viernes, 19 de julio de 2019

La risa de Borges


Borges y Luisa Valenzuela en Nueva York, 1969.- Foto: Eva Chevallier


Por Luisa Valenzuela


"A este texto que estoy ahora escribiendo me habría gustado ponerle de título Borges y Yo, pero me temo que la ironía podría pasarse por alto", escribe la escritora Luisa Valenzuela en esta nota que da cuenta de un Borges que ríe, que se anima a cuartetas disparatadas, como aquellas que ideaba con Luisa Mercedes Levinson y que decían: “En la plaza de Belgrano/ pero un poco más abajo/ hay un letrero que dice/ mierda la puta carajo". Estampas personales de una mujer que lo conoció en la época en que aún era Georgie.


Hay unos versos de Borges que muchos suelen repetir como si lo pintaran de cuerpo entero, como si no hubiese sido, como todo, el reflejo de un sentimiento que habría de diluirse con los años:

He cometido el peor de los pecados/ que un hombre puede cometer. No he sido/
feliz. (…) para concluir “Me legaron valor. No fui valiente./ No me abandona. Siempre está a mi lado/ La sombra de haber sido un desdichado”.

Soneto éste, “El Remordimiento”, que me temo inspiró aquél burdo poema apócrifo que en distintas versiones tantos lectores tomaron por cierto, quizá porque el genio se lamentaba de no haber hecho lo que hacemos los simples mortales sin talento. Comer más dulce de leche, por ejemplo, frase que me recuerda cierta pequeña reunión cuando, hablando de los placeres del paladar, Borges preguntó si realmente el dulce de leche era rico, “pero rico rico, como el arroz blanco” y todos reímos, y él también.

Como reían ellos dos, Lisa y Georgie, al regresar de unos paseos estrambóticos y nocturnos por los puentes de Constitución, lugar que le fascinaba a aquel Borges aún medianamente vidente y siempre muy sensible a su entorno.  Y volvían, ellos dos, no describiendo los sórdidos lugares que habían recorrido, sino riendo por las cuartetas idiotas que se les habían ido ocurriendo en el camino.

A este texto que estoy ahora escribiendo, rememorando, me habría gustado ponerle de título "Borges y Yo", pero me temo que la ironía podría pasarse por alto.

Son sin embargo estampas personales.

¡Tantísimos años transcurridos, tantas memorias!

La imagen que conservo de aquél a quien solíamos llamar Georgie es la del pícaro que se divierte con sus dichos, no siempre del todo inofensivos pero siempre brillantes y queribles.

La impresión me viene de lejos, puedo hoy contarla sin fatuidad y sin censuras. Porque el tal Georgie frecuentaba mi casa de infancia cuando sus colegas más elocuentes creían que él nunca sería reconocido por el  público en general, que era un “escritor para escritores”. Se sentían privilegiados de apreciar su genio, los colegas, y lo acompañaban a sus escasas conferencias y temblaban –fui testigo—cuando Borges caía en un largo silencio. Ellos temían que, en su pánico de hablar en público, el amigo había quedado con la mente en blanco cuando en realidad estaba buscando la palabra exacta, la misma que al ser por fin pronunciada deslumbraba a todos.

Testigo de tanta cosas, fui. Y a veces víctima. Más de una vez mi madre, Luisa Mercedes Levinson, que todos conocían ya por Lisa, me reprochó que Borges opinaba que yo era capaz de matar a mi madre por un juego de palabras. Borges no lo habría dicho de envidia, todo lo contrario, porque nunca fueron juegos de palabras lo que le faltaron, aunque eso de meterse con la madre…

En fin, especulaciones actuales al correr del teclado. Eso sí, reíamos mucho.

Como reían ellos dos, Lisa y Georgie, al regresar de unos paseos estrambóticos y nocturnos por los puentes de Constitución, lugar que le fascinaba a aquel Borges aún medianamente vidente y siempre muy sensible a su entorno.  Y volvían, ellos dos, no describiendo los sórdidos lugares que habían recorrido, sino riendo por las cuartetas idiotas que se les habían ido ocurriendo en el camino:

“En la plaza de Belgrano/ pero un poco más abajo/ hay un letrero que dice/ mierda la puta carajo.”  Por ejemplo.

O bien:

“En el medio de la plaza/del pueblo de Pehuajó/ hay un letrero que dice/ la puta que te parió.”

La preadolescente que era yo en aquel entonces se sentía abochornada por tamaño infantilismo. Mi propia madre y el admirable “escritor de escritores”, ¡por favor!

Georgie y Lisa emprendieron la aventura de escribir un cuento en colaboración. Esas tardes se aislaban en el comedor de nuestra casa en Belgrano y yo sólo podía oír las carcajadas. Cuando emergían, muy circunspectos, consultaban a la adolescente sabihonda que andaba rondando por ahí cuando podía.  ¿Los apellidos Zunino y Zungri te parecen lo suficientemente ridículos?, me preguntaban. 

Pasaron años antes e que yo pudiera retrucar con una cuarteta a la altura, nada apreciado por el Escritor:

“En el barrio de San Telmo/ Biblioteca Nacional/ hay un letrero que dice/ hacete un lavaje anal”.

Es cierto que admiraba la biblioteca, pero no me resultaba fácil rimar con Nacional. Vicente Varela y otros colegas me felicitaron, sin embargo, y yo me sentía en la gloria.

Las cosas eran así y de otra maneras, por fortuna.

Alrededor de 1952 Georgie y Lisa emprendieron la aventura de escribir un cuento en colaboración. Esas tardes se aislaban en el comedor de nuestra casa en Belgrano y yo sólo podía oír las carcajadas. Cuando emergían, muy circunspectos, consultaban a la adolescente sabihonda que andaba rondando por ahí cuando podía.  ¿Los apellidos Zunino y Zungri te parecen lo suficientemente ridículos?, me preguntaban.  Y yo no sabía qué decir, Zunino y Zungri eran los dueños de la destapadora de cloacas a la que estábamos abonados –ésas eran las épocas—benemérita empresa que tenía el poético nombre de "La Flor de la Primavera".

Peor era cuando me consultaban, por ejemplo, si no resultaba demasiado exagerado que el pretencioso arquitecto protagonista del cuento, para hacerlo gastar, le propusiese a su cliente “un jardín con bustos ecuestres”. Ante tamaños disparates, que los ahogaban de risa, yo no podía menos que recalcar lo ridículo de la idea. Cedieron, no ante mi crítica sino ante un dejo de razón, y por fin optaron por poner “cabezas yacentes de emperadores”.

La temprana adolescente de entonces solía ser muy puntillosa. Pero igual me llenaba de orgullo cuando Borges me hablaba de igual a igual, y me decía muy orondo que ese día habían trabajado mucho: habían completado toda una línea.

El cuento, titulado “La hermana de Eloísa”, apareció por fin en 1955 publicado por la Editorial ENE, en un delgado volumen con otros dos cuentos de cada uno de los autores.

De mi anécdota favorita de aquella época ya no quedan rastros, por suerte, sólo el recuerdo que tiene del asunto María Esther Vázquez. Porque a los pocos años de haber sido nombrado, en 1955, director de la Biblioteca Nacional, quien casi ya no era Georgie, apelativo cariñoso que iría cayendo en desuso hasta para los íntimos, ideó un estupendo y memorable ciclo de conferencias los sábados, invitando a escritores y escritoras de la época a hablar sobre el tema siempre vigente, “Por qué y cómo escribo”.

Hoy corresponde reconocer que Borges fue un precursor en el uso de la Biblioteca Nacional como espacio para la difusión de la cultura.

Los periodistas de entonces eran asiduos a esas manifestaciones, la gente de letras eran considerados referentes importantes del quehacer nacional. No así los propios periodistas, al menos a los ojos de Borges, razón por la cual me contrató a mí –ad horem, claro—para que entrevistara a los/las conferenciantes antes de entrar. Durante la exposición, con cuatro dedos y muchos carbónicos, debía tipear el resumen de las conferencias, cosa de entregárselo a los nobles representares de la prensa, que según Borges sospechaba acudían a los bellos salones de la calle México a echarse un sueñito. Y los diarios de la época, me temo, publicaban mi resumen y no quiero ni saber qué habría resumido yo allí, a mis escasos 17 años.

Pero una se va formando a los golpes. Y con todo descaro.

Así pasaron años y años y más años, encuentros y desencuentros con el Maestro. Indignaciones de mi parte al enterarme de que había comentado por ahí que mi primera novela era una novela pornográfica, años de tragar saliva hasta que me despabilé y supe que una de las definiciones de pornografía es “lo que atañe a la vida de las prostitutas” y entonces sí, Hay que sonreír que este año cumple temibles 50, es una novela pornográfica, si bien expresamente cándida.

Años también de alegrías festejando los retruécanos que el maestro repartía a troche y moche, siempre dejando traslucir su faz lúdica, su a veces punzante sentido del humor.

Y años más sólo frecuentando a Borges en la reiterada y siempre reveladora lectura de su obra, hasta cierto mediodía de primavera neoyorquina de 1985. Las marcas de ese día, imborrables para mí, se resumen en una imagen y una frase.

La imagen: dos figuras vestidas de blanco marfilino, nimbadas por la luz del sol.

La frase: “isn’t it a pity?”.

Fue en un restaurante italiano del West Village neoyorquino, una especie de bodegón cuya único atractivo era un jardín al fondo más allá de las cocinas, con lindas mesas bajo los árboles. Estábamos allí almorzando con un amigo cuando contra la puerta de las cocinas se dibujaron esas dos figuras más que fantasmales, feéricas. ¡Borges y María Kodama!, me sorprendí. No puede ser. Pero eran. Y los invitamos a nuestra mesa y Borges contó que María tenía un olfato especial para los lugares y los temas más insólitos y maravillosos, que acababan de llegar,  dichosos, de su viaje en globo sobre el valle de Napa en California, que se iban al día siguiente de regreso a Buenos Aires, y isn’t it a pity?. Así, en inglés en medio de la charla en nuestro idioma. Isn’t it a pity?, reiteró más de una vez, esto de tener que dejar New York… tras o cual corrí al teléfono, llamé al Instituto de Humanidades al que yo pertenecía, volví con una invitación para ambos el semestre siguiente. Lo que Borges quisiera. Por supuesto. Ya no era más, en absoluto, un escritor sólo para escritores. Era el escritor de todos.

No era nada sencillo sostener lo que Borges proponía en esos tiempos: armar la presentación con forma de entrevista, ya que se negaba a dar una conferencia de corrido. Hacerle preguntas públicas a Borges era casi suicida, bien lo sabía yo que había asistido a muchos sufrimientos ajenos. Imposible salir airosa ante esa mente lucidísima, de un brillo casi ultraterreno. Irónica por demás.

Y volvió, Borges acompañado por María Kodama. Y yo tuve que pagar mi arranque siendo la interlocutora en su presentación multitudinaria en NYU, la Universidad de Nueva York, la misma que había tenido la osadía de contratarme como profesora.

No era nada sencillo sostener lo que Borges proponía en esos tiempos: armar la presentación con forma de entrevista, ya que se negaba a dar una conferencia de corrido. Hacerle preguntas públicas a Borges era casi suicida, bien lo sabía yo que había asistido a muchos sufrimientos ajenos. Imposible salir airosa ante esa mente lucidísima, de un brillo casi ultraterreno. Irónica por demás. Porque si una le hacía una pregunta tonta o sencilla, queda al descubierto. Y si la pregunta era compleja, o molesta, él le contestaría –como me respondió a mí- en aquella conferencia sobre La Metáfora. Ya un poco cansada del juego pero haciendo todo tipo de circunloquios a manera de disculpa, improvisando le pregunté si tenía en cuenta la simbología freudiana del falo cuando escribía sobre cuchillos y cuchilleros.

“Usted es una joven escritora moderna”, me contesto sin contestar, “y yo soy un pobre viejo ciego”.

Y ahí me dejó. Boqueando en el vacío.

Hasta la mañana siguiente, cuando desde el Village atravesábamos todo Manhattan en el coche del poeta Daniel Halpern para llegar a la Universidad de Columbia donde seguirán sus charlas y mis preguntas, pero sólo para estudiantes, menos mal.

Esa mañana Borges se giró levemente la cabeza y me enfrentó:

“ Usted anoche mencionó el falo…”

“ Sí, Borges, pero hablando de los cuchillos, como metáfora”, intenté disculparme.  “Conozco una metáfora mejor”, me contestó; “El dedo de Dios”.

“¿No le parece un tanto pretenciosa?”, me asombré.

“Y sí”, reconoció Borges muy a su pesar; “Creo que es de Victor Hugo”.


En aquel memorable último viaje a Nueva York de Borges y María Kodama  pasamos toda la semana juntos con él, y a lo largo de esos días y después de los encuentros matinales en la Universidad de Columbia, el supuestamente frágil Escritor de escritores pedía más: una vuelta por Central Park en mateo, escuchar jazz en algún sitio emblemático del Village. Todo mientras iba desgranando sus hilarantes aventura de viaje con María, al punto que propuse hacerle una nota al respecto para la revista Vogue norteamericana, que apareció en el número de marzo de 1986, poco antes de su fallecimiento en Suiza.

Dicha nota es un canto a la felicidad de esa pareja tan despareja y a la vez tan absolutamente solidaria y armoniosa que formaban María Kodama y Jorge Luis Borges.

“Estoy cerca de él desde hace más de veinte años. Si me piden que defina nuestra relación”, aclaró ella, aún no se habían casado, “diré que somos como compañeros de colegio, cómplices” .

Y Borges: “María no pudo hacerme mejor regalo que este gusto por los viajes. Hasta estamos pensando en ir a vivir al Japón. ¿No está mal, no, para un hombre que abordó su primer avión a los 50 años? Pero había un recién nacido que lloró todo el tiempo y le quitó la dimensión épica al vuelo”.

Acababa de aparecer Atlas, el libro de Borges con fotos de María, pero muchas anécdotas compartidas habían quedado en el tintero. Como la de la dama que le cantó a Borges sus milongas al oído:

“Qué raro”, contó él que le había comentado a María, “mientras ella cantaba yo sentía telarañas en la cara…” “Es que la señora era muy elegante”, rió María, “¡lo que usted sintió eran las largas plumas aigrettes de su sombrero!”

Y fue así como, dispuesta a hacerles la entrevista, compré un pequeño grabador y me dirigí al hotel Uptown donde estaban hospedados. Nos reunimos en la gran habitación del maestro, y mi imagen favorita es la de nosotros tres, Borges, María y yo, cómodamente instalados en la gigantesca cama mientras ellos desgraban sus insólitas historias de viajes y reíamos a carcajadas. Carcajadas discretas, sí, pero no menos felices. Pero esa es otra historia, para citar a uno de los autores favoritos del Maestro.

Fuente:Revista Haroldo




lunes, 15 de julio de 2019

Odín y Beppo, dos gatos de Jorge Luis Borges



Jorge Luis Borges tuvo dos gatos llamados Odín y Beppo. Odín, en honor al dios de la mitología nórdica y Beppo, por Lord Byron. En palabras de Borges “se llamaba Pepo, pero era un nombre horrible, entonces se lo cambié enseguida por Beppo, el gato de Byron. El gato no se dio cuenta y siguió su vida”. Epifanía Uveda, el ama de llaves del escritor argentino durante cerca de cuatro décadas, coautora con Alejandro Vaccaro del libro “El Señor Borges”, explica: “El gato se llamaba Pepo por José Omar Reinaldi, apodado “La Pepona”, un delantero del River Plate. Borges recordó el poema veneciano de Lord Byron que se titulaba ‘Beppo’ y lo rebautizó”. Curiosamente, Fanny, pues así llamaba Borges a la leal Epifanía, murió un sábado 10 de junio de 2006, cuatro días antes del vigésimo aniversario de la muerte del escritor, fallecido el 14 de junio de 1986.

                                          Borges y Beppo


Beppo era un hermoso gato blanco que siempre estaba con Borges. Le gustaba jugar con los cordones de sus zapatos y dormirse en su regazo. Tenía más de 15 años cuando murió y fue una auténtica pérdida para Borges, que ya estaba ciego. Parece ser que entonces dijo: “Quisiera morirme hoy mismo, pero no tengo la suerte que tuvo Beppo. Aunque a lo mejor sí, ahora que estoy con gripe, tal vez muera”.

Algunos dicen que Beppo tenía mal carácter, pero que se llevaba muy bien con Borges. Un día, Fanny vio que Beppo se miraba en un espejo y creía ver otro gato, posiblemente a un rival. Se lo contó a Borges y este le dedicó un poema en la obra “La cifra”, publicada en 1981

Portada de Chatrán y su mundo astral, de Vicente O. Cutolo

En el libro “Chatrán y su mundo astral, vida de mi gato siamés”, el historiador argentino Vicente O. Cutolo dedica un capítulo a “Beppo, el gato de Borges” donde cuenta que al autor le impresionaban y seducían los felinos desde pequeño, e incluye algunos dibujos de tigres hechos cuando el famoso escritor era aún un niño. Cutolo también dice que el dueño de una cantina de la calle Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen) a quien Borges conocía  y que hacía la cuenta en el mantel de papel de la mesa, también se llamaba Beppo.

                                               Borges y Odín

Odín era un gato atigrado que convivió con Borges, pero nunca llegó a ser tan famoso como Beppo. Dicen que sobrevivió casi diez años al escritor, pero no sabemos con quién estuvo. Quizá en su piso de Buenos Aires, pero Borges dejó ese piso a principios de 1986 para trasladarse a Ginebra, donde falleció unos meses después. El 14 de abril de ese mismo año se había casado por poderes con María Kodama, a la que dejó todos sus bienes. Fanny se fue del piso donde había trabajado 40 años a finales de abril. ¿Iría Odín con ella o cuidaría de él María Kodama? No hemos sido capaces de descubrir nada al respecto.


De los gatos, Borges dijo una vez: “Nadie cree que los gatos son buenos compañeros, pero lo son. Estoy solo, acostado, y de pronto siento un poderoso brinco: es Beppo, que se sienta a dormir a mi lado, y yo percibo su presencia como la de un dios que me protegiera”. Y también: “Siempre preferí el enigma que suponen los gatos”. Las fotos que publicamos demuestran que Borges también tuvo o conoció a un gato negro, pero no sabemos nada de él.

                    Con dos oficiales de la Embajada china y Beppo


Fuente: Gatos y Respeto

El dilema de un escritor bilingüe



 
por CESAR CHELALA

Escribir profesionalmente en dos idiomas, español e inglés en mi caso, plantea desafíos estimulantes. Después de casi 50 años de vivir en los Estados Unidos, todavía me resulta extremadamente difícil escribir en inglés, la razón es que, incluso después de tanto tiempo, todavía pienso en español cuando escribo en inglés.

Una explicación es que solo tuve una inmersión seria en el idioma inglés a la edad de 31 años, cuando emigré de Argentina a los Estados Unidos. A esa edad, ya se forman muchas estructuras lingüísticas del pensamiento. Mientras que los niños tienen una facilidad extraordinaria para aprender idiomas, mientras más jóvenes son más fáciles, la dificultad de este proceso aumenta con la edad. Es por eso que la mejor edad para absorber un nuevo idioma es entre la infancia y la pubertad cuando la curva de aprendizaje alcanza su punto máximo, momento en el que comienza a disminuir gradualmente, aunque con grandes variaciones individuales.

Escribir en ambos idiomas tiene un escollo adicional: lo que puede ser apropiado en español no lo es necesariamente en inglés, y viceversa. Por ejemplo, mis primeros borradores de artículos en inglés a menudo son demasiado verbales (quizás porque mi lengua materna siempre me hace sombra) y sigo eliminando palabras en las lecturas posteriores.

Pero cada idioma tiene una estructura diferente y el español como tal permite una expresión más florida, con el uso frecuente de símbolos y figuras del habla, mientras que en inglés existe una economía de expresión no necesariamente más simple, sino simplemente menos florida. Esto es claramente evidente en el proceso de traducción de un idioma a otro, donde la versión en inglés suele ser más corta que la española.

Barroquismo

En una entrevista publicada en el número de otoño de The Paris Review (1984), Julio Cortázar hace estos importantes comentarios al escribir:

Cuando le preguntan a Cortázar por qué cree que José Lezama Lima hace que un personaje de su novela Paradiso diga que el barroco es lo que realmente interesa a los lectores de España y América Latina, Cortázar responde: "No puedo responder como experto. Es cierto que el barroco es muy importante en América Latina, tanto en las artes como en la literatura. El barroco puede ofrecer una gran riqueza; deja volar la imaginación en todas sus muchas direcciones en espiral, como en una iglesia barroca con sus ángeles decorativos y todo eso, o en la música barroca. Pero desconfío del barroco. Los escritores barrocos, muy a menudo, se dejan llevar demasiado fácilmente en sus escritos. Escriben en cinco páginas lo que se podría escribir en una. Yo también debo haber caído en el barroco porque soy latinoamericano, pero siempre he desconfiado de él. No me gustan las oraciones turgentes, voluminosas, Lleno de adjetivos y descripciones, ronroneando y ronroneando en el oído del lector. Sé que es muy encantador, por supuesto. Es muy hermoso, pero no soy yo. Estoy más del lado de Jorge Luis Borges. Siempre ha sido enemigo del barroco; Él apretó su escritura, como si con alicates. Bueno, escribo de una manera muy diferente a la de Borges, pero la gran lección que me enseñó es de economía. Cuando empecé a leerlo, siendo muy joven, me enseñó que uno tenía que intentar decir lo que uno quería con economía, pero con una hermosa economía. Tal vez sea la diferencia entre una planta, que podría considerarse barroca, con su multiplicación de hojas, a menudo muy hermosas, y una piedra preciosa, un cristal, que para mí es aún más hermoso ". Es muy hermoso, pero no soy yo. Estoy más del lado de Jorge Luis Borges. Siempre ha sido enemigo del barroco; Él apretó su escritura, como si con alicates. Bueno, escribo de una manera muy diferente a la de Borges, pero la gran lección que me enseñó es de economía. Cuando empecé a leerlo, siendo muy joven, me enseñó que uno tenía que intentar decir lo que uno quería con economía, pero con una hermosa economía. Tal vez sea la diferencia entre una planta, que podría considerarse barroca, con su multiplicación de hojas, a menudo muy hermosas, y una piedra preciosa, un cristal, que para mí es aún más hermoso”.

Hacer una diferencia

Quizás el mejor ejemplo del estilo refinado que prefiere Cortázar es precisamente el de Jorge Luis Borges. En la Paris Review (# 28, verano-otoño 1962), el prestigioso autor francés André Maurois escribió: “Jorge Luis Borges es un gran escritor que ha compuesto solo pequeños ensayos o narraciones breves. Sin embargo, son suficientes para que lo llamemos grande por su maravillosa inteligencia, su riqueza de inventos y su estilo estrecho, casi matemático ".

El mismo Borges define el barroco así: "Me aventuro al barroco porque es un estilo que agota deliberadamente (o quiere agotar) sus posibilidades y limita con su propia caricatura".

En una charla con el poeta argentino Roberto Alifano, quien era amigo y colaborador de Borges, el escritor rumano Emil Cioran le dijo: “El estilo de Borges es inteligente, de una concesión matemática, en la que no se deja nada y no falta nada; Su escritura nos hace tocar cada paso de ese inquietante misterio que es la perfección. Creo que he escrito que si Borges me interesa tanto, es porque representa un espécimen de la humanidad en proceso de desaparición, y porque encarna la paradoja de la apatridia intelectual, de un aventurero inmóvil que se siente cómodo en varias civilizaciones y en varios tipos de literatura, un monstruo magnífico y uno condenado, por supuesto ".

Es curioso que Borges creyó haber logrado un estilo refinado a una edad relativamente avanzada. En una de sus conversaciones con el escritor argentino Fernando Sorrentino Borges dijo: "Para llegar al punto de escribir de manera sucinta, más o menos decorosa, tuve que llegar a la edad de 70 años".

Cualquiera que sea nuestra opinión sobre Borges y su estilo, es innegable que es uno de los escritores más influyentes del siglo XX. Como dijo la escritora Susan Sontag en su Carta a Borges, escrita diez años después de la muerte del gran escritor argentino: “Lo único que quiero decir es que te extrañamos. Te extraño. Sigues haciendo la diferencia. La era en la que estamos entrando ahora, este siglo XXI probará el alma de nuevas maneras. Pero, puede estar seguro, algunos de nosotros no vamos a abandonar la Gran Biblioteca. Y seguirás siendo nuestro patrón y nuestro héroe ".

Teoría del iceberg

En inglés, uno de los escritores más conocidos por su estilo casi minimalista es Ernest Hemingway. Él desarrolló la "teoría del iceberg", según la cual el significado más profundo de una historia no debería ser evidente en la superficie, sino que debería expresarse implícitamente. En octubre de 1954, Hemingway recibió el Premio Nobel de Literatura por "su maestría en el arte de la narrativa recientemente demostrada en El viejo y el mar, y por la influencia que ha mostrado en un estilo contemporáneo".

El arte del corte

En una carta sobre la influencia que la escritora Annie Dillard tenía sobre él, el escritor estadounidense Alexander Chee escribe: “En su clase, aprendí que aunque había hablado en inglés toda la vida, en realidad sabía muy poco al respecto. El inglés nació del alemán bajo, un idioma que era bueno para la categorización y se había llenado con palabras del latín y las palabras anglosajonas, y ahora estaba en el proceso de comer cosas de idiomas asiáticos. Los latinos eran polisilábicos y las palabras anglosajonas eran cortas, con quizás dos sílabas en el mejor de los casos. Un buen escritor hizo uso de ambos para variar los ritmos de las oraciones ".

Sin embargo, quizás lo más importante es usar un estilo que siga lo que estamos tratando de comunicar. Un artículo técnico puede emplear un estilo diferente al de una noticia, un texto literario o una novela. Lo que realmente importa es que cumple la función esencial de cada pieza de escritura: lograr una comunicación efectiva con el lector.

Fuente: Counterpunch

miércoles, 10 de julio de 2019

ESPECTÁCULOS UN GÓLEM EN BUENOS AIRES, DE CARINA TOKER, EN EL AUDITORIO CENDAS


"Un Gólem en Buenos Aires", de Carina Toker, es una obra multidisciplinaria para toda la familia cuyo relato está inspirado en la leyenda hebrea del Gólem de Praga, que se verá en el auditorio Cendas, Bulnes 1350, barrio de Palermo, los sábados a las 16 desde el 13 de julio y, durante las vacaciones de invierno, también los viernes.


En esta versión, algo inesperado transforma el cuento original convirtiéndolo en una historia desopilante: en Buenos Aires, el muñeco de barro vivirá todo tipo de aventuras y encuentros, con una puesta donde las imágenes, la música y la historia intentarán la risa y la emoción.

La obra incluye poemas de Jorge Luis Borges y de Eliahu Toker y será interpretada por Martín Bontempo, Pat Gómez, Alejandro Justiniano, Mercedes Moreno y Pilar Rodríguez Rey, con diseño de arte de Mirta Kupferminc, arte interactivo de Federico Joselevich Puiggrós, música de Gabriel Toker, pinturas de fondos escenográficos de Mirta Kupferminc, escenografía de Kupferminc y Adrián Grimozzi, utilería de Estela Ivkovcic, vestuario de Silvana Morini y luces de Grimozzi. (Télam)

Fuente: Grupo La Provincia