Borges en Punta del Este en 1979



Una mezcla explosiva: sol, humor, talento, Borges, Mujica Lainez y Silvina BulIrich. El resultado fue un coctel que complació a los paladares más exigentes. Casi 600 personas lo saborearon entre el viernes 16 y el sábado 17 en el Convention Lincoln Center de Punta del Este. Aplausos, risas e ingenio (un ingenio cargado de inteligencia) estuvieron a la orden del día. En la tarde del viernes María Esther Vázquez y Jorge Luis Borges se entregaron a un diálogo entre escritores que terminó siendo (para beneplácito de la platea) una conversación entre amigos de las que merecen el raro adjetivo de memorable.
Borges, demostrando ocultas cualidades de showman, mantuvo en vilo a los asistentes haciendo trizas todo rastro de solemnidad y transformando un acto típicamente cultural en un espectáculo que por momentos tuvo un aire a café-concert. Por lo pronto, sorprendió al público recitando el padrenuestro en anglosajón, para aclarar inmediatamente: "No sé si lo pronuncié correctamente. Pero no importa. Total, nadie lo sabe como para corregirme". De allí en más Borges se tomó como blanco de su propia ironía y el diálogo anunciado bajo el título "En el mundo de Jorge Luis Borges" se transformó en una fiesta.
Ante la andanada de preguntas de María Esther Vázquez, nuestro candidato permanente a Premio Nobel no dudó en declarar que "he adiestrado mis manías con fines literarios. Por favor, olviden mis 'Obras Completas': son un adefesio. 'El hombre de la esquina rosada' es un cuento falso. Mi mayor defecto es la vanidad. La ceguera no es un tema aunque yo la haya explotado como tal". Y si este strip-tease borgiano fascinó a un público que lo escuchaba como si fuera un auténtico gurú, no menos arrasadoras fueron sus opiniones sobre Buenos Aires: "Es la ciudad más fea del mundo. Pero siento por ella un amor terriblemente celoso. No creo que nadie la ame como yo". Sobre la literatura clásica europea: "Goethe es una superstición alemana". Fue lapidario respecto a sus creencias políticas: "¿A quién le importa que yo descrea de la democracia?". Y nuevamente sobre sí mismo: "Si tengo algún enemigo, creo que tiene razón".
El sábado 17, Silvina Bullrich y Manucho Mujica Lainez continuaron el exultante show borgiano sacándose chispas con sus recuerdos de juventud y sus opiniones sobre los temas más disímiles. La primera en saltar al ruedo fue Silvina, quien relató cómo conoció a Mujica Lainez. "Tenia 13 años cuando leí un poema de Manucho en la revista 'El Hogar'. Mi hermana mayor era muy bonita y como todas las personas extraordinarias, una verdadera mitómana. '¿Vos conoces a Mujica Lainez?, le pregunté. 'Por supuesto —respondió—. Es un poeta alto y pálido que usa capa'. Un buen día me anunció que vendría a casa. Me sentí terriblemente inhibida. Yo era gordita, miope y me vestía horriblemente mal. Cuando llegó el famoso Mujica Lainez era un muchacho de 18 años, rosadito y con rulitos. Creo que ese día comencé a odiarlo".
Ni corto ni perezoso, Manucho recogió el guante arrojado por Silvina, volcando él también sus recuerdos ante un público definitivamente seducido. "Me acuerdo de tu hermana Tití. Era realmente una mujer hermosa y, por supuesto, eligió casarse con un hombre rico. '¿Cómo podes casarte con hombre tan feo?', le dije en ese entonces. Me respondió: 'Porque tiene unos dientes hermosos". Ambos recordaron sus comienzos literarios y coincidieron en que debieron pedir dinero a sus respectivos padres para editar sus primeros libros. Hubo, sin embargo, una diferencia. Silvina devolvió hasta el último centavo. Manucho jamás se preocupó en hacerlo.
Ambos afirmaron, sin dudar, que Argentina es el único país que eligen voluntariamente para vivir. Manucho alabó a la nueva generación de escritores argentinos. Silvina negó rotundamente que existiera tal generación. Manucho juzgó que en los últimos años la cultura argentina no sufrió modificaciones de importancia. Silvina, en cambio, consideró "que antes había una clase dirigente más culta y una clase media menos culta". En una de sus raras coincidencias, tanto Silvina como Manucho criticaron duramente al escritor Julio Cortázar por sus actitudes políticas. Finalmente, Silvina pareció querer enterrar el hacha de guerra trayendo un nuevo recuerdo: "¿Te acordás, Manucho, cuándo el público te insultó en Paraná y yo te defendí?".
Como es de rigor, la fiesta terminó con un asado criollo en la residencia de Ana y Alberto Lowenthal. En el trayecto la gente paraba a los escritores para pedirles autógrafos. "¡Pero qué barbaridad! —comentó Borges, divertido—. ¿Creerán que somos artistas?"

Fuente : Revista Somos
febrero 1979

jueves, 25 de noviembre de 2010

Borges en La Perla de Once



La Perla de Once, mucho más que cuna rockera

El legendario bar La Perla, en la esquina de Rivadavia y Pueyrredón en diagonal a la Plaza Once, es merecidamente homenajeado estos días con varios recitales, para recordar que fue allí donde se reunían los jóvenes rockeros de la década del 60. Fue en su baño donde Litto Nebbia y Tanguito compusieron el tema La Balsa, y también allí se escribió "Jugo de tomate frío" de Manal. Javier Martínez, Miguel Abuelo, Moris y muchos más, frecuentaron ese bar mítico, hoy aggiornado. Lo que muchos ignoran es que en la misma Perla, pero cuarenta años antes, funcionó la tertulia de Macedonio Fernández -que vivió en varias pensiones de Balvanera-, a la que asistían Xul Solar, Jorge Luis Borges, Raúl Scalabrini Ortiz, Leopoldo Marechal y otros escritores, artistas plásticos y pensadores que forjaron una buena parte de nuestra literatura.



"La certidumbre de que el sábado, en una confitería del Once, oiríamos a Macedonio explicar qué ausencia o qué ilusión es el yo, bastaba para justificar la semana", recordó Borges a la muerte de Fernández. Y el propio autor del Museo de la Novela de la Eterna escribió: "en La Perla... cada artista joven era un pensar de arte". También alli, unos años después, iba a leer cuando salía de la Escuela Normal Mariano Acosta el adolescente Julio Cortázar, y entre el bullicio de las mesas de La Perla se gestaron algunos de sus primeros cuentos. No estaría mal que en los días de rock que se vienen, también se recuerde esta otra historia. Sería justo.

Fuente : Humberto Acciarressi
La Razon, 25/11/2010



La Perla del Once


El antiguo barrio del Once fue su lugar de encuentro con Macedonio Fernández, en la confitería La Perla, hoy totalmente modificada. Estas reuniones tenían lugar, por lo general, los días sábado y duraban desde las once de la noche hasta el amanecer. Borges sostenía que saber que iba a encontrarse con Macedonio un próximo sábado, en La Perla, volvía soportable la más trivial de las semanas, en su trabajo de bibliotecario, en el que debía dedicarse a catalogar y fichar de modo manuscrito libro tras libro.



MACEDONIO. En otro de sus poemas Borges dice: "Es, en la deshabitada noche,/ cierta esquina de del Once en la que Macedonio Fernández, que ha muerto,/ sigue explicándome que la muerte es una falacia."