lunes, 17 de mayo de 2010

Borges y el dólar



Por Alberto Rojo

Critica - 09.02.2010

Hay un pasaje de “El otro”, el cuento de Borges, que me intrigó por décadas. Recuerdo la respuesta que me dio Gustavo Bravo Figueroa, mi profesor de Literatura del secundario, cuando le consulté mi duda: “Con la situación del hambre en el mundo y la posición de Independiente en la tabla tú te preocupas por esas extravagancias, Rojo”.

Sé que su frase no era de desdén sino de estímulo, don Gustavo. Usted murió hace años pero le interesará saber que hoy tengo en mis manos la respuesta.

Como todo lo que es de Borges, el cuento no tiene un tema sino muchos. Tantos –quizás ésa sea la clave de su brujería– como lectores y críticos. Para Fernando Savater es el desdoblamiento del yo; para Emir Rodríguez Monegal, la aversión sexual; para Ezequiel de Olaso, el idealismo de Berkeley; para Helen Calaf de Agüera, lo ilusorio de la existencia; para Julie James, la memoria. A mí me gusta la idea del viaje en el tiempo.

En el cuento, dos Borges se encuentran en un banco al borde de un río. Uno cree que está al borde del Ródano, en Ginebra, en 1918. Para el otro es el río Charles, en Cambridge, en 1969. Una discrepancia de “ahoras” de 51 años y 6.000 kilómetros. En la conversación se plantean cuál es el verdadero Borges. El joven se pregunta cómo es posible que el otro no recordara ese encuentro y de ese modo plantea la paradoja central del viaje en el tiempo.

La paradoja aparece en varios cuentos de ciencia ficción y es muy clara: supongamos que un hombre viaja atrás en el tiempo y mata a su padre antes de que conozca a su madre. Eso quiere decir que no podría haber nacido y obviamente no podría haber viajado para atrás en el tiempo. Por lo tanto su padre está vivo y el viajero podría nacer y podría viajar en el tiempo y matar a su padre. La paradoja lógica está en que cada posibilidad implica su propia negación.

¿Es, entonces, completamente imposible el viaje en el tiempo? La cosa no es tan clara. La pregunta siempre inquietó a Einstein, ya que la teoría de la relatividad admite ciertas soluciones donde la distinción entre el “antes” y el “después” se pierde para puntos muy lejanos en el espacio y en el tiempo. El primero en mostrarlo matemáticamente fue el lógico Kurt Gödel en 1949, aunque su solución corresponde a un universo rotante que no es el que habitamos. En 1986 Carl Sagan publicó Contact, una novela de ciencia ficción en la que describe un wormhole, o “agujero de gusano” (una de las soluciones de las ecuaciones de Einstein que conectan puntos lejanos de un mismo universo) construido por una civilización antigua para realizar viajes súper rápidos. En 1988, inspirados por la novela, tres cosmólogos, Michael Morris, Kip Thorne y Ulvi Yurtsever, publicaron un artículo en el que especulaban que si se tenía en cuenta la física cuántica, el viaje en el tiempo a través de estos wormholes era posible, aun cuando las implicaciones –el autoinfanticidio por ejemplo– fueran absurdas. En un trabajo de 1991 Stephen Hawking conjetura lo contrario con un mecanismo que llama de “protección cronológica” que imposibilita el viaje en el tiempo. En el último párrafo del artículo dice: “Hay evidencia experimental a favor de esta conjetura en el hecho de que no estamos invadidos por hordas de turistas del futuro”.

Otro trabajo, también de 1991, del físico David Deutsch, sugiere que sí es posible y, sin decirlo, lo propone dentro de una teoría, de 1957, que en el fondo es borgeana: la interpretación de los muchos mundos de la física cuántica, que Borges anticipara literalmente en “El jardín de senderos que se bifurcan”. Según esta teoría, en cada decisión el mundo se ramifica y en cada rama, existimos con una historia personal diferente. Entonces, según Deutsch, el viajero podría ir para atrás en el tiempo e ir a parar a una rama de la historia distinta de aquella en la que empezó. Carl Sagan va más allá y propone que quizá los turistas del futuro de Hawking en verdad existen y no los reconocemos.

Extrapolo esta idea y me pregunto: ¿habría sido Borges, el escritor que mejor escribió sobre el tiempo, un viajero del futuro? ¿Podría haber sido verídico el encuentro entre los dos Borges? Borges se protege contra esta supuesta excentricidad en “El otro” y propone decidir cuál de los dos es un sueño usando un artificio inspirado en Coleridge (“Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor”). El Borges adulto le da al joven un “billete americano” y el joven un escudo de plata. “No puede ser”, grita el joven, “lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro”. Y luego Borges aclara que alguien, meses después, le dijo que los billetes de banco no llevan fecha. Ésa fue la pregunta que le hice a Bravo Figueroa y que siempre quise aclarar.

Todos los dólares de hoy tienen fecha y para aclarar del todo mi duda decidí contactarme con la American Numismatic Association y conseguir un billete con fecha de mil novecientos sesenta y cuatro. El trámite me llevó más de un año ya que me refirieron de uno a otro coleccionista hasta que por fin di con el correo electrónico de un tal Dugas Kline y se lo compré por PayPal, bastante caro. En el ínterin encontré una entrevista de Marcos Benatán, en un libro de 1978, donde Borges reconoce que los dólares tienen fecha, y que “alguien” le había dicho que no. Pregunté mucho pero no pude averiguar quién era ese alguien. Ahora bien, como bien puntualiza Julie James en un artículo de 1999, en la primera edición del cuento el billete tiene fecha de 1964 pero en ediciones siguientes de 1974. La primera edición inglesa de “El otro” en inglés, de 1971, fue publicada en Playboy y no pude conseguirla porque la biblioteca lamentablemente no está suscripta, pero me dicen que dice 1964.

¿Por qué Borges no cambió la frase si sabía que los billetes tienen fecha? ¿Por qué el cambio de fechas en distintas ediciones? Cuando ayer por la tarde el cartero me trajo el sobre pensé que por fin aclararía mi duda. Pero sentí cierto temor, seguramente infundado, cuando vi que la dirección del remitente era de la calle Endicott, en Cambridge, a metros de donde hay un banco al borde del río Charles. Palpé el sobre y sentí que contiene una moneda. Todavía no lo abrí.

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