domingo, 19 de enero de 2020

La pausa de un mes




 Dolores Caviglia

Enero es un buen momento para estar en la ciudad. Hay algo. Tiene algo. Puede que sean los vestidos de lino largos, las flores, el pasto seco, los anteojos oscuros, las camisas amplias, el viento que arde, los paseos entre murmullos, los encuentros perdidos. O puede ser el olor del sol. Áspero. Bravo. Inmenso. No sé cuán cierto es aquello de que enero es lindo porque hay menos gente porque si bien es cierto que hay menos gente también es cierto que los chicos que suelen estar en las escuelas de marzo a diciembre ahora están las calles. Por lo que la ecuación no varía tanto. No. Es un buen momento para estar en la ciudad por otra cosa.

Y es que enero no tiene apuro. Los taxistas manejan tranquilos en las avenidas. Los jóvenes esperan en las esquinas y cruzan cuando deben. En enero mi novio se olvidó del turno que había sacado con un médico y no se disgustó. Era viernes temprano, me miró y me dijo: "A la tarde llamo". En enero la gente muestra la piel. Se broncea. Se maquilla poco. Se suelta el pelo y se lo deja largo. Toma más helados. Camina en ojotas. Come sandía. En enero los padres tienen más paciencia y quien trabaja no se toma vacaciones y sin embargo se contagia de aquel que sí. Para mí es un gran momento para mirar vidrieras. Para quedarme dormida por las mañanas. También es el mes en que, cada cuatro años, hay gobierno nuevo. En que los pájaros se oyen cantar hasta tarde, las veredas se llenan de gotas, los colectivos de abuelos y las tardes de cervezas bien frías. Enero es un buen momento porque arranca un año.

Qué insólito. ¿Cuál será la diferencia entre el 31 de diciembre y el primero del mes siguiente? La pienso y no la encuentro pero la siento. Enero es un principio. Es ese principio que ocurrió miles de veces. ¿Por qué nos gustan tanto las repeticiones? A mí hacer lo mismo una y mil veces me da seguridad. Me gusta tomar café en taza grande solo los viernes. Lo repito y me siento cómoda al hacerlo. ¿Por qué queremos volver a vivir lo que ya vivimos? Yo si estoy haciendo zapping en el sillón de casa y encuentro por casualidad la película Notting Hill la dejo. Me quedo mirando y me la sé de memoria. ¿Será que nos provoca ilusión? Enero es la posibilidad de volver a empezar. Creemos tener una nueva oportunidad para conseguir eso que no pudimos la vez anterior. Para el amor, para el dinero, para viajar a ese país que queda tan lejos, para conseguir un empleo que nos guste más, para tener hijos, novios, amantes, para por favor cambiar, para llegar a ser eso que queremos y no conseguimos.

Hay otra cuestión oculta en la repetición y es extraña pero es la idea de que el tiempo no avanza, como esa bailarina de piernas amables, brazos lánguidos, cabello recogido en red, capas de tul y zapatillas en punta que gira y gira y gira tan veloz sobre el escenario, con la música de guía, que se queda quieta. Nunca nada desaparece en el pasado porque todo regresa. De cualquier forma. De una idéntica. Lo que ocurrió va a ser parte del futuro. Los días de la semana. Un beso. Esa lágrima. De nuevo enero, de nuevo marzo, de nuevo junio, de nuevo noviembre.

Recuerdo que hace unos años, cuando estudiaba en la facultad, leí un ensayo de Jorge Luis Borges que me inquietó. Todo lo que escribió me perturba bastante pero este en particular, más. En "La doctrina de los ciclos", Borges asegura algo así como que el número de átomos en el mundo no es infinito y entonces explica que bajo esa condición sus variaciones no pueden ser eternas y que esa es la razón por lo cual tanto el universo como las personas estamos condenados a repetirnos. "De nuevo nacerás de un vientre, de nuevo crecerá tu esqueleto, de nuevo arribará esta misma página a tus manos iguales, de nuevo cursarás todas las horas hasta las de tu muerte increíble", dice y a mí me parece brutal por lo cierto. El tiempo es circular pero avanza hacia una única dirección. Siempre. Sin límites. Y nunca más será 25 de abril de 1983.

Por eso enero es bello y es bienvenido. Porque es una pausa. El paréntesis necesario. Es el comienzo de lo que sigue hasta el fin. Por eso nos sentimos más livianos. Porque recién arrancamos. Por eso pensamos que no hay tantas urgencias. ¿Y si nombráramos todos los meses de la misma manera? Enero es terapéutico. No se entiende. Es un espacio que se encuentra en medio de quién sabe qué cosa. O de aquello que bien sabemos pero mejor ni pensar. Enero es una fantasía. Una mentira. Y eso lo hace un buen momento. Enero no parece un mes. Parece un estado de ánimo.

Fuente: La Nación  -  19 de enero de 2020 

En «Elogio de la sombra» está todo Borges





“En cada texto borgiano está todo Borges, en el cálido movimiento de olas de la repetición”

Por VÍCTOR BRAVO

Goethe, a sus ochenta años, pide para sí la más alta lucidez para concluir la segunda parte del Fausto, su obra maestra. Borges, a sus setenta años, en el brumoso año de 1969,  escribe Elogio de la sombra, uno de sus textos poéticos magistrales, si se me permite la redundancia.

La década del sesenta  es tiempo de protagonismo de la literatura de América Latina: son los años del boom de la novela, de Vargas Llosa a García Márquez, con presencia en ese horizonte de Cortázar y Fuentes, de Donoso y Sarduy; y son años de obras fundamentales de Onetti y Lezama Lima.

En poesía es la década de Ladera este de Octavio Paz y de Fin de mundo de Pablo Neruda; de Filiación oscura y de Lo huidizo y lo permanente de Juan Sánchez Peláez; es la década de Dador de Lezama Lima y de Falsas maniobras de Rafael Cadenas.

Es una década luminosa para nuestro rudo y dulce español, y es la década de Elogio de la sombra, momento luminoso en la luminosa obra de Jorge Luis Borges.

En Elogio de la sombra está todo Borges.

Así como la reflexión contemporánea sobre los cielos nos dice que cada lugar del universo es el centro del universo  (en resonancia con la paradoja que Borges cita en La esfera de Pascal, de 1952, que dice: «El centro del universo está en todas partes y la circunferencia en ninguna») así, en cada texto borgiano está todo Borges,  en cálido movimiento de olas de la repetición.

En los juegos de lenguaje sobre centro e infinito, Borges reinventa poéticamente la ciudad de Buenos Aires, crea el «fervor de Buenos Aires» para desde allí nombrar lo íntimo y lo cósmico; y así, «Esta ciudad que yo creí mi pasado/ es mi porvenir, mi presente;/ los años que he vivido en Europa son ilusorios,/ yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires». Desde allí creará, con los signos desaprensivos de la realidad, las mitologías del gaucho y el malevo, e intuirá los límites del ser y la paradoja del infinito, se asomará, en ese infinito,  por arte del laberinto, a lo que Romain Rolland, desde las primeras páginas de El malestar en la cultura de Freud denominará «el sentimiento oceánico», y realizará, en pleno vértigo de vacío, juegos de lenguaje y desplazamientos por los pasajes que son como grietas de los límites del hombre, de su insólita travesía entre la vida y la muerte, esa inminencia absoluta que el hombre lleva consigo, entre el acaecer y sus redes de causación y el brote incomprensible de las paradojas, entre el encierro absoluto del hombre de los límites y el afuera inexistente.

Borges crea una exhaustiva descripción del estar-en-el-mundo -, y en su horizonte, crea con efecto estético indescriptible, el brote, inesperado, intenso, lúdico, de lo innombrable, de lo que, como el noumeno kantiano, se resiste a la simbolización, de la imposibilidad: de la paradoja, ese puente ilusorio entre el misterio y el enigma.

En cada texto borgiano está todo Borges, en el cálido movimiento de olas de la repetición.

El arco fundamental de ese movimiento va de la fuente bíblica y judeo cristiana a las fuentes griegas de las figuraciones míticas y la racionalidad, movimiento, que Habermas, en su interpretación de la cultura, imagina entre Israel y Atenas.

El libro se abre con el poema «Juan I, 14», en el fuerte eco del libro de Juan y la vida del hombre más singular de la historia de la humanidad, la vida de Jesús. Desde el poema emerge, como un susurro, la voz del Dios que paga por su desplazamiento a la condición de hombre, con el abandono del propio padre («Padre mío, por qué me has abandonado»), y, por privilegios del verso escuchamos el testimonio del hombre y del Dios: «Fui amado, comprendido, alabado y pendí de una cruz/ Bebí la copa hasta las heces. /Vi por mis ojos lo que nunca había visto:/ La noche y sus estrellas. /Conocí lo pulido, lo arenoso, lo desparejo, lo áspero».

En el otro extremo del arco de la cultura, Heráclito, presente, como Zenón y sus aporías a lo largo de la obra de Borges, nos describe el más terrible y enigmático de los pasajes, el del ser y el no ser, que ilustra el río «que arrastra mitologías y espadas», el río como «la huidiza/ imagen de tu vida y de mi vida/ que lentamente se nos va de prisa». Y esa disyunción se concentra en grandes momentos de la obra de Shakespeare, por ejemplo en el To be or not tu be hamletiano, se expande en los versos borgianos para convocar espacio, tiempo y movimiento, los tres grandes nudos reflexivos de la Física de Aristóteles, para trazar las formas del laberinto y, en él, un adentro sin afuera, la sorprendente paradoja que se reitera, por ejemplo, en La casa de Asterión» y que parece ser una de las grandes paradojas del universo; y en él esa condición del ansia del humano ser que es la espera, ansia que es la de Vladimir y Estragón; Y, confluyente con el espacio, el drama del tiempo: así dirá en el poema en prosa «Una oración»: «El proceso del tiempo es una trama de efectos y de causas, de suerte que pedir cualquier merced, por ínfima que sea, es pedir que se rompa un eslabón de esa trama de hierro, es pedir que se haya roto». En las grietas de esa ruptura nos sorprenden los juegos de lenguaje de Borges.

Y en la confluencia de las cálidas olas de las reiteraciones, se producirá la aparición del doble, el reconocimiento de la realidad y, en la realidad, el reconocimiento de lo terrible: aparecerá la figura de Joyce, como antes de Whitman, de Chesterton y de innumerables autores ingleses; y aparecerá con su aura de estrafalario misterio la figura de Macedonio Fernández, sonriendo desde muchos versos borgianos, y aparecerá Cervantes, y en él, el Quijote, principal figura en la amplia intuición lúdica y reflexiva de Jorge Luis Borges.

Fuente: El Nacional

sábado, 18 de enero de 2020

Borges la Metáfora, Joyce el Sinthome.



Autor: Juan Carlos Mosca

Borges dijo: “Buscamos la poesía; buscamos la vida. Y la vida está, estoy seguro, hecha de poesía. La poesía no es algo extraño: está acechando, como veremos, a la vuelta de la esquina. Puede surgir ante nosotros en cualquier momento”[1]. Agreguemos que es la vida de una lengua “viva”. Porque cada hablante le otorga un retoque y hay en ello una creación que es poética.


Borges y la Metáfora.

Hay muchas frases, muchos versos que son magníficos y que no parecen realmente metáforas. ...”, afirmó Borges y lo ejemplifica con James Joyce: "Beside the rivering waters of" -pausa- "hither and thithering waters of" -pausa- "night" -pausa-.  Debe hacerse pausa al leerlo[2] y tiene que ser dicho en inglés, en español es abstruso.

            Recuerda el escritor que Lugones afirmó que la metáfora es el elemento esencial de la poesía y él trata de refutarlo. Se pregunta entonces acerca del enigma de la poesía y además se pregunta por la función de la metáfora en la poesía. Piensa que sólo hay unas pocas metáforas esenciales[3]. La primera es cuando Heráclito afirma que nadie se baña dos veces en el mismo río. Para Borges esta metáfora es bellísima, la esencial entre todas y es una metáfora fundamental. En ella se figura el movimiento con lo cual se compara el tiempo y el río, se percibe que el río está cambiando y uno siente que es el río, que uno mismo está cambiando, lo que produce un efecto estremecedor. Esta es una verdadera metáfora, no un mero juego de palabras. Podemos agregar que en ella notamos cómo la metáfora introduce la temporalidad. No solo esta metáfora en particular, sino toda metáfora implica una temporalidad.

Después Borges sigue enumerando metáforas esenciales. Otra es aquella figura de que la vida es sueño, como en Calderón de la Barca. Luego el parentesco del sueño con la muerte, duerme en su último lecho, duerme con sus ancestros. Finalmente la analogía entre la mujer y la flor. Entonces tendríamos unas pocas metáforas que son realmente esenciales y el resto son resultado de destrezas y juegos de palabras, con efecto poético, pero no verdaderas metáforas. Juegos de palabras que son o variaciones de estas metáforas esenciales, o construcciones poéticas no metafóricas.

Es interesante que Borges no encuentre ni en la poesía oriental ni en la escritura de Joyce verdaderas metáforas, referencias que suenan en correspondencia  con los desarrollos de Lacan.

 Borges escribió sobre el Finnegans Wake "En el Ulises hay sentencias, hay párrafos, que no son inferiores a los más ilustres de Shakespeare o de Sir Thomas Browne. En el mismo Finnegans Wake hay alguna frase memorable. En este amplio volumen, sin embargo, la eficacia es una excepción"[4].

Supone esto que en el lenguaje figurativo debiera predominar lo metafórico y esta eficacia metafórica no la halla en Joyce, quien “abusaría” del retruécano y los juegos de palabras.

¿Qué es la metáfora?. Aristóteles define la metáfora en su Poética. Dice que la metáfora es dar a una cosa el nombre de otra, según relaciones de analogía, de género a especie o viceversa, o de especie a especie. La comparación es también una metáfora, pero mientras la primera es explícita: Aquiles luchó como un león, la segunda es implícita: Aquiles fue un león[5].

Con el curso ginebrino se produce la distinción, mantenida hasta ahora, establecida por Saussure, entre sintagma y relación asociativa; continuada y desarrollada por los lingüistas contraponiendo sustitución (en ausencia) y asociación (en presencia), distinción entre paradigma y sintagma, o metonimia y metáfora.

En La Instancia de la Letra Lacan define la fórmula de la metáfora: “Una palabra por otra”, por sustituirse en la cadena significante. Brinda una afirmación “... el síntoma es una metáfora, no es una metáfora decirlo, del mismo modo que el deseo del hombre es una metonimia. Porque el síntoma es una metáfora, queramos o no decírnoslo, como el deseo es una metonimia”[6].

Metáfora, el efecto de sustitución de un significante por otro dentro de una cadena, sin que nada natural lo predestine. Con ello la enunciación no se reduce al enunciado, la metáfora es paterna y la significación producida es fálica. Viable a partir de la operatoria de la metáfora paterna, por lo que el Nombre del Padre es condicionado en su dependencia del Deseo de la Madre.

Joyce y el Sinthome.

Invitado al Simposio James Joyce en la Sorbona Lacan plantea una nominación distinta a la producida por el Nombre del Padre en la Metáfora Paterna, esta es condicionada por el Deseo de la Madre, ahora indica la posibilidad de una nominación incondicionada, señalándola como el cuarto elemento del nudo, como consistencia supletoria. La supleción en Joyce es hacerse un nombre, que no es el del Padre, aunque filiatoriamente venga de su linaje, es propio al apropiárselo y engrandecerlo él mismo.

El nombre propio está destinado al llamado. Uno responde a su nombre, es llamado por su nombre, que pretende singular. En esto hay una carencia, a veces compensada con el seudónimo o el apodo. Apropiárselo produce cierto efecto, fundar un nombre, hacerse llamar y nombrarse a sí mismo en el reconocimiento de los otros, sin quedar pendiente de esa validación en el Otro.

Al sinthome no lo caracteriza el mecanismo de la sustitución metafórica, sino la nominación. El sinthome, la nominación, no está “en reemplazo de”, sino que por sí misma se erige en el lugar reparatorio del lapsus del nudo[7].

El síntoma es la “tierra extranjera interior, produce un sufrimiento al que se atribuye un sentido que dirige la demanda al Otro. El síntoma neurótico se completa con el Saber del Otro, incrustado como sufrimiento y demanda, a su vez es interno, integra al sujeto.

Como señala Karothy “... si el síntoma quedara en ese plano referido al saber, un tratamiento podría avanzar siempre más o menos bien en una deriva que llevaría al deslizamiento infinito de la significación que la estructura misma del significante promueve ... hasta la aparición de la resistencia del superyo”[8]. Aparición del núcleo de goce que el síntoma encierra.

Tendríamos así como alternativa o el análisis interminable o la interrupción.

La extraterritorialidad es en Joyce distinta. Lo que Lacan llamó su condición de desabonado del inconsciente. La escritura de Joyce no cierra el sentido, produce enigmas, éxtasis epifánico. El goce estético de la epifanía y de la escritura enigmática de Joyce no se asienta en la producción de sentido, por lo tanto no es metafórica. Metafórico es el síntoma, no el sinthome. El exilio del sentido en Joyce no es la producción sin sentido, pero no está centrada en la búsqueda de un sentido que alivie al lector. En todo caso deja cabos sueltos y enigmas ofrecidos a un lector “activo” e inquieto. Inquieto por una escritura inquietante.

En los textos de Joyce el descubrimiento puede ser el final más banal o simplemente abierto. Lo cual puede ser también muy divertido. Se ha dicho que Joyce gozaba al escribir. Su escritura no es predominantemente metafórica, pero tiene aquella otra belleza que Borges distinguía de la metáfora, se la describió como de retazos metonímicos.

En su seminario Lacan ubica 3 goces en las intersecciones de los anillos del nudo, goce fálico, goce del Otro y en la intersección de Imaginario y Simbólico el sentido, que por ello queda equiparado a un goce, goce del sentido. Joyce en vez del goce del sentido exagera el goce de lo oído, los sonidos y lo fonemático.

Lacan, recordando el texto de Joyce “Los exiliados”, dice que el enigma es una enunciación tal que no se encuentra su enunciado. “Exilio” dice en el seminario XXIII, “no puede haber mejor termino para la no-relación”. No hay relación sexual, no hay metalenguaje, no hay Otro del Otro. No todo es sentido. Esta es la extraterritorialidad de Joyce respecto de la metáfora, del sentido y del síntoma neurótico.

¿Joyce ni escribió una metáfora ni tuvo síntomas neuróticos?. No creo que la cuestión a plantearse sea esa, sino si “además” hay un plus, algo más, solidario con tocar “puntas de real”.

Un plus es en este plano ir más allá del Nombre del Padre. Joyce en su escritura –y tal vez esto sea válido para todos los escritores que denominaré, a falta de otro termino, verdaderos- va más allá, traspasa, sin negarlas, las reglas de la lengua, sirviéndose de ellas de una manera singular, herética. Va contra el dogma. Eso no es sustitución de un sentido por otro, produce enigma e inquietud. Y lo hace como ya lo han señalado los comentaristas con una pasión que en el arte de decir, decir con arte, implica un Art Dire, Ardeur y también Ardid (esto último en referencia al “artificio”). Goce del sinthome, opaco al sentido, en el decir de Lacan.


Borges y Joyce

Conocemos la importancia que Joyce le adjudicó a la musicalidad en las palabras y en las mismas escenas literarias, en su ritmo, en los sonidos en esas escenas (entre otros en Los Muertos por ejemplo o en el último capitulo del Ulises). Si bien Borges no hace construcciones de ese estilo, en sus comentarios también encontramos una apreciación acerca de la musicalidad y el ritmo. En Credo de Poeta, la última de sus conferencias en Harvard, nos dice, finalmente, que la metáfora es algo mucho más complicado de lo que él creía. Menciona unos versos de Robert Frost: “Pues tengo promesas que cumplir y millas por hacer antes de dormir, y millas por hacer antes de dormir”. Dice Borges que si tomamos los últimos versos, el primero -"y millas por hacer antes de dormir"- es una afirmación. Pero, cuando lo repite, "y millas por hacer antes de dormir", se convierte en una metáfora; pues "millas" significa días, mientras "dormir" presumiblemente signifique morir. “Quizá el placer no radique en que traduzcamos "millas" por Años y "sueño" por Muerte”, -dice Borges- “sino, más bien, en intuir la implicación”.

Finalizando la conferencia afirma: “Como he dicho, el significado no es importante: lo que importa es cierta música, cierta manera de decir las cosas. Quizá, incluso si la música falta, ustedes la sientan”.

          
[1] J. L. Borges. Seis conferencias en 1967 en Harvard. “Arte poética; seis conferencias”. Ed. Crítica.
[2] Junto a fluviales aguas de, yendo y viniendo aguas de, noche. También literalmente: a la orilla de agua fluyente de, yente y viniente agua de, noche. Traducción de María Victoria Suárez en el diario La Nación de Bs. As.
[3] J. L. Borges. Conferencia sobre la metáfora dictada por el escritor en 1982 en Nueva Orleáns y publicada en el suplemento cultural del diario La Nación de Bs.As. el 16 de mayo del 2001. Existen notables similitudes, que son muchas, entre la conferencia dedicada a la metáfora en Harvard, la segunda de la serie, y la de Nueva Orleáns. Pero no son pocas las diferencias. Las referencias a la escritura oriental y el comentario sobre Joyce por ejemplo. También resulta interesante que en la quinta conferencia de Harvard Borges utilice las mismas líneas del Finnegans Wake a las cuales recurre en Nueva Orleáns, pero en otro sentido.
[4] J. L. Borges.“Textos Cautivos”. Ed. Tusquets.
[5] Pierre Louis. Citado por Ferrater Mora en “Diccionario de Filosofía”. Ed. Ariel.
[6] J. Lacan. “Escritos” Ed. Siglo XXI. Pág. 508.
[7] R. Harari “¿Cómo se llama James Joyce?” Ed. Amorrortu.
[8] R. Karothy. “Vagamos en la Inconsistencia”. Ed. Lazos. Pág.139.

Fuente: Odiseas de un occidente


lunes, 13 de enero de 2020

Una musa de Borges y Bioy





Genoveva ‘Veva’ Falisca publicó un único volumen de cuentos y, según contaba ella misma, encandiló a los dos escritores y amigos

JUAN BAS

Me he encontrado en la sección de Cultura de la edición digital del diario ‘La Nación’ un suelto que informaba de la muerte de la escritora y periodista Genoveva Falisca. Ha fallecido en Buenos Aires a los 83 años de edad. La sucinta noticia citaba su libro de cuentos de género fantástico ‘El convertidor de deseos inconfesables’, de 1996, con el que consiguió cierto éxito y fue el único que publicó. También había sido columnista cultural en ese mismo diario y se ocupaba de las críticas de cine en ‘Clarín’.

Recordé la tarde de 1997 que conocí a Genoveva Falisca. Fue en Madrid, en el bar inglés del hotel Palace, donde por aquel entonces mezclaban un ‘dry martini’ aceptable y era un lugar apacible. Antes de ir al Palace había dado una vuelta por los puestos de librerías de viejo de la Cuesta de Moyano. Encontré un libro valioso que hacía años regalé y después me arrepentí de aquel arranque de generosidad. Era ‘Crónicas de Bustos Domecq’, de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, el segundo de los tres libros de cuentos humorísticos que escribieron al alimón, fusionados en el autor ficticio Honorio Bustos Domecq. Además, el pequeño volumen era el de la edición argentina, la de Losada con la cubierta de la ilustración de John Tenniel para ‘Alicia en el país de las maravillas’ presidida por el gato de Cheshire. Aunque la que encontré era la segunda reimpresión, la de 1968, y yo tuve la primera edición de 1967, lo consideré un estupendo hallazgo, y comprado a buen precio.

Ya en el bar del Palace, sentado a una mesa con un ‘dry’ y mi botín literario, me puse a hojear el libro con cariño y nostalgia de la primera lectura. Enseguida releí el prólogo del inefable fantasmón ficticio Gervasio Montenegro y comencé el primer cuento, ‘Homenaje a César Paladión’. Me fijé en que la solitaria señora de la mesa de al lado, situada a mi izquierda, miraba con atenta curiosidad la portada. Se dio cuenta de que me percataba de su observación y me dijo con tono amable y un acento inequívoco: «Cuántos buenos recuerdos de juventud me trae ese libro».

Nos pusimos a conversar, cada uno desde su mesa; quedaban lo suficientemente cerca una de otra para hablar con comodidad. Era una dama guapa y distinguida, muy elegante. Ahora sé por la noticia de ‘La Nación’ que en 1997 tenía 63 años; no los aparentaba y seguía siendo una mujer atractiva. Nos presentamos. Tras decirme su nombre, Genoveva Falisca añadió: «Pero podés llamarme Veva, todos lo hacen». Me contó que conoció a Borges y Bioy Casares durante los primeros años 60. «Adolfo, después de comer (en Argentina, cenar) con Borges y trabajar juntos en su casa, llevaba a su amigo en el auto a la calle Maipú, donde vivía con doña Leonor, su madre (que era una señora estirada e insoportable menos para su Georgie, comentó más tarde). Y solían entrar a tomar un guindado en el café de mis padres, que se llamaba Fénix y estaba en la misma cuadra». Ella trabajaba allí en aquel tiempo. Los dos escritores simpatizaron con Veva, que se sentaba a su mesa cuando ya apenas quedaban clientes, antes de cerrar. Hablaban de literatura con ella y les gustaba la inteligencia y las ganas de conocimiento de su joven y guapa anfitriona. Veva Falisca dejó entrever que tuvo algo más que una amistad con Bioy, al que calificó de apuesto, seductor y dandi. Y que Borges estuvo un poco enamorado de ella. «Pero seguro vos sabés, el maestro se enamoriscaba de todas las minas que no fueran un adefesio», explicó con cambio de registro a lo coloquial. «Veía ya muy mal. Pocos años después se casó con Elsa Astete, que por lo que se dijo era, de otro modo, tan insufrible como la mamá, y supe por Adolfo que fue infeliz con ella». Seguido me confesó, con falsa modestia, algo sorprendente que en ese momento puse muy en duda.

En 1963, Borges y Bioy estaban en plena escritura del libro que estaba sobre mi mesa. Según Veva, los dos amigos le contaban cada noche avances y dudas y ella les dio las ideas para los argumentos de varios de los cuentos, pero no especificó cuáles. Sí fue más concreta al asegurarme que en ‘Diario de la guerra del cerdo’, la novela que Bioy publicó en 1969, el tema central de la persecución y exterminio de los jóvenes a los viejos fue invención suya y un regalo al probable amante.

Nos despedimos. Veva Falisca iba a cenar con su marido, que la había acompañado a Madrid para la presentación de la edición española (en la Editorial Panceta) de su libro de género fantástico ‘El convertidor de deseos inconfesables’. Al día siguiente lo compré. Tenía curiosidad por leer a aquella pretendida musa que encandiló a ambos amigos. Los cuentos no eran buenos. El volumen era largo, de índice numeroso. Leí algo menos de la mitad. Estaban escritos con una mezcla de descuido y barroquismo gratuito, farragoso en conjunto. La mayoría de cuentos prometían en su planteamiento más de lo que daban, pero había algunos con ideas argumentales muy buenas, espléndidas, propias de Borges y Bioy Casares.

Fuente: El Correo