miércoles, 17 de julio de 2013

Borges y la frontera difusa entre lo real y lo ficticio



 Un episodio ocurrido en un subterráneo porteño le recuerda al autor de este artículo el cuento La otra muerte. A partir de ese hecho, reflexiona sobre la disolución momentánea de la propia subjetividad que acecha a todo lector dispuesto a entregarse de lleno al mundo de la literatura

En uno de los subtes de Buenos Aires hay un hombre vestido completamente de marrón: lleva zapatos marrones, pantalones de un marrón oscuro, un buzo marrón. Es mayor; su pelo es negro y blanco y gris. El buzo marrón tiene letras grandes (de felpa) cosidas sobre el pecho. Esas letras (marrones) forman, en inglés, la expresión I AM REAL.
El tren se detiene (estación Callao) y me acerco un poco. Le pregunto por la frase cosida sobre su pecho. Y el hombre vestido de marrón, muy amable, dice que no, que el buzo no es suyo e, indicando a la mujer sentada delante de nosotros (los dos estamos parados), dice que el buzo pertenece a la madre de ella, su novia.
"Me lo puse nomás", dice, imitando el gesto de ponérselo. Ahora está sonriendo y dice, indicando las letras con la mano, " I am here, I am real. I am really real . Pero por accidente. Es de la madre de mi mujer, me lo prestó, no es mío". Casi ríe. En ese momento las puertas se abren (estación 9 de Julio) y todos nos bajamos del tren.
Horas después, caminando por la esquina de Corrientes y Carlos Pellegrini sentí una vibración que podría haber sido mi teléfono en un bolsillo. Pero no era un teléfono; era un tren lleno de gente, que volaba debajo de la acera.
La llamada telefónica, en fin, se convirtió en muy otra cosa. Y era difícil no detenerse y sentir el paso del tren, su trayecto, abajo, hasta que la estela de vibraciones desapareció. Era una llamada, en cierto modo, que anunció (sin querer) la existencia sumamente real de todas las personas sentadas y paradas en el tren subterráneo. La frase cosida sobre el pecho de aquel hombre se había multiplicado hasta que cada pasajero del tren percibido-pero-no-visto comunicó su realidad enfáticamente: las palabras de felpa, diseminadas en el mundo, en mi cerebro, se habían liberado del buzo marrón para hacer que el suelo temblara.
Pienso ahora en el buzo vacío, tirado al suelo: las palabras se quedan, obviamente, sin el cuerpo que antes las legitimaba y les daba su sentido. Pero la frase cambia de sentido sin cuerpo porque, ¿quién pronuncia estas palabras? Es como un cuento, ese buzo vacío. Tiene narrador, tiene protagonista y carece de vida propia...
Es cierto que las palabras no eran suyas, que fueron prestadas. Pero si alguien se las prestó, yo se las robé para repetirlas aquí pensando, oblicuamente, en un cuento de Jorge Luis Borges donde la ruptura, el corte abrupto, la falta de coherencia crean espacio para que la imaginación del lector entre y trabaje.
Afuera, nieva en Lowell, Massachusetts. El cielo es de un blanco gris y brillante y, entre la pared de ladrillos de mi departamento y la pared de ladrillos que está en frente se pueden ver copos ligeros de nieve llevados en distintas direcciones, lentamente, de izquierda a derecha, de arriba abajo. Es la primera nevada del año. Ayer hablé con un grupo pequeño en la Universidad de Massachusetts Lowell sobre un cuento que se llama "La otra muerte".
En ese cuento, el narrador de Borges sugiere que el protagonista realmente existió, con otro nombre, en la historia cotidiana. Ese hombre vivió una vida llena de pena, de vergüenza, por haber huido de la batalla de Masoller en 1904. Por un milagro, en el momento de morir, es transportado precisamente a esa batalla, donde puede morir como un héroe. Y así es recordado por nuestra historia. Todo esto resulta perfecto para él (se muere feliz el hombre), pero para los que lo conocían en la porción eliminada de su vida es bastante trágico: cada experiencia que incluye a ese hombre después del año 1904 desaparece, llevándose con ella algo de la vida de algunos de sus compañeros. Su vecino más cercano, que lo vio morir, deja de vivir por haber compartido demasiado con un hombre inexistente.
El pseudónimo del protagonista es creado para proteger al lector de esa muerte. Porque si tienes la suerte de descubrir la identidad verdadera de ese hombre (conocido hoy como un héroe que murió en la batalla de Masoller), el cuento insinúa que es posible, aun probable, que desaparezcas también, que mueras para que el universo siga sin testigos de su incoherencia.
(Los copos de nieve llevados por el viento son como fragmentos de corcho blanco flotando sobre el agua de un río; la nieve hace que el viento sea, por el momento, visible. Se pueden ver esas fuerzas invisibles, las espirales perezosas de viento y nieve que serpentean al otro lado de mi ventana empujando, ligeramente, contra la pared de ladrillos.)
Así como el hombre con el buzo marrón proclamó su realidad con palabras de felpa en el pecho, este personaje llega al lector con el mensaje -igualmente enfático y textual- de que es un ser artificial, que no existe. Su falta de realidad nos protege de lo irracional, presentándolo como un mero cuento, un problema textual.
Pero la persona que decide correr el riesgo de descubrir la identidad verdadera del protagonista rechaza esa protección. Encuentra, tal vez, una medalla funeraria de un héroe de Masoller y piensa que es ése el hombre real. Y, por un instante brevísimo, teme la muerte al ver la cara del héroe, pensando en la vida de penas y vergüenza que, según el cuento, posibilitó ese momento de heroísmo. Al pensar en la posibilidad de su muerte, diría que ese lector se convierte en un personaje de ficción perdido momentáneamente en el mundo real. Es ésa la muerte que me interesa: la muerte del yo cotidiano condicionada por un cuento. Me pregunto si una forma de esa muerte es necesaria, siempre, para adentrarse realmente en el espacio literario.
(La luz ha cambiado; es ahora un gris rosado y la nieve empieza a ser más pesada, empieza a caer verticalmente.)
Sé que la muerte que Borges hace posible no pertenece exclusivamente al contexto literario. Puede ocurrir aquí, en el mundo. Es posible que nos conquiste y libere mientras estamos sentados a nuestras mesas, mientras leemos el diario y jugamos con la posibilidad de ser realmente una corriente de aire o una pared de ladrillos o un copo de nieve que entiende la gravedad como nosotros entendemos el tiempo.
Se pueden ver unas sombras grises en la nieve. Estas sombras son huellas dejadas por alguien que andaba a pie, hace poco, en la dirección contraria de mi tren. (Este tren a Lowell, Massachusetts, ha parado, casi nadie habla. Muchos, como yo, miran por las ventanas.)
La luz fuerte de la madrugada casi oscurece las huellas. Y parece que son dos series de huellas entrelazadas: las de una persona y las de un perro.
Estas huellas pertenecen a una persona real y a un perro real. Sus formas admiten la posibilidad de una mujer alta llevando ropa demasiado grande, un hombre viejo con una campera roja y azul, una niña con una chaqueta rosada, un perro blanco con pelo largo, un perro negro y delgado, un perro con una cara bravísima, un perro feliz con su lengua en el aire, intentando olfatear a otros perros pero sólo percibiendo indicios del humo de los trenes y la nieve y la grava.
Pero si bien las huellas son todos esos perros posibles y todas esas personas posibles, son, también, vacíos: contornos que corresponden a huellas apuradamente registradas que se mueven en la dirección opuesta a la de un tren, un tren que, al empezar a moverse, seguía las huellas hasta que desaparecieran entre los arbustos negros. Es posible llenar las huellas con seres imaginados o dejarlas abiertas, verlas como las palabras de esta frase que, vistas individualmente, carecen de sentidos tan fijos.
En casa sigo percibiendo sólo fragmentos, rastros. Veo un par de manos pero no la persona a quien pertenecen. Veo un bol cerámico que dentro de su forma blanca tiene un poco de arroz blanco; veo un vaso de leche a medio tomar. Siento el peso de las piernas debajo de la mesa y cierta tensión en la espalda. Hay palabras que se forman delante de mí en la pantalla de la computadora. Estos indicios, juntos, sugieren la presencia de una persona y son también huellas.
Y esa persona, como antes, es casi invisible. Sus contornos son oscilantes, borrosos. La evidencia no sugiere la presencia de una chaqueta rosada o de un perro cercano de cualquier variedad pero, con esas muy pocas excepciones, las posibilidades me parecen numerosas, abundantes.
¿Es prestado este cuerpo? Me imagino que sí. Con la ayuda de cuentos y buzos anuncia su realidad y su ficcionalidad con cada paso. Te digo: I am real . Y te digo: Soy tu invención, un personaje, un narrador artificial hecho de palabras leídas lentamente, de izquierda a derecha, de arriba abajo. Como cae la nieve.
Estoy seguro, por lo menos, de que estas palabras son y no son mías: como garzas volando de un lago, dejan cada lugar que las aloja.

Fuente : Café de los sabores Bibliofilos

jueves, 11 de julio de 2013

Un periodista, un bisabuelo y Borges




Miguel Ángel Morelli entrevistó al escritor en 1973. Oriundo de Coronel Suárez, recuerda la faceta humana del autor de Fervor de Buenos Aires y una anécdota que une antepasados y un pueblo natal.

LA ENTREVISTA. Miguel tenía 17 años en 1973 cuando lo entrevistó a Borges.

"Mucho se habló de Jorge Luis Borges desde la política, de si tendría o no que haber ganado el premio Nobel, de cosas menores, pero, tal vez, poco se dijo de él como hombre, de su dimensión ética, de su forma de ser", le señala el escritor y periodista Miguel Ángel Morelli a TN.com.ar

Y, en verdad, es difícil imaginarse a uno de los más grandes escritores de la literatura hispanoamericana, que hoy cumpliría 113 años, en su dimensión más humana y cotidiana. Una serie de anécdotas de Morelli nos dan una idea de un Borges lector, para nada egocéntrico, amable con los jóvenes curiosos, un tanto inocente y bastante bromista.

"Yo lo conocí a Borges un día antes del retorno de Perón en 1973," dice Morelli. Lo recuerda bien porque tuvo que esquivar varias manifestaciones de agrupaciones políticas al recorrer toda la ciudad de Buenos Aires para llegar al encuentro con el escritor.

Morelli se vino a la gran ciudad a los 17 años para estudiar periodismo en la Universidad de La Plata. Cuando lo conoció a Borges, para hacerle una entrevista para la revista Vosotras, se sorprendió de la respuesta del autor cuando le dijo de dónde era. "¿Sos de Coronel Suárez? Mi bisabuelo es el que le dio el nombre a la localidad". De hecho, este familiar suyo es uno de varios parientes militares de Borges. Una vez dentro de su hogar, le leyó Páginas para recordar al vencedor de Junín, un poema que Borges le dedicó al coronel.

Aunque llegó bastante más tarde de lo pautado, por las calles cortadas y el clima de efervescencia popular que se vivía en ese momento, a Morelli le llamó la atención ver a un Jorge Luis Borges parado en la puerta de su hogar. Lo estaba esperando. Ni siquiera le reprochó su retraso. Del gran autor, recuerda pequeños gestos.

"Tenía una sonrisa como de niño, nunca perdió la capacidad de sorprenderse siempre, y eso que lo conocí cuando ya tenía 73 años. Cruzaba un brazo sobre su cabeza y le quedaba el codo pegado a su cara, era una postura muy característica", recuerda.

Morelli recuerda sus silencios: "No era de dar grandes discursos, no hablaba demasiado ni monopolizaba el discurso. Le gustaba escuchar", señala a TN.com.ar.

¿De qué hablaron? "Yo era joven e inexperto, Borges llevó la conversación a dónde quiso. Obvio que habló de los sueños, de los otros, de filosofía, de todas las cuestiones que lo preocupaban tanto", rememora.

Para Morelli, Borges era muy confiado y accesible. "Una vez, fui a su casa para que me autografíe 100 ejemplares de libros para donar en mi localidad. Él estaba almorzando y dejó su comida para terminar con las firmas. Era muy generoso y chistoso". Después, Borges le dijo: "La próxima vez que se le ocurra una idea brillante como esta, aviseme antes".

Después de frecuentarlo en varias ocasiones, el escritor se enteró de la muerte de Borges por la televisión. Conmovido por la noticia, le escribió este poema (publicado en el libro "Los signos de fuego", Editorial Galerna, 1989).

Mire que venir a decirnos que infierno o paraíso | Borges

no son más que la brumosa esperanza de alguien que nos sueña |

que todos podemos ser cain y también abel | ángeles o demonios |

aquel judío que acabó en la cruz creyéndose el ungido

y Heráclito de éfeso, que se entregó al vértigo del infinito

Mire que venir a contarnos esas terribles historias

donde los mortales juegan a descifrar el álgebra secreta

de secretos dioses | sin sospechar que ellos son los descifrados |

donde un espejo puede ser un tigre que acecha en la memoria

y el futuro una nostalgia arrebatada para siempre

Mire que venir a hacerme creer ahora | Borges

que en un rincón de esta vana cosa llamada Buenos Aires

puedan existir un hombre ciego que entreteje simétricas ficciones

y un oscuro poeta enamorado de la muerte que le escribe estas palabras.



Fuente : Todo Nocias.com
Viernes 24 de Agosto del 2012
http://tn.com.ar/sociedad/conocio-a-borges-lo-frecuento-y-le-dedico-un-poema_267746




El jardín de los presentes que se bifurcan: Borges y Spinetta



por Miguel Vitagliano

Borges no lo esperaba en su casa, y Luis AlbertoSpinetta creía que simplemente estaba llegando tarde a la cita. Así fue el único encuentro entre ambos, a fines de los setenta. Y así, tal vez, sean todos los encuentros, una posibilidad ante senderos que se bifurcan en un jardín que contiene todos los presentes. Spinetta se había quedado con la idea de un periodista que quería entrevistarlos juntos, aún estaba agitado por el nerviosismo y la corrida de las dos últimas cuadras que pretendieron atenuar la demora; Borges ni siquiera conocía que alguien había tramado esa nota, que sin duda no pasó de ser una ocurrencia porque el periodista tampoco estaba allí. Los dos, sin embargo, se abstuvieron de entrar en explicaciones, de lo que para uno se trataba de la inesperada visita de un músico al que jamás había escuchado y de lo que para el otro era un encuentro aceptado con uno de los mayores escritores del siglo XX.

    Cada uno esperaba que la conversación la comenzara el otro. Spinetta rompió el silencio hablando de su admiración por el autor de Ficciones. Luego dijo que era padre de dos hijos. Un gesto condescendiente de cabeza como respuesta. Intentó con la literatura deslizando el nombre de Artaud. Borges: No lo conozco. Spinetta creyó que debía explicarle pero se contuvo, prefirió mencionar que había grabado un disco homenajeando a Artaud y Van Gogh. Otro gesto de cabeza, aunque esta vez el gesto borgeano fue acompañado por el recitado de El Cuervo de Poe. Spinetta se quedó asintiendo el pausado ritmo inglés de Borges sin saber cómo interrumpirlo o si debía hacerlo, escuchaba sin entender, sin poder preguntarse siquiera por qué ese poema. Fani apareció al rato desde un costado y Borges soltó: Permiso, me tengo que ir. Una señal curiosa, ya que era el otro el invitado a retirarse.
    Un encuentro sin relevancia, y aun así emblemático, acaso porque expande el fulgor hacia uno mucho más perfecto que habían tenido antes sin que lo advirtieran. Porque “La sed verdadera”, una de las canciones contenidas justamente en Artaud (1973), parece colarse a la perfección en el susurro de “Borges y yo”. En esa prosa poética de El Hacedor (1960) asistimos a la tensión entre dos Borges: el Borges público, autor, profesor, ese “a quien le ocurren las cosas”, y el otro de ese otro, sin nombre, un yo que vive, o que se deja vivir “para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica.” Borges recorre el desencuentro entre esos dos que serán tres al final de la página (“No sé cuál de los dos escribe esta página”) y algo semejante sucede en la canción de Spinetta, es un otro mayúsculo, la creación omnipotente, que toma la palabra del otro que busca la creación de un poema. El poeta y su arte, esquivo y siempre inalcanzable: “Sé muy bien que has oído hablar de mí / y hoy nos vemos aquí / pero la paz / en mí nunca la encontrarás.”
    Dos que se hacen tres y no uno. Y decir tres es apenas un modo de nombrar lo múltiple, lo que escapa a toda cuenta. El poeta sabe que no escribe para encontrarse, el poeta sabe que escribe para dejar de perderse. Por eso la misma pregunta incesante atraviesa también “La sed verdadera”: ¿Quién canta y desde dónde?

Por tu living o afuera de allí no estás
pero hay otro que está
y yo no soy
yo sólo te hablo desde aquí
él debe ser
la música que nunca hiciste

Perdiste la piel
creíste en todo lo que te pedí
nada salió de vos


Es de suponer que Borges jamás supo de la canción de Spinetta ni la oyó siquiera en la calle, mientras caminaba del brazo de María Kodama. La música de Spinetta siempre tuvo, y aún más en esos tiempos, un carácter intempestivo, esa incomodidad con la sintonía del presente, que sin embargo ha dicho tan bien. Valga como ejemplo de ese lugar cultural habitado a medias por entonces lo que sucede en Respiración artificial (1980), la novela de Ricardo Piglia en la que los personajes nunca vacilan en sus afirmaciones, sólo se confunden una vez y es asignándole a Spinetta una canción de Charly García. Borges ignoraba “La sed verdadera”, y acaso tampoco prestó atención a qué fue lo que motivó el recitado de El cuervo el día del encuentro. Es decir, indudablemente pensó en establecer la tensión entre la estética surrealista del estallido y el método lógico de composición de Poe. Pero no pensó en la imagen de ese cuervo golpeando una ventana, casi tan a destiempo como el llamado de Spinetta en la puerta de su casa. ¿Habrá pensado acaso en los cuervos de Van Gogh? Todo lo imposible se hace lugar, más después de conocer los dichos de María Kodama en una entrevista concedida a la BBC de 2008: a Borges le gustaba tanto la música de Pink Floyd que en sus cumpleaños pedía que le cantaran The Wall (1979) en lugar del Happy Birthday. Según María Kodama, vieron tantas veces la película que Borges conocía de memoria ciertos diálogos.
   
El pájaro no quiere morir en su jaula, las habladurías del mundo no pueden atraparlo.

Miguel Vitagliano
Buenos Aires, EdM, enero de 2012

Fuente : Escritores del Mundo

Borges, en estos días


Por Enrique Medina

Borges paga y el taxista le pregunta si necesita ayuda para descender. Responde que no, el escritor; tantea la manija y consigue abrir. Picotea con el bastón y se da cuenta de que el cordón de la vereda no está cerca. Maldice, entre dientes. Como el asiento es flojo y más bien bache que inflado cojín, debe hacer fuerza para erguirse y salir del pozo en el que está como chupado por una acaroinada sopapa de baño público. Exigiéndose, toma envión y, pum, se golpea en el marco de la puerta. No mucho, pero lo suficiente para volver a maldecir (ni insultar, ni putear, aunque está cerca). Alcanza la vereda. Se toca la cabeza para verificar algún resultado, sangre o chichón. Nada, todo bien, por suerte, salvo el dolor. El taxista se extiende por el respaldo de su asiento y cierra la puerta puteando a estos viejos de mierda. Borges, entre brumas, da los pasos ineludibles y choca con una fila de personas que discuten de fútbol. Consigue que una señora lo escuche y le confirme que sí, que un poco más allá está la Gerencia Operativa de Asuntos Previsionales del Gobierno de Buenos Aires. Agradece y se lanza a la aventura de acertar la puerta apropiada. Tras soportar varios choques y empujones de transeúntes que jamás agarraron un libro, logra ingresar al recinto deseado. Tenues colores y bultos sin forma se entrecruzan con voces equidistantes. “¿Qué busca?”, le pregunta alguien con tono de mando. Sorprendido, Borges balbucea una respuesta pobre. ¡Saque número!, le ordena el poste de alambrado. El pregunta “¿dónde?” “¡Allí, ¿no ve los papelitos con números?!”. Por la orientación que el mal aliento le indica, el poeta alcanza el objetivo. Pero parece que hay varias opciones. Por suerte una mujer (siempre la mujer, tan precisa y tan necesaria) le explica que los papelitos verdes son para determinados trámites y los azules para otros. Borges prefiere el azul, pero la mujer le dice que para lo suyo le corresponde el verde. Un señor se levanta y le cede el asiento. El agradece, se acomoda y apoya las manos en el vertical bastón; muestra el papelito y pregunta qué número le tocó. Se lo dicen y lo repite para memorizarlo. No los ve, pero conjetura la pasividad de quienes lo rodean. Sólo falta un patíbulo y que todos aplaudamos, piensa. Transcurrido el tiempo acostumbrado en estas circunstancias, cantan su número. Lo ayudan. Gracias al sustento del bastón evita irse de bruces al resbalar una grada. Llega a la mesa conveniente y le piden que se siente. El dice que viene a hacer la supervivencia y entrega el DNI. La persona que lo atiende le pregunta: “¿Qué es lo suyo?”. Borges no sabe si decir jubilación o beneficio, duda; entonces, antes de que pueda responder, el otro le inquiere:

–¿A qué se dedica?

–Escribo, gané un premio; cobro una mensualidad.

–¿Trajo el comprobante de supervivencia?

–¿Cómo? En las otras oficinas no me pedían nada, sólo el DNI.

–Eso era antes. Ahora hay que ir a la policía, pedir el comprobante de que usted está vivo y traerlo acá.

–Pero le acabo de entregar mi DNI. Y usted me está viendo.

–Falta el comprobante. Si no me lo trae no le puedo hacer la supervivencia. Y se va a joder porque no le depositarán la guita.

–No entiendo. Si yo no estuviera vivo no podría estar hablando con usted.

–Mire, no me haga perder tiempo, hay mucha gente para atender. Si no me trae el comprobante de supervivencia de la policía, usted para mí está muerto.

Borges duda. Abre la boca para ganar tiempo y pretextar algo, pero el empleado le repite: para mí, usted, está muerto. Algo confuso, más bien asustado porque ya se ve apretado en el ataúd, Borges trata de ordenar su repentino desorden interior; pero como no parece conseguirlo, resuelve enfrentar la situación con orgullo y le pide al robot si le puede hacer el favor de anotarle en un papel unas líneas para no olvidarlas. El otro, fastidiado, bufando, le dice que bueno, dígame. Y Borges le dicta:

–Hay un perfume a libro con madera. Todos, por gusto o complacencia, o a la fuerza, nos rendimos al punto de dejarnos quebrar la voluntad. Y un día cualquiera nos convertimos en esclavos de quien, supuestamente, nos jura amar.

Mirándolo con la cara, Borges indica con un efímero gesto que eso es todo, y extiende la mano para obtener el papel. El empleado se lo da preguntándole:

–¿Para qué es?

–Para escribir un cuento... Sólo un cuento de ciencia ficción sobre la supervivencia. Gracias.

Fuente : Pagina 12
Miércoles, 22 de mayo de 2013

domingo, 7 de julio de 2013

Tras las huellas de Borges



 Si hay un nombre que es sinónimo de Buenos Aires, es el del escritor Jorge Luis Borges. Su presencia se siente en casi cada esquina de esta diversa y maravillosa ciudad.

Juan Manuel Orbea

Todo camino a seguir es una toma de decisión. Y ésta, la mayor parte de las veces, nace de la subjetividad arbitraria del que decide –ya sea porque sí o porque no o tan sólo porque quién sabe– ir por ahí en lugar de por allá. Si Jorge Luis Borges se planteara esta disyuntiva, si acaso estuviera en la encrucijada en la que me encuentro a la hora de plasmar una hoja de ruta borgeana en Buenos Aires, probablemente pensaría en algún laberinto y sus infinitas bifurcaciones, o tal vez disertaría sobre el asunto, con afilada ironía e ilimitada sabiduría con el otro Borges, seguro riendo divertido frente al espejo.
Pero Borges no está acá. O en realidad está en todas partes de la capital porteña, multiplicado en cafés, casas, calles, librerías, plazas y hasta en la misma gente. Y para no seguir hablando de Borges –que es cosa seria y para gente seria– mejor iniciamos este no tan breve viaje –arbitrario pero interesante, subjetivo pero honesto– por su Buenos Aires; ahí, donde aún se lo puede ver y sentir caminando e imaginando historias.


1. Calle Jorge Luis Borges

Por esta calle (ex Serrano) deambuló sus primeros años de vida (de los 2 a los 15). Vivió en dos casas cuyas construcciones, por cierto, ya no existen: primero en el 2135, casa de su abuela Fanny y en donde el pequeño Georgie comenzó su estrecha relación con el habla inglesa. Al poco tiempo se muda al número 2147. Ahí inicia quizá su relación más íntima y profunda con los libros y sus entrañas: las palabras y las ideas, gracias a la memorable Biblioteca Borges. Y en Palermo (su “Palermo Viejo”) en este barrio arrabalero, de malevos y criollos, tan presente en su obra y tan adorado por su memoria, también descubrió el tango, viendo aquellos muy hombres bailando con hombres. Y se inspiró para escribir, entre otros, “Fundación mítica de Buenos Aires”, poema que deja constancia del lugar de su propia infancia: “Una manzana entera en mitad del campo /expuesta a las auroras y lluvias y sudestadas. /La manzana pareja que persiste en mi barrio: /Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga”. Y aunque hoy esta zona del barrio está absorbida por la moda y el consumo “in”, aún tiene mucho de aquellos tiempos, y por supuesto: de la sombra de Jorge Luis siempre omnipresente.

2. Fundación Internacional Borges


 También en Palermo, casi Barrio Norte, está esta fundación (Anchorena 1660; al lado de una de las casas donde vivió, en el 1672, y donde escribió el célebre cuento “Las ruinas circulares”), creada por su esposa y viuda, María Kodama. Buen sitio para continuar la ruta de Borges. Visitar el museo y disfrutar de la visita guiada es como internarse en un laberinto con muchas salidas, llenas de conocimientos, anécdotas y universo borgeano. En él uno se empapa de la visión universal de Borges a través de objetos, libros e historias que conforman su mente aléphica.

3. Cementerio de la Recoleta


 Quién lo dijera: en este lugar, donde caminó solo innumerables veces imaginando un nuevo cuento; o acompañado de su mejor amigo, Adolfo Bioy Casares, elucubrando alguna historia firmada por Bustos Domeq o polemizando sobre la dualidad de la muerte así como de la vida; aquí quiso ser enterrado. Pero sabemos que si algo no tenemos los mortales es poder de decisión una vez muertos. Y ni Borges se salvó de eso, que mora –por ahora– eternamente en Ginebra. Como sea, pasear por este cementerio es una experiencia tan literaria como borgeana, y en cualquiera de sus callejones podemos, quizá, con suerte, vislumbrarlo cruzar con su bastón, guiado por su talento hacia la inmortalidad que sus libros le dieron. O por qué no: visitando en silencio, entre lágrimas y risas, casi invisible, la tumba de su amigo.

4. La Biela


 Este bar (Quintana y Ortiz), en el barrio más aristocrático de la ciudad, tiene más de
150 años de existencia. Se llamó La Viridita, después Aerobar y, tras un infortunio automovilístico menor en 1950, La Biela. Este lugar, que mira frente al Cementerio de la Recoleta y la Iglesia del Pilar, es tan emblemático de la ciudad como Borges. Acá, el ilustre poeta, ensayista y cuentista pasó incontables horas de su vida en medio del bullicio de la alta y culta sociedad a la que, como la del arrabal palermitano, también perteneció. Nadie que venga a Buenos Aires puede dejar de tomar al menos un café (barato no es, para nada), y sentarse sea en la terraza frente al centenario gomero de ramas gigantes o adentro, junto a esa mesa con las esculturas de Borges y Bioy Casares, dos de sus más ilustrísimos clientes.
J.L.B. vivió a pocas cuadras de ahí (Quintana 263), donde escribió la mayor parte de su libro de cuentos más recordado: “El Aleph”.

5. Departamento de Maipú 994 (esq. M.T. de Alvear)

En pleno Microcentro residió Borges la mayor parte de su vida, en el departamento ‘B’ del 6to piso, con su madre y algunos años con su hermana. Ahí escribió innumerables obras. Alguna vez afirmó que de no tener que viajar, dar charlas, presentar libros y hacer tantas cosas a las que su condición le obligaba, se quedaría ahí leyendo y siempre leyendo. Dio en este lugar sus más memorables entrevistas. Sólo se fue por un tiempo cuando su primer matrimonio. Y cuando uno va al edificio (allá aquél que no toque el timbre y pregunte por él, aunque le respondan de mala gana) y busca su sombra por ahí, no puede salvo reír imaginando al a veces agnóstico y otras ateo rezando un Ave María sólo para hacer feliz a su madre.

6. Plaza San Martín

Ésta era una de las plazas que más frecuentaba el creador de “Ficciones”, más aún viviendo a menos de una cuadra del departamento de Maipú. Caminar por aquí pensando en él provoca otro tipo de sensaciones. Incluso, tras recorrer todos sus senderos y aristas, sentándose en uno de sus bancos (quizá frente a otro milenario gomero que cuida eternamente las espaldas del Libertador San Martín), para luego cerrar los ojos y tratar de sentir como lo hacía Borges cuando la vista comenzaba a fallarle y tuvo que sensibilizar el resto de sus sentidos. Ésta es, sin duda, una gran experiencia sensorial.

7. Gran Hotel Dora


 ¿Saben cuál era la comida favorita de Borges? Dicen por ahí que el arroz con manteca y queso rallado, acompañado de un vaso con agua. ¿Y su restaurante porteño favorito? Varios, muchos más que dos. Uno de ellos, quedaba –aún queda– a metros de Maipú 994, para ser exactos en el 963, en el Gran Hotel Dorá. Durantes los años ‘60 y ‘70 fue un habitué de este lugar. Y cuando llegaba –solo o acompañado de amistades cercanas–, fuera para almorzar, tomar el té o cenar, tenía una mesa reservada para él siempre, sin excepción. Este hotel es un clásico del Microcentro y un buen rincón en busca de las huellas borgeanas, para husmear el recuerdo de su sombra gastronómica.

8. Biblioteca Nacional

 
Desde el hotel hasta la calle México 564 es un lindo paseo, sea por Florida o por las semipeatonales paralelas como San Martín o Resistencia, y pasando por Plaza de Mayo y otros lugares llenos de nostalgia e historia. Recorrido que Jorge Luis Borges seguramente hizo innumerables veces para ir a esa dirección: la Biblioteca Nacional, de la que fue director durante 15 años (estuvo tres años más en la nueva sede de Agüero, que ayudó a crear). Hermoso edificio que hoy alberga el Centro Nacional de Música, aunque en su fachada aún se lee “Biblioteca Nacional”. Al lado está el edificio original de la Sociedad Argentina de Escritores, que Borges presidió en Monserrat y a pasos de San Telmo.

9. Calle Juan de Garay

El Aleph, ese punto en el espacio que contiene todos los puntos del mundo al mismo tiempo, el espejo y centro de todas las cosas, en el cual todo confluye y se refleja a la vez y sin sobreposición, según Borges de 2 a 3 centímetros de diámetro y parecido al cristal, es quizá el objeto más enigmático y célebre de toda su obra. Según el cuento, esa cosita que contiene todo el saber universal (entre otras interpretaciones, se dice representa una biblioteca con todos los saberes y cosas del universo viéndolas a la vez) se encontraba en el sótano de una vieja casa de la calle Garay. Obvio: los borgeanos de corazón no pueden dejar de ir a esa avenida y tratar de imaginar la casona en la que el autor de “Historia universal de la infamia” se inspiró. Recomendamos empezar desde la estación de trenes de Constitución y enfilar por Garay en busca de ese tiempo y el espacio y todas las cosas del cosmos reunidas en una.

10. Librería Clásica y Moderna


Para terminar la ruta borgeana, propongo visitar una librería (si las huellas de Borges pueden atraparse, no hay mejor lugar para hacerlo). Puede ser La Ciudad, en Galería del Este, a metros de su casa de Maipú que fue como su segunda casa; El Ateneo, ex teatro Gran Splendid, en Santa Fe 1860, una de las librerías más impresionantes y bellas del mundo –la segunda más linda, según el diario inglés The Guardian, y que por cierto J.L.B. no conoció-; o bien Clásica y Moderna. Esta librería, situada en Callao 892, es más que una librería. Es un bar, café y espacio cultural donde los libros saltan del papel a través de sus autores, quienes dan conferencias, charlas –que Borges también brindó–, presentaciones de libros, espectáculos escénicos y musicales. Este pequeño pero hermoso espacio asemeja un aleph interactivo dignísimo, sin duda, para cerrar con broche de oro esta subjetiva ruta. Porque para ir tras las huellas de Borges sobran rutas, tantas como sus laberintos.

Nota de la revista Cielos Argentinos

Fuente : Infonews


sábado, 6 de julio de 2013

La Calle Florida fue el refugio natural del genio Jorge Luis Borges



Fue un ícono de ese Buenos Aires literario, que tenía en la tradicional Calle Florida no sólo el paseo sino que reunía a los más selecto de las artes de ese tiempo, que aunque complejo en lo político no dejaba de tener ese encanto por el cultivo de las artes

La Calle Florida fue uno de los paseos preferidos de Jorge Luis Borges que recorrió innumerables veces del brazo de María Kodama.

En esas idas y venidas, Borges fue tejiendo su mundo de amistades eternas, porque los nombres que han quedado para la historia del arte argentinos en general.

Una de esas personas fue Amanda Ortega, fotógrafa que tenía su estudio cerca de la casa donde vivía Borges con Kodama. Amanda recuerda el momento del primer encuentro con el escritor en una bruma de ensueños y nostalgias: El encuentro fue “una mezcla de emociones y desequilibrio”, recuerda la fotógrafa. La pareja vivía a una cuadra de diferencia de su casa y Amanda los veía caminar por Maipú, Paraguay y Florida casi cotidianamente. En ese entonces, Amanda trabajaba para un fotógrafo y escritor para quién hacía laboratorio.

Dice Amanda: “Era para mí un placer verlo, siempre los seguía porque era muy estético, tan placentero, con tez de bebé, los zapatos tan lustrados y perfectos… ”

A partir de ese momento, juntos no sólo compartieron momentos de diálogo y sabores sino que nació una relación profesional de colaboración en proyectos como el libro El Atlas de Borges y un documental basado en un cuento del autor.

Así quedaron retratados para la eternidad todos los gustos y amigos de Borges, como la foto con su gato Freyja, motivo de especial atención por parte del escritor.

En esas fotos están también sus “talismanes” como llamaba Borges a sus objetos y que describió en un poema:  “Un ejemplar de la primera edición de la Edda Islandorum de Snorri, impresa en Dinamarca./ Los cinco tomos de la obra de Schopenhauer./Los dos tomos de las Odiseas de Chapman./Una espada que guerreó en el desierto./Un mate con un pie de serpientes que mi bisabuelo trajo de Lima”.

Se cuenta que mientras Borges repasaba verbalmente cada objeto suyo, la lente de Amanda iba congelándolos en el tiempo.

Sellado en el tiempo un Borges lleno de laberintos en emblemas tan difíciles a veces de comprender, como suele ocurrir con los genios; ése es el mundo del "viejo poeta ciego y sudamericano" ,

Un hombre contradictorio hasta la genialidad misma, "orillera", pero adverso al tango que provenía de esos lugares.

Quizás en partes, enemigo de lo vulgarmente campestre y provinciano, como Sarmiento, pero tan fundamental para la Argentina como el sanjuanino.-

Fuente : El Intransigente
Miércoles, 24/08/2011

La nena fantasma de la Galería Güemes: cuando Borges refutó a Saint-Exupéry




Jorge Luis Borges escribió sobre Sir Thomas Browne en la edición del 20 de agosto de 1929 del diario La Prensa: “Su vida es anticipación del peligro, la ensoñación, la apetencia de un sobresalto, no sólo dilatación: es el arribo inesperado de la nena fantasma de la Galería Güemes en la silenciosa madrugada de la calle Florida de una distante Buenos Aires”.

Que Borges mencionara, aunque sea al pasar y como figura de estilo, a la nena fantasma de la Galería Güemes es por lo menos interesante. Hay que poner atención a las fechas: 20 de agosto de 1929. Esa fecha da por tierra con una de las grandes pequeñas leyendas que tejen y discuten los escasos incumbidos: que la nena fantasma fue un invento de Antoine de Saint-Exupéry.

La Galería Güemes se inauguró en 1915 y hoy uno pasa por la puerta sin siquiera reparar en su existencia. No siempre fue así. Está en el 165 de la calle Florida y tiene salida a la calle San Martín. Al edificio lo diseñó Francisco Gianotti, el mismo arquitecto italiano que proyectó El Molino (en la esquina del Congreso, hoy abandonado), y en 1915 sus 14 pisos y 87 metros de hormigón armado lo convirtieron en el primer rascacielos porteño. Tenía teatro, cabaret, restaurantes, tiendas, oficinas y viviendas; arriba, desde el mirador, se veía la costa uruguaya. “La Babel de Yanquilandia transplantada a tierra criolla”, escribió Roberto Arlt, “con sus bares automáticos, sus zapatos amarillos, las victrolas ortofónicas, los letreros de siete colores y las girls dirigiéndose a los teatros con números de variedades que ocupan los sótanos y las alturas”. El edificio se considera una de las obras más importantes del Art Noveau y el día de la inauguración estuvo el presidente Victorino de la Plaza. Ricardo Rojas dio un discurso por la ocasión.

“Recuerdo sobre todo olores y sonidos ―escribió Julio Cortázar en “El otro cielo”―, algo como una expectativa y una ansiedad, el kiosco donde se podían comprar revistas con mujeres desnudas y anuncios de falsas manicuras, y ya entonces era sensible a ese falso cielo de estucos y claraboyas sucias, a esa noche artificial que ignoraba la estupidez del día y del sol ahí afuera”.

 
La historia de la nena fantasma es uno de los tantos relatos de aparecidos que los viejos de hace mucho contaban a los niños que ya se volvieron ancianos y murieron. Algunos pocos relatos sobreviven, quién sabe cómo: por referencias doctas, por guiños para enterados (como el de Borges), por afinidad barrial. El de la nena fantasma es básico, pero persistente: el alma en pena de una chiquilla que merodea la Galería Güemes, que a veces se aparece en la calle Florida, siempre en las madrugadas y ante testigos solitarios. Una versión dice que se trata de una niña que falleció en el barco que traía los mármoles para la fachada; lo interceptó un submarino alemán y lo hundió. Otra versión habla de muerte por pulmonía y que su padre, un artista de época, asediado por el dolor, se suicidó en el edificio (saltó desde un piso superior y destrozó los vidrios de la cúpula). Otra versión sitúa a la niña en el incendio de 1971 que quemó su fachada original; pero Borges ya la mencionaba décadas antes.

Saint-Exupéry vivió en el sexto piso de ese edificio durante más de un año. Allí escribió su libro Vuelo nocturno y una gran cantidad de cartas en las que enfatizaba cuánto odiaba Buenos Aires. La Compañía Aeropostal La Argentina, filial de la Compagnie General Aeropostale, lo había nombrado inspector de zona. Su misión era organizar y pilotear los primeros vuelos nocturnos en el sur del país. Tenía veintinueve años y era un tipo raro. Su mascota era una foca, a la que mantenía en la bañera; la portera la alimentaba con pescado.

Dicen ―se dijo muchas veces― que Saint-Exupéry, odioso de Buenos Aires, con su foca en la bañera y desdeñoso de las chicas de los espectáculos de variedades, pergeñó la historia de una nena fantasma que recorría los pisos del edificio. El comentario de Borges deslegitima la afirmación: el 20 de agosto de 1929, cuando La Prensa publicó el texto sobre Sir Thomas Browne, Saint-Exupéry no conocía Buenos Aires más que por fotos o por mapas o por rumores de alcoba. Llegó al puerto recién el 12 de octubre de ese año.

El origen de la historia de la nena fantasma ―si es que las historias de nenas fantasmas deben tener un origen― estaba escondido bajo otro cielo. Bajo el cielo de Saint-Exupéry, sólo había sitio para focas en la bañera.

Fuente : Nerds All Star


ENCUENTRO DESCONOCIDO CON JORGE LUIS BORGES





Por Pablo R. Bedrossian

“Los católicos (léase los católicos argentinos) creen en un mundo ultraterreno, pero he notado que no se interesan en él. Conmigo ocurre lo contrario: me interesa y no creo”

Jorge Luis Borges


10 de septiembre de 1984.

-  ¡Hola! Con Jorge Luis Borges, por favor.

-  Borges habla.

-  Mucho gusto. Soy un joven lector que desea  conocerlo.

-  ¿Tendría Ud. Inconveniente en acompañarme a dar  un paseo? El médico me recomendó caminar treinta cuadras por día.

-  Cómo no.

-  Véngase que lo espero.

De inmediato me dirigí a su departamento ubicado en la calle  Maipú 994, 6o piso, departamento B, a pocos metros de la plaza San Martín, en el corazón de Buenos Aires.

Cuando llegué estaba desayunando. En el saludo reconocí la  voz trémula y pausada que tantas veces había oído por radio o por televisión, y que aquella mañana me había respondido por teléfono.

Frente a mí estaba un anciano ciego sumamente cortés y de gestos sencillos. Las arrugas sobre la frente rosada delataban el paso de los  años. No sin asombro advertí que ese hombre era parte de la historia del país,  que era el símbolo por excelencia de las Letras argentinas y que, además, era  el creador de una obra tan sublime que ya no le pertenecía: se había hecho  universal y, en consecuencia, pertenecía a todos los hombres.

Un corresponsal  de la agencia de noticias ANSA lo entrevistaba debido a la proximidad de un viaje a Italia. Aproveché para observar la apacible habitación. Había una vasta
biblioteca ocupada por los voluminosos tomos de una antigua enciclopedia en castellano, otras cuyos anaqueles estaban poblados por obras en inglés, francés y alemán, y en un rincón, una tercera, con títulos en los mismos idiomas. El cuarto no presentaba una ornamentación excesiva; sólo algunos cuadros con imágenes de sus antepasados o de contenido fantástico y unos pocos de los  premios recibidos.

El periodista al despedirse dijo:

-  En Roma nos vemos con el “Polaco” (en alusión a  Karol Wojtyla, el papa Juan Pablo II).

-  Está equivocado. No pienso ir a verlo… Debo ser
el único.

-  Yo tampoco iría a verlo.

Mi intervención los sorprendió. Borges preguntó:

-  ¿Por qué?

-  No soy católico. Soy cristiano y asisto a una iglesia evangélica.

-  ¿A cuál?

-  A una bautista.

-  ¿Ud. sabe? Tenía una abuela protestante. Un bisabuelo mío era pastor metodista. Además -refiriéndose a la iglesia  católica-, eso de la salvación por las obras nunca lo entendí.

Luego entró una mujer de aspecto europeo  y le entregó la traducción de uno de sus
libros a una lengua nórdica. Finalmente iniciamos la caminata.

Con Borges por la calle  Florida

Una mañana luminosa nos encontró caminando por la calle  Florida. Mientras con su mano derecha se aferraba a un pintoresco bastón que le  habían regalado en la provincia de Misiones, con su brazo izquierdo se tomó  fuertemente de mi brazo derecho.

-  Téngame fuerte –me dijo- que ando medio  “tembleque”.

-  Don Jorge…

-  Por favor, llámeme Borges.

-  Borges, cuántos personajes vivirán dentro suyo.

-  Se equivoca. Soy yo en diversos estados de  ánimo. Pero, joven, hábleme de su iglesia.

Aunque  sabía de su dilatado interés en todo lo atinente al terreno teológico, la
insistencia me sorprendió. Más aún cuando recién iniciábamos el diálogo.

-  Mire, nosotros no creemos en una religión sino en una persona: Jesucristo.

Allí mismo le hablé del amor de Dios, del arrepentimiento y la fe.

-  Y Ud., Borges, ¿en qué cree?

-  Bueno, yo soy ateo.

-  Déjeme preguntarle de otro modo. ¿Cree en una vida eterna?

-  No.

-  ¿Cree en la resurrección de Jesucristo?

-  Tampoco

-  ¿Y en Jesucristo como ser histórico?

-  Desde luego. Si no, tendría que pensar que los cuatro más grandes escritores de la antigüedad fueron cuatro novelistas.

Conocía muy bien su obra y jamás había leído o escuchado de él esta sentencia. Ambos sonreímos. Obviamente la novela era un género desconocido en dicha época.

Entre tanto la gente se detenía para mirarnos o saludarlo. Un joven fotógrafo comenzó a disparar su cámara insistentemente. Borges le preguntó a qué medio pertenecía. Cuando respondió “Editorial Atlántida”, el anciano comenzó a lanzar furibundos bastonazos ante el asombro del fotógrafo que huyó raudamente. No sin amargura declaró.

-  Son unos estafadores.

La charla fue progresando por diversos caminos. Hablamos de los pueblos: La cortesía de los japoneses, el sufrimiento de los armenios y los problemas argentinos

Pero una y otra vez volvíamos al tema del evangelio. Allí  mismo le relaté mi experiencia de fe.

-  Pero, Ud., joven, no se convirtió en ese  momento.

-  ¿Cómo?

-  Pienso que en realidad fue un proceso.

-  Sin embargo -le aclaré-, lo esencial es que en  ese momento tuve conciencia: En ese instante comprendí lo que Cristo había  hecho por mí.

Nuestra conversación iba adquiriendo un sentido  trascendente.

-  ¿Sabe, Borges? Platón dijo: “Fácilmente perdonamos a un niño que le teme a la oscuridad. La gran tragedia de la vida es  que los hombres le temen a la luz”.

-  ¡Qué lindo!

-  Pero Schweitzer dice algo más terrible al respecto: “La gran tragedia de la vida es lo que muere dentro del hombre mientras él vive todavía”.

-  Es cierto. ¿Sabe? Yo ahora hago todas las cosas  como si fueran la última vez. Cada acto es una despedida.

Hombres y mujeres que se acercaban para expresarle su cariño interrumpieron nuestro diálogo infinidad de veces. Una señora mayora exclamó emocionada:

-  ¡Maestro! ¡Maestro!

-  No me llame maestro. Maestros son los clásicos.  A mí llámeme simplemente Borges.

Al mencionarle el alto afecto de la gente, y en tono de confidencia para exagerar el sarcasmo dijo:

-  Es un secreto. Contraté a una agencia de publicidad. Por favor, no se lo cuente a nadie.

-  ¿No se cansa de atender a tanta gente?

-  Me parece -confesó en con resignación- que a la  agencia de publicidad le pagué demasiado…

Los libros y la memoria

Llegamos a “El Ateneo”. En la distinguida librería recibieron a Borges como un prócer o mito viviente. Nos rodeó una veintena de empleados que lo saludaron con esmerado respeto. Borges quería un libro de sonetos de Enrique Banchs para una antología que estaba preparando.  Aproveché para regalárselo y, con una desvergüenza propia de un alucinado, le escribí una dedicatoria.

Emprendimos el regreso subiendo por la avenida Corrientes y luego por la calle Maipú. Los temas de conversación eran variados y sus opiniones los hacían interesantes. Hablamos de Emerson y Withman, de la cultura universal y la nacional, de libros y editores, del Buenos Aires antiguo, de algunos de sus cuentos. Al pasar por la esquina de Maipú y Tucumán dijo:

-  Yo nací a dos cuadras de aquí. En ese entonces no había casa de altos.

-  En sus libros, Ud. manifiesta un amor muy grande por la vieja ciudad y un conocimiento profundo de la vida en las orillas y en  los arrabales.

-  Sí. La secta del coraje. Eso era anterior a la Ley Sáenz Peña. Los cuchilleros que nombro eran hombres de caudillos conservadores. Entre la ex Penitenciería de la avenida Las Heras, la Recoleta y el río había una zona brava denominada Tierra del Fuego. También del otro lado del arroyo Maldonado, a la altura de Coghlan y Saavedra, había otro territorio que los malevos llamaban la Siberia.

-  Recién nombró la Recoleta. La menciona  frecuentemente en sus poemas. ¿Tanto le gusta?

-  No crea. El otro día fui a caminar por el cementerio. Allí descansan los restos de mis padres. En ese momento pensé: ‘si mis padres están en algún lugar seguro que no es en este sitio donde todo es polvo y corrupción’.

-  Borges, Ud. cree en Dios.

-  No, yo soy ateo.

-  Sin embargo, Ud. vive perseguido por la idea de Dios. Es una obsesión que revela en casi todos sus cuentos. La cuestión es que no basta con creer. Eso no le sirve de nada si no hay una experiencia de fe, una entrega,

Llegamos a su casa. Me hizo pasar nuevamente antes de la despedida.

- Cuando quiera, vuelva a llamarme.

Lo miré por última vez como quien mira un recuerdo antiguo, próximo y querido. Me fui pensando en aquel escriba del que Jesús dijo que no estaba lejos del reino de Dios, y me pregunté si, aún en el ocaso de su vida, Borges se animaría a entrar.

Epílogo

Publiqué este diálogo en El Expositor Bautista de agosto de 1986. Borges había muerto en Ginebra en junio de ese año. Cuando nos encontramos él tenía 85 años, y yo apenas 25.

En esta edición 2011 agregué al texto original algunas notas que recuperé de mi diario, sabiendo que otras que se habrán perdido para siempre. Sin embargo, quiero rescatar algunos detalles. Omití mencionar, por ejemplo, que antes de salir a caminar Borges desayunó, luego se fue afeitar, y que inició nuestro diálogo sentado en su sillón. También que cada vez  le hablaba de su obra se mostraba esquivo, pero cuando mencionaba la de otros se conmovía.

La frase más extraordinaria, y que no he encontrado en ninguna de sus obras ni en sus declaraciones, es la referida a los evangelistas (los autores de los  evangelios).

Lo que presento es la  médula del encuentro y el epígrafe con que la encabezo se encuentra en su ensayo “Leslie D. Weatherhead: After Death”, en su libro “Discusión”, incluido  en las Obras Completas 1923-1974, 13ª impresión, pg.282.

Fuente : Pablo Bedrossian


jueves, 4 de julio de 2013

Como Jorge Luis Borges “intertextualizó” una narración de Napoleón



Un conquistador, militar y emperador famoso, que a su vez fue un escritor frustrado, le proporciona un tema a otro narrador, que era un hombre pacífico, tranquilo y refugiado en la biblioteca

En abril de 1789, el subteniente de artillería Napoleón Bonaparte escribió en el cuartel de Auxonne, donde estaba asignado, una narración corta titulada Le Masque Prophète (La máscara profeta). Ambicionaba ser escritor.

Se trataba de un falso profeta. Sin saberlo, prefiguró a uno similar con el que tuvo que enfrentarse como conquistador de Egipto diez años más tarde. El mahdi que sufrió el general Bonaparte llamó a la Jihad, recorría desnudo el delta del Nilo, se alimentaba solamente de la humedad de la leche en sus labios, y prometía a sus seguidores que las balas de los franceses caerían a sus pies sin tocarlos. Sólo que las balas alcanzaron en pleno rostro a los incautos que creyeron en el supuesto descendiente de Mahoma, los franceses terminaron con la sedición pero el mahdi desapareció y nunca fue encontrado.

Aseveraba Napoleón en su noveleta: “En el año 160 de la Hégira, Mikadi reinaba en Bagdad. (…) Temido y respetado por sus vecinos, hacía florecer las ciencias y acelerar el progreso, cuando la tranquilidad fue alterada por Hakem, quien, desde el fondo del Korassan, comenzó a procurarse seguidores provenientes de todas las partes del Imperio. Hakem (…), de alta estatura, se decía enviado de Dios; preconizaba una moral pura que complacía a la multitud; la igualdad de rangos y fortunas era el texto ordinario de sus sermones. El pueblo se colocaba bajo su mando. Hakem tuvo un ejército. El califa y los grandes comprendieron la necesidad de sofocar una insurrección tan peligrosa; pero sus tropas fueron vencidas muchas veces, y Hakem adquiría cada día una nueva preponderancia. No obstante, una enfermedad cruel, consecuencia de las fatigas de la guerra, arribó para desfigurar el rostro del profeta. Ya no era el más bello de los árabes. Sus rasgos nobles y severos, sus grandes ojos llenos de fuego estaban desfigurados; Hakem había enceguecido. Este cambio hubiese podido apagar el entusiasmo de sus partidarios. (…) Convenció (a sus seguidores) con que si llevaba la máscara era para impedir que los hombres fueran cegados por la luz que salía de su figura”.

En 1935, Jorge Luis Borges incluyó su relato El tintorero enmascarado Hákim de Merv en Historia universal de la infamia. Comienza Borges: “Si no me equivoco, las fuentes originales de información acerca de Al Moqanna, el Profeta Velado (o más estrictamente, Enmascarado) del Jorasán, se reducen a cuatro: a) las excertas de la Historia de los jalifas conservadas por Baladhuri, b) el Manual del gigante o Libro de la precisión y la revisión del historiador oficial de los Abbasidas, ibn abi Tair Tarfur, c) el códice árabe titulado La aniquilación de la rosa, donde se refutan las herejías abominables de la Rosa oscura o Rosa escondida, que era el libro canónico del Profeta, d) unas monedas sin efigie desenterradas por el ingeniero Andrusov en un desmonte del Ferrocarril Trascaspiano”.

Sin duda, Borges leyó el “original” de su texto: el del joven Napoleón, de 19 años. Hakem se convierte en Hákim, Korassan (en francés) es Jorasán. Donde Napoleón dice “en el año 160 de la Hégira”, Borges le quita cuarenta: “A los 120 años de la Hégira y 736 de la Cruz, el hombre Hákim, que los hombres de aquel tiempo y de aquel espacio apodarían luego El Velado, nació en el Turquestán.”
Con la división dentro del relato que tituló El profeta velado, la referencia a lo escrito por Bonaparte es directa. Y con anterioridad a esta parte, Borges dice: “Alguien había traído un leopardo —tal vez un ejemplar de esa raza esbelta y sangrienta que los monteros persas educan. Lo cierto es que rompió su prisión. Salvo el profeta enmascarado y los dos acólitos, la gente se atropelló para huir. Cuando volvieron, había enceguecido la fiera. Ante los ojos luminosos y muertos, los hombres adoraron a Hákim y confesaron su virtud sobrenatural”.

Continúa el escritor argentino argumentando que el historiador oficial de los Abbasidas narra sin entusiasmo los progresos de Hákim el Velado en el Jorasán, una provincia que “abrazó con fervor la doctrina de la Cara Resplandeciente y le tributó su sangre y su oro”.

Lo que fundamentalmente difiere entre ambos, es el fin de Hakem/Hákim. En el cuento de Napoleón, tras una derrota propinada por las tropas del califa, fue asediado y Hakem se inmola junto a sus últimos fieles por medio del fuego. Solamente sobrevivió la amante de Hakem. En el relato de Borges, los partidarios comienzan a sospechar que el profeta enmascarado no es sino un leproso, y cuando lo constatan, lo atraviesan con lanzas. Pero, también como en Napoleón, el final del falso profeta ocurre cuando es asediado “por el ejército del jalifa”, escribe Borges. Y si para Napoleón, la amante de Hakem fue la única sobreviviente entre los sectarios, para Borges es una mujer adúltera del harén la que, al ser estrangulada por los eunucos, grita que a la mano derecha del profeta le faltaba el dedo anular y que carecían de uñas los otros. Lo cual indicó la pista de la lepra.

Puede considerarse que lo escrito por Borges, a partir del original de Napoleón, es otro ejercicio intertextual suyo. Eso sí, el relato borgiano es notablemente mejor que el del joven Bonaparte, en quien se siente una cierta prisa, o algunas frases muy radicales, como esa de “la igualdad de rangos y fortunas” u otra que apunta al “ furor de la ilustración”. Lo que no puede determinarse es si a su vez Napoleón realizó otro “ejercicio intertextual”, lo que en su época no se denominaba así. O sea, es probable que se haya basado en el texto de otro autor, o en varios, y lo haya acomodado a su guisa. (Tampoco puede descartarse que haya sido un producto de su sola imaginación, porque le gustaban esos inventos fantasmagóricos de máscaras y velos).

Preferiría conjeturar, sin embargo, que Borges no leyó lo escrito por el entonces teniente de artillería. Porque así, el tema de la asombrosa concordancia, más borgiano no puede ser: los textos y sus variantes que se contienen en uno solo.

Hay, no obstante, una huella que sugeriría que Borges sí leyó el relato de Napoleón. Es la del escritor francés León Bloy (1840-1917).

La deuda de Borges con Bloy era grande. En el prólogo a Artificios (que forma parte de Ficciones, 1944), lo menciona en su corta lista de siete autores a los que siempre releía. Con posterioridad, le dedicó el ensayo El espejo de los enigmas (en Otras inquisiciones, 1952).

Borges parte de que el pensamiento de la Sagrada Escritura posee un valor simbólico, además del literal, el cual “no es irracional y es antiguo”. La “historia del universo”, que incluye “nuestras vidas y el más tenue destello de nuestras vidas”, tiene un “valor inconjeturable, simbólico”, el cual no es un “trecho infinito”: “Muchos deben haberlo recorrido; nadie, tan asombrosamente como León Bloy”.

Según Borges, Bloy “no imprimió a su conjetura una forma definitiva”, pero ésta se desprende en “versiones o facetas distintas”. Son seis (y no espera agotarlas, advierte). La sexta es la de 1912, con El alma de Napoleón (libro de Bloy que inspiró el filme de Abel Gance), “cuyo propósito es descifrar el símbolo Napoleón (cursivas de Borges), considerado como precursor de otro héroe —hombre y simbólico también— que está oculto en el porvenir.” Borges cita dos pasajes de Bloy. Retengo un fragmento de uno: “La historia es un inmenso texto litúrgico donde las iotas y los puntos no valen menos que los versículos o capítulos íntegros, pero la importancia de unos y de otros es indeterminable y está profundamente escondida”.

Si se cambia historia por literatura en la frase de Bloy, el sentido borgiano es cabal. Alguien como Napoleón, quien, pese a que algunos entusiastas lo catalogaron el mejor escritor francés del siglo XIX por la concisión de sus proclamas al ejército, no fue sino un escritor frustrado, le proporcionó un tema casi íntegro a un Jorge Luis Borges.

Fuente : Canasanta.com