viernes, 12 de octubre de 2012

EL EVANGELIO DE JUDAS 




National Geographic Society


Se denomina Evangelio de Judas (o Evangelio prohibido de Judas) a un evangelio utilizado, según testimonios de los Padres de la Iglesia, por la secta gnóstica de los cainitas. Fue compuesto probablemente durante el siglo II. Este evangelio se creía desaparecido, pero durante los años 1970 fue hallado en Egipto el códice Tchacos copto del siglo IV (supuestamente traducción de un original griego) en el que aparece un texto que parece corresponder al Evangelio de Judas mencionado en la literatura cristiana primitiva. En 2006 la organización National Geographic Society hizo público su trabajo de restauración y traducción del manuscrito. También en ese mismo año la organización National Geographic Society elaboró un video documental titulado "The Gospel of Judas" (El Evangelio de Judas).

En el texto se hace una valoración positiva de la figura del apóstol Judas Iscariote, que en los cuatro evangelios canónicos es considerado como traidor a Jesús. Según este evangelio gnóstico, Iscariote fue su discípulo favorito, y si entregó a su maestro a las autoridades romanas fue en cumplimiento de un plan previsto por el propio Jesús.

En 2007, tras revisar una transcripción del manuscrito, la biblista April D. DeConick, profesora de la Universidad Rice (Estados Unidos), rechaza esa interpretación argumentando errores de traducción.El 21 de marzo de 2008 el experto en copto Marvin Meyer, que formó parte del equipo de traducción de National Geographic, rebate las conclusiones de DeConick defendiendo la traducción original con base en otros textos gnósticos.

Fuente : You Tube
http://www.youtube.com/watch?v=CQnyRmGtkr8
 

miércoles, 10 de octubre de 2012

Hola Spinoza, soy Borges 



 Por Álvaro Abós

Jorge Luis Borges quiso escribir un libro sobre Spinoza, para lo cual reunió una profusa bibliografía sobre el autor de la Etica, de la que poseía versiones en múltiples lenguas, entre ellas castellano, francés, inglés y alemán. "Me he pasado la vida explorando a Spinoza", confesó Borges. Sin embargo, nunca escribió ese libro, aunque, con el intervalo de diez años, compuso dos sonetos en homenaje al filósofo. ¿Por qué un hombre que dedicó una larga vida productiva a la literatura —Borges empleó más de seis décadas de su vida en escribir— no pudo llevar a cabo ese proyecto? ¿Qué se lo impidió? Existen algunos indicios de que la resistencia de Borges —dotado de un gran sentido de la reserva, alguien cuya notoriedad no buscada lo colocó, en las últimas dos décadas de su vida, en la mira de los medios de comunicación, incluso de aquellos más sensacionalistas, y que al enterarse de que padecía un cáncer incurable decidió, contra todos los condicionamientos familiares e ideológicos, mudarse, para morir en paz, a una ciudad extranjera— para escribir finalmente el libro que anhelaba sobre Spinoza era la misma que sentía para hablar de sí mismo. "Junté los materiales", admitió, "y luego descubrí que no podía explicar a otros lo que yo mismo no puedo explicarme".


Esa sospecha se incrementa leyendo la transcripción del diálogo que Borges sostuvo con el público que asistía, la tarde del 16 de enero de 1981, a su conferencia sobre Spinoza en el salón de actos de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.1 Uno de sus oyentes, uno de los psicoanalistas que estaban allí aquella tarde, le preguntó por que había dicho Borges que Spinoza nunca podría haber hablado con Quevedo. Debe explicarse que antes, en otro momento de la conferencia, Borges se había maravillado de que en la biblioteca del filósofo de La Haya estuvieran Cervantes y Quevedo. Y Borges, ante la pregunta de su interlocutor, se explayó sobre la desmesura de Quevedo. Pero lo hizo de una manera sorprendente, de una manera que instala la hipótesis en la que se basan estas líneas. Es sorprendente, en efecto, la forma que tuvo Borges de aludir a ese triángulo (Spinoza—Borges—Quevedo). En la tarde de ese 16 de enero de 1981, en la casa de los psicoanalistas de Buenos Aires, Borges dijo, textualmente, estas palabras: "Al decir Spinoza creo que pensé en mí. Yo no podría conversar con Quevedo".

Cuando Borges, aquel 16 de enero de 1981, habló ante los psicoanalistas de Buenos Aires, aún estaba alineado junto a la dictadura que entonces regía el país. Había accedido a comer con Videla, lo elogió, se dejó condecorar por Pinochet, alentaba un golpe de Estado contra James Carter.

Pero las cosas habían cambiado cuando Borges volvió a hablar sobre Spinoza, otra tarde, la del 1o. de abril de 1985, en la Sociedad Hebraica Argentina. Entre ambas fechas, en realidad a fines de 1981, antes de la guerra de las Malvinas, en un documental para la bbc, hablando en inglés, había dicho: "Al ser ciego, y no leer los diarios, yo era muy ignorante. Pero la gente vino a mi casa a contarme historias tristes sobre la desaparición de sus hijos, esposos, así que ahora estoy bien enterado... Ahora lo sé todo sobre esa miseria y esos crímenes...".

Entre una y otra fecha, discretamente, sin alharacas, algunas madres habían subido, una y otra vez, al modesto séptimo piso de la calle Maipú, para hablar, en susurros, poco menos que en secreto, con Borges.

Un poco más de tres siglos antes también hubo visitas discretas en la modesta casa de pensión del decorador Van Deer Spick en la Pavilgongracht de La Haya, en uno de cuyos cuartos vivía el filósofo y pulidor de lentes Baruj Spinoza. Un sombrío carruaje negro, con las cortinas echadas y algunos guardias embozados, aguardaba al visitante que había ido a entrevistar, a sostener largas conversaciones con el inquilino de la casa de hospedaje. Era el Gran Pensionario Jan de Witt, jefe de la república holandesa e impulsor del régimen liberal y progresista, el poderoso Jan de Witt, el más grande político holandés de su tiempo, quien no vacilaba en acudir una y otra vez a la pensión del señor Van Deer Spick porque consideraba indispensable discutir con el filósofo los laberintos de la política de su tiempo, una política que se cobraría todas las deudas sobre la persona del Pensionario, a quien las turbas orangistas asesinarían, una aciaga jornada de agosto de 1672, mutilándolo atrozmente. Al conocer la tragedia, el hombre quieto de la Pavilgongracht perdió su prudencia proverbial y, desesperado, quiso fijar sobre los muros, en el lugar del crimen, un libelo acusatorio que redactó y tituló Ultimi Barbarorum. Pero el señor Van Deer Spick se lo impidió, salvándole la vida.

Quizá fueran algunos de estos hechos los que rondaban la cabeza de un hombre de 85 años —sólo le quedaba uno de vida— cuando el 1o. de abril de 1985 —el dictador Videla ya no estaba en el poder, sino en la cárcel— hablaba en la sede de la comunidad judía bonaerense2 y confesaba: "Me he pasado la vida explorando a Spinoza". Y Borges —podemos imaginar, quienes no estuvimos allí aquella tarde, en aquel salón de la calle Sarmiento, de Buenos Aires, la voz gangosa y quebrada de Borges, su tono monocorde—explicaba que "Spinoza llevó su voluntad, no diré de engendrar, sino de erigir a Dios, ese cristalino laberinto, hasta el fin". Y de inmediato Borges pronunció la siguiente invocación: "Pero mientras él se dedicaba a ese propósito estaba creando otra imagen. Esa otra imagen no es menos inmortal que la de Dios. Es la imagen que ha dejado en cada uno de nosotros. La imagen de su propia vida. Recuerdo la expresión latina vida umbratiles (‘vida en la sombra’). Es lo que buscó Spinoza y lo que no ha logrado ciertamente, ya que ahora, tantos siglos después, estamos aquí, en el extremo de un continente que él casi ignoró; estamos aquí, pensando en él, yo tratando de hablar de él, y todos extrañándolo. Y, curiosamente, queriéndolo".

Años antes, Borges, en el primero de los dos sonetos que dedicó a Spinoza, lo había nombrado con parecidas palabras: "... el hombre quieto / que está soñando un claro laberinto...". Y diez años más tarde volvió a evocar el cuarto de pensión de La Haya, allí donde "...el asiduo manuscrito / aguarda, ya cargado de infinito. / Alguien construye a Dios en la penumbra".

En los mismos años en los cuales, en la Argentina del dictador Videla en el poder y luego en la cárcel, Borges evoca e invoca a Spinoza, otro hombre hace lo propio en la cárcel de Rebibbia, en Roma (pero también en otras prisiones esparcidas por toda Italia: las de Rovigo, Fossombrone, Calvi y Trani), donde ha sido encerrado por considerársele el autor intelectual del terrorismo de las Brigadas Rojas.

Es Antonio Negri, o Toni Negri, catedrático de filosofía y preso político que comienza el libro que escribe en la celda con una frase drástica: "Spinoza es la anomalía". Y explicando que si Spinoza, ateo y maldito, no terminó en la cárcel o en la hoguera, a diferencia de otros innovadores revolucionarios de los siglos xvi y xvii, se debe al hecho de que el mercantilismo holandés del xvii "experimenta una tendencia hacia un porvenir de antagonismos".

Porque, para Toni Negri, la anomalía de Spinoza es una "anomalía salvaje",3 porque "Spinoza muestra que la historia de la metafísica comprende alternativas radicales".

¿Qué tienen que ver el doctrinario rabioso de la ultraizquierda que se revuelve en el ergástulo con el escritor reaccionario que elogia a la dictadura? ¿Cuál es el vínculo secreto que une a uno y otro con Spinoza?

Es Pere Gimferrer, en la página de su dietario que escribió el 22 de noviembre de 1981 en El Correo Catalán,4 quien da una pista, pues, aludiendo a otro revolucionario que por esas fechas se había precipitado en la demencia criminal —Althusser—, encuentra una ligazón con Borges, que es posible extender a Negri: "El rechazo en Borges y en Althusser [y, yo agrego, en Borges y en Negri. A.A.] de cualquier transacción entre lo real y lo utópico". Señala más adelante Gimferrer que, "desde un polo quizá sólo aparentemente opuesto, el escepticismo absoluto de un Borges tiene un fondo crítico no muy distinto y recibe, con la acusación de reaccionarismo, la misma consideración social de hecho delictivo".

En la sede de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, un psicoanalista le dice a Borges, la tarde del 16 de enero de 1981, que "su lectura (de Spinoza) ayuda a leer al escritor como personaje".

Y Borges reincide en su idea de la corporización de Spinoza, porque confirma que "un escritor crea (...) no solamente al personaje de sus sueños, sino que deja adherido otro personaje que es él mismo". Y si bien, para Borges, "Spinoza no se propuso dibujarse, sino convencernos de la verdad de su sistema, sin embargo hoy pensamos en Spinoza y pensamos en él como en un querido amigo que hemos perdido, que no hemos tenido la suerte de conocer".

Y Borges, que al pensar la incompatibilidad entre Spinoza y Quevedo ha confesado que pensaba en la incompatibilidad entre Borges y Quevedo, es decir, que al pensar en Spinoza pensaba en él mismo, vuelve una y otra vez a Spinoza como personaje: "Lo que ha quedado del nombre de Spinoza no son sus demostraciones, que creo que no convencen a nadie, su método geométrico: todo eso ha desaparecido. Lo único que hay son esas dos imágenes, la del hombre Spinoza, que nació y murió en Holanda, que rehusó favores que le ofrecían los grandes, que quiso vivir en humildad; y luego, la idea de un Dios infinito".

Pero para Borges el sistema no es un atributo de Dios, sino un atributo de Spinoza. Y Borges, en su conferencia del 16 de enero de 1981, vuelve a reiterar la trama a partir de la cual ha construido uno de sus cuentos más célebres: la del hombre que quiere dibujar el mundo, y va dibujando un ancla, luego un árbol, luego un laurel, y una espada, una balanza, un muro, un círculo, y luego advierte que lo que ha dibujado es sólo su cara. Y Borges, cuando termina de dibujar su cara, advierte que es la cara de Baruj Spinoza.

Porque Borges, que pensó, escribió y habló de la muerte con asiduidad nunca desechó la reencarnación. Y una vez dijo, con escepticismo, con módica esperanza, con resignación: "Puede ser que haya otra vida, por qué no. Que uno, después de todo lo que tuvo que pasar, en vez de descansar, vuelva a nacer y siga viviendo...".5

Y esto explicaría la hipótesis que el lector quizás haya adivinado ya, y que recorre estas líneas como una arteria madre, la hipótesis que explicaría la obsesión de Borges, sus sonetos, las conferencias que pronunció en sendas tardes, una del verano austral, otra del otoño, en Buenos Aires, la extraña trasposición de identidades a propósito de Quevedo y la fantasía sobre el dibujo de un rostro.

A saber: que esa reencarnación se habría producido, y que un filósofo holandés del siglo xvii volvió a vivir en la piel de un escritor argentino del siglo xx.

 Referencias

1 Borges en la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Angelma, Buenos Aires, 1993.

2 Publicado en Clarín, Buenos Aires, el 27 de octubre de 1988.

3 Antonio Negri: La anomalía salvaje, Anthropos, Barcelona, 1993.

4 Pere Gimferrer: Segundo dietario, Seix Barral, Barcelona, 1985.

5 Carlos Stortini: El diccionario de Borges, Sudamericana, Buenos Aires, 1988.

Álvaro Abós. Escritor. Premio Jaén de Novela 1993 con El simulacro (Debate).

Encontrado en: http://www.nexos.com.mx/internos/saladelectura/borges8.asp


Fuente : Solo Literaura
http://www.sololiteratura.com/bor/borholaspinoza.ht

lunes, 8 de octubre de 2012

El Violetta Club, Jorge Luis Borges y la música antigua



                                                                    Violetta Club
Una propuesta encantadora se vivirá esta noche: el exquisito quinteto Violetta Club con la voz de la soprano Griselda López Zalba, se mete en el mundo de Jorge Luis Borges, de la mano de los relatos de Daniel Boromei.


Todo surgió a partir de la idea del psicoanalista Daniel Boromei de vincular la cosmogonía borgeana, con la intimidad y la belleza que ofrece la música antigua, en particular, la del quinteto Violetta Club, junto a la voz de Griselda López Zalba.


                                                              Griselda López Zalba.
Así, nació “Poemas en concierto: amor y deseo en Jorge Luis Borges”, un concierto con mucho de literario.

El Violetta interpretará músicas de John Dowland (1563-1626), Christopher Simpson (1602-1669), Matthew Locke (1621-1677) y Henry Purcell (1659-1695), pues, casi co obviedad, se interpretó que la música inglesa es la que más encaja con Jorge Luis Borges.

En tanto, Daniel Boromei, leerá obras del escritor argentino, en particular, "Luna de enfrente", "Fervor de Buenos Aires", "El hacedor", "Historia de la noche", "El oro de los tigres", "Libro de arena", "La cifra", y otros poemarios de Jorge Luis Borges.


                                                                         Gabriela Guembe.
 El Violeta Club, creado en 2003, está formado por Sebastián Alcaraz, violín barroco, Gabriela Guembe, viola da gamba bajo, José Luis Di Marco, violoncello barroco, Gustavo Richter, clave y órgano y la voz de Griselda López Zalba.

“El programa propone un diálogo entre literatura y música, abordando la temática del amor y el deseo en la obra del gran escritor argentino. La selección de poemas y los relatos están a cargo de Daniel Boromei, psicoanalista especializado en la obra de Borges, quien recorrerá algunos de sus poemarios más celebrados.


                                                                  Daniel Boromei.



Fuente :  mdz.online
5 de Octubre de 2012
http://www.mdzol.com/mdz/nota/423617/
 

domingo, 7 de octubre de 2012

Borges, el protagonista solitario

Entrevista Revista Mercado 1978

¿Quién no se precia de conocer a Jorge Luis Borges? ¿Quién no ha leído o, por lo menos, no se ha informado sobre sus libros? ¿Quién no se ha sentido perplejo, divertido, y aun espantado ante sus opiniones?




Seguramente ningún escritor argentino ha trascendido como él los límites del arte al que pertenece para convertirse en un mito; en alguien de quien es más lo que se fábula que lo que se descifra. De este modo, intentar una entrevista al poeta ciego es casi una maniática facilidad de la que ni los lectores, ni el periodista, ni él mismo salen sin padecer —cada vez con mayor frecuencia— un fastidioso desencanto, producto de las repeticiones a que uno y otros se ven obligados durante improvisados y fragmentarios diálogos. Acosado por la compulsión de los interrogatorios, empujado a responder con ingenio, precursor de frases escandalosas, del retruécano o la charada, Borges cómodamente, ha podido hacer de esa obsesiva persecución pública una delirante forma literaria. Así se ha dado la paradoja de que un escritor de su profundidad metafísica aparezca como un niño terrible, un reaccionario, un elitista, un anárquico y, sobre todo, un burlón consuetudinario que ha generado no pocas oposiciones.

A esta altura no se sabe ya quién es o cómo es el verdadero, el íntimo Borges. Acaso los buenos lectores puedan ir descifrándolo a través de sus poemas o sus cuentos; pero no cabe duda de que el arte es una misteriosa metáfora y que de pronto también el lector tiene necesidad de conocer al hombre concreto, al que va envejeciendo y no tuvo hijos y es ciego; el que solo en su casa, tantea con su bastón los anaqueles de la biblioteca o recita para sí, entre las cuatro paredes, una cuarteta del Martín Fierro o una enigmática saga nórdica.

En verdad, un reportaje a este hombre podría reinventarse, plagiarse o imitarse, como también cualquier artesano habilidoso puede falsificar la obra de un genio. En su caso, el artilugio quedaría impune porque Borges, aun sabiéndolo, no reclamaría y fingiría no saber.

Hechas estas necesarias aclaraciones, entramos a la casa. Afuera la lluvia es copiosa y él la oye caer mientras permanece sentado en un sillón clásico. El mobiliario es oscuro y austero, y las piezas de plata, con su relumbre, hablan del pasado de los Borges.

En la cocina está Fanny, la correntina, única habitante de la casa que acompaña la soledad del escritor desde la muerte de su madre, Leonor Borges. También está Beppo, el gato blanco que sigue a su amo por todos lados y que se desliza mimosamente sobre sus zapatos. Acaso falte decir que la lluvia ha puesto triste y fastidioso a Borges: los viejos techos de su departamento dejan filtrar al interior hilitos de agua que Fanny trataba de controlar colocando algún jarrito estratégico sobre el piso.

El poeta estaba allí, solo, esperando con timidez y dignidad un nuevo interrogatorio, de modo que sólo restaba entregarnos para que nos confiara sus reflexiones y nos aproximase a un Borges al que solamente conocen unos pocos.

MERCADO — Es una gran desgracia ser ciego, sin embargo en usted esa desgracia pareció obrar como estímulo para la creación. En general eso ha ocurrido siempre en el arte. Están los casos de Cervantes, Tolouse Lautrec, Höderlin, Beethoven, Proust, Emerson... que padecieron carencias, disminuciones físicas y fueron grandes creadores. Milton era ciego y también está la leyenda de Homero.

BORGES — Es bastante incómodo serlo, aunque creo que finalmente la ceguera ha influido en mi imaginación. Dependo de excelentes amigas como María Kodama y Anneliese von der Lippen porque en vez de escribir debo dictar. Además yo no reparo casi nada en esos detalles que les suelen preocupar a los otros. Hace un rato, al entrar, usted me decía que afuera llovía muy fuerte y yo recién ahora me doy cuenta de esa situación. Quiero decir que no encuentro diferencias entre lo que se llama realidad y el sueño. Piense que a raíz de mi ceguera paso horas en entera soledad y entonces me entretengo en urdir historias sin tener otro contacto con el mundo que mi imaginación.

MERCADO — Precisamente, Borges, se ha discutido tanto eso de si un escritor debe ser un hombre de vida intensa, exuberante. En su caso hay más bien una inquieta inmovilidad.

BORGES — Macedonio Fernández me dijo alguna vez que si él se tendía al mediodía, en el campo, sobre la tierra y cerraba los ojos y comprendía, distrayéndose de las circunstancias que nos distraen, podría resolver el enigma del universo. Además, a lo largo del tiempo, los hechos esenciales que les suceden a todos los hombres son pocos. No creo que haya demasiados hechos posibles. Estoy haciendo un cuento fantástico acerca de eso, se llama "La memoria de Shakespeare". No le voy a revelar el argumento pero el tema es que los hechos importan menos que el uso que uno hace de ellos. Quiero decir, los materiales con los cuales se alimenta la imaginación no son tan importantes como la utilidad que nos prestan. No creo que un hombre deba ir a buscar los hechos esenciales porque nos van a ocurrir igual y están dentro de uno. Más que hechos, hay imaginaciones distintas.

MERCADO — ¿Usted no cree en que la literatura se haga con información, verdad?

BORGES — Me acuerdo de aquellos versos tan lindos de Elliot: "Where is the Wisdom / we have lost in knowledge / where is the knowledge / we have lost in information"... "Dónde está la sabiduría / que hemos perdido en conocimiento / dónde está el conocimiento / que hemos perdido en información..." ¡Qué raro! unos versos tan lindos hechos con palabras abstractas. Fíjese, detrás de aquella frase hay toda la tradición de los escolásticos. Por ejemplo, Platón decía que sobre los hechos uno puede tener información pero que la verdad se refiere a los arquetipos, a algo más importante, ¿no? Con respecto a los versos de Elliot, suenan tristes...

MERCADO — Probablemente, Borges, tristeza o melancolía haya siempre en los poemas o los versos.

BORGES — Hay una explicación muy fácil: la felicidad es un fin en sí. Cuando uno se siente feliz, esa misma felicidad está justificándose, no necesita continuarse, está conquistada. En cambio la tristeza pesa sobre uno y hay que hacer algo con ella, transformarla, enriquecerla, no sé, puede ser un buen material para el arte. Ciertos fracasos, la nostalgia, la pena, son para la alquimia del poeta que debe trasmutarlos. Además quizá convenga que el artista sea triste porque encuentra la felicidad en la obra. Hay unos versos de Manuel Machado, tan olvidado actualmente: "Qué importa la vida/ que ya está perdida/ y después de todo/ qué es eso la vida/ cantando la pena / la pena se olvida..." Mire usted cómo caen esos versos, como si el poeta los hubiera dejado caer sin darse cuenta. No sé si las penas se olvidan, pero en todo caso ya no es sólo la pena sino también el uso que se hizo de ella, el destino estético que el poeta le ha dado.

MERCADO — Da la impresión de que la poesía es mucho más autobiográfico, más intimista que la prosa, que el relato y que el cuento. En un poema se ve más al autor, más elocuentemente, quiero decir. Hay una poesía suya, "El remordimiento" que a quienes la leyeron les impresionó por lo autobiográfica.

BORGES — Sin embargo es uno de los poemas que considero más flojo. Aunque no sé, posiblemente alguna emoción deje traslucir. A mí, personalmente, me parece que no es bueno porque lo escribí a los tres días de la muerte de mi madre y estaba demasiado cerca de la emoción? En el famoso prólogo de "Las baladas líricas" de 1798, se dice que el mejor momento para la creación poética es el de la emoción recordada en la serenidad. Y creo que es cierto, porque cuando a uno le sucede algo, está como aniquilado, deshecho y es difícil componer un poema sin desprenderse de esa contaminación. Luego, después, uno suele recordar los hechos y es a la vez el espectador y el actor, un desdoblamiento que permite transformar esa emoción sin la torpeza de la inmediatez. Además, está lo que usted dijo, que la poesía es casi una íntima confesión. El cuento, en cambio, exige otro proceso al elaborarse. Ahora que estoy escribiendo ese cuento, pienso que tal vez resulte difícil terminarlo. A mí se me ocurrió hace muchos años en Estados Unidos y tal vez se haya enfriado y no salga bien. Aunque el argumento creo que es interesante y pienso que puedo ejecutarlo. Quizá sea el mejor cuento que yo escriba y también el último.

MERCADO — ¿Porqué, piensa en la muerte Borges?

BORGES — Cuando mi madre cumplió noventa y ocho años me dijo: "se me fue la mano". Y yo ahora, el veinticuatro, estoy por cumplir setenta y nueve y creo que también se me fue la mano. Pero no tengo temor a la muerte, ya he vivido. La gente tiene temor a esa palabra porque cree que si uno muere va a ser castigado o premiado en el más allá. Yo creo en lo absoluto de la muerte, se que moriré enteramente en cuerpo y alma. Es raro, es en lo único absoluto en que creo. Heráclito el solitario, el oscuro, tiene una cita: "El camino ascendente y descendente es el mismo" ¿Es hermosa, verdad?

MERCADO — Es un hermoso refugio, después de todo. Usted, que suele refugiarse en los recuerdos, Borges, ¿qué significan para usted? El tiempo, la acumulación de emociones, de hechos, lo que se va.

BORGES — Pensaba en eso los otros días. En un poema que podría llamarse "El Forastero". Por el solo hecho, de que voy a cumplir setenta y nueve años y vivir en Buenos Aires, yo ya soy un forastero. Porque yo nací en otra ciudad del mismo nombre pero ya no soy aquél y la ciudad es otra. Yo vivo entre edificios y gente que desconozco y ahora que estoy diciéndole esto a usted siento que quizá pueda hacer ese poema, ¿no cree? (Borges espera mi asentimiento, hace una larga pausa como si quisiera dictarlo allí mismo pero ha debido contenerse)
Una amiga me dijo el otro día que yo usaba un lenguaje arcaico, claro, como yo estoy todo el día hablando y conversando con Leonor, uso las palabras de hace medio siglo. Percibo las diferencias con el idioma que hablan ahora los argentinos. Y también las diferencias con otras cosas: creo que no reconocería actualmente el jardín de plantas, el botánico, porque lo que recuerdo yo es una quinta. Y si sigo caminando, sin proponérmelo, tropezaría con el arroyo Maldonado, aunque sé que ha sido entubado, pero no importa, mi memoria visual evoca el arroyo, las casas bajas, el tranvía tal vez. También me pasa con la cara de mis amigos, que me gustaría saber cómo son. Pero tampoco sé qué cara me saluda en el espejo. Yo no sé que cara tengo ahora, vivo imaginándome cómo era antes. Mariana Grondona me dijo: "¡qué suerte tenemos tus amigas que nos ves como éramos hace veinte años! "¿Quién sabe no? A lo mejor han mejorado. Sé que he ido borrando los recuerdos penosos, desagradables, he decretado una suerte de abolición de malos recuerdos. Además todo hombre que va envejeciendo se va alejando del presente, deja de entenderlo y ni siquiera le interesa.

MERCADO — Sin embargo usted ha reparado siempre en situaciones límites del hombre, no se ha desinteresado por su circunstancia aunque se haya mostrado escéptico o descreído. Se ha pronunciado contra el nazismo, o la mecanización del hombre o ciertas confusiones históricas...

BORGES — Bueno, he dicho alguna vez que Rusia, Alemania, Italia, han apurado hasta las heces el beneficio de esa panacea universal que llamaron nazismo. Los resultados, se sabe, fueron el temor, la brutalidad, la delación y la ignorancia. Últimamente estamos mirando, lamentablemente, hacia dos países enteramente mediocres: Estados Unidos y Rusia. Cuando he dado clases en Universidades de Norteamérica he notado una completa ignorancia en los alumnos. En una materia como literatura yo estaba por referirme a Bernard Shaw y toda la clase aceptó desconocerlo. Hay allá una manera estúpida de tomar exámenes a través de computadoras. Al alumno se le hace una serie de preguntas —siempre tienen que ser impares, alguna debilidad de la máquina, supongo— y si contesta bien tres sobre cinco, digamos, aprueba el examen. Para mí eso es inaceptable. Creo que tengo alguna experiencia sobre el mundo que he vivido y puedo afirmar que antes, hace cincuenta años, los hombres tenían una mayor propensión al diálogo vasto, a anudar charlas donde se diferenciaran matices y se propusieran ideas. Yo recuerdo haber estado reunido largamente con un conservador, un comunista o un anarquista como yo (pongamos por caso) y no discutíamos sobre eso. Probablemente creíamos que la política no debía ser endiosada hasta el extremo de proponerla como la salvación del género humano. Seguramente, se trataba de una actitud sabia que ahora se ha ido perdiendo.

MERCADO — Tal vez el hombre de nuestra época ha apostado esperanzado a la política, a la economía, a la tecnología.

BORGES — Cuando llegué a Suiza en 1914 y pregunté quién era el presidente nadie lo sabía. ¿Qué sabios, no? También aquí, mi madre paseaba con mi abuelo Azevedo por la calle Florida y se detenían a charlar con Sarmiento o Mitre sin que la gente se detuviese, porque no consideraba que ocurría nada importante. Es que ocupar un cargo oficial no significa nada, absolutamente nada en sí mismo. Los políticos son actores o, como decía Bernard Shaw, "los políticos son un poco canallas".
Un rey, cuando hereda el poder, hereda todo y puede muy bien ser un caballero. En cambio, una persona que se dedica a congraciarse con la mayoría de sus conciudadanos, que recorre todo el país haciendo promesas, sobornándolos con ellas, no me resulta sincera. Leyendo una biografía de Lincoln escrita por el gran poeta norteamericano Carl Sandburg, que es un libro escrito a favor de Lincoln, he descubierto cosas bastante horribles. Por ejemplo, poco antes de ser elegido presidente pronuncia un discurso en Boston sobre el tema de la esclavitud y dice: "todo norteamericano nace libre". Quiere decir: se pronuncia a favor de la igualdad. Pero después, él tiene que hablarles a los electores de Alabama, en el sur y entonces allí le recriminan aquella actitud. Lincoln, con habilidad les responde: "todo norteamericano nace libre, sí, pero debo agregar que si dos razas tienen que convivir, la raza inferior tiene que estar supeditada a la superior." O sea, aquí se declara partidario de la esclavitud y eso no me parece una actitud muy honorable.

MERCADO — Probablemente, en política, se piense que un fin justifica los medios.

BORGES — Tal vez sí. Esa frase, ese concepto se le atribuye a los jesuítas. Sin embargo he leído una defensa acerca de eso. Dice que Pascal lo usó mal, que no quiere decir que todos los medios son buenos y el fin es justo. Significa que si el fin es lícito, los medios también son lícitos siempre que no sean censurables. Desde el momento en que los medios que se utilizan se ensucian, el fin también está sucio.

MERCADO — Siempre se percibe en usted un entusiasmo o un respeto por esos, países pequeños de Europa, como Suiza.

BORGES — Sin embargo no los tomamos como ejemplo. Países cultos, educados, sin ambiciones de potencia ni de poderes exagerados, que sólo se proponen formar comunidades de hombres relativamente felices, fatalmente humanas. Estados Unidos es una gran potencia e individualmente es muy poca cosa. Ellos son demasiado gregarios. Como ve soy un individualista y creo en los individuos pero no en los gobiernos. Siento realmente que miremos hacia países tan mediocres. Tanto en Estados Unidos como en Rusia hay esclavos: en uno, voluntarios y entusiastas. En el otro, que desean rebelarse.

MERCADO — Acaso, esa propensión a mirar hacia los grandes países tenga que ver con la inclinación del hombre hacia las invenciones tecnológicas, el progreso científico. Por ejemplo, usted que ha sido contemporáneo obligado de tantos descubrimientos y transformaciones, ¿qué piensa de la llegada del hombre a la Luna? Un acontecimiento que pareció cambiar la concepción del hombre en muchos aspectos.

BORGES — ¿Usted cree en ese cambio? Cuando los astronautas pisaron la Luna yo me emocioné mucho, derramé lágrimas, creí realmente, inocentemente, haber sido contemporáneo de un hecho trascendente desde el punto de vista espiritual, pero tal como ha sucedido con las computadoras, ese hecho se ha convertido en uno de tantos que sólo sirve para denigrar al hombre. En cuanto a la hazaña en sí, como aventura épica, la llegada a la Luna ahora me emociona mucho menos que un libro fantástico de Wells. Claro, todo eso tiene relación con nuestra paulatina separación de Europa. Nosotros somos europeos en el destierro. Hace poco estuve allá y sentí otra vez ese flujo que se desprende de una cultura inmensa. Y, cuando me enfrenté con Roma, ¡Oh! realmente uno recibe todo lo que surge de una ciudad de donde hemos nacido. De alguna manera somos romanos, que hablamos una lengua, el castellano, que es una deformación del latín. Por eso me parece gratuito que haya quienes se ocupen de revisar supuestas raíces indigenistas en nuestro pueblo porque lo que hay detrás es bastante desechable. Yo que he leído y me han contado muchas cosas de malones y fortines, sé que los indios lo único que sabían, aparte de arrasar poblaciones y matar animales, era contar con los dedos, así, hasta cuatro, ya que el cinco les debía parecer una cantidad inaccesible. Oscar Wilde, con sabia ironía, dijo que mejor los españoles hubieran seguido de largo antes que descubrir América.

MERCADO — No habría existido Borges.
BORGES — Una suerte que me hubiera beneficiado, ¿no? Hoy, precisamente, se cumplen tres años de la muerte de mi madre. Fue un ocho de julio.

MERCADO — En muchas oportunidades se ha hablado de aquella sutil, intensa relación que usted mantenía con su madre. Incluso se pensó que a la muerte de la señora Leonor le iba a resultar muy difícil a usted llenar ese vacío, perder a la destinataria de tantas confesiones.

BORGES — No sé, no me doy cuenta que ha muerto. Suelo conversar con ella, acostumbra acompañarme sin ningún dramatismo, casi con suave ironía. Además, cuando la imagino, la veo en los momentos felices, no cuando Leonor estaba muriéndose. ¿Qué hora es? ¿Llueve mucho afuera?

MERCADO — Las doce y llueve bastante, Borges. Estoy leyendo a Joseph Conrad, "Lord Jim" siguiendo su viejo consejo. El ha perdurado y también sus admirados Shakespeare, Cervantes, Shopenhauer, Spencer. ¿Cómo imagina que lo recordarán a usted, a su obra?
BORGES — Bueno, ellos eran grandes y merecen ser recordados pero sé que no va a quedar nada de mis libros dentro de cincuenta, setenta años. Le digo la verdad, será una suerte que nadie se acuerde de mí. Yo guardo la esperanza de no estar incluido en ninguna historia de la literatura porque no creo en ellas y sé que no sirven para nada. Son puras confusiones que se difunden con tanta rapidez por culpa de los periódicos y la radio. La gente la escucha y se dice: tal cosa es verdad porque lo dijo la radio. Y no es ninguna verdad. ¿Quién es la radio? Chesterton decía: "Antes estaban los Evangelios y ahora están los medios pero no hay nada que decir".

MERCADO — De todas maneras, Borges, hay una obstinación en la gente. Pretenden hacerlo célebre. Y también quieren saber de usted no sólo en su obra sino por sus declaraciones.

BORGES — ¡No tengo la culpa de eso! En mis cuentos yo he luchado para no delatar mis opiniones personales y creo que lo he logrado. Sería difícil, a cualquier lector, pretender conocer mis opiniones a través de mis cuentos. ¿No lo cree usted? Sé que mi literatura ha permanecido, en ese sentido, incontaminada. No se notan las opiniones del hombre, no hay indicios evidentes por lo menos. Además, siempre uno se contradice cuando opina, pero no cuando escribe sus sueños. Oscar Wilde, que tuvo una vida tan desgraciada, dejó sin embargo frases muy felices.

MERCADO — Si se buscasen indicios en su obra, digamos que hay un tema permanente, la lealtad, la amistad. En cambio, no sé, en el amor hay ese cuento "Ulrica" del Libro de Arena o "La Intrusa", pero me parece menos consecuente. Un tema quizá soslayado.

BORGES — ¡Pero si yo he escrito mucho sobre el amor en mis poemas! Pienso que el amor es un descubrimiento mutuo entre dos personas. Uno y otro se revelan secretamente algo que los une y los vincula y los hace protagonistas de un sentimiento que los otros no pueden compartir ni entender. Sólo les pertenece a ellos, los enamorados, y sólo a ellos les ha sido revelado. La amistad, en cambio, es una pasión que diferencia e identifica a los argentinos. Es un sentimiento que no necesita, como el amor, de continuas pruebas ni confirmaciones. Tengo pocos amigos que viven: Bioy Casares, Silvina Ocampo, Mujica Láinez. Con él nos pasa algo raro, pero tiene que ver con la amistad. Pocas veces nos vemos, pasan años sin vernos pero un día que yo estoy mal o me enfermo él aparece en la cabecera de la cama todo el tiempo que sea necesario y cuando me pongo bien, se va y desaparece. En ese rato de encuentro hablamos de todo lo que tenemos que hablar: de literatura, de amigos, proyectos. El y yo hacemos cosas distintas y somos distintos, pero hay algo que nos une más allá de esa circunstancia. Creo que la amistad es superior al amor entre un hombre y una mujer porque es desinteresada y no necesita de promesas ni de grandilocuencias. Dos amigos no se confiesan, no necesitan hacerlo, se comprenden. Sé que actualmente hay una moda de la intimidad totalmente impudorosa. Todo se le achaca al subconsciente.

MERCADO — Es la época de la sicología, algunos la llaman la del "strep-tease" o del desnudamiento. El hombre se cuestiona, quiere saber.

BORGES — Antes se creía en el pensamiento poético, en la magia, en la intuición. Ahora todo se le achaca al subconsciente y además dicen que está el inconsciente. ¿Cómo puede haber algo debajo de la conciencia que es inmaterial? No tengo ningún interés en adherirme a ese tipo de desagradables teorías ni prácticas, prefiero seguir creyendo que todo cuanto me ocurre en mi vida me es dictado por algún amanuense.

MERCADO — ¿El que le dicta su vida como sus cuentos, no? Es usted una excepción en muchos sentidos Borges, pero sobre todo, que sea conocido por sus cuentos en una época que aparece signada por la gran cantidad de novelas y novelistas.

BORGES — ¡Oh, es cierto! nunca he sucumbido a la tentación de escribir novelas. No siento inclinación hacia ellas ni siquiera como lector. Hay que soportar detalles, puertas que se cierran, tediosas descripciones. Está ese ejemplo, donde más se ven los defectos, "Madame Bovari", de Flaubert. Además, salvo "Lord Jim", de Conrad, una novela admirable, yo he leído muy pocas novelas. Piense usted que el "Martín Fierro" no necesita abundar en descripciones para hacernos sentir la llanura.
"... Marchamos la noche entera haciendo nuestro camino
sin más rumbo que él destino que nos llevara ande quiera..."
Pero claro, la novela es otra de las cosas que vienen de allá últimamente, de Estados Unidos, los fabricantes de la pornografía, las escenas de alcoba, las obscenidades. Los jóvenes que quieren publicar son empujados a ese tipo de cosas o a seguir inéditos. George Moore decía: ser sensiblero es tener éxito. Hay novelas que hasta tienen un resumen del argumento en la contratapa donde se explica su contenido, así no hay necesidad de leerlas. Al poco tiempo son consideradas viejas, como los periódicos. Bueno, un cuento requiere más precisión, más rigor narrativo y sobre todo no acepta ese tipo de concesiones del best seller, una fea y casi mala palabra, ¿no? Creo que la novela va a desaparecer.

MERCADO — ¿Cómo explica el éxito de su propia obra, siendo tan metafísica, tan ajena a esas concesiones argumentales de la actualidad?

BORGES — ¿Éxito?, no. ¿Por qué la gente está tan preocupada por el éxito ahora? Cuando publiqué mi primer libro a mí no se me ocurrió llevarlo a las librerías ni a los críticos ni a los escritores célebres. Yo pensé que mejor los repartía entre mis amigos. Todo el mundo actualmente vive preocupado por la publicidad, por las críticas en los periódicos, por la bambolla que pueda hacerse alrededor de su nombre. No, no creo que valga la pena tener éxito. Allí está lo que acaba de suceder con el Campeonato Mundial de Fútbol. Todos juegan a que la victoria de los once jugadores les pertenece y aceptan esa ficción y simulan no darse cuenta de que es una especie de convención o una broma. ¿A quién se le puede ocurrir que la República Argentina le ganó al reino de Holanda? Ni tampoco, si los holandeses hubieran triunfado, no por eso triunfaban sobre todo un país.
Sin embargo, yo he oído festejar a la gente por la calle como si eso que estuviera festejando fuese tan real. Mire el papel ominoso, ridículo del presidente de Uruguay, negándose a concurrir a los partidos porque su país no participaba. Se supone que los orientales tuvieron la oportunidad y que jugaron tan mal que no pudieron intervenir, pero entonces ¿un presidente de la nación se porta como un hincha de fútbol? Francamente. No creo que antes hubiese sucedido eso en Uruguay. Bueno, también en Estados Unidos suceden cosas horribles. Carter, suele usar cualquier método para promocionarse. Me contaron que durante la gira antes de las elecciones, él, que tiene plantaciones de maní, bajaba de un avión al que bautizó "The Flying Peanut", ¡"El maní volador"! calcule usted qué bello. Y además toda la escolta vestía atuendos que representaban un maní. Sin embargo obtuvo la presidencia del país más grande del mundo. Bueno, es bastante tarde.

MERCADO — Sé que me he excedido en el tiempo, Borges.

BORGES — ¡Tengo tanto y tan poco tiempo! Paso la mayor parte solo aunque hoy, no sé, después de este diálogo quizá dicte a una amiga unos versos. ¡Es tan misteriosa la creación! viene del lado que uno menos imagina. No tiene leyes establecidas, las teorías alrededor de todo este enigma no importan demasiado. Yo no tengo teoría estética, escribo sin proponerme nada, en total libertad. Hace algún tiempo había decidido evitar el barroco y siento que ahora voy retomándolo. Verlaine, que rimaba tan bien, condenaba la rima. Quién sabe lo que pasa por el alma de un escritor cuando escribe. Rudyard Kipling comprendió al fin de su carrera que a un autor puede estarle permitida la invención de una fábula, pero no la íntima comprensión de su moraleja. Allí está nuestro "Facundo", de Sarmiento, y según Groussac el libro más montonero de nuestra literatura. Quién le hubiera predestinado a Quiroga tan misericordioso destino: una muerte inolvidable —acribillado y apuñalado en una galera— y contada además por Sarmiento. Es que tratándose de obras de ingenio los propósitos del autor son lo de menos. También está el caso de Swift, que se propuso redactar un alegato contra el género humano y dejó un libro para niños. Como toda génesis, la creación poética es misteriosa. Yo solamente puedo inventar mi vida, pero no sus consecuencias, ¿verdad? (Afuera la lluvia torrencial pareció hacerse más intensa. Borges masculló alguna protesta hacia quienes se demoraban en arreglar los viejos techos. "Bueno —dijo recuperando el humor— esta noche me tendrán que hacer la cama en un rincón donde no se llueva. Cuando era joven nadaba muy bien, pero ahora..." Antes de que me retirase pidió que le buscara unos libros en la biblioteca y una vez ubicados, él los colocaba cuidadosamente en el primer lugar de cada estante, para tenerlos a mano cuando alguna de sus amigas viniera a leerle. Por curiosidad anoté los títulos y autores elegidos: "Sartus Resartus" de Carlyle, "The Works of Henrik Ibsen", "Hugo", "Philosophy Buddist" y "The Books of sunds" de Jorge Luis Borges, todos editados en inglés. "¿Ve usted? —murmura—, la gente cree que he leído muchos libros y apenas si repaso, releo, siempre los mismos. Creo que hay demasiada belleza en el mundo y que hay que defenderse de ella, yo soy prudente con mis lecturas". La despedida le corresponde a su admirado Joseph Conrad, que en "Lord Jim" parece acordarse de Borges:
"Su soledad acrecentaba su estatura. No había a la vista nada que se comparase con él, como si hubiese sido uno de esos hombres excepcionales a los cuales sólo es posible medir por la grandeza de su fama."

Fuente : Revista Mercado
Agosto 1978



 

viernes, 5 de octubre de 2012

La imagen simbólica en Jorge Luis Borges: una aproximación a su propia realidad.



 Por Carlos Midence*


Cuando Michel Fouccault alude a Jorge Luis Borges en su libro Las Palabras y las cosas, quizá no pensó que, emotiva y precunscientemente, (características de la imagen simbólica) aludía a todo el entramado simbólica borgeano y del mundo moderno simultáneamente. 

Fouccault demanda para Borges un rango que hasta esa época sólo le era atribuido a la irracionalidad y al primitivismo: una arborescencia simbólica fruto de un imaginario cultural único.

Al momento que el epistemólogo afirma que la lectura de Borges "sacude, todo lo familiar al pensamiento-al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía, trastornando todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres, provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo mismo y lo otro", observa en él un proceso de ruptura, un acto y un umbral epistémico, "un desplazamiento y transformación de los conceptos", atribuible interactivamente al mismo Fouceault. Una especie de internalización del acto simbólico en sí. Una figuración gratificatoria para Fouccault y del mismo modo para Borges.

Es decir, hoy a la luz de los estudios Fouccaultianos y borgeanos, puede demostrarse que el primero iba contra el poder en todo el sentido del término y el segundo iba con y contra el poder del lenguaje, cosa que el mismo Fouccault buscaba y reconocía en Borges. Ir con y contra el lenguaje implica no sólo renovarlo, sino introducir a este dentro de un proceso asociativo en el cual los objetos culturales participen de este complejo proceso. De ahí se desprenden esas tan irreverentes heterotopías borgeanas que desafían desde su raíz, toda posibilidad de gramática y desatan inconteniblemente todos los mitos, afirma el mismo Fouccault.

Todo lo antes dicho nos coloca frente al primer y mayor símbolo de los usados por Borges para connotar otras realidades o cuando menos sus propias realidades, en algunas ocasiones, apenas sospechadas.

Otros autores, en fin, en el que está presente toda una literatura, como afirma, Rodríguez Monegal, pero más que una literatura, diríamos está presente toda una cultura o varias, muchas culturas al mismo tiempo. Fouccault y Borges alter y ego de un mismo simbolizado. Ambos entran en un radio de connotación de uno y otro, puesto que, poseen cualidades reales que conducen a una equivalencia conceptual interiorizada, reflejada en la imagen interactiva de uno hacia a otro. Fouccault en su proyecto arqueológico del conocimiento y Borges por que siempre buscó la biblioteca total.

Partiendo de esa alteridad simbolizada en el que un autor es el mismo y muchos a la vez, diríamos que la primera premisa de ser el mismo, es otro símbolo impregnado en toda la obra de Borges. Su libro El Otro, el mimo lo confirman. Además a través de su prosa afirmó en muchas ocasiones: "Mi deber era conseguir que los interlocutores fueran lo bastante distintos para ser dos y lo bastante parecidos para ser uno". Y también decía: "El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme, yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormentaba el recuerdo". Todo obtiene como resultado una imaginativa intelectualización en la que el escritor se contempla así mismo como en un espejo o en un río que son dos símbolos muy queridos por Borges.

O bien Borges puede estar en ese Borges que nunca se separó de él y que lo calcaba con una paranoia desenfrenada. "De estirpe de pastores protestantes y de soldados sudamericanos que pusieron al godo y a las lanzas del desierto, su polvo incalculable soy y no soy".

Nos dice en uno de sus escritos que arroja luces sobre la cuestión linájica en él. Ese soy y no soy lo obliga a enmascararse de esta forma: "Estos cuentos son el irresponsables juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar ajenas historias". Esas ajenas historias no son más que las propias, las historias que él siempre quiso protagonizar y que, en algunas ocasiones protagonizó como cuando hablaba de individuos librescos, pasivos, indefensos, impostores, cosmovisionarios pero, de igual manera cuando hablaba de criaturas cuchillescas o aventuras con un cuerpo constitutivo de intriga, de búsqueda o quizá fantástico que tanta fama le ha granjeado ya sea, el protagonista Dhalman o el detective Lonnrot o el heresiarca de Tlon Uqbar Orbis tertius no son otra cosa que los personajes simbolizando al mismo Borges. Pues el símbolo lo que hace es ocultar y representar connotativamente a otro objeto.

En esto Borges asesta un golpe epistemológico de contundencia insospechables vindicado por Fouccault y acuerpado por Mircea Eliade, aunque no aludiendo a Borges, pero sí a la modernidad, a las culturas y a lo primitivo como oposición sarcástica de lo civilizado. "El mundo moderno al restaurar el símbolo en su carácter de instrumento de conocimiento, no ha hecho sino volver a una orientación diecisochesca y que es connatural, a las demás culturas extraeuropeas, bien actuales o bien arcaicas y primitivas". En Eliade la primitividad o arcaicida se difumina y se manifiesta en un expresionalismo estratégico del cual el hombre se vale para simbolizar su colectividad o sus observancias cognitivas a un nivel de subunidad. El magno "ente" simbolizador borgeano es entonces él mismo simbolizado por sus personajes. De esa imagen visionaria o simbólica como le llama Carlos Bousoño se da el desprendimiento de toda la gama, de la arborescencia simbólica muy bien manejada por él.

Emir Rodríguez Monegal logra juntar los símbolos más usados por Borges en lo que él llama "un sistema de símbolos". Sin embargo, los separa, los tipifica y en algunas ocasiones los asocia a Freud o a Jung, autores que según el mismo Monegal, Borges detestaba. El crítico se vale de la psicología junguiana para explicar algunas imágenes visionarias en Borges. Menciona entre los más característicos al río, al espejo, la máscara, la biblioteca, el tigre, el laberinto, espadas y cuchillos entre otros.

Esta simbología se une a una propensión matemática que le ha valido lo de autor frío, matemático. ¿pero al fin y al cabo que son las matemáticas? ¿acaso los números no son símbolos que aluden a una realidad más elevada?. ¿No fue por ellos que los pitagóricos preferían morir, antes de revelar sus secretos, porque para ellos simbolizaban lo inaprensible, lo deificado, lo mistérico?. Sin embargo, toda esta obsesión por la imágen simbólica, como dijimos anteriormente, tiene su raigambre en él como simbolo-único-subunizado-protagonista de toda su obra.

El río y el espejo; símbolo de una misma prosapia: la narcisiana, poseen una condición aparencial, especuolar, simboliza el pórtico, el acceso a otra dimensión de la realidad. Estos símbolos participan de una proyectiva autobiográfica donde el autor ha confesado temer desde niño, a las superficies especulares, pero en la cual, encuentra el expresionalismo, la representacionalidad, la reproducción de una realidad que no está en ellos si no fuera. Realidad en la que Borges es otro, invertido, el que deseaba ser y cuya expresión metafórica y necesaria objetividad poemática se resume de la siguiente manera: realidad A: biografía borgeana,
realidad B: literatura borgeana, en donde C sería la emoción en la conciencia de realidad deseada. *Sumiéndonos en un análisis extraestético, la realidad deseada por Borges, es lo que ha sido simbolizado por la imágen en cuanto imágen. Como cuando afirma en el Zahir: "todo en el mundo está dividido en dos partes, de las cuales una es visible y la otra invisible. Aquella visible no es si no el reflejo de lo invisible". Esto comprueba la imagen inficcionada del mito platónico de la caverna, y de igual modo de la realidad que puede proyectar el espejo o de la puerta que éste abre para sumergirse en otras realidades.

El símbolo de la biblioteca se desprende de la ambiguedad que atraviesa no sólo la obra, sino su vida. Oscilando entre la acumulación y el vacío, entre el mundo real-caótico y el mundo de la cultura. Entre linajes que a la postre conducen muchos, o la mayoría de sus símbolos. Ricardo Pligia divide el linaje de Borges en opuestos, lo que siempre lo regirá, según él, a desarrollar una narración geneológica donde se confunden la cultura y las armas, el mérito y el coraje, el culto a los libros y el culto a la pendencia. La biblioteca, y el libro se funde en uno de sus linajes, los puñales, las espadas y los cuchillos en el otro.

El laberinto puede aludir al caos y al orden de la condición linájica. Aunque a veces pareciera una mezcla. Un laberinto en el que él, como minotauro, no encuentra la permeabilidad, ni la conformación o el acceso a lo absoluto. Desesperación y frustración humana entre Dhalman y el heresiarca de Tlon Uqbar Orbis Tertius.

El tigre lo acompaña desde su infancia. Fue la primera palabra que pronunció en inglés. En el "otro tigre", así como en el tigre del Zhair se encuentra "el elemento salvador de la bárbaras distancias" asevera tajantemente. De esto deducimos un retorno al hombre-tigre o al tigre-hombre que busca la respuesta a la inquietud existencial de orden humano-abismo insalvable-orden divino afirma Jorge Pickenbayn.

Puede notarse que Borges atrapa símbolos universales que pueden incluirse en el orden de la colectivización, desde el punto de vista sociológico, antropológico y psicológico. Sin embargo, se individualizan y forman una dimensión simbólica de subunidad en la cual muchas veces, cabe sólo la propia realidad del autor.

Para ello resulta clave la jerarquización que realiza de simbolizaciones en el que no sólo entran en juego el doble y el mismo o la representacionalidad a través del personaje, sino, incluso, una realidad cualquiera donde pueda dominar una espontánea o adquirida vectorialidad simbólica y, en la que se es uno mismo y múltiples a la vez o por lo menos otros que quisiéramos ser.


* Catedrático de UNICIT/UNIVALLE
Conferencia dictada en la Universidad Americana UAM el 6 de octubre de 1999, en el coloquio en homenaje a Borges.



Fuente : Solo Literatura

 
Reflexiones sobre “El acercamiento a Almotásim” de Jorge Luis Borges


Reflexiones sobre “El acercamiento a Almotásim” de Jorge Luis Borges desde la visión de una psicoterapia posmoderna.


Este ensayo intenta acercarse de una forma diferente a la obsesión, o tal vez, a la curiosidad, que sentía Jorge Luis Borges por los espejos. En el espejo nos reflejamos, nos multiplicamos y nos vemos críticamente. Para hacer este análisis, que pretende ser un encuentro entre terapia y literatura, voy a partir de un cuento que Borges escribió como un resumen ficcional de novela. Es en éste que se subraya un elemento muy apreciado por los terapeutas: a través del lenguaje le damos sentido a nuestro mundo. Un punto, que está ligado al anterior, es el análisis metafísico que hace el autor a través de un concepto importante para la psicoterapia posmoderna: la reflexión.


En “El acercamiento a Almotásim”[1], el narrador, simula que tal novela existe y nos ofrece un resumen de ella. Esta historia policial es la primera escrita por un nativo de Bombay.  Borges la presenta en forma de reseña bibliográfica. Es el caso de un estudiante de Derecho que busca al sabio Almotásim. El primero es guiado por el reflejo que el último ha dejado, en forma de luz, en las personas que lo han conocido: “en algún punto de la tierra está el hombre que es igual a esa claridad”. Un primer reflejo que da paso a la reflexión.

Continúa Borges con su sinopsis: en una noche como tantas, los problemas entre hindúes y musulmanes llevan a un grupo de personas a la violencia, en una de las calles de esa ciudad. El protagonista, mata o cree matar a un hindú. Se escapa y en su viaje conoce a mucha gente, ve en una persona cierta ternura y excitación que a su vez viene de alguien más. El estudiante se obsesiona con la idea de encontrar al hombre llamado Almotásim, el hombre que irradia luz.

Emprende una búsqueda frenética que le toma años. Recorre parte de la India en busca del personaje hasta que los rastros que encuentra lo conducen a Bombay, en una circularidad borgesiana. Según la supuesta reseña de Borges, la narración termina de forma abrupta cuando: “Una voz de hombre -la increíble voz de Almotásim- lo instó a pasar. El estudiante descorre la cortina y avanza. En ese punto la novela concluye.”

 El camino que toma el estudiante de Derecho, puede ser interpretado, como el que se hace en la búsqueda del yo. Ramón Moreno Rodríguez[2] comenta que el largo recorrido del joven es visto como el símbolo de la vía de purificación que tiene que recorrer para poder verse: “se sugiere [...] que al atravesar la cortina el estudiante se encontró a sí mismo”. [3]

Según Moreno Rodríguez, Borges nos da una posible clave en otra de sus obras: el “Coloquio de los pájaros”.[4] Un grupo de aves llega hasta los confines de una montaña en busca de su rey, Simurg (treinta-pájaros): “Treinta, purificados por los trabajos, pisan la montaña del Simurg. La contemplan al fin: perciben que ellos son el Simurg y que el Simurg es cada uno de ellos”.

La novela que reseña Borges, “El acercamiento a Almotásim” se subtitula Un juego con espejos que se desplazan. Es el espejo, nos dice, en la nota final del cuento, igual a una estrella que es todas las estrellas. Tal vez el planteamiento del autor tiene que ver con que nuestras diferencias son una invención, ya que todos somos lo mismo. Nos vemos reflejados los unos en los otros.

Otra interpretación del espejo como símbolo “radica en que los conocimientos del hombre son los reflejos que a través de un espejo recibimos del universo”.[5] Se ha dicho que: “el hombre” [...] como en la famosa ‘cueva de Platón’ sólo conoce a través de reflejos; en el caso de la idea expuesta por Borges, estos reflejos son los de un espejo. En ese sentido, difiere de la idea de Platón pues el espejo borgesiano refleja total y cabalmente los conocimientos (…el universo), mientras que en el mito de la cueva, se propone que sólo se conocen las siluetas dejadas por la luz sobre la superficie de la misma.” [6]

¿Puede haber otra posibilidad? Podemos explorar más ideas, además de la antítesis entre ilusión y realidad. Para el terapeuta noruego Tom Andersen la idea central en la psicoterapia es la de escuchar de forma respetuosa y empática. Así el cliente o paciente, al hablar sin ser juzgado, sin ser analizado, puede acceder a aquello en su interior, que nunca ha dicho o pensado. Este tipo de terapia es una invitación a un diálogo interior que nos lleva a un conocimiento profundo de nuestro ser. Tom Andersen (1995) menciona que una persona puede cambiar su yo interactuando en las diferentes relaciones o conversaciones en las que él o ella se encuentre, los múltiples yos, están gobernados por la cercanía y el tipo de relación con los otros.[7]  Nos dice este innovador psiquiatra que el término francés réflexion tiene el mismo significado que el noruego refleksjon, que quiere decir: algo es escuchado, esto que oímos se toma, se aprehende y se piensa antes de dar una respuesta. [8]  La ilusión del espejo se puede transformar en la creación de una realidad que construimos y analizamos al estar en contacto con nuestro yo y con los otros.

Otra cuestión fundamental es cómo el terapeuta intenta estar siempre conciente del impacto que sus palabras, su actuar y su pensamiento tienen en los otros. Podemos pensar en el espejo como el espacio donde se revisan las acciones propias. Harlene Anderson[9] propone que el diálogo interno del terapeuta, las preguntas que dirige hacia sí, durante la terapia, son tan importantes como el uso de las preguntas para sus clientes, que son la herramienta principal de su trabajo. Y estas preguntas sólo se definen, sólo surgen de la conversación. Terapeuta y cliente, en espejo, para verse y escucharse, no para imitarse.

Para la literata María Eugenia Betancourt, en la obra de Borges, “se pueden encontrar algunos temas que suelen ser recurrentes, pues conforman su idea de que la literatura se basa en unas cuantas metáforas. Las nociones panteístas de que ‘todo está en todas partes y cualquier cosa es todas las cosas’, y ‘cualquier hombre es todos los hombres’, refiere una visión del cosmos, creado o soñado por ‘alguien’, que se convierte en un caos imposible de comprender o explicar en el limitado universo del lenguaje, por lo cual la realidad sólo puede ser expresada en símbolos, que es la representación de ese caos”.[10]

Por tanto en la obra de Borges, el caos puede tener reglas que son humanas y que también son símbolos de un universo humano y falible, continuamente abierto a la reflexión. El espejo, puesto en el lugar adecuado, refleja nuevas posibilidades de ser y estar.

Consideraciones finales:

    ¿Pueden las limitaciones del lenguaje en el universo borgesiano, convertirse en una oportunidad para conocer?
    ¿Puede ser que Borges nos invite a pensar, a participar en un diálogo interior, cuando habla de sus obsesiones, de sus metáforas?
    La claridad en el cuento de Almotásim, ¿viene de saber que el lenguaje es un juego, y que debemos entender sus reglas?
    ¿Es ésa la claridad que, no sólo persigue el autor en sus escritos sino que pide a sus lectores?
    ¿Recibimos la luminosidad o la creamos, con erudición y paciencia, como lo hizo Borges?

Como terapeuta no tengo respuesta a estas preguntas, me quedo con la reflexión de que, si tengo suerte, le lectura de la obra de un genio, me llevará a tener un poco más de claridad. Y, como profesionista, ello me puede conducir a brindar un espacio de luminosidad para que mis clientes tengan una oportunidad de pensar y sentir aquello que todavía no han podido expresar.

Bibliografía

 Andersen, T. (1990) The reflecting team: Dialogues and dialogues about dialogues. New York, Norton Books.

 Andersen, T.  (1995). “The Reflecting Team In Action” (pp. 11-37) en: Reflecting Processes; Acts Of Informing And Forming. S. Friedman (Ed.), New York, NY: Guilford Press

Borges J. L. (1957) Manual de zoología fantástica. FCE, México

Borges, J.L.  ”El acercamiento de Almatásim” en Historia de la eternidad. 1936 en Obras completas. Tomo I. Emecé editores. Buenos Aires. Y en:

[1] Borges, J.L. En Historia de la eternidad. 1936 en Obras completas. Tomo I. Emecé editores. Buenos Aires.

[2]http://www.geocities.com/Paris/Louvre/5753/BorgesEs.htm

[3]Idem

[4] Borges J. L. (1957) Manual de zoología fantástica. FCE, México

[5] http://www.geocities.com/Paris/Louvre/5753/BorgesEs.htm

[6] Idem

[7]Andersen, T.  (1995). “The Reflecting Team In Action” (pp. 11-37) en: Reflecting Processes; Acts Of Informing And Forming. S. Friedman (Ed.), New York, NY: Guilford Press.

[8] Andersen, T. (1990) The reflecting team: Dialogues and dialogues about dialogues. New York, Norton Books.

[9] Anderson, H. 1997. Conversation, Language, and Possibilities: A postmodern approach to therapy. Nueva York: Basic Books

[10] http://www.letralia.com/172/ensayo01.htm

Fuente : Elena Fernández, Grupo Campus Eliseos and artist and author.
International Journal of Collaborative Practices


 
Literatura y pensamiento: Jorge Luis Borges crítico 



Desde hace tiempo he pensado en redactar de cada curso impartido unos apuntes que hagan patente el trabajo desarrollado durante el semestre y que, al mismo tiempo, me obliguen a escribir sobre la materia. Hasta ahora, de esta idea no he realizado sino esquemas —para mí imprescindibles en cada curso— y borradores de algunos puntos del programa. Pero me doy cuenta de que si logro mi propósito, lo escrito tendrá más la función de una memoria que la finalidad de ser usado en la siguiente ocasión, porque observo la marcada diferencia que hay entre un curso y otro en una misma asignatura, pues los cursos tienen un programa común, pero están separados ya por un año o por solamente algunas horas cuando corresponden a turnos diferentes del mismo semestre; cursos, en fin, en que los alumnos de uno y otro horarios hacen la diferencia.

La labor docente puede ser ampliamente innovadora, para que sea así requiere de no poca dedicación —aunque en la perspectiva de los administradores lo que parece tomarse en cuenta es sólo el tiempo pizarrón—. La consideración de este aspecto me motivó también a tomar el lápiz y el papel para escribir estas deshilvanadas líneas sobre la crítica literaria o, mejor, sobre la actitud crítica de Jorge Luis Borges: actividad y actitud que practicó desarrollando sus fecundas posibilidades. Ahora, me obliga a escribir no ya los apuntes del curso, sino algunas observaciones sobre la constante actitud crítica de Borges, de la que poco se habla explícitamente, pero que, a mi parecer, se distingue precisamente por su fuerza innovadora. No me refiero aquí únicamente a lo que conocemos como su obra propiamente de crítica literaria; hago mención de algo más que podemos llamar su continua disposición a la perspicacia, que lo mueve a sortear el oportunista trasplante de posturas y procedimientos prestigiosos, para alcanzar, en cambio, nuevas perspectivas que son originales en él porque proceden de una necesidad interna. Me refiero a su probada capacidad de penetración que lo encamina al discernimiento y a la continua creación y experimentación de nuevas posibilidades que causan desconcierto en las consignas arbitrarias del poder cultural.

I

 En sus libros Discusión y Otras inquisiciones, Borges nos muestra la vitalidad de la crítica que no se limita a una labor ancilar y que no es considerada como un simple a posteriori de la creación. En estos libros establece disidencias, fomenta la confrontación y el diálogo y se arriesga a abrir otros caminos posibles porque no acepta el cómodo, partidario y repetido uso de ciertas modalidades consagradas de escritura. Su continua actitud inquisitiva se explica, en parte y con relativa facilidad, por su experiencia vivida en otras sociedades y culturas que le impidieron enaltecer a una de ellas sobre las otras, aunque se tratara de su cultura originaria. Cuando Argentina se vio urgida de definir una supuesta identidad nacional e intentó hacer del Martín Fierro y de la sociedad patriarcal del siglo XIX el prototipo de la esencia nacional, Borges se opuso a este proyecto y objetó la caracterización épica de la obra; ofreció nuevas interpretaciones de ella y deslizó sutilmente la insinuación de que los géneros literarios no están exentos de filtraciones ideológicas. También sabemos que Borges se decía argentino, pero en "Funes el memorioso" considera esta distinción como lamentable y no le atribuye mérito alguno: "El parecer de un mero aficionado argentino vale muy poco", dice en otra parte (Borges, 1980, II: 505).

En sus escritos encontramos de manera recurrente e incitante cierto asomo de desarraigo y desapego, disposición que busca resaltar su visión discrepante o, por lo menos, complementaria de algo que se pretende concluido y definitivo. En el mundo de las letras se conviene usualmente en que el escritor, en general, escribe desde un espacio, y al hacerlo, escribe al mismo tiempo ese lugar; en la escritura a la que estamos más acostumbrados se trata de algo que —como el onphalos joyciano— está más bien dentro del sujeto, es el lugar que para el escritor se ha vuelto paradigma del mundo y por eso mismo impregna lo escrito, voluntaria o involuntariamente, con su sabor peculiar. Ese lugar se escribe, por decirlo así, a través del escritor, modelando su lenguaje, sus imágenes, sus conceptos. Ese lugar tiene que ver con los sitios reales en los que, por razones complejas, lo empírico constituye los modelos decisivos de lo imaginario. Pero ese "empírico" es en Borges algo cuestionable y poco definido; sus escritos no nos delatan un lugar; por el contrario, acrecientan nuestra curiosidad; y tanto sus ficciones como el resto de sus obras no permiten que el lector quede atónito en la contemplación de algo definido. En Borges toda construcción literaria es acentuada como subjetiva por realista que ésta sea; ello sucede, tal vez, como reacción a la tendencia dominante de contraponerla a la realidad objetiva. La lectura de su obra nos mueve a pensar que el rechazo común a todo elemento ficticio en cualquier proposición no consolida necesariamente nuestros conocimientos ni constituye un criterio de verdad, puesto que el concepto mismo de verdad es incierto e inestable, al igual que las distinciones y las clasificaciones a las que somos tan propensos, no obstante que, en la práctica, todo intento de clasificación y de definición nos resulte limitado, porque lo que logramos no es más que un pequeño avance en el esfuerzo de poner orden en el mundo; no es más que el intento paradójico de etiquetar y de encasillar lo que se puede dar de menos tangible y organizable como la escritura del deseo, de la imaginación y de lo no racionalizable. Sin embargo, uno de los ejercicios preferidos de la crítica tradicional no deja de ser la definición de lo indefinible, casi siempre formulada negativamente en relación con un concepto universalmente aceptado de realidad y de normalidad.

Permítaseme aquí una digresión sobre lo que parece ser un punto central en la concepción borgesiana de la narración. A lo largo de su producción, Borges busca contradecir sistemáticamente todo intento de no-ficción cuya especificidad se basa supuestamente en la exclusión de todo rastro ficticio. En su concepción de narración hay un rechazo abierto de la visión acabada y clara del acontecimiento, de la causalidad natural y de la plena inteligibilidad histórica que caracteriza al realismo; aun en los casos en los que la intención de veracidad parece clara y los hechos son narrados con rigurosa exactitud, éstos no dejan de ser narrados en sus escritos por alguien que, cuando no se trata de narración testimonial, se apoya en lo que otros han dicho y, con ello, se desdibuja la objetividad pretendida, ya sea por la propensión de las fuentes a lo imaginario, ya sea por la heterogeneidad de los criterios interpretativos o ya sea por las turbulencias de sentido propias de toda construcción verbal.

No podemos soslayar que en la dicotomía a la que está acostumbrada nuestra época, en la que se atribuye la verdad al campo de la realidad objetiva y, en contrapartida, se da a la ficción la dudosa calificación de lo subjetivo, persiste el problema central de la indeterminación que hallamos no sólo en la ficción relegada al terreno de lo inútil y lo caprichoso, sino también en la supuesta verdad objetiva y en los géneros que pretenden representarla. Por esta razón es admisible la versión de que Borges escribió ficciones para sugerir, entre otras cosas, que éstas son también un medio para tratar la complejidad de lo "real". Optó por la ficción justamente para poner en evidencia el carácter complejo de la experiencia humana, complejidad que si es limitada a lo verificable implica su reducción abusiva y su empobrecimiento. Al dar un salto hacia lo inverificable, la ficción multiplica al infinito las posibilidades de su tratamiento.

II

En las primeras palabras del prólogo a la clásica Antología de relatos fantásticos, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares señalan que "viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras" (1987: 5). Con esta frase y las que le siguen, los dos autores ponen en relieve la importancia de la fantasía, e insinúan que el estatuto de las mismas obras llamadas realistas no es otro que la ficción, porque se trata de la construcción de mundos tanto más fantásticos cuanto más miméticamente perfectos; no es sino la invención de caracteres que nunca han existido; no es más que la ideación de historias imaginarias, aunque éstas se originen en la experiencia. Algo no muy distinto dice Borges en relación con lo que comúnmente aceptamos como la realidad. En La penúltima versión de la realidad afirma que "Frente a la incalculable y enigmática realidad, no creo que la mera simetría de dos de sus clasificaciones humanas baste para dilucidarla y sea otra cosa que un vacío halago aritmético" (Borges, 1980, I: 130). Esto lo dice Borges en relación con un libro que pretendía explicar y clasificar la vida. Al tono acertivo del libro, Borges opone una actitud dubitativa que lo lleva a declarar lo siguiente.

Creo que una observación elemental, aquí es permisible; la de lo sospechoso de una sabiduría que se funda, no sobre un pensamiento, sino sobre una mera comodidad clasificatoria, como lo son las tres dimensiones convencionales. Escribo convencionales, porque —separadamente— ninguna de las dimensiones existe: siempre se dan volúmenes, nunca superficies, líneas ni puntos. (Borges, 1980, I: 129)

En Borges la actitud crítica es persistente: siempre está abierto a otras posibilidades que, a su vez, generen nuevos interrogantes. Su actitud es de continua incursión en ámbitos que se presumen conocidos y dominados por el entendimiento y por el estudio de las autoridades en la materia. Algunos títulos de sus ensayos críticos son, en este sentido, de sobra elocuentes y lo que en ellos se alcanza no es una solución sino algo que puede ser discutido y rebatido. La crítica de Borges no da a sus propuestas patente de verdad absoluta y las ofrece como medio para renovar nuestro ejercicio de lectores, invitándonos a traspasar los simples límites asignados a la obra en cuestión. Borges rehúye la función del maestro que nos facilita el acceso a la obra, no acepta la labor de quien nos hace fácil el diálogo con ella y parece más bien solazarse abandonándonos para que sigamos solos nuestra relación con el texto, rehúsa la crítica sabia que nos es cómoda porque nos dice todo. Borges no nos induce al arrobamiento de la construcción teórica ni nos introduce en los campos de la abstrusa y erudita terminología: nos mueve a la búsqueda de una nueva visión, pero no para consagrarla sino para interrogarla de nuevo.

En Borges todo pasa por su tamiz; en su proceder no hay supuestos intocables, así puedan ser éstos resoluciones de las cumbres más excelsas: si en la Biblia "Dios dicta, palabra por palabra, lo que se propone decir, esa premisa hace de la escritura un texto absoluto", dice Borges, pero ante ella se pregunta "¿Cómo no interrogarla hasta lo absurdo, hasta lo prolijo numérico, según hizo la cábala? (Borges, 1980, I: 146).

Ante las figuras destacadas del pensamiento humano que han trazado derroteros de vigencia más o menos prolongada, Borges es más inquisitivo y hasta cáustico. En las líneas finales de La penúltima versión de la realidad, título que por cierto es indicativo, Borges cuestiona la visión común y considerada natural del espacio. Ante esa concepción discurre de la siguiente maner

Vuelvo a la consideración metafísica. El espacio es un incidente en el tiempo y no una forma universal de intuición, como propuso Kant. Hay enteras provincias del ser que no lo requieren; las de la olfación y audición. (Borges, 1980, I: 132

En seguida, recuerda al lector lo ya dicho por Spencer a este propósito

Quien pensare que el olor y el sonido tienen por forma de intuición el espacio, fácilmente se convencerá de su error con sólo buscar el costado izquierdo o derecho de un sonido o con tratar de imaginarse un olor al revés. (Ibid.)

Entonces, Borges reformula su recurrente opinión de que es difícil decir algo nuevo, porque casi todo ha sido ya dicho; señala que en relación con el espacio "Schopenhauer, con extravagancia menor y mayor pasión había declarado ya esa verdad" (Borges, 1980, I: 132). Sin embargo, a lo ya dicho Borges no resiste poner su granito de arena, como queriendo indicar con ello que lo ya dicho no es que se repita de manera inobjetable y definitiva; por el contrario, se dice de nuevo pero con algún agregado o modificación que lo mantiene válido. A lo dicho por Spencer y Schopenhauer, Borges añade

Quiero complementar esas dos imaginaciones ilustres con una mía, que es derivación y facilitación de ellas. Imaginémonos que el entero género humano sólo se abasteciera de realidades mediante la audición y el olfato. Imaginémonos anuladas así las percepciones oculares, táctiles y gustativas y el espacio que estas definen. Imaginémonos también —crecimiento lógico— una más afinada percepción de lo que registran los sentidos restantes. La humanidad —tan afantasmada a nuestro parecer por esta catástrofe— seguiría urdiendo su historia. La humanidad se olvidaría de que hubo espacio. La vida, dentro de su no gravosa ceguera y su incorporeidad, sería tan apasionada y precisa como la nuestra. (Borges, 1980, I: 133)

A partir de 1954, a causa de la progresiva pérdida de sus facultades visuales, Borges se vio obligado a leer a través de otra persona; en estas circunstancias tal vez descubrió con mayor claridad que en la experiencia de la lectura a través de otro, la mente trabaja de modo diferente y puede llegar a pensar que el tiempo fluye de otra manera, cerrados los ojos a la insidia de lo obvio —como diría él—, la mirada se abre a otro tiempo, a otro espacio también. En esas nuevas circunstancias, Borges parece mirar con ojos de quien, ante todo, persigue el sentido como destino, mira con ojos de quien no teme aventurarse por la región de las sombras donde todo encuentro supone una iluminación.

Borges advierte reiteradamente que el ejercicio de la crítica se nutre de conocimiento y de ideas, pero también indica que ambiciona algo más al superar la letra como valor incuestionable y al considerar como poco beneficiosa toda explicación que es propuesta como definitiva.

Desde sus primeros escritos de crítica, Borges acentúa una postura que todo lo cuestiona, y en esa disposición deconstruye lo que alguien ha llamado la "cultura de cátedra". Algunos títulos de sus trabajos son reveladores de este propósito, como La penúltima versión de la realidad (1928) y La postulación de la realidad (1931). Este último escrito, con su admirado laconismo y con la belleza de sus frases, desarrolladas por una inteligencia imaginativa y una imaginación razonada, es desde su inicio una buena muestra de su actitud crítica, en la que considera la realidad como postulación.

Hume notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admiten la menor réplica y no producen la menor convicción; yo desearía, para eliminar las de Croce, una sentencia no menos educada y mortal. La de Hume no me sirve, porque la diáfana doctrina de Croce tiene la facultad de persuadir, aunque ésta sea la única. Su defecto es ser inmanejable; sirve para cortar una discusión, no para resolverla. (Borges, 1980, I: 153)

Borges, como algunos de sus colegas latinoamericanos —sobre todo Alfonso Reyes— parece movido por el deseo de invalidar con razones humanas la momentánea fe que exige de nosotros el arte, nos despierta también de la cómoda y seductora tendencia a depositar nuestra confianza en paradigmas que figuran como decisivos y que han favorecido el mito de la teoría y de la cientificidad, que han fomentado la reverencia a los dogmas académicos y la aceptación de lenguajes presuntamente irrefutables y superiores que nos hacen delegar nuestra responsabilidad en ellos. La crítica de Borges, a la vez que los redimensiona, evita ofrecernos alternativas acabadas y más bien nos presenta medios para renovar nuestro ejercicio de lectores, porque leer es una experiencia que —como narrar— saca al individuo de sí para que acabe encontrándose consigo mismo: leer es crear, es vivir. El lector de verdad crítico contradice su objetivo si tiene como propósito el regreso a las fuentes, el respeto a la tradición o la meticulosa observancia de un método. Tanto en la escritura como en la lectura el sujeto consigue descubrir un secreto o una verdad a medias sobre sí mismo, se entrega a sus propios sueños, para sacar fruto de ellos al compartir con los otros esa existencia "otra" en el mundo nebuloso y de ensueño en el cual se ha atrevido a ingresar. La lectura que Borges nos sugiere es para practicarse sin pedir seguridades, es una lectura atenta a sus sugerencias, porque un libro es más que una estructura verbal; es el diálogo que entabla con su lector. 

Bibliografía

Borges, Jorge Luis (1980), Prosa Completa, Barcelona, Bruguera, 2 T
y Adolfo Bioy Casares (1987), Antología de relatos fantásticos, México, Hermes

Fuente : La Colmena
Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México
Herminio Núñez Villavicencio